Aclaración:

Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.

La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor


«16»


«Ya has vivido lo suficiente para saber
que aveces las personas hacen todas
cosas incorrectas...»

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—¿Oyes las campanas? — gritó Nicholas cuando la torre de arriba estalló en una ensordecedora canción.

—No son campanas, cariño — gritó Hinata—, son sólo los ángeles que cantan cada vez que te miro a los ojos.

Él arqueó una ceja, con una expresión más diabólica que angelical y apoyando la boca en su oreja, le susurró:

—Te prometo que esta noche te haré vislumbrar el mismo cielo.

—¿Para qué esperar a esta noche? — contestó ella modulando las palabras.

Mojándose los labios con la lengua giró la cara hacia él, invitadora. Él estaba a punto de aceptar esa invitación cuando vio una sombra que caía del cielo ocultando toda luz del sol a su paso.

Hinata seguía con los ojos cerrados y los húmedos labios entreabiertos cuando Nicholas le dio un violento empujón, lanzándola escalinata abajo y haciéndola caer de espaldas sobre la hierba.

Entonces, un ensordecedor estruendo fue seguido por una cegadora nube de polvo y una cacofonía de exclamaciones, gritos y toses. Durante varios minutos Hinata sólo pudo permanecer tendida sobre la hierba, absolutamente pasmada. Sabía que los besos de Nicholas tenían ciertos efectos sorprendentes en ella, pero jamás la habían arrojado escalera abajo.

Quitándose el polvo de los ojos acuosos, se incorporó hasta quedar de pie. El precioso vestido que Biwako le había hecho con tanto trabajo y cuidado estaba sucio con manchas de hierba y roto en varias partes; el cintillo de botones de rosa le caía sobre un ojo. Sentía vagamente la presencia de la gente agrupada en el patio detrás de ella, sus gritos de terror resonando junto con el repiqueteo de las campanas, pero en lo único que podía pensar era en volver al lado de Nicholas. Haciendo eses como un trasgo borracho, empezó a subir los peldaños, que estaban cubiertos por trozos de mortero y de piedra. Iba sorteando uno de esos trozos cuando una conocida voz gritó:

—¡Hinata!

Se giró y vio aparecer a Hanabi volando por la esquina de la iglesia, seguida por Neji. La cara de Hanabi se iluminó como mil candelas al verla, pero se ensombreció al instante. Los dos se detuvieron, mirando hacia un lugar detrás de ella.

Cuando Hinata se giró a mirar, se hizo un silencio absoluto entre los aldeanos; las campanas dejaron de repicar, los ángeles dejaron de cantar. Pareció que el tiempo iba reptando lentamente. La nube de polvo acababa de disiparse, dejando a la vista a un hombre despatarrado en el suelo como un títere roto junto a la puerta de la iglesia.

—¿Nicholas? — susurró Hinata.

Se arrodilló a su lado; aparte de la sangre que le salía de una herida superficial en la frente, estaba tan apacible que parecía dormido. Hinata pestañeó, tratando de convencerse de que el misterioso objeto que había al lado de él era realmente un ala cortada. Levantó la vista hacia el cielo y en ese instante comprendió lo que había ocurrido.

Cuando la estatua del ángel cayó del parapeto, Nicholas la empujó para apartarla de su camino, llevándose él el golpe.

Mientras los aldeanos empezaban a subir la escalinata detrás de ella, metió una mano temblorosa bajo el chaleco de Nicholas. Su corazón latía fuerte y fiel bajo su palma, igual que ese día en el bosque.

La recorrió una oleada de alivio, que pasó a dicha cuando él empezó a abrir los ojos. Pero la aturdida expresión que vio en sus ojos, le causó otro momento de terror. Si un golpe en la cabeza le había robado la memoria, ¿sería posible que otro golpe se la devolviera?

Cogiéndole las solapas de la chaqueta le dio una suave sacudida.

—¿Me conoces, Nicky? ¿Sabes quién soy?

Se mordió los labios mientras él trataba de enfocar su cara. Sentía cómo los aldeanos retenían el aliento junto con ella.

—Claro que sé quien eres — dijo él levantando una mano para quitarle un botón de rosa del ojo, ahondando el hoyuelo de su mejilla—. Eres mi mujer.

Hinata se arrojó en sus brazos, riendo entre lágrimas, mientras los aldeanos gritaban vivas. Con su ayuda, Nicholas se puso de pie, algo tambaleante, ganándose más vivas de la multitud.

Hinata le rodeó la cintura con los brazos, aferrándose a él como si no quisiera soltarlo jamás.

—Me has dado el susto de mi vida. Pensé que estabas muerto.

—No seas tontita. Un hombre capaz de esquivar una bala de cañón no se va a dejar aplastar la cabeza por una simple estatua. — Se frotó la sien, e hizo un gesto de dolor cuando sus dedos encontraron la heridita—. Me metí bajo el marco de la puerta, pero el ala debió rozarme al pasar. — Miró preocupado hacia el parapeto—. ¿Qué crees que causó la caída? ¿Podrían haber sido las campanas?

Antes que Hinata pudiera contestar, una marea de buena voluntad los arrastró escalinata abajo hasta el patio. Mientras un aldeano le daba una fuerte palmada en la espalda a Nicholas, haciéndolo trastabillar, Kiba Inuzuka le decía, haciéndole un guiño a Hinata:

—Buena cosa que hayas revivido tan pronto, compañero. Yo ya me estaba preparando para ofrecer mis condolencias a la viudita.

Los demás pretendientes rechazados siguieron su ejemplo y se congregaron alrededor a elogiar a Nicholas por su valentía y sus rápidos reflejos. Todos estaban tan distraídos por el alegre caos que no vieron el lustroso coche negro de ciudad que se estaba deteniendo fuera de las puertas del patio.

La viuda Terumi le enterró el huesudo codo en el costado a Hinata.

—Apártate, niña, tú ya has tenido la oportunidad de besar al novio. Ahora me toca a mí.

Hinata no tuvo más remedio que hacerse a un lado para que la parlanchina viuda pusiera sus labios en morro en la mejilla de Nicholas. Se estaba riendo del bonachón gesto que hizo él cuando vio el coche. Todavía era tan intenso su alivio porque Nicholas estaba vivo que sólo sintió poco más que una leve curiosidad cuando un lacayo de librea dorada saltó de su asiento trasero y abrió la portezuela en que estaba pintado un complicado blasón.

Agrandó los ojos al ver salir a dos animales monstruosos del oscuro interior del coche. Eran demasiado grandes para ser perros; tenían que ser lobos, seguro.

—¡Mira, mamá! — gritó un niño—. ¡Mira esos osos!

La mujer lanzó un agudo chillido y los aldeanos empezaron a dispersarse cuando las bestias entraron de un salto en el patio y echaron a correr en línea recta hacia la extensión de hierba más cercana a la escalinata. Hinata se quedó paralizada de terror, incapaz de correr, incapaz de chillar. Pero los animales pasaron al galope junto a ella y saltando al mismo tiempo pusieron sus enormes patas en el pecho de Nicholas, arrojándolo al suelo de espaldas.

En lugar de desgarrarle el cuello, como había creído Hinata, empezaron a lamerle la cara con sus largas lenguas rosadas. Nicholas permaneció en la hierba un momento, medio atontado, después hizo una mueca y apartó las enormes cabezas de un empujón.

—Buen Dios, ¿van a dejar de babosearme todo entero? Ya me bañé esta mañana, gracias.

Logró ponerse de pie y se cogió la cabeza con las dos manos, pero los perros continuaron corriendo y brincando alrededor de él, haciéndole imposible el escape. Sólo cuando uno de ellos le pisó sonoramente un pie, él echó atrás la cabeza y rugió:

—¡Calibán! ¡Cerbero! ¡Quietos!

Todos retrocedieron asustados, incluso Hinata. Los perros se sentaron quietos, de repente tan inofensivos como un par de sujeta libros.

Los ojos de Nicholas se encontraron con los de Hinata. La confusión y el miedo que vio en ellos expresaban claramente que estaba tan sorprendido como ella de su estallido.

Pero no hubo tiempo para comparar reacciones, porque del coche había bajado una dama y venía corriendo por el sendero. Al llegar junto a Nicholas, sollozando le echó los brazos al cuello y empezó a bañarle la cara con besos.

—¡Bueno, mi querido bribón, estás vivo! ¡Estás vivo! ¡Ya casi había perdido toda esperanza!

Nicholas se mantuvo rígido un momento, pero luego comenzó a subir lentamente los brazos para corresponder el abrazo.

—¿Sakura? — Le tembló la mano al apartarle un mechón de pelo de la cara—. ¿Eres tú? ¿Eres tú, de verdad?

Hinata desvió la cara, sintiéndose incapaz de continuar contemplando esa tierna reunión. Desde sus satinadas botas de media caña hasta las plumas de avestruz que se mecían sobre su sombrero, esa mujer era todo lo que ella no sería jamás: hermosa, elegante, sofisticada. Y era evidente que el hombre que tenía en sus brazos la adoraba.

Nicholas le había prometido hacerla vislumbrar el cielo; al parecer esa promesa era lo único que iba a tener.

En el momento en que Hanabi ponía su pequeña mano en la de ella, un caballero con un bastón metido bajo el brazo pasó junto a ellas sin siquiera mirarlas.

Nicholas lo miró con la cara sin expresión, hasta que pasados unos segundos brilló el reconocimiento en sus ojos.

—¿Sasuke? ¿Sasuke? ¿Qué demonios haces aquí?

El hombre le cogió el hombro, con una ancha sonrisa.

—Corriendo a rescatarte, lógicamente, tal como tú corriste a rescatarme tantas veces en el campo de batalla. Supongo que no creerás que me iba a quedar tranquilamente sentado cuando me enteré de que estabas a punto de encadenarte de por vida a una tonta muchachita de campo.

Nicholas cerró y abrió los ojos, agitando la cabeza, como si acabara de despertar de un largo sueño fantástico.

—No logro encontrarle sentido a todo esto. — Se puso la mano en la frente—. Si lograra que esta maldita cabeza dejara de martillearme...

La mujer pasó su brazo por el de él en actitud posesiva.

—No te preocupes, Naruto. Todo comenzará a cobrar sentido cuando estés de vuelta en Uzumaki Hall, donde te corresponde estar.

Hinata habría jurado que ya había soportado el peor momento de su vida. Pues, estaba equivocada. Ese momento de comprensión llegó cuando el hombre con el que acababa de casarse, se giró lentamente a mirarla con los ojos entornados. Casi vio desvanecerse el cariño en sus profundidades celestes, dejándolos tan fríos y calculadores como trocitos de zafiro congelado.

Comprendiendo que se había vendido, en cuerpo y alma, a Naruto Namikaze, el propio Diablo de Uzumaki, procedió a hacer lo único que le quedaba por hacer.

Se desmayó.

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Continuará...