"No necesito verte para saber que me gustas"
.
.
.
.
—Son hermosos los cerezos cuando florecen, no crees?— Yukina expresaba con dicha en el regreso, cuando pasaron por el jardín de los cerezos.
—Supongo— Asumió Onodera, quien avanzaba quieto, casi impasible en su andar. Bebió lo último que le quedaba del café.
—Determinan ciclos que se repiten— Opinó Yukina. —Ciclos que definen etapas de nuestra vida y como has de saber, Onodera, no paran de repetirse—
—Qué quieres decir con eso?— Enarcó una ceja, interesado.
—Las relaciones vienen y van— Dijo reflexivo. —Y depende del modo en que las vivamos, se pueden terminar o se pueden volver a empezar—
Esto dejó a Onodera tomado por sorpresa, sin anticiparlo se vio entrance observando a su acompañante por el rabillo del ojo, apreciando sus facciones, sus ojos color caramelo, su olor dulce, su sonrisa que lo embelesaba cada que la vislumbraba y sus ventanas internas se esclarecían en frecuencia oscilatoria.
—Cambiando de tema— Dijo Yukina, frunciendo las cejas. —Quieres irte por metro o por el autobús?—
—Qué?— Espetó torpe, boquiabierto.
Acaso Yukina quería ponerle fin a su salida? Pero, era muy pronto para separarse, no, Onodera bajó la cabeza, decaído por esa razón.
Yukina pareció no dejarlo escapar, y posó una mano sobre el hombro de Onodera, sobresaltándolo al instante.
—Te parece si mejor— Se detuvo, paladeando un poco, antes de decir: —Vamos a una tienda de música? Yo conozco una que es muy tranquila y nos dan espacio para escuchar los Lps sin interrupción alguna— Aseguró, un ligero sonrojo visible adornó su rostro juvenil.
—Em— Onodera tartamudeó, alzando los hombros, apretando los labios.
—Yo también quiero prolongar nuestro tiempo juntos— Admitió Yukina, seriamente.
—De acuerdo— Accedió él.
Yukina le sonrió gustoso, subiendo los hombros de la emoción.
—Ven— Lo invitó a acercarse para alcanzar la parada del autobús. —No es muy lejos de aquí—
—Conoces muchos lugares, Yukina— Dijo él, siguiéndole el paso.
—Tengo mucho tiempo para hacerlo— Dijo, mirando a los lados para poder pasar por la calle. —Como vivo solo, me aburro mucho y por eso salgo a pasear en solitario en busca de lugares para pasar el rato— Pasaron por la calle, a donde estaba su respectiva parada y alcanzaron a subirse al autobús, sentándose en los asientos del frente.
—Vives solo?— Interrogó Onodera, un poco asombrado; él siempre tuvo la impresión de que Yukina vivía con sus padres, y no en solitario.
Asintió.
—Pensaste que vivía con mis padres?— Preguntó travieso.
—Bueno— Onodera rechinó los dientes, avergonzado.
—No te preocupes— éste lo codeó en confianza, riéndose suave. —Doy la impresión de que vivo con mis padres o con un amigo, pero no, yo opté por vivir solo para saber lo que se sentía vivir en soledad—
—En serio?— Replicó Onodera, codeándolo de regreso.
—Sí— Asintió, dirigiendo su vista al frente. —Pero ya estoy acostumbrado, aunque hay veces donde sí llego a sentirme solo y quiero tener compañía— Confesó en tono cabizbajo. —Sin embargo, me hace feliz conversar contigo, pues me eres muy interesante, Onodera—
—Yo?— Exclamó perplejo, retrocediendo.
—Claro— Insistió con obviedad. —Eres más interesante de lo que crees, Onodera—
Onodera simplemente se rió entre dientes, desairado. Cómo es que él era interesante si se creía un hombre aburrido?
No lo entendía, no le entraba en la cabeza cómo era que Yukina apreciaba tanto su compañía siendo que debían de haber personas mucho más interesantes que él, y Yukina prefería pasar el rato a su lado.
—Es hora de bajarnos— Espetó Yukina, poniéndose de pie de inmediato; él, se reajustó, yendo detrás del chico, sintiéndose complacido por haber prolongado el rato juntos, significando que era el rato en que podían conocerse aun más.
Habiéndose bajado del autobús, su acompañante lo llevó a la tienda de música que estaba escondida en alguna parte del mismo distrito en que fueron al parque.
Entraron a un establecimiento oscuro, donde estaban ubicadas unos estantes para vinilos, aproximadamente unos cuatro estantes de diez metros de largo cada uno, abarcando seis hileras de vinilos ordenados en orden alfabético.
Yukina sopló de emoción, alumbrando sus facciones en unísono con sus pasos que se fueron corriendo a la sección de rock clásico, y se puso a inspeccionar unos ejemplares.
De pronto, él levantó la vista con un brillo translúcido en sus ojos.
—Ven, Onodera— Lo invitó a acercarse.
Él se paralizó y se forzó a moverse, crepitando en lo lindo que se veía Yukina cuando sonreía y se emocionaba por cosas tan sencillas como ir a una tienda de música.
—Mira— Le enseñó un Lp que decía "Baladas de los años 80". Onodera lo miró despectivo, puesto a que no era su estilo.
—Hm— Replicó incesante.
—Te enseñaré otro mejor— Lo devolvió al estante, buscando otros ejemplares.
—Como gustes— Le dijo para reconfortarlo, en caso de haberlo ofendido, porque esa no era su intención.
Yukina sacó un Lp de color gris que venía un solo tema, no un conjunto de canciones, sino uno solo. A Onodera le resultó extraño que sólo hubiera un solo tema, apenas si estaba familiarizado con el asunto de lidiar con Yukina, cuando ya se le presentaba otro asunto complejo para su entendimiento.
—Esta balada me encanta— Suspiró Yukina embelesado. —Me sumerge a una aldea navideña, donde los sonidos son anticuados, pero la melodía es hermosa—
—Hm— Asintió él, no entiendo del todo.
—Escuchémoslo— Sugirió Yukina, tomándolo de la muñeca y lo haló al cuarto de escucha.
—Espera— Reclamó Onodera, exaltado.
Yukina colocó el Lp en el estéreo, poniendo la aguja a andar.
La canción de "Nights in White Satin" de The Moody Blues sonó en el estéreo, causando un ceño fruncido por parte de Onodera, que le costaba ajustarse al ritmo de la balada y del sonido.
—Sientes que estas en un poblado navideño— Dijo Yukina, en tono pacífico. —Los copos de nieve caen del cielo nublado, y tus párpados se llenan de espesa blancura y cálida a la vez; las miradas de otros no te afectan porque estás en tu propio mundo, defendiendo tus pensamientos y tus sentimientos que son únicos, porque se prolongan— Hizo una breve pausa. —El amor que sientes crece y lo expresas abiertamente— Sonrió inspirado. —Te vuelves uno con tus sentimientos y ese amor que sientes es tuyo, lo compartes, y dices 'te amo porque eres tu'— Dijo esa frase con dulzura, suavizando toda su fisonomía. —'Te necesito porque te amo'—
—Qué tratas de decir?— Espetó Onodera, respirando agitadamente, producto del intenso rubor que surgió en su rostro, y qué decir? En el resto de su cuerpo.
—Te invito a escuchar la canción— Dijo Yukina, sonriéndole tierno. —A que imagines un lugar donde la canción te llegue— Puso una mano en su pecho. —Te llegue directo al corazón—
—Esas son tonterías— Reprochó duramente.
—En verdad son tonterías?— Dijo en un tono un poco más contundente, claro, sin ejercer presión.
—No se puede lograr eso—
—Realmente no se puede?— Inquirió Yukina, frunciendo las cejas en punto. —No lo logras porque no lo intentas, y tampoco crees en ello— Lo miró suavemente, provocando un escalofrío en Onodera.
Él perdía los estribos de la cordura frente a su mirada.
—Mecer el espíritu de alguien— Expresó grandilocuente, cuán poeta lo haría. —Provocar sensaciones inexplicables en el interior de alguien, tocar con tu mano su corazón, hacer que su interior revolotee de vibrante emoción porque eres tu quien provoca esas sensaciones en mí— Puso una mano en su pecho, extendiéndola hacia su corazón. —Yo no creo que sean tonterías, porque aunque no lo pueda ver, no significa que no existe—
Onodera puso cara asustada, no por tenerlo de frente, sino por sus palabras tan reales, sus palabras que lo sacudieron inconstantes y lo escupieron al final del volcán en erupción que eran sus emociones alocadas. Fue expulsado al mundo en desnudez, despojado de sus ataduras y sus cadenas, expulsado del dolor, expulsado de las falsas ilusiones, desperdigado hacia la atmósfera.
Fue un cúmulo incesante de emociones, que se vertían como caldo de cultivo en reacción constante, en explosiones y en borbotones que burbujeaban centelleantes, parpadeando y moviéndose cuando sus ojos se encontraban, cuando lo tocaba con sus palabras, cuando todo comenzaba a cobrar sentido.
—No sucede de la noche a la mañana— Explicó Yukina, acercándose a su lado, tomando asiento en el sillón donde él se ubicaba. —Pero, no por eso debes darte por vencido o forzarte a vivir algo que no estés listo, además— Estiró sus piernas flexionadas. —Nos estamos conociendo, es muy pronto para decírtelo—
Eso causó curiosidad en él.
—Decirme qué?— Quiso saber, precipitado.
—Mis sentimientos— Respondió con objeto de delicadeza.
—Cuáles?— Presionó Onodera, poniéndose demandante por alguna razón.
—Es muy pronto, Onodera— Negó Yukina.
—Pronto para qué?—
—Para decirte mis sentimientos— Aclaró, sonrojándose un poco. —Es muy pronto para hacerlo porque eso significaría que— Se trabó, pareciere que buscaba la palabra adecuada para terminar la oración.
—Significaría qué?— Repitió Onodera, alterado. Él sabía que estaba ansioso por saberlo, ansioso por oírlo de su boca, y que su boca se acercara a la suya y lo reafirmara.
—Significaría que te metería en un conflicto que no te corresponde— Afirmó conflictuado. —Y yo no quiero ponerte en estrés por ningún motivo, no te lo mereces—
—Yo?— Dijo Onodera con la cara en blanco.
—Yo no sé cuánto falta— Confesó Yukina en un suspiro. —Yo no sé el momento exacto en que sucedieron las cosas, o cómo fue que se dieron, pero no me importa saber el origen, porque, qué otra cosa puedo hacer? Enterrar mis sentimientos bajo tierra hasta que se pudran?— Supuso entristecido. —Claro que no, yo acepto mis sentimientos y no dudaré en expresarlos, pero lo que me detiene en este caso, es que yo quiero ir a tu paso, no sé si me entiendes—
—Me estás tratando como un idiota?—Él reclamó ofendido, alarmando a Yukina, quien se puso a negarlo con las manos.
—¡Por supuesto que no!— Dijo exaltado. —Jamás te trataría como un idiota, yo en ningún momento he pensando de ti como un idiota—
—Entonces, por qué no me dices tus sentimientos?— Exigió, habiéndose parado.
—Te dije que no puedo— Admitió Yukina, cabizbajo.
Onodera respiró indignado, sintiendo una pesadez amarga en el estómago y su pecho contrayéndose en un dolor súbito y agudo. Dolía, en verdad dolía no saberlo.
Por qué Yukina no le decía la verdad?
—Me voy— Arrugó la nariz, conteniendo las lágrimas que amenazaban con aparecer en su rostro.
—No, Onodera— Pidió Yukina, en gesto cabizbajo.
—¡No!— Salió corriendo, herido por dentro.
Vio vacío, y eso lo invitó a seguir corriendo a la estación con la intención de irse a encerrar a su departamento y no salir nunca de allí.
No necesitaba ver a Yukina para saber que a él le gustaba.
Le gustaba Yukina.
Él ya no lo ponía en duda, porque era una verdad innegable. Absoluta.
Lo quería desde que lo conoció…
