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Caminando por el pasillo, atiborrado de gente yendo y viniendo, Gohan vislumbró, a lo lejos, a su hermano menor. Ambos cruzaron miradas y él notó dos cosas. Primero, Goten lo observaba perplejo, con el celular pegado en su oreja; y segundo, él logró advertir que su celular estaba temblando en su bolsillo derecho del pantalón, quizás desde hace cuánto, con el nombre de "Goten" parpadeando en la pantalla. El menor de los Son desistió por motivos obvios y procedió a guardar el aparato en su abrigo. Luego, Gohan tragó saliva, relajó los hombros y comenzó a avanzar hacia su hermano, con la boca seca. Mientras un par de personas chocaron con él, en sus caminos de dar ayuda a otros, el saiya notó como el chico bajaba la cabeza, girándola a ambos lados, evitando su mirada. Por su lado, el mayor de los Son contuvo la respiración, tal como si fuese viajando en un automóvil, con los frenos cortados, preparándose para el impacto. Cuando estuvo frente al joven, contempló como éste ni siquiera pudo alzar su frente nuevamente, dejando caer un largo quejido, tapándose la boca.

Gohan no supo cómo obtuvo la fuerza, pero alzó sus manos y lo recibió en un abrazo. El chico le sorprendió, rodeándolo con fuerza, apoyando su frente en uno de sus hombros, sollozando. En ese instante, Gohan se dio cuenta que, por más que lo deseara, él no podía disponerse a llorar. Solo atinó a tocar la cabeza de su hermano con una de sus manos, tratando de darle calma, lo cual parecía tener un efecto inmediato pues, Goten se alejó unos centímetros para poder hablar. "Vine acá al hospital a ver a una amiga de la universidad, cuando me di cuenta que, cerca de unos cuerpos cubiertos…", Gohan alzó una de sus palmas abiertas, como si le pidiera no hablar más. El menor de los Son pasó su mano izquierda por el rostro humedecido, bajando la mirada, girándose a observar a la puerta que ambos ahora tenían tras de sí, indicando con los ojos que allí se encontraba lo que ambos llevaban buscando, por tres días, sin descanso.

El corazón de Gohan se detuvo: ahora sí sentía como su vehículo emocional, sin frenos… iba a estrellarse contra la pared.

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No pasó mucho tiempo antes que Videl decidiera alzar vuelo para ganar distancia con más velocidad. La ruta le recordó a esa película antigua donde existía un largo camino amarillo y, finalmente, un mago que revelaba una verdad tras un elevado biombo. La diferencia de su experiencia actual, con aquel filme, consistía en que ella en realidad no estaba segura de qué estaba buscando. Su conocimiento del Camino de la Serpiente se ceñía a las declaraciones de Gohan y pues, si hacía memoria de ese relato (una tarde en el Distrito 439), el semisaiya no había ahondado más en cómo su padre había travesado el mundo de los muertos. Ahora, mientras sentía el viento pasar por su rostro y cuerpo, su mente se repletó de más interrogantes, mezcladas con recuerdos de la última noche que pasó con el saiyajín en Corporación Cápsula.

Si su suegro no se encontraba en este mundo, ¿seguiría, entonces, en el Templo Sagrado? La idea le parecía un tanto difícil de creer. Siendo honesta, una vez que se cumplieron diez años de que el guerrero no salió de allí, ella incluso llegó a pensar que él debía haber muerto. Convencida de eso, de su total ausencia, pensó en tratar el tema con Gohan pero, en breve, renunció a aquella empresa. Ésa temática, dentro de su relación de pareja, estaba destinada a acabar mal pues, era como recordar a un muerto non grato. Incluso ahora, si cerraba los ojos e intentaba buscar la energía de Son Gokú, ésta no se encontraba, lo cual confirmaba que su suegro podría estar aún dentro de las cuatro paredes de la Habitación del Tiempo, eternamente. Sin embargo, esa hipótesis traía otra idea más cruda. Si ése había sido el caso, ¿Gokú habría decidido permanecer ahí para siempre?, ¿entrenando?, ¿lejos de su familia e hijos?, ¿de su nieta que lo amaba?

Todas esas preguntas no tendrían una respuesta pronto. Sobre todo, porque desafiaban la lógica humana. Y más aún: porque su suegro no era precisamente humano. Además, si bien, ella había tenido oportunidades de hablar con el padre de Gohan, jamás llegó a conocerle en profundidad. La única persona que le conocía bien era su esposa, Chichi.

Y pues, la historia de ambos no hubo de terminar bien.

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Cuando Gohan entró a la sala, no demoró mucho en identificar donde… ella podría encontrarse. Años conociéndola, años durmiendo a su lado lo prepararon para un momento así, para reconocer su cuerpo cubierto de lejos. Un bulto que tenía encima una manta verde, que no debía pasar más del metro sesenta, recostado. A su alrededor, había mucha gente aún junto a otros cuerpos, pero la verdad no podía escuchar nada más que su corazón latir rápido, en su esternón. Avanzó solo. Minutos atrás, rechazó la oferta de Goten y le pidió entrar en soledad. Ahora, a solo un par de metros de la camilla (más bien, era una mesa improvisada), advirtió como un leve temblor le tomó los brazos y piernas. Claramente, las revoluciones de su sistema nervioso comenzaban a disminuir, como si bajaran el volumen de su propia canción, de su propio ser, de forma sutil. Desde su posición, lo primero que reconoció de ella fue una de sus manos, que afloraba por un lado del bulto, como si la persona que cubrió su cuerpo no hubiese terminado de hacerlo bien y solo le hubiese arrojado la manta verde encima. La mano estaba sucia, abierta, como si estuviese pidiendo ayuda en su dirección.

Fue ahí que, ahora a su lado, contemplando el bulto cubierto, Gohan sintió que volvía a respirar, como si hubiese finalizado una larga maratón y, al igual que aquellos deportistas, sintiera la necesidad profunda de caer al suelo, agotado. Resistiendo, alzó su brazo y se permitió cubrir el dorso de aquella mano sucia y huérfana, con la suya, con suma delicadeza. Era su mano. Era la mano de… ella. Ahora fría y rígida, como si la piel se hubiese transformado en mármol puro, recién pulido. Fue ahí que las piernas no le dieron más y se sintió desvanecer, arrodillándose en el piso, quedando su cabeza a la altura de aquella camilla improvisada. Sin soltar aún la mano, apoyó su mejilla en los dedos fríos, sintiendo como un sollozo comenzaba a emerger de los músculos de su estómago. No podía llorar, pero sí gritar. Entonces, apretó los ojos y abrió la boca, sin emitir sonido, sintiendo como el dolor emergía desde su corazón.

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Mientras el Camino de la Serpiente seguía pasando bajo de ella, Videl recordó aquel día en que Chichi llamó al celular de Gohan, mientras ambos se encontraban en un cumpleaños de un amigo en común. Gohan salió a recibir la llamada, cerrando la puerta de vidrio tras de sí. En breve, lo vio comenzar a mover sus manos, abiertas, típico signo de que ya no estaba solo hablando, sino discutiendo. Cuando salió a verle, él ya había cortado la llamada y se encontraba con una mano en la frente, tratando de calmarse. Después de que ella le preguntó qué había ocurrido, él mencionó que había habido un accidente y su madre y padre se encontraban en el Hospital. Un accidente que había afectado a Pan. Ambos dejaron la actividad y se dirigieron al centro asistencial, procediendo a encontrar a Chichi sentada, en uno de los pasillos. Una vez que Gohan la abordó, ella explicó que Pan y Gokú habían viajado a las montañas juntos para jugar, luego de unas horas, el saiya hubo de regresar con su nieta en los brazos. Según el relato de su suegro, producto de una maniobra de entrenamiento, parte de una roca de montaña había caído sobre la menor. Por supuesto, luego de escuchar parte de una roca de montaña, Videl tuvo que buscar asiento, con espanto, neutralizando las ganas de tomar a su suegra por la solapa y preguntar dónde demonios estaba su hija.

Por fortuna, eso no fue necesario. De pronto, el médico emergió de una puerta, pidiendo hablar con una persona de la familia Son. El doctor explicó que la niña estaba bien, que inexplicablemente, teniendo solo 4 años, había resistido una caída estructural severa, con un tec cerrado y un brazo roto. Todo lo demás eran moretones. Videl tomó fuerza y pidió verla de inmediato, a lo cual el médico accedió, pero pidiéndole que no la despertara, pues la menor se encontraba bajo sedantes. En cuanto el doctor comenzó a caminar hacia la habitación, ella supuso que Gohan la seguiría, pero estuvo en lo incorrecto. A espaldas, el semisaiya le preguntaba a Chichi dónde estaba su padre, con los puños en la cintura y una voz autoritaria. Videl lo dejó ir, y simplemente decidió acudir a ver a su hija, con sus propios ojos. Efectivamente, ella dormía profundamente. No tenia su gi naranja y parecía que todo lo peor ya había ocurrido. De todas formas, la imagen era potente: Pan tenía un gran paño en la cabeza y su brazo izquierdo vendado, a la espera de una intervención quirúrgica. Entonces, escuchó gritos en el pasillo y, cuando fue a ver, ahí estaba Gohan, reuniéndose con Gokú, quien parecía haber arribado al lugar con teletransportación y con una pequeña bolsa café en sus manos.

Pese a lo anterior, la mujer prefirió no ver lo que sucedía, pues sabía de antemano qué cosas le diría Gohan a su padre. Solo pensar en eso le apretaba el corazón. Ella sabía el dolor que su pareja traía siempre, con respecto a Son Gokú. Un dolor que tenía estricta relación con la naturaleza de su progenitor quien, en ciertos momentos, solía actuar como si nada tuviera verdaderas consecuencias. Pese a ello, y mientras escuchaba cómo el semisaiya gritaba a su suegro en el pasillo, Videl sabía que su pareja hablaba más desde su persona, que desde la situación de su hija accidentada. En este tipo de momentos, toda la ira de Gohan con respecto a las lógicas de su familia, afloraba como un largo látigo castigador. Así, en estas ocasiones, el semisaiya intentaba explicarle una vez más al salvador de la tierra como sus acciones impetuosas tenían enormes repercusiones en él, su madre y hermano. Insistiendo, además, que sus actos sólo dejaban ausencias de padre y de esposo responsable. Videl intentó dejar de escuchar la discusión de la familia Son, mientras se acercó a tomar la mano de su hija dormida. Cerrando los ojos, realizó la típica predicción de lo que sucedería después: Gokú entraría a la habitación de su nieta, daría la habichuela a Pan, ella recuperaría su salud, todos saldrían del hospital y finalmente, al día siguiente, todo seguiría como si nada hubiese pasado.

Súbitamente, Videl detuvo sus recuerdos. A lo lejos, contempló cómo el Camino de la Serpiente llegaba a su fin.

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Gohan contempló la botella de whisky en su mano derecha. Tragó saliva y pasó su mano libre por sus ojos, humedecidos, sintiendo su cuerpo lento, como si estuviera en una película de stop motion. Parpadeando, dejó caer su cabeza hacia atrás, en la muralla, confirmando que ya estaba lo bastante borracho como para ir a dormir. Ahora, él estaba sentado en el mismo lugar que lo recibió hace días, cuando arribó junto a Pan para ordenar y dejar cerrada la cabaña en la playa del maestro Roshi. En aquella ocasión, no esperó que las cosas iban a terminar tomando este cariz, o mejor dicho: no esperó nunca que lo hicieran tan pronto. El saiya suspiró, sintiendo el aroma a whisky exudar por sus poros, por su boca, mirando la oscuridad de la habitación.

Hacía unas cuatro horas que ya todos se habían retirado. Hacía unas cuatro horas, también, que ya habían enterrado los cuerpos de Bulma y… ella. En cierto modo, Gohan pensó que el momento más duro de todo esto iba a ser al encontrarla, luego de tres días vagando por la ciudad, advirtiendo la ausencia de su ki, pero no. Lo peor fue cuando tuvo que llegar a Corporación Cápsula a hablar con Pan. En un principio, ella lo estaba esperando, dentro de la habitación que Bulma les había compartido. Él sólo abrió la puerta y la encontró, junto al discman y los audífonos, recostada en la cama, mirando hacia la pared. Ahora que revivía la escena, sintió su garganta apretarse, emulando cómo había tenido que adquirir fuerza sólo para decirle que finalmente la hubo de encontrar a… ella, sin vida.

Gohan bebió otro sorbo más de alcohol, sintiendo unas nuevas ganas de volver a llorar. Posterior al episodio con su hija, todo siguió su curso, pero con un nuevo detalle adquirido. Tanto Trunks, como Goten comenzaron a buscar en él un líder, recurriendo en su ayuda para todo tipo de decisiones, ya fuese cómo harían con los cuerpos y qué se haría los siguientes días. Sólo ahí notó las ausencias que habían dejado las oleadas, como también las ausencias de Vegeta y Piccoro en su grupo cercano (su maestro namek, ya recuperado, había partido junto a Dendé, rumbo a su planeta natal para buscar una solución a todo esto). Ahora: él tendría que tomar el papel de guía. Sin pensarlo demasiado, decidió realizar el funeral en otro lugar que no fuera la ciudad. Más bien, algo que se ubicara lejos de ciudad y el caos propio de Ciudad Satán, donde turbas de personas y militares solían enfrentarse, una y otra vez.

Así, junto a Goten, Pan, Truks y Bra tomaron una nave para dirigirse, por segunda vez, a la cabaña de Roshi, en medio del mar. En el lugar, sin saber muy bien cómo habían arribado ahí, estaba Ten Shin Han, Púar y Ulon, quienes se encontraban en la orilla de la playa, esperándolos. Una vez que la nave arribó a tierra, su hermano menor procedió a buscar un lugar dónde realizar el entierro, acompañado por el hijo mayor de Vegeta. Gohan, por su parte, se acercó a abrir la cabaña, abriendo las ventanas para que entrara aire fresco y su hija junto a Bra pudiesen descansar. Fue ahí, que mientras recogía una cortina de madera, mirando al mar, notó no sólo como éste se cubría por sus olas usuales, sino que, más adentro, había una figura de negro, pequeña, como si estuviese flotando por sobre la espuma. En principio, Gohan pensó que sería Mr. Poppo, que se había quedado con los indígenas, cerca de lo que quedaba de la Torre de Karín; pero no pudo estar seguro, pues parecía tener la silueta de una mujer encorvada, de cabellos rosados.

Con los ojos intrigados, el mayor de los Son estuvo a segundos de salir a confirmar quién o qué podría ser, cuando sintió la mano de Ten Shin Han sobre su espalda. En breve, el guerrero de tres ojos solicitó su permiso para tomar a Bulma y… ella, para la ceremonia. Según él, era momento de tomar los cuerpos (envueltos en sábanas blancas) y prepararlos para su entrada a la eternidad. En respuesta, el mayor de los Son apretó los labios, tomado por sorpresa. Tragó saliva y asintió, controlando sus emociones, sin poder siquiera murmurar una respuesta afirmativa, sabiendo que su acompañante haría lo mejor posible para realizar el entierro y la ceremonia.

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Bebiendo otro sorbo más de whisky, Gohan tuvo la duda si algún día sería capaz de salir de la cabaña y regresar a la realidad. No sólo por estar, literalmente, embriagado, sino porque tenía la noción de que jamás podría tener la fuerza de ver al mundo de frente otra vez. Ahora mismo, todo dolía. Los recuerdos de la ceremonia de entierro, su hermano menor cubriendo los cuerpos de tierra, su hija dejando un tulipán blanco en ambas tumbas, Bra llorando en brazos de Trunks, Ten Shin Han explicando que el universo siempre recibiría con los brazos abiertos a mujeres aguerridas como Bulma y… ella. Él no se permitió llorar y sólo dejó su rostro neutro, incluso al momento en que la mayoría decidió volver a Ciudad Satán. Ahí, él se acercó a Goten para pedirle el favor de cuidar a Pan por lo que quedaba de la tarde. Por fortuna, el chico tampoco preguntó nada más, asumiendo que su hermano solo quería pasar un tiempo a solas. Momentos después, una vez que la nave con Pan y los demás se alejó del horizonte, el saiya se enfrascó en una búsqueda de lo que recordaba haber visto aquella última ocasión que estuvo en la isla: una caja con botellas de alcohol.

Así, una vez que tuvo una botella en sus manos, apartó cajas y papeles para sentarse en el suelo y comenzar a beber. Su objetivo no era más que alejar la ausencia que traía en el cuerpo. Similar al de una piedra vacía estancada en su garganta y estómago, que le impedía hasta hablar. Por supuesto, en cuanto se sintió alcoholizado, poco tiempo pasó hasta que se permitió, por primera vez en el día, comenzar a llorar. Al principio, sin advertirlo plenamente, con los ojos lagrimeando y la respiración entre cortada, y luego, con un gran sollozo. Aunque nadie lo estaba viendo o acompañando, su reacción primaria fue cubrir su boca con el puño cerrado y aguantar el dolor de su propio corazón, pero fue imposible. Lo único que había sido capaz de tener de ella en estos dos últimos días había sido… su mano, su mano un tanto sucia, cubierta por una manta de color verde. Su mano fría, quieta e inerte. ¿Por qué demonios había ocurrido todo ésto?, ¿por qué él no fue capaz de ser más certero la última vez que la tuvo en sus brazos? Explicarle, por ejemplo, que sentía gran culpa por el silencio de sus últimos años que, simplemente, recién hoy entendía la importancia de sólo… decir lo que se siente a las personas que te rodean.

Luego de beber otro sorbo más de whisky, Gohan dejó la botella a un lado, que perdió estabilidad y calló al suelo. Con una corriente de consciencia, se arrodilló, tratando de levantar el recipiente de vidrio, antes que éste dejara en el suelo más líquido café, mojando una gran cantidad de papeles sobre el piso. Fue ahí que sus ojos advirtieron una especie de libro en el suelo, cubierto de un paño de cuero, como si fuese un manuscrito.

El título decía: "Esferas del Dragón".

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Hojeando y leyendo párrafos, Gohan se sorprendió al descubrir, entre pasaje y pasaje, el relato de Roshi sobre la historia de su padre. Entre trazos de letras manuscritas, leyó sobre los inicios: el relato del entrenamiento que el maestro tortuga realizó a su progenitor y a Krilin, la búsqueda de las esferas del dragón, la historia de Piccoro Daimakú y muchas más cosas. Había una cronología, dibujos e incluso fotografías antiguas. Sin embargo, por cada hoja que pasaba, el nombre de su padre surgía una y otra vez, hasta que, por antonomasia, confirmó que las memorias del viejo Roshi no era más que la historia de su propio padre. Fue ahí que Gohan dejó el gran libro a un lado, tratando de colocarse de pie, un tanto arrebatado. ¿Por qué todo iba hacia él?, ¿por qué todas las cosas apuntaban a una persona que, simplemente, los había dejado a todos abandonados, por su propia aspiración de ser más fuerte? El primogénito Son apoyó su mano en la muralla, tratando de no caer. Acto seguido, posó su espalda en la pared y trató de dejar el tema ir. Pese a ello, y como si el universo quisiera jugarle una mala pasada, sus ojos arribaron a un espejo en la muralla del frente donde, sin desearlo, advirtió la figura de su progenitor, como si él estuviese ahí, mirándolo con una mirada severa.

La visión lo dejó quieto y estupefacto, con la noción de que, definitivamente, estaba perdiendo sus cabales. Atrapado en el miedo, tomó una figura de cerámica del piso y la lanzó hacia el espejo, que se rompió de inmediato, cayendo al piso destrozado. Por su parte, Gohan quedó respirando con fuerza, agitado, con la borrachera un tanto disipada, debido al escarmiento y la epifanía que comenzaba a aterrizar en su cabeza. Con la mano en el pecho y deslizando su espalda por la pared, Gohan pensó que Bulma había tenido razón. Él y su padre tenían un nexo del cual no podía escapar, por más que lo deseara. Un nexo marcado por el deseo del semisaiyajín a que su progenitor diese la cara, que reconociera su grado de responsabilidad en todas las penurias que su familia se había ganado desde su partida. Pero, ¿era tan así? Ahora que leía los trazos e historias de Roshi, él volvía a confirmar cuánto todos dependían de la figura de su padre. Y la sola idea de su regreso siempre se configuraba como la perfecta panacea a todo lo anterior, a todo problema que aquejase al planeta tierra.

Maldición, Gohan cerró los ojos, embobado por la corriente de pensamientos que lo cubría como cascada. Si era honesto con sus emociones, el gran conflicto que él había cultivado hacia su padre tenía su génesis décadas atrás, cuando él quedó a cargo de su propia madre y Goten. En esos años, él hubo de tomar su puesto, acompañando a su madre y siendo un padre para su hermano, asumiendo la responsabilidad de la muerte de su progenitor ante Célula. Todo lo anterior, tomó un nuevo giro en cuanto su padre regresó al torneo de Artes Marciales, acompañado de Uranai Baba, por un día. Años más tarde, él entendió que su progenitor no había regresado por ellos… por su madre, Goten o él mismo, sino que había dejado el mundo de los muertos atraído por el interés y desafío de una nueva batalla. Dicha actitud tuvo su repetición el día en que dejó todo atrás para tomar vuelo junto a Ubb, rumbo a la Habitación del Tiempo para entrenar y… no volver. Tragando saliva, Gohan cerró los ojos, teniendo claridad de cómo su resentimiento se resumía en una frase: la capacidad de su padre de avanzar hacia sus propios intereses, sin que nada lo detuviera en el acto. ¿Sería que envidiaba su estilo de vida, acaso?, ¿envidia a que él mismo nunca había sido capaz de realizar un acto de similar independencia?, ¿a buscar su propio estilo de vida?

Desde donde él se encontraba, sentado en el piso, podía ver como uno de los vidrios rotos del espejo apuntaba hacia él, ahora mostrando su verdadero reflejo, no el de su padre. Tragando saliva, el semisaiya sopesó cómo el único factor de diferencia entre él y su progenitor consistía en cómo éste último creía y se validaba a sí mismo, algo que Gohan no recordaba haber hecho jamás, adquiriendo el papel de eterno testigo de ver la vida pasar. Viendo su reflejo en el espejo trizado, el guerrero sintió rabia hacia su propio parecido con el de su padre. Suspiró, acariciando su frente, pensando en cuándo fue la última vez que él sí tuvo la oportunidad de seguir el camino trazado por Gokú, en particular después de que derrotase a Célula.

¿Qué había ocurrido después de eso?, ¿qué provocó que perdiera la noción que él también tenía un derecho legítimo a hacer lo que quisiese?, ¿sin depender de la aprobación de los demás?

Gohan parpadeó y tomó fuerza para moverse, acercándose a tomar uno de los vidrios rotos del espejo, asombrado cómo todo este debate en su cabeza se asemejaba, casi en su totalidad, a las discusiones que solía tener con su ex pareja. No podía ignorar las veces en que ella le había pedido que él colocara más límites, que se hiciera oír dentro de su propia familia, que decidiera un futuro claro para ambos. Una vez que tuvo un pedazo del espejo en su mano, regresó a su posición inicial, sentado en el piso, mirando su reflejo. A simple vista, tenía un mal aspecto.

Si lo pensaba bien, las preguntas anteriores estaban formuladas de manera errónea. La pregunta no era qué le había arrebatado su derecho a ser alguien más independiente, con un camino propio. Sino, quién había sido el culpable.

Y el responsable estaba justo frente a él. Reflejado en el espejo.

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Sin poder entender realmente lo que ocurría, Videl ascendió hacia el pequeño planeta que se encontraba a flote. En eso, sintió una especie de vahído que la hizo detener en seco, similar a cuando uno se coloca de pie con mucha velocidad y la cabeza pareciera actuar un paso atrás de todo movimiento. Parpadeando dos veces, intentó distraerse mirando hacia arriba, donde se encontraba el planeta, al mismo tiempo que la visión se le hizo un tanto borrosa. ¿Estoy cansada?, pensó, sobando sus ojos, como si de pronto le llegase un sueño a cubrirla. Pese a ello, notó como, de lejos, el orbe tenía similitud a una pelota de tenis, pero de color verde. Así, mientras más se acercaba volando, el lugar tomaba una forma que no esperaba, pues por su composición era obvio que alguien habitaba en él. De hecho, lo primero que contempló desde su posición fue un automóvil (¿modelo cadillac rojo?, no podía estar segura), seguido de una especie de avenida empedrada que daba vuelta al mundo en una sola dirección, un árbol y una casa similar a las del planeta tierra.

Ya de frente, mientras ella seguía a flote, notó que habían dos entes caminando, pero fue incapaz de confirmar si consistían en los mismos onis que trabajaban para Enma Daio. Así, tomando aire, tomó la decisión de comenzar a descender, lento, consciente que aún sentía el vahído presente en sus ojos y cuerpo. Una vez que aterrizó sobre el planeta, escuchó a lo lejos algo similar a risas y palabras, lo cual abrió su curiosidad, comenzando a caminar hacia el sitio desde donde parecía haber movimiento. Fue allí que, luego de pasar tras la casa amarilla, observó de lejos como un joven alto, de piel morena y gi gris jugaba con un simio.

Grande fue su sorpresa a darse cuenta que ese chico era Uub.


Comentario: Paradójicamente, la cuarentena del COVID-19 ha permitido a esta historia continuar. Así que, aprovecho de enviarles mis auténticos deseos de que se encuentren bien, junto a sus familias. Es tiempo de cuidarnos todos.