Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, pero la historia es completamente mía. Está PROHIBIDA su copia, ya sea parcial o total. Di NO al plagio. CONTIENE ESCENAS SEXUALES + 18.


Capítulo beteado por Melina Aragón: Beta del grupo Élite Fanfiction.

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Capítulo 15:

Eres mi vida

PARTE III

Bella temblaba, pero ya no era de miedo ni de incertidumbre, era de intensa felicidad.

—Estás embarazada, amiga, no estás enferma —afirmó Alice, sintiendo también el nudo en su garganta.

Sus ojos se llenaron de lágrimas y no tardó en cerrar sus ojos hasta volcarse en el llanto.

—Tienes doce semanas —siguió diciendo—, tu hemograma está perfecto, solo…

—¿Solo…?

—Las plaquetas un poco disminuidas, por eso tenías tantos hematomas raros —susurró.

Oh por Dios, qué felicidad sentía. Quería saltar y dar vueltas por todo Londres ante la emoción que la embargaba. Finalmente, cuando pudo sentir la realidad luego de tanto temor al regreso de su enfermedad, fue instantáneo el sentimiento de amor que le creció en el pecho. No, nunca pensó que iba a ser mamá, no porque la idea le desagradara sino porque… nunca creyó que pudiera conocer a alguien que le permitiera experimentar eso sin sentir que iba a ser infeliz. Y era que no quería cometer el mismo error que su padre o su madre, no quería y de verdad iba a ser lo posible porque nada de lo que papá y mamá hicieran pudiera dañar a su retoño.

Oh, iba a ser mamá. De verdad iba a ser mamá.

—Gracias, Alice —dijo finalmente con un nudo en la garganta.

—Eres mi amiga, la persona que mejor ha trabajado en el centro de terapia, no puedo estar más feliz por ti.

Respiró hondo.

—Y tú la mejor enfermera del mundo.

Cuando cortó y luego de prometerle que iban a verse pronto, Bella se sujetó de la encimera con una sonrisa radiante en su rostro. Tenía que decírselo a Edward, tenía que hacerlo porque iba a volverse locamente feliz y de solo imaginar su expresión se llenaba de regocijo. Pero no ahora, quería que fuera una sorpresa tan linda y llena de detalles que nunca iban a olvidarlo, porque iban a ser mamá y papá, porque todo al fin tenía el curso correcto e iban a crear la familia que necesitaban sin saber.

—Oye, gruñona hermosa —llamó Edward, acercándose a paso lento con una de las muletas.

Bella antes de girarse se limpió bajo los ojos y le sonrió en respuesta.

—¿Ya estabas extrañándome, Engreído? —inquirió, apoyándose en la encimera.

Edward se rio y tomó su cintura con su mano libre, mientras que Bella le acarició la mejilla en el lugar donde se encontraba la cicatriz de su accidente.

—Siempre te extraño, aunque estés en mi departamento —susurró, juntando su nariz con la suya.

Bella cerró los ojos y suspiró, tan tranquila y en paz que Edward no demoró en hacérselo notar.

—Hey, ¿y ese suspiro?

Ella alzó la mirada y se mordió el labio.

—Nada, solo estoy muy contenta contigo.

Él sonrió.

—Te amo.

—Y yo te amo a ti.

Se abrazaron, sintiéndose completos. Bella moría por gritarle la noticia, pero se aguantó, porque quería que todo fuera especial en el momento perfecto. La única certeza era que su hijo estaba dentro de ella y que ya tenía tres pequeños meses.

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—¡Me fui de viaje y todo pasó tan rápido! —gimió Jessica, entrando al departamento de manera ensordecedora.

La modelo corrió hacia Edward, abrazándolo de manera fraternal.

—Juro que cuando supe que te habían dado el alta, corrí a la agencia a suplicar que me permitieran venir a por ti. Lamento que haya sido tres días después.

Cuando Jess se separó y vio a Bella, se sonrojó al haber olvidado saludarla. Le pasaba con frecuencia, sobre todo ante el miedo que tenía de perder a su mejor amigo. En el instante en que supo lo que había pasado, ella estaba incomunicada por su maldito trabajo y aunque luchó por poder ir a visitarlo cuanto pudiera, era casi imposible. Sentía que nunca iba a poder perdonarse aquello.

Bella, por su lado, no la juzgó. Era una mujer trabajadora que había estado llamándolo incansablemente durante todo el mes. Se escuchaba angustiada y siempre lloraba ante la impotencia de no haber podido ir a verlo a tiempo.

—Descuida, Jessica, ¿ya te quedarás acá? —le preguntó Edward.

Ella se sonrojó y miró a la entrada, lugar del que emergió otra chica. Era muy guapa.

—Sí, decidí quedarme para compensar la ausencia que tuve durante todo este tiempo y, bueno, porque conocí a Lauren.

Lauren saludó y tomó a Jessica de la mano. Ambas se miraban con la complicidad de una pareja llena de amor.

Bella recordó sus celos y no pudo evitar sentirse algo tonta. Si tan solo se hubiera dado cuenta de cómo moría por Edward antes de pasar por tanta negación.

—Bueno, espero que se queden a comer con nosotros —exclamó Bella luego de saludar.

Edward asintió, muy entusiasmado.

—Eso está claro, nos quedamos —respondió Jessica, mientras Lauren asentía.

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Edward dormía plácidamente y Bella apoyó la mejilla para mirarlo en ese estado de paz. Fue imposible no acariciar parte de esa quijada masculina que la volvía loca. Él despertó en medio de aquello y con los ojos adormilados la contempló, envuelto en la dicha de saber que seguía a su lado. Su doctora lo era todo y más.

—Hoy es el partido final —susurró ella, recordándoselo.

Él siguió mirándola, nada arrepentido de haber vivido esto y más con tal de tenerla entre sus brazos. Claro que dolía no haber participado en el campeonato más importante del mundo, pero había decidido desligarse de esa mierda ante la agonía de pensar que ella iba a marcharse. En la vida había que hacer sacrificios y en esta ocasión él había decidido hacerlo por Bella, la mujer de su vida.

—No importa, estoy contigo y eso es lo único que necesito.

—Dime que harás el intento de volver. Te estarán esperando con los brazos abiertos.

—No lo haré si mantienen la idea de que debes estar fuera por esa estúpida idea de que tú no puedes estar cerca del equipo por lo que tú y yo somos.

Bella bajó la mirada hacia los tatuajes de su pecho.

—Es una decisión que debía enfrentar, sabes cómo son…

—No, me niego a ello. Es tiempo de que valoren todo lo que hiciste. De no ser por ese accidente, yo habría vuelto gracias a ti. —Le pasó los dedos por los labios—. Y volveré contigo de cabeza en mi terapia, tenlo por seguro.

Bella suspiró y se acomodó a su lado.

—Además, Inglaterra ni siquiera está en la final. ¿Qué importa? Somos nuevamente tercer lugar —dijo, algo contrariado—. De haber estado yo…

Ella se comenzó a reír de manera ensordecedora, lo que llamó la atención de Edward, que sonreía, sin entender.

—Eres tan engreído —respondió ante su mirada de risueña duda.

—Oye.

—Es la verdad. Eres tan engreído cuando se trata del juego.

—Contigo soy un hombre humilde, deberías saberlo.

Bella volvió a reír y lo besó.

—Lo sé y por eso te amo.

Él se quedó suspirando mientras le acariciaba el cabello y la miraba hasta ponerla nerviosa.

—Espero que te quedes conmigo aquí, en Londres. Y si decides irte a buscar tus sueños allá, en tu país, yo iré contigo. Solo no me pidas que me separe de ti.

Ella cerró sus ojos y se quedó abrazándolo.

¿Irse? ¿Ahora que tendrían un bebé? No, eso nunca.

—Me quiero quedar contigo, quiero que te despidas del juego como Dios manda, ganando la próxima copa.

Edward se quedó sorprendido.

—Pero quedan cuatro años.

—¿Y? Sé que podrás jugar como el inmenso hombre que eres. Vas a ganarla, te lo juro.

Juntaron sus frentes y se respiraron mutuamente.

—Pensé que odiabas la idea de estar con un jugador —la molestó, haciéndole cosquillas en la barriga.

Bella sintió que se deshacía en emociones al sentir la mano del papá de su hijo justo ahí, donde residía, creciendo por montones.

—La verdad sí, la odio, pero contigo no —señaló, sacándole una carcajada.

—Mi Dra. Gruñona, ¿qué sería sin ti? —inquirió.

—Te amo, Edward, mucho.

—Y yo a ti, más de lo que imaginas.

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Bella estaba mirando la ropita de bebé, algo inquieta con lo raro que se sentía. Todo había pasado tan rápido, que aún le costaba asimilar que pronto conocería a su pequeñito. La sola idea parecía un nuevo comienzo a tantos errores, una manera de aprender a madurar, a ser una mejor persona y, por supuesto, a enmendar los traspiés de sus padres.

Suspiró, algo desilusionada de no encontrar algo acorde a lo que imaginaba en una sorpresa, así que salió de la tienda y se puso las gafas, esperando no llamar la atención de cualquier medio que estuviera por ahí. Ahora que la conocían, bueno, todo podía significar una noticia. Le costaba un poco acostumbrarse a ello, pero ¿qué más daba? Era lo que debía pasar si estaba con Edward.

Cuando fue a por su coche, ella se encontró de frente con papá y mamá, quienes la esperaban en el suyo, tomados de la mano. Bella no había tenido más oportunidad de hablar respecto a lo que había sucedido, no desde que se sinceraron en el hospital, en especial su madre, por lo que se mantuvo mirándolos, sin saber qué decir.

—Te esperábamos —dijo Charlie, algo nervioso.

—¿Pasa algo? —preguntó ella, inquieta.

Desde que toda esta pesadilla con respecto a la situación de Edward había quedado en el olvido, tenía miedo de revivirlo con pesadilla tras pesadilla recordándole el inmenso dolor que sintió en su momento.

—Solo queremos hablar contigo, lo necesitamos los tres —afirmó Renée—. ¿Vienes con nosotros?

.

Edward estaba mirando lo que decían los medios y rápidamente lo quitó. Estaba tranquilo, porque todos sabían la farsa en la que se había metido Tanya. El abogado dejó el café a un lado y le mostró los papeles con la demanda que ya había interpuesto en contra de todas las editoriales que dieron cabida a esa mujer para decir todo lo que dijo.

—¿Está todo listo? —preguntó él, intrigado.

—Sí. Y estoy seguro que todas las ganará. La primera y más importante es el hecho de que lo drogó.

—Las pruebas son irrefutables —afirmó la abogada número dos—. Las cámaras de seguridad son la mejor prueba de cómo puso la droga sobre el vaso.

Edward se sintió tranquilo.

—Al menos tenemos eso a nuestro favor.

—Entonces pediremos la compensación económica y los años de prisión, ¿de acuerdo?

—Sí, para Tanya Denali, Jacob Black y todos los medios que dieron cabida a que ocurriera esto —respondió el jugador, muy seguro—. Quiero que se abra una cuenta para cuando ese dinero llegue a mí. Lo donaré al centro del cáncer.

Ambos abogados sonrieron y tomaron sus maletines.

—Perfecto, eso haremos. Que tenga buena tarde, Sr. Cullen —dijo la mujer.

Cuando se marcharon, él se recargó en el sofá, tranquilo ante cómo todo estaba saliendo como debía ser.

Nadie se metía con su familia. Nadie.

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Bella tragó al ver el lugar en el que se encontraban, todo mientras los oídos le pitaban producto de lo que Charlie acababa de narrar. Le parecía tan surrealista que no le cabía comprensión aún en su corazón.

—Necesitaba que lo supieras. Ha sido muy difícil para mí, mucho, sé que debí decirlo antes, debí pedir ayuda, pero los medios son agobiantes, nos hacen daño, es… —Él se calló al verla en silencio, en shock.

—Cariño —llamó su mamá—. Cuando lo supe también quise gritarle, decirle que nada de esto podría solucionarlo, pero cuando entendí que en sus zapatos las cosas habrían sido igual de difíciles, yo… —Renée tragó—. Sé que ya no podemos devolver el tiempo, pero podemos comenzar a cimentar uno nuevo los tres.

Isabella cerró sus ojos ante el llanto acumulado. Su padre nunca engañó a su madre, él nunca quiso dejarlas, estaba encerrado por lo que significaba rodearse de la podredumbre, en una época en la que los medios se aprovechaban aún más del ser humano al no tener la tecnología de hoy en día, tecnología que había servido para destruir a Tanya con sus artimañas nauseabundas.

Charlie notó cómo su hija palidecía, por lo que caminó hasta su lado y la abrazó, haciendo que explotara en un fuerte sollozo de su interior.

—Debiste ser sincero, papá —gimió, mirándolo a los ojos—. Todo este tiempo… ¿Por qué…?

—Fui muy cobarde y preferí intentar solucionar todo y luego pudrirme con tal de que nada ocurriera con ustedes, sin pensar en que eso me llevaría años de distancia entre las mujeres que más he amado en mi vida.

Renée se tapó los labios ante el inmenso dolor que sentía al ver a su hija así, asimilando lo que a ella también le costó. La gran diferencia era que en su momento fue adulta, en cambio Bella fue una pequeña nena de pocos años con una enfermedad a cuestas. Claro que era difícil, más de lo que cualquiera podía imaginarse. Era la principal víctima de esto y ambos debían ser conscientes de eso.

—Papá, ¿por qué me hiciste odiarte? Todo pudo ser más fácil…

—No era fácil y ese era el problema, hija, por favor, no me odies más. Ni siquiera sé cómo seguir demostrándote que te amo con todo mi corazón —decía con franqueza—, que no hay día en que no piense en ti.

—Oh, papá. No te odio —gimió ella—. Nunca lo he hecho por más que lo intento. Y de verdad lo intento, papá, lo intento cada vez que recuerdo lo miserable que me sentí al haber sido abandonada por ti.

—Bella, perdóname —sollozó Charlie, tomándola de las mejillas—, perdóname por haber sido un cobarde. Solo quiero que sepas que te amo, hija, te amo y estoy tan orgulloso de ti. Por favor, si quieres enviarme lejos, hazlo de una vez, sé que dolerá menos.

Ella se posó la mano en la barriga, buscando las fuerzas de su hijo. Y comprendió que no podía hacerlo, porque eso era retroceder, era seguir con esas cicatrices que tanto molestaban en su interior. No podía permitirse seguir con esa sensación quemante en su pecho, no quería que su hijo tuviera una madre que sintiera odio o remordimiento por sus abuelos. Ahora todo era más claro, ahora comprendía en carne propia lo que su papá había tenido que pasar, porque si bien Edward había buscado la manera de deshacerse de todas las calumnias, Charlie optó por darle una mejor vida, bajo su criterio, a quienes más amaba: su familia.

—Te perdono, papá —murmuró, mirándolo a los ojos—. No te quiero lejos, han sido demasiados años de estar sin ti que ya no puedo tolerarlo. Tú y mamá merecen ser felices, así como yo planeo serlo con la familia que quiero construir.

Charlie volvió a llorar y la abrazó con mucha fuerza. Era lo que necesitaba, nada más, que su nena entendiera que la amaba y que de los errores llevaba aprendiendo años.

—No quiero cometer más errores, como el resentimiento y el odio, no ahora que…

Se calló mientras sus padres la miraban, expectantes.

—¿No ahora qué? —insistió su madre, frunciendo el ceño.

Bella tragó.

—No ahora… que estoy embarazada.

Ambos abrieron sus ojos de par en par.

—¿Embarazada? —preguntó ella, casi chillando.

Bella se rio y luego siguió llorando, mientras los veía acercarse para abrazarla con mucha fuerza. Los dos lo hicieron, rodeándola con el calor del nido, aquel que sentías cuando eras pequeño, como si supieras que estabas protegido bajo cualquier circunstancia.

—Son los primeros en saberlo de la familia —murmuró la doctora.

—¿Yo? —inquirió su padre, como si no pudiera creerlo.

—Sí, papá.

Sonrió y volvió a abrazarla, mientras Renée le acariciaba el cabello a su hija, una vez más dichosa de tenerla consigo un día más en su vida.

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Había pasado una semana desde que Edward había salido del hospital y el uso de la muleta le molestaba como no tenían idea. En el momento en el que se quedó en medio de la fiesta que su familia había preparado para que él pudiera estar con sus colegas, la situación le hizo mantenerse feliz a pesar de los obstáculos que tenía para movilizarse como quería.

Bree fue corriendo hasta los brazos de su hermano favorito, mucho más repuesta desde que había terminado su tratamiento. La remisión era algo que tenía a toda la familia tan feliz que no daban del pecho lleno.

—¿Dónde está Bella? —preguntó, poniéndose las manos detrás de su espalda.

Edward le acarició la nariz.

—Supongo que haciendo algo que yo no me he enterado.

—Ustedes están juntos, ¿no?

Bree le tomaba las mejillas, apretándoselas con delicadeza.

—Sí. Claro que sí.

—Yo quiero verlos juntos siempre.

—¿Siempre?

—Sí. Siempre.

Él se rio y le besó los cabellos.

Bella había llegado a la casa cuando pasaba todo ello. En cuanto cerró la puerta del coche, inspiró y se acercó a la entrada.

Tenía el estómago revuelto, no supo si por su pequeño o por los nervios de contárselo, pero ahí estaba, intentando no vomitar.

Bella sostuvo el regalo entre sus dedos, mirando a Edward detrás del umbral de la puerta. Él reía junto a los demás, tan alegre como nunca, mientras esperaba a que su pierna sanara al fin.

Cuando la vio llegar, Edward se acomodó mientras elevaba más sus comisuras, callándose y callando al resto. Caminó hacia su encuentro, dispuesta a cobijarse en los brazos del hombre de su vida. Él se levantó como pudo con el bastón y se abrió para ella, conteniéndola con fuerza.

—Estaba esperándote —le susurró al oído.

Miró hacia el lado y vio que estaban todas las personas más importantes de su vida. Fue imposible no cerrar sus ojos, saboreando lo que significaba la felicidad. Ya no le daba miedo decir que lo amaba a viva voz, tampoco que la amara de manera física delante de todos. Antes eso habría sido complejo para ella, pero ahora era una mujer diferente. Para Edward, eso era conocer a la persona que llevaba dentro y eso no tenía precio. El haber pasado por la instancia de perderla era algo que seguía doliendo, en especial cuando aquello seguía ardiendo con tanta fuerza, como si siguiera ahí, rompiendo sus recuerdos. Pero aquí estaba, mirándolo con los ojos brillantes, casi rozando el éxtasis de lo que significaba haber roto con tantos obstáculos. La amaba tanto que seguía demostrándolo donde pudiera, enviando al carajo a todos los que se habían encargado de hacerles daño.

Bella vio cómo su papá arqueaba las cejas, dispuesto a sentir la felicidad que la suya le producía. Ella le sonrió en respuesta, recordando lo que le contó y lo mucho que le costó dormir aquel día, cuando la culpa de no haberle dado la oportunidad de expresarse la consumía. Pero ahí estaba, dispuesto a perdonarse también a sí mismo, queriendo darle una cuota de llano amor, el que llevaba en su interior con mucha intensidad.

—¿Qué ocurre, mi amor? —le preguntó Edward, besándole dulcemente la mejilla.

Bella tragó y recordó por qué había demorado en llegar. Sacó la bolsita de regalo y se la mostró.

—Te traje esto.

Edward frunció el ceño y la tomó, mirando los dibujos de esta. Eran jugadores de fútbol pequeñitos con ositos.

—Ábrelo.

Él lo hizo, llamando la atención de todos los demás en la cena. Cuando pudo ver qué había adentro, sus ojos se bañaron de lágrimas.

—Esto es…

Su voz se perdió mientras sacaba la playera de recién nacido. Era una versión miniatura de la suya, con el número y el "Cullen" en la parte trasera. Edward la miró mientras terminaba de sacar los zapatitos de jugador, comprendiendo poco a poco de lo que esto se trataba.

—Los resultados fueron claros. Estuve tanto tiempo asustada que ahora me parece tan… surreal —susurró Bella, a punto de llorar.

—Bella, cariño…

—Sí, no estoy enferma, no tengo esa maldita cosa de vuelta, estoy… estoy embarazada.

Los ojos de Edward dieron un fulgor y enseguida la abrazó mientras apretaba sus párpados con fuerza.

—Por Dios —fue lo único que pudo decir, temblando de pies a cabeza.

—Estoy esperando un bebé, no estoy enferma —insistía en decir—. ¿Te das cuenta de eso? Tendremos un hijo.

Edward le tomó las mejillas y se las acarició mientras comenzaba a llorar de alegría y de un alivio tan inmenso que no se sostenía.

—No puedo creerlo.

Bella asintió y lo abrazó mucho más fuerte.

—Tendremos un pequeñito —decía, inmensamente feliz—, ¡tendremos un hijo!

Bella rio y comenzó a llorar, porque se sentía tan contenta que podría saltar.

Todos los demás dejaron de hacer lo que hacían y se acercaron a ellos ante lo que habían escuchado.

—¿Es en serio, Bella? —preguntó Rosalie, la novia de Emmett que con el paso de los días se había convertido en una muy buena amiga.

—Estoy tan feliz —exclamó Alice, abrazando a Jasper.

—¿Tú lo sabías?

—¡Claro que sí! ¡Yo se lo conté!

Esme y Carlisle corrieron hasta ellos y con los ojos brillantes se mantuvieron mirándolos con el incremento de las emociones en sus expresiones. No tardaron en abrazarlos, mientras Edward y Bella seguían mirándose, felices, dichosos… llenos de la paz que tanto necesitaban.

—Tengo doce semanas —le contó una vez que estuvieron en su burbuja.

Edward le acarició la mejilla con el dorso de sus dedos y luego le besó la frente.

—Son tres meses —afirmó—. Es mucho.

Bella se rio y asintió mientras caía en cuenta de que estaba albergando la vida que Edward y ella habían creado.

—Sigue siendo muy pequeñito.

—Mucho —añadió él.

Se besaron y siguieron juntos, disfrutando de lo que significaba el momento que estaban viviendo. No iba a repetirse, por eso querían ser parte de ello como tanto querían y no lo sabían.

—Estás sana —seguía diciendo Edward—, estás sana.

El alivio de tener a su Bella por más tiempo, y con un bollito en el horno, no dejaba de hacerlo sonreír. La amaba hasta la médula y no había podido estar tranquilo sin saber lo que realmente le pasaba a su novia. Ahora todo parecía un sinsentido, en especial la intensa preocupación y el dolor ante la idea de luchar con esa enfermedad de mierda. Estaba ahí, sana, aguardando a su bollito en su interior.

Era feliz.

—Lo estoy —respondió Bella, con los ojos bañados en lágrimas—. Lo estoy y nada malo ocurrirá, te lo prometo.

Siguieron besándose y los compañeros de Edward fueron a levantarlo para felicitarlo por su hijo, lo que a Bella le hizo reír a carcajadas. Bree y las demás pequeñas fueron con ellas, mientras Renée y Charlie se abrazaban, dichosos de ver cómo su hija sonreía de una manera que jamás habían visto.

Ellos también eran felices.

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—La trombocitopenia gestacional no es grave, pero vas a tener controles seguidos, así como los vamos teniendo ahora —afirmó la Dra. Hills, mirándolos a través de sus excéntricos anteojos.

Era una mujer experta en parto, sobre todo como lo quería Bella: en la naturaleza. Veinte años haciéndolo no eran en vano, así que, como era tozuda como ella sola, no dudó ningún segundo en buscarla.

—¿De verdad no es grave? —preguntó Edward, quien era el padre más nervioso, preocupado, extrovertido y feliz del mundo.

Bella no daba crédito a cuan preocupado podía ser, incluso cuando las hormonas a veces la ponían de mal genio.

—Nada grave. Bella es una mujer sana, no tiene enfermedades de base y, bueno, también sabe de salud. —Sonrió, levantándose del escritorio—. Ya pasamos de las veinte semanas y creo que es momento de la ecografía. ¿Qué me dicen?

Los padres se miraron. Ya sabían a qué venían, pero siempre la situación, ya en la realidad, generaba diversas sensaciones.

Bella se levantó y se cambió para que la doctora pudiera dedicarse a hacer su trabajo. En el instante en que se acomodó en la camilla, Edward le acarició la piel de la barriga, que ya iba creciendo a medida que el amor que sentían se incrementaba más y más. Cuando se miraron y sonrieron, la doctora puso el gel conductor y encendió la máquina.

—¿Cómo te has sentido? —preguntó la profesional.

—Muy bien —respondió ella, sintiendo la maquinilla moviéndose en su piel.

—¿Papá está contento?

—Más que nunca —contestó él enseguida.

Bella lo buscó y le besó el pecho.

—Oh, porque miren, qué bello bebé.

Cuando ambos miraron a la pantalla, sintieron la inmensa sensación de poder tenerlo en frente. Su carita se mostraba sin problemas, algo abrazado a sí mismo.

—Está perfecto —les dijo, tranquilizándolos—. Se mueve muy libremente. Creo que será un pequeño dichoso.

—Está nadando el bollito —dijo Edward, emocionado hasta las lágrimas.

Bella quería ser la mejor mamá del mundo, así como Renée lo había sido con ella. Sabía que con Edward, eso sería posible, no tenía dudas al respecto.

—Tienen un bollito muy gordito —señaló la doctora—. Oh, y creo que tendrán que elegir entre nombres muy pronto.

Los dos pestañearon.

—Papá tendrá que cuidar de dos mujeres muy lindas —añadió.

La sonrisa de Edward era entre incredulidad y dicha. ¿Dos mujeres había dicho? Miró a Bella y ella se mordió el labio inferior, acariciando su quijada masculina con intensa dulzura.

—¿Eso quiere decir que tendremos una niña? —inquirió.

—Una niña —repitió Bella, esta vez mirando a la pantalla.

Supo ahí que no iba a repetir la historia que habían tenido que tener sus padres junto a ella, que no iba a permitir que ningún hombre la hiciera sufrir y que le iba a inculcar el amor para que lo viviera libre, sin miedo alguno a sufrir. Iba a ser la chiquita más feliz del universo, porque sus padres ya lo eran.

—Estoy tan feliz —afirmó Edward, besando la mejilla de su Gruñona.

—Y yo —respondió Bella, cerrando los ojos mientras imaginaba su carita y a Edward junto a ellas, haciéndolas irremediablemente felices como se habían propuesto.

Era el mejor comienzo del mundo.

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Edward acomodó el nuevo vestido que le había comprado a su hija y miró a Bella, que estaba abrazando el regalo que él le había hecho antes del accidente, mientras dormía profundamente sobre la cama que compartían en su nueva casa, a las afueras de Londres. Él se sentó a su lado y la besó, sacándole una sonrisa entre sueños. Estuvo un largo rato mirando su expresión de paz, una que tenía desde que salió del hospital y volvieron a dormir juntos.

Miró el calendario y se sorprendió de la rapidez del tiempo. Su pequeña ya pasaba las treinta semanas. La barriga de Bella la aguardaba con calor y siempre estaba acariciándola, como si quisiera conocerla ya. Edward también quería hacerlo, y enseguida la besó ahí.

Iba a llamarse Reneesme Carlie Cullen. Cuando se lo comunicaron a sus abuelos, fue un llanto imposible de evitar, estaban tan contentos, en especial Charlie, con quien las cosas entre él y su hija iban bien, más de lo que alguna vez pensó. Eso también lo hacía feliz.

—Hey, Nessie —le susurró, siguiendo el recorrido hasta el ombligo de su Bella—. ¿Mamá te tuvo mucho tiempo jugando?

Le gustaba llamarla Nessie, lo que Bella odiaba. Con frecuencia se lo decía para molestarla, porque verla gruñir era algo que lo volvía loco.

—No le llames Nessie —refunfuñó ella, despertando.

Edward se rio.

—No es un monstruo —añadió, restregándose los ojos.

—Su papá lo es y aún así lo amas —respondió él, acercándose para besarla con pasión.

—Mentira, no eres un monstruo.

Edward se acomodó a su lado y Bella se acomodó en su pecho.

—No voy a poder sacarte ese apodo nunca, ¿cierto?

—No, lo siento, me encanta ver que te enojas por eso.

Bella se rio y le acarició los labios.

—¿Estabas haciendo los ejercicios que le dejé al fisioterapeuta? —inquirió ella.

Edward llevaba tres meses de terapia intensiva de alto impacto, todo ideado por su novia, la mejor fisiatra que alguna vez conoció. Los resultados eran impactantes y posiblemente podría volver a jugar en tres meses más, al menos como entrenamiento. Lo malo para el equipo es que él quería quedarse con su Bella y su Bollito todo el tiempo que pudiera. Viajar lo había prohibido y solo quería estar en casa con ambas, al menos hasta que Nessie cumpliera un año y medio.

—Claro que sí, mandona —le susurró, dándole un beso esquimal.

Ella se rio.

—Será tu último ciclo, disfrútalo.

—Solo si estás tú conmigo.

Bella suspiró.

—No sé si quieran verme ahí, no después de que los mandé al carajo al verse todos expuestos por los medios.

El hecho de que hubieran despedido a Bella del equipo médico de la selección adulta de soccer inglés hizo que todo explotara. El repudio hacia las decisiones machistas de los que comandaban todo esto llevó a muchas repercusiones y ellos tuvieron que implorarle que volviera, pero se negó. Su orgullo era demasiado grande cuando se trataba de sus principios.

—¿Y si te digo que otra selección quiere tenerte? ¿Lo intentarías?

Bella frunció el ceño, mientras Edward se levantaba de la cama y buscaba la tablet. Cuando la encendió y encontró lo que cierto grupo de mujeres hicieron a favor de la Dra. Swan, se lo mostró, sacándole un grito de sorpresa.

La selección femenina de soccer inglés había hecho una protesta en medio de la cancha para que el machismo arraigado en el rubro se acabara. El ícono había sido Bella, a quien consideraban una profesional intachable que solo fue removida por haber tenido relación con uno de los jugadores.

—¿Eso hicieron ellas? —preguntó, muy emocionada.

—Sí. Y han creado campañas. Ellas te quieren en su equipo y, sorpresa, son solo mujeres.

Bella se rio.

—Pero… estoy embarazada.

—¿Y? Bollito te dará muchas fuerzas para seguir demostrando que eres fascinante.

Ella lo abrazó y lo llenó de besos.

—Es tan lindo cuando las mujeres nos apoyamos.

Él le acarició el rostro.

—Es lo que debemos enseñarle a nuestra pequeña.

Asintió y se recostó.

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Tanya lloraba en medio del estrado, sabiendo que iba a pasar cerca de cinco años en prisión por abuso sexual y uso de sustancias ilícitas en perjuicio de otro individuo. Jacob estaba atrás, masticando su propio odio interior producto de la condena de dos años y medio que tendría en su contra. Además de eso, ambos debían pagar una millonaria indemnización, lo que iría a favor del centro oncológico de Londres.

—Lo logramos —le susurró Edward a Bella, quien no dejaba de tomar su mano.

Ella apoyó su cabeza junto a su brazo y cerró los ojos, muy en paz. Ya no sentía lástima por Tanya ni tampoco recordaba los buenos momentos, comprendió que con Alice, su hija, su madre y Rose, había mujeres que valían mucho la pena para seguir estando unidas en sororidad.

—Sí, lo logramos.

El juez levantó la sesión y Tanya fue llevada inmediatamente hacia el camión para la Máxima Seguridad, mientras que Jacob demoró en levantarse. Bella, que tenía guardada la piedra de decirle todo delante de sus ojos, caminó con rabia para poder hacerle frente, mientras Edward corría para no permitir que eso le generara estrés innecesario.

—Tienes lo que mereces, Jacob Black —espetó, queriendo arrancarle la cabeza—. Eso y mucho más.

El tipo la miró con odio.

—Sigue creyendo que eres digna de todo esto, puta —la insultó mientras lo empujaban con las esposas—. Estoy seguro que ese hijo ni siquiera es de Edward.

La furia del jugador creció tanto que no demoró ni dos segundos en ir hasta él, evadir a los guardias y darle un fuerte puñetazo. Jacob no pudo sostenerse y cayó, y antes de que pudiera decir o hacer algo más, Edward tomó a Bella de su mano y la alejó.

—Se lo merecía —espetó.

Bella lo abrazó.

—Cálmate. No me afecta lo que un hombre como él diga de mí.

—Lo sé, es… Se lo merecía —repitió.

—Lo único importante es que se hizo justicia y que todos esos hermosos pequeños del centro del cáncer recibirán dinero para ellos.

Edward respiró hondo y cuando iba a decirle que estaba de acuerdo, Bella se retorció.

—¿Qué ocurre?

—Reneesme me ha dejado sin aliento —jadeó—. Se movió muy fuerte.

Él se rio.

—Quiere salir pronto.

—Que ni se atreva, que le queda aún.

—¿Vamos a celebrar?

—Contigo siempre.

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Cuando Bella vio el parte de bodas de Alice y Jasper, su sonrisa se enanchó. Lo tenía guardado en la mesita de noche, porque le hacía muy feliz que sus amigos fueran a casarse.

Terminó de ponerse el arete y con una inmensa alegría, se miró al espejo.

—Ya son treinta y siete semanas, Bollito, ¿cuánto falta para conocerte, bonita? —le preguntó, tocándose la panza.

El chofer llegó a buscarla y ella se sintió como si estuviera en un cuento de hadas. Sabía que iba a encontrarse con Edward, pero los nervios se la comían por dentro. Al subirse, se quedó un momento mirando el paisaje del que se convirtió en su lugar, ciudad a la que no quería volver y lugar al que no pensó pertenecer, no hasta ahora.

Definitivamente, el destino siempre tenía un as bajo la manga.

Al llegar al London Eye, con el lugar accesible solo para ella, supo que su Engreído había elegido el sitio correcto.

Cuando se bajó no lo vio, así que esperó, sintiendo el viento contra su cara.

Los minutos pasaban y los recuerdos seguían en su mente haciéndole sonreír.

La doctora se tocaba la barriga abombada y miraba hacia el London Eye con el inmenso atisbo de emoción en su corazón. Estaban ahí nuevamente, ahí donde todo gritaba amor, pero también recuerdos de aquellos instantes en que todo era… dolor.

Sintió que le recorrían la columna con un dedo y ella enseguida cerró sus ojos, con la emoción fragante en la garganta.

—Te ves tan hermosa —le susurró al oído, bañándola de dicha.

Cuando se giró y lo vio, tan guapo y tan feliz, sin daños producto de tan horrible suceso, con cada espacio de su cuerpo intacto y lleno de vida, no pudo evitar abrazarse a él. Edward la recibió y sonrió, ansioso por besarla.

—Se está moviendo —afirmó ella, buscando su mano para que tocara.

Edward jadeó y pudo disfrutar de los piecitos de su bebé, acomodándose en el lugar en el que ya no podía estirarse como antes.

—Ya quiero conocer a nuestra bebé —masculló, emocionado hasta el interior.

No era primera vez que se sentía a flor de piel, pero se sentía como si así fuera.

—Pesa demasiado, creo que explotaré —afirmó, riéndose mientras juntaba su nariz con la suya, empinándose.

Edward le tomó la barbilla con suavidad y la besó. Al sentir sus labios junto a los suyos, sintió también el peso del anillo que llevaba en el bolsillo interior de su abrigo, como si le pidiera a gritos que se lo entregara. Él tragó, sabiendo que su gruñona iba a conocerlo. Solo esperaba que le dijera que sí, porque lo que más ansiaba era que fuera su esposa.

—Las amo, de verdad, son todo lo que quiero en mi vida —le dijo.

—Yo también los amo, como no tienes idea.

Se dieron un último beso y él tomó su mano.

—¿Vamos arriba?

Ella asintió.

Cuando Bella se encontró con la mesa para dos, fue inútil aguantarse el llanto. Estaba muy sensible producto de Reneesme, pero los recuerdos también se sentían con más intensidad.

—Hice tus favoritos. Sé que sigues con los antojos de camarones.

Bella rio.

—Es Nessie, no yo.

—¿La has llamado Nessie?

Ella puso los ojos en blanco y suspiró.

—Ya lo asumí. Todos la llaman como el monstruito holandés. Tendré que acostumbrarme.

Edward la tomó entre sus brazos y le dio un par de vueltas mientras se reían.

—A comer —dijo al fin, bajándola y separándole la silla para que ella pudiera sentarse.

Comieron a gusto lo que el mismo Edward preparó para su Bella, y ni hablar de cómo ella disfrutó cada bocado. En un momento creyó que había comido mucho, porque la barriga comenzó a pesarle, pero no le dio importancia, Nessie se movía más que nunca y parecía que daba brincos en su interior.

—Auch —exclamó al terminar de comer.

—¿Qué ocurre, amor? —preguntó Edward, preocupándose.

—Nada, solo he comido mucho. Por Dios, ¿cuánto habré subido?

Edward se rio.

—Te ves idéntica a como siempre: hermosa.

Él se levantó y le tendió su mano.

—¿Quieres acompañarme a mirar el paisaje? —inquirió.

—Claro que sí.

Cuando se levantó, volvió a sentir un peso fuerte en su pelvis.

Nessie estaba loca.

Cuando ellos se acercaron al espacio de la ventana y miraron el hermoso lugar, Edward aprovechó que ella estaba distraída en cómo la lluvia caía con fuerza y sacó la caja de terciopelo azul oscuro, agachándose sin que se diera cuenta.

—Bella —la llamó.

Al girarse, Bella lo vio con la rodilla en el suelo, mirándola con los ojos brillantes mientras sostenía un hermoso anillo brillante con muchas piedrecillas a su alrededor.

—Edward…

—Isabella Marie Swan —comenzó diciendo, sintiendo el fuerte latir de su corazón—, conocerte ha sido uno de los mayores placeres que he tenido en mi vida. Al principio fue una lucha incansable, con tanto que sentir, con tantos malentendidos, miedos, locuras… Pero nada de lo que pasamos ha sido en vano, porque todos los días me enamoré de ti, más y más. El poder conocerte, saber que detrás de esa máscara de hierro había una mujer con un corazón tan inmenso, capaz de albergar un amor indestructible, uno que me cobijó sin siquiera pensarlo, me hace dar cuenta de que eres la mujer perfecta para mí. Y aunque a veces eres tan gruñona como tú solo sabes serlo, debo serte sincero, es una de las cosas que más me encantan de ti.

Bella se rio mientras su barbilla temblaba.

—Eres todo lo que quiero en esta vida, a ti y a nuestra hija, y sé que es posible que me lances esto a la cabeza porque eres una fiera incansable, pero créeme que te amo, que lo hago con cada parte de mí, y que movería cielo, mar y tierra por hacer todo lo posible porque seas la mujer más feliz del mundo. No quiero hacerte daño, me partiría en dos si fuese el caso, porque para mí hacerlo sería un pecado, porque eres la mujer que quiero en mis brazos para cuidarte y protegerte, no importa la circunstancia. —Tragó, mientras Bella gemía—. Bella, aquí y ahora… quiero preguntarte… si quieres ser mi esposa.

Ella abrió los labios, dispuesta a responder con las emociones volviéndola loca, pero en ese mismo instante, sintió que un fuerte dolor la penetraba por toda la espina, clavándola la barriga.

—¡Dios mío! —exclamó, retorciéndose.

Edward la tomó entre sus brazos, sin entender qué pasaba, preocupado y angustiado.

—Bella, dime qué ocurre.

—Me duele mucho. —Lo miró a los ojos.

Era como si las paredes de su útero estuvieran estrangulándola.

—Creo que Nessie quiere salir —gimió, agarrándose de su camisa.

—Mierda. Bollito travieso —dijo para sí mismo—. Llamaré a la Dra. Hills, espérame un momento.

Se sacó rápidamente el móvil del bolsillo mientras Bella se acomodaba en el asiento. Los dolores habían cesado un momento, pero tan pronto como se fueron, volvieron, haciéndola sudar.

—Sí, estaremos allá en veinte minutos. ¿Todo estaría listo así sea el caso? Perfecto —dijo.

Cuando cortó, corrió hacia Bella y le ayudó a pararse.

—Carajo, esto duele más de lo que pensé —gimió ella, comenzando a sudar.

—Solo tienes que respirar muy profundo. Iremos a donde prometimos en veinte minutos, aguanta, ¿sí?

Ella asintió y dejó que él la tomara entre sus brazos, esperando a que bajaran del London Eye. Cuando lo lograron, se fue corriendo al coche, la metió en él y se puso a manejar a gran velocidad, nervioso porque Nessie estaba a punto de llegar.

.

Bella sudaba de manera profusa y se tomaba la barriga como si no supiera qué hacer. Dolía tanto que por un segundo sintió que no podía más.

—Edward, me duele —gimió, mirándolo.

—Ya estamos llegando, amor, tranquila.

El corazón del jugador brincaba en su pecho, sentía que iba a salírsele por la boca.

Cuando vio que la entrada estaba expedita hacia la clínica de parto natural, él aumentó la velocidad y se introdujo hasta ella, donde ya la estaban esperando. Los gritos de Bella resultaban desgarradores, pero en ningún momento separó su mano de la de su engreído jugador. Lo necesitaba consigo.

La Dra. Hills preparó el campo, todos reunidos en la naturaleza, y la posicionó, no sin antes asegurarse de que estuviera en perfecto estado para el parto natural.

—No te vayas, ¿bueno? —le suplicó a Edward.

Él negó mientras la miraba a los ojos.

—Jamás.

Bella estaba rodeada de personas preocupadas por ella, pero solo le importaba él. Nessie quería salir y pujaba para ayudarla, pero dolía tanto que no sabía cómo.

—Respira —le susurró su jugador—. Todo saldrá bien, solo respira.

Bella hizo lo que le decía y de a poco comenzó a sentir que algo en su interior iba desgarrándola.

—¡Ya la estoy viendo! —le informó la Dra. Hills.

—Vamos, amor, solo un poco más —instó Edward, apretando aún más sus dedos.

Bella aplicó todas sus fuerzas y dejó que cada músculo hiciera su trabajo, expulsando a una Nessie viva, chillando con toda la fuerza que sus pulmones permitían. Cuando ella sintió que la agonía cesaba, reemplazada por la dicha de escuchar la existencia de su hija, fue inevitable que sonriera.

—Tenemos a una adorable nenita —dijo la doctora, permitiendo que el personal de atención le hiciera los cuidados rápidos, la abrigara y luego la llevaran con sus padres.

Bella alzó sus brazos, queriendo estrecharla, y cuando la tuvo en su regazo, ella no pudo contener el llanto. Era rosadita, con una mata de cabello cobre en su cabecita, tal como el de su papá.

—Dios mío, es hermosa —sollozó, tocándole la mejilla y juntando su rostro con el suyo.

Edward le besó la frente a su Bella y luego hizo lo mismo que ella, acariciarle la mejilla a su hija.

En su segundo, Nessie se removió y abrió sus ojos, mirando a papá y a mamá con la viveza en sus cuencas: eran castaños como los de su madre.

—Hola, preciosa —le canturreó Bella.

—Es nuestra niña, ¿te das cuenta? —inquirió Edward, sintiéndose dichoso—. Será tan fuerte como tú.

—Y tenaz como tú —añadió ella, mirándola un segundo y luego dirigiéndose a su engreído.

Se besaron, llenos de dicha. Nessie se removió y olió a mamá, buscando su pecho y cobijo.

—Sí, quiero —respondió Bella, sorprendiéndolo.

Edward estuvo un largo rato pensando en lo que significaba eso, hasta que recordó lo que estaba sucediendo antes que a Nessie se le ocurriera nacer.

—Quiero ser tu esposa, Edward.

Él se rio y luego hizo un mohín, con las lágrimas cayéndole por las mejillas. Tanteó el bolsillo trasero de su pantalón y encontró la cajita, sacándola con las manos temblorosas. Bella le mostró su mano libre mientras sujetaba a su pequeña, y Edward deslizó el anillo poco a poco mientras se miraban.

—Te amo, mi Engreído.

—Y yo a ti, mi Gruñona.

Se quedaron mirando y luego se abrazaron, mientras Reneesme vivía el momento junto a papá y a mamá, disfrutando de lo que significaba estar con ellos. Nada los perturbaba, nada lo haría desde ahora en adelante, eran felices y eso necesitaban, solo ellos, juntos, con cada espacio de su corazón dispuestos a aprender y a entender que la vida se componía de cicatrices, pero también de hermosos momentos, como los que estaban viviendo.

Todo había comenzado en el terreno de juego, donde la vida les dio una oportunidad llena de aprendizajes. Ahora tenían a su hija, a quien iban a enseñarles el amor que ellos compartían, dispuestos a abrirle el mundo que merecía, uno que se llamaba felicidad.

Eran todo lo que necesitaban.


Buenas tardes, les traigo el capítulo final, sí, la última parte, de lo que es esta locura que comenzó hace unos meses atrás. ¿Qué decir? Me emociona, no saben cuánto, hacer crecer a tus personajes es hacerte crecer a ti mismo, y de verdad crecí con ellos. Tuvieron una preciosa pequeña, y aunque sí, las hice sufrir pensando lo peor, ¿cómo hacerlo? Merecían tener esa plenitud. Cada uno de ellos llevó consigo un camino de conocimiento respecto de sí mismo, pero también como pareja. Me parece importante también destacar la importancia de nosotras, como mujeres, apoyarnos. En este caso, la realidad de Bella no dista de la que muchas hemos enfrentado, condicionadas por la enemistad entre mujeres, no tomando en cuenta que el enemigo para nosotras es la sociedad. Bella fue víctima de su amiga, por los celos, la envidia, las ganas de sobresalir en un lugar en el que Bella ya lo hacía por cuenta propia, amando y queriéndose. Alice representó una parte hermosa de lo que significa la amistad, sus palabras son reales, son lo que debemos ser, no destruirnos. Lamentablemente sí, existe eso y no se podrá cambiar, pero en este caso, Bella aprendió que, siendo mujeres, debemos apoyarnos, y Alice le dio el hombro que más necesitaba. Edward representa cómo un hombre nos quiere, apoya, lucha... Es un hombre tan bueno. La vida como jugador es difícil, la fama lo es, las malas intenciones son pan de cada día, pero él es capaz de todo, porque ama, y amando somos libres en medio de un sinfín de emociones puras. Bueno, nada más quiero decirles gracias por acompañarme, por ser parte de esto que significa tanto para mí. Y bien, nos queda el epílogo, y me imagino que tienen preguntas que les gustaría resolver. ¡Cuéntenme qué les pareció! Ya saben cómo me gusta leerlas

Un especial agradecimiento a Melina, por sostener a esta autora que, a veces, ya no puede más. Te agradezco que puedas acompañarme en otra historia, no sabes cuánto significa para mí

Agradecer también a mis moderadoras, aquellas que están siempre al pie del cañón. Ustedes saben quiénes son

Agradezco los comentarios de viridianaconticruz, DanitLuna, Valevalverde57, Pam Malfoy Black, jenni317, Noriitha, CazaDragones, Conni Stew, DannyVasquezP, Mayraargo25, Mss Brightside, Belli sean dwyer, florcitacullen1, ariyasy, freedom2604, Valentina Paez, Chiqui Covet, cavendano13, Brenda Cullenn, VeroG, debynoe12, Josi, Andre22twi, Luisa huiniguir, jhanulita, krisr0405, calia19, Lore562, AndreaSL, Joa Castillo, Liz Vidal, Dominic Muoz Leiva, georginiuxa, ELIZABETH, Aidee Bells, Diana Hurtarte, Jocelyn, Ceci Machin, Valeeecu, patymdn, Ivette marmolejo, Coni, AnabellaCS, GabySS501, hanna1441, A k, Rero96, michi'cullen, Yoliki, alejandra1987, Nat Cullen, Mela Masen, SeguidoradeChile, LoreVab, catableu, Angelus285, danielapavezparedes, MariaL8, barbya95, Pili, crazzyRR, Tina Lightwood, Liliana Macias, NarMaVeg, PatyMC, Fernanda21, dayana ramirez, damaris14, Sabrina, Gibel, Kriss, Tata XOXO, MaleCullen, Diana2GT, Marianacs, Duniis, Tereyasha Mooz, Flor Santana, Alimrobsten, Milacacereas11039, Diana, Bitah, Lupita Pattinson Cullen, Santa, Heart on winter, monze urie, Abigail, Maye, Alexandra Nash, Nelly McCarthy, joabruno, CeCiegarcia, Vanex, AniluBelikov,morales13roxy, LicetSalvatore, rjnavajas, jupy, miop, lalyrobsten, LuAnka, Cristina, JMMA, Kamile PattzCullen, morenita88, Pancardo, Melania, catalinaacarreno, FlorVillu, Jeli, Smedina, Gladys Nilda, Vanina Iliana, Dinorah Murguia, Markeniris, seelie lune, Rose Hernndez, beakis, nydiac10, carlita16, johanna22, Ilucena928, isbella cullen's swan, twilightter, Lizdayanna, Twilightsecretlove, camilitha cullen, kaja0507, Elmi, lunadragneel15, Car Cullen Stewart Pattinson, Srita Cullen brandon, ValeH1996, Yesenia Tovar, keith86, valentinadelafuente, akire33, Iza, Andrea, kathlenayala, GAN, YessyVL13, rosycanul10, BreezeCullenSwan, may jhonson D, saraipineda44, MasenSwan, almacullenmasen, Miriam oyarce, angi marie cullen, liduvina, beatrizalejandrabecerraespinoza, Robaddict18, Sandoval Violeta, NadiaGarcia, Jeli, ROMINA19, merodeadores1996, Maca Ugarte Diaz, angryc, sool21, Lucero Isabel, Lau Riera Alvare, Reva4, Joa venezuela y Guest, espero volver a leerlas a todas nuevamente, cada gracias que ustedes me dan es invaluable para mí, no saben la alegría que me dan, es inmenso

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