19. Masturbar
*Advertencia de lenguaje explícito*
Hacía mucho tiempo que jugar con su propio pene le generaba una satisfacción única. A veces de repente crecía por sí solo, se entiesaba hasta doler y el simple roce con la tela de los calzones le producía un placer que necesitaba aumentar hasta llegar a la fase más sucia, pero también más gratificante. En otras ocasiones le gustaba comenzar a tocarse estando el miembro flácido; sentir bajo la yema de sus dedos como éste se iba endureciendo y aumentando de tamaño le nublaba la mente y le extasiaba los sentidos. Cuanto más fuerte y rápido lo friccionaba más placer experimentaba, hasta acabar gimoteando con la respiración entrecortada mientras sabía que el ansiado desenlace comenzaba a nacer en sus testículos.
Le gustaba hacerlo, aunque era algo que prefería mantener en secreto, sin ser capaz de averiguar si disfrutar de ese desvío carnal sólo le sucedía a él o era algo natural.
Pero ahora había algo que le gustaba todavía más, y era que el placer que surgía de sus genitales fuera compartido. Más cuando era espectador directo de las idénticas reacciones que sufría el cuerpo de Asmita, aunque al hindú le llevó un tiempo aceptarlas y disfrutarlas sin vergüenza y con libertad.
Si hasta el momento a Defteros le había gustado jugar con su propio pene, hacerlo con el de Asmita todavía le parecía mejor, sobretodo cuando un simple beso con lenguas encontradas servía para insuflarle el primer soplo de vigor. Si le besaba el lóbulo de la oreja, la excitación aumentaba de nuevo y si sus labios se decidían a catar la piel del pálido cuello, dejando que la lengua la humedeciera para luego succionarla con cierta brusquedad, ya notaba cómo el pene de Asmita se había alzado en guardia cual mástil de barco. Le encendía sin medida observar la erección de Virgo bajo las livianas telas que siempre lucía y saber que era él quien la provocaba. Y necesitaba verla...y tocarla...tocarla hasta que el semen del hindú manchara su mano, y luego agarrar la mano ajena y cerrarla sobre su pene también envarado.
Asmita se dejaba hacer...se dejaba guiar...
Aunque lo mejor era cuando se dejaba embargar por las demandas de sus instintos y tomaba el control de sus dedos, que pronto se convirtieron en expertos en la lectura de la piel de la gruesa y dura verga de Defteros. Le recorrían las hinchadas venas que palpitaban bajo ella, y la retraían hasta dejar el caliente glande totalmente al descubierto. Acariciarlo con el pulgar era un dulce vicio que hacía gemir a Defteros, y cuando su dedo se embarraba con la secreción que anuncia el orgasmo era la señal para frotarle el largo del pene de arriba a bajo y con fiereza. La eyaculación apenas demoraba en llegar, momento en que Defteros detenía la mano de Asmita, manteniéndola cerrada con fuerza bajo el glande al tiempo que éste eyectaba el esperma, notando el palpitar del pene ante cada visvosa erupción.
Masturbarse le sabía bien pero ser masturbado por Asmita era, definitivamente. mucho mejor.
