Palabra: hechizo.
Los Antiguos
Hate stumbles forward and leans in the door
Weary head hung down, eyes to the floor
He says, "Love, I'm sorry," and she says, "What for?
I'm yours and that's it, whatever
I should not have been gone for so long
The Ballad of Love and Hate, The Avett Brothers
Llegan al manantial al anochecer. Izuku no sabe bien por qué Jirou y Sero siguen caminando con él a cuestas, pero ella opina que es lo que haría Kacchan. Tienen que alcanzar el manantial. Para esperar a Kacchan o conseguir el agua milagrosa.
«¿Y si Kacchan no viene?».
«Entonces vamos a rescatarlo».
Poco a poco, Izuku empieza a entender cómo funcionan.
Antes sólo los había visto de lejos. Se había hecho amigo de Uraraka, que ya no viajaba en el Lady Pólvora y había platicado muchas veces con Eijiro. Pero nunca se había acercado al resto de la tripulación. Le preguntó a Sero primero cómo había llegado al Lady Pólvora y él le contó que la madre de Katsuki lo había rescatado en un puerto. Luego a Jirou y ella se llevó la mano a las orejas. «¿Ves mis orejas?». No eran completamente puntiagudas, pero sí eran diferentes a unas orejas humanas normales. «Un idiota quería cortármelas y yo estaba dándole la paliza de su vida cuando apareció Katsuki en escena. La historia es más larga, pero resulta que atacar a un Gran Lord del Imperio del Viento y dejarle as tripas por fuera es un delito. El Lady Pólvora estaba en puerto, era la forma más fácil de ahorrarme una persecusión».
Izuku sonríe. Le gustan sus historias mientras caminan.
Pero el silencio los inunda cuando llegan al manantial. Está en un pequeño valle e incluso el aire alrededor del agua se siente diferente. Izuku respira hondo.
—Se parece al que está en el archipiélago —murmura.
Jirou se queda viéndolo como si nunca hubiera visto nada igual. Hasta Sero se queda un momento contemplándolo.
—¿Quieres nadar, Izuku? —pregunta ella.
Él asiente y lo acercan a la orilla. Le cuesta un solo salto meterse al manantial y sentir el agua en todas sus escamas y su piel y su aleta y sus orejas verdes de gente del mar y en su cabello verde.
El agua se siente como las manos de Kacchan.
No lo ha tocado —no realmente— desde que volvieron a reencontrarse, pero Izuku recuerda perfectamente las yemas de sus dedos recorriéndole la piel del pecho, las escamas de la cola. La curva del cuello. La mejilla. Los dedos de Kacchan enterrados en su cabello.
Desde que se reencontrarn, Izuku sólo ha puesto sus manos sobre la cicatriz. Y Kacchan estuvo a punto de abrazarlo una vez.
Pero nunca pasó.
No deja de pensar que el agua de ese manantial se siente como las manos de Kacchan que aun llenas de cayos tenían un tacto suave, delicado, como si deseara no hacerle daño jamás y no supiera exactamente cómo hacerlo.
Se queda unos momentos más bajo el agua antes de salir a la superficie.
Sero está en la orilla.
—Jirou y yo tenemos que descansar —le dice—. Tomaremos turnos para vigilar. Por si hay soldados cerca. No parece probable en esta zona, pero…
Izuku asiente. No se han encontrado con un alma desde que los transportó lejos de la emboscada. El bosque es mucho más denso en esa zona y es difícil moverse. Anduvieron un rato en círculos después de haber perdido a su guía, hasta que encontraron el cauce rastros de agua e Izuku sugirió seguirlos.
—Vale. Estaré alerta.
—También descansa.
Izuku asiente.
—Pondré un hechizo de protección —dice—. De todos modos. Por cualquier cosa.
Jirou se acerca entonces.
—Quiero oírte cantar de nuevo —le dice, como única explicación.
Izuku canta.
Pide a los Antiguos que los protejan y no los dejen abandonados en ese momento. Cree en los Antiguos tanto como cree en el aire que respira cada que sale a la superficie y tanto como cree en el agua que lo moja cuando está bajo ella.
No duda.
No puede dudar, en realidad.
Pero últimamente —desde Shigaraki y la historia de Nana Shimura, con el tridente de los jefes del mar— le parece oír la voz de Kacchan desdeñando la existencia de los antiguos.
«No hay nadie allá arriba, Izuku. Sólo hay estrellas y nos guían. Nada más. Luces que nos miran y que, si saben hablar, no responden nunca».
«¿No crees en los Antiguos?»
«¿Por qué habría de creer en ellos? Sólo los recuerdan en los reinos más viejos. En Yuei, el puerto de los piratas nunca se habla de ellos».
«¿Qué creen, entonces, allá afuera?»
«Muchas cosas. La mayor parte de las personas en el Reino de Fuego creen en el Dios Sol. Le rezan y le hacen ofrendas. Aunque una parte del reino, los descendientes de los señores de hielo, todavía cree en la Diosa. Así le dicen. Una vez vi una pintura suya. Una mujer de cabello blanco y piel clara, ojos castaños, como un caramelo. La ponen en sus templos y le piden por la buena fortuna».
«¿Y tú, Kacchan? ¿En que crees?»
«En el mar».
«¿Crees en el destino?»
«No sé».
«Kacchan…»
Le parece oír su voz asegurando que sólo creía en el mar. Canta a lo Antiguos y, por primera vez, duda. ¿Lo oyen? ¿Les importa o es sólo una criatura insignificante?
Le da miedo pensar que las decisiones más difíciles que ha tomado las tomó por las profecías de Hizashi, que hablaba los designios y advertencias de los Antiguos. Y quizá, si no lo escuchan, por más que ruegue a las estrellas, siente que se tambalea toda la resolución trágica que tuvo el día que hizo olvidar a Kacchan.
«Escuchen, por favor», suplica a los Antiguos.
Pero en el fondo, la voz de Kacchan, no deja de atormentarlo.
«Sólo creo en el mar; en ti y en mí y en que estamos aquí ahora».
«Kacchan…»
«Creeré eso hasta mi último aliento».
La noche los envuelve. Izuku duerme y al despertar con la puesta del sol, sale de nuevo a la superficie. No ha ocurrido nada, pero no hay señal de Kacchan. Jirou se aleja un poco para cazar algo y regresa con el desayuno. Una liebre y fruta. Sero y ella desayunan mientras Izuku se contenta buscando algas en el agua del manantial. No se había dado cuenta de todo lo que extrañaba su sabor.
Pasa el día y no ven nada.
Jirou empieza a preocuparse e Izuku puede darse perfectamente por cómo lo esconde. No es hasta pasado el mediodía cuando oyen el rugido y ven el dragón precipitarse hasta ellos.
Cae ya medio transformándose en humano y deja caer a las tres personas que trae a cuestas. El desconocido, Kaminari y, finalmente, Kacchan.
Izuku no contiene las lágrimas. Lo ve herido. Tiene una tela amarrada en la pierna y cojea, pero está vivo.
Está vivo.
Todavía está vivo.
—Kacchan —llama.
Él alza la vista y de repente Izuku no ve nada más. Se acerca. No sabe exactamente en qué estado de una relación —o más bien falta de ella— están. Pero Kacchan no le grita apenas verlo, así que Izuku supone que el alivio es más que el rencor acumulado que a veces puede ver en sus ojos y con el que lo ve pelear todo el tiempo, aunque Kacchan crea que lo esconde.
(Pero para Izuku es tan fácil de leer que no puede ocultar nada).
Kacchan se acerca. Izuku estira una mano.
Y Kacchan cae de rodillas frente a él.
—Estás bien —murmura—. Estás bien.
—Claro que estoy bien, imbécil. —Se lleva la mano a una bota, de dónde saca el saquito de polvo de hada que cuidaba para que no se mojara, desde que habían estado con Mina—. Cuidé esto.
Izuku lo agarra con delicadeza. Tiene una hipótesis pero espera que no falle. El agua del manantial puede borrar cualquier rastro de magia si uno sabe qué hacer.
Busca las raíces en el pecho de Kacchan. Casi le alcanzan el cuello. Las recorre con las yemas de los dedos antes de espolvorearles un poco de polvo de hada encima. Luego vuelve a meter su mano en el agua y la moja.
En teoría, sabe lo que tiene que hacer.
Lo hace cada que va a purificarse al manantial.
Sabe la canción.
En la práctica es todo una idea que tuvo un día, pensando en los poderes que le confieren a esa agua. No pueden borrar la magia arcaica, pero sí el otro hechizo de rastreo que, siempre, sin falta, oculta con un sencillo hechizo de protección.
Canta con la mano mojada de agua de manantial sobre el pecho de Kacchan. No ve a Katsuki a los ojos, no se atreve. Le da miedo que no funcione.
Al terminar la canción, siente un estallido, una chispa. Kacchan contiene un quejido.
—¿Funcionó?
—Eso creo… —Izuku se muerde el labio—. Tardará un poco. Unas horas. Pero… funcionó, creo…
Vuelve a pasar las yemas de los dedos sobre las raíces. Siente el hechizo de rastreo; está ahí, pero es un poco más débil.
—¿Y bien? —lo presiona.
—Funcionó.
Kacchan hace ademán de ponerse en pie, pero Izuku lo agarra por una muñeca.
—Espera.
De repente puede ver a Eijiro al fondo contándole algo a Kaminari y a Jirou recargada contra un árbol y a Sero al lado de ella, preguntando algo que no alcanza a oír. También está el mercenario, dormido a la sombra. De repente es consciente de nuevo de que no están solos.
—¿Qué ahora?
—Kacchan… —Respira hondo—. Lo siento…
—¡¿Eh?!
—Lo siento por… por… —No puede enfrentarse a su mirada y eso le parece estúpido, con todas las otras veces que la ha visto—. Lo siento. Por. Ahm. Cuando te eché del archipiélago. Lo siento. Creí que…
—¿Es lástima? —Kacchan lo interrumpe y su voz es fría, su tono es tenso.
—¡No! —Izuku aprieta más la muñeca de Kacchan, en un acto reflejo—. Sólo… tenía que decirlo. —Las lágrimas se le acumulan en los ojos, pero se niega a dejarlas caer—. Hice lo que creí que… estaba bien y…
No se está explicando, lo sabe. Pero tampoco hay explicación que sane un corazón roto ni arregle una ruptura, es lo mejor que puede hacer.
—No tienes que disculparte por nada —espeta Kacchan. Jala su brazo, para que Izuku lo suelte—. Si fue tu decisión.
—¡Creí que era lo mejor para el archipiélago! —exclama Izuku.
No se fija en si los otros voltean. No le importa. Sólo está Kacchan frente a él. Es otra vez la escena en la cubierta del barco, cuando le gritó que no podía dejarlo morir.
—… ¿Qué?
—Creí. —No consigue seguir. Se echa a llorar.
De repente todo le pesa. No saber si tomó la decisión correcta, no saber si en realidad alguna vez pudieron evadir el destino. Le pesa el resentimiento de Kacchan y eso que lo está consumiendo por dentro.
Cierra los ojos, antes de que todo lo aplaste.
—Idiota —espeta Kacchan—. Idiota. Siempre eres un idiota, carajo. Me tenías en la palma de tu mano. Idiota.
—Aun así, no creo que fuéramos… —Izuku suspira—. Recuerdo los buenos momentos.
No habla de los malos. De las peleas. El temperamento de Kacchan y las responsabilidades del propio Izuku siempre estuvieron entre los dos. Evita los malos momentos. Los gritos de Kacchan y los suyos propios.
—Lo siento —repite—. De verdad. Es sincero.
—Guárdate las disculpas —espeta Kacchan—. Yo nunca me habría disculpado por haberte querido. Por… —Parece que va a decir algo más, pero se detiene—. Idiota —bufa—. Idiota.
Izuku no puede dejar de llorar. Entonces Kacchan deja de intentar incorporarse y se acerca un poco más. Atrae la mitad del cuerpo de Izuku —el que está por fuera de la superficie hacia él— y lo abraza.
Es la primera vez que Izuku realmente siente sus manos.
—Sabes que odio verte llorar —dice Kacchan. Por primera vez en toda su travesía, no parece un reproche. Después de eso va el silencio en el que se acumulan todas las cosas que Kacchan no dice. Ese «no te odio realmente» que va implícito en su abrazo, todo el conflicto que le causa tener a Izuku cerca.
—Kacchan…
—Gracias —lo interrumpe, sin dejarlo decir nada—. Por no dejarme morir.
Palabras: 2013.
1) He llegado al punto de derrota en el que dejo que mis personajes hagan lo que quieran y que les dé la gana. Es lo que mejor me funciona, la verdad, a estas alturas de constipación emocional. Luego vamos a volver a shit hits the fan. Juas.
2) Es el capítulo más largo que he escrito hasta ahora. Se supone que como es un fic que actualiza seguido no son tan largos, pero a mí todo se me sale de madre.
Andrea Poulain
