Disclaimer: los personajes pertenecen a Stephenie Meyer y la trama a JAnnMcCole.

Capítulo veinte

Todo es diferente ahora

"La verdad siempre sale a la luz, el crimen no puede estar oculto por largo tiempo." ~William Shakespeare.

BELLA

—Te odio —siseé de nuevo mientras comía mi tostada.

Edward puso los ojos en blanco, ojeando los documentos que tenía frente a él.

—Estamos en público, cariño.

—Pueden irse a la mierda con todos estos cuchillos tontos, por lo que me importa. —Eché un vistazo a su restaurante favorito, encontrando al menos diez pares de ojos observándonos como si fuéramos estrellas de cine… Bueno, éramos como estrellas, pero igual era jodidamente molesto.

—Cuidado, puede que dejen de verte como la querida de América. —Sonrió, bebiendo su café con desdén. Sabía que prefería brandy y ahora mismo, yo también lo preferiría.

—Ellos pueden tener su querida de vuelta después de lanzar los cuerpos de James y Victoria en uno de los mejores lagos —hablé en irlandés.

—Paciencia, amor —respondió.

Tomando el cuchillo en mis manos, sentí mis fosas nasales dilatarse.

—A la mierda la paciencia. Han pasado cuatro meses desde su boda. Desde entonces, han incendiado la mitad de nuestros campos en México, han matado siete de nuestros hombres en Italia, y han bloqueado un diez por ciento de nuestra marihuana en el este. Lo cual deberías saber que nos cuestan cien millones a la semana. Quiero sus cabezas en una estaca y lo quiero para ayer. Pero de alguna forma me convenciste de esperar. ¡Así que púdrete y que se pudran ellos, y este jodido sombrero que tengo que usar!

Quería quitármelo y lanzárselo por la cabeza, pero eso traería mucha atención hacia mí. Pellizcándome el puente de la nariz, intento respirar. Los últimos cuatro meses han sido de pura guerra; los Volturi estaban atacándonos con todo lo que tenían. Esperábamos eso, pero con la policía observándonos más que nunca, nuestras acciones estaban limitadas. Los Volturi seguramente estaban detrás de eso también, pero ahora mismo me encontraba lista para bombear la estación de policía, matar los Volturi y seguir adelante. Pero, en cambio, me encontraba en un hotel cinco estrellas, esperando a las putas amas de casas de Chicago para un puto evento de caridad.

—Tu sombrero es lindo —Sonrió y lo fulminé con la mirada—, y ya encontraremos nuestro momento. Ahora mismo el plan que arreglamos anoche es el único que seguiremos.

—Estaba drogada de tanto sexo y no podía pensar con claridad —espeté, tomando el insulso té que me ofrecieron.

—Pero allí es donde todos nuestros planes maestros son creados. —Hizo un puchero, pero fue borrado cuando el mismísimo comisario Andrew Patterson se acercó a nosotros.

—¿A quién llamas cuando es la policía la que te acecha? —Suspiré, mirando hacia Edward que observaba al hombre con furia.

—A nosotros —respondió, enderezándose en su silla.

El comisario Andrew Patterson colocó dos placas en la mesa, haciendo que Edward y yo nos miremos por un momento.

—Qué brillante. —Sonrió con sorna Edward, tomando un sorbo de su café—. ¿Hay alguna razón por la cual pones esa sucia cosa en mi mesa?

Patterson lucía como si hubiera envejecido al menos diez años en los últimos cuatro meses.

—Los oficiales que sus hombres mataron hoy acababan de salir de la academia.

—Debería tener cuidado de lo que acusa a las personas, comisario —siseé, echando un vistazo alrededor de la habitación otra vez. Nadie podía escucharnos, pero él estaba siendo estúpido.

—Incluso se deshicieron de sus familias, ¿no? —Se rio amargamente, ignorándome por completo.

—Comisario…

—¡Una niña de seis años se quedó sin familia por su culpa! ¡Sé que fueron ustedes los que mataron a Pope y Jeffery! ¡Son unos enfermos! ¡Su gente arderá en el infierno!

—¡Comisario! ¿Acaso perdió la cabeza? —gritó Edward, poniéndose de pie mientras dos guardias se acercaban a nosotros.

—¡Quizás sí! —gritó el hombre mientras era contenido por los guardias—. ¡Pero no se mantendrán intocables por siempre! Un día, alguien les hará hacer pagar por sus delitos.

—¡Saque a este hombre de aquí, está alterando a mi esposa! —gritó Edward mientras los guardias lo apartaban.

¿Alterándome? Al diablo con eso, esta mierda era demasiado graciosa, pero puedo actuar como una dama en apuros. Supongo.

—¡Los malditos Cullen no van a estar al poder por siempre! ¡Solo espera, alguien va a devolvérselos diez veces peor y yo me reiré, monstruos! —Rio como un drogado Guasón.

—¡SAQUENLO DE AQUÍ! —rugió Edward otra vez mientras yo posaba una mano sobre mi corazón como una buena dama en apuros.

Cuando se fue, el encargado corrió hacia nosotros, inclinándose tan bajo que pensarías que intentaba besar la polla de Edward. Diablos. ¿Desde cuándo vivíamos en Japón?

—Lo siento mucho, Sr. Cullen, por favor…

—No es un problema. Por favor, mantén ese hombre lejos de nuestra familia —dijo Edward antes de volver a tomar asiento. Esperó a que la sala volviera a tranquilizarse antes de mirarme seriamente.

—Tú fuiste la que lo ordenó —dijo en irlandés.

—Sí —respondí, insegura de por qué parecía que quería matarme.

Se pellizco el puente de la nariz.

—Dejaste que esa niña viva.

Enderezándome, lo fulminé con la mirada.

—Ella no estaba en casa y no iba a cazarla por la ciudad. Tiene seis años.

—Entonces deberías haber esperado hasta que estuviera en casa —siseó, moviéndose hacia el borde de su asiento—. No me importa si tenía seis o veintiséis, ella es su familia, y por lo tanto debería estar muerta…

—Lo dices como si esa niña tuviera poder —respondí. Necesitaba calmarse antes que lo apuñale aquí y ahora.

Me miró como si hubiera perdido la cabeza.

—Ella es hija de un policía, sangre azul. No es una amenaza ahora, pero ¿qué tal dentro de veinte años cuando salga de la academia? Estará de cacería en busca de venganza. Los niños crecen, y a menos que sepas algo que yo no, vamos a estar vivos dentro de veinte años. Tuviste seis años una vez y lo que te pasó cambió tu vida para siempre. Eres la última persona a la que pensé que tendría que explicar quiénes somos o lo que hacemos.

Se puso de pie y me besó en la mejilla con fuerza para aquellos que podrían estar mirando antes de susurrar en irlandés:

—Quédate aquí, mi madre ha llegado. Yo me encargaré de ello.

Sonaba jodidamente decepcionado de mí. ¿Quién mierda se cree que es? ¿Acaba de relevarme? Yo era la maldita Capo y no tomaba órdenes. Antes de poder responderle, Alice, Rose, y Esme entraron con un grupo de mujeres. Cada una sonreían y reían como si respiraran un aire diferente.

—Damas, ¿acaso no es apuesto mi hijo menor? —dijo Esme, dándole un grande abrazo.

Edward rio, pero era su risa falsa, la que usaba para la muchedumbre.

—Algunos dicen que el más apuesto.

Todas se rieron mientras yo lo observaba, preguntándome dónde sería mejor apuñalarlo.

—El más arrogante también. —Sonrió Esme.

—Debo aceptar ese cumplido también. —Guiñó el ojo hacia algunas señoras grandes, haciendo que tenga que actuar como una esposa avergonzada y golpearlo en el pecho.

—Ya desayunamos, cariño, ¿no tienes negocios de los cual ocuparte? —Clavé mis uñas en su piel, pero el maldito ni siquiera se inmutó.

—¿Ya desayunaron? —nos preguntó Alice, viendo como los meseros limpiaban nuestra mesa y añadían una nueva para hacer lugar.

—Lo siento, señoras, solo Dios sabe cuándo volveré a verla después que desaparezca con ustedes. Tenía que empezar mi mañana con ella. —Cautivó a las señoras. Lo observaban como si fuera un dios. Sus rostros y las palabras de él me hacían querer vomitar.

—Amor joven. —Rio Rose, haciéndome fulminarla con la mirada.

—Adiós, Edward —siseé con una sonrisa.

—Ya comenzó, —Rio Edward, besando mi mano—. Sé cuándo no me quieren.

Las mujeres lo miraron adorablemente mientras se iba e intenté lucir alagada, pero mi rostro no quería cooperar. Esme, Rose, y Alice parecieron notarlo. Sonriéndoles, tomé asiento mientras todas hacían lo mismo.

—Señoras, bienvenidas al séptimo encuentro anual de M.E.M., Mujeres Empoderando Mujeres, —habló una rubia animada ni bien nos sentamos—. Me encantaría agradecer a la Sra. Esme Cullen por alojarnos aquí a todas.

—¿Qué tan seguido hacen estas reuniones? —susurré a Alice mientras todas aplaudían.

—El primer sábado de cada mes. Te has perdido varias —respondió Rose antes que Alice pudiera hablar y justo entonces la rubia se volvió hacia mí.

—Por favor denle la bienvenida al nuevo miembro, la Sra. Isabella Cullen. Todos sabemos cómo es el primer año de matrimonio. —Se giraron hacia mí y me obligué a sonreír y sonrojarme ante el ejército plástico frente a mí.

—Sé feliz que te perdiste muchas —susurró Esme, haciendo que Rose y Alice rieran disimuladamente.

Tardó un tiempo, pero al fin todas las mujeres estaban entretenidas charlando, que ya no tuve que forzarme a prestar atención. Deben ser las mujeres más tristes y desesperadas que he conocido. A ninguna de ellas le importaba la beneficencia. Solo les importaban ser mejor que la otra en cuanto a quién dona más dinero, solo para probar lo ricas que son. Ninguna se podía comparar con una esposa Cullen, pero todas querían ocupar el segundo lugar. Así que, si tienen que dar de comer a pueblos en hambrunas para que las vean como importante, lo harían.

Alice se removió por milésima vez en su asiento, haciendo que le echara un vistazo. Podía ver lo mucho que cambió Alice. Sus brazos y piernas estaban más tonificadas, parecía más en alerta y capaz ahora. Incluso se cortó el pelo un poco más; a pesar de todo eso, todavía lucía hermosa, casi como una estrella de película.

—¿Estás lista para trabajar conmigo, A? —pregunté suavemente. Sus ojos se ensancharon y sonrió.

—¿Lo dices en serio? —preguntó porque obviamente no sabía quién era. No bromeaba con cosas como esta. De hecho, rara vez bromeaba.

—Angela dijo que estás acostumbrándote a ella. Así que, sí, es en serio —respondí.

—Si, primero tendría que hablar con Jasper…

—¿Qué? —interrumpí rápidamente.

—Jasper —dijo otra vez, frunciendo el ceño—. Cuando le dije, se me rio y no hemos hablado mucho de ello. Pero creo que eso es porque no ve a Angela como algo de lo que preocuparse. Tú, por el otro lado…

—Soy algo de lo que preocuparse, —Añadí, colocando a Jasper en mi lista de los Cullen que tengo que patear el trasero—. ¿Le has obligado a que te escuche?

Me miró como si estuviera loca.

—Sabes que eres mujer, ¿no? —Sonreí—. Toma unas esposas, excítalo, dile lo que quieres y luego déjalo allí para que piense en ello.

—Jamás podría hacer eso, Jasper va a estar tan…

—Caliente, lo cual puedes usar para tu ventaja. Eres una maldita mujer Cullen; haces lo que quieres. Si quieres entrenar conmigo, entrenarás conmigo y si a Jasper no le gusta, recuérdale de los días donde solo tenía a su mano. —Lo decía en serio, aunque Rose se reía a mi lado. A pesar de todo el avance que tuvo Alice, me sorprendía que siga escondiéndose en su caparazón.

—Bella, no soy como tú…

—Nadie es como yo —interrumpí y seguiría interrumpiendo hasta que tenga las agallas de detenerme.

—Es que, no sé cómo ser fuerte. Jasper significa el mundo para mí y no quiero lastimarlo o perderlo —susurró y estuve tentada de ahogarme en la sopa.

—Si sigues enfocándote en la suerte que tienes de tener a Jasper, entonces olvidarás la suerte que tiene él de tenerte. Imagina que eres una princesa y demanda ser tratada como una —respondió Rose, y me encontré confundida. ¿Desde cuándo pensaba igual que una muñeca inflable?

—Todos mis hijos necesitan ser golpeados en la cabeza cada tanto. —Esme me sonrió maternalmente.

—O disparados. —Sonreí, haciendo que Esme me fulmine con la mirada. Solo me encogí de hombros, era verdad. Las balas hablaban más que las palabras.

—Isabella, ¿te importa si hablamos en privado? —preguntó Rose, raramente cordial. Eché un vistazo hacia Alice y Esme, que parecían tan sorprendidas como yo. Asintiendo, me puse de pie esperando a que me siga mientras caminaba hacia el baño de mujeres.

Quitándome el estúpido sombrero, lo dejé sobre la mesada antes de volver hacia ella.

—Habla.

—Quería disculparme por mi hostilidad y por ser…

—¿Una perra inmadura y mal educada? —pregunté, cruzándome de brazos.

Entrecerró los ojos hacia mí, y parecía que intentaba morderse la lengua.

—Si, por eso también.

—No aceptaré tus disculpas hasta que sepa por qué lo haces. —Me giré hacia el espejo para intentar arreglar mi cabello.

—¿Porque es lo que hacen las personas maduras? Nos disculpamos cuando estamos equivocadas —espetó antes de tomar aire profundo.

—Bueno, digo que es mentira. —Sonrío—. Verás, cuando las personas se disculpan y lo dicen en serio, no necesitan privacidad. Así que, supongo que Emmett te metió en esto. ¿Qué te dijo que hizo que intentaras ser humilde?

—Él…

—No me mientas, Rose. Soy mucho mejor en ello que tú y no tengo problemas en romperte la cabeza contra este espejo. Puedes ir hasta West Ridge y preguntarle a Tanya si no me crees. —No podía matarla, pero odiaba a los mentirosos y lo dejaría en claro.

Se quedó mirándome asombrada y asintió.

—De acuerdo. Hace unos meses, Emmett y yo hablamos de ello. He estado intentando mantenerme fuera de tu camino, pero sé que tendremos que hablar de vez en cuando. Yo solo… Emmett quiere que arreglemos las cosas. Amo a Emmett, así que lo haré.

—¿Qué pasa con todas ustedes que se inclinan ante lo que sus esposos les piden? —Realmente eran esposas "perfectas".

—Se llama amor, Isabella —espetó una vez más—. Cuando amas a alguien, solo quieres que esté feliz. Eso no te hace débil y no te hace un idiota. Edward está muy enamorado de ti, y tú te encojes de solo pensarlo. Alice y yo nos somos G.I. Janes y está bien. Pero al menos no le tenemos miedo al amor. Así que te pido perdón otra vez. Tengo que ir a casa con mi marido, tener sexo increíble, y verlo sonreír.

No dijo nada más antes de irse. Cuando lo hizo, me giré hacia el espejo y me observé a mí misma. Recordé un momento en que mi vida era mucho más fácil.

EDWARD

La mayoría de las personas—muchas personas—estarían horrorizada por lo que hice esta noche. Me llamarían monstruo; me dirían que no tenía un corazón o que era cruel. Pero ninguno de ellos conocía la vida que llevaba o caminaba por la misma vereda que yo. Era el jefe de la familia. Era el Ceann Na Conairte. Lo que significaba que era mi responsabilidad proteger a esta familia de estorbos del pasado, presente, y futuro. Solo tenías que ver películas viejas de mafia para ver cómo un cabo suelto derribaba grandes imperios.

Regla número dos: Se despiadadamente violento y no te arrepientas de ello. Todos los que capturábamos eran asesinados o convertidos en aliados y usados para obtener información. Pero después de obtener lo que necesitábamos, los matábamos de todas formas. Cualquier hombre que puede traicionar a su jefe una vez, puede volver a hacerlo. Lo que hizo crecer a los Cullen era que habíamos corregido todos los errores que a los demás habían sepultado. No engañábamos a nuestras esposas, y no consumíamos la droga que vendíamos. Esas dos cosas eran por lo que más se conocía a la mafia. Sin embargo, era la principal causa que los hacía caer. Todos se mantenían limpios, incluso los hombres más cercanos a nosotros. Los hombres de nuestra familia habían trabajado demasiado para llegar a lo que éramos hoy como para que una rata adicta vaya con la policía para salvar su pescuezo. Las esposas eran la clave, porque si las tratas como corresponde, vivirían y morirían por ti. No tenía remordimientos por lo que hacía. No mataba porque era un retorcido hijo de puta. Todo era por el bien de la familia.

Suspirando, seguí tocando el piano. Había vuelto tarde y no tenía ganas de lidiar con mi Bella, o con alguien más de hecho. Pensé que ella lo entendía, pero lo descartó como si nada; estaba tan concentrada en James y Victoria. Si, ellos eran un gran problema, pero necesitábamos tomar todas las precauciones. A Aro le encantaría que la pifiásemos. Intentaba distraernos por todos lados. Mientras más áreas cubrías, más lugar para cometer errores; solo necesitaba encontrar una oportunidad.

—Vas a desgastar todas las teclas —dijo mi esposa detrás de mí, pero no me pude girar a mirarla. Sabía que lo que sea que esté usando me embelesaría. A la mierda con eso, me dejaría hambriento de ella.

Solo seguí tocando. Ni siquiera estaba seguro de lo que era. Solo toqué. Sin embargo, con cada paso que ella daba, podía sentirla como una ola de calidez detrás de mí. Supe cuando su mano estaba por sobre mi cabeza, y me incliné hacia ella sin pensarlo. Pasó sus dedos por mi cabello antes de tomar asiento a mi lado. Allí, subió al piano, colocando sus piernas a mis costados y obligándome a tocar mientras la observaba… maldita sea ella.

—Bella…

—¿Me amas? —susurró, mirándome seriamente a los ojos. Me congelé. ¿Qué podía responder a eso? Si mentía, se daría cuenta. Si le decía la verdad, me apartaría. Así que seguí tocando.

Se deslizó hacia abajo, las teclas sonando cuando pasó sobre ellas, y se ubicó en mi regazo. Besándome, envolvió sus piernas alrededor de mi cintura.

—¿Me amas? —preguntó de nuevo, buscando mis ojos.

Asintiendo, tragué saliva.

—Sí, te amo. No tienes que decirlo. Puedo esperar.

Tomó aire profundo y bajó su cabeza.

—Bella, lo digo en serio, no tienes que decirlo ahora. Puedo esperar. —Intenté levantar su mentón, pero ella apartó su rostro—. Bella…

—No soy buena en el amor —susurró.

—Lo sé, por eso estaba esperando. —Acaricié sus muslos, no para algo sexual, sino para que me pueda sentir y saber que estaba allí sosteniéndola.

Pasó una mano por su cabello y suspiró.

—He estado trabajando en ello.

—Eso también lo sé. —La he visto deshacerse de sus muros para mí todos los días. Levantándose de mi regazo, caminó hacia la ventana y enseguida extrañé su calor.

—Siempre he sido la fuerte, Edward. Soy buena siendo la fuerte. No quiero que nadie me vea como débil o…

—No hay alguna persona viva que no te tema o piense que eres débil, —susurré, colocándome detrás de ella—. ¿Qué pasa contigo?

—¿Y si estuviera embarazada? —Se giró rápidamente hacia mí—. Nadie ve a una mujer embarazada y piensa "Santo cielo, esta mujer podría matarme con sus propias manos." Todo lo que ven es a una… incubadora que vive comiendo y caminando como pingüino.

No pude evitar reírme.

—Diría más como pato, pero pingüinos funciona.

Me golpeó el brazo y me reí un poco más. Ella siempre me hacía reír.

—Cariño, todavía tenemos tiempo antes de que comiences a caminar así. —Sonreí.

—Sí, un poco menos de siete meses. —Frunció el ceño, levantándose la camiseta para que pueda ver el pequeño bulto que apenas era notable. Pero como había visto su cuerpo desnudo muchas veces, podía darme cuenta.

Sentí como me quedaba sin palabras mientras abría mi boca. Mi mano se dirigió hacia su estómago antes de encontrarme con su mirada. Cada vez que intentaba formar una palabra, se perdía para cuando abría la boca.

—Estás embarazada —susurré.

Asintió.

—De diez semanas.

Mis piernas cedieron debajo de mí y me encontré de rodillas, con mi cabeza en su estómago. No podía escuchar nada, pero me sentí tan honesto, enamorado, y emocionado. Sus manos encontraron mi cabello nuevamente mientras besaba su vientre.

—También te amo, Edward. Simplemente no sé si pueda decirlo con frecuencia —susurró—. Así que tendrás que decírselo mucho a él o ella.

Me reí y asentí. Ella se agachó frente a mí y la tomé del rostro.

—Diablos, estoy embarazada —murmuró.

—Diablos, —respondí en susurro antes de tomar sus labios. Trayendo su cuerpo hacia el mío, la tomé en brazos.

Medio corrí devuelta a nuestra habitación mientras ella se reía de mí.

—¿Sexo en el piano no? —preguntó en mis brazos.

—No quiero sexo. —Sonreí con satisfacción, casi pateando la puerta de nuestro cuarto—. Quiero hacerte el amor.

Dejándola en el centro de la cama, arqueó una ceja hacia mí.

—Eres tan cursi, Edward.

—Cállate y disfrútalo. —Fruncí el ceño antes de sonreír de nuevo. Si iba a morir o algo, iba a ser de felicidad.

Me atrajo hacia la cama tomando de mi cinto y se colocó sobre mi cintura.

—No puedes tratarme diferente.

—Como la mierda que no.

Todo era diferente ahora.

—Edward, lo digo en serio. —Me fulminó con la mirada.

Sentándome, la agarré de sus costados para mantenerla en su lugar.

—Yo también, estás embarazada.

—Eso no me hace una inválida o hecha de cristal, —espetó y me tenía que preparar para varios meses de ello. Pero eso solo me hizo sonreír.

—Isabella, si me dejaras, te envolvería en envoltorio de burbujas y me aseguraría de que estés rodeada de al menos cuatro hombres en tierra y dos en el puto cielo…

—Y usaría las cabezas de esos hijos de puta para practicar tiro al blanco. Hasta que comience a caminar como un puto pato, nadie me va a tratar diferente. Si lo hacen, los encadenaré a tu estúpido Audi y a tu Aston Martin y los haría pedazos. Embarazada o no. Soy la maldita Capo —gritó en mi cara.

Tenía que haber algo terrible conmigo por encontrar sexy su amenaza de matar gente. Besándola, me aseguré de hacer una nota mental de dónde dejamos la discusión antes de ponerla sobre su espalda. Podía sentir sus pequeñas manos arrancando mi ropa, intentando sacarla como yo lo hacía con ella.

—Dilo de nuevo, —susurré, besando su pecho.

—¿Qué? —Jadeó de placer mientras llegaba a la tierra prometida, la tierra de leche y miel que se encontraba entre sus muslos.

—Dime que me amas. —Besé sus otros labios, antes de insertar tres dedos en ella.

No habló mientras aceleraba mis dedos dentro y fuera de ella. Gimió fuertemente cuando bajé el ritmo.

—Edward…

—Dímelo, —susurré, moviéndome tan lento que ella movió sus caderas contra mí esperando que lo haga más rápido.

—¡Te odio! —siseó.

—¿Y? —Sonreí. Amaba verla así de salvaje por mi culpa.

—Eso es todo. —Sonrió y mordí su muslo suavemente.

—Quería beber todo de ti —murmuré contra su piel cerca de mis dedos—. Quería hacerte correr con mi lengua.

Saliendo, ella gimoteó.

—Pero como, una vez más, quieres ser difícil. —Sonreí, sacando mi polla de mis pantalones—. Voy a tener que sacártelo follándote.

Antes que pudiera responder, embestí en ella y su cuerpo saltó de la cama.

—Santo cielo, Edward —siseó de placer, trabando sus piernas alrededor mío, pero las aparté.

—Esto será para mi placer, no el tuyo sino lo dices, amor. —Sonreí mientras ella luchaba contra mí, pero siempre ganaba esta batalla.

—Te odio, maldita sea —espetó.

—¿Y?

—También te amo, idiota —murmuró y lo aceptaría.

Tomando sus labios en los míos por solo un momento antes de succionar su pecho, se balanceó contra mí mientras embestía en ella. Cada una dolorosamente lenta pero no quería apurar esto; quería que absorbiéramos cada ola de placer. Pero mi esposa raramente hacía lo que yo quería. Envolviendo sus piernas a mi alrededor otra vez, me atrajo hacia ella antes de voltearme en la cama. Su cabeza se hizo hacia atrás mientras me montaba tan rápido que tuve que aferrarme al cabezal de la cama. Mi agarre era tan fuerte que estaba sorprendido que no se haya roto.

—Diablos, Bella —gruñí. No podía contenerlo más. Tomando su cintura, la mantuve allí, observando con ojos entrecerrados como ella me traía el mayor placer.

—Te amo —gemí mientras me corría a la par de ella. Cayó sobre mí y mi primer instinto fue envolverla en mis brazos.

Todo lo que podía oler era sexo y todo lo que podía escuchar era sus profundos suspiros mezclados con los míos. Nos quedamos allí, envueltos en los brazos del otro por lo que parecieron horas antes de que ella levantara la mirada hacia mí. No dijo nada, solo me miró y una vez más deseé poder leer su mente.

—¿Qué? —pregunté mientras ella giraba hacia mi lado. Mi mano fue hacia su vientre protectoramente. El siguiente Cullen, mi hijo, vendría en siete meses. Me hacía querer hacerle el amor de nuevo.

—Deberíamos haber usado protección —susurró, colocando su mano sobre la mía.

—Ni hoy, ni nunca. —No quería nada entre nosotros—. ¿No quieres un hijo?

—Los niños huelen y son ruidosos. Nunca sabes lo que quieren porque no pueden hablar. Sus cabezas son demasiado grandes para sus cuerpos. Lo que significa que, si se te caen, caen de cabeza. Son como unos pequeños alienígenas. —Suspiró e intenté no sonreír. Estaba asustada y preocupada sobre ser una madre y como era mi Bella, no lo admitiría.

—Solo al principio…

—Si, porque pasan de ser alienígenas a ser monstruos. Primero, pequeños monstruos que lloran y hacen berrinches, luego son adolescentes sexualizados que piensan que son más listos que los demás; así serán los próximos dieciocho años, Edward. No soy como tu madre. Mi paciencia se acabará y voy a decir o hacer algo…

La besé antes de que siguiera hablando.

—Hubo días en que mi madre daba más miedo que mi padre… muchos días, de hecho. Pero mis padres hicieron que funcione y salimos bien.

—Eres un adicto al sexo, fumador escondido que se gana la vida matando personas. —Puso los ojos en blanco antes de reírse.

Tenía razón.

—Soy organizadora, Edward. —Suspiró—. Me gusta saber cómo voy a abordar las cosas, o matarlas. Esto, nuestro hijo, no es parte de mi plan. Tenemos a Victoria y James que matar…

—No te estreses, amor. Puedo lidiar… —Antes que pueda terminar, sacó un cuchillo de debajo de la almohada y lo sostuvo contra mi garganta. Empujándome hacia abajo, volvió a ubicarse sobre mi cintura.

—Si intentas ponerme en el banco, Edward, te juro que comenzaré a descuartizar cuerpos. Puede que esté embarazada, pero sigo siendo Bella Sangrienta. Puedo matar a quien quiera. Le echaré la culpa a las hormonas. —Me fulminó con la mirada y pude ver a la misma mujer que me disparó en la pierna.

Sentí mi polla despertarse ante sus palabras y su posición sobre mí.

—Bella Sangrienta, efectivamente. —Sonreí, frotándome contra ella. Vi sus ojos nublarse mientras dejaba caer el cuchillo al suelo y me besaba.

Cuando nuestros teléfonos sonaron y se apartó, sentí la necesidad de matar al idiota que pensó en llamarnos a las dos de la mañana.

—Habla —dijo al teléfono y besé sus piernas—. Estaremos allí enseguida.

Cortando la llamada, Bella salió de la cama, dejándome duro como una roca.

—James y Victoria quemaron mi puta casa —espetó furiosamente mientras entraba al armario.

—Maldita sea, —gruñí para mí mismo.

—¡Edward, levanta tu cachondo trasero de la cama y ayúdame a matar a un hijo de puta! —gritó.

Oh, iba a matarlos, no lo dudes.

BELLA

Me incliné contra el coche, observando mientras la Villa Swan se hacía cenizas. El departamento de bomberos intentaba controlar el fuego, pero uno mortal crecía en mi interior.

—Había una nota en la verja, señora. —Jacob corrió hacia mí.

Vi a Edward estirar su brazo para tomarla, pero la agarré antes que él pudiera y lo miré furiosa. No iba a tratarme diferente; no se lo permitiría.

"Quemas mis cosas, yo quemo las tuyas. Todo es válido en la guerra. Felicitaciones por el bebé. Qué momento feliz para los dos. ~J&V"

Edward tomó la carta, enfureciéndose tanto como yo.

—¡Encuentra al Dr. Anderson YA! —grité en el rostro de Jacob.

Edward se volvió hacia mí. Sus ojos fríos.

—Todo es diferente ahora.

Asentí, abriendo la puerta del coche y sentándome. Todo era diferente. Yo era un blanco grande. Siempre era un blanco, pero ahora también lo era mi hijo, el próximo líder de nuestro imperio y por eso, iba a tener que cambiar. No convertirme en Esme o Alice. Sino un líder diferente, iba a tener que encontrar la forma de ser Despiadada y Embarazada. James y Victoria eligieron la familia equivocada con la cual meterse.