Los personajes de Candy, Candy no me pertenecen, son propiedad de sus creadoras Kioko Misuki y Yumiko Igarashi.

Una Cita, Una Cena, Una Noche sin Repeticiones

Adaptada por Rossy Castaneda

Capítulo Dieciséis

Narrado por Terry...

Dias después...

—¿Jura que va a decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad con la ayuda de Dios? —me preguntó el juez.

No dije nada; la repentina marcha de Candy aún seguía fresca en mi mente.

Te lo dije cabezota...—Pero como siempre lo echaste todo a perder...me había dicho Karen.

—Señor Grantchester, le he hecho una pregunta —insistió el juez.

—Perdón —me disculpé—. Juro ante Dios decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.

—Procedamos.

El abogado de la defensa se levantó y se aclaró la voz.

—Señor Grantchester, su nombre antes era Terrence Graham, ¿correcto?

—Sí.

—¿Podría, por favor, informar al jurado de donde conoce a mi cliente, Michael Miller?

—Fuimos socios en el bufete Grantchester & Miller.

—Socios y amigos íntimos, ¿verdad?

Observé a Michael sin expresión en la cara. —Iba vestido con un traje gris, pero había sido incapaz de ponerse una corbata a juego.

—Sí—confirmé al abogado—. Lo fuimos hace tiempo.

—¿Es cierto que tuvo un altercado con él en un bar hace seis años y medio?

—Defina altercado, según el código penal.

—¿Entró usted en un bar y le dio un puñetazo con el que le fracturó la mandíbula y una costilla?

—Estaba tirándose a mi ex-mujer...

Los miembros del jurado contuvieron el aliento y el juez dio un golpe con el martillo.

—Señor Grantchester... —me reprendió el juez con severidad—. En mi sala no está permitido ese tipo de lenguaje. —Por favor, responda a la pregunta.

—Sí —dije—, provoqué un daño severo al señor Miller.

—¿Le hizo el mismo daño a su esposa?

—¡Protesto! —El fiscal se puso en pie—. Es irrelevante, señoría.

—Se acepta.

—De acuerdo... —El abogado defensor alzó las manos en señal de rendición—. ¿Es cierto que culpa a Miller por la caída que sufrió su antiguo bufete?

—Es evidente que el propio departamento de Justicia lo culpa. ¿No es acaso el que ocupa el banquillo?

—Señor Grantchester...

—Sí. —Apreté los dientes—. Sí, es el culpable de la caída del bufete.

—¿Es cierto que también le culpa de la desafortunada muerte de su hija?

—¡Señoría! —El fiscal me lanzó una mirada de simpatía—. No es relevante.

—Denegada... Señor Grantchester, responda a la pregunta.

Aparté la vista de Michel con los puños cerrados.

—Sí.

—Su hija murió unas semanas antes del colapso del bufete, y a lo largo de esas semanas golpeó hasta herir de gravedad a su socio, y a su esposa...

—No golpeé a mi esposa. —ella mintió. ¿Es que no ha investigado el caso? —El juez dio varios golpes con el martillo, pero continué hablando—. No sé en qué lugar había un nivel tan bajo como para darle a usted el título para ejercer la abogacía, pero el caso entre mi mujer y yo se resolvió hace años porque mintió sobre numerosas cuestiones al gran jurado. —Y a pesar de que fue enviada a prisión y yo fui absuelto de todos los cargos, usted no parece aceptarlo como un hecho probado. —Por lo tanto, antes de que siga haciéndome un interrogatorio en esa línea, tratando de dañar mi imagen, recuerde que es el medio de vida de su cliente lo que está en juego, no el mío.

El juez emitió un profundo suspiro, pero no dijo nada. —Solo hizo un gesto a la defensa para que continuara.

—En el tiempo en que fueron socios, ¿era su esposa la que estaba a cargo de todas las transacciones monetarias de la empresa?

—Es ex esposa..—Y sí, lo estaba.

—¿Nunca se le ocurrió comprobar cómo manejaba ella los fondos?

—Soy abogado, no contador.

—¿Nunca le pareció sospechoso que recaudaran cifras de siete dígitos al mes?

—No. —Suspiré, pensando en esos días, en esos clientes. —Las personas con las que nos codeábamos poseían mucho más dinero del que yo ganaría en mi vida como abogado y no me extrañaban las cifras de beneficios mensuales que comentaba Susana. Confiaba en ella.

—¿Sería justo decir que la caída de la firma fue a consecuencia de la mala manipulación que su esposa hacía del dinero?

Apreté los dientes.

—Sí.

—Interesante... —agarró un papel y preguntó al juez si podía acercarse—. Por favor, ¿podría leer esto al jurado?

—Preferiría no hacerlo —dije.

—¿Preferiría no hacerlo? —Se rio—. Señor Grantchester, seguramente sabe, como abogado, que negarse a leer las pruebas requeridas es desacato.

—Léalo, señor Grantchester—exigió el juez.

Susana , eres una mentirosa de mierda —leí mis propias palabras—, te has revolcado con tantos hombres a mi espalda que he perdido la cuenta. —En lo que a mí respecta, mereces pudrirte en la cárcel. —Quizá entonces tu entrepierna pueda descansar un poco.

Un miembro del jurado se cubrió la boca sorprendido, pero seguí leyendo

Gracias por decirme que mi pene no estaba a la altura, que después de tantos años de matrimonio nunca te sentiste satisfecha... Puesto que Michael y tú no solo consiguieron arruinar el bufete, sino también arruinar lo único que hacía que mi vida valiera la pena, considera esta carta una despedida.

Miré a la defensa.

—¿Podría leer también la posdata?

Puse los ojos en blanco.

Dado que a partir de ahora y durante los próximos quince años estarás rodeada de mujeres, te sugiero que intentes aficionarte a las partes privadas de las mujeres. —Tienen un sabor fantástico.

—Protesto, señoría. —El fiscal se levantó—. No entiendo por qué ese documento puede ser relevante para el caso. —La defensa ya intentó añadir esa carta durante las vistas previas sin conseguirlo. —Pido que se elimine el documento.

—Se acepta. —Considérelo eliminado...El juez miró el reloj y se puso en pie—Levantamos la sesión para el almuerzo. —la audiencia continuará por la tarde.

Me quedé quieto mientras los miembros del jurado y los demás implicados en el juicio se disolvían. —No tenía a donde ir.

—No sabía que sacaría el tema de tu hija. —Lo lamento... —El fiscal me dirigió una sonrisa—. Redirigiré el interrogatorio una vez comience la vista de nuevo. —Tu socio se derrumbará por completo. —Solo tratan de desacreditarte un poco para que el jurado se vuelva más comprensivo.

—Eres consciente de que soy abogado, ¿verdad? —Bajé del estrado—. Sé lo que está tratando de hacer.

Antes de salir del edificio me encontré con Albert, quien como uno de los apoderados de mi padre, debía estar presente para mantenerlo informado..

Después de charlar con él un rato, salí del edificio bajo una copiosa nevada y miré al cielo. —Consideré abandonar el juicio y correr el riesgo de cometer desacato, pero una parte de mí quería ayudar a sellar el destino de Michael.

Había pasado mucho tiempo desde todas aquellas mentiras, traiciones y dolor, pero se merecía lo que iba a obtener...—Alguien me tocó el hombro desde atrás.

—¿Tienes un minuto? —preguntó una voz familiar.

—No.

—Imagino que... —suspiró— pase lo que pase en el juicio...

—¿Es que no has oído lo que he dicho? —Me di la vuelta para enfrentarme a él y me tomó por sorpresa el mal estado que presentaba de cerca. —El tiempo no lo había tratado bien.

—Lamento todo lo que Susana y yo te hicimos pasar —dijo con una mirada sincera—. El dinero y los clientes llegaban con rapidez, y todos éramos muy jóvenes...

—¿Jóvenes?

—Sí —asintió—. Jóvenes y tontos, ¿sabes? Era...

—Estupidamente tontos. —Apreté los dientes—. Pero fue algo más que estupidez, Michael, —fue codicia. —Cuando los periódicos empezaron a unir piezas, cuando los clientes comenzaron a exigir respuestas, tú te volviste contra mí. —Me echaste la culpa... —Pediste la custodia de Dayana aunque no la querías. —Tu única intención era hacerme daño, pasarme por las narices que eras su padre biológico.

—Terry...

—Lo hiciste por eso...Quería que lo admitiera de una vez por todas..—Lo que realmente querías era arruinarme...—Ojalá pudiera retroceder en el tiempo.

—No puedes. —Me interrumpió.

—Pero puedes decirme una cosa...

—¿Qué?

—La noche que me arruinaste la vida... —Bueno, no la primera vez que lo hiciste, sino meses después, ¿habías estado bebiendo?

—¿Qué importa eso ahora?

—¿Habías bebido esa noche o no? —Lo miré, y suspiró antes de bajar la vista al suelo.

—Sí...

—Gracias por decir la verdad finalmente. —Me burlé—. Ahora dormiré más tranquilo sabiendo que seguirás el camino de Susana tras las rejas después de esta semana.

—¿Susana regresó a la cárcel? —Parecía dolido y decepcionado.

—Y lo estará nueve años más. —Sonreí, pero mi sonrisa se desvaneció con rapidez—. Seis más de los que tenía Dayana.

No le di la oportunidad de responder. —Tenía el corazón oprimido por lo que había sufrido Dayana, al imaginar el dolor que debía de haber sentido su último día.

Cerré los ojos, intentando bloquear uno de mis recuerdos más oscuros.

Narrado por Candy...

Perdonar, tolerar o pasar por alto las faltas morales o legales de otros, en tanto el resultado de ello parece moral o legalmente aceptable.

Un jefe puede pasar por alto que un empleado cobre de más a algún cliente, o un oficial de policía puede mirar hacia otro lado cuando alguien utiliza la violencia para resolver un problema.

Me senté en el fondo de la sala, viendo cómo Terry se derrumbaba en el estrado dos veces, en el momento en que la defensa mencionó a propósito a Dayana para hacerle perder la compostura.

Cuando vi aquel sufrimiento en sus ojos al escuchar su nombre, sentí su dolor en mi corazón y comprendí muchas cosas.

Mantuve la cabeza baja durante el tiempo que duró su testimonio para que nuestros ojos no se encontraran y no supiera que había estado allí, y luego, cuando el juez pidió un breve receso, salí de la sala escondiéndome entre los presentes al percatarme que Albert Ardley estaba presente en la audiencia.

Los periodistas hablaban por lo bajo en el pasillo, esperando que Terry no hubiera leído los artículos que habían escrito sobre él años atrás, y de repente empezaron a gritar.

—¡Señor Graham! ¡Señor Graham! —Empezaron a perseguirlo en cuanto salió de la sala

—¡Señor Graham!

Terry se detuvo y los miró.

—Soy el señor Grantchester.

—¿Cómo se siente estando a punto de enviar a su antiguo socio y amigo a la cárcel?

—Eso lo ha hecho él solo —respondió.

—¿Tiene intención de volver a ponerse en contacto con él mientras está entre rejas?

Ignoró esa pregunta con una mirada indiferente.

—Hace años que limpió su nombre y sin embargo, se marchó de Nueva York —preguntó otra voz—.Ahora que todo ha quedado claro, ¿existe alguna posibilidad de que regrese y reabra su antiguo bufete?

—Estoy a punto de pasar la última hora en esta ciudad mientras voy camino al aeropuerto —dijo, poniéndose unos lentes de sol.

La multitud de periodistas lo siguió fuera del edificio, pero él se metió en un auto sin volver a mirarlos.

Saqué el celular con un suspiro y volví a leer los mensajes que me había enviado esta mañana, lamentando no haberle respondido.

Asunto: Nueva York.

Me gustaría verte una última vez antes de marcharme. ¿Puedo recogerte para desayunar?

Terry

p. d.: De verdad, iba a contártelo todo esa noche.

Asunto: Por favor.

Ven a desayunar conmigo. —Estoy frente a tu puerta.

Terry

Mientras releía ese correo, apareció otro en mi pantalla.

Asunto: Adiós.

Sabía que no responder era muy inmaduro por mi parte, que era culpa mía que no lo hubiera visto antes de irse, pero pensaba que él podía haberse esforzado un poco más.

Todavía pensaba que se había equivocado al no abrirse conmigo cuando debía haberlo hecho.

Al salir del juzgado me fui a casa pensando en todas las verdades a medias y mentiras que habían ensuciado nuestra relación. —Julieta...—Su esposa. —Mi nombre real. —El suyo...—La habíamos construido sobre mentiras.

Dejé que las lágrimas rodaran libremente por mi rostro mientras abría la puerta de mi departamento, preparada para meterme en la ducha y abandonarme al llanto hasta que no pudiera llorar más, pero él estaba en medio del salón.

—Hola, Candy —dijo mirándome.

—El allanamiento de morada es un crimen. —Crucé los brazos—. ¿deberías saberlo?.

No dijo nada, se limitó a seguir mirándome de arriba abajo.

—¿No vas a perder tu vuelo? —pregunté con la voz rota—. ¿No deberías de estar pasando tu última hora en Nueva York camino al aeropuerto?.

—Me he dado cuenta de que tengo algo que decirte.

—¿Algún otro nombre falso del que quieras informarme? ¿Otra identidad secreta que desees...?

—Basta. —Dio un paso más, y otro, obligándome a retroceder hasta la pared mientras me miraba a los ojos—. Necesito que me escuches, Candy. —Solo eso, que me escuches.

Traté de alejarme de él, pero me sujetó las manos y me las subió por encima de la cabeza. —Luego usó las caderas para inmovilizarme.

—Te guste o no, vas a quedarte aquí y a escucharme durante los próximos cinco minutos—dijo con acalorada rapidez—. Ya que te interesa tanto saber la verdad, te voy a decir la verdad...

Intenté hablar, pero se inclinó y me mordió los labios con fuerza.

—Me gustabas cuando eras Julieta y yo Romeo, cuando pasábamos la noche hablando sobre tus ridículos trabajos de la universidad y de mi bufete... —Me gustabas incluso después de mentir y de que descubriera quién eras en esa entrevista... Me gustabas... Apretó mis muñecas con más fuerza—. Y a pesar de que sabía que no debería ir a tu departamento aquel día, fui y tomé tu virginidad... Después de eso, todavía me gustaste más.

—¿Estás hablando en serio?

—Efectivamente. —Me miró y me mordió de nuevo los labios, mandándome callar—. No quería que me gustaras, Candy. —Se suponía que no debía suceder nada así y no quería que pasara, pero después de que ocurrió, solo podía pensar en ti. —En ti y en tu boca hecha para mi , y en que todas tus mentiras...—quizá no eran tan malas después de todo.

—¿Y qué pasa con tus mentiras? ¿Todavía te consideras superior moralmente? Eso es...

—Shhhh —ordenó—, y déjame terminar.

Tragué saliva mientras él me miraba durante unos segundos antes de seguir.

—Sí, te oculté que estaba casado y, aunque no fue intencionadamente, es una mentira...

—Una mentira enorme.

—Candy... —Me sujetó con más fuerza—. Hacía mucho tiempo que no pensaba en Susana... —Por el contrario, he pensado en ti cada día desde que te marchaste.

—No, no lo has hecho.

—Claro que sí. —Me miró directamente a los ojos—. Acudí a tus clases de ballet dos veces por semana con la esperanza de verte, de tratar de hablar contigo y pedirte perdón... —Te envié regalos a tu departamento. —Incluso me acerqué por allí un par de veces, pero fue antes de enterarme de que te habías mudado.

—Solo dices todo esto para que me acueste contigo. —Negué y giré la cabeza hacia un lado, pero me obligó a mirarlo de nuevo.

—Estoy diciéndote todo esto porque Te Amo.

Jadeé. —Se me llenaron los ojos de lágrimas.

—Te amo, ¿me has escuchado, Candy? —repitió, limpiándome el rostro—. Y voy a hacer lo que sea necesario para demostrártelo. —Me rozó los labios con los suyos—. ¿Sigues amándome?

—No, no... De ninguna mane...

Sentí su boca contra la mía, silenciándome...—No quería besarlo, quería empujarlo y decirle que se fuera, pero abrí la boca y permití que deslizara la lengua en mi interior.

Liberó mis manos lentamente para cerrar los brazos alrededor de mi cintura mientras seguía manteniendo los labios pegados a los míos. —No me dio oportunidad de hablar, de respirar. —Solo me besó de forma salvaje hasta que no pude soportarlo más.

—Si eres capaz de decir sinceramente que ya no me amas —susurró, alejándose de mí—, te dejaré en paz.

—¿Y si no puedo? —pregunté jadeante.

—Si no puedes, me dirás dónde está tu habitación para que tú y yo podamos redescubrirnos.

—¿Redescubrirnos? —gemí mientras ahuecaba las manos sobre mi trasero—. ¿Estás hablando en clave?

—La clave es tener relaciones sexuales

—¿Te mataría decir hacer el amor aunque solo fuera una vez?

—Eso depende de si me amas o no.

Silencio.

Noté sus dedos en la cremallera de la parte posterior de la falda, tirando de ella con suavidad mientras me miraba a los ojos.

—Te odio —solté, haciendo que arqueara una ceja...—Como hayas dicho todo eso solo para que me haga ilusiones, no te lo perdonaré nunca.

—No será necesario... —Me besó con suavidad—. Y es cierta cada palabra que he dicho.

—Me bajó la cremallera—. Necesito saber si todavía me amas o no porque... —Dejó de hablar.

Mi falda formó un charco en el suelo mientras él tiraba de mi tanga hasta que se rompió.

—Candy, dímelo... Dímelo ahora mismo.

Ahogué un grito cuando deslizó un dedo en mi interior, gimiendo al ver lo mojada que estaba.

—Sí...

—¿Sí? —Movió el dedo adentro y afuera—. Sí, ¿qué?

—Sí... —Hice una pausa mientras me besaba los labios—. Sí, todavía te amo.

—¿Dónde está tu habitación?

Miré hacia la izquierda y, de inmediato me cargó en brazos por el pasillo, cerrando la puerta a nuestra espalda. —No me dio opción a desnudarlo. —Sentí sus manos por todas partes, desabrochándome la blusa, rasgándome el sujetador, acariciándome los pechos.

Me incliné hacia delante para desabrocharle el pantalón y bajárselo. —Luego me lanzó sobre la cama y se puso encima de mí.

Separé las piernas bajo su cuerpo al tiempo que arqueaba las caderas para que me penetrara, pero no lo hizo. —En vez de eso, me besó el cuello, susurrando lo mucho que me había echado de menos, lo mucho que me necesitaba.

—Terry... —Sentí su miembro contra el muslo.

Movió lentamente la boca por mi pecho, rodeándome los pezones con la lengua mientras me acariciaba los senos. —Bajó la boca por mi torso, besando la piel que encontraba a su paso hasta la unión entre mis muslos.

Cerré los ojos cuando apretó la lengua contra mi centro de placer, cuando empezó a juguetear trazando lentos y sensuales círculos.

—Ahhh... —Traté de cerrar las piernas, pero las empujó contra el colchón y me miró.

—Candy... —dijo en voz baja.

—¿Qué?

Rodeó mi intimidad con el pulgar, haciendo que se inflamara de placer.

—Dime que soy tu dueño.

Cerré los ojos de nuevo cuando incrementó la presión, frotando el pulgar una y otra vez.

—Dime que soy tu dueño, Candy.

—Sí... —Me retorcí debajo de su mano—. Sí...

—Dímelo. —Me impidió moverme—. Necesito oírtelo decir.

Un hormigueo me recorrió de arriba abajo y, por fin, le sostuve la mirada.

—Sí, eres de mi dueño absoluto.

Sonrió y hundió de nuevo la cabeza entre mis piernas, devorándome hasta hacerme gritar con toda la fuerza de mis pulmones, pero no me dejó alcanzar el orgasmo.

—A cuatro patas —dijo, haciendo que me diera la vuelta.

Jadeé y me moví lentamente. —Lo siguiente que sentí fueron las palmas de sus manos en mi trasero, mientras me besaba la columna hacia abajo.

—Ahhh...—Terry. —Me aferré a las sábanas.

—¿Qué?

No respondí, no fui capaz...—Comenzó a darme golpecitos en mi trasero al tiempo que se hundía dentro de mi cuerpo, susurrando mi nombre con la respiración entrecortada.

Me encontré saliendo al encuentro de cada embestida, incapaz de soltar las sábanas. Y, cuando sentí que estaba a punto de alcanzar las estrellas mientras él me torturaba con los dedos, se detuvo, negándome el orgasmo una vez más.

Se retiró de mi interior, haciendo que soltara un gemido, para que lo mirara a la cara una vez más. —Se enterró inmediatamente dentro de mí, con los ojos clavados en los míos mientras se deslizaba dentro y fuera, sofocando mis gritos con la boca.

Sentí que su miembro palpitaba en lo más profundo de mi cuerpo, sentí que tensaba los músculos al tiempo que susurraba cosas contra mis labios y, cuando volvimos a mirarnos a los ojos, los dos en sincronía alcanzamos las estrellas.

Cayó sobre mi pecho, jadeante.

—Terry, yo...

Me interrumpió con un beso.

—Yo también Te Amo.

Nos quedamos allí enredados durante lo que me pareció una eternidad mientras él enredaba los dedos en mi cabello y yo le frotaba el pecho con las manos.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Sí.

Se levantó de la cama para tirar el preservativo.

—Ven aquí.

No podía moverme, todavía me sentía débil después del último orgasmo.

Sacudió la cabeza y deslizó las manos debajo de mi cuerpo para tomarme entre sus brazos y llevarme fuera de la habitación. —Fue comprobando cada puerta que pasamos. Cuando llegamos al cuarto de baño, me dejó en el suelo.

—No creo que pueda mantenerme en pie el tiempo suficiente para darme una ducha... susurré.

Me ignoró y abrió el grifo.

—No vamos a darnos una ducha. —Me volvió a tomar en brazos y me dejó con suavidad en la bañera.

Después se metió él también y se sentó detrás de mí. —tomó un bote vacío y lo llenó de agua tibia, que vertió despacio sobre mi cabeza.

Tomó luego el shampoo de la repisa y me roció el cabello con él para comenzar a hacer espuma.

Le escuche hacerme preguntas, algo sobre qué estaba sintiendo, o si quería hablar con él sobre lo que estaba pensando, pero cuando se puso a masajearme el cuero cabelludo con los dedos, todo se volvió negro.

Me desperté sola en la cama...—No vi ninguna nota de Terry, y su ropa había desaparecido.

Comenzaba a pensar que todo había sido un sueño cuando vi su cartera encima de la mesilla de noche. —Aparté la sábana y sonreí al ver que me había puesto un camisón de seda.

Salí del dormitorio y recorrí el pasillo hasta el balcón, donde él estaba fumando un habano.

—¿Desde cuándo fumas? —me coloqué detrás de él.

—No es algo que haga a menudo —dijo—. Solo cuando necesito pensar.

Asentí moviendo la cabeza y miré el cielo nocturno, pero de repente sentí que me estrechaba contra él.

—¿No me vas a preguntar qué estoy pensando? —Sonrió—. Estoy seguro de que tienes alguna pregunta.

—Sí, claro que las tengo, Terruce Graham Grantchester Baker.

—Podemos hablar sobre eso.

—¿Ahora?

—Si es lo que quieres...

Apagó el cigarro y acercó una silla, donde se sentó y luego me hizo sentar en su regazo.

—¿Cuánto tiempo hace que lo sabes?

—Un par de semanas.

—Mmm...

—¿El señor Ardley y el señor Britter saben quién eres en realidad?

—Sí...ellos son los apoderados legales de mi padre en America.

—Entonces, ¿por qué se lo has ocultado a todos los demás?

—Sea el hijo de quien soy, o sea un abogado respetado o no, nadie quiere contratar a alguien que ha salido en los periódicos. —Da mala fama a un bufete importante. —Me besó el hombro.

—¿Cómo era Dayana?

Suspiró, mirándome.

—Perfecta.

Pensé en cuál sería la mejor forma de cambiar de tema, porque percibí que aun le dolía,

pero él siguió hablando.

—Odiaba que fuera a trabajar, y a veces me suplicaba que la llevara conmigo, así que la llevaba... —desgranó en voz baja—. Y entonces no conseguía trabajar en nada porque el parque estaba al otro lado de la calle y ella siempre quería jugar... Siempre.

—¿Te seguía por casa? —pregunté.

—Era como mi sombra. —Se venía a dormir al sofá si yo estaba allí trabajando, y si me veía salir para contestar a una llamada, cruzaba los brazos y me miraba enfadada a no ser que le dijera que viniera a escuchar. —Soltó una risa, pero no añadió nada más.

Sentí admiración por el hombre frente a mi, que aun sabiendo que aquella pequeña no era su hija, hacia cualquier cosa por ella, sin duda, todos los acontecimientos pasados lo lastimaron hasta volverlo un hombre desconfiado e incapaz de creer en el amor..sonreía internamente..—Terry era un gran hombre y sin duda fue y seria un gran padre.

—¿Puedo hacerte una pregunta? —Me apoyé en su pecho

—No creo que te detenga que yo diga que no.

—¿Y ahora qué?

—¿A qué te refieres?

—Quiero decir..., ¿qué pasa a partir de ahora con nosotros?...—¿Mantenemos una relación? ..—¿Vas a quedarte conmigo o vas a volver a tus ligues?

Me miró durante mucho tiempo.

—Candy, no me puedo quedar en Nueva York. —Creo que puedes entender por qué.

—Solo vas a quedarte esta noche, ¿verdad?

—Sí.

—¿Te marcharás por la mañana?

—Sí. —Trató de besarme en el cabello, pero me alejé.

—Por lo tanto, esta era una forma de intentar hacer sentir bien a Candy antes de marcharte a casa, ¿verdad? ¿De decir lo más apropiado para que me sienta bien cuando te marches?

—Quería que supieras que Te Amo antes de que volviera a Chicago.

—Y de paso, tener relaciones, por supuesto.

—Por supuesto. —Sonrió, pero no le devolví la sonrisa.

—Antes te he dicho que no quería hacerme ilusiones, Terry. —Me alejé—. Y te ha dado igual.

—Candy no...entiéndeme, por favor, aún no nomas el tiempo de hacerte una propuesta, tu tienes ...

—Yo quiero que te quedes...lo interrumpí..—Y si no puedes hacerlo, quiero que te vayas ya..—si quieres podemos ser amigos.

—Candy...—¡Basta! —Se me acercó y apretó su boca contra la mía—. Somos mucho más que amigos... —Siempre lo hemos sido, pero no puedo quedarme contigo por ahora...

Abrí la boca para protestar, pero él me besó una y otra vez, acariciándome los pechos entre susurros.

—De verdad, preferiría que nos pasáramos el resto de la noche conociéndonos, amándonos, en vez de estar discutiendo...

Semanas después...

Me puse de puntillas detrás del escenario, inclinando la cabeza hacia el techo para ensayar por última vez el movimiento final de mi actuación. —Debería sentirme feliz, debería sonreír, extasiada por estar a punto de debutar en el papel principal de una producción de la Compañía de Ballet de Nueva York, pero no era así. —Al contrario.

Me sentía sola, y sabía que no había aplausos o reconocimientos suficientes para cambiar mis sentimientos.

Todavía recordaba mis últimos momentos con Terry: el sexo de madrugada en la ducha y más tarde contra la puerta, y también cuando lo hicimos una vez más en el cuarto de baño de la terminal...

Me había dicho cada una de esas veces que me amaba, que no quería marcharse, pero tenia que hacerlo.

Nuestra relación se había visto relegada a hablar por teléfono todas las noches, comentando lo que hacíamos durante el día, teniendo sexo telefónico entre fantasías, pero no era suficiente. —Y sabía que estaba a punto de no soportarlo más..—Necesitaba que estuviera allí, conmigo.

—¡Atención! ¡Faltan cuarenta minutos! —gritó un ayudante de escena, justo cuando pasaba junto a mí—. ¡Cuarenta minutos!

Respiré hondo y me acerqué hasta el espejo que colgaba del techo a un lado. —Miré mi reflejo, apreciando el maravilloso tutú y mi resplandeciente rostro blanco: los brillantes cristales adornaban cada milímetro de la malla, con el tutú recién ahuecado y rociado con purpurina. —La diadema de plumas era mucho más ostentosa que la que había llevado en Chicago.

—¿Candy? —me llamó una voz familiar desde atrás.

—¿Mamá? —Me di la vuelta—. ¿Qué haces en esta parte del teatro?

—Hemos venido a desearte buena suerte en persona. —Le hizo una seña a mi padre.

—Gracias...

—También queremos que sepas que a pesar de que seguimos pensando que deberías haber continuado la carrera de derecho, estamos muy orgullosos de ti por perseguir tus propios sueños.

—Gracias. —Sonreí de nuevo.

—Y también nos sentimos muy, muy honrados de que seas nuestra hija porque eres fuente de inspiración para todos los Universitarios que vayan a las urnas en las elecciones de este año, estudiantes con sueños y ambiciones similares pero en otras carreras.

—¿Cómo?

—¿Ha podido captarlo todo? —Mi madre se volvió hacia el periodista que estaba detrás de nosotros, ahora apagando su grabadora—. Asegúrese de que utiliza la última parte en el próximo anuncio publicitario.

—¿De verdad?

—¿Qué pasa? —Se encogió de hombros—. No estoy mintiendo, siento de verdad hasta la última palabra, pero no pasa nada si lo utilizo para mis fines, ¿no crees?

Ni siquiera me molesté en responder...—Mi padre se acercó para abrazarme, posando para una sesión de fotos un poco forzado. —Solo sonrió cuando se alejó el fotógrafo.

—Me alegro mucho por ti, Candy —dijo—. Es evidente que perteneces aquí.

—Lo estás diciendo porque piensas que estando aquí no voy a arruinar tu campaña en Chicago.

—No, —sé que estando aquí no me arruinarás la campaña. —Se rio—. Pero sigo alegrándome por ti.

—¡Qué alentador...!

—Es verdad —intervino mi madre—. Nos sentimos muy emocionados y orgullosos de ti.

—Damas y caballeros —gritó el señor Leonard—, dentro de exactamente una hora comenzará el espectáculo. —Si no son bailarines o tramoyistas, por favor, abandonen el escenario ya.

Mis padres volvieron a abrazarme y se turnaron para besarme antes de alejarse.

Me ajusté la diadema por última vez y le eché un último vistazo al teléfono.

Asunto: Mucha suerte.

Lo siento, no puedo ir a tu primer estreno, pero esta noche, cuando me llames, quiero que me cuentes hasta el último detalle.

Estoy seguro de que será una noche inolvidable para todos los que te vean.

Terry

p. d.: Te Amo y te echo de menos.

Asunto: re: Mucha suerte.

No pienso llamarte esta noche. —Deberías haber estado aquí. —Ya pensaré cómo hacértelo pagar.

Candy.

p. d.. Yo te Amo mas y te echo muchísimo de menos.

Asunto: re: re: Mucha suerte.

Ya sé que debería haber estado ahí, por eso me he disculpado.

Claro que me llamarás.

Terry

Asunto: re: re: re: Mucha suerte.

De verdad, me hubiera gustado que estuvieras aquí 😢😢

Candy

Apagué el celular para no continuar con la cadena de correos. —Tenía que concentrarme..—Este momento era fruto de todos los ensayos, de todas las clases de ballet que había recibido en mis veinticinco años de vida. —Dentro de exactamente treinta y seis minutos todos mis movimientos se verían reflejados en la pantalla para una de las mayores audiencias del mundo de la danza.

Además, iban a verme los críticos más severos, la mayoría de ellos fanáticos del ballet, y en los periódicos aparecerían las primeras críticas que podrían abrirme o no el camino a las demás producciones. —Pero en ese momento, no me importaba nada más.

Ese era mi sueño, y lo estaba viviendo por fin. —Solo podía asegurarme de hacerlo lo mejor posible.

—¿Está preparada, señorita White? —¿Está preparada para demostrarle a esta ciudad que este es su sitio?

El señor Leonard me puso las manos en los hombros...—Asentí moviendo la cabeza.

—Totalmente, señor.

—Bien, porque yo también estoy preparado para que la vean. —Elevó las manos por encima de su cabeza, indicando al resto de los bailarines que formaran un círculo.

—Damas y caballeros, la temporada se inaugurará esta noche oficialmente..—. Llevan meses trabajando muy duro, ensayando todas las horas necesarias y alguna más. Estoy seguro de que esta producción de El lago de los cisnes será la mejor que este público ha visto. —Hizo una pausa—. Si no lo es, me aseguraré de que pagan por ello en el ensayo de mañana por la mañana.

Hubo varios gemidos. —Sabíamos que no estaba bromeando.

—Yo voy a sentarme en el palco principal, en el centro del escenario, y no pienso aplaudir ni una sola vez a no ser que el espectáculo sea perfecto. ¿Está claro?

—Sí, señor —murmuramos de forma colectiva, intimidados por su poder.

—Bien, ocupen sus posiciones. —Se alejó de nosotros y chasqueó los dedos—. Hagan que me sienta orgulloso.

Me coloqué en el centro del escenario, dándole la espalda al telón, con las manos por encima de la cabeza. —Escuché que la orquesta afinaba por última vez los instrumentos, que el pianista repetía el estribillo que había fallado esta mañana, y luego se hizo el silencio...—Un silencio ensordecedor.

En la galería, parpadearon algunas luces, al principio más lentas y luego más rápidas, después todo se volvió negro.

Cinco... Cuatro... Tres... Dos...

El pianista tocó la primera estrofa de la composición y el telón comenzó a subirse. Un foco se concentró en mi espalda.

El cuerpo de baile, formado por veinte bailarinas con sus blancos tutús de cisne, formaron un círculo a mi alrededor. —Cuando se detuvieron de puntillas, con la cabeza inclinada hacia atrás, giré lentamente para enfrentarme a la audiencia. —Hice una pausa, mirando todos los rostros sin nombre, y luego me dejé llevar por mi propio mundo.

Era Odette, la reina de los cisnes, y me había enamorado de un príncipe a primera vista. Bailé con él bajo una miríada de luces brillantes, diciéndole que necesitaba que me jurara amor eterno para romper el hechizo que había caído sobre mi lago.

Se podían oír los jadeos de la audiencia por encima de la música, pero seguí concentrada en el papel.

Hice sin problemas la transición del dulce cisne blanco, que solo quería enamorarse, a Odile, el malvado cisne negro que deseaba evitar que eso ocurriera.

Personifiqué amor y desamor, y también devastación a lo largo de dos horas, sin parar o perder el ritmo para recuperar el aliento.

En la escena final, donde el amor de mi vida se comprometía a morir conmigo en lugar de honrar la equivocada promesa que había hecho al cisne negro, no pude evitar desviarme un poco de la coreografía.

En lugar de coger su mano y dejar que me llevara al agua, salté a sus brazos, permitiendo que me sostuviera en alto para que me vieran los demás cisnes. Y entonces, los dos giramos, muriendo juntos.

La música comenzó a decrecer sombríamente, las luces se fueron apagando hasta que solo hubo oscuridad y silencio.

De repente, la audiencia estalló en aplausos y una multitud de elogios, de ¡Bravos!, de ¡Bravísimos!, resonaron en las paredes.

Las luces del escenario se iluminaron y realicé una reverencia con la mirada clavada en un mar de caras difusas.

—¡Buen trabajo! ¡Bien hecho! —gritaba el señor Marty en la primera fila, asintiendo mientras aplaudía.

—¡Es nuestra hija! —decía mi madre a mi padre, secándose una lágrima.

Y hasta el señor Leonard, todavía inexpresivo, se había puesto en pie y aplaudía..—Solo se detuvo cuando sus ojos se encontraron con los míos.

—¡Bravo! —pronunció antes de alejarse.

Mantuve una sonrisa en la cara mientras escudriñaba el patio de butacas en busca de la única persona que quería ver. —La única que necesitaba. —Pero no estaba allí.

—Gracias, damas y caballeros, por asistir al estreno —dijo una de las directoras de escena después de subir al escenario—. Siguiendo la tradición, les presentaremos ahora a los miembros de nuestro cuerpo de baile.

Intenté concentrarme en las presentaciones, traté de pensar en algo que no fuera Terry, pero de repente, al levantar la cabeza después de una reverencia, lo vi allí..—era él, estaba en la primera fila, en el último asiento a la izquierda. —Me miraba sonriendo.

—Felicidades —articuló moviendo sus labios.

—Y por último, pero no menos importante, la protagonista de la noche, la nueva primera bailarina de la Compañía de Ballet de Nueva York: ¡Candice White! —dijo la directora ante el micrófono, haciendo que el público estallara en aplausos.

—¿Señorita White? —me dio un codazo—. Señorita White, tiene que hacer una última reverencia y salir del escenario... Ahora... —susurró.

Me alejé de ella y me dirigí directamente hacia Terry, tomándome mi tiempo para bajar los escalones del escenario. —Me detuve delante de él y lo miré a los ojos, ignorando los confusos murmullos de la multitud.

La directora de escena dijo algunas palabras más, el,señor Leonard saludó también y el telón bajó sin mí.

Mientras el público daba los últimos aplausos y empezaba a vaciar el auditorio, por fin fui capaz de hablar.

—Pensaba que no podías venir... —susurré—. ¿Estás aquí solo para ver el estreno o vas a quedarte un poco más?

—Me voy a quedar un poco más.

—¿Eso quiere decir que te quedarás de forma permanente?

—No. —Me secó las lágrimas—. Eso significa que me quedaré aquí hasta que te des cuenta de lo terrible que es esta ciudad, hasta que estés preparada para marcharte.

—He firmado un contrato de tres años.

—Todos los contratos son negociables. —Sonrió y me estrechó entre sus brazos—. Y como no te disculpes por estropear las presentaciones finales, es posible que te denuncien por algún tipo de incumplimiento y te despidan...

—¿Dónde vas a trabajar? —pregunté—. ¿Tienes pensado practicar la abogacía? ¿Puedes hacerlo?

Me besó en los labios.

—Recibí dos propuestas de trabajo, una en Broadway y la otra en la Universidad.

—¿Y...?

—Voy a dar clases en la Universidad de Nueva York.

—No niego que la oferta de Robert es tentadora, pero implicaría mucho tiempo fuera de casa y no podría...

—¿Qué? —Lo lamenté al momento por sus futuros alumnos—. ¿Por qué?

—¿Por qué dices "por qué"?

—Eres un profesor horroroso, Terry... Los pasantes de BAG te odiaban.

—¿Crees que me importa?

—Lo digo en serio... —Estaba realmente preocupada—. Creo que deberías reconsiderarlo. —No todo el mundo sirve para la enseñanza, es que...

—Para empezar —me interrumpió, abrazándome con más fuerza—, soy muy buen profesor, solo depende de la clase que imparta... —Se detuvo para pasarme un dedo por los labios—. Estoy seguro de que puedes recordar lo bien que te enseñé a hacer cierta cosa...

Me sonrojé.

—En segundo lugar, estarás de acuerdo conmigo en que todos los pasantes de BAG eran unos ineptos, sin facilidad de palabra. —Todos menos una.

—¿La que era una tremenda mentirosa?

—Sí —, esa.

—He oído que rompió todas tus reglas... —Llevé la mano hasta su mejilla—. Que puso fin a eso de "Una cita, —Una cena, —Una noche, —Sin repeticiones"

—Te aseguro que no lo hizo.

—¿De verdad? —Lo miré con los ojos entrecerrados—. ¿Todavía sigue siendo esa tu filosofía como tu lema personal?

—De alguna forma sí... —reconoció, apretando los labios contra los míos—. Me gusta mucho cómo suena esa frase, así que pienso seguir teniéndola como lema, solo que voy a sustituir la palabra "Una"por la palabra "Mas" pero será sólo contigo, gracias a ti, a tu amor y paciencia he vuelto a creer en el amor.

Continuará...