La cena con Hiccup y Jack había acabado en las mejores condiciones, compartieron risas y momentos memorables donde la pelirroja era protagonista de todos los problemas en los que se metía de niña. Elsa no había dejado de reírse, causando nuevas sensaciones en el estomago de Anna, tenía la risa más hermosa de todas y deseaba oírla para toda la eternidad.
Regresaban solas, siendo la historiadora que debía de sujetar a la anonada reina. No es que Elsa había logrado beber más copas que los demás, porque todos decidieron que el máximo seria dos, pero parecía que aquella bebida alcohólica causó un rápido y fuerte efecto en la platinada, además que no lograba caminar de manera correcta por los zapatos altos que estaba usando. Aún así, Anna nunca la soltó.
Elsa dio una corta risa, dejando caer todo su peso en la chica de pecas que, haciendo malabares, logró sujetarla. Su mano se apoyó en la puerta y la otra abrazó a la reina por la cintura, apegándola a ella. Podía sentir el olor a alcohol escapara de los labios de Elsa, invadiendo sus fosas nasales y obligándola a arrugar el puente de su nariz mientras buscaba las llaves de su hogar, las cuales fueron soltadas cuando los labios de la ojiazul atraparon los suyos.
Si bien, estaba más que fascinada con su textura y sabor, sabía que no llegaría a nada teniéndola en aquel estado. Con pesar, corrió el rostro, dejándola recargar su cabeza en su hombro mientras Anna intentada recuperar las llaves. La travesía para hacer que Elsa subiera las escaleras fue más que difícil, sobre todo al verla gruñir por lo bajo mientras lanzaba los zapatos y despertaba al pobre husky siberiano. Aún así, Anna no se alejó de ella, queriendo evitar que se diera un golpe en algún punto de su trayecto a la habitación.
– Ugh… ¿Por qué soy la única mareada? Espera, ¿Tú estás mareada? – Preguntó Elsa volteando a ver a Anna con el ceño fruncido. –
– Uh… No, creo que soy más resistente al alcohol. – Razonó la pelirroja abriendo la puerta de su habitación.
Vio como Elsa se dejaba caer directo en la cama, olvidándose por completo del vestido que llevaba puesto o del sutil maquillaje. Lo único que necesitaba era dormir y ya, quizás por años. Anna, por su parte, se quitó los zapatos junto al suéter, el cual dobló y dejó nuevamente dentro del armario. Logró dejar su cabello rubio fresa suelto, sacudiéndolo un poco para que tomara un poco de "estilo" mientras revisaba su teléfono.
– Anna… ¿Puedo decir una locura?
La nombrada se volteó para verla sentada al borde de la cama, sus manos juntas y moviéndose nerviosamente.
– Es vergonzoso y es…
– Solo dilo. – Animó Anna. – No te juzgaré.
Puedo ver los ojos azules de Elsa abrirse, como si tuviera miedo de hablar, pero con sus palabras parecía estar reconsiderarlo.
– Muy bien entonces.
Elsa respiró hondo y soltó el aire lentamente antes de comenzar a hablar.
– Primero… Quiero agradecerte por todo lo que has hecho por mí, en serio lo aprecio demasiado y no sé cómo recompensártelo. – Murmuró. – Y segundo… En el tiempo que te conozco, Anna, te has convertido en mi mejor amiga. Cuando estoy contigo, me siento... libre. Como si no tuviera que compórtame como la reina que supuestamente soy, como si pudiera ser yo misma. Y a medida que nos acercamos, comencé a notar cosas sobre ti. La suavidad de tu cabello, el alegre sonido de tu risa, el calor y la vida en tus ojos… Y ni hablar de tus labios, que realmente adoro sentir.
A medida que hablaba, Anna logró ponerse a un lado suyo. La albina, suavemente, puso su mano sobre la de Anna.
– Me ha llevado algo de tiempo aceptar mis sentimientos, pero creo que estoy lista ahora. Anna... yo... creo me he enamorado de ti.
Un profundo sonrojo llegó a las rosadas mejillas de Anna. ¿Elsa también me ama? Se puso la mano sobre la boca, jadeando suavemente. Esto no era lo que ella esperaba en absoluto. Elsa se sonrojó profundamente, mirando hacia otro lado.
– Yo... también estoy enamorada de ti, Elsa. – Confesó Anna. –Es algo que he querido decirte, pero jamás encontraba el momento, lugar o manera… Creí que sería bueno esperar, dar pasos pequeños, pero veo que no. Me enamore de tu amabilidad, tu hermosura, tu inteligencia, todo de ti... Te amo tanto, Reina Elsa.
En ese momento, Elsa comenzó a llorar. Por ese momento, ella no era Elsa, Reina de Arendelle. Era solo Elsa, una hermosa joven perdidamente enamorada. Abrazó a Anna suavemente mientras trataba de controlar los espasmos provocados por el llanto.
– H-hey. –Anna se rio un poco. – No hay necesidad de llorar, Els.
–Yo... no recuerdo la última vez que me sentí tan feliz... – Murmuró la reina.
Anna acarició el suave cabello de Elsa, suspirando soñadoramente. Luego vio a Elsa secarse las lágrimas antes de sonreírle. Las dos podían sentir sus corazones latiendo en perfecta sincronización. La gravedad las mantenía en órbita unos de otros, como estrellas binarias en el centro de un universo. Acariciando la mejilla de Anna, Elsa sonrió.
– Yo... No sabía que sentirías lo mismo por mí.
– Bueno, es difícil no caer por ti. Aunque si soy completamente sincera, es un poco extraño todo eso. – Admitió Anna. – Quiero decir, soy una chica que acaba de salir de la universidad y eres, bueno... Una reina de hace siglos.
Sin embargo, eso no les molestó. Sin los factores que los conectaban con sus respectivas vidas, Anna y Elsa eran lo mismo. Dos mujeres jóvenes que se habían encontrado y, ahora, no querían pasar un momento separadas.
Aferrándose un poco más a Anna, Elsa volvió a sollozar, esta vez de lágrimas de alegría. Ahora que su amor había sido confesado, la albina quería que Anna estuviera con ella por siempre. Más el abrazo duró poco, la pelirroja debió separarse solo para poder verla a los ojos, aquellos ojos azules que comenzaban a volverla loca.
– Oye, creo que es mi turno... ¿Puedo decir una locura? – Preguntó la historiadora limpiando las lagrimas
– ¿Qué?"
Una sonrisa apareció en la cara de Anna, contagiando a la albina en cierto punto
–¿Serás mi novia Elsa?
De repente, la reina le dirigió a Anna una mirada muy confusa.
– ¿No-novia? No estoy familiarizada con ese término.
Anna se echó a reír. Elsa seguía siendo una chica completamente inocente cuando se trataba de términos modernos. Oh, iba a tener que enseñarle mucho a partir de ahora.
– Bueno... ¿Recuerdas a Hiccup y Jack? ¿Podemos ser como ellos?
Elsa se sonrojó suavemente y asintió con una suave sonrisa en sus labios.
–Sí... Me gustaría mucho... Pero promete que siempre estarás conmigo, pase lo que pase.
– Siempre Snøfnugg
No supo en que momento, pero sus labios volvieron a encontrarse, sellando aquella promesa. Anna logró recostarla y ponerse sobre ella, sin romper el dulce beso que ambas compartían. Las frías manos de Elsa se apoyaron en sus mejillas, tratando de seguir el ritmo que estaba tomando. La pelirroja decidió bajar a su cuello.
La sensación para ambas era como enamorarse de la otra nuevamente con cada roce de sus labios, cada movimiento las hacía sentir algo tan fuerte, la suavidad de los labios de la otra que les daban cosquillas donde antes nunca habían sentido, el corazón de la Reina se estaba desbordando al igual que el de la pecosa.
Elsa logró quitarle la camiseta, volviendo a sentir los labios de Anna sobre su cuello y hombros, dejándole más de una visible mordida en ambos. Sin evitarlo, la reina dejó escapar un gemido tras sentir las manos de la historiadora viajar hasta su cadera. Anna se detuvo e incorporó sobre e regazo de la otra chica, quien dio un leve gruñido al verla detenerse.
– ¿Segura que quieres…?
– Anna, por favor…
La pelirroja mordió su labio al ver aquella nueva imagen de la reina, sin poder pensarlo mucho, sus labios nuevamente se encontraron, el beso estaba cargado de sentimiento y pasión; sus lenguas se encontraban en una lucha por saber quién tomaría el control. Anna comenzó a subir la tela sobre los muslos de Elsa y la levantó un poco para que así cediera su vestido, seguido de ello, buscó el broche del brasier que resguardaba sus pechos.
Los movimientos eran tan rápidos, pero tan exactos que nada parecía demasiado apresurado ni demasiado lento, sin darse cuenta Elsa se vio a sí misma con, ahora, sólo las bragas que eran la única prenda que vestía su escultural cuerpo, bragas que estaban algo húmedas con las actividades que habían estado ejerciendo con anterioridad.
Sin tregua alguna, Anna, al ver los senos desnudos de Elsa frente a ella, no dudó en saborearlos ni por un segundo. Acercó su boca al pezón izquierdo y comenzó a lamerlo con lentitud, jugaba con él en su boca haciendo una pequeña, pero deliciosa, tortura para Elsa, quien comenzaba a soltar pequeños gemidos.
A la mañana siguiente, Elsa se despertó sintiendo unos brazos suaves envueltos alrededor de su cuerpo. Ella jadeó por un breve segundo, antes de girar la cabeza para ver a Anna acurrucándola. La pelirroja todavía estaba dormida, roncando como un bebé.
Elsa se sonrojó suavemente, levantando las sabanas que las cubrían para encontrar ambos cuerpos desnudos, quizás eso explicaba porque sentía un calor ajeno cerca de su frío cuerpo… O el leve dolor en su entrepierna. No fue un sueño. Pensó.
La noche anterior había sido tan mágica para Elsa, ya que finalmente había confesado sus sentimientos por Anna y la pelirroja había hecho lo mismo, además decidió entregarse completamente a la pelirroja. Ahora, era realmente un sueño hecho realidad para la joven reina, con Anna a un lado suyo, abrazándola protectoramente.
Al darse cuenta de que no pasaba mucho, Elsa decidió quedarse aquí y descansar con Anna. Cuando cerró los ojos para disfrutar de la intimidad, escuchó un golpe en la puerta de la casa.
Ahora, ¿quién podría ser? Pensó Elsa. Deslizándose suavemente de la cama, haciendo todo lo posible por no despertar a Anna, Elsa se acercó para colocarse algo de ropa que Anna había dejado sobre la silla para ella.
Poniéndose aquella holgada camiseta que Anna tiempo atrás le entregó, Elsa se dirigió a la puerta principal de la casa, abriéndola. Se congeló de inmediato al ver quien estaba del otro lado, dándole la espalda mientras esperaba ser recibido. Quería cerrarle la puerta directo en el rostro o, quizás, congelarlo, pero no le dio tiempo alguno de reaccionar, la otra persona había volteado.
– ¡Hola! Uh… Elsa, ¿Cierto? Soy Hans, no sé si…
– Te recuerdo. – interrumpió la albina con el ceño fruncido. – ¿Qué quieres?
Hans sonrió de manera forzada, juntando sus manos mientras observaba cautelosamente el estado de la albina. Descalza y con una camiseta cubriéndola hasta un poco más debajo de sus muslos, marcas rojas en su cuello y su albino cabello desordenad. Y eso le dio una idea.
– Veo que pasaste una noche algo… caliente, si es que sabes a lo que me refiero.
Las mejillas de Elsa tomaron el color rojo, las imágenes de la noche de ayer golpearon su mente en ese instante. Pero no pensaba dejar que aquel sujeto la molestará, claro que no. Dejando a un lado su deseo de hacer justicia por todo lo que su antepasado había cometido, Elsa sonrió.
– No es un tema que te incumba mucho a decir verdad… Ahora dime, ¿Necesitas algo?
– ¿Anna está aquí? Necesito hablar con ella sobre…
– No. – Contestó. – Salió a conseguir el desayuno y luego ira al museo. Adiós.
Sin dejarlo contestarle, Elsa cerró la puerta en su cara gruñendo por lo bajo. Había causado que un mal humor se presentará en ella, pero bastó sentir unos brazos rodeando su cintura para que se esfumara. Sonrió torpemente mientras recargaba su cabeza en el hombro de Anna, quien beso su hombro.
– ¿Desayunamos? – Preguntó, sintiendo como Elsa asentía por ello.
Las cosas estaban en buen camino, ¿Qué podría salir mal?
