Disclaimer | ©"Shingeki no Kyojin/進撃の巨人" y sus personajes pertenecen a Hajime Isayama, esta obra es realizada sin fines de lucro, únicamente recreativos, por MagiAllie a la plataforma de FanFiction. Cualquier modificación o re-subida a un sitio diferente sin autorización será reportada en Support de Google. Todos los derechos reservados.
Notas | Por favor, no se emocionen tanto, esta no es la actualización del nuevo capítulo, pero tampoco es un anuncio de cancelación. Ya no encuentro forma de disculparme por no actualizar el fic, pero escribí esto hace como un año y nunca había visto la luz, así que decidí ofrecerlo como una ofrenda de paz. El nuevo capítulo ya tiene diez mil palabras, su construcción es lenta pero segura. Por ahora, por favor disfruten este pequeño entretenimiento sobre el pasado de nuestra villana principal: La reina Kuchell.
Puede ser un poco confuso, porque pululan diversos tiempos narrativos en un solo capítulo, pero si tienen dudas no se limiten y dejen un rv, responderé en mis posibilidades.
¡Nos leemos pronto!
La Rosaleda
No ames tierra ninguna
y a nadie debes amar.
Vete que ancha es la mar.
y los humanos abundan.
-SA'DI
El cielo está vivo. El azul es el color más vivo que conozco, dentro de casa observo tantos colores como días tiene el año, algunos se pintan de morado, otros de rojo como el polvo que nos colocamos en las manos, las telas que tiñe mi abuela son doradas, verdes, plata. Las plantas del jardín son amarillas, naranjas, blancas. Pero ningún color es tan amplio y vivo como el azul. El cielo no son cinco metros encima de mí, se alza como una paloma y abre las alas a todo lo ancho y largo del mundo, que mi madre dice es tan grande como las manos de Alah, que todo cubren y todo rodean. Encima, se pinta. Al alba es naranja, rosado, como las mejillas y los labios, como la lengua en el interior de la boca o la del perro de mi aya que se tira de panza en el patio. Por las noches el cielo es azul y negro, luego tan negro que no puedes ver lo que está a dos metros de tu nariz. Pero al cielo nadie lo pinta, para cambiar, se pinta solo. Está vivo, tiene su propia naturaleza, todos los días.
No como las flores, que salen una vez al año.
El cielo todos los días cambia. Se transforma.
El cielo también me recuerda sus ojos, estoy recostada sobre el pasto de la casa y miro las nubes blancas, recuerdo sus ojos y pienso si el color era real o si se trataba solo del reflejo del cielo contra su cara.
- ¡Kuchell!
- ¿Sí?
- ¿Pero qué estás haciendo? Anda a lavarte las manos, estás toda llena de lodo ¿Dónde estabas?
-En el patio.
-Rápido, que tu padre quiere vernos para la cena.
0-0-0-0
Comprendo que hemos perdido la guerra. A mi edad no es propio preguntar sobre esos temas en la mesa, me quedo callada y engullo todo lo que el tazón me ofrece. Mi madre juega con sus dedos y la tela de su ropa nerviosamente, mira a la alfombra y sus ojos no se levantan, lo único atento son sus oídos. Le damos la espalda a mi padre, que come en silencio con dos hombres, repentinamente mi madre tiembla.
-Como podremos asegurar que hemos perdido, ni siquiera hemos luchado…
-No pondremos ninguna resistencia.
-Este pueblo estaba condenado, las cosas tendrían que salir de esta forma. No había más opciones.
- ¿Y ahora le recibimos con los brazos abiertos?
Mi abuela me toma de la mano. Cubre mis cabellos y levanta la voz.
-Seremos los primeros en dar la bienvenida si eso es necesario.
Mi padre la mira con comprensión.
-Recibiremos al sultán.
0-0-0-0
He comprendido que jamás ha de ser mío, soy joven para entenderlo, pero lo recuerdo desde la primera vez. Asomada sobre el marco de mi ventana vi sus ojos, como el cielo. Estaba cubierto de sudor, arrastraba perezosamente un costal de semillas, las gallinas se arremolinaban en torno al alimento para consumirlo lo más pronto posible. Engordando. Se limpió el sudor, no era más que un sirviente, años mayor que yo, mis ojos habían encontrado sus ojos, pero los suyos nunca habían encontrado los míos, en cambio, miraban con deseo los de aquella muchacha de ojos verdes.
0-0-0-0
Mi madre estaba llorando. Sus piernas apenas sujetaban su cuerpo al piso, apenas la vi supe la noticia desde el fondo de sus doradas entrañas, mi madre estaba muerta, tan muerta como mi padre, no hubo palabras forzadas para que pudiera entenderlo. Tirada en el piso con la mirada perdida en un cuarto lleno de gente que lloraba igual que ella.
Una gota cayó pronta sobre las hojas de las higueras, chapuzones se convirtieron en el patio, la imagen desolada desapareció y el sol se ocultó tras una enorme nube que se convirtió en la oscuridad de la noche, el único cuarto de la casa encendido era el del descanso eterno.
Me mojé los pies.
-Niña Kuchell – sus ojos me vieron una vez más, tenía en brazos una cría de sus entrañas – entre a rezar, su madre se unirá dentro de poco.
El era rubio, la criatura morena, igual que ella.
-A verlo.
Medio sonrió, bajó el bulto y me lo mostró con todo el orgullo de una madre. ¿Qué orgullo podía tener? Una sirvienta había concebido un hijo, un hijo feo y andrajoso. Apreté su nariz hasta que lloró.
- ¡Pare!
Dejé al crio llorando y me uní al tumulto de oradores silenciosos. No tenía sus ojos.
0-0-0-0
Mi padre ha salido desde temprano, le acompañaron tres hombres. La casa hierve, el calor del desierto sofoca y la tierra se cuartea con cada pisada, la madera está llorando y los pies de los sirvientes sangran, pero limpian. Apenas si he visto a mi madre durante toda la mañana, mi aya me lleva de aquí acá, cuidándome la ropa y arreglándome el cabello, me hace lavar la boca dos veces y luego me deja en espera de las visitas.
-Te tienes que portar bien, Niña Kuchell – me explica
Miro de reojo al perro,
-No levantes los ojos, ni la voz.
Lo miré por casualidad cuando llegué, estaba acariciando al perro, estaba tirado de panza en el calor, tenía sed, le acerqué la bandeja de agua y luego las puertas se abrieron. Mi padre a la cabeza no reparó en mi presencia, él sí. Sus ojos eran pequeños, como dos almendras, tenía la boca seca como una anciana arrugada y el pelo atado en una cola baja blanca. La barba llegaba hasta su pecho.
-Por aquí, su alteza.
Esa noche cenamos en silencio, como siempre. Escuchando las voces masculinas a nuestras espaldas. La comida me raspaba la garganta, toda la noche sus ojos estuvieron en mi espalda.
0-0-0-0
-Tu madre está muerta – dijo mi aya
-Lo sé.
-Ha estado muerta desde que tu padre murió.
-Si.
-No estás en edad para manejar estas tierras…
-Soy una mujer, nunca estaré en edad.
-Alguien debe hacerse cargo, hasta que te vayas.
-No estoy en edad para manejar tierras, pero si estaba en edad para que pusiera sus ojos en mí.
Ella se quedó callada, sus ojos derramaron lágrimas.
-Todavía me queda tiempo, mi padre está muerto, mi madre es una inútil. Yo soy la señora. Y cuando me vaya dejaré todo en manos de Asad.
- ¿el perro?
-El único prudente y capaz, de no ser un completo imbécil.
No tenía edad. Tenía 12 años.
0-0-0-0
Se me acercó dos noches después, mis pies no llegaban al piso cuando arrojé la piedra. El me miró desde la puerta, sujetaba una lampara en las manos y una espada en la otra.
- ¿Cómo te llamas?
-Kuchell, alteza.
No dijo más.
Esa noche mi madre me dio una bofetada.
-Te dije que no lo miraras… te lo advertí.
-Bakrass, no tiene caso que le castigues, sus lagrimas me conmueven. La niña mía llora amargamente y lo que ha dicho el sultán ya está pactado.
Enjuagué mis ojos con las mangas de mi vestido y me puse de rodillas con la mejilla en las piernas de mi padre.
-No la consueles, ya está condenada.
Mi madre dejó la sala con el corazón envuelto en llamas de odio y desagrado. Mi padre me tomó de los cabellos negros por un largo rato, hasta que mis sollozos desaparecieron.
- ¿Me van a llevar papá?
-Si, pero no muy pronto. Disfruta, mi niña.
Entonces me enamoré.
0-0-0-0
Lo vi como quien mira al sol por primera vez, ciega. Deslumbrada, ansiosa de hijos rubios y con ojos azules.
El tuvo un hijo de ojos verdes y piel canela.
0-0-0-0
Mi padre había muerto de pura impotencia.
Comprendí que la muerte y la vida no eran justas, que un hombre bueno y rico, dueño de grandes tierras perdía todo en una guerra que no podía ganar, que perdía una hija en un encuentro desafortunado y que perdía la vida en una jugarreta del destino.
Estaba caminando por el bazar, junto con dos hombres que cargaban costales de semillas y hierbas, cuando ese despreciable chocó contra su pecho, mi padre le tomó de los hombros y encima le sonrió.
Pero la daga ya estaba clavada.
El ladrón dejó caer los collares, sacó el cuchillo y dejó caer la vida de mis padres.
Lo colgaron a la mañana siguiente, cuando el cielo era rosado, se pintaba solo. Un día hermoso, imposible odiarlo, porque era hermoso.
0-0-0-0
-Señorita Kuchell.
Lo miré desde mi cama, era la primera vez que me decía así. Yo no era una señorita, ni estaba cerca de serlo, solo estaba por irme de esa casa y las formalidades eran el escudo de la despedida. O quería hacerme sentir más grande de lo que realmente era. Irritada bajé los pies de la cama y salí por la puerta sin mirarle, sus ojos me siguieron por el pasillo. Mi aya se incorporó.
-Hazme el favor de callar tu espantoso llanto.
-Pero, mi niña…
-Que te calles.
Gemí al observar el séquito desagradable de la partida. Un puñado de soldados y un montón de caballos con palanquines. Desvié la mirada.
- ¿Y quien va a cuidar la casa ahora? – preguntó ella
-Mi madre, hazla levantar. Adiós.
0-0-0-0
La carta me llegó cuando mis manos aun no se acostumbraban a los anillos y mi cabeza se caía del dolor de cuello y de cuerpo. Estaba mojada, muy maltratada, demostraba la rudeza del camino. Mi cuerpo gemía del dolor y se doblaba en un bulto extraño que parecía no formar parte de mí, pero estaba unido por una amorfa figura que no dejaba de crecer. El sirviente dejó la carta entre mis manos y se fue sin mirarme más.
Los ojos de esas mujeres se apartaron de sus quehaceres para fijarse en mis manos.
Leí la letra de mi madre, las palabras apenas salían de sus manos, arrastraba la tinta. Se había convertido en una piedra durante tantos años. Pero sus palabras eran reales, oculté mi entusiasmo y miré por la puerta. El guardia seguía ahí.
Quemé la carta y recibí el oro.
La Rosaleda estaba muerta. Mi madre lo estaría para el momento que recibí la carta.
0-0-0-0
Tenía muñecas, sirvientas y vestidos, pero tenía patos y también perros, que corrían por el patio, mojándose las patas en las fuentes. Tenía una risa sincera y el cabello hasta la cintura. Los pies llenos de barro y las uñas sucias.
Tenía libertad.
0-0-0-0
Lo vi por segunda vez y el tiempo parecía no afectarle severamente. Ya era así de adulto cuando le vi por primera vez, pétreo e imperturbable se cernía en un trono de oro con el gesto aburrido, la cara de recibir una nueva propiedad. Por fin.
Incliné la cabeza, no me dijo nada, tampoco me saludó y no esperaba de él respuesta alguna.
-Llevensela.
Caminé sin rumbo al harem, seguida por un ejército minúsculo y complaciente, cómplices del hombre que me tomaría, pero mis pasos solo se detuvieron cuando estuve frente a la puerta de esa alcoba tan grande como toda una casa. La luz no era más que velas y el olor de la lluvia solo era el dolor del incienso quemado.
El interior no era cálido, ni cómodo. El ejército me abandonó y dos mujeres aguardaban en la puerta, sus senos colgaban en el pecho y sus ojos apenas se desprendían del suelo, eran delgadas como un perro de la plaza, las costillas se les notaban. Sujetaban velas.
Él entró después de que todos salieran, excepto esas dos. No las miró. Caminó directo a mí.
- ¿Cómo te llamas?
-Kuchell.
-Quítate la ropa.
No me lo ordenó, mis manos se quedaron en su lugar. No me moví y el no tuvo la intención de esperar. Mi rostro se contrajo en una mueca dolorosa cuando tomó mis cabellos finamente adornados y los convirtió en un nido de arañas mientras hacía que mis rodillas cedieran al piso y sus manos destruían sin cuidado las finas telas que me guardaban. De esa ropa no quedó más que unas costuras rotas.
Me hizo tanto daño como pudo. Aplastó mi cabeza contra el piso, amarró mis manos contra mi espalda y me hizo mirar. Se forzó en mi con la fuerza de un cerdo animal, desgarró mis entrañas desangrándose hasta que escurrió por mis piernas y el suelo de oro, calló mis gritos con una almohada.
Pero mis ojos nunca se apartaron, no de esta realidad, no de mi vida y no de mi mundo. Lo dejé matarme, y las miré a ellas. Me pregunté si estaban muertas como yo, pero ellas no me miraban, ignoraban mi dolor. Ellas nunca me miraron. Ni cuando supliqué por ayuda.
Eran sirvientas, hechas para servir y para el sexo. Su cuerpo no valía nada.
El mío si y yo era forzada.
Y ellas me veían.
¿Se reirían de mí? Me veían como el nuevo premio destruido de un animal amargo que no sufría al verme llorar, se jactarían mañana cuando el desierto cubriera sus cuerpos, estuvieran muertas y su belleza expirara.
Pero yo no, yo me reiría de ellas. Yo sería la nueva esposa. La esposa de un harem repleto, lo sentía en mis entrañas, por la forma en que se movía, como los huesos de mi cintura se rompían y mi vientre sufría. No tenía la fuerza para lograrlo, pero lo concebiría.
Yo ganaría y ellas perderían.
Y rogué, entones rogué, que con esa única semilla algo engendrara en mí.
0-0-0-0
-Voy a tener a su hijo.
Él no me miró, ni porque mi cuerpo estaba deformado.
-Mi madre ha muerto.
- ¿De ahí has sacado a ese clan tuyo? – preguntó por primera vez con algo de curiosidad – bastaba con que lo pidieras para que se te otorgara…
-Mi hijo va a ser el mejor, y en todo el mundo debe haber los mejores maestros para él. Por eso los he llamado a todos.
- ¿Y el dinero?
-La herencia de mi madre.
-La muerte de un pueblo.
-Será su primogénito.
Me miró.
-Entonces serás mi esposa.
0-0-0-0
Tomé el oro y escribí las cartas. Mandé a direcciones que nunca había visitado y solicité firmemente que los mejores vinieran a educar a mi hijo, que aceptaría a esos y no a otros. Que nadie más podría encargarse de él.
Llegaron los maestros, uno a uno.
Todos al servicio de la reina.
Y yo aún no había sido coronada. Y el hijo aún no había nacido.
0-0-0-0
Había aprendido a orar, desde mi llegada más que nunca. Oré por piedad, oré por concebir, oré por deshacerme de todas esas mujeres en el harem. Oré el día que nació, él no envió nadie a atender, fue un día de fiesta, el harem se vació y me quede sola, entonces oré, le pedí a Allah que lo hiciera nacer, que no me abandonara, pero sobre todo supliqué que naciera barón.
Mis uñas destrozaron la tela, destrozaron el sillón y luego mis gritos destrozaron mis oídos.
Y su llanto los llenó de nuevo.
Lo miré tan pronto como nació, sacudí su cuerpo un poco y lo metí a la sabana. Era barón.
Había nacido el futuro rey.
N/A: ¿Soy la única que ahora siente pena por Kuchell? jaja, also, coloqué un montón de interreferencias, ¿Cuántas encontraron?
