Aclaración:
Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.
La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor
Hay OOC
[18]
Hinata entró en la biblioteca cuando un lacayo le abrió las puertas sin llamar ni anunciarla. El hombre cerró la puerta sin hacer ruido detrás de ella.
Su Excelencia estaba escribiendo en su mesa, aunque dejó inmediatamente su pluma cuando ella entró, secó con cuidado lo que había escrito y se puso en pie. La miró de ese modo oscuro y penetrante que a Hinata siempre le resultaba muy desconcertante.
La chica se quedó muy quieta, con el mentón levantado y los hombros echados hacia atrás. Y se preguntó, al igual que se había estado preguntando durante toda la noche en la que apenas había podido dormir, si lo único que iba a hacer era reprenderla por algún error desconocido. Pero entonces, ¿por qué tenía que convocarla formalmente en la biblioteca? O quizás iba a despedirla o a intentar seducirla otra vez. O quizás aquella ocasión no tenía nada de especial.
Hinata esperó.
—La Honorable Señorita Hinata Hyuga —murmuró el duque—, de Byakugan House, en Wiltshire.
Después de todo, Toneri se la había tomado en serio dos días antes. Se lo había contado todo. Hinata levantó un poco más el mentón.
—Ladrona de joyas y asesina —continuó él—, o eso es lo que se sospecha. Claro que cualquier sospechoso de un crimen es inocente hasta que se demuestre lo contrario.
Ella no apartó la vista.
—¿Lo es? —preguntó Su Excelencia—. Una ladrona y una asesina, quiero decir.—No, Su Excelencia.
—¿Ninguna de las dos cosas?
—No, Su Excelencia.
—Pero las joyas más caras de su prima se encontraron en el baúl que pensaba llevarse, si hubiese podido marcharse tal y como tenía planeado.
—Sí, Su Excelencia.
—Y hubo una muerte.
—Sí, Su Excelencia.
—Usted huyó cuando su primo la sorprendió cometiendo el asesinato. Huyó a Londres sin nada, excepto la ropa que llevaba puesta. Un vestido de noche de seda azul y una capa gris. Y en Londres se escondió y sobrevivió como pudo.
—Sí, Su Excelencia.
—¿Pero allí no robó? ¿O ni siquiera mendigó?
—Solo vendía lo que podía vender de sí misma.
—Sí.
El duque dio la vuelta al escritorio y atravesó la habitación para quedarse a pocos centímetros de ella.
—¿Por qué no me cuenta lo que ocurrió? Nos podemos pasar el día entero aquí si me dedico a hacerle preguntas y usted me contesta con monosílabos.
Ella continuó mirándolo fijamente.
—¿Por qué no? —le preguntó.
—No me creerán. Cuando se cuente todo esto en un tribunal de justicia, Lord Otsutsuki explicará la versión que le ha contado, y lo creerán, al igual que lo ha creído usted. Es un hombre, y es barón. Yo soy mujer e institutriz… y puta. No vale la pena que gaste saliva inútilmente.
—Otsutsuki no me ha contado nada —explicó el duque—. Me he enterado de todo lo que sé por mi cuenta. Oí que la llamaba Hinata Hyuga. Usted misma llamó a su antiguo hogar «Byak…» . Envié a Aburame a Byakugan House para averiguar lo que pudiera sobre una tal Hanna Hinata Hyuga.
—¿Por qué? —susurró ella.
Él se encogió de hombros.
—Porque su pasado siempre ha estado rodeado de misterio. Porque descubrí, me temo que demasiado tarde, que solo unas circunstancias extremas podrían haberla obligado a convertirse en lo que se convirtió en Londres conmigo. Porque vi el terror reflejado en su rostro la primera vez que vio a Otsutsuki en mi salón. Porque está claro que ambos mintieron sobre cuánto se conocían. Porque me importa.
—Quizá sea mejor así. Ha intentado convertir a una mentirosa, ladrona y asesina en su amante.
—¿Es eso lo que piensa de mí, Hinata?
—Sí.
—¿Aunque aquella noche la envié a la cama en vez de acompañarla a su habitación por miedo a no ser capaz de dejarla marchar? —comentó—. ¿Aunque no me he acercado a usted desde entonces, excepto para pedir disculpas? —Se pasó una mano por la frente y suspiró—. Acérquese y siéntese.
—No.
—Hinata, ¿podría darse la vuelta y abrir la puerta?
Ella lo miró recelosa e hizo lo que le había dicho.
—Vuélvala a cerrar. ¿Qué ha visto?
—Al lacayo que me ha hecho entrar.
—¿Lo conoce?
—Sí. Es Jeremy.
—¿Lo conoce bien? ¿Le gusta?
—Siempre es amable y cortés.
—Su trabajo es estar aquí de pie, hasta que usted salga o hasta que lo llamen o hasta que le diga que se marche. Si usted gritase, entraría rápidamente a rescatarla. Acérquese y siéntese.
Hinata pasó por delante del duque muy tensa, dirigiéndose hacia dos butacas de respaldo vertical que estaban cerca de la ventana y sentándose en una de ellas. Al hacerlo juntó las manos en el regazo.
—¿El hombre que murió era el ayuda de cámara de su primo? —preguntó él, sentándose en la otra silla. Pero no esperó a que respondiera—. ¿Tuvo algo que ver con su muerte?
—Sí. Lo maté.
—Pero usted no se considera una asesina. ¿Por qué?
—Era un hombre muy fuerte. Pretendía sujetarme mientras Toneri me violaba. Lo empujé cuando se me acercó por detrás. Debió de perder el equilibro, ya que estábamos muy cerca de la chimenea. Cayó y se golpeó en la cabeza.
—¿Y murió?
—Sí. Murió al instante.
—¿Y su primo había expresado sus intenciones?
—Dijo que antes de que volviera a marcharme de casa ningún otro hombre me querría jamás. Creo que yo gritaba y peleaba. Vi que hacía una señal con la cabeza a Zetsu.
—¿Su ayuda de cámara?
—Sí. Y luego se puso detrás de mí. —Hinata se miró las manos, que estaba retorciendo en el regazo, y las dejo quietas.
—¿La madre y la hermana de Otsutsuki se habían ido a Londres? —preguntó el duque—. ¿Por qué la dejaron sin acompañante?
—No les importo.
—Usted se dirigía a la rectoría para alojarse con la señorita No sabaku. ¿Por qué lo aplazó hasta la noche?
—Está muy bien informado. Parece que lo sabe todo.
—Aburame es un buen hombre. Pero los porqués me siguen desconcertando.
—Toneri esperaba invitados. Iban a jugar a las cartas y a emborracharse.
Podría haberme escabullido sin que se percataran. Pero no vinieron. Fue el día en el que se marcharon su madre y su hermana. Supongo que tenía pensado pasar una noche a solas conmigo.
—¿Pero usted trató de marcharse de todos modos?
—Sí. Me atrapó. Creo que lo sabía y me estaba esperando.
—¿Y no robo las joyas?
—No. No supe nada de ellas hasta que me las mencionó aquí.
—Y así usted huyó solo con lo puesto. ¿Sin dinero?
—Tenía un poco en el bolsillo de la capa. Muy poco.
—¿Por qué no acudió al reverendo Sabaku No Gaara?
Ella lo miró y se mordió la lengua.
—¿A Gaara? Habrían ido a por mí inmediatamente. Además, no habría escondido a una asesina.
—¿Ni siquiera si la amase?
Hinata tragó saliva.
—¿Cuánto tardó en llegar a Londres? —continuó él.
—Una semana, puede que un poco más.
El duque se puso en pie y se quedó mirando por la ventana varios minutos, dándole la espalda.
—Apostaría a que Otsutsuki está dispuesto a hacer un intercambio. Su vida a cambio de su cuerpo. ¿Tengo razón?
—Sí.
—¿Y qué ha decidido? ¿Ha tomado una decisión?
—Resulta fácil ser heroico en la imaginación. No estoy tan segura de poder comportarme como una heroína cuando llegue el momento. Hace dos días le dije que no me casaría con él ni sería su amante ni tendría nada más que ver con él, y aunque me dio unos cuantos días más para tomar la decisión final, no tuve el valor de repetir lo que acababa de decir.
—Aunque —repitió él, volviéndose a mirarla por encima del hombro—, usted tiene mucho coraje, Hinata. He sido testigo de ello, si lo recuerda… en cierta habitación de una posada de Londres.
Hinata sintió que se ruborizaba.
—Podría haberme pedido ayuda, ya lo sabe. Se la habría dado. Y aunque hubiese dicho que no, no podría haberla perjudicado más de lo que lo hice. Pero usted tuvo el orgullo y el coraje, y la insensatez, de vender lo que era suyo en vez de mendigar.
Hinata bajó la mirada.
—No siempre es así, ya lo sabe —continuó Naruto en voz baja—. Cuando va emparejado con el amor, puede ser una experiencia hermosa, Hinata, para el hombre al igual que para la mujer. No tema a todos los hombres como sé que me teme a mí.
La chica solo se percató de que se estaba mordiendo el labio inferior cuando notó el sabor de la sangre.
—En fin, ¿qué vamos a hacer respecto a su situación? No es tan desesperada como usted parece creer. Pueden presentarse varios alegatos.
Ella se rio.
—¿Me permitirá que la ayude? —insistió el duque.
—No hay testigos, excepto Toneri y yo —contestó la institutriz—. Y mi doncella fue la que descubrió las joyas en mi baúl. La única defensa posible es la verdad, Su Excelencia, y la verdad sonará terriblemente falsa cuando se compare con la palabra del barón Otsutsuki.
De repente, él se inclinó y le cogió las dos manos. Hinata no se había percatado de lo frías que las tenía hasta que se vieron envueltas en la calidez de la mano del duque.
—No van a colgarla, Hinata, ni va a pudrirse en prisión. Se lo prometo. Lleva semanas viviendo aterrorizada, ¿verdad? ¿Por qué no ha acudido a mí antes? Pero claro, yo soy la última persona a quien usted recurriría, ¿verdad? Durante el día de hoy y quizá mañana quiero que se quede con Sarada durante las clases y con la señora Shizune el resto del tiempo. Si Otsutsuki trata de hablar con usted, le ordeno como empleada que se mantenga apartada de él. ¿Entendido?
—Usted no puede ay udarme…
El duque se puso en cuclillas y la miró a la cara, sujetándole las manos con mayor firmeza.
—Sí puedo, y lo haré, aunque sé que no confía en mí. ¿Realmente cree que la traje aquí para que fuera mi amante?
—No importa. —Hinata miraba las manos de él sujetando las suyas. Y sintió que debía soltarse. Y deseó agarrarse a ellas al igual que él se las sostenía. Y deseó inclinar la cabeza hacia delante hasta apoyarla en su hombro. Y deseó confiar en él y olvidarse de todo lo demás.
Hinata levantó la vista y vio el rostro oscuro, duro y marcado que se había cernido sobre ella en sus pesadillas durante semanas y que últimamente se había dedicado a besarla en sueños y a despertar su anhelo de ternura y amor. Volvió a morderse el labio cuando el rostro de él empezó a dar vueltas ante sus ojos.
—Sí que importa. Hinata, nunca ha sido mi intención convertirla en mi amante. Lo que ha ocurrido aquí entre nosotros ha sucedido de manera inesperada y en contra de mis deseos. Soy un hombre casado y no puedo entablar una relación con usted. Y si no estuviera casado, estoy seguro de que no querría que fuera mi amante.
Volvió a brotar sangre del labio de Hinata cuando él se llevó primero una mano de la chica y luego la otra a los labios, sin dejar de mirarla en ningún momento. Y le soltó una de las manos para limpiarle una lágrima que le había caído por la mejilla.
—Haré esto por usted —continuó el duque—, quizá para compensar en cierta medida el daño que le he hecho. Y luego la enviaré a otro lugar, Hinata. Si tiene que esperar a recibir su fortuna, le encontraré un buen empleo en una casa que yo nunca visite. La dejaré libre y nunca iré a buscarla. Puede que con el tiempo me crea y confíe en mí.
Naruto le soltó las manos y Hinata se cubrió el rostro con ellas, mientras respiraba hondo para tranquilizarse.
—Haré que Jeremy la acompañe hasta arriba —comentó él, enderezándose —. Descanse en su habitación esta mañana. Daré órdenes de que no la moleste nadie. Me llevaré a Sarada.
Hinata se puso en pie.
—Eso no será necesario, Su Excelencia. Tengo clases previstas.
—No obstante, hará lo que yo le diga.
Hinata se puso derecha, levantó el mentón y se volvió hacia la puerta.
—No será necesario que Jeremy me acompañe —objetó ella—. Ya puedo ir sola, gracias.
Él sonrió fugazmente.
—Como desee.
Y así se dirigió sola al piso de arriba, hasta su habitación. Y se quedó en la ventana mirando hacia el césped de la parte de atrás, vacío a aquella hora de la mañana.
El duque tenía la intención de hablar con Lord Otsutsuki enseguida, pero una serie de sucesos conspiraron en su contra y frustraron sus planes.
Cuando llegó a la biblioteca, Jarvis le dijo que el médico estaba con Su Excelencia la duquesa. Naruto decidió que su esposa y el médico debían ir primero, e hizo retirarse al mayordomo diciéndole que quería ver al doctor Dan antes de que se marchara.
Cuando apareció en la biblioteca un rato después, el médico comentó que un resfriado fuerte durante el invierno había dejado a la duquesa con una debilidad en el pecho. Siempre había tenido una salud delicada, y probablemente eso no iba a cambiar.
—Le recomiendo una vida más tranquila y salir menos, Su Excelencia. Puede que un mes o dos en Bath tomando las aguas provocaran un cambio importante en la salud de la duquesa.
—Tose todo el tiempo —le explicó el duque—. Tiene fiebre a menudo. Ha perdido peso. ¿Y todo eso es el resultado de un resfriado grave que simplemente no se le fue?
El doctor se encogió de hombros de manera muy elocuente.
—Algunas damas tienen una constitución delicada, Su Excelencia. Por desgracia, su esposa es una de ellas.
Su Excelencia le dijo al hombre que podía marcharse y se quedó mirando por la ventana un rato. Pensaba que tendría que haber insistido en llamar a un médico de Londres más cualificado. Pero Sakura siempre se había mostrado inflexible y se había negado a hacerle caso en ese tema.
Naruto tamborileó con los dedos en el alfeizar de la ventana y se dirigió al dormitorio de Sakura. La noche anterior se había negado a dejarlo entrar, pero esta vez no esperó tras dar unos golpecitos en la puerta de su habitación. Entró como había hecho, cuando sorprendió a su primo casi a punto de hacerle el amor, y tras mirar a la doncella esta hizo una reverencia y se retiró al vestidor.
—Buenos días, Sakura. ¿Te encuentras mejor?
Sakura volvió la cabeza a un lado en la almohada cuando entró su marido, y no le respondió. El duque se acercó un poco más.
—¿Tienes fiebre? —le preguntó, apoyando delicadamente los dedos en una de sus mejillas—. El médico me ha sugerido que vayas a Bath a tomar las aguas.
¿Querrías que te llevara allí?
—No quiero nada de ti. Me voy con Sasuke.
—¿Quieres que te traiga a Sarada unos minutos? Estoy seguro de que está deseando contártelo todo sobre la fiesta de cumpleaños de Timothy Inuzuka de ayer.
—Estoy demasiado enferma.
—¿De verdad? —Le apartó el cabello rosa de la cara—. Entonces hoy me encargaré yo de entretener a nuestros invitados. Debes quedarte aquí tranquila y no preocuparte. ¿El médico te ha dado alguna medicina nueva? Puede que mañana te sientas mejor.
Ella no dijo nada, y él atravesó la habitación hasta la puerta. Pero se detuvo con la mano en el pomo y se quedó mirándola pensativo un buen rato.
—¿Te gustaría que mandara venir a Sasuke?
Ella no volvió la cabeza hacia él ni contestó. Naruto salió silenciosamente de la habitación.
Las damas se dirigían a Wollaston con Sir Hector Chesterton y Lord Otsutsuki. Su Excelencia se sumó a algunos de los caballeros para jugar al billar. Lord May berry, el señor Treadwell y Lord Sasuke se habían ido a pescar. Después de comer, cuando el duque sugirió ir a montar y hacer un picnic en las ruinas, la mayoría de los invitados aceptó encantado. No obstante, Lord Otsutsuki, junto con Sir Hector, expresó su intención de quedarse en la casa, ya que se habían encontrado a Sir Cecil Hayward en Wollaston aquella mañana y este lo había invitado a visitarlo por la tarde.
Antes de marcharse a los establos, Su Excelencia encargó al lacayo Jeremy que vigilase el pasillo superior del cuarto de estudio y que acompañase a la señorita Hamilton y a Lady Pamela adonde decidiesen ir a lo largo de la tarde. Y media hora más tarde tuvo un encuentro que tenía previsto posponer hasta el día siguiente.
—Parece que tú y yo estamos condenados a montar juntos, Naruto, ya que los demás ya están emparejados —comentó Lord Sasuke—. Quizá sea mejor así. Probablemente me iré mañana o pasado.
—¿Solo?
Su primo lo miró y sonrió.
—No me creo que fueras en serio con lo que sugeriste el otro día.
—No lo habría dicho si hubiese creído por un instante que te lo tomarías en serio —dijo el duque, dirigiendo la mirada hacia delante, hacia donde Sir Sasori Shaw estaba flirteando bastante descaradamente con Lady Sara Underwood.
—Eso es. ¿Ves lo que quiero decir? Claro que no podía tomármelo en serio, Naruto. ¿Cómo podría llevarme a Sakura, sabiendo el escándalo al que tendría que enfrentarse? Ha estado muy protegida en su vida y no tiene idea de lo que le esperaría. Y además las mujeres son unas románticas incurables. Nunca están preparadas para la dura realidad.
—Creo que la dejaste con una buena dosis de « dura realidad» el otro día.
Lord Sasuke se encogió de hombros.
—Además, no se encuentra bien. No me sorprendería nada descubrir que está tísica.
Su Excelencia no dijo nada.
—Y la niña, claro, es mi principal preocupación —continuó Lord Sasuke—. ¿Cómo podría apartarla de ti y de esta casa, Naruto? ¿Y cómo podría llevarme a Sakura y a la niña no? A Sakura se le partiría el corazón.
El duque continuó sin decir nada.
—Sí —afirmó su primo—. Claro que la dejaré en paz. No tengo ninguna otra elección si quiero hacer lo correcto, ¿verdad?
Su Excelencia volvió la cabeza y lo miró fríamente.
—La verdad es que es una pena que ambos nos enamoráramos de la misma mujer, eso es todo —comentó Lord Sasuke—. Teníamos una buena relación hasta que Sakura apareció en escena.
—Puede que lo que sea una lástima es que ninguno de los dos se enamorase de ella. Yo podría haber vivido sin ella sabiendo que era feliz contigo, Sasuke.
Me habría recuperado porque la amaba. Pero lo que has conseguido es destruir toda su felicidad y todo mi amor. Sí, tuvimos una buena relación… hace tiempo.
Lord Sasuke continuó sonriendo.
—He dejado un mensaje diciendo que irías a verla cuando volvieras de pescar esta mañana. ¿Has ido?
—Está enferma —replicó Lord Sasuke—. Estoy seguro de que necesita tranquilidad.
—Sí. Supongo que no merece la pena visitarla si no está lo bastante bien como para acostarse con ella.
Su primo se encogió de hombros.
—Confío en que acabe dándose cuenta de la verdad —comentó Su Excelencia— aunque no la oirá de mis labios. Puede que después de todo el dolor se libere finalmente de ti y sea capaz de hacer algo importante con su vida.
Resulta fácil hablar a posteriori. Ahora veo que debería haber insistido en que supiera la verdad desde el principio.
Lord Sasuke se encogió de hombros una vez más y espoleó a su caballo para cabalgar junto a la señorita Woodward y Sir Ambrose Maxwell.
Justo antes de cenar aquella misma noche, el duque recibió una nota en la que Lord Otsutsuki y Sir Hector Chesterton le avisaban de que alargarían su visita a Sir Cecil Hay ward y se quedarían a cenar y a jugar a las cartas.
Su Excelencia pensó que así dejaba prácticamente atrás un día bastante desagradable, aunque tendría que posponer la principal orden del día hasta la mañana siguiente. Le dejó un mensaje al ayuda de cámara de Lord Otsutsuki en el que decía que Su Excelencia estaría encantado de que su señoría lo acompañara en un temprano paseo matutino a caballo al día siguiente.
Era muy tarde. Hinata sabía que tendría que haberse metido en la cama mucho antes, considerando sobre todo que tendría que levantarse antes incluso de que amaneciera. Pero de todos modos no confiaba en poder dormirse. Contó el dinero una vez más y se maldijo nuevamente por haber comprado unas medias de seda cuando no habían sido más que una extravagancia.
No estaba segura de tener suficiente. No estaba nada segura. Pero si tuviera suficiente para el billete, no se preocuparía por la comida. Podía pasar unos cuantos días sin comer. Ya lo había hecho antes. Claro que también podía pedir prestada una pequeña suma a Ned Driscoll.
Pero probablemente no volvería a verlo nunca para devolverle el dinero, y quizá nunca tendría dinero suficiente para devolvérselo. Además, Ned ya estaba haciendo un sacrificio por ella. Había accedido a llevarla en su calesa antes del amanecer hasta Wollaston para coger la diligencia. Se había mostrado muy reticente a hacerlo, y estaba bastante segura de que si le hubiese ofrecido dinero, si es que hubiese tenido dinero para ofrecerle, lo habría rechazado categóricamente.
Pero Hinata solo contaba con su capacidad de persuasión y con el hecho de saber que tenía debilidad por ella. Puede que lo despidieran por ayudarla. Pero Hinata no podía planteárselo. No podía soportar una preocupación más. No había otro modo de llegar a Wollaston a tiempo que no fuese robando un caballo. Y ella nunca había robado nada.
Volvió a mirar el pequeño fardo de ropa que había guardado dentro de su vieja capa gris y se preguntó si llevarse la ropa que había comprado con el dinero de Su Excelencia en Londres se podía considerar robo. Pero se estremeció al pensar en ponerse el viejo vestido de seda y la capa gris.
Se marcharía de Konoha Hall. Lo había decidido en el transcurso del día.
Se había pasado casi todo el día sintiéndose como un oso encadenado a un poste; de hecho, había tenido esa misma sensación la mayor parte del tiempo durante los últimos tres meses. No podía soportarlo más. Si se quedaba un solo día más perdería una parte de sí misma, de su ser más íntimo, y al fin y al cabo eso era todo lo que le quedaba.
Se iría al único lugar al que podía ir conservando su orgullo y su integridad. Se iría a casa, a Byakugan House. Claro que al hacerlo solo se dirigía a un desastre seguro. Pero en el transcurso de tres meses había descubierto que había algunas cosas peores que la perspectiva de enfrentarse a unos cargos contra los que no podía defenderse. Había algunas cosas peores que el miedo al castigo final.
Si la colgaban perdería la vida. Si se quedaba tal y como estaba se perdería a sí misma.
Él le había dicho que podía ayudarla. Que la ayudaría. ¿Al igual que había hecho Toneri? ¿La salvaría de la cárcel y de la muerte a cambio de ciertos favores? Él lo había negado rotundamente y ella le había creído… casi le había creído.
¿Pero cómo podía creerle? ¿Cómo podía ayudarla? ¿Y por qué querría hacerlo? Puede que para él solo fuese una puta que le daba lástima. O una puta a la que esperaba engatusar para tener una relación más duradera.
Ella quería creerle. Quería confiar en él. ¿Pero cómo podía hacerlo? Llevaba mucho tiempo sola. Incluso Gaara, que era amable y devoto, no habría sido capaz de ayudarla en su problema. Habría tenido una crisis de conciencia si le hubiese pedido ayuda tras reconocer que había matado a Zetsu, aunque hubiese sido en defensa propia.
Ansiaba creerle. Se sentó en el borde de la cama y cerró los ojos. Y se percató de lo que había sucedido en las últimas semanas, de una manera tan gradual que Hinata apenas había percibido la transición. Él había pasado de ser su pesadilla a convertirse en su sueño.
Porque había llegado a considerarlo un hombre que merecía su respecto, que le agradaba, y puede que incluso… No, no.
¿Porque él lo había planeado de ese modo? ¿Porque había planeado una seducción gradual siguiendo pacientemente unos pasos, más hábil que la de Toneri?
Hinata dejó caer la cabeza hacia delante hasta apoyar el mentón en el pecho. No sabía qué creer, pero sabía que debía apartarse de él al igual que debía marcharse por otros motivos. Era un hombre casado y puede que malvado.
Tenía una imagen de él en el jardín del señor Inuzuka, hablando con la señora Akita, con Lady Sarada subida a su hombro gritándole excitada al oído.
Hinata había sido su prisionera durante todo el día. Jeremy se había pasado la mañana fuera de la biblioteca y la tarde fuera del cuarto de estudio. La había acompañado hasta abajo para cenar y de vuelta a su habitación después de pasar un par de horas con la señora Shizune.
¿Había sido su prisionera? ¿O sencillamente se había dedicado a protegerla?
Jeremy le había explicado que Toneri había subido aquella tarde y se había molestado mucho al decirle que la señorita Hamilton había recibido órdenes de Su Excelencia de trabajar con su alumna toda la tarde sin interrupción.
Pero se había sentido como una prisionera. Como una presa para ambos.
Como un oso encadenado a sus sabuesos.
Tenía que marcharse. Tenía que irse a casa. Toneri la seguiría hasta allí, y luego interpretarían la última escena de la obra que había empezado casi tres meses atrás.
No había ningún misterio acerca de cómo concluiría. Pero no quería eludirlo durante más tiempo. Tenía que volver y aceptar de alguna manera lo que había hecho y las consecuencias que acarrearía.
Mejor volver libremente a que la llevaran encadenada. Y mejor volver sola e independiente que como la novia o la amante de Toneri, despojada de su integridad para siempre.
Acabó apagando la vela y echándose totalmente vestida encima de las mantas de la cama, mirando hacia la oscuridad.
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Continuará...
