Disclaimer: los personajes pertenecen a Stephenie Meyer y la trama a JAnnMcCole.
Capítulo veintiuno
Metamorfosis al estilo despiadado
"Él saca un cuchillo, tú sacas una pistola; él manda uno de tus hombres al hospital, ¡tú mandas uno de los suyos a la morgue! ¡Esa es la forma en que se hacen las cosas en Chicago!" ~Al Capone
EDWARD
—¿Una palabra de cinco letras para mortalidad? —pregunté al hombre en la cama de hospital frente a mí.
No dijo nada, pero eso debe ser por toda la morfina. Sonriendo, chasqueé mis dedos y llené los casilleros del crucigrama que venía en el periódico.
—Eso es, muerte, —le dije—. Parece que incluso Dios se ríe de ti, comisario… excomisario ahora, ¿no? A la gente no le gusta los policías suicidas.
Me miró con furia mientras seguía con mi juego.
—Palabra de siete letras para inútil. —Sonreí, esto era divertido—. No me digas, fracaso. En serio, este es el crucigrama de hoy. ¿Puedes creerlo? Es como si se basaron en tu vida.
—¿Es por eso que estás aquí, Cullen? ¿Para patear un hombre cuando ya está en el suelo? No me sorprende —siseó, pero no estaba seguro si fue debido al dolor o porque estaba enojado.
—No pateo a los hombres que ya están en el suelo, les pongo una bala en la cabeza, deberías saber eso. —Suspiré, bajando el periódico.
—Entonces ya mátame —gritó, haciéndome que pusiera los ojos en blanco.
—No hasta que respondas algunas de mis preguntas —respondí, poniéndome de pie. Acerqué mi mano y tomé su máscara de oxígeno.
Apartándola de su amoratado rostro, tomó aire profundo antes de que se volvieran jadeos en busca de aire. Quiso presionar el botón para llamar a la enfermera, así que lo presioné por él. Una vez, dos veces, y unas más, solo por hacerlo.
—Este lado del hospital ha sido despejado, así que charlemos. —Sonreí, permitiéndole unos segundos de oxígeno antes de quitarle la máscara del rostro.
—Vete al infierno, —susurró.
—Mi esposa es una mujer embarazada con sed de sangre y llena de hormonas. Duermo en el infierno. —Suspiré, dándole más aire.
—Dame un segundo para cagar algo de tristeza. —Rio.
Y me reí también antes de tomar la almohada debajo de su cabeza y presionarla contra su rostro.
—No estoy de humor para sabelotodos, —espeté. Cuando le quité la almohada de su cara, tosió como si fuera fumador.
Se aferró a mi mano mientras le permitía su oxígeno.
—Comencemos con algo simple. ¿Por qué te aventaste por la ventana de tu cuarto de hotel? Eso te puede matar, ¿sabes?
Intentó sostenerse al aire, pero simplemente se lo arranqué.
—Incendiaste mi casa, —espetó.
—No fui acusado, juzgado o arrestado por algo. —Sonreí con superioridad.
—¡Sé que fuiste tú! Destruyes todo. —Su voz se quebró y otra vez, puse los ojos en blanco—. Pero me advertiste y debería… me advertiste y, por lo tanto, es mi culpa que hayan muerto. ¡Esa niñita, enfermo! ¡Te conté de ella! Fui yo… Yo…
—Por favor, no te pongas emocional, solo fue mi primera pregunta. —Lo necesitaba con vida ahora.
—Basta de juegos, ¿qué quieres de mí? Has tomado todo. —Tosió, echándose hacia atrás en la cama.
—Quiero saber todo lo que tienes sobre los Volturi. —Se rio como un loco y cuando lo hizo, sostuve la almohada contra su rostro nuevamente. Luchó hasta que quedó débil, y fue entonces que lo solté.
—Hagamos esto de nuevo. —Lo sostuve del rostro—. Cuéntame sobre James, Victoria y Aro, o te juro que te haré desear que hayas muerto. Me aseguraré que estés vivo y, bueno, atrapado en tu puto cuerpo como una cárcel. Cada día, me aseguraré que alguien me entregue un pedazo de tu piel hasta que solo seas una herida abierta. ¿QUÉ SABES?
Sonrió.
—Quieren muertos a ti, tu esposa, tu hijo y cada Cullen. Intentaron hacerte caer de forma legal, pero soy un fracaso, ¿recuerdas? Ellos son tan despiadados como tú. En las calles se dice que el doctor personal de tu esposa fue torturado y desmembrado.
—¿Se dice en las calles? ¿Acaso escuchaste que tu cuerpo chocó con ellas? —Quería arrancar esa sonrisa de sus labios.
—Eso no cambia el hecho de que vienen por ti. —Rio y cuando lo hizo, me aparté, tomando su bomba endovenosa de morfina y reemplazando el líquido.
—Esto es adrenalina. En dosis pequeñas, bloquea el dolor. En dosis grandes, hace lo opuesto. Sientes todo. —Di un golpecito a la bolsa—. No vas a irte a mejor vida con una dicha dulce e indolora. Vas a sentir todo y justo cuando tu corazón se rinda, piensa en lo gran idiota que fuiste al poner pie en mi casa. Desde día que nació esta ciudad, la gente como yo manejó Chicago. Pensaste que ibas a ser alguien. Pero solo serás recordado como el hijo de puta que no pudo con su matrimonio, falló su trabajo, y falló en suicidarse.
Tomando mi periódico, me dirigí hacia la puerta.
—Esto no terminó, Cullen. No se termina conmigo. No siempre serás intocable. ¡Eres un simple humano! —me gritó.
—Todos los hombres son tocables, Andrew, aquellos que me tocan simplemente pierden su mano. Así que déjalos que vengan. Solo estoy comenzando. Lo que te he hecho es nada más que mi preludio. —Un segundo después la adrenalina habrá hecho efecto porque se sacudió y gritó como un pez afuera del agua… para pesar de mis oídos.
Saliendo hacia el pasillo, Jasper, Emmett, Seth, y Jacob estaban de pie esperándome. Jasper se acercó, alcanzándome un teléfono mientras salía del hospital.
—Hola, cariño. —Sonreí.
—¡Maldito bueno para nada, hijo de puta! —gritó.
—Cariño, no queremos que nuestro hijo salga maldiciendo como un camionero. —Reí mientras Jacob me abría la puerta del coche.
—La vida que está jodiendo con mis emociones, gastando mi energía y robando toda mi comida se encuentra en una bolsa de fluido y no puede escuchar lo que digo. ¡Fuiste a ver al comisario sin mí! —chilló mientras ojeaba los documentos frente a mí.
—Amor, estabas desmayada esta mañana…
—¡Entonces usa tus putas manos y me despiertas! ¡Me suspendiste! —Ella ni sabía que intenté despertarla, pero estaba más muerta que viva.
—Amor…
—Me dejaste aquí con tu madre, que se encuentra llamando a cada idiota con la mínima gota de sangre irlandesa para que venga a la casa. Mataré a alguien, lo decapitaré, y pondré la cabeza en el salpicadero de tu coche si no arreglas esto. Estoy solo de once semanas y apenas se nota, —me interrumpió. Sus hormonas me van a costar la vida… o un familiar.
—Bella, cariño…
—Llámame "cariño" una vez más, cariño, y te romperé los dientes, —me dijo dulcemente.
—No obtuve nada de él. Ben y Eric me dijeron que atraparon a un hombre Volturi, Félix, en México. Deben estar en la casa y puedes lidiar con eso cuando vuelva. —Hubo un silencio en la línea, la cual recé que significara que estaba bien.
—Odio esto, —susurró al teléfono—. Odio no tener control de lo que siento. Me siento como una bomba a punto de estallar, Edward. Me está haciendo enojar.
—Soy bueno desarmando bombas, amor. —Sonreí. Casi podía sentirla poner los ojos en blanco—. Entiendo. Un paso a la vez, e intentaré ayudar y no hacerte enojar. ¿Quieres un batido?
—¡Eso me hace enojar! —espetó—. ¿Desde cuándo puedes sobornarme con dulces como un maldito niño?
Gruñí, pinchándome el puente de la nariz.
—Entonces, ¿no al batido?
—Mango, banana, naranja y extra kiwi —respondió antes de colgar e intenté no reírme.
—Llévame a Batidos Tropicales, —le dije al chófer. Ni él ni Jacob dijeron una palabra. ¿Pero que podían decir? Tenía una esposa peligrosa y embarazada esperándome en casa.
BELLA
Tomando aire profundo, me hice bolita en mi cama.
—¿Cómo te sientes? —gorjeó Esme, y realmente sonó como un pájaro sacado de una película de Disney, antes de tomar asiento a mi lado.
Estoy cansada, hambrienta o enojada cada diez minutos. Pasé las primeras semanas vomitando en el baño de Angela solo para ocultárselo a Edward y ahora me trata como un niño.
—Estoy bien, Esme —respondí fríamente, sentándome.
—Para con tus mentiras, Bella. Lo digo en serio, entiendo que quieras seguir siendo Capo, pero también estás por ser madre. Eso supera a todo lo demás. Así que deja de actuar y háblame como si fuera Edward —espetó. Si le hablara como le hablo a Edward, se volvería loca.
—No debería estar embarazada, Edward. Hice todo menos quitarme el útero para no quedar embarazada. Y, aun así, aquí estoy. Este niño me quita toda la energía y estoy cansada todo el puto tiempo. —Suspiré, inclinándome contra las almohadas.
Maldito sea él y su esperma irlandés.
—Sigues en tu primer trimestre. La fatiga es normal. Espera tres semanas y pasará. —Sonrió, tomando mi mano en las suyas—. Bella, no entiendes lo feliz que esto me pone. Lo feliz que ha hecho a toda la familia. Voy a ser abuela.
—Sí —dije sin emoción porque no estaba emocionada.
—¿No quieres un hijo? —preguntó suavemente. Podía ver que intentaba no juzgarme, pero podía reconocer la preocupación en sus ojos.
—No soy buena con niños —le digo—. Ni siquiera sé si me gustan. Entiendo que esto es un rol para todas las mujeres. Se emocionan o una mierda así. Pero soy Isabella Swan-Cullen, Capo de la mafia italiana, y la perra del oeste. Mato a personas y no me arrepiento de ello porque soy buena. Soy de las mejores que ha habido. La historia me pondrá al lado de Al Capone y Charles "Lucky" Luciano. Seré la segunda mujer en esa lista al lado de Xie Caiping. Ese era mi bebé. Ese es el bebé que he cuidado por los últimos cuatro años y medio. No sé cómo cuidar de un niño mientras cuido de este.
Ahí lo tienen, lo dije. Tomé aire profundo mientras Esme procesa todo.
—Sabes el propósito de la familia, ¿no? —Sonrió—. Eres muy buena delegando todo menos tu poder.
—Eso es porque el poder no debe ser delegado. —Es lo que me hacía más fuerte; ¿por qué compartirlo? Ya de por si compartía la mitad con Edward.
—Quizás no. Quizás puedes hacerlo todo tú misma. Lo único malo sería perder tu cabeza, el corazón de Edward, o tu hijo. —No sé por qué mi mano se fue hacia mi vientre, pero la sonrisa satisfecha en su rostro me hizo enojar. Tenía a Victoria y a James ya atentado contra su vida.
—No tengo que decirte que seas tú misma. Pero úsanos si nos necesitas. Edward se da cuenta que te necesita y dudo que te haga a un lado. Haz menos, pero cuando hagas algo, haz que dure. Deja tu marca. Tus hombres y el resto del mundo te verán por lo que eres… Bella Sangrienta. —Me guiñó el ojo mientras Edward entraba. Miró confundido a su madre y luego a mí, un poco preocupado. Supongo que pensó que si estaba hablando con su madre era porque algo malo pasaba.
—Tomaré esto como señal para irme. —Sonrió, dándome un pequeño abrazo, el cual no devolví. No era una persona que abrazaba, pero le di unas palmadas en la espalda.
—Cariño. —Esme lo abrazó y sonrió hacia el batido en sus manos—. Ese es un vaso pequeño.
—¿Qué? —respondió Edward, mirándolo. Esme me guiñó el ojo, incluso cuando no tenía idea de lo que eso significaba.
—¿Estás bien? —preguntó él, entregándome el batido.
Puse los ojos en blanco, bebiendo.
—No puedo tomar alcohol. ¿Cómo te sentirías? Y este es un vaso pequeño.
—Touché. —Rio, cayendo a mi lado. Tenía esa nueva costumbre de frotar mi vientre como si fuera una bola de cristal. Parecía hacerlo feliz así que no dije ni una palabra. Alguien debería estar emocionado por este niño.
—¿Qué tenía para decir el comisario? —pregunté, sacudiendo mi batido; la maldita fruta seguía atascándose en el fondo.
—Que arruinamos su vida, matamos a sus hombres, que somos malignos… lo mismo de siempre. —Suspiró—. No pude obtener nada nuevo de él.
—Por favor, dime que lo mataste así ya terminamos con la policía de Chicago. —Si no, siempre puedo volver al hospital por mi cuenta.
—Está hecho. Murió dolorosamente despacio. Seth se quedó allí para asegurarse de ello. —Besó mi vientre antes de mirarme.
—Esta persona Félix, ¿qué tan alto está en la cadena? —Mientras más cerca el hombre estaba del jefe, más difícil era hacerlo hablar.
—Guardia personal de la amante preferida de Aro, Heidi. —Sonrió, tomando un sorbo de mi batido. Le fulminé con la mirada, pero no dije nada. Me alcanzó su iPad y ojeé algunos archivos.
—Haz que Jasper investigue a esta Heidi; tiene que tener algún rastro de dinero. —Al ser su favorita seguramente era pagada muy bien para mantenerla feliz.
—Ya lo hice —me dijo y casi quise hacer un puchero. Malditas hormonas. Yo no hacía pucheros.
—¿Por qué no simplemente me pones al tanto ya que eres la razón por la que estoy atrasada? —espetó. Él sonrió y estuve indecisa de si saltaba sobre él o si le rompía la cara.
—Maté a Patterson. Ben y Eric tienen a Félix en el sótano. Heidi no ha abandonado a Aro por lo que Jasper pudo decir y no pude conseguirte extra kiwi…
—¡¿Qué quieres decir que no pudiste conseguir extra kiwi?! —grité, abriendo la tapa de mi bebida—. Puedes destrozar Chicago, hacer que llueva sangre, pero ¿no puedes conseguir fruta en mi bebida?
—Solo bromeaba. —Rio y le di un puñetazo en la nariz—. ¡Por Dios santo, Bella! —rugió, sosteniéndose la nariz.
—Dios no se metería con una mujer embarazada, idiota. —Sonreí, levantándome de la cama.
Sacudió su cabeza.
—Unos de estos putos días…
—Cuidado, Edward, no quieres que tu hijo te escuche amenazar a su madre. —Me fulminó con la mirada antes de sonreír.
Siempre sonreía con satisfacción o se reía cuando mencionaba que cargaba a su hijo. Era como si estuviera drogado. Dejándolo en la cama, me dirigí hacia el armario y tomé mis zapatos blancos juntos con una nueva camisa.
—Tus pechos están más grandes —dijo Edward detrás de mí. Podía sentir la lujuria emanar de él.
—Lo sé, es cómo me di cuenta que estaba embarazada. —Todos mis sostenes eran hechos a medida y solo para mí. Cuando ya no me quedaban correctamente, lo supe. Había tenido la misma talla desde los dieciséis años.
—Tendría que haberme dado cuenta —susurró, acortando la distancia entre los dos.
—Edward, no. Tenemos que irnos. —Lo deseaba, pero también quería volver a mi trabajo y su polla era la razón por la que estábamos en esta situación.
Sus ojos se nublaron cuando abrió la camisa que acababa de abotonar. Observó mis pechos por un momento antes de llevarme hacia su pecho. Con una mano, me tomó en brazos, sosteniéndose de mi trasero.
—Es un prisionero, no se irá a ninguna parte —dijo seductoramente.
Tomando de su cabello, mordí sus labios.
—Guarda tu polla. Bájame y vivirás otro día para tener sexo. Tengo un trabajo que hacer.
Obligándome a salir de sus brazos, elegí una camisa al azar y salí. Pero no antes de escucharlo maldecir y yo solo sonreí. Embarazada o no, seguía manejando todo.
EDWARD
Me dejó allí tan duro que tuve que tomarme una ducha rápida así podía enfrentar a nuestros hombres. Cuando bajé las escaleras hacia el sótano, me encontré con una muchedumbre de nuestros hombres esperando algo. En el cuarto de "interrogación" se encontraba un hombre sentado que deduje era Félix, encadenado a su silla. Sin embargo, mi esposa no estaba por ningún lado. Me llevó un total de once minutos tomar una ducha y vestirme. Ella debería estar aquí.
Ni siquiera necesité preguntarlo, solo asintieron hacia el segundo piso del cuarto, dónde Eric se encontraba frente a la puerta y la abrió al encontrarse con mi mirada. Dando un paso hacia adentro, encontré a mi Bella sentada frente a una mano cortada con una varilla clavada en el medio. Jacob y Emmett estaban de pie a su lado mientras que ella observaba.
—Es la mano del Dr. Anderson —me dijo sin apartar la mirada—. Dejaron otra nota.
Jacob me tendió la nota.
Planeábamos enviar todo su cuerpo, pero nos dejamos llevar un poco. Solo pudimos salvar su mano. Pero, eso es todo lo que necesita un doctor, ¿no? Qué triste que no te vaya a ayudar como ayudó a tu madre cuando estaba embarazada… Vas a necesitar toda la ayuda posible.
—¿Cuándo llegó esto? —siseé hacia Jacob y Emmett.
—Los de seguridad en la entrada lo encontraron unos minutos antes que llegaras aquí —respondió Emmett.
Pellizcándome el puente de mi nariz, tomé aire profundo.
—Déjanos solos.
—No —espetó ella y se detuvieron—. Terminamos aquí. Conseguí lo que necesitaba.
No dijo nada más, poniéndose de pie de su silla con calma. Estaba tan tranquila que era escalofriante. Al momento que salimos, Jasper le tendió otro batido.
—De parte de nuestra madre —dijo rápidamente. Ella lo fulminó con la mirada, tomándolo antes de ir al cuarto de interrogación.
Cuando Jacob entró, ubicó una silla para ella. Mi mente recordó de inmediato la primera vez que la vi. Había cambiado muchísimo desde entonces y aun así era igual en muchas cosas. Ambos habíamos cambiado.
—Así que esta es la perra italiana que logró enojar no solo a Aro, sino a James y Victoria. —Rio Félix y sentí mi mano picar. Quería arrancar la lengua de este hijo de puta.
Para empeorarlo, Bella no hizo nada. Ni siquiera habló; solo chupo del maldito sorbete.
—¿Qué? ¿Piensas derribarme con los ojos? ¿Dónde está esa gran perra mala que prendió fuego la boda del jefe? ¿O solo eres una perra irlandesa ahora? ¿Acaso Cullen te sacó la pelea? —le preguntó y mis ojos comenzaban a nublarse. Iba a arrancarle la garganta de su cuello.
—¡Habla, perra! —gritó, luchando contra las cadenas—. ¿Piensas que voy a hablar? ¿Piensas que te tengo miedo? Yo manejo a los prisioneros de los Volturi. Yo fui quien le cortó las manos a tu puto doctor. Rogó y rogó por piedad. No habló hasta que comenzamos a cortar. Así que llama al puto que realmente está a cargo, perra, así podemos terminar con esto. No soy una rata.
Antes de darme cuenta, tenía mi pistola en mis manos. Si ella no hubiera hablado, hubiera entrado allí.
—Seth. —Fue todo lo que dijo y él salió de las sombras del cuarto como un jodido ninja con una espada en sus manos.
—¿Qué rayos? —Jasper, Emmett, y yo dijimos al mismo tiempo.
Dejando su vaso en el suelo, Bella se puso de pie otra vez tan tranquila como jamás la había visto.
—Mi padre me enseñó muchas cosas mientras crecía —habló Bella mientras daba vueltas alrededor de él—. Él tenía una extraña obsesión con las espadas… pero espadas de hierro. Me dijo que debería entrenar artes marciales y me envió a Japón porque ellos conocen sus espadas. Pensé volver como una puta ninja, pero me patearon el trasero.
—¿Hay algún propósito para tu viaje en el recuerdo, cari…?
Antes que pudiera terminar, la espada de Bella bajó y rebanó su muñeca.
—Mierda —Jasper, Emmett, y yo dijimos al mismo tiempo otra vez mientras observábamos a la mano en el suelo.
Ellos lo dijeron en sorpresa mientras que yo me encontraba algo excitado. Mi esposa era jodidamente atrevida, hermosa y mortal. Jamás dejaba de asombrar.
Félix gritó fuertemente, incluso aunque Jacob metió algo en su boca para callarlo.
—Mi punto es que tengo una espada, hijo de puta. —Sonrió, a solo un centímetro de su rostro mientras él se retorcía de dolor.
—Vas a contestar mis preguntas o perderás extremidades. Eso, —Señaló a su sangrienta mano—, fue por tus comentarios de antes. Estoy tan a cargo que podría ser el puto conejo de Energizer.
Él dijo algo así como "púdrete" y la sonrisa de Bella se ensanchó.
—¿Sabes por qué se le dice a las personas "ratas"? —preguntó mientras Ben entraba con una jaula llena de las criaturas de ojos pequeños y brillantes.
Bella, sin reticencia, tomó uno de ellos.
—Porque son criaturas de supervivencia. No tienen miedo ni lealtad. Hacen todo lo que pueden para salvarse a sí mismos. De hecho, —Sonrió dejando caer la rata en un jarrón pequeño—, se comen lo que sea si así pueden sobrevivir.
—No lo haría —susurró Emmett.
—Estoy cansado de dudar de Isabella, es insalubre que te prueben lo equivocado que estás muchas veces —respondió en un susurro Jasper.
Félix se retorció mientras Ben colocaba su muñeca abierta en el jarrón con la rata. Pero ella no había terminado; a pesar de su apariencia calma, estaba furiosa. Sacando un encendedor, la rata corrió hacia la muñeca para apartarse de la llama. Félix gritó de sorpresa.
—Demasiadas extremidades, demasiadas ratas. Me llamaste perra… dos veces, insultaste no solo mi inteligencia y mis habilidades, mataste a mi doctor. ¿Qué tan enojada crees que estoy? —le preguntó.
»—Primera pregunta y te la haré fácil. ¿Cuál es el siguiente paso de los Volturi? —Él solo gritó de dolor—. Tomate tu tiempo, puedo esperar a que dejes de gritar —añadió, bebiendo su maldito batido.
BELLA
—Está inconsciente —me informó Jacob, colocando su mano en el cuello de Félix. Estaba sorprendida que siga vivo, duró dos horas.
Suspirando, me puse de pie y estiré mi cuello.
—Asegúrate que no muera.
Félix solo me había dado pequeños detalles de información, la mayoría no tenía sentido. Tenía que ser la pérdida de sangre. Sin embargo, obtendría una respuesta y así terminar con todo.
—Es tú la que tiene que estar preocupada por morir —dijo Félix medio ido. Sus ojos apenas estaban abiertos y estaba tan pálido que podría pasar como un cadáver.
—Todavía tengo mis pies y mis manos. —¿Quién carajo se creía que era?
Él sonrió y rio como un demente. Jacob le dio un puñetazo en el rostro, pero Félix solo se rio más fuerte. Antes que pudiera hablar, la casa tembló violentamente que tuve que sostenerme a Ben por un momento. Me tomó un segundo darme cuenta qué lo causó.
Edward entró de golpe.
—El ala este acaba de ser bombardeada, necesitamos irnos YA.
—Los veré en el infierno, malditos. Saluda a los jefes. —Rio Félix y se desmayó.
Hubo otra explosión y la expresión en los ojos de Edward mientras sacaba no una, sino dos pistolas, eran lo más mortal que había visto…
Estábamos bajo ataque.
