Los personajes de Candy, Candy no me pertenecen, son propiedad de sus creadoras Kioko Misuki y Yumiko Igarashi.
Una Cita, Una Cena, Una Noche sin Repeticiones
Adaptada por Rossy Castaneda
Capítulo Diecisiete
Narrado por Terry...
New York, New York..Tres años después...
Me puse de pie en el aula, en la universidad de Nueva York, contando los segundos, preguntándome por qué había aceptado ese trabajo..luego recordé la razón..—aun cuando la propuesta de Robert era tentadora, la rechace porque regresar a Broadway significaría, giras, ensayos trabajos nocturnos y eso no me permitiría apoyar a Candy en realizar su sueño, además tarde temprano tendría que regresar a Inglaterra pero por supuesto no lo haría solo.
Mis padres habían venido de visita en repetidas ocasiones y estaban encantados con Candy..—Mi madre la amo desde el primer día que la conoció y mi padre no tardó en caer rendido ante los encantos de mi mujer..
Mi madre como la consumada actriz que fue, se las ingenió para que Candy le prometiera que de un momento a otro iríamos a Inglaterra.
—¿Alguna pregunta? —miré el reloj con exasperación.
Algunos alumnos alzaron la mano.
—Solo voy a responder a tres preguntas. —Señalé a una joven de la primera fila—. Usted, ¿qué quiere saber?
—Mmm... —Se sonrojó—. Buenos días, profesor Grantchester. Mi nombre es...
—Su nombre no me importa. —Haga su pregunta.
—Mmm... Han pasado ya dos semanas desde que comenzó el semestre y todavía no nos ha dado el programa...
La ignoré y señalé con el dedo al tipo con aspecto de deportista de la última fila.
—¿Y bien?
—Tampoco nos ha dicho qué libros vamos a necesitar...
—¿Hay alguien en esta clase que conozca la definición de la palabra pregunta? —Elegí al último universitario, un pelirrojo que se había sentado junto a la ventana.
—¿Es cierto que estamos obligados a seguir un turno para traerle el café todos los días?
Miré la taza que tenía encima del escritorio y la hoja donde aparecía el nombre del alumno que la había traído hoy.
—No es obligatorio —repuse, recogiendo la taza—. Pero si se olvida de traerme el café, me aseguraré de que toda la clase lo lamente.
Lanzaron un gemido colectivo y movieron la cabeza. —Algunos de ellos todavía tenían la mano levantada, pero ya había sonado el timbre.
—Lean de la página 153 a la 260 para la próxima clase. —Espero que entonces conozcan los pormenores de cada caso. —La clase ha terminado.
Salí sin añadir nada más...—Cuando me metí en el auto, me di cuenta de que había recibido un correo electrónico.
Asunto: Cuarto de baño.
Gracias por enviarme esa nota tan poco apropiada con los narcisos de hoy. —Todos mis compañeros de baile saben ahora que todavía tenemos hacer el amor en el cuarto de baño nuevo.
¿Es que no te das cuenta de que eres ridículo?
Candy.
Asunto: re: Cuarto de baño.
De nada por los narcisos. —Espero que te hayan gustado.
Y lo que te he enviado no era una nota, era una orden que debes acatar en las próximas horas.
¿Por qué no reconoces que te ha encantado?
Terry.
Podía imaginármela poniendo los ojos en blanco ante mi último mensaje mientras aceleraba el auto en dirección a la casa que compartíamos.
Aunque había pasado allí los últimos tres años, seguía intentando tolerar las cosas que una vez odiaba, cosas que me molestaban cada vez menos, pero todavía me quedaba un largo camino por recorrer.
Algunos recuerdos no pueden ser reemplazados...—Sin embargo, Candy estaba completamente fascinada y cautivada por esta ciudad. —Cuando no estaba de gira con la compañía de ballet, insistía en que conociéramos todos los restaurantes, teatros y atracciones turísticas posibles, tratando de conseguir que me enamorase de todo otra vez, mientras permaneciéramos en New York.
Me estacioné delante de la casa de ladrillo rojo que acabábamos de adquirir en Brooklyn y subí los escalones.
—¿Candy? —la llamé mientras abría la puerta—. ¿Estás aquí?
—Sí —respondió desde algún punto lejano—. Y no estoy en el cuarto de baño.
—Ya lo estarás. —Caminé por el pasillo y solo me detuve cuando la vi colgando otra fotografía en su despacho.
Las paredes estaban cubiertas de imágenes de ella de pie en el centro de un escenario, una imagen diferente por cada vez que había estrenado una producción.
—¿Va a ser necesario que dediquemos otra habitación a ti y a tus fotografías ? —pregunté—. Se está acabando el espacio.
—No, creo que esta es la última.
—¿Sigues pensando en retirarte a final de mes? —Me puse detrás de ella y la besé en el cuello—. ¿No has cambiado de idea?
—No voy a cambiar de idea. —Se dio la vuelta para mirarme—. Creo que ha llegado el momento de que me concentre en algo nuevo.
—¿Piensas convertirte en la versión femenina de Leonard y dedicarte a la enseñanza?
—No voy a ser tan mala —aseguró—Pero creo que necesito un descanso, como tú has dicho.
Asentí moviendo la cabeza. —La había apoyado durante toda su carrera profesional, viajando con ella fuera del país cuando era necesario, contratando un masajista personal que estuviera a su entera disposición y haciendo un álbum con recortes de periódico de todos sus logros.
Sin embargo, me había dado cuenta recientemente de que había un cambio en su actitud..—a pesar de que se sentía feliz en los ensayos y cuando me hablaba de las próximas producciones de la compañía, parecía más interesada en la vida alejada del ballet, por lo que le había sugerido que se tomara un descanso y de hacerlo aprovecharíamos para ir a Inglaterra.
Todavía me costaba creer que en vez de descansar por un tiempo hubiera decidido retirarse.
—Me encantó bailar en Rusia, sonrió, señalando aquella imagen—. ¿Te acuerdas?
—Te voy a contar yo de lo que sí me acuerdo... —repuse, mientras continuaba saboreando su cuello al tiempo que le deslizaba la mano por debajo de la blusa.
Suspiró cuando le froté el pezón con el pulgar, mordisqueándole la piel. —Pero de repente se apartó.
—De hecho, necesito que envíes una notificación por fax a la compañía, tengo que comunicárselo oficialmente antes de las cinco.
—Después de estrenar el cuarto de baño. —La tomé de la mano—. Todavía faltan cinco horas.
Hizo una mueca, pero cedió, y me siguió al baño...—Abrí el grifo antes de quitarle la blusa por la cabeza.
—Si realmente estás segura de que quieres dejar la escena para dedicarte a la enseñanza, podremos pasar más tiempo juntos.
—¿Más tiempo para convencerme de abandonar Nueva York?
—En realidad, ya no tendríamos ninguna razón para quedarnos —argumenté mientras le pasaba los dedos por el cabello—. Si vas a enseñar, podemos mudarnos a Inglaterra.
—¿Y si no quiero enseñar? ¿Y si prefiero seguir bailando?
—Compraré el pase para la temporada. —Encerré su rostro entre mis manos mientras arqueaba una ceja—. Jamás te he pedido que dejaras de bailar, Candy... Solo te he sugerido que te tomaras un descanso. —No has tenido ni una semana de vacaciones en más de tres años.
—Voy a tomarme un descanso...
—¿De más de dos días?
—De mucho más tiempo.
—¿Dos semanas?
—Va a durar por lo menos nueve meses.
—¿Qué? —retrocedí, sorprendido.
Habíamos dejado de usar protección cuando empezamos a vivir juntos, pero utilizábamos otras medidas anticonceptivas.
— ¿Qué significa eso, Candy?
—Significa que vas a ser padre —dijo casi en un susurro.
Me quedé en silencio durante varios segundos, mientras ponía las palmas de las manos sobre su vientre plano.
—¿Estas bien? —preguntó—. ¿O no querías? Mi intención era decírtelo esta mañana, pero tenías tanta prisa que...
La interrumpí con un beso y la acerqué, acariciándole la espalda desnuda.
—Me parece maravilloso. —La miré a los ojos—. Claro que quiero.
—Te Amo —murmuró contra mis labios, y respondí lo mismo.
—¿Puedes enviar ahora el fax?
—Sin duda, pienso enviar el fax... —le mordí el labio inferior al tiempo que le apretaba el trasero—, después de inaugurar el cuarto de baño.
Trató de zafarse una última vez, pero la inmovilicé contra la pared y la besé hasta que se rindió, fundiéndose conmigo.
Me alejé mientras jadeaba en busca de aire y le coloqué la pierna alrededor de mi cintura para deslizarme en su interior centímetro a centímetro.
Me rodeó el cuello con los brazos cuando le elevé las caderas, sujetándola por los lados mientras la atraía hacia mí.
—Cuando volvamos de cenar... —susurré al tiempo que deslizaba una mano por su vientre—. Voy a hacerte el amor hasta que no puedas más...
Gimió, arañándome la piel.
—Ahhh...
—Ahora que vas a retirarte, me voy a pasar el día dentro de ti...
—Terry...
Sentí que se tensaba. —Subió la otra pierna alrededor de mi cintura y apretó la espalda contra los azulejos.
—Todos los días...
Sus músculos internos me ciñeron con más fuerza mientras se estremecía contra mí, la abracé con más fuerza y la observé mientras llegaba al clímax, mientras se rendía por completo.
Le mordí el labio inferior, estrechándola con fuerza cuando otro orgasmo la atravesó de pies a cabeza.
—Deja de luchar contra ello...
—No... No puedo...
—Candy...
Ella me miró a los ojos cuando yo alcance mi propio placer unos segundos después que ella, y los dos permanecimos entrelazados durante varios segundos mientras el agua de la ducha caía sobre nosotros.
—A veces te odio... —Susurró, haciendo un gesto para que le soltara las piernas.
—Yo también Te Amo. —La dejé en el suelo con suavidad.
Tomé una esponja y la pasé por su cuerpo, deteniéndome al llegar al vientre.
—¿Has ido ya al médico?
—No. —Sacudió la cabeza—. Solo he hecho un test. —Iré mañana.
—Iremos mañana...querrás decir.
Parecía que iba a decir algo más, pero solo gimió cuando le presioné la esponja entre los muslos.
—Ven aquí... —dijo, agarrando otra esponja cuando terminé—. Deja que...
—No...La detuve agarrándola de la muñeca y le señalé el banco de la ducha—. Siéntate.
—¿Qué?
—Siéntate.
—¿Lo dices en serio? —Candy cruzó los brazos y me miró con los ojos entrecerrados—. ¿No vas a dejar que te lave solo porque estoy embarazada? —¿Es eso?
—Sí..respondí al tiempo que me pasaba la esponja por el pecho—. Es eso exactamente.
—Terry... —suspiró.
—No puedo perder otro. —La miré a los ojos—. Así que no quiero que hagas nada, nada en absoluto.
Asintió lentamente, dio un paso atrás y se sentó en el banco, manteniendo los ojos clavados en mí.
Cuando terminé, cerré el grifo y la envolví en una toalla antes de llevarla en brazos al dormitorio.
—Ya que andas tan complaciente..—me gustaría que no fuéramos a la cena que hay esta noche de la facultad.
—Eso no está en discusión... —Ahora vuelvo.
Haciendo caso omiso a sus profundos suspiros, salí de la habitación para ir al despacho. que tenia en casa, también esa habitación tenía las paredes cubiertas con fotografías de ella bailando. —Y, para mi disgusto, había puesto una imagen en la que estábamos besándonos justo encima del escritorio, una imagen que siempre aparecía allí sin importar las veces que la sustituyera por otra de mi título de abogado.
Encendí el fax y saqué la bandeja, aunque me detuve un momento a leer su nota.
Estimados señor Leonard, personal de la CBNY y cuerpo de baile:
Escribo esta carta para presentar mi renuncia oficial como primera bailarina de la compañía. —Como hemos comentado con anterioridad, me gustaría asumir un papel educativo durante al menos unos meses para poder desarrollar algunos sueños personales..—No regresaré a los escenarios ya que de ahora en adelante me dedicaré por completo a mi futura familia y cabe la posibilidad que debamos mudarnos a Inglaterra de manera permanente..
Gracias por la oportunidad, la confianza y el apoyo que me brindaron.
Candice White
Narrado Por Candy
Me ajusté el cinturón de seguridad y miré a Terry.
—¿Cuánto tiempo tienes pensado que nos quedemos en el evento esta noche?
—Hasta que acabe.
Hice una mueca, recordando la última y aburrida cena a la que había asistido en la facultad. —La mitad de los galardonados se habían dormido una hora después de empezar la ceremonia.
—¿Estás nominado para un premio o algo así? —pregunté.
—¿Qué te hace pensar que a alguien se le ocurriría nominarme para un premio?
—Bueno, viendo que te las has arreglado para recibir el premio Al mejor profesor del año, tres veces seguidas, he llegado a la conclusión de que todo es posible.
—No. —Sonrió—. El banquete para el mejor profesor del año es la semana que viene.
—¿Qué se celebra esta noche?
—¿Importa? —Me puso la mano en el muslo y empezó a frotarlo con suavidad—. Quiero que estés aquí conmigo. ¿Cuándo tienes pensado decirles a tus padres que estás embarazada?..—yo ya le avisé a los míos..sonrió..— tomarán el primer vuelo de Inglaterra a America.
Sonreía ante sus palabras.
—Mañana... ¿Quieres decírselo a alguien mas?
Permaneció en silencio durante unos minutos.
—A Annie y a Karen..
—¿A Annie? —Me reí—. ¿En serio?
—En serio —confirmó—. Es una buena amiga.
No lo podía negar. —A pesar de que hacía tiempo había estado totalmente colgada por Terry, Annie había sido un gran apoyo para nosotros desde que empezamos a vivir juntos en Nueva York. —Nos llamaba al menos una vez al mes para saludarnos, pero también para pedirle consejos a Terry sobre hombres. —Incluso me preguntaba a mí algunas veces.
Terry me miró mientras conducía el coche al interior del estacionamiento .
—Hace meses que dejaste de tomar la píldora, ¿verdad?
Asentí.
—¿Por qué?
—Porque tienes más ganas de tener un hijo de lo que quieres admitir.
—Te he dicho muchas veces que quería que tuvieras tu carrera, que consiguieras lo que querías antes de nada.
—Ya lo he hecho —repliqué mientras se estacionaba.
Me tomó el rostro entre las manos y me miró fijamente a los ojos durante un buen rato. Cuando abrió la boca para decir algo, sonó un golpecito en el cristal de la ventanilla.
Suspiró y se alejó. —Entregó las llaves a un joven vestido con un esmoquin blanco mientras dejaba que otro chico me ayudara a salir del vehículo.
—Deseamos que lo pasen bien —dijeron al unísono.
Terry me enlazó por la cintura y recorrimos una pasarela adornada con brillantes luces. Cuando nos acercamos a la entrada de vidrio del restaurante, uno de los presentes nos saludó.
—Buenas noches, señor Grantchester—dijo al tiempo que abría la puerta—. Señorita White...
—Buenas noches —respondí, preguntándome cómo sabía mi nombre.
Noté que Terry me besaba el cabello mientras entrábamos en una estancia poco iluminada donde los presentes estaban sentados ante mesas cubiertas con manteles blancos.
Me condujo hasta un lugar junto a las ventanas y retiró mi silla.
Miré a mi alrededor, sin apreciar ninguno de los detalles habituales en una de las soporíferas cenas de la facultad. —No había ninguna cara familiar ni tampoco ninguna mención a que se trataba de una cena de la Universidad de Nueva York en el menú del restaurante.
Me volví hacia Terry para preguntarle qué estaba pasando y vi que había dejado una pequeña cajita negra en el centro de la mesa.
—Iba a esperar hasta después de la cena... —me cogió las dos manos, haciendo que se me detuviera el corazón—, pero...
Respire hondo varias veces al notar que a mi alrededor todo se volvía borroso.
—Pero ¿qué?
—Quiero que lo tengas ahora. —Creo que he sido muy paciente con respecto a este tema, así que...
—Sí. —Hice que me soltara las manos—. Mi respuesta es sí. ¿Puedo abrirla?
Sonrió.
—Por supuesto.
Respiré hondo una última vez antes de levantar la tapa de la cajita. —Antes de sacar...
—¿Unos pendientes? —pregunté, tratando de sonreír mientras miraba los preciosos pendientes de diamantes en forma de zapatillas de ballet.
—Sí. —Asintió con la cabeza, sonriendo—. Hace algunas semanas mencionaste que querías unos así, así que después de saber lo del bebé he pensado que...
Desconecté de sus palabras y miré las joyas.
—¿No te gustan? —Me levantó la barbilla.
—Sí, pero... había pensado que... —Se me llenaron los ojos de lágrimas—. Sí... Sí, me gustan mucho, Terry.
Arqueó una ceja.
—Si te gustan, ¿por qué estás a punto de llorar?
—No lo estoy... —Me levanté—. ¿Me disculpas un minuto?
No esperé su respuesta. —Me acerqué a un camarero para preguntarle dónde estaba el cuarto de baño.
Corrí en esa dirección tan rápido como pude. —Una vez dentro, comprobé todos los urinarios antes de empezar a gritar.
—¿En serio? —aullé. Luego permití que las lágrimas reprimidas recorrieran mis mejillas.
Debería haberlo supuesto... —Negué con la cabeza; sabía que no iba a ser capaz de terminarme la cena sin demostrar mis emociones. —saqué el celular para escribirle un mensaje, pero... él apareció en la puerta en ese instante.
—Estamos en el cuarto de baño de mujeres —advertí—. Vete. Ya.
—¿Para que puedas enviarme un correo electrónico? —sonrió.
—Sí. —Así podré enviarte un correo. —Di un paso atrás—. Tengo claro lo que quiero decirte, así que si me dejas sola...
—¿Por qué estás llorando, Candy? —Avanzó hacia mí, haciendo que yo retrocediera hasta quedar apretada contra la pared—. ¿Es por algo que te he dicho?
—Estoy embarazada de ti, Terry. —Vamos a ser padres...
—Lo sé. —Miró mi vientre antes de secarme las lágrimas de los ojos—. Aunque estoy seguro de que aún no deberías sentirte afectada por las hormonas. —Todavía estás de pocas semanas.
—¿Vas a proponérmelo alguna vez? —No pude reprimir más la pregunta—. Llevamos tres años juntos...
—No creía que tuviera un plazo.
—Has dicho que cuando tuviera mi carrera encarrilada y... —suspiré mientras me secaba nuevas lágrimas—. Solo quiero que respondas sí o no, así no volveré a hacerme ilusiones de nuevo. —Si no piensas casarte nunca conmigo por culpa del pasado, porque crees que voy a hacerte daño, como Susana, o simplemente porque no quieres comprometerte conmigo a largo plazo, solo quiero que me lo digas ya, para poder...
Dejé de hablar al sentir que me ponía un anillo en el dedo.
—Solo tenías que esperar veinte minutos más.
Me besó en la frente y bajé la mirada a mi mano. —La subí hasta mi cara con un jadeo.
Era un anillo de corte princesa con pequeños zafiros azules rodeando la banda de platino. —Y alrededor del lugar donde estaba la piedra preciosa más grande, el diseño incluía una línea de pequeñas esmeraldas entrelazadas.
Miré cómo brillaba bajo la luz en estado de shock.
—¿Ibas a proponérmelo aquí?
—No. —Me besó los labios—. En la terraza.
Me quedé en silencio.
—¿Te ibas a poner de rodillas? —Me resbaló otra lágrima por las mejillas.
Asintió.
—¿Delante de la gente?
Volvió a mover la cabeza, asintiendo.
—¿Puedes hacerlo igual?
—¿Por qué quieres que lo haga?
—Para poder recordarlo.
—Ya has dicho que sí.
—Lo sé, pero puedo quitarme el anillo durante un rato para escuchar lo que ibas a decir.
Lo giré en mi dedo, pero él me detuvo.
—Si te lo quitas, supondré que estás diciendo que no... —Me miró—. Pero sé que jamás me lo perdonarás si no te lo digo, así que voy a hacerlo para que podamos recordarlo.
Me tomó de la mano y me guio fuera del cuarto de baño hasta unas escaleras..—Abrió las puertas que teníamos delante y atravesamos la terraza al aire libre, donde los clientes estaban sentados bajo un toldo blanco.
Nos acercamos a una plataforma más adelante y me puso su chaqueta sobre los hombros antes de colocar las manos en mi cintura para sentarme encima de una roca fría.
Después de mirar por encima del hombro a los comensales que estaban observándonos con recelo, apoyó una rodilla en el suelo.
—¿Prefieres la versión censurada o la no censurada? —preguntó mirándome a los ojos.
—La no censurada.
—¿Estas segura?
Asentí.
—Muy bien! ...—Tus deseos son ordenes para mi..
Me tomo la mano derecha y la sostuvo con la suya y se apoyó sobre una de sus rodillas.
—Candice... Nuestra relación empezó con una mentira, con una gran mentira, pero por alguna extraña razón, no puedo dejar de alegrarme de que fuera así.
Hizo una pausa.
—Durante los tres últimos años, hemos encontrado nuestro propio camino hacia la verdad, y por mucho que duela a veces, reconozco que ha valido la pena.
Me sonrojé al notar que la gente a su espalda se quedaba callada, casi como si intentara escuchar lo que estaba diciendo.
—Llevo dos años y medio queriendo proponértelo, pero no quería que te distrajeras, sino que te concentraras en tu carrera, así que acepté el anillo que mi madre me entregó de la casa Grantchester, el cual pasa de generación en generación y decidí esperar hasta que hubieras logrado todo lo que querías, hasta que por fin pudiéramos estar juntos más tiempo.
—Ohhh... —murmuró una mujer, levantándose y poniéndose una mano sobre el corazón.
—A pesar de que eres capaz de sacarme de mis casillas como ninguna otra y que continúas empujándome fuera de mi zona de confort..., no existe nadie con quien quiera estar más que contigo, y no hay nada que me gustaría más que seguir haciéndote el amor durante el resto de mi vida.
Se oyó un jadeo colectivo, como si la gente estuviera preguntándose qué acababa de decir.
Acarició el anillo con el pulgar.
—Candice White, ¿quieres casarte conmigo?
Asentí con la cabeza, notando que me caían más lágrimas cuando él se incorporó y me estrechó entre sus brazos.
—¿De verdad tenías que decir la última frase? —susurré mientras me rozaba la boca con la suya..
—Sí. —Hundió la lengua entre mis labios—. Quiero que seas muy consciente de que, nos casemos o no, sigo siendo el mismo Terry cada vez que hagamos el amor.
—O Terrence...
—No, Terruce...me corrigió
Volvió a besarme, esta vez con más pasión.
—Terrence Graham se enamoró de la mujer equivocada. —Terruce Graham Grantchester Baker "No" ...dijo mientras besaba mi rostro.
Me di la vuelta lentamente sobre Terry, sintiéndome débil tras haber alcanzado una vez más el orgasmo.
—Me debes una cena... —susurré—. Una que hagas tú, no que hayas encargado.
—¿De verdad piensas que voy a levantarme ahora para hacerte la cena?
—Creo que vas a hacer lo que yo quiera durante los próximos meses. —Sonreí, sabiendo que era cierto. —De hecho, estaba segura—. ¿Prefieres un niño o una niña?
—No importa. —Movió la cabeza—. ¿Y tú?
—Yo prefiero una niña.
—¿Por qué?
—Siempre he querido tener una hija —confesé—. Para ser mejor madre de lo que fueron mis padres.
—Entonces, ¿llorarás si al final es un niño?
—Solo lloraré si acaba pareciéndose a ti.
Riéndose, se sentó y me hizo levantarme de la cama con él. —Se puso unos pantalones y me ayudó a ponerme un camisón. —Luego me tomó de la mano para ir a la cocina, donde me indicó que me sentara en uno de las sillas que había junto a la barra.
Me apoyé en la encimera mientras nos dejábamos llevar por lo que se había convertido en una rutina desde que empezamos a vivir juntos. —A pesar de lo que había dicho antes, Terry cocinaba para mí cuando se lo pedía. —Por supuesto, después tenía que pagar un precio..., pero era algo a lo que estaba más que dispuesta.
Cuando el calendario de la compañía se descontrolaba y solo me quedaban cinco horas entre una actuación y el siguiente ensayo, siempre tenía la cena esperándome. —Y cada noche de estreno me había enviado detrás del escenario un aperitivo con un ramo de narcisos amarillos.
—Y si es una niña —inquirió, al tiempo que ponía una ensalada de pollo delante de mí—, ¿se te ha ocurrido algún nombre?
—El mío pero en diminutivo..—es decir Candy.
Puso los ojos en blanco.
—No puede ser.
—Estoy bromeando. —tomé una fresa del plato—. Me gusta Abril...
—¿Abril? —¿Por alguna razón en especial?
—Es parte de los meses de primavera, mi estación favorita —expliqué—. Aunque me enamoré de ti en otoño, y fue cuando tú te enamoraste de mí.
—Yo me enamoré de ti en invierno.
—No. —Te diste cuenta en invierno, pero en otoño ya me amabas.
—Estoy seguro de que no fue así. —Me sirvió un vaso con jugo antes de sentarse a mi lado—. Quiero preguntarte algo.
—¿Desde cuándo me pides permiso para hacerme preguntas?
Me sujetó la barbilla y me hizo girar la cabeza para mirarlo.
—¿Quieres que celebremos una boda antes o después de que nazca el bebé?
—Antes.
Continuará...
