Usualmente, las clases de literatura eran aburridas para Yashiro. El ver a su profesora de pie frente al pizarrón, leyendo un párrafo o la actividad que debían realizar con el mismo tono harto de la vida y aquella mirada cansada, la adormecía plenamente al igual que a sus compañeras de clase, quienes acababan repudiando la literatura en general cada año que pasaba. Sin embargo, aquel día era diferente, pues por primera vez la profesora les permitía realizar una actividad al aire libre, en el patio de la academia. A pesar de que casi todas las estudiantes llevaban consigo una tableta digital, Yashiro era de las pocas que todavía conservaba uno físico para escribir.
Mientras que algunas de sus compañeras completaban la actividad en el momento creyendo que la mayor no se daba cuenta, otras decidían enseñar primero lo que habían hecho el fin de semana. La profesora escuchaba desde su lugar atentamente los distintos tópicos elegidos, cuya única condición expuesta era que debían relacionarse con la modernidad. Tenía siempre una expresión seria que disolvía toda posible emoción, haciendo difícil saber lo que estaba pensando. Sólo cuando terminaban de leer lo que habían escrito recibían la calificación correspondiente o, con suerte, algún comentario crítico por parte de la mayor. Yashiro se cuestionaba si aquella formalidad era su disfraz o, por el contrario, su verdadero rostro.
Dejó de escuchar lo que estaban diciendo, ya no sabía si lo que leían eran poemas, ensayos o cuentos cortos. En la pantalla de su cuaderno una notificación llamó su atención, y decidió desplegarla al ver el nombre del emisor. Rikako, quien también se encontraba en clase, de alguna forma había intuido su aburrimiento y le preguntaba qué estaban haciendo, si participaba en la clase o se limitaba a leer otra cosa. Yashiro no solía utilizar aquel sistema de mensajería, pero tanteó con uno de sus dedos sobre el vidrio un par de veces hasta que optó por contestarle. Y en poco tiempo, se olvidó del ambiente circundante para imaginar, a su vez, el rostro aburrido de Rikako del otro lado. Cuando su profesora de literatura se acercó, tan sólo se percató de su presencia al distinguir la sombra frente a ella.
-Yashiro, sólo quedas tú. ¿Por qué no pasas al frente y nos iluminas con algo que no se haya dicho? –inquirió la profesora acomodándose los lentes.
Yashiro se sobresaltó completamente, y alzó la mirada para hallar los oscuros ojos marrones de la mujer interceptándola con frialdad. Durante unos eternos segundos permaneció inmóvil sentada en uno de los asientos del patio, con la conversación abierta de Rikako en sus manos y el cuaderno que contenía la actividad completa debajo. Al levantarse apagó la pantalla dejándola en la superficie de piedra, y se encaminó hacia adelante con su cuaderno físico seguida de la rígida mirada de la mayor, quien se colocó delante de las demás estudiantes, a un metro de ella.
Yashiro abrió su cuaderno, pero justo entonces la profesora negó con la cabeza y elevó el mentón, indicándole que se situara sobre el asiento de la fuente holográfica para que pudiese ser vista mejor. La joven le dirigió una mirada de consternación absolutas antes de ceder, preguntándose si se habría enojado porque durante toda la clase se había quedado haciendo otra cosa. Si lo que buscaba era incomodarla para que se arrepintiera por haber platicado con Rikako, tenía que hacer un mayor esfuerzo.
Los ojos de Yashiro se abrieron de golpe mientras pasaba de hoja cada vez con más ahínco, buscando el trabajo que creía haber hecho. Finalmente dejó escapar un profundo suspiro y cuando lo volvió a cerrar, las miradas se posaron en ella con suavidad y entusiasmo, algunas eran incluso acompañadas por sonrisas. Respiró antes de continuar y volvió a colocar su cabello adelante, aunque en verdad se hallase improvisando. La profesora lo sabía y disfrutaba ponerla a prueba constantemente. A Yashiro le cansaba, pero no por el hecho de tener que realizar dicho esfuerzo, sino más bien porque ya no tenía interés en hacerlo y mucho menos dentro de la academia.
-Decidí llamar el tema que elegí como "el amor en la modernidad" –comenzó a decir, haciendo una pausa para aclarar más su voz y echarle una rápida mirada a sus compañeras, quienes respetaban su espacio y la escuchaban con suma atención-. Más de una se sentirá identificada, otras seguramente me odiarán en silencio…
Yashiro perdió su habla por unos instantes cuando, a unos metros detrás de sus compañeras, descubrió la figura del profesor Shibata observándola atentamente, vestido de manera formal como lo había visto unas veces antes. Nadie se había advertido de su presencia excepto ella misma, y parecía pedirle con la mirada que continuara. Era una persona que estaba dispuesto a escucharla por voluntad propia, no por el simple hecho de que era una actividad educativa, o porque había que ser solidario con la persona que hablaba.
Estaba de pie justo allí cuando podía leer en la cafetería, tranquilo y a solas. Yashiro sonrió de una manera furtiva, volviendo a hacer gestos con sus manos mientras hablaba para dar más enfoque. A pesar de que su voz era suave, el tono que utilizaba lograba traslucir el entusiasmo que carcomía todo su cuerpo; tenía curiosidad por saber cuál sería la reacción de su profesora, de sus compañeras y la del profesor Shibata.
-Vivimos en una época donde el amor es como el agua que fluye, fluye sin llegar nunca a transformarse... las personas se obligan a sentir felicidad y confianza con los demás para proteger su salud mental, ignorando los peligros que tienen delante –se detuvo brevemente, intercambiando una mirada con los atentos ojos ámbar-. El amor siempre se concibió como energizante que motiva al sujeto a vivir, enfrentar los peores enemigos y la propia muerte. Sin embargo, en un estado donde cada uno de sus habitantes entrega su voluntad a cambio del bienestar y la seguridad social, no existe el amor más que el propio dirigido hacia el benefactor. A esto le tendríamos que agregar el hecho de que hoy en día hay tantas personas en la red, que conocer o salir con alguien es cuestión de entrar a un perfil y enviar un mensaje –aquel comentario causó algunas risas entre sus compañeras, pero la profesora estaba cruzada de brazos y por primera vez la vio asintiendo lentamente en su dirección, como si compartiera el punto de vista-. Las personas se convierten en perfiles desechables, intercambiables. ¿Para qué quedarme con uno si hay muchos más? ¿para qué estar tantos años con uno solo si puedo conocer a alguien mejor?
Sólo entonces, sus compañeras parecieron comprender hacia dónde había estado dirigiéndose desde el principio, pues sus rostros se tornaron serios y ninguna se atrevió a reírse o acaso contrarrestar sus palabras. La única de ellas que parecía estar de acuerdo era, para su asombro, la profesora. Al haber nacido en una época distinta, afirmaba con sus entonces comprensivos ojos que las cosas habían cambiado mucho desde que ella era joven, esencialmente las relaciones humanas.
-El eterno placer –se introdujo el profesor Shibata con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón.
Había captado la atención de todas los presentes, incluida Yashiro. Las que estaban más próximas a él se giraron de repente, como si se tratara de un fantasma. Hasta la misma profesora de literatura se hallaba sorprendida por la interrupción, pero cuando abrió la boca como para objetar algo en su contra, la voz de Yashiro se abrió paso como un gran huracán; si hasta entonces había tenido que contener sus impulsos para no ser tan directa, a esas alturas había perdido la capacidad de controlarse.
-Y el eterno aburrimiento –complementó Yashiro sin apartar la mirada de él.
El frenesí que sentía en aquellos instantes por seguir conversando, era tan grande que durante unos segundos Yashiro olvidó hasta donde se encontraba de pie. Logró entrever una fugaz mueca irónica en el rostro de Shibata, quien parecía predecir sus pensamientos y comprenderlos como si fueran suyos propios.
-De modo que... el amor, así como la amistad, se fueron degradando con el tiempo –confirmó el muchacho, alzando la cabeza unos centímetros.
Las miradas pasaron de ella al profesor Shibata y así sucesivamente, a medida que se replicaban el uno al otro, separados de la realidad, tal como si estuvieran en un túnel impenetrable.
-Y si tenemos en cuenta a todas esas personas que están dispuestas a hallar el camino hacia la inmortalidad… el futuro se tiñe aún más oscuro –contestó Yashiro en un tono despectivo que sus compañeras desconocían, tras señalar con su mano a un público invisible. Se quedó levemente inclinada, sin dejar de mirarlo con una profundidad indescriptible, hasta que entornó los ojos y optó por proseguir, llena de ironía e indignación a la vez-. "En este siglo hay muchas maneras de entretenerse, pero tenemos más miedo a aburrirnos".
Los ojos del profesor Shibata se dilataron como si los recuerdos se agolparan en su mente, y Yashiro contempló, desde su posición, la sonrisa auténtica que se iba formando en sus labios lentamente, enseñando sus blancos dientes de manera furtiva, hasta que dejó escapar una corta y suave risa, casi como si no hubiera reído en años y estuviera saboreando aquel sentimiento desde lo profundo de su ser, una expresión tan sincera como socarrona.
-Y como también afirmaba Russell: "toda generación que no puede soportar el aburrimiento, carece de valor".
El silencio volvió a interponerse entre ambos durante un minuto entero, en el cual cada uno permaneció abstraído en el otro, olvidándose de todo lo que se pudiera hallar alrededor. La profesora estuvo a punto de decir algo, pero fue interrumpida por los murmullos de varias estudiantes que habían finalizado sus respectivas clases e inundaban el patio de la academia, sentándose en los bancos o permaneciendo de pie bajo los árboles, para conversar en la sombra. Entonces, la mayor se dirigió al profesor Shibata de una manera amenazante, o eso deseaba aparentar, a pesar de que sus esfuerzos fueron en vano frente a la figura más alta e implacable que ella.
-¿No debería estar dando clase, profesor…? –cuestionó la mujer, deteniéndose a un metro de distancia.
La manera dubitativa en que se dirigió al muchacho, entornando su vista y acomodándose los lentes en el proceso, era una clara indicación de que no lo conocía. Sin embargo, a este no pareció importarle su presencia o acaso la fulminante mirada que sostenía al estudiarlo, como si intentara dominarlo con todas sus fuerzas.
-Mi clase ha finalizado –replicó él secamente, sin un atisbo de emoción en su voz.
Sólo entonces apartó su apacible mirada de Yashiro para centrarse en ella, con el rostro levemente inclinado, como si deseara denotar superioridad y provocarla. Yashiro se preguntaba hasta dónde estaba dispuesto a llegar con esa interrupción, y tuvo curiosidad por saber lo que sucedería a continuación. Quería, necesitaba ver la reacción de su profesora. De modo que, al igual que sus compañeras, permaneció a la espera.
La tensión pareció ir en aumento, ambos docentes se hallaban en una competencia imparable e invisible de miradas, siendo advertidos por el grupo de estudiantes alrededor. Yashiro conocía lo suficiente a aquella mujer como para saber que realmente estaba enfadada, pues no le agradaba que irrumpieran en su clase sin pedir permiso, en especial si el culpable era otro profesor como ella, que debía dar el ejemplo a sus alumnas respetando a los demás.
-El profesor Shibata me ayudó con mi investigación, recomendándome libros –alzó Yashiro la voz, bajando del asiento de un salto y captando la mirada de todos los presentes-. No me sorprende que le interese saber cómo acaba mi trabajo.
La profesora examinó cada uno de sus movimientos, reflexionando acerca de las palabras tan naturales y joviales que habían salido de la boca de la estudiante. A pesar de que se encontraba observándola de la manera inquisitiva en que solía hacerlo con todo el mundo, Yashiro estaba completamente relajada, con el cuerpo erguido y una expresión firme, segura, aunque no exagerada. Podía sentir que el profesor la inspeccionaba desde la distancia, preguntándose si la profesora creería la mentira o, en cambio, dudaría. Luego de unos segundos en pleno silencio logró de una vez por todas que desista a sus encantos, y la mayor soltó un profundo suspiro, quebrantando, así, el agresivo ambiente.
-Espero un informe por parte de cada una para la próxima clase –concluyó ella, ablandando la gélida mirada por una fracción de segundo hasta centrarla por última vez en Yashiro-. Siempre haces las cosas a último momento. Pero una parte fundamental de la vida es aprender a improvisar.
Yashiro sonrió a medias, comprendiendo entonces que las clases de esa profesora podrían ser casi tan magistrales como la de Toma. La única diferencia entre ambos era la edad. Los ojos de su profesora denotaban un agotamiento que iba más allá del estado físico. Parecía haber perdido toda pizca de esperanza, de compasión por las estudiantes. La oscuridad de su semblante era el vivo reflejo no sólo de la forma en que el tiempo había transcurrido para ella, sino para toda la sociedad.
Shibata le dedicó una larga mirada cómplice desde su lugar, sonriendo de la forma en que sólo ella podía percibirlo. Y sólo entonces, se dio cuenta de que todo ese tiempo supo que se adelantaría para defenderlo en algún momento, simplemente había esperado lo suficiente hasta verlo con sus propios ojos, que parecían, en esos instantes, brillar como dos enormes soles. La estaba poniendo a prueba, y aquello la desconcertaba por completo.
Tras finalizar la clase por fin, la profesora se marchó para adentrarse en la academia y sus compañeras se dispersaron por el amplio patio, no sin antes soltar bufidos de consternación por el trabajo que debían entregar. Algunas se acercaron para conocer al muchacho, absortas por su apariencia. De esa forma llegó a escuchar que era profesor de arte, probablemente Rikako lo tenía en alguna de sus clases. Sin embargo, Yashiro se limitó a guardar sus pertenencias en la mochila, enfrascada en la conversación que había tenido tan sólo minutos antes, hasta que unos pasos detrás de ella llamaron su atención y una figura hizo sombra a sus espaldas. Yashiro se colgó la mochila, deteniéndose unos instantes para imaginar la presencia en su mente, repitiendo su voz como ecos perdidos en la distancia.
-Yashiro Takahashi, ¿verdad? –afirmó él, con una inquebrantable suavidad que la hizo voltear de sorpresa. Estaba a un metro de ella, sin importarle el hecho de que otras estudiantes los contemplaban furtivamente-. Ya veo. Entonces, Yashiro, ¿te apetece una taza de té?
Yashiro alargó el silencio observándolo con una genuina curiosidad que iba en aumento. Cada vez que se conectaba con sus ojos una extraña sensación se adueñaba de todo su cuerpo, como si aquel abismo en su mirada tenía que ser descubierto. Sentía que detrás de aquel disfraz de profesor se ocultaba una persona muy diferente. Nunca antes le había pasado y aquel sentimiento se agolpaba en su mente, sin darle espacio a algo más. Parecía que todo a su alrededor comenzaba a desmoronarse, excepto ellos mismos.
-Se lo agradezco –contestó al fin, recibiendo una sonrisa de complacencia.
