Aclaración:

Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.

La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor


«17»


«Por todos los motivos
incorrectos...»

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Hinata estaba sentada en el borde de su cama, todavía con su maltrecho traje de novia y el cintillo de botones de rosas caído sobre la frente. Estaba tan absorta contemplando la nada que ni siquiera pestañeó cuando por delante de su nariz pasó volando una media rosa seguida por un par de zapatos de cabritilla.

Lo único visible de Hanabi era su redondo trasero; estaba arrodillada hurgando el fondo del armario de Hinata. Cada unos cuantos segundos lanzaba al azar una prenda por encima del hombro, la que cogía Neji al vuelo y la metía en la valija de brocado que tenía abierta al otro lado de la cama.

—No sé para qué se toman todo ese trabajo — dijo Hinata, con la voz casi tan abatida como su expresión—. En la cárcel no me dejarán tener esas cosas.

—No irás a la cárcel — dijo Hanabi enérgicamente, arrojando a Neji un arrugado camisón de dormir—. Vas a huir.

—No sé si se han dado cuenta — dijo Hinata dejando escapar un suspiro—, pero hay un lacayo bastante corpulento apostado justo al otro lado de la puerta. Tendría que pasar junto a él, lo que sin duda no alcanzaría a hacer, porque seguro que su excelencia estaría encantado de enviar a uno de sus babosos perros del diablo a atacarme.

Neji abrió la ventana y se asomó a examinar la fuerte pendiente del saledizo cubierto de tejas de barro.

—Podríamos anudar unas cuantas sábanas y descolgarte hasta el suelo.

—Bueno, ese sí es un plan brillante — dijo Hinata, sarcástica—. Si me rompo el cuello, le ahorraría a él el trabajo de hacerlo.

Hanabi se sentó sobre los talones y miró a Neji con expresión derrotada.

—No puede tenerte encerrada con llave eternamente — insistió Neji.

—¿Y por qué no? — replicó Hinata—. Es un hombre muy rico y poderoso. Puede hacer lo que quiera conmigo. — No logró ocultar del todo un estremecimiento involuntario—. Y en el caso de que lograra escapar de él, ¿adónde iría? No hay ningún sitio para esconderme que él no pueda encontrar.

Hanabi fue a sentarse en la cama a su lado y le dio unas palmaditas en la mano helada.

—Tal vez no es demasiado tarde para abandonarte a su merced. Si lloras bien, igual pueda encontrar piedad en su corazón para perdonarte.

Hinata se giró a mirarla.

—Durante más de seis años lady Kushina le suplicó que la perdonara. No sabría contar las veces que la sorprendí llorando por él. Sin embargo, jamás tuvo el más mínimo pensamiento para ella. — Volvió a su anterior posición, contemplando las flores descoloridas del papel de la pared—. Me niego a suplicar piedad a un hombre que no tiene ninguna.

—Míralo por el lado bueno — le dijo Hanabi, apoyando la cabeza en su hombro—. Es posible que se olvide de todo lo que le ha sucedido desde que perdió la memoria.

Hinata miró el delicado anillo de granate que él le había puesto en el dedo hacía solamente una hora.

—Eso es lo que más temo — susurró, apoyando su oscura cabeza en la castaña de Hanabi.

Naruto Namikaze, séptimo duque de Uzushiogakure, se encontraba en el salón de Konoha Manor por primera vez después de veintiún años. Ya no podía estar seguro de si lo que lo traicionaba era el tiempo o su memoria. Sólo sabía que antes la sala era más grande y más soleada, que las rosas bordadas en los cojines del sofá eran rojas, no rosadas, y que al piano de su madre no le faltaba media pata. Nicholas Senju jamás se fijó en esos detalles sin importancia, pero para Naruto eran tan evidentes como la fea mancha de humedad en el friso de yeso.

Abrió las puertas del secreter e hizo a un lado los libros de cuenta en vías de pudrición. El decantador de coñac estaba exactamente en el mismo lugar donde siempre lo escondía su tío. Su madre fingía no saber que estaba ahí, incluso cuando su tío subía tambaleante la escalera después de una noche dedicada a «hacer el balance en los libros». Libros en cuyas columnas no figuraba ningún número, porque su tío había perdido su modesta herencia y la dote de ella que había aumentado su padre, en una de las casas de juego de peor reputación de Covent Carden.

—¿Te apetece una copa? — preguntó a Sasuke—. Sé que es temprano, pero creo que un hombre tiene derecho a un brindis el día de su boda.

—Pues, muchas gracias — repuso Sasuke, aceptando la copa. El joven marqués estaba repanchingado en el asiento de la ventana, con los pies cruzados y enfundados en sus botas.

—Tendría que estar bien envejecido. Era de mi tío — le explicó Naruto—. Un excelente gusto para los licores era su única cualidad redentora. En realidad, prefería el oporto. Era un hombre de tres botellas por noche.

Sasuke bebió un sorbo.

—No es de extrañar entonces que siempre hayas tenido tan buena cabeza para el licor, te viene de sangre.

«Nunca bebes licor.»

El eco de esas dulces palabras atravesó el corazón de Naruto como un cuchillo. Se le tensó la mano alrededor de su copa. Dominando el impulso de estrellarla contra el hogar, se la llevó a los labios y se bebió el coñac en un solo y quemante trago.

Sakura se aclaró delicadamente la garganta. Comprendiendo la insinuación, Naruto sirvió otra copa y se la llevó a la otomana donde estaba sentada.

Sasuke arqueó una ceja, visiblemente sorprendido.

—No sabía que las damas bebieran algo más fuerte que el jerez. ¿Hemos de ofrecerte un poco de rapé también?

Ella le sonrió dulcemente por encima del borde de la copa.

—No gracias, prefiero una pipa.

Mientras Naruto volvía a llenar su copa, Sasuke levantó la suya en brindis.

—Por la libertad.

—Por la libertad — repitió Naruto con expresión implacable.

—Libertad — musitó Sakura, y mirando recelosa a su primo, bebió un sorbo de coñac.

Naruto se sentó en el sillón de orejas tirando al suelo despreocupadamente un desgastado Nuevo Testamento en griego. Ya no tenía ningún interés en leer acerca del perdón y la redención.

Sasuke ladeó la cabeza para leer el lomo y rio burlón.

—Todavía no puedo creer que esa muchachita fuera a hacer de ti un cura rural. Espera a que los muchachos del White's se enteren de que el infame Diablo de Uzumaki casi cambió sus cuernos por un nimbo.

—¿Y estás absolutamente seguro de que ella no tenía manera de saber quién eras? — preguntó Sakura.

—Ninguna, que yo sepa — contestó Naruto fríamente. Sakura hizo girar el coñac en su copa, con una arruga en su tersa frente.

—Eso es lo que más me desconcierta de todo esto. Si no quería poner sus codiciosas zarpitas en tu riqueza o tu título, ¿para qué entonces esta complicada farsa?

—Según ese hombre Hiruzen — dijo Sasuke inclinándose—, la madre de Naruto le dijo a la muchacha que si se casaba antes de cumplir los veintiún años, que los va a cumplir en unos días, la propiedad sería de ella.

—Eso es imposible — ladró Naruto—. La propiedad no era de mi madre. Por ley, los dos tercios de la propiedad me pertenecían a mí desde el instante en que mi tío murió. Ella no tenía ningún derecho para ofrecerla a una huérfana ambiciosa.

—Ya sabes cómo son las mujeres — dijo Sasuke, encogiéndose de hombros—. Déjalas a su aire mucho tiempo y pueden salirte con algunas ideas muy tontas y románticas.

Sakura volvió a aclararse la garganta, esta vez sin mucha delicadeza.

—Es decir, algunas mujeres — se apresuró a corregir Sasuke, tratando de reprimir una sonrisa—. Esto no es Londres. En realidad, a tu madre no le habría resultado muy difícil encontrar un funcionario novato dispuesto a redactar un documento de aspecto oficial que contuviera cualquier tontería que ella le pagara por escribir. Tal vez pensó que a ti no te importaría. Tu padre murió hace más de veinte años, tu tío hace diez y tú has mostrado escaso interés en reclamar tu parte de su herencia. Es decir, hasta ahora.

Mirando a Naruto con ojos perplejos, Sakura negó con la cabeza.

—Eso no explica por qué la muchacha te eligió a ti. Y con tan grave peligro para ella.

—¿Por qué no se lo preguntamos? — sugirió Sasuke, levantándose—. Yo diría que ya ha tenido bastante tiempo para recuperarse de su oportunísimo desmayo. Iré a buscarla ahora mismo.

—¡No! — gritó Naruto, sobresaltándolos a los dos. Sasuke volvió a sentarse lentamente.

—No quiero verla — añadió Naruto, en voz más baja—. Todavía no.

Sasuke y Sakura se miraron preocupados. Para escapar de sus escrutadoras miradas, Naruto fue hasta la ventana de la pared norte y abrió la cortina. Calibán y Cerbero estaban galopando de un lado para otro por encima del jardín de Hinata, su carrera salpicada por alegres ladridos y vuelo de flores.

—Tendría que ser bastante fácil sacarte de esta situación — dijo Sakura amablemente—. El matrimonio no es vinculante, lógicamente, dado que firmaste con un nombre falso en el registro de la parroquia.

—E incluso una aldea de este tamaño debería tener un alguacil — observó Sasuke—. Si no, llevaremos a Londres a la intrigante brujita. Los tribunales ven con malos ojos el secuestro de un par del reino. Tendrá suerte si no la cuelgan.

Naruto continuó mirando por la ventana, callado y quieto.

—Yo puedo hacer todos los trámites necesarios, si quieres — continuó Sasuke—. A no ser que... — le tocó a él aclararse la garganta — hubiera circunstancias atenuantes, claro.

—Quiere saber si la has comprometido — explicó Sakura alegremente, haciendo atragantarse a Sasuke con un sorbo de coñac.

«No eres el tipo de hombre que comprometería la virtud de su novia.»

El recuerdo de esas palabras, dichas con una seriedad tan encantadora, hizo desear a Naruto enterrar el puño en el cristal de la ventana; lo hizo desear haberla comprometido; haberle levantado el camisón más arriba de la cintura en ese claro del bosque iluminado por la luna y haberla poseído como un sátiro pagano de la antigüedad. Si hubiera sabido que nunca tendría otra oportunidad, habría hecho eso y más, mucho más.

—Creo que esta conversación no es apropiada ante la presencia de una mujer — protestó Sasuke cuando dejó de toser.

—Vamos, Sasuke, por el amor de Dios — dijo Sakura—. No tienes por qué ser tan protector. No soy una de esas casquivanas ruborosas con las que tanto te gusta asociarte. A diferencia de la mayoría de tus amigas, tengo edad suficiente para responsabilizarme de mí misma.

—Me halaga saber que has estado observando mis hábitos — repuso él en tono burlón—. Dime, ¿tienes espías en todos los salones de Londres que frecuento? ¿O sólo en los dormitorios?

—¡Ja! — se mofó Sakura—. ¿Para qué necesitaría espías cuando tus proezas románticas se pregonan en las páginas de escándalos de todos los periódicos y se comentan detrás de casi todos los abanicos?

—Perdona, milady — dijo él en voz baja—, había olvidado que siempre dabas más crédito a los cotilleos malintencionados que a mí.

A eso siguió un momento tenso al que Sakura puso fin volviendo su atención a Naruto.

—Aunque la hubieras comprometido, no veo que eso cambie nada.

—Al menos en eso estamos de acuerdo — dijo Sasuke, fríamente—. Esa tonta muchacha sólo puede culparse a sí misma, y todavía le falta vérselas con las consecuencias de su engaño. Incluso podrías descubrir que no eres el primer noble al que ha tratado de atraer al matrimonio.

Naruto no dio la menor señal de que los hubiera oído.

—Vamos, Naruto — exclamó Sakura—. Sueles tener mucho cuidado en eso. No la has dejado embarazada, ¿verdad?

«Siempre me decías que sólo deseabas tener dos hijos: un niño y una niña».

Naruto cerró los ojos. Podía borrar la burlona belleza de ese día de verano, pero no podía hacer nada para quitarse de la cabeza la dulce voz de Hinata, ni la visión del niño de ojos azules y la niñita de cabellos oscuros que nunca tendrían.

Se volvió lentamente, cada mesurado movimiento un ejercicio de disciplina.

—Si bien les agradezco mucho el interés, creo que es mejor que no hablemos más de este asunto, hasta mañana.

Sasuke abrió la boca para protestar, pero Sakura se levantó obedientemente, y se alisó la falda.

—Faltaría más. Ciertamente respetaremos tus deseos.

Sasuke siguió su ejemplo, y miró tristemente por la ventana.

—Me gustaría saber qué posibilidades hay de encontrar una buena comida en este pueblo incivilizado.

Naruto sonrió por primera vez desde el momento en que recuperó su memoria, aunque la sonrisa no le llegó a los ojos.

—Podrías probar de pedirle a la cocinera unos pocos bollos. Pero yo en tu lugar no me acercaría a la tarta nupcial. Tiende a dejar un sabor amargo en la boca.

Nicholas Senju dijo una vez a Hinata que no creía en los espíritus. Por eso, a última hora de la tarde Naruto Namikaze se llevó una tremenda impresión cuando estos comenzaron a aparecerse, saliendo de las sombras que envolvían los rincones del salón.

El primero en materializarse fue su tío, que pasó a su lado con una botella en una mano y un sombrero de copa en la otra, había sido la única figura paterna que había tenido, no recordaba mucho a su padre, había fallecido cuando solo era un bebe.

—Voy a Londres, muchacho. Si quieres armar una estúpida cometa ve a buscar a tu madre.

Pero su madre estaba arrodillada junto a la puerta, las lágrimas corriendo por su hermoso rostro. Cuando el fantasma del niño que fue él pasó junto a los brazos abiertos de ella, con sus pequeños hombros erguidos en actitud despiadada, ella comenzó a desvanecerse.

—Mamá — susurró Naruto, pero ya era demasiado tarde; ella ya no estaba.

Se giró y vio al viejo Ashina Uzumaki junto al hogar con un rictus burlón en sus delgados labios.

—Jamás he sido partidario de mimar a un niño — dijo el duque, golpeando varias veces su bastón en su palma—. No tardaré nada en hacer un hombre de este muchacho.

Naruto arrojó al hogar la copa de coñac a medio llenar, expulsando al viejo de vuelta al infierno, donde le correspondía estar.

Pero no hubo manera de expulsar las sombras que le siguieron. Sombras de Hinata y del hombre al que ella llamaba Nicholas Senju. Senju estaba apoyado en la repisa del hogar, sonriéndole a Hinata como el tonto que ella había hecho de él. Los dos sentados en el asiento de la ventana, entrelazados en un tierno aunque apasionado abrazo. Él arrodillado ante la otomana enmarcándole la hermosa cara con las manos antes de besarla en los labios. A ella se le doblan las piernas y él está allí para cogerla en sus brazos y estrecharla contra su corazón.

Se sentó en el sillón de orejas y se frotó los ojos con la parte tenar de las palmas. Al parecer no era la casa la que estaba habitada por fantasmas; era él.

Un resonante ronroneo interrumpió el silencio. Algo blando, peludo y caliente se frotó contra su tobillo

—Kurama. — Se le quebró la voz al bajar la mano a tientas para acariciar ese pelaje tan maravillosamente suave—. Ay, Dios, Kurama, ¿dónde has estado todo este tiempo?

Pero cuando abrió los ojos, no era Kurama el que lo estaba mirando desde el suelo sino la gatita amarilla que tanto se parecía a él. Miró hacia la puerta; se había entreabierto un poquitín, el espacio justo para que ella se colara.

Retiró la mano. Como todo lo demás de esa casa, la gatita era simplemente una ilusión. Un atormentador recordatorio de la vida que jamás tendría.

—Vete — le ordenó con voz ronca, pinchándola con la punta de la bota—. No tengo tiempo para tus tonterías.

La gatita no se movió. Simplemente se sentó en las patas traseras y emitió un lastimero mayido, suplicándole que la readmitiera en sus rodillas y en su favor.

Naruto se levantó bruscamente, roto su último resto de autodominio.

—¡Ya te he dicho que no soporto los gatos! — gritó—. ¿Por qué no te largas y me dejas en paz de una maldita vez?

La gatita se dio media vuelta y echó a correr hacia la puerta. Naruto comprendió intuitivamente que no volvería.

Con las manos en puños, se giró hacia el hogar, medio esperando oír la risa burlona de su tío abuelo. Pero al parecer todos los fantasmas habían huido también, dejándolo más solo que nunca en su vida.

Hinata estaba de costado ante la parpadeante luz de la vela mirando la cama vacía de su hermana. El todopoderoso duque debió decretar que Hanabi no compartiera su prisión. Poco después del mediodía, el lacayo de cara pétrea había echado de la habitación a sus hermanos, dejándola absolutamente sola a la espera de una llamada que no llegó.

Se había imaginado que le darían pan y agua para la cena, pero Biwako le envió una bandeja llena de todo tipo de suculentas carnes y tentadoras exquisiteces. Aunque cambió de lugar los platos para que Biwako no se alarmara cuando le llevaran de vuelta la bandeja, no pudo tragarse ni un solo bocado de lo que debió haber sido su desayuno de bodas.

Sólo podía imaginarse lo que pensarían los aldeanos del desastre de esa mañana. Tal vez lo encontraron más emocionante que cualquiera de las representaciones navideñas ofrecidas por lady Kushina, incluso más que aquella en que el turbante de Neji se incendió y las ovejas se desbandaron y entraron en la iglesia. Cuando cayó la oscuridad, se puso su camisón y se metió en la cama como si fuera una noche más de otras mil iguales; como si no hubiera pasado la noche anterior acunada en los brazos del hombre que amaba, besándose, riendo, haciendo planes para el futuro; y saboreando un seductor placer que sólo fuera una sombra de lo que habrían compartido esa noche.

Cerró los ojos para aliviar una cegadora oleada de pesar. Los únicos brazos que la envolvían esa noche eran los de ella, pero no conseguían aquietar sus estremecimientos de pena. Deseó poder llorar, pero las lágrimas parecían estar congeladas en un frío bulto alojado en el pecho. Le dolía tanto respirar que casi deseó no poder hacerlo.

Un espeluznante silencio se había cernido sobre la casa todo el día, como si hubiera muerto alguien y nadie se atreviera a hablar en voz alta. Y ese silencio hizo más intimidante que el repentino tintineo de los arreos de un caballo y el ruido de sus cascos por el camino de entrada adoquinado.

Echó atrás las mantas, corrió a la ventana y abrió la cortina. El elegante coche de ciudad que trajo el desastre a la boda iba a toda velocidad por el camino en dirección a la aldea.

O a Londres.

Se le había concedido su deseo. De pronto no pudo respirar.

Tal vez Naruto Namikaze no la había llamado a su excelsa presencia porque llegó a la conclusión de que ella no era digna ni de su atención ni de su desprecio. Tal vez sencillamente decidió volver a la rutilante agitación de la vida que llevaba en Londres y simular que esas tres semanas pasadas no habían ocurrido. Un instante antes, si alguien le hubiera preguntado cuál sería el castigo más terrible, verlo esa noche o no volver a verlo nunca más, no habría sabido decirlo. Pero al ver alejarse las lámparas del coche y perderse en la oscuridad, lo supo.

Acababa de arreglárselas para volver a la cama y echarse encima el edredón de plumas cuando se abrió la puerta del dormitorio. Se sentó sobresaltada, pero esta vez no era el lacayo el que venía a perturbar su intimidad; era el duque en persona.

Él cerró la puerta, apoyó la espalda en ella, se cruzó de brazos y la miró a través de un mar de ropas de cama revueltas.

—No tienes por qué sorprenderte tanto al verme, cariño. ¿O has olvidado que es nuestra noche de bodas?

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Continuará...