Aclaración:

Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.

La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor

Hay OOC


[17]


Hinata esperaba que llegase el cumpleaños de Kiba Inuzuka por diversos motivos. Lady Sarada estaba emocionada con ello, y siempre era un placer ver a la niña feliz. Lady Sarada esperaba que su madre la acompañara, pero como de costumbre Su Excelencia la duquesa estaba demasiado ocupada

con sus invitados como para dedicar una tarde entera a su hija. La niña aún esperaba que fuese su padre. Hinata no compartía esa misma esperanza.

La institutriz pensó que sería agradable pasar una tarde entera apartada de Konoha Hall. Apartada de él. Tampoco es que lo hubiese visto mucho desde la mañana en que le había pedido disculpas. No había ido a sentarse en el cuarto de estudio ni una sola vez. Solo había aparecido brevemente en la puerta de la biblioteca por las mañanas cuando Hinata practicaba en la sala de música. Le habían pedido que lo acompañara cuando el duque le dio a Lady Sarada otra lección de equitación una mañana en la que no llovía, pero posteriormente no salió a montar. Aparte de aquello, no lo había visto. Pero siempre existía la posibilidad de verlo. Aunque no quisiera, y aunque siempre esperaba que no fuese, estaba atenta a ver si oía sus pasos fuera del cuarto de estudio.

Y soñaba con él. Pero los sueños ya no eran la pesadilla de antes. Eran nuevos, ya que en estos sueños la besaba profundamente, como había hecho en la realidad, y ella también lo besaba, tal y como había hecho entonces, y le pasaba las palmas de las manos por los fuertes músculos de los hombros y le desabrochaba los botones del chaleco y la camisa para tocarle el pecho. En su sueño lo deseaba como había ocurrido en una ocasión, pero con ternura, con su cuerpo encima y dentro de ella, y su boca sobre la suya.

Siempre se despertaba sudando y se escondía aún más bajo las mantas. Y siempre sentía mucha vergüenza. Tenía muchas ganas de pasar una tarde fuera, en compañía de los niños y del tranquilo y divertido señor Inuzuka. Y esperaba fervientemente que el duque de Konoha no estuviera allí, y se sentía culpable al pensarlo porque su presencia lo sería todo para Lady Sarada: significaría que le importaba lo bastante como para desear compartir sus placeres.

Y deseaba que llegase la tarde porque pasaría varias horas libre de Toneri.

Hablaba en serio cuando le había dicho que esperaba pasar mucho tiempo libre con ella. Si paseaba por el exterior de la casa por las mañanas o a primera hora de la noche, él la acompañaba. Una vez, cuando llevó a Lady Sarada al puente a pintar, él se presentó allí y fue agradable con ambas durante una hora entera. Y en la tarde anterior al cumpleaños, el día en que el señor Aburame volvió a casa de sus vacaciones y Su Excelencia había salido con su hija, la duquesa accedió a que la invitara a un paseo por el lago que iban a hacer varios de los invitados.

—Toneri —murmuró ella nerviosa cuando la llamaron para que se presentaran en la entrada y se lo encontró esperándola allí—, no puedo ir a pasear con la duquesa y algunos de sus invitados. Aquí soy una criada.

—Pero todo el mundo sabe que también eres una dama, y conocida mía. Y yo aquí soy un invitado, Hinata, y por tanto me tienen que seguir la corriente. Mira, hace un día estupendo, para variar, y tienes la tarde libre. ¿Qué mejor manera de pasarla que dando un paseo hasta el lago?

Hinata sabía que no había ninguna alternativa, así que volvió a su habitación a buscar un sombrero. Y mientras caminaban un poco retrasados respecto a las otras parejas, se preguntó dónde terminaría todo, cuándo pondría fin Toneri a toda aquella farsa.

—¿Cuánto tiempo más tienes pensado quedarte aquí? —le preguntó ella.

—¿Cuánto tiempo vamos a quedarnos aquí? —la corrigió—. No lo sé, Hinata.

No tengo prisa, y pensaba que preferirías llegar a conocerme otra vez aquí, donde hay personas distintas de las de casa, donde solo estuviéramos tú y yo. Hace unos meses parecía que pensabas que era algo indecente, aunque somos primos segundos.

Hinata pensó que en eso llevaba razón.

—Me gustaría anunciar nuestro compromiso antes de marcharnos —afirmó Toneri.

—¡No! —exclamó ella repentinamente—. ¡Eso no, Toneri!

La mayoría de las parejas no mostraron ninguna inclinación a permanecer juntas una vez llegaron al lago. Lord Sasuke Uchiha y la duquesa se subieron en una de las barcas para remar hasta la isla. Sasori Shaw y Lady Sara Underwood recorrieron el camino que seguía la orilla norte; la señorita Guren y el señor Penny subieron por el terraplén y desaparecieron entre los árboles.

Lord Otsutsuki condujo a Hinata hasta la orilla sur del lago y entre los árboles más tupidos hasta uno de los caprichos por los que había pasado a caballo con Su Excelencia. Tenía la forma de un templo con un asiento semicircular en su interior, y miraba hacia el lago.

—Sentémonos —dijo él.

Hinata se sentó, pero apartó bruscamente la cabeza cuando él quiso besarla.

—Dame una oportunidad, Hinata. Eres tan hermosa… —Toneri le tocó el cabello que le caía por el cuello con delicadeza—. Y no quiero hacer nada deshonroso. Byakugan House era de tu padre. Y tu madre era la baronesa. Podrías volver a tenerlo todo. Enviaría a mi madre y a Kanna a vivir a otra parte si no quieres vivir con ellas. Dame una oportunidad.

—Toneri —empezó ella, volviéndose para mirarlo—, ¿es que no lo entiendes? No te amo. No siento por ti la clase de cariño necesario para ser la esposa que necesitas. ¿Por qué no podemos sencillamente volver y contar la verdad de lo que ocurrió y seguir siendo primos segundos a cierta distancia el uno del otro? ¿Por qué no puedes enseñarme a respetarte aunque no pueda amarte?

—El amor puede surgir. Dame una oportunidad.

Ella meneó la cabeza.

Él puso las manos en su cuello sin apretar, como había hecho antes, las apretó un poco por debajo del mentón, y tiró hacia arriba. A continuación bajó su boca hasta la de la chica.

Hinata esperó a que terminara antes de ponerse en pie y salir del templo para ponerse a mirar hacia el lago. Y por primera vez sintió una rabia similar al terror habitual, la sensación de estar totalmente cansada de ser una marioneta de la que Toneri tiraba, de no controlar su propia vida.

—No me casaré contigo, Toneri —afirmó—, ni seré tu amante. Y no pasaré más tiempo contigo aquí en Konoha Hall. Haz lo que creas, pero esa es mi decisión. Y cerró los ojos y recordó sus manos alrededor de su garganta, cómo las estrechaba y tiraba arriba, y se le aceleró la respiración.

«Pero si llegase suceder —le había dicho él, eso es, Su Excelencia—, si alguna vez se encuentra con que no tiene a nadie más a quién recurrir, entonces diríjase a mí. ¿Lo hará?»

Hinata sentía precisamente ese deseo, el deseo de contárselo, de sentir sus fuertes brazos rodeándola una vez más, de escuchar los latidos regulares de su corazón una vez más, de descargar todos sus pesares en otra persona.

Pero luego veía su mirada de desdén, de repugnancia, de condena, y volvía a estar sola otra vez, como siempre había estado desde que murieron sus padres. La idea de que hubiera alguien a quien le importase y que le ayudara era una ilusión. Sabía que no podía recurrir a Gaara, y ahora sabía que no podía recurrir al duque de Konoha. Ya era lo bastante mayor, había vivido lo suficiente para saberlo.

Las manos de Toneri sujetaron firmemente los hombros de Hinata.

—Cambiarás de opinión —insistió él—. Nos tomaremos unos cuantos días más, Hinata.

Estuvo a punto de responder, pero se mordió la lengua. ¿Lo haría? ¿Cambiaría de opinión? La alternativa resultaba terrible.

—Deberíamos volver a la casa —sugirió Toneri—. Tienes que reflexionar un poco, ¿no?

Cuando un rato después entraron a la casa por los escalones en forma de herradura, resultó que Su Excelencia pasaba por allí. El duque miró a Hinata y Toneri sin decir palabra.

—¿Señorita Hamilton? —intervino finalmente—. Pensaba que estaba arriba con mi hija.

—He estado paseando con Lord Otsutsuki, Su Excelencia.

El duque asintió rápidamente.

—La niña desea hablar con usted. Más vale que suba sin más dilación.

—Sí, Su Excelencia. —La institutriz hizo una reverencia y se marchó a toda prisa al cuarto de juegos. Las mejillas le ardían por la expresión de desaprobación que se reflejaba en el rostro del duque. Y se preguntó si Toneri le explicaría que la había invitado con el permiso de la duquesa.

Hinata ardía en deseos de que llegara el día siguiente y de poder pasar una tarde entera lejos de Konoha Hall.

El señorito Timothy Inuzuka celebraba su séptimo cumpleaños con su hermano y su hermana, Lady Sarada Namikaze de Konoha Hall, y cinco niños más de la zona, incluidos los dos del párroco. El señor Inuzuka le comentó a Hinata cuando llegó con la niña que, por el bien de su cordura, el tiempo se había puesto de su parte.

Saldrían afuera una vez que Timmy les hubiese enseñado a los niños la habitación donde jugaba, aunque todos la habían visto antes, y el saco grande de cubos de construcción de madera de colores que le habían regalado.

La señorita Inuzuka recibió a Hinata con una sonrisa.

—Hablando con Kiba nunca adivinaría que la idea de la fiesta fue de él, ¿verdad, señorita Hamilton? —comentó su hermana—. Disfruta de tales ocasiones.

El señor Inuzuka hizo una mueca cuando Hinata se rio. Ya había observado que adoraba a sus sobrinos el mismo día que lo conoció.

Hinata se sentía muy feliz. Lady Sarada y ella habían salido poco después de comer y no volverían hasta casi la hora de cenar. Y Su Excelencia el duque no iría.

—Timothy tiene cubos. Le pediré a papá que me compre unos —le anunció Lady Sarada a Hinata gritando cuando los niños bajaron a toda velocidad exigiendo que los sacaran afuera.

Jugaron al escondite, al pilla pilla y a la pelota en los grandes jardines que había detrás de la casa, y el señor Inuzuka organizó carreras de varios tipos hasta que varios niños cayeron en la hierba, jadeando, mientras los demás gritaban más alto que nunca.

La señora Akita les hizo formar un gran círculo para jugar a algunos juegos con canciones, «para tranquilizarlos» , le explicó a Hinata, que había ayudado con las carreras.

—Kiba no se da cuenta de que agotar a los niños no implica necesariamente que se calmen, sino que a menudo produce el efecto contrario —apuntó su hermana.

—Bueno —intervino el señor Inuzuka, ignorando la mano que le tendía una niña con un lazo casi tan grande como su cabeza, y pellizcándole la mejilla —, lo de bailar y cantar en círculo es algo que me supera. La señorita Hamilton y yo te vamos a dejar con ello, y después todos nos tomaremos el té.

¿Señorita? —el caballero le tendió un brazo a Hinata.

La humillación que estoy dispuesto a soportar tiene sus límites —le explicó

a la institutriz, paseando con ella en dirección a la pérgola cubierta de flores que quedaba junto a la casa—. Y "El corro de la patata" supera ese límite.

—Creo que su sobrino se lo está pasando maravillosamente.

—Sí —reconoció él—. Supongo que solo se cumplen los siete una vez.

Mañana volverá a ser escandaloso como siempre. La histeria habrá pasado.

Hinata se rio.

Estaban dentro de la pérgola, rodeados del perfume embriagador de las rosas. Él le soltó el brazo, le sostuvo el rostro con las manos, y la besó breve y dulcemente en los labios.

—La he echado de menos.

Ella sonrió.

—Si no fuese institutriz, y no tuviera que hacer tareas cotidianas, probablemente me habría dedicado a rondar Konoha Hall en los días posteriores a nuestra visita al teatro —dijo el señor Inuzuka y le tocó los labios con los pulgares.

Hinata lo miró a los ojos y se lamentó, ya que sabía que ella también tenía límites que no se atrevía a rebasar.

—No lo haga —lo detuvo, mientras él tomaba aire para volver a hablar, y bajó la mirada hasta su mentón—. Por favor, no lo haga.

—¿No le es grato lo que estoy a punto de decirle?

Ella dudó.

—No puedo.

—¿Porque no lo desea? ¿Ocurre algo conmigo?.

Ella meneó la cabeza y se mordió la lengua.

—¿Existe algún obstáculo?

Hinata bajó la vista hasta el pañuelo del caballero. Pues sí. Estaban los cargos de robo y asesinato que pendían sobre su cabeza. El hecho de que había perdido la virginidad. Y la profesión que había intentado brevemente ejercer antes de convertirse en institutriz.

La chica asintió.

—¿Insalvable?

—Sí. —Hinata volvió a mirarlo a los ojos y detectó su tristeza y su pesar—.Bastante insalvable, señor.

—Pues bueno. —Él sonrió, bajó las manos hasta sus brazos, y se inclinó hacia delante para besarla una vez más. A continuación le dio unas palmaditas en los brazos—. Ya basta. Esta pérgola era el orgullo y la alegría de mi madre. ¿Se lo ha explicado Akita? Me encanta sentarme aquí a leer, cuando los niños están dentro a buen recaudo, con sus clases y sus juegos. ¿Volvemos para tomar el té?

—Sí, gracias.

Todo el placer de la tarde se desvaneció. Hinata no se había percatado de que el señor Inuzuka estaba a punto de declararse, pero lo había empezado a intuir en la pérgola rodeada de rosas. Y sintió que le había hecho daño y temió que pese a lo que le había dicho, pensara que ella se había negado por algún defecto que él tenía.

Cuando volvieron de la pérgola hasta el césped de la parte de atrás, apenas le sorprendió ver al duque de Konoha con su hija subida a uno de sus hombros, hablando con la señora Akita.

—¡Ah! —exclamó, volviéndose, sonriendo y observándolos atentamente—.¿Kiba? ¿Señorita Hamilton?

—Tendría que haberme imaginado que serías lo bastante astuto como para saltarte los juegos y llegar justo a tiempo para el té —comentó el señor Inuzuka, y extendió la mano derecha—. Bienvenido a la fiesta de cumpleaños de Timmy, Naruto.

—He quedado segunda en la carrera de las chicas, papá —gritaba Lady Sarada—, y habríamos ganado la carrera de tres patas si William no se hubiese caído.

Hinata ayudó a la señor Akita a meter a los niños en casa para el té.

El duque de Konoha volvió a caballo a Konoha Hall un rato después, sujetando a su hija con un brazo por delante en la silla mientras escuchaba distraído su cháchara excitada. Deseó que Hinata fuese con ellos, pero apartó ese pensamiento de su mente. Era mejor que volviese a casa en su carruaje.

Realmente Hinata le hacía bien a Sarada. El duque siempre había logrado despertar la excitación infantil de su hija y siempre había intentado, cuando estaba en casa, llevarla a visitar a otros niños tan a menudo como fuera posible.

Pero pasaba largos periodos de tiempo fuera de casa y siempre se sentía culpable al abandonarla. Naruto pensó que no la habría amado más si fuese realmente su hija.

Hinata ayudaba a Sarada a seguir siendo una niña. Entre Sakura y la señora Chiyo la protegían demasiado. Y en las escasas ocasiones en las que Sakura se la llevaba, lo hacía para visitar a adultos, para que tuviera que quedarse sentada en silencio y pudieran hacerle cumplidos sobre lo que bien que se portaba su hija.

Hinata le hacía bien. Debería tener hijos propios.

Sarada estaba señalando la cicatriz del duque con un dedito y cantando en voz baja.

—¿Cómo salvaste el ojo, papá? —le preguntó.

—Alguien cuidó de mí.

—¿Dios?

—Sí, Dios.

—¿Y te hizo daño?

—Sí, supongo que sí. No recuerdo mucho.

Continuó cantando en voz baja mientras le pasaba otra vez el dedo por la cicatriz.

Naruto se sentía culpable. Kiba había hablado brevemente con él cuando se marchaba.

—Parece que al final no existe el peligro inminente de que pierdas a tu institutriz, Naruto —comentó.

Desde que había llegado, Su Excelencia no había dejado de buscar alguna señal de lo que había ocurrido. Habían estado solos en algún lugar justo antes de que llegara, pero sus expresiones y su comportamiento no habían dejado translucir nada durante el té.

—¿Has cambiado de opinión? —le preguntó el duque.

Su amigo hizo una mueca.

—Me han rechazado —respondió.

Kiba Inuzuka era su amigo. Deseaba que fuese feliz. Hinata sería la perfecta esposa para él. Tendría que haberse entristecido al enterarse de que había rechazado a Kiba. Pero lo que se sentía era culpable: había experimentado un arrebato de euforia. Y luego más culpable todavía. ¿Se había sentido obligada a rechazarlo por lo que Naruto le había hecho y por aquello en lo que la había convertido? Por supuesto que sí.

Pero también había algo más: tenía que hablar con ella. Lo habría hecho aquella mañana, pero no había querido arriesgarse a hacer nada que estropeara un día tan esperado para Sarada. Tenía que hablar con ella al día siguiente.

—¿Mataste a alguien, papá? —preguntó la niña.

—¿En las guerras? Sí, me temo que sí. Pero no estoy orgulloso de ello. No puedo evitar pensar que esos hombres tenían mamás y quizás esposas e hijos. La guerra es algo horrible, Sarada.

La niña apoyó la cabeza contra su pecho.

—Me alegro de que nadie te matara, papá.

El duque la aferró a él con un brazo.

El carruaje se estaba deteniendo en la terraza cuando Sarada y él volvieron de los establos.

—¡Señorita Hamilton! —la llamó Naruto cuando estaba a punto de desaparecer a través de las puertas de los criados.

Ella se detuvo y lo miró inquisitiva.

—Hágame el favor de esperarme en la biblioteca mañana inmediatamente después de desayunar.

—Sí, Su Excelencia. —Hinata hizo una reverencia y continuó su camino.

Mirando hacia la puerta cerrada de los criados, el duque pensó que no debería haberle dicho nada. Quizá tendría que haberse limitado a llamarla cuando le fuera bien. Probablemente se pasaría toda la noche preocupada preguntándose qué había hecho mal.

Pequeñita se pondrá triste… —comentó Sarada, tirándole de la mano—.Se ha pasado toda la tarde sin mí.

—Vamos a ver lo contenta que se pone al verte —le propuso el duque, sonriéndole.

La duquesa se había metido en la cama a media tarde después de un acceso de tos prolongado, con dolores en el pecho y fiebre. Le echaba la culpa al hecho de haber ido a montar aquella mañana con varios de sus invitados. No montaba muy a menudo, ya que le parecía una actividad peligrosa y en general poco saludable.

Lord Sasuke se metió en su habitación una hora antes de cenar e hizo salir a la doncella. Se sentó en el borde la cama y cogió la mano de la duquesa.

—¿Cómo te encuentras, Sakura?

—Ah, mejor —respondió ella, sonriéndole—. Solo que me da pereza levantarme. Iré al salón después de cenar.

Él se llevó su mano a los labios.

—Eres tan hermosa y delicada… —suspiró—. No pareces haber envejecido un solo día desde que nos prometimos. Me pregunto si estarás igual de joven la próxima vez que te vea.

De repente, la duquesa lo miró a la cara.

—¿La próxima vez? ¿No te irás, verdad Sasuke? ¡Ah, no! Tienes que quedarte aquí. No puedes volver a marcharte.

—Se lo he prometido a Naruto —dijo, besándole otra vez la mano y sonriéndole dulcemente.

—¿Se lo has prometido a Naruto? —Ella le agarró la mano—. ¿Qué le has prometido?

—Que me marcharé esta semana. No puedo culparlo, Sakura. No es como la última vez. A fin de cuentas, eres su esposa.

—¡Su esposa! —exclamó ella con desdén, incorporándose y mirándolo directamente a los ojos—. Solo de nombre, Sasuke. Nunca he dejado que me tocara. Te juro que no. Soy tuya. Solo tuya.

—Pero ante la ley eres suya. Y hay que tener en cuenta a Sarada. No debe saber nunca la verdad. Sería demasiado duro y no lo soportaría. Me han ordenado que me marche, Sakura, y debo marcharme. Sinceramente, debo marcharme.

—¡No! —gritó ella, agarrándole la mano con más fuerza aún. Volvió la cabeza para toser—. O si te tienes que ir, llévame contigo. Le dejaré, Sasuke. No puedo volver a estar separada de ti. Iré contigo.

Sasuke la apartó de él y la besó en los labios.

—No puedo llevarte —le susurró al oído—. No puedo exponerte a esa clase de escándalo, Sakura. Y no podrías dejar a Sarada sin ninguno de sus padres. Tienes que ser valiente.

Ella le pasó los brazos por el cuello.

—No me importa. Solo me importas tú, Sasuke. Nada más me importa. Voy a irme contigo.

—Sssh —susurró, acunándola entre sus brazos—. Sssh, ahora.

Y mientras se tranquilizaba la besó otra vez y acarició sus pechos a través del satén de su camisón.

—¡Sasuke! —gimió, hundiéndose otra vez en las almohadas—. Te amo.

—Y yo a ti —dijo él, deslizándole el camisón por los hombros bajando la cabeza para besarle la garganta, pero se incorporó cuando llamaron a la puerta y la abrieron inmediatamente: era Naruto, que entró y cerró sin hacer ruido.

—¿Te encuentras mejor? —preguntó, mirando a su esposa—. Tu doncella me acaba de decir que esta tarde te has vuelto a poner enferma.

—Sí, gracias —respondió ella bruscamente, volviendo la cara.

—Querrás vestirte para cenar, Sasuke —le indicó el duque—. Corres el riesgo de llegar tarde.

Su primo le sonrió y salió de la habitación sin decir nada más.

—He ordenado que llamen al doctor Dan para que te visite mañana por la mañana —le explicó el duque a su esposa—. Puedo mandar que lo llamen inmediatamente si lo deseas.

—No necesito ningún médico —protestó ella, sin mirarlo todavía.

—Debes verlo de todos modos. Quizá te pueda dar alguna medicina nueva que te cure esa molesta tos de una vez por todas.

Ella volvió la cabeza de repente para mirarlo.

—Te odio, Naruto —afirmó con vehemencia—. ¡Cuánto te odio!

—¿Por preocuparme por tu salud?

—Por no preocuparte en absoluto de mí. Por ordenar a Sasuke que se marche otra vez. Sabes que nos queremos. Sabes que siempre ha sido así. Te odio por arruinar nuestras vidas.

—¿Te ha dicho que le he ordenado que se marchara?

—¿Acaso lo niegas? —le preguntó la duquesa con dureza.

Naruto la miró durante mucho rato. Miró a la mujer a la que en una ocasión había amado de manera totalmente apasionada y a la que ahora solo lograba compadecer.

—Supongo que eso fue lo que significaron mis palabras para él.

Ella volvió a apartar la cabeza.

—Me voy con él. Te dejo, Naruto.

—Dudo que te lleve con él.

—Lo conoces bien. Sabes que por nada del mundo me haría daño. Pero me llevará cuando lo haya convencido de que seré mucho menos feliz conservando la decencia contigo.

—Dudo que te lleve con él —repitió el duque—. Creo que estás vez tendrás que afrontar la verdad, Sakura. Lo siento. Presentaré tus excusas a los invitados para esta noche. Vendré más tarde a ver cómo estás.

—No lo hagas. No quiero verte, Naruto, ni esta noche ni nunca.

Él tiró de la campana junto a la cama y esperó en silencio hasta que apareció la doncella de la duquesa.

—Su Excelencia la necesitará, le dijo —comentó, y salió de la habitación.

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Continuará...