Jinny llamó a la puerta de la habitación de su ama pero entró antes de escuchar la respuesta. Haciendo equilibrio con la bandeja en una mano empujó la puerta, la Señorita no se movió de donde estaba, se había quedado dormida sobre las mantas. Ya había oscurecido, la joven apoyó la bandeja sobre la cama e intentó despertar a Demelza.
Alguien le tocaba el hombro pero no podía abrir los ojos, tenía los párpados pegados por sus propias lágrimas.
"Señorita…" insistió Jinny una vez más.
"Si Jinny." Demelza despegó la cabeza de la almohada e intentó incorporarse.
"Disculpe que la despierte, le traje un té, la cena estará lista en unos momentos… El Señor Francis la está esperando aún."
"Judas. ¿Cuánto tiempo dormí?"
"Algo más de una hora."
Demelza apoyó la espalda sobre el respaldo de la cama, se sentía muy cansada y aún estaba algo dormida. Jinny le acercó la bandeja para que bebiera el té y se sentó junto a ella en el borde de la cama tras un gesto de Demelza.
"¿Francis sigue aquí?"
"Si, aún la espera para llevarla a Trenwith. Prudie le ha dicho que usted no irá pero el insistió en aguardar. Han estado hablando un buen rato."
"¡Judas!" repitió y bebió un sorbo de la taza.
"Si. ¿Aún va a ir? ¿Quiere que le ayude a buscar su vestido negro?"
Demelza no respondió inmediatamente. ¿Qué hacer? No tenía ganas de volver a Trenwith, a volver a ver la tristeza de Elizabeth y estar entre medio de ella y Francis. Sabía que ellos la necesitaban, pero no había mucho que hacer tan pronto y ciertamente no durante la noche. Y Elizabeth seguramente pegaría un grito en el cielo cuando llegaran y les preguntara porque se habían tardado tanto. Francis se tendría que haber ido ya, su lugar era junto a su esposa por más que tratara se huir de sus responsabilidades, porque eso era lo que estaba haciendo. Hasta hace un par de años atrás ella se hubiera ido con él sin dudarlo, pero ahora entendía que el debía estar y cuidar de su hogar, era hora que lo entendiera él también. ¿Y ella? ¿Qué debía hacer ella? Pues ella también tenía una casa y una mina de la que ocuparse, en eso debía concentrarse. En nada más. No en él. Por mas que en él fuera en todo lo que pudiera pensar aún cuando se intentaba engañar a si misma de que estaba pensando en algo más.
"Siento mucho lo de su tío, no había tenido la oportunidad de decírselo antes." Dijo Jenny a su lado.
"Gracias, Jinny." Las jóvenes se tomaron un breve momento de la mano.
"Lleva esto abajo, y dile al Señor Francis que en un momento bajaré a despedirlo. Me quedaré aquí esta noche."
Ross observó a Francis Chynoweth alejarse de Nampara. Había pasado más de una hora desde que la Señorita Demelza lo había echado de su casa. El tampoco sabía qué hacer. Tendría que haberla seguido, suplicarle que lo escuchara un momento, pedirle que lo perdonara una vez más. Ya tantas veces lo había hecho, ella no se merecía que la hiciera sufrir, que nadie la hiciera sufrir. Pero que fuera él el culpable de su enojo no lo toleraba, necesitaba que ella lo perdonara aunque el no se perdonara a si mismo. Ross no había vuelto a la mina ni se había ido a su casa, se había quedado aguardando, oculto detrás de unos arbustos entre los manzanos, tenía una vista directa a la entrada de la casa. La noche había caído sobre los campos que el había sembrado el año anterior, pronto sería tiempo de cosechar de nuevo, y Demelza necesitaría ayuda. Una tenue luz brilló detrás de la ventana de la Señorita, una vela encendida. No mucho tiempo pasó después hasta que el Señor Francis salió de la casa, montó en su caballo y cabalgó hacia el camino que lo conduciría a Trenwith. Iba solo.
Demelza bajó a despedirse de Francis. El joven hasta se ofreció a quedarse allí en Nampara a hacerle compañía si no se sentía bien, bajo la mirada de reproche de Prudie, quien había sacado unas cuantas conclusiones en esa última hora. "Es con Elizabeth con quien debes estar Francis, no conmigo." La manera en que él la miraba, la forma en que sus ojos brillaban al posarse en su rostro Demelza la conocía, era la misma forma en que el la había mirado todos esos años atrás. Francis parecía no haber cambiado, como si el tiempo lo hubiera congelado en aquel joven despreocupado que alguna vez fue. Demelza había olvidado como esa mirada la hacía sentir, como el recuerdo de aquel joven la había acompañado en los meses que pasó en soledad cuidando de su padre, como su corazón se había despedazado al escuchar la noticia de su compromiso con su prima. ¿Estaba roto aún? No. Su corazón había sanado, aunque estaba algo mancillado en ese momento, pero no por Francis, él había quedado en el pasado.
"Quiero quedarme contigo." Murmuró para que sólo ella lo escuchara.
"Ve con tu esposa, primo Francis. Yo descansaré esta noche aquí e iré mañana." Fue en la palabra primo que la mirada de Francis se enfrió. Pero eso era todo lo que él era para ella. Estaba exhausta.
"El aún la ama." Observó Prudie una vez que estuvieron a solas.
"¿Acaso lo hizo realmente alguna vez? Ya no importa ahora… volveré a recostarme."
"Ah no mi niña, debe comer algo primero. El pastel ya casi está listo."
A duras penas Prudie intentó que Demelza comiera algo pero no tenía apetito. No tenía ganas de nada en realidad. El día había sido largo, y el no haber dormido la noche anterior le estaba pasando factura. La noche anterior, parecía que habían pasado siglos desde entonces, o quizás había sido un sueño. Como desearía que Ross estuviera allí, sentir su fuertes brazos abrazándola, pero no. El también se había comportado como un tonto y Demelza se reprendió por extrañarlo. No sabía si estaba enojada, si lo estaba, pero más que nada era que él la había decepcionado. Había hecho bien en rechazar hablar con él pero a su mente vino su imagen, la tristeza en su rostro cuando le dijo que se fuera de su casa, ella nunca lo había tratado así.
A pesar de su cansancio no podía dormir. Lentamente se quitó la ropa y se puso el camisón pero no se metió en la cama, solo se quedó sentada en el borde observando el crepitar del fuego en la chimenea hasta que un ruido fuera de la ventana la alarmó. El vidrio de la ventana se abrió de golpe. Era la misma ventana por la que ella se había escabullido la noche anterior para ver al muchacho y en ella apareció él.
Ross había esperado que la luz se la vela de la cocina se apagara, había salido de su escondite y con mucho sigilo se había dirigido hacia el establo y había trepado sobre el techo de paja, por el mismo lugar en que Demelza le había contado que se había escapado la noche anterior para verlo. Por fortuna la ventana no estaba cerrada y cuando la abrió pudo verla sentaba al borde de la cama y ponerse de pie al verlo aparecer por la estrecha abertura.
"¡¿Qué haces aquí?!" Exclamó.
Ross se llevó un dedo a la boca indicándole que no hiciera ruido. Ella estaba en todo su derecho de gritar, podría despertar a toda la casa y lo encontrarían colándose en la habitación de una dama. Por más que Jud no pudiera sacarlo a la fuerza habría testigos, dirían que lo encontraron en la habitación de una mujer noble, que la Señorita Demelza gritó pidiendo ayuda porque un pobre minero se quería aprovechar de ella. Lo colgarían. Pero Demelza no gritó de nuevo. Permaneció en silencio observando como el muchacho metía con esfuerzo una pierna y luego la otra por la pequeña ventana. En un instante estuvo dentro. Él ya había estado en esa habitación, Dios, había pasado tanto tiempo desde entonces.
El tiempo pareció detenerse, todo el aire se escapó a través de la pequeña ventana por la que el muchacho había entrado. Estaban de pie, frente a frente. Demelza sosteniéndose de uno de los postes de la cama, Ross no se movió de donde habían aterrizado sus botas. Había estado tan enojada, aún lo estaba, pero no quería llorar, no frente a él. No por él. Por fortuna ninguna lágrima se asomó en sus ojos y Ross sólo podía ver el enfado en su rostro.
"Lo siento." – "No debe estar aquí." Los dos hablaron al mismo tiempo.
Al fin, las piernas de Ross parecieron encontrar la fuerza para moverse y con pasos lentos pero decididos se acercó hacia donde ella estaba.
"Le dije que no quiero ver a nadie, debe irse."
"Lo siento, cariño. Lo siento." Susurró Ross y Demelza quedó de nuevo en silencio al escuchar la palabra de afecto.
Ross continuó acercándose hasta que estuvo frente ella. "Siento mucho la muerte de tu tío y… siento haberme comportado de esa forma esta tarde. Perdóname."
Demelza desvió la mirada, sentía las lágrimas a punto de aparecer en sus ojos así que no vio al muchacho estirar sus brazos hacia ella y tomarla por la cintura. Era algo que él estaba acostumbrado a hacer cada vez que estaban solos, ella nunca lo había rechazado, no en serio. Apenas sintió sus manos en ella Demelza dio un paso atrás, acompañado por un empujón en el pecho de Ross que lo hizo trastabillar y dar un paso hacia atrás. Las lágrimas no salieron.
"No debería estar aquí. ¡Váyase!"
"Lo sé. Sé que me odias, que no tengo ningún derecho a estar aquí, ni siquiera tengo derecho a dirigirte la palabra pero quiero que sepas que lo siento mucho. Yo, yo…"
"Usted… usted ¿Qué? No tenía ningún motivo para tratarme como lo hizo, a decirme lo que me dijo…"
"Trátame de tú, Demelza."
"… Cuando durante todo el día por mi cabeza lo único que me afligía más, más que la muerte de mi propio Tío, era que estaba faltando a mi palabra con usted." – La voz de Demelza se quebró entonces – "¿Qué motivos le he dado para que me trate de esa forma?"
"¿Motivos?" gruñó Ross.
"Si. ¿Qué le he hecho yo?"
"¿En serio me lo preguntas?" – "Se lo pregunto, de verdad."
Ross se tomó un momento antes de responder.
"Me vuelves loco. Desde el día en qué te conocí mi vida no es más que una tortura que sólo se ve aplacada cuando estoy contigo. Te amo con locura. Aún sabiendo que nunca podrás ser mía, aún sabiendo que tú no sientes lo mismo por mí. Soy… sé que tengo un carácter impulsivo, que no pienso las cosas antes de decirlas, que no debería haber dejado que esto llegara tan lejos. ¿Me preguntas qué has hecho? Pues tienes mi corazón en tus manos y lo haces añicos. O lo harás. Estás comprometida para casarte con alguien miserable, y te apareces con el hombre que en verdad amas después que anoche nosotros… discúlpame de nuevo por cómo me comporté pero ¿de qué otra forma podría haberlo hecho? Eso es lo que vine a decirte, entiendo si ya no quieres volver a verme."
En el momento que le tomó asimilar lo que el muchacho había dicho Ross se dirigió de nuevo hacia la ventana. Él la amaba, eso había dicho. Eso fue lo que resaltó de todo lo que dijo.
"¡Ross!" En un segundo estuvo en sus brazos. Ella rodeó su cintura y Ross, dubitativo colocó sus manos en sus hombros y luego en su cabeza, acariciando sus suaves cabellos.
"¿Porqué dices que yo no siento lo mismo por ti?" Demelza levantó su rostro para observarlo.
"Tú… amas al Señor Francis."
"¿De verdad crees eso? ¿En serio crees que después de todo lo que compartimos juntos yo podría amar a alguien más?" Ross no podía creerlo. Demelza llevó una mano a su mejilla y suavemente colocó un mechón de pelo que había caído sobre su cara detrás de su oreja y acarició su rostro. Demelza se puso en puntas de pie y acercó sus labios para besarlo pero Ross se alejó unos centímetros.
"Demelza… yo no tengo nada para ofrecerte."
"Esto es todo lo que quiero. Ross… dijiste que me amas ¿Es verdad?"
"Con todo mi corazón."
"Y yo te amo a ti. Bésame."
Ross obedeció la orden. Un beso dulce, lleno de ternura que pareció consumir sus corazones. Además de sus labios Ross besó sus mejillas, sus párpados, su frente y la coronilla de su cabeza, y al fin la contuvo en el abrazo que habría debido darle esa tarde. Los minutos pasaron lentamente y Demelza se relajó en el calor de su cuerpo y el latir de su corazón en su pecho.
"Debes descansar, de seguro tuviste un día agotador."
Demelza ya estaba casi dormida. Ross no tuvo resistencia cuando la guió hasta el borde de la cama, su intención era acostarla, arroparla e irse por el mismo lugar por donde había venido. Pero ella abrió las mantas, se metió en ella y extendió su mano hacia él invitándolo a que se acostara a su lado. El dudó un momento, pero ni la amenaza de la horca era tan fuerte como para alejarlo de ella. Ross se quitó las botas y se ubicó a su lado. Demelza los tapó a ambos con las sábanas y apoyó su cabeza en su pecho. No pasó mucho hasta que se quedó dormida.
Ross no se durmió. Permaneció en silencio, quieto disfrutando el calor del esbelto cuerpo que yacía a su lado. Era la segunda noche que pasaban juntos, pero esta vez el no podía quedarse. Nadie debía verlo allí, ni sospechar que había estado, de otra forma la Señorita Demelza perdería su buen nombre. Ross esperó hasta que la llama de la vela se extinguió, y tratando de no despertarla intentó levantarse de la cama, pero el brazo de Demelza estrechó su cintura apenas se movió.
"¿Ross?" Dijo media dormida levantando la cabeza.
"Debo irme Demelza, antes de que alguien se dé cuenta de que estoy aquí."
Demelza se terminó de despertar y se sentó en la cama. "Nadie sabrá que estás aquí. Solo tú y yo." Y tomó su mano hundiéndose de nuevo bajo las mantas. En la oscuridad de la noche alcanzó a ver la tímida sonrisa en sus labios y su cabello parecía dorado iluminado por los restos del fuego que había refulgido en la chimenea. Lo atrajo hacia ella y Ross se acostó de nuevo, pero esta vez mitad de su cuerpo estaba sobre ella.
"Quiero que te quedes, muchacho." Dijo. Y él no podía decir que no. Nunca podía decir que no. Y volvió a besarla. Una y otra vez. Ella se sentía relajada, liviana como una pluma y el no podía despegar sus labios de ella. Sus manos estaban en su cabeza, sus dedos entrelazados en su pelo atrayéndolo aún más hacia ella. Hasta que sintió una mano deslizarse desde su cuello y por su espalda hasta que llegó al borde de sus pantalones y tras solo un segundo de vacilación introdujo sus dedos por debajo de la tela y apretó su trasero haciéndolo gemir.
"Demelza…" suspiró. Y ella entendió lo que quería decir aunque él no lo dijera.
"Querido Ross… quédate conmigo."
Ross volvió a besar todo su cuerpo pero ningún beso fue casto esa noche. Hubo momentos en que Ross temió que alguien se despertara debido a los gemidos de la Señorita Demelza, otras veces se dio cuenta que era él quien gemía demasiado. Por fortuna la ventana por la que se había colado había quedado abierta y por ella entraba una suave brisa que refrescaba sus acalorados cuerpos desnudos. Durante esas horas a Ross no le quedó ninguna duda de que ella lo amaba, y, al menos entonces, no tuvo las inseguridades que siempre lo invadían. Porque cómo tenerlas cuando ella se había entregado por completo a él y ahora dormía como un ángel en sus brazos. Ross la siguió observando hasta que sus párpados se dieron por vencidos y él también sucumbió al sueño.
Cuando se despertó ya era de día. Un ruido lo había despertado, luego se dio cuenta que fue el chirrido de la puerta de la habitación de la Señorita Demelza al abrirse.
"Buen día Señorita, le traigo el desayu…" Jinny dio un pequeño gritito al verlo en la cama con su ama. Demelza se despertó de un salto, sentándose de golpe y revelando sus pechos desnudos y al levantar las sábanas Ross pensó que lo iba a destapar a él también así qué tomó el acolchado de un tirón y se dio la vuelta y al parecer estaba muy cerca del borde de la cama porque cayó rodando al piso envuelto en la manta. La jovencita sin saber que hacer retrocedió y volvió a salir con la bandeja.
"¡Jinny!" Llamó Demelza sosteniendo las sábanas contra su pecho.
