Disclaimer: Los personajes son de Rumiko. La trama me pertenece en entereza, aunque a ustedes no les parezca.

Advertencias: Este fanfic contiene lemon y temática incesto. Kikyō aparece y no es la hermana de InuYasha. Si esto afecta su integridad ¡por favor! No lea y evite postear comentarios ofensivos hacia los personajes que utilizo y cómo lo hago. Recuerde que esto es parte del IC.


[FCC]

Capítulo 18.


No sabía muy bien qué estaba diciendo su ex, pero suponía que se trataba de la estúpida de Sango. Apenas el teléfono del muchacho, había sonado, le había pedido disculpas con un ademán, levantándose inmediatamente. Caminó al menos tres metros lejos de ella. Todo pasó en cuestión de segundos.

Estaba cabreada, porque le iba a costar mucho llevar su plan en marcha. Miroku ya no estaba enamorado de ella, ni siquiera un poco. Lo conocía bastante para darse cuenta de que ese hombre no sentía más que un asqueroso agradecimiento. En ningún momento le miró el escote, nunca inapropiadamente. Estaba pendiente de su cara y a veces solo miraba a cualquier punto, pensando en su novia.

Le daba asco aquella «ayuda» que le estaba ofreciendo. Ella tampoco lo quería, pero esperaba que el Miroku de siempre la invitaste a la cama… Jamás rechazaría una oferta de él. Pero para nada; le había propuesto para almorzar un día de esos junto con Kagome, su hermano —que estaba buenísimo—, y su mujer.

Tenía que pensar bien lo que haría, o todo saldría muy mal para ella.

—Lo siento. —Lo oyó decir, al cabo de un minuto, más o menos.

Se desconcentró y volvió la vista. No iba a preguntarle quien era, ni mucho menos. Ya sabía. Ahora quería sacar la información necesaria.

—No te preocupes. —Alzó la mirada—. Pero, coméntame, ¿en dónde estás viviendo?

Miroku no estaba pensando muy bien lo que decía, pero su consiente habló por él, mientras el resto de su cuerpo se concentraba en Sango.

—Cerca, en el edificio de «Shōjo House» —dejó de mirar a Yura y empezó a teclear un mensaje para su novia. Ni siquiera se dio cuenta en qué momento respondió aquello, que, en sus cinco sentidos, habría preferido no contestar.

Yura sonrió, aprovechando la inestabilidad de Takeda.

—¿Sí? Y en qué piso.

—En el cincuenta y… —Reaccionó, dejando el móvil de lado—. ¿Por qué te interesa tanto saber? —Frunció el entrecejo.

—¡Oh, solo era curiosidad! —Tomó su diminuta cartera y se preparó—. Ya debo irme. —Tomó algo de la mesa entre ambos dedos y sonrió, falsamente—. Gracias por tu tarjeta, te llamaré si necesito encontrar trabajo, como te dije al principio.

Se levantó y le extendió la mano, pero ya su semblante había cambiado y estaba arrepintiéndose de haberle pasado su número.

—Fue un gusto verte, Yura.

—Lo mismo digo, Miroku.


—Qué buena suerte, Taishō. —Comentó sarcástico, mientras abría la reja.

—No me parece que ese sea un buen comentario. Déjenos solas. —Inmediatamente y en su defensa, habló Sango, que apenas llegaba.

La aludida corrió hacia su amiga y ala abrazó, sin decir palabra. ¿Le traía buenas noticias?

—¿Qué sucedió? —Aunque estaba lista para lo peor, intentó no perder la calma.

—¡Kōga testificó a tu favor! —Chilló la abogada, mientras sonreía abiertamente.

—¿Cómo…? —Entre risillas nerviosas, se dejó abrazar nuevamente, pero no salía del asombro—. ¿Kōga? ¿O sea que estoy libre, ya? —Miró para su defensora, sin poderlo creer. Ella asintió varias veces, a punto de las lágrimas—. Por Dios…

Recogieron las cosas de Kagome en un abrir y cerrar de ojos. Salieron hasta la delegación en donde el teniente, muy agriamente le dijo que la tendría en la mira, y con un tono muy sarcástico agregó que ojalá no la volviera a ver ahí, porque de seguro no le iría tan bien como esa vez.

Ellas solo se limitaron a salir, agradeciéndole de manera protocolaria. Al llegar hasta la salida, Kagome se encontró con alguien, a quien no supo son sonreír o esconderse.

Kikyō las esperaba cruzada de brazos, recostada sobre su auto, con una sonrisa.

—Hola, Kagome. —Le dijo, mientras se acercaba para darle un abrazo, que la aludida recibió más relajada—. Me alegro de que hayas salido.

—Muchas gracias, Kikyō. Y… gracias por creer en mí. —Se separó para verla—. Escuché de Sango que Kōga testificó a mí favor.

—Eso… —Kikyō se puso seria—. Kōga quiere hablar seriamente contigo ahora.


«Él no veía nada, todo estaba oscuro. Escuchaba un llanto sonoro de bebé, ¿de dónde venía? ¿Era él? De repente escuchaba los acelerados pasos de alguien que corría, alguien que corría hacia él. Y de pronto llovía, llovía muchísimo y hacía frío.

InuYasha.

El susurro de aquella voz fría y femenina, retumbaba por todo el escenario oscuro de su sueño. Ya la había escuchado antes. El llanto del bebé no cesaba y ya comenzaba a volverse loco.

Alguien, que, antes de eso, se había detenido, volvió a correr. Un destello plateado le alumbró la vista y retrocedió dos pasos. O eso pensó, según su sueño.

El destello volvió a aparecer y, esta vez, pudo divisar que eran cabellos… unos largos cabellos plateados.

Lo siguiente que escuchó fueron gritos, muchos gritos inentendibles, más el llanto del bebé.

Su llanto.

Y luego de eso, un sonido fortísimo.

Un disparo.

¡InuYasha!»

Despertó en seguida, sudando muchísimo y con el corazón acelerado. Su cuerpo se estremeció al recordar el sueño inmediato y no dejaba de respirar con dificultad. Unos segundos le hicieron falta para que normalizara la respiración. Miró hacia arriba y exhaló, cerrando los ojos.

Miró para los lados y comprobó que estaba en su cama, con el tiradero de siempre, pero a salvo. Después de un par de minutos, se levantó de la cama y fue al baño.

Pudo lavarse la cara y se miró al espejo unos segundos. Instintivamente tocó su cabello, negro como la noche, como sus pensamientos hacia Kagome. Sonrió, sin ganas. Siempre se preguntó por qué Kagome no tenía los ojos color miel como él, si era algo tan característico de los Taishō.

Suspiró y sintió sed. Caminó hacia la cocina.

Meditando en el camino acerca de ese sueño, recordó que no lo había tenido hacía más de cinco años. Cuando era pequeño, ese sueño era recurrente y siempre lo despertaba en la madrugada. Corría a la cama de sus padres y ellos solo lo consolaban. Nunca le dijeron de qué se trataba o por qué soñaba con eso. Su madre lo abrazaba muy fuerte y se quedaba dormido.

Pero había dejado de soñarlo con frecuencia a medida que pasaban los años. Ya tenía 24 años, estaba bastante grande como para seguir con esas pesadillas de crío.

Tomó agua y regresó a la cama. Ya era de tarde y él apenas despertaba. No había podido dormir en toda la noche pensando en su discusión con Kagome, el hecho de que estuviera en la cárcel y los planes que tenía para su vida. Ese día no había ido a trabajar. No podía, estaba muy cansado.

Miró el celular y notó un mensaje de su novia.

«Vine por Kagome a la delegación, está a punto de salir. No entiendo aquella extraña relación que tienes con ella, que justo en los momentos importantes, no estás. ¡Es tu hermana, joder!»

Suspiró, bloqueando el aparato móvil. Una gran parte de él se alegró inmensamente por el hecho de que Kagome al fin estuviera fuera de esa maldita pocilga. De todas maneras, él estaba pensando en vender su alma al diablo si es que Kagome no salía por las buenas de ahí. Ya Sango le había dicho que esperara, que, aunque quisiera hacer algo, sería inútil. En serio estaba feliz de que todo se hubiera solucionado.

Aunque ya Kikyō le había contado todo lo sucedido y sabía que Kagome no era capaz de matar a alguien, estaba dispuesto a hacer lo que sea si es que Kōga no testificaba a su favor. Todo eso era muy extraño, pero ya su hermana le había dicho que iba a acostarse con su jefe.

«No entiendo aquella extraña relación que tienes con ella»

—Ay, Kikyō —exhaló, frustrado—. Créeme, no querrías entenderla…


El camino de regreso hacia el departamento de Kōga fue bastante ameno, al menos para Kagome y Kikyō, que conversaban de muchas cosas. Nunca tocaron el tema de InuYasha, a Hishā no le pareció correcto. Conversaron acerca de la declaración de Kōga a las autoridades y Kagome se vio obligada a decir que estaba intentando algo con su jefe, y que esa noche, iban a pasar juntos.

—Llevábamos saliendo un buen tiempo. —Sonrió, nerviosa—. Le gusté desde la primera vez que me vio.

Kikyō asintió, mirando hacia el frente, escuchando a su copiloto.

—Eres hermosa, no me extraña.

—No exageres… —rio, sonrojadísima.

Pero Sango no había dicho casi nada, se la pasaba viendo el móvil y mirando a través de la ventana.

—Si no he dicho nada, es que no quería ser imprudente. —Comentó Kikyō, muy seria, mientras miraba a Kagome por unos segundos.

—Sí, también lo noté.

Sango alzó la vista, pensando que los comentarios eran extraños. Aunque no estuviera prestando mucha atención, sí las escuchaba.

—¿Qué sucedió?

—Esa expresión tiene nombre y apellido. —Kikyō la miró por el retrovisor.

—Miroku Takeda, ¿no? —Kagome giró sobre su asiento y observó a su amiga—. Luego de que hable con Kōga, quiero que conversemos.

Sango asintió, sonrojada, porque se vio descubierta.

En cuanto Kikyō aparcó su auto, las tres amigas subieron hasta el piso de Kōga. No pasó mucho tiempo para que Kagome no pudiese ocultar su nerviosismo acerca de la conversación que tenía pendiente con su jefe.

—Bueno, Kagome… mi primo está en su habitación. —Kikyō hizo un ademán hacia la dirección indicada.

Kagome tragó duro y regresó la vista a Sango, que, en silencio, le deseó buena suerte.

Caminó despacio, sintiendo que las manos le hincaban. Abrió la puerta con lentitud y lo vio ahí, acostado, con una camisa blanca holgada y con suero. Agachó la cabeza y se sintió muy culpable. Lo sentía mucho, en verdad.

—Lo lamento. —Dijo, mientras entraba. Ella tenía un aspecto terrible, ya que ni siquiera había tomado un baño.

Kōga la observó de arriba abajo, pero algo en él había cambiado. La veía ahí, maltrecha, demacrada y avergonzada… ya no la veía linda. Se merecía más bien que la tratase como la perra que era, no como la princesa que él pensaba.

—Hueles mal —comentó, ácido y Kagome no se lo esperó. Lo observó fijamente desde arriba, con claro asombro—. Aparte de incestuosa.

Kagome evitó decir más y miró hacia otro lado, sintiendo el odio recorrerla. Para ella quedaba prohibido decirle algo a la persona que la sacó de la cárcel, teniendo la culpa.

—No me he dado un baño, ya que me querías ver de urgencia.

—Ah, sí. De nada. —Se removió, acomodándose.

—No lo entiendo. —Esta vez lo observó, achicando los ojos, ¿qué tendría planeado?—. ¿Por qué me ayudaste?

Kōga, que en ese momento había estado pensando en mandarla al diablo, decidió que le sabría bien que Kagome le rogase. Que se arrastrara como la víbora que era. Los ojos le brillaron y desde ese momento, querer profanar a Kagome pasó de deseo genuino, a venganza.

—A mí me sirves más en la cama, que en la cárcel.

Continuará…