Albert estaba furioso y a la misma vez aliviado al darse cuenta que la tía Elroy le confesó a Helen quien en realidad es él.

_ Así que la tía Elroy te ha dicho quién soy. _ dijo mientras caminaba hacia la puerta de salida. Aunque la mujer continuaba hablándole, él no se detenía hablar con ella.

Helen ahora sabía quién es Albert y debía controlar sus emociones y celos por Candy, una palabra era suficiente para despedirla.

_ ¿Señor William me está escuchando?...

— Te escucho — respondió en tono suave.

— Sabía que no eras una persona común. Lo supe desde que te conocí en Kenia. Tus modales, tu forma de expresarte, tu delicadeza hasta para comer los alimentos eran notables.

— Helen regresaba en el tiempo cuando recordaba los días de África.

_ ¡Helen!... no sé porque razón la tía Elroy te dijo quién soy.

Se supone que era nuestro secreto más grande. ¡O quizás si lo sé! Es más que obvio que me quiere fuera de este hospital y que tome por completo los negocios de la familia.

_ ¿Irte del hospital?... _ La mujer se detuvo al escucharlo.

Albert también al ver la reacción de la enfermera.

_ No me quedaría la menor duda que la tía Elroy te esté usando para que corras el rumor en el hospital.

Y la verdad es que yo me estoy cansando de esta situación. Quizás ha llegado el momento que todos se enteren. _ Helen palideció al escucharlo tan decidido.

— Yo no diría nada que te perjudique.

Albert, en África me hablabas de una chica que te tenía cautivado con su sonrisa. ¿Acaso te has olvidado de ella? — Él no respondió.

_ ¿Y qué harás con Candy? Digo, si llegas a irte del hospital.

_ ¿Y qué tiene que ver Candy si me quedo o me voy?

« ¿Acaso me vio besarla?

Mucho mejor si es así »_ pensó.

_ ¡No!... ¡Creo que nada!...

Me he dado cuenta que te llevas muy bien con ella. _ Albert no respondió y siguió su camino.

_ Mi turno ha terminado... que tengas buena tarde y por favor

No molestes a Candy... Candy es muy importante para mí. —La mujer no dijo nada más. Estaba claro que Albert y Candy tenían algo más que una amistad.

Las horas pasaban rápidamente. La sala de emergencias se había llenado de pacientes con temperaturas altas y alergias.

Los padres de la niña que Candy cuidaba, habían llegado para pasar la noche con la nena. Pero Candy les dijo que solo uno de ellos podría quedarse. La habitación se estaba llenando con más pacientes que ingresaban con los mismos síntomas, fiebre y alergias.

_ ¿Pero qué está sucediendo? _ Preguntaba Patricia quien entró con pijamas a la sala de emergencias. Cuando recibí tu llamada Candy no creí que la situación estuviera así de grave.

Hay muchos pacientes esperando por camas en la entrada.

_ Se nos ha venido una epidemia de alergias, resfríos y fiebre.

Debemos mantener a los pacientes aislados y solo uno de los padres podrá quedarse con ellos.

_ ¿Crees que esto se deba al virus del SARS?

_ ¡Esperemos en Dios que no!... _ Respondió Candy mientras cogía bolsas de hielo para bajar la temperatura de un hombre de avanzada edad quien pasaba de los 104 grados.

Al paso de las horas, la fiebre de los pacientes bajaba con el medicamento intravenoso colocado en el suero. No tenían tos, solo la fiebre y el estornudo. Eso les había aliviado un poco.

Los síntomas del SARS eran parecidos, pero también producía tos seca y problemas respiratorios y hasta el momento ningún paciente presentó esos síntomas.

Candy se estaba cambiando su uniforme cuando el móvil sonó.

_ ¡Tesoro!...

_ ¡Cariño!...

_ Estoy esperándote en la puerta oeste del estacionamiento por el área de emergencias.

_ ¡Enseguida salgo! Uff he tenido una noche bastante ocupada. Hemos bebido tanto café para mantenernos despiertas, que no tengo sueño.

_ ¡Bien!... aquí te espero tesoro mío. _ dijo el rubio emocionado. Tenía una sorpresa para su amada mujer.

Mientras Candy salía del cuarto de las enfermeras, Helen se le paro de frente.

_ ¿Hacia dónde cree que va señorita White? No hemos terminado aún.

_ Mi turno ha terminado... Y le recuerdo que solamente me quedé por cubrir a Sabrina.

Ella está aquí, así que si necesita algo, puede pedírselo.

_ ¿Pero quién te crees que eres para hablarme así?...

_ Trabajo para el staff de la Dra. O" Brian, no para usted.

Ahora si me permite... debo irme, mi esposo me espera.

_ ¿Quién es su esposo señorita Candy?..._ Helen no aguantó la curiosidad por saber quién era esa persona, si la noche anterior le pareció ver a Albert y Candy tan cerca, que no estaba segura si los había visto besarse o era parte de su imaginación por sus celos.

_ ¡Creo que usted y yo lo sabemos perfectamente bien!... _ Candy medio le sonrió irónicamente dejando a la enfermera más furiosa que nunca.

— ¿Albert?... Candy regrese aquí por favor... regrese.

_ Candy la ignoró dejándole hablar sola.

Al salir de las instalaciones del hospital, Albert la esperaba con los brazos abiertos. Candy corrió hacia él al verlo con un ramo de rosas en la mano e invitándole a correr a sus brazos como tantas veces lo había hecho.

Saltó y se le colgó de una en su cuello haciendo que él la girara como carrusel.

— ¡Jajaja mi pequeña traviesa!... — dijo el rubio mientras carcajeaba.

_ ¡Estoy tan feliz de verte amor mío!... _ susurró a su oído.

_ Te extrañe Candy... ¡Es la primera vez desde que vivimos juntos que no pasamos la noche bajo el mismo techo!

Vamos... tendremos una cita solos... tu y yo.

Los rubios subieron al automóvil y se dirigieron a la zona rural de la ciudad tomados de la mano.

Candy comenzó a tararear la melodía que sonaba en la radio.

_ ¿Puedo subir el volumen? — Albert subió el volumen fascinado escuchándole cantar. Era la primera vez que escuchaba la canción.

🎶La... la la la lalalala...

uu ou ou

lalalalala.

Que estoy enamorada...

Y tu amor me hace grande. Eh

eh eh... y que bien...

Que bien me hace amarte 🎶

— Vamos Albert... Canta conmigo.

— Perdón mi amor pero nunca la había escuchado.

— Sería lindo que la cantáramos juntos. Tú la parte del hombre y yo de la mujer.

_ La dulce, suave y delicada voz de Candy se escuchaba tarareando la melodía.

Albert partiría a Brasil la mañana siguiente así que Candy y Albert habían decidido pasar un día único, ameno, especial como si fuera el último de sus vidas.

El clima estaba frío, así que Albert preparó todo para tener un picnic cerca del rio. Estaban acostumbrados a las bajas temperaturas. El calor de sus cuerpos ardientes los mantendría calientes.

Estacionaron el auto al pie de la colina. Albert saco del baúl del auto su antigua maleta y una cesta con frutas, queso, pan y vino.

_ ¡Ya tenías todo preparado!... — dijo la rubia sonriente. Albert asintió.

_ ¡Es una pena que no podamos trepar árboles!... _ dijo colocando la manta con el color del tartán de los Ardlay, el mismo color que usaba el príncipe el día que se conocieron.

Candy sintió que su corazón se detenía al recordarlo.

_ ¡Ese color!..

Albert... ese color de la manta ¿Es el color del clan Ardlay?

_ En ese instante Albert se preguntó si era el momento de revelarle toda la verdad.

_ ¿Por qué te has quedado callado?

_ Sí. Es el color del clan. ¿Porque lo preguntas? _ Candy dudo unos segundos para responder cuando de pronto de su cuello saco su preciado broche.

_ ¡Quiero mostrarte algo!... Pero... no quiero hacerte sentir mal. ¿Sabes quién es el dueño de este broche? _ Candy le mostró la insignia que tenía en su mano temblorosa, deseando saber quién era ese chico misterioso que conoció ese día de primavera en su amada colina de Pony.

Albert no respondía nada invadido por el temor y la duda.

_ ¿Es del chico que conociste en la colina de Pony?..

¿Qué harías si lo volvieras a ver y ya no es como tú lo recuerdas Candy? ¿Has considerado que ya puede ser un adulto y que quizás ha cambiado?

_ La mirada de Albert irradiaba temor. Candy recordaba al chiquillo de cabello rubio y ojos azules.

Ese chiquillo era ahora un hombre perdidamente enamorado de ella.

_ Olvídalo mi amor... yo te amo a ti. Es solo que... Me gustaría regresárselo algún día. _ Candy trato de olvidar el momento, sentía que no debió preguntar por esa dulce persona que conoció en la colina.

_ ¿Aún lo recuerdas Candy? A tu... ¿Cómo es que le dices? _ Albert fingió no recordar como Candy lo llamaba cuando vivían en el Magnolia.

_ ¡El príncipe de la colina!... ¡Mi primer amor!

_ Inocentemente Candy le confesó que él mismo había sido su primer amor. Él sonrió al escucharle. «Fui su primer amor como su príncipe de la colina» — pensó.

_ Perdóname Albert. _ Dijo mientras lo abrazaba y besaba.

_ Eres tu mi presente y futuro... es a ti a quien amo y necesito a mi lado no debí preguntarte por mi príncipe...

— ¡Parece que debo competir con ese príncipe! ¡Eh!

_ Albert le tomo entre sus brazos, la bajo poco a poco hasta acostarla sobre la manta. La besaba y acariciaba sus muslos sintiendo como la piel se le erizaba a Candy por el frio o la excitación que sus besos provocaban en ella.

Por la mañana siguiente, los rayos del sol se colaban por las ventanas y cortinas de una pareja de rubios que hacían el amor con pasión y deseo.

Sus cuerpos transpirados y agotados por la noche donde habían desbordado amor y deseo en cada movimiento.

— Te amo Candy... te amo y ya no quiero estar separado de ti.

Cuando regrese de Brasil te llevaré de viaje conmigo.

— Candy asintió entregándose a sus brazos nuevamente.

Poco a poco recorrió su vientre hasta llegar a su humectada vagina. Levantó sus caderas dejándola en una mejor posición. Coloco sus manos debajo de su delicado y suave trasero.

Le apretó y acerco su lengua en sus labios vaginales y comenzó a saborearla. Sus movimientos y gemidos de Candy no tardaron en escucharse.

Succiono su clítoris para hacerla correr en sus labios.

_ Mi amor... me correré... por favor no te detengas Albert. — Albert la complació hasta que Candy gritó su nombre.

— Albert...

— Gritó su nombre mientras se corría.

Después de unas horas, Candy y Albert llegaron al aeropuerto.

Desde que salieron del apartamento, Candy sentía que su corazón se oprimía. Una extraña sensación de miedo le invadió.

— Todo estará bien... no debes preocuparte mi pequeña.

— Tengo una corazonada y no sé porque. — Esas palabras lo preocuparon.

— En cuanto llegue a Sāo Pablo te hablaré. Además no estaré solo, George estará conmigo.

— Si. Tienes razón.

— Candy por favor ten cuidado. Sigue todas las instrucciones de la CDC y mantente alejada si te es posible. — Ella asintió.

El momento del adiós había llegado. Se abrazaron por varios minutos hasta que el llamado para los pasajeros con destino a Brasil se escuchó.

— ¡Te amo!

— ¡No más que yo! — respondió él mientras se alejaba.

Las lágrimas de Candy corrían por sus mejillas.

« Quizás será mejor que no aparezcas en público y digas quien eres. Si así serán nuestras despedidas continuas por tus viajes de negocios repentinos, prefiero que no lo digas» — pensó.

Salió del aeropuerto con destino al apartamento.

Tenía el día libre. Cuando entró a su habitación, encontró una cajita que contenía una gargantilla con un pendiente y una nota de Albert.

Aquí tienes la llave de mi corazón,

Para que te acompañe Mientras estoy de viaje

Con amor.

Albert.

¡Amor mío! Apenas te has ido y ya te extraño. — se dijo mientras se colocaba la gargantilla y guardando el broche del príncipe en la misma cajita. Saco una prueba de embarazo de su bolso.

— Tengo dos semanas de retraso.

Si estoy embarazada ya podré saberlo.

— Candy se hizo la prueba de embarazo. Nerviosa a los cinco minutos regresó a verla. Cinco minutos que le parecieron una eternidad.

La tomó y, con los ojos entre abiertos por el miedo a que no saliera positiva la vio.

Para su sorpresa, las dos rayitas estaban marcadas.

— ¡Estoy!... ¡Dios mío estoy embarazadaaa!... — gritó tan fuerte que deseaba que su hombre la escuchara.

— Albert mi amor seremos padres. — Colocó sus manos en su vientre cantando una canción de cuna.

— No le diré nada hasta que regrese. Lo sorprenderé.

Debo de buscar una manera única para decírselo.

Pasaron las horas y Candy se había quedado dormida en la cama de Albert. Lo extrañaba tanto que quería sentir su aroma.

Cuando el sonido de su móvil la despertó.

— Son las dos de la mañana y Albert no se ha comunicado todavía. — dijo observando el despertador.

El celular volvió a sonar.

— Debe ser Albert... — Tomó el celular y efectivamente era él.

— ¡Hola amor!... Te desperté.

— Si pero me alegra que me hayas llamado, estaba preocupada por ti.

— Discúlpame pero apenas me instalé en la habitación te llamé.

Ha sido un largo día y hasta ahora pude comunicarme.

Ser cabeza de la familia no es fácil Candy. Y pensar que así será nuestra vida de ahora en adelante.

Por eso no quiero estar alejado más de ti.

— Albert... yo... — A punto estaba de decirle que está embarazada cuando escuchó la melodía de fondo.

— Esa... esa es la canción que te canté en el auto.

— Cántala de nuevo para mí.

— ¿Ahora?

— Si... por favor canta para mí. — la voz de Albert era tan suplicante que no se pudo negar.

🎶 Quiero beber los besos de tu boca

Como si fueran gotas de roció

Y ahí en el aire dibujar tu nombre

Junto con el mío🎶

— Para sorpresa de Candy, Albert comenzó a cantar la parte del chico.

🎶 Y en un acorde dulce de guitarra

Pasear locuras en tus sentimientos

En el sutil abrazo de la noche

Sepas lo que siento🎶

— Oh Albert... la has aprendido. Candy continuó cantando junto a él

🎶Que estoy enamorado

Y tu amor me hace grande

Que estoy enamorado

Y que bien, que bien me hace amarte

Dentro de ti quedarme en cautiverio

Para sumarme el aire que respiras

Y en cada espacio unir mis ilusiones

Junto con tu vida si

Que si naufrago me quede en tu orilla

Que de recuerdos solo me alimente

Y que despierte del sueño profundo

Solo para verte a ti

Que estoy enamorado

Y tu amor me hace grande

Que estoy enamorado

Y que bien, que bien me hace amarte

Que estoy enamorado

Y tu amor me hace grande

Que estoy enamorado

Y que bien, que...bien me hace amarte 🎶.

Continuará.

Espero les guste el capítulo.

Estoy enamorada de esta pareja de rubios.

Amo a Albert cada capítulo más y más.

Con amor Sakura.