Aunque aquí ponga final, no os preocupéis; habrá un epílogo.
Tres meses después...
Al fin, el día más deseado por ambos llegó. Los nervios se hicieron presentes, y por ello no sabían que decir ni hacer.
Zelda se encontraba en sus aposentos. Llevaba puesto un fino vestido blanco que dejaba ver sus hombros, sin mangas, y que se ceñía justo debajo de sus pechos. Tenían dos guantes del mismo color que le llegaban hasta los codos. La falda de seda le cubría las piernas, facilitando que su vientre (que ya empezaba a crecer) no la molestara. Sus zapatos dorados no se podían ver por debajo del vestido, pero combinaban muy bien. Su pelo rubio estaba perfectamente peinado, decorado también con una diadema de rosas blancas. Le sonrió a su reflejo.
Unos golpes resonaron en la puerta. Al dar la orden de entrar, llegó Pay, quien iba elegante y ocultaba algo.
-¡Por Hylia, Zelda! ¡Estás guapísima! -alabó la sheikah. La princesa enrojeció.
-Gra... gracias -consiguió decir. Era cierto que la elección de su vestido y peinado fue exhaustiva. Siempre buscaba la forma de estar lo más guapa posible para Link.
Por supuesto, no le dijo nada a su amado. Y ella tampoco vio el traje. Todo se vería en la ceremonia.
-Por cierto -Pay la sacó de sus pensamientos -te traigo algo de parte de Link.
Al verlo, Zelda sonrió, emocionada.
Una princesa de la calma. Su flor favorita.
La gente dice que todas las flores son iguales, pero eso es mentira. Cuando la flor te la regala alguien especial para ti, te parecerá la flor más hermosa que habrás visto. Aunque los colores sean exactamente iguales.
Zelda decidió dejarla en un pequeño jarrón que había al lado del espejo, y se miró por última vez. Acarició su vientre.
-Ha llegado el día de que tu padre y yo nos juntemos para siempre. Prometo que te querré hasta el último segundo de mi vida -le dijo a su bebé. Acto seguido, comenzó a caminar en dirección a la puerta. Pay la guió hasta la gran iglesia.
-¿Lista? -le preguntó ella. La princesa asintió.
De repente, y nada más abrir la puerta, se sintió que caminaba en un sueño. Sus pasos la guiaban hacia delante, lugar donde el héroe se encontraba. Llevaba un traje blanco con corbata, zapatos blancos y el pelo recogido en una coleta que fue recogida con esmero. En su cara se veía reflejada una adorable sonrisa y una mirada cargada de sentimientos.
Una vez que llegó allí, sintió cómo todos los presentes se sentaban en sus sitios. Miró a su amado, sonriendo. Era tan guapo...
-Hoy estamos todos reunidos para celebrar la unión en matrimonio entre el héroe de Hyrule, Link, y la princesa del reino, Zelda -habló el cura, con una voz grave y profunda, e incluso solemne. Se escuchó algún suspiro femenino.
-Ahora -prosiguió -es hora de que digan sus votos. Link...
El aludido le dedicó una sonrisa a Zelda, antes de comenzar a hablar.
-Eres una persona maravillosa, Zelda. Yo, un chico joven nacido en una familia de caballeros, nunca pensé que me casaría con una princesa. O sí, pero da igual. El caso es que no me arrepiento de haber permanecido a tu lado todo el rato. No me arrepiento de cuando arriesgué mi vida por tí. Lo eres todo para mí, ahora y siempre. Siempre estaré a dispuesto a protegerte con todas mis fuerzas. Te quiero... no, te amo -dijo el joven. A la princesa casi le daban ganas de llorar, lanzarse a sus brazos y besarlo, pero mantuvo la compostura.
-Majestad, su voto -le apremió el oficiante. Zelda se aclaró la garganta.
-Lo primero que debo hacer es darte las gracias. Por todo lo que has hecho por mí y por el reino. Yo, una princesa agobiada por lo que diría la gente y por no saber cómo despertar mis poderes, te desprecié, te alejé de mí. Aún así, seguiste a mi lado y me apoyaste en todo. Fuiste la clave que me hizo despertar los poderes, y ahora no te quiero abandonar. Si hay más como yo, ojalá que tomen la misma decisión. Yo te amo desde lo más profundo de mi corazón, y no habrá cielo, mar o Crepúsculo que nos separe -le habló, muy segura de sí misma. Eso provocó que el héroe también quisiera llorar. Pero no quería hacerle pasar un mal momento a Zelda, así que aguantó sus lágrimas.
-Unas bonitas declaraciones. Ahora ha llegado el momento más esperado -anunció el cura. Miró a Link -Link, Héroe de Hyrule, ¿deseas a la princesa Zelda como única y legítuma esposa, y prometes amarla y respetarla en la prosperidad y en la adversidad, en la riqueza y la pobreza, la salud y la enfermedad hasta que la muerte os separe?
-Sólo se me ocurre una única respuesta: sí -le dijo, mirando a Zelda.
-Princesa... -el cura aclaró su garganta -¿deseáis a Link como único y legítimo esposo, y prometéis amarlo en la prosperidad y en la adversidad, en la riqueza y la pobreza, en la salud y la enfermedad hasta que la muerte os separe?
-Lo haré. Ahora y siempre -respondió con firmeza.
-Aquel que desee cancelar esta unión, que hable ahora o calle para siempre -nadie dijo nada -Con el poder que me ha sido concedido, yo os declaro marido y mujer. Que las Diosas iluminen vuestro camino. Puedes besar a la novia -sentenció.
No había terminado de hablar, y Zelda se había lanzado a los brazos de Link, presionando sus labios con los de él con frenesí, y también dejando que las lágrimas de felicidad corrieran. El joven las atrapó, y rodeó a su esposa por la cintura, disfrutando más que nunca del contacto de sus cuerpos. Fue entonces cuando se dio cuenta de que todo el mundo aplaudía incansablemente.
Se fueron caminando hacia la entrada, con una lluvia de arroz de regalo. En la entrada les regalaron un ramo de rosas, que procuraron agradecer, y se dirigieron hacia el carruaje.
-Uf, por fin -habló Link una vez se subió al carruaje. Zelda se arrimó más a él, uniendo sus manos.
-Al fin juntos. Para siempre... -quería decir algo más, pero se tuvo que callar cuando su esposo la besó por segunda vez. Luego apoyó las rodillas en el suelo, puso su oído en el vientre de ella y le dio un beso allí.
-Hola cariño. Tenemos muchas ganas de conocerte. Ojalá llegues pronto. Mamá y yo estamos muy felices juntos, y creemos que lo seremos más cuando ya estemos contigo fuera -le dijo al bebé. Zelda sonrió una vez más.
-¿Sabes? Eres un buen padre -le dijo desde lo más profundo de su corazón.
El héroe se volvió a sentar. Fue entonces cuando sintieron movimiento. Se desplazaban hasta su habitación. Allí se cambiarían y se prepararían para la ceremonia de coronación.
Cuando ya entraron a su habitación, encontraron encima de la cama unas prendas, que reconocieron como los trajes que a partir de ahora utilizarían. Se cambiaron, y procuraron que sus ayudantes le pusieran adecuadamente el pelo.
Antes de marchar, Zelda miró a Link. Él llevaba una camiseta granate con bordes dorados en las mangas y cuello. Llevaba una gabardina azul con detalles también dorados. Sus pantalones eran blancos y se metían dentro de unas botas marrón oscuro.
También se miró al espejo. Llevaba una blusa blanca que sólo se veía en la zona del cuello. Hacía juego con su vestido azul de bordes granates y detalles dorados. Terminaba con unos zapatos azul oscuro.
Cuando al fin llegó la hora, la pareja de recién casados subieron las escaleras en dirección al salón de fiestas del castillo. Allí la gente ya se agrupaba, y se callaron al verlos entrar. En el altar, Impa estaba de pie con un semblante firme, y su nieta Pay sujetaba las dos coronas en una lujosa almohada. Ambos caminaron dados de la mano, sabiendo lo que les espera en el futuro.
-Buenos días, pueblo de Hyrule. Después de más de cien años en los que no hubo ni rey ni reina, hoy podremos daros una buenas noticias: a partir de hoy, la princesa Zelda, heredera del trono, pasará a su condición de reina, junto con Link, su esposo. Es hora de que realicen sus promesas como nuevos rey y reina.
-Zelda, ¿prometerás ser una gran reina, que trates con humildad y respeto a tu pueblo, y hagas todo lo posible para que prospere y mejore el reino? -preguntó la sheikah.
-Puede que sea una heredera nata, pero después de vivir en las mismas condiciones que los demás y darme cuenta de su situación, prometo ser una reina fiel y atenta a todas las necesidades del reino -todos los presentes aplaudieron, a la vez que Impa cogía la corona de oro que perteneció en su día a la madre de Zelda, y se la puso a la joven en la cabeza.
-Link, ¿prometerás ser un gran rey, que trates con humildad y respeto a tu pueblo, y hagas todo lo posible para que prospere y mejore el reino? -le repitió la pregunta al héroe.
-Puede que yo no sepa qué es ser rey, y nacer en una familia de humildes caballeros me facilita saber la actualidad del reino. Aún así, haré todo lo posible para satisfacer las necesidades que tengan, a la vez que ayudarnos los unos a los otros para prosperar. Prometo ser un buen rey -el discurso de Link conmocionó a todos. Empezaron a aplaudir como locos al ver cómo Impa le colocaba la corona que perteneció en su día al rey Rhoam, padre de Zelda en su cabeza.
Acto seguido, pasó una espada por los hombros de ambos, sellando sus promesas.
-Ahora, y para finalizar, ¡aplaudan al nuevo rey y a la nueva reina de Hyrule!
La sala estalló en aplausos y vítores. Esa situación desencadenó el tercer beso del día entre Link y Zelda, ahora reyes. Cuando se separaron, se miraron con decisión.
-Gracias por aceptar nuestra unión y que seamos reyes de Hyrule. Ahora, quiero que Sidon de la región de los zora, Riju de la ciudadela gerudo, Teba del poblado orni, Yunobo de la ciudad goron y Pay de Kakariko se presenten delante del altar.
Los aludidos se levantaron de sus asientos, sorprendidos. Se acercaron allí, y se colocaron en frente de Link y Zelda. De repente, vieron cómo cinco mujeres se acercaban con unas capas verdes y se ponían en frente de ellos.
-Si aceptáis ser los nuevos integrantes del nuevo Consejo, hacérnoslo saber poniendo esas capas -indicó Link. Tras un breve rato de reflexión, todos cogieron sus prendas y se las pusieron. Eran decoradas con el estilo de las que Link y el resto de integrantes poseyeron hace cien años, y que él mismo dejó que enterraran en las tumbas de sus legítimos dueños. Por supuesto, él conservaba la suya propia. Otra vez la sala estalló en aplausos.
Un rato después, héroe y princesa bajaron al banquete real, el cuál se celebraba en los jardines del castillo. Tres largas mesas estaban dispuestas de forma paralela, y en la de en medio se sentaron sus conocidos. Al final, habían dos tronos en los que ambos se sentaron.
Eran muy felices, y a partir de ese instante su nueva vida empezaba.
Ocurrió por la madrugada.
Durante los seis meses siguientes, Link y Zelda disfrutaron de su vida, y se ayudaron mutuamente en el reinado. Aunque tuvieron sus dudas, hicieron todo lo posible para que el reino prosperase.
Y así fue.
Hyrule no paraba de destacar, y ahora parecía que atravesaba una época dorada.
Volviendo al tema, Link y Zelda dormían profundamente en la cama de matrimonio de su habitación, cuando algo súbito despertó a la joven. Al principio no supo qué le ocurría, pero bastó con que se moviera un poco para descubrir con terror lo que pasaba: había mojado la cama. Y esto se acompañó de un leve pinchazo, arrancándole un discreto quejido. Al ver que iba a más, despertó a Link.
-¿Qué pasa, Zelda? ¿Po... por qué la cama está mojada? -le preguntó.
-Lla... llama a la partera -le dijo. El héroe, consciente de lo que ocurría, dejó el nerviosismo a un lado y corrió a la habitación donde ésta se encontraba.
Zelda trataba de soportar las contracciones, pero no pudo dejar escapar un grito al sentir cómo su bebé quería salir. Justo en ese momento llegó la partera acompañada de su esposo, a quien se le había permitido estar presente en el parto.
La hyliana retiró su pelo y abrió sus piernas. La partera evaluó las dilataciones, y decidió que era hora de dar a luz.
-Vale. A partir de ahora, trata de empujar. Debes también realizar inspiraciones profundas -le indicó. Zelda asintió, y se agarró a la mano de Link. Empujó tal y como le pedía el cuerpo, a la vez que paraba para inspirar profundamente.
La mente del héroe y de la princesa se centraban en aquella criaturita que poco a poco iba saliendo, olvidándose de cualquier persona que no fuera ellos.
-Venga, ya se ve la cabeza -la apremió la partera. Zelda siguió empujando, notando también cómo el sudor resbalaba en ella. Los siguientes minutos siguió así, hasta que sintió como si algo la abandonara. Cerró los ojos y se apoyó en la almohada, pero los volvió a abrir en cuanto escuchó un llanto. La mujer sostenía en sus brazos a un niño ensangrentado, que rápidamente fue lavado por las asistentes y envuelto en una fina manta infantil de buena calidad, regalo de Pay.
-Bueno, este pequeño está bastante sano, y su madre está cansada, pero bien. Felicidades -anunció, entregándole al niño.
Cuando Zelda cogió a su hijo, le dieron ganas de llorar, como a Link. El niño era de un pelo rubio parecido al de ella, pero al abrir los ojos reconoció en su iris el azul angelical de Link. El color de piel y la boca era una mezcla de ambos padres.
-Zelda... nuestro hijo es nuestra combinación perfecta -le habló Link, a quien le brillaban los ojos. Ella asintió, a la vez que lágrimas de emoción humedecían sus mejillas. Llevar a esta hermosa criatura en su vientre durante nueve meses, para luego verla aquí... era algo mágico.
-Por cierto... -intervino la hyliana -¿qué nombre le pondremos?
-Mmm... -el nuevo padre pensó unos segundos -si fuera niña, la habríamos llamado Zelda, ¿no?
La reina dudó. En cierto momento, Hylia le dijo que el próximo Cataclismo se produciría muchos años después, dándole libertad para elegir un nombre.
-Bueno -se decidió -creo que lo podríamos llamar Noah, ¿no?
Link se puso a pensar, y luego le sonrió.
-Vaya, parece que eso de la elección de nombres se te da muy bien -la elogió. Le dedicó un corto beso en los labios -Me encanta Noah. Espero que a él también le encante.
Después de esto, pusieron a Noah en su cama y se durmieron.
A partir de ahora, se harían muy responsables, y su hijo crecería muy feliz.
Nos vemos en el epílogo,
Mary G.
