Personajes de Mizuki e Igarashi

─Ven amor, vamos a casa.

Aunque los primeros días de la separación de Candy con sus hijas no fue nada fácil, Albert estaba junto a ella para apoyarla en todo momento. Terence también cumplió su palabra e instaba a sus hijas a hablar a diario con su madre en el momento en que ellas quisieran hacerlo.

Entre tanto, Stear y Patty cuidaban con gran amor al bebé, los tres eran felices. Arianna se mantenía en contacto con su hijo, ella había buscado ayuda psicológica, las cosas para ella iban mejorando.

Por otro lado, los duques tenían sus propios desafíos como pareja, se enfocaban en sus asuntos personales, lo cual era una suerte para las niñas. Los meses fueron pasando hasta que llegó el nacimiento del bebé de Candy y Albert.

─Bien, señora Ardlay, tal como se lo dije en la consulta anterior, sus hijos nacerán por cesárea: ¿Quiere permitir que el padre esté presente en el nacimiento de los bebés?

─¡Oh, sí, doctor! De hecho para él será una sorpresa ver nacer a dos bebés en lugar de solo uno, gracias por ayudarme a guardar este secreto y por no revelarnos el sexo de los nenes, los amaremos por igual ─Ante ese comentario el doctor; Donald Martin, no pudo más que solo sonreír.

Candy fue preparada para ingresar al quirófano, una vez iniciado allí dentro el proceso, se le permitió el ingreso a Albert. Él fue testigo del maravilloso milagro de vida, le dio la bienvenida a su primer hijo, un hermoso varón al que llamaron: Williams Theodore Ardlay, respetando el traspaso del primer nombre que se hereda de generación en generación. Pocos minutos después Albert tomaba entre sus brazos a la pequeña: Candice Priscilla Ardlay una bebé fuerte y hermosa. Acercaron a los bebés a su mamá. Fue un momento que, Albert describió como perfecto. Las lágrimas en el rostro de los otra vez padres; eran el reflejo de una felicidad que no se podía explicar con palabras.

Candy al salir de la sala de recuperación, se le permitió estar con sus bebés, Albert ya la esperaba junto a ellos en su habitación, desde allí se comunicó con Arianna. Las tres jóvenes hijas de la otra vez mamá pudieron conocer a sus hermanitos, también estaban felices, porque todo había salido bien para su adorada progenitora. A lo lejos, encerrado en su habitación, Terry escuchaba la algarabía de sus hijas, celebrando el nacimiento de sus hermanos, sintió un golpe de dolor y se culpó a sí mismo por lo que estaba sintiendo, se arrepentía una y mil veces de no haber sabido valorar a la que fue la mujer y el amor de su vida, aún con el llanto que emanaba de sus ojos, le deseó toda la felicidad a su bien amada Candy:"Porque tú, te lo mereces, pecosa", a penas pudo dejar escapar esas palabras. Poco a poco el nudo en su garganta se fue deshaciendo, fue así como se alivió su dolor.

Cuando hubo pasado el jolgorio, Arie, se percató del sentir de su padre, aunque el trataba de esconder la mirada, ella sabía que él no la estaba pasando nada bien. Sentado en el pequeño escritorio de su habitación, fingió no comprender las palabras de aliento que la mayor de su hija le daba, ella entendió que era parte de su dolor, inclinó su cabeza hasta besarle en la frente para luego abrazarlo: "No te preocupes papá, pronto tú también serás más feliz", pensó su hija, después de eso le permitió estar solo nuevamente.

Así pasaron dos años, Candy solo veía a sus hijas por videos y llamadas. En ese lapso de tiempo había viajado a Escocia dos veces y las misma veces a Londres, pero por decisión del juez no podía acercarse a sus hijas, pero ellas sabían que su madre estaba allí, cerca de ellas, de alguna manera; aunque era doloroso esto las unía. Pero, lo que no se les podía negar a ambas partes era que conocieran a sus hermanitos. Albert en compañía de la señora Elroy se reunió en varias ocasiones con las hijas mayores de Candy para que convivieran con los gemelos. Terry apoyaba estas acciones en contra de la voluntad de su madre, quien al principio quiso participar en dichos encuentros con la excusa de supervisar la conducta de Albert, pero le fue negado por Terry y el duque.

Después de esperar cuatro años, al fin Candy volvería a reunirse con sus hijas, su corazón parecía hacerse pequeño ante ese maravilloso reencuentro, el punto de la reunión sería en Escocia, la tierra de los antepasados de Albert.

Patty, Stear y el pequeño Alistear Terrence, también viajaron con los Ardlay, ellos en varias ocasiones fueron a Londres para que el niño estuviera por temporadas cortas con su madre. Arianna algunos meses anteriores había concluido sus terapias, su ánimo y perspectiva de la vida cambió por completo, ahora era una mujer madura, segura de sí misma y feliz, su relación amorosa con Stear no continuó. Sin embargo, tenían un trato muy cordial, de amistad sincera por el bien de su hijo. Apoyó la nueva relación de Stear con una chica llamada Annie, sobrina del doctor que la atendió en casa de los Lagan, dos años atrás Stear había hecho formal su relación con ella y estaban pronto a casarse.

Ari por su parte comprendió que para lograr todo lo que quisiera tener o ser; es innecesario herir a los demás, sobretodo jugar y herirse a sí misma. Pudo superar todo lo vivido junto a Daniel Lagan, perdonó todo en su corazón. De vez en cuando, envían mensajes por redes sociales para saludarlo, al poco tiempo de haberse ido de Norteamérica, Daniel se casó y procreó dos hijos junto a su esposa. Sarah vive junto a su esposo, el señor Raymond.

Los brazos de Candy parecieron llenar ese pequeño vacío que hacía cuatro años había quedado, de nuevo podía abrazar a sus hijas. Arianna de casi veintidós años, Marcelline de dieciocho y Maddie de quince, la mejor manera de celebrarlos fue volver a estar con su madre. Arianna cumplió lo prometido y no se separó de ellas, pero ya era tiempo de hacer su vida según fuera su deseo, Candy y Stear la apoyaron en eso.

Faltaba poco para terminar la primavera en Escocia. Candy una mujer de casi cuarenta y dos años, lucía plena, feliz y radiante, no podía pedirle más a la vida, pero el futuro inmediato aún le tenía cosas maravillosas que ofrecerle.

─¿Quieres dar un paseo por el lago?

─Encantada mi amor ─Más enamorados que nunca, Albert y Candy caminaron por las orillas del lago, a lo lejos se apreciaba la imponente villa Ardlay. El panorama era hermoso, similar al de una foto postal, el clima era agradable esa tarde en especial.

─Llevamos cuatro años juntos, en este tiempo hemos aprendido a amarnos, aunque al principio no fue fácil, pudimos salir adelante sin separarnos, no tengo duda de tu amor, tampoco tengo dudas de que eres tú la mujer a la que me quiero entregar por el resto de mi vida, eres tú con quien quiero compartirlo todo ─Inclinándose en una rodilla, Albert tomó la mano de Candy y le puso un anillo─. Candy quiero que seas mi esposa, ¿me aceptas como tu esposo?

─¡Albert! Sí…sí, mi amor, quiero y acepto ser tu esposa.

En esa misma primavera en Escocia Candy y Albert se casaron en una ceremonia tradicional de las tierras altas. Candy caminó hacia el altar del brazo de su pequeño hijo. Albert la esperaba allí junto a sus dos hijas, la boda fue como un cuento de hadas mejor aún, ahora Candy era la señora Ardlay, su felicidad al fin estaba completa, no podía pedir más, junto a ella estaba el amor de su vida y él solo vivía para hacerla feliz.

Cerrando mi diario me permití que mis sentimientos volvieran a la calma, viví junto al amor de mi vida por casi veinte años, nunca me detuve a pensar si realmente merecí ser tan feliz, cuando la enfermedad fue apagando la vida de mi esposo me aseguré de que él supiera que yo seguía igual de enamorada y que incluso lo amaba aún más, era ese el recuerdo que quería que se llevara, al recordarlo no puedo evitar llorar, lo extraño mucho, desde su muerte he cumplido aquel sueño que teníamos de viajar juntos por algunos lugares, un día mientras recogía sus cosas para donarlas a casas de beneficencias, el destino me hizo saber que estaba unida por un misterioso hilo invisible a William Albert Ardlay.

Entre sus cosas hallé un broche similar a uno que he guardé celosamente por más de cuarenta años, perteneció al último hombre al que me entregué en la época en que fui prostituta. Fui fiel y feliz con Terence, lo amé lo suficiente, pero por muchos años no podía evitar recordar vagamente aquellos besos y caricias que me hicieron arder, fue un amigo de él quien propuso que se llevara a cabo aquel encuentro. Albert, era el mismo caballero que fue siempre, ambos habríamos querido negarnos rotundamente a entregarnos a la pasión esa noche, pero la atracción y el deseo nos sobrepasó, hicimos el amor como no lo habíamos hecho antes, yo a mis dieciocho años y él a sus veintinueve. Recuerdo que en una de nuestras platicas él me habló del recuerdo de una chica con la que sintió hacer el amor por primera vez, pero de la cual no pudo saber su nombre, aunque él ya estaba comprometido con la madre de su primera hija, nunca pudo arrepentirse de haber amado ardientemente a esa chica, de esa noche como prueba de lo que ambos sentimos quedó un broche que de alguna manera dejó olvidado, grabado en el reverso decía: Unido a ti. Ese broche representa una tradición escocesa y es entregado a la mujer que un hombre ama como símbolo de compromiso. En aquella ocasión no era el momento para que Albert y yo tuviéramos un compromiso romántico, tuvimos que pasar por muchas cosas para volver a reencontrarnos, sé que le hubiera encantado saber esta historia, o quizás ya la sepa. ¿Quién sabe? Saber que siempre estuvimos unidos no me permite sufrir más allá de lo necesario. Es su amor el que me motiva cada día a esperar nuestro encuentro final, no puedo imaginar cuanto me falta por vivir aún, pero le juré que sería feliz. Mientras tanto cumpliré a cabalidad mi palabra, ahora aquí como residente temporal de Venecia he dejado a propósito en un café el broche que Albert por algún descuido dejara en mis manos aquella noche, el que él conservó meses después de su muerte lo dejé en una plaza en Escocia, es mi fe que las personas que los encuentren estarán unidos por los hilos misteriosos del destino y serán tan felices como lo fuimos mi amado Albert y yo.

Las sombras de la noche comienzan a aparecer me apresuro a retocar mi maquillaje nuevamente, hoy el famoso actor y director Terence Grandchester estrena su película más reciente, él y su esposa la también actriz Susana Marlowe amablemente me han invitado al estreno, nuestras hijas continuaron viviendo en Inglaterra, mis hijos menores radican en Escocia y estoy segura de que son felices.

Subo a la limusina y me dirijo al cine, poso y sonrío felizmente junto a la pareja anfitriona. Albert me enseñó a amar hasta los recuerdos dolorosos es por eso que, ahora puedo estar en calma junto a Terry, nada me afecta las cosas malas que viví con él, todo fue parte de la preparación al camino de mi felicidad.

De pronto una mano suave y noble toma la mía.

─Que gusto volver a verte después de tantos años, sigues igual de hermosa como la última vez que te miré.

─¡Anthony! ¡Anthony Brown! Qué alegría verte de nuevo, hace tantos años que no te veía, más que por algunas fotos de artículos que destacan tus valiosos aportes a la medicina, déjame felicitarte por eso.

─Candy, también es una alegría inmensa para mí encontrarte nuevamente, desde que te observé todos los recuerdos en el hospital y posteriores se volcaron hacia mí, siento mucho lo de tu esposo.

─Él siempre cuidará de mí, de una forma u otra velará por mi felicidad.

Fin.