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Disclaimer: Los personajes de esta historia pertenecen a NaokoTakeuchi, sólo los utilizo porque me gusta perder mi cabeza en historias locas.
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Senderos Perdidos
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18º "Armas."
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Yaten
El tiempo no estaba a mi favor, tampoco mi paciencia, y por más que caminaba inquieto de un lado a otro de la habitación, sabía que mi respuesta no daba para mucho análisis. Pero quise seguir pretendiendo un rato más, necesitaba creer que había una forma de convertir mi estupidez en un giro maestro para hacer pagar a Kakyuu por todas sus mentiras. Porque ese pensamiento era mucho más tentador.
Sé que debí esperar por mis hermanos, que con el conocimiento de Taiki sobre cómo funciona el laberinto creado por todas estas familias, pudimos haber creado un plan bien trazado, mucho más seguro. Pero al final había decidido que tenía que salir de ahí solo.
¿Cómo podía ser de otra forma? Mina tiene razón, demasiada razón sobre mí, y no iba a permitir que existiera alguna posibilidad de que alguno de los que quedaron en el lugar del que escapé, saliera dañado. Incluso protegería a esas mujeres que tan mal se portaron conmigo, porque eran la familia de Mina, y aunque ella negara cualquier lazo, seguían siendo su sangre. Era ese quizá uno de nuestros rasgos en común, querer evitar que el otro sufra.
Así que finalmente yo había sido un títere muy útil en la cárcel de los Black, movido sin problemas al antojo de Kakyuu. Y me quedaba un acto final, que no podía asegurar del todo que sería realmente una forma de terminar con los años de violencia y muertes que nos rodeaban.
La puerta se abrió suave, pausada, como todo lo que ella hacía en su exterior, pero al mirarla pude notar otra vez esa mirada tan dura y determinada que había descubierto demasiado tarde.
—¿Qué será de nuestro día, Yaten? —preguntó, acercándose a mí.
—Vienes sin ningún cuidado a que pueda atacarte —respondí, evadiendo lo que ella quería saber de mí.
—Si fueras a matarme, ya lo habrías intentado. Eres más inteligente que eso, no harías algo que te costará la vida —resolvió sin mucha vuelta.
Es cierto, cualquier intento por lastimarla, sería mi fin, considerando la seguridad a su alrededor. Pero me cuesta definir qué es lo que pretende, y no tener el control sobre esta situación me estaba volviendo loco.
—Acompáñame —ordenó, saliendo de allí, sabiendo que yo caminaría tras suyo.
En el jardín nos esperaba una mesa servida con té, café, pasteles, y un pequeño arreglo floral decorándola, una postal de felicidad inexistente. Continué mi camino, porque no me quedaba otra que seguirle la corriente por un tiempo más, hasta que lograra definir cuál sería mi jugada.
Nuevamente nos vimos sentados frente a frente, mirándonos en silencio mientras nos servían lo que cada uno eligió beber, la única real elección que me permitía en este momento.
—Mi padre le siguió la pista por años a Ryosuke Kou, siempre supimos que tu hermano mayor trabajaba para los Aino —relató.
Todo el mundo, al parecer, sabía la verdad. Nunca estuvimos a salvo, siempre fue cosa de tiempo antes que todo se derrumbase sobre nosotros. No existían realmente los secretos, los únicos ignorantes fuimos los que quedamos en el camino, creyendo tener vidas normales. Minako y su hermana, Seiya y yo, vivimos en una burbuja que realmente nunca existió
—¿Por qué no fuiste por Taiki? —quise saber, porque me parecía lo más simple y rápido de ejecutar.
—Un hombre que lleva años viviendo esta vida, es difícil de cambiar —resolvió—. Necesitaba alguien limpio de todo esto, alguien totalmente apartado de cómo funciona la vida detrás de las apariencias.
—Pero tú quieres convertirme en uno de ustedes —le recordé.
—No, la razón por la que sigo buscándote es porque eres tan leal —me aseguró.
—Nunca he sido leal a ti.
—Lo eres a tu familia —afirmó, y tenía la razón, totalmente. Aunque por un instante deseé que cualquier lazo familiar que me uniera a alguien, no existiera.
—¿Y crees que casándonos te consideraré mi familia y te daré mi lealtad? Estás siendo demasiado ingenua Kakyuu, esperaba más de ti —rebatí, ¿realmente me creía tan fácil?
—No es eso, creo que eres mejor que cualquier otra persona que pudiera tener a mi lado. Harías lo que sea por tu familia, pero no sabes cómo funciona este mundo, al menos no tan bien como lo sé yo. Siempre estaré un paso más adelante que ti, porque tienes un buen corazón —explicó, y yo no podía entender si estaba alagándome o plantándome un pie encima, que creo es más su costumbre.
—Y para dejar de tenerlo, quieres que mate a tu padre.
—Incluso cuando lo hagas, seguirás siendo un buen hombre, porque la razón que tienes es volver con tu familia, o con esa chica que Ace desea.
No soportaba que la mencionara, no quería que la tocase siquiera con sus palabras, menos aún recordarme todo lo que Ace ha hecho por retener a Mina a su lado. Y si tanto él deseó conservarla, dañándola como lo hizo, entendí que Kakyuu no sería muy diferente.
—Me sorprende escuchar tanta honestidad de tu parte —respondí, porque ya no quería seguir escuchando todo lo que Kakyuu logra ver sobre mis razones, y porque a cada recuerdo de mis hermanos o Minako, mi voluntad se desvanecía.
Me imagino que es esa la razón por la que Kakyuu los saca tanto a relucir cada vez que hablamos.
—¿Acaso te he mentido alguna vez? —inquirió ofendida—. Puede que te haya ocultado durante mucho tiempo lo que realmente quiero, pero enredar tu cabeza no es lo que pretendí jamás. No es mi estilo.
—Sigo perdiéndolo todo, acepte o no lo que me pides —afirmé.
—¿Y qué quieres ganar?
Quizá una oportunidad, de ser feliz, de volver a estar con mi familia, de poder abrazar a Mina otra vez. Pero dudaba que Kakyuu realmente fuese a cumplir con algo que yo deseara. No quería pensar en lo que tanto anhelaba para mí, porque temí que mi rostro mostrase debilidad, porque temí volverme completamente vulnerable y poner en riesgo a alguien una vez más.
—Da igual —respondí, no me interesaba abrirle ninguna puerta amistosa.
—Es curioso cómo estás siempre guardándotelo todo, y yo he sido más abierta y sincera que con nadie en la vida.
—Puedes decirme lo que sea y después matarme, no es sobre confianza —aseguré, aunque luego pensé, que quizá no era tan así—. A tu padre en realidad también puedes matarlo, es lo que pretendes.
—¿Qué clase de hija mataría a su padre? —me cuestionó, casi ofendida.
—Que sea yo quien aprete el gatillo no te quitará responsabilidad.
—Pero eso será un secreto entre tú y yo —murmuró sonriente, y enseguida entendí la razón—. Has aceptado.
No lo había puesto en palabras, pero era evidente que no me quedaba alternativa. Asentí simplemente, no queriendo intercambiar más plática innecesaria. No necesitaba una confidente, menos aún a ella.
—Dime cuándo y puedes considerarlo hecho —agregué.
Kakyuu tomó su taza, dándose tiempo de sorber tu té y saborearlo, disfrutando de una victoria de la que ya sabía, y yo sólo deseé que fuese la última.
Estaba dispuesto a ir por lo más sucio que he tenido que hacer en la vida. Pero también sabía que podía ser una oportunidad que no volvería a tener, y debía exprimirla al máximo.
Ella levantó la vista hacia mí nuevamente, dejando la taza en su lugar y explicándome el procedimiento. Zafiro sería el primero en ser despachado, porque era la excusa perfecta para culpar a Diamante y luego, como venganza, ir por el mayor de los Black. Dejando a Kakyuu como única líder a la cabeza.
Ahí mi rol se cumplía, casarme con ella porque al parecer yo era el hombre que necesitaba a su lado, uno que nunca intentaría opacarla, uno que estaría a su servicio como un esclavo unido de por vida a ella por una promesa forzada. Yo sería su más fiel seguidor en el nuevo imperio que quería formar a su alrededor.
¿Creía acaso que yo deseaba ser parte de todo su sueño de grandeza? No creo que sea tan ciega, de hecho, creo que hay algo que no me dice y que es la razón por la que confía tanto en que haré cada uno de sus deseos realidad.
Es cierto que estando en esta situación debo serle más útil de lo que alguna vez pudo serle Seiya, siendo mi hermano tan impulsivo, impredecible, guiado todo el tiempo por sus emociones, puede que habría hecho explotar el plan de Kakyuu en su hermoso y calculador rostro.
Debe ser eso lo que tiene en mente, las ventajas de tenerme aquí bajo su techo, y yo, por el contrario, intento hallar una a una las desventajas que le puedo traer. Se que cree tenerme completamente descifrado, pero si Seiya se presentaba como un libro abierto y descuidado, yo era lo contrario.
Existían pocas personas que pudieran decir que realmente me conocen, y Kakyuu no es una de ellas.
Esa era mi ventaja.
ღ
Minako
Ser prisionera entre estas paredes no era novedad para mí, pero había tenido la ilusión de poder decidir, ahora que ellas me consideraban parte de su familia.
Lo peor de todo es que mi principal carcelero era Taiki, que debería estar de mi lado cuando lo único que quiero es que su hermano esté a salvo. ¿Nadie podía comprender que lo único que importaba era traer de vuelta a Yaten?
Él se había ido, porque es un grandísimo idiota incapaz de tomar un poco de cuidado por él mismo, siempre tiene que andar metiendo su nariz en el peligro con la excusa de protegernos. No asumía siquiera cuanto le importaban sus hermanos cada vez que hablamos, pero perfectamente ofrecía su cabeza a cambio de ellos.
Se que también lo hace por mí, no soy estúpida, pero habría deseado estar a su lado, poder ayudarlo y salir de todo esto juntos. A veces creo que él olvida que, a pesar de mi repentina familia nueva, sigo siendo la chica que se encontró en el museo, capaz de pelear con todo por conseguir lo que quiero. Y eso sería ahora el traerlo a salvo a casa.
Casa, un hogar, ¿eso era este lugar ahora para mí? No sé si alguna vez tuve un real hogar. Creí tenerlo por algunos años junto a Serena, creí también tenerlo junto a Yaten cuando estábamos escondidos de todo el mundo. Lo único que quisimos fue un poco de calma y ahora más que nunca se ve tan lejana, él se ve tan lejos, y a cada minuto que paso aquí encerrada más desesperada me siento.
Apenas sentí los pasos acercándose hacia la puerta me alerté, alguien al fin se dignaba a aparecer y no me importaba quién fuese, iba a salir en ese instante a buscar a Yaten.
La puerta se abrió y allí estaba nuevamente Taiki, serio, preocupado como pocas veces lo vi.
—¿Dónde estabas? Si necesitan tener una conversación sobre Yaten, merezco ser parte —exigí, caminando hacia la puerta.
Él me detuvo, tomándome del brazo y obligándome a mirarlo.
—No estás en posición de tomar decisiones correctas —me dijo.
—¿Quieres hablar de decisiones? —respondí dolida, soltándome de su agarre y enfrentándolo—. Yaten y yo decidimos dejar atrás todo lo que nos quedaba en la vida por poner a salvo a Seiya y Serena. Lo hicimos solos, sin saber en qué nos metíamos, sin saber que podíamos tener la ayuda de ustedes. Esa decisión tomamos y ahora yo estoy decidiendo que vamos a ir por él. Tú, Lita, Rei, Ami, me buscaron toda su vida porque querían un líder de familia o alguna estupidez así. Y ahora me encierran cuando estoy decidiendo qué es lo que vamos a hacer.
—Estábamos hablando de eso.
—¿Decidiendo si van a dejarme hacer lo que quiero? —espeté molesta.
—Por lo que he sabido, es difícil evitar que hagas lo que quieres. Pero necesitamos que nos escuches, no queremos ponerte en peligro —continuó calmado, tan dispar a toda la inquietud que sentía en mí.
—No estoy en peligro, es Yaten quien lo está —discutí.
—Por ti.
—Yaten está tratando de evitar que tu y Seiya tengan algo que ver con los Black —aclaré. Porque, al parecer, ninguno de los Kou se salvaba de ser obstinado.
—No creo que le importe lo que me ocurra —replicó sin perder su semblante implacable.
—Porque no lo conoces, es tu hermano, pero no sabes nada de él, y estás equivocado si crees que salió de este lugar sólo por cuidar mi espalda. Él…
Me detuve, no sabiendo qué decir.
¿Cómo explicarle a Taiki todo lo que se había perdido en años de no verlo? Que toda esa fachada dura y rasposa no tenía nada que ver con el hombre que existía en el fondo. Y que es probable que Yaten haya perdonado todo, que haya dejado atrás que sus hermanos desaparecieran de su vida, lo dejó atrás en el instante que salió de aquí para ponerse en frente de la batalla.
—Voy por él, con o sin ustedes —declaré.
—Serena sabía que dirías algo así, y estamos todos de acuerdo que es más fácil ayudarte que intentar detenerte —explicó.
Y respiré aliviada, porque sinceramente no necesitaba perder más tiempo discutiendo con todos ellos.
—¿Por qué hablas de él como si fuese una persona extraña? Es tu hermano.
—Si tienes algún plan, te escucho —evadió, aunque me sorprendía que quisiera escuchar cualquier cosa de alguien que no tiene idea en comparación a todo lo que Taiki puede saber para sacar a Yaten ahí.
—Quiero ver a Kakyuu, hablar con ella —le dije, que me pareció lo más lógico. Nada de entrar a lugares a escondidas. Ya no más.
Si realmente existía todo ese poder que supuestamente me corresponde por ser hija de quién soy, era el momento para plantarme frente a ella y poner las cartas sobre la mesa.
—Imposible, no puedes creer que va a soltarlo porque se lo pides.
—Puedo negociar —alegué.
—No tienes qué ofrecerle que pueda interesarle —insistió.
—¿Estás seguro? —pregunté—, porque creo que lo único que tengo realmente, es también lo único que ella podría querer.
Los ojos de Taiki se ampliaron en sorpresa, comprendiendo al fin a lo que yo me refería. Negó con la cabeza, acercándose a mí y tomándome por los brazos.
—¿Estás loca? No puedes entregar el legado de tu familia, estarías tirando por la borda toda la vida de las demás.
—Hablaré con ellas, entenderán —insistí.
—No lo harán, no puedes pedirles algo así.
—No pueden pedirme que no traiga de vuelta a Yaten —sentencié, y era mi última palabra al respecto.
Taiki entonces caminó hacia afuera, guiándome hacia donde estaban todas las demás. Mis ojos enseguida fueron hacia Serena, sintiéndome tan nerviosa que lo único que era capaz de calmarme un instante fue el abrazo en el que me envolvió.
—¿Estás bien? —quiso saber. Yo solo asentí mecánica, porque no estaba segura de cómo me sentía exactamente, lo único seguro es lo que debía hacer.
Ellas seguían mirándome, expectantes a lo que yo iba a decirles. No sé porqué tenía la sensación de que era la primera vez que nos encontrábamos en esta situación, en que fuera yo la que iba a estar a la cabeza de todo. Era probablemente la primera vez que estábamos todas en la posición para la que supuestamente nacimos.
—Se que hay mucho que seguir hablando sobre todo el asunto de la familia que ustedes desean que seamos, pero no puedo ahora —advertí—. Necesito su ayuda, necesito ir por él.
—Fue su decisión salir de aquí —reclamó Rei—. No permitiré que te expongas, no lo vale.
—Él se fue para que nadie más saliera lastimado.
—Entonces hazle caso, no seas testaruda —insistió.
—No estaría frente a ustedes de no ser por Yaten. —solté, porque era la verdad—. Si no están conmigo ahora, nunca lo estarán.
—Estamos contigo —interrumpió Lita, y pude notar la desaprobación en el rostro de Rei, incluso en el de Ami. Y era un alivio saber que al menos una de ellas podía comprenderme.
—Voy a reunirme con Kakyuu Black —les dije.
—Minako, entiendo que Yaten es importante para ti, pero no conoces a esa mujer, no podemos permitir que algo te ocurra —explicó Ami, intentando mantener la calma.
—Voy a ir, no estoy pidiendo el permiso de ninguna de ustedes. Si realmente no quieren que algo me ocurra, díganme qué es lo que debo esperar de ella, necesito saber todo lo que pueda ser útil sobre esa mujer, debo poder ponerme a su altura y recuperarlo —insistí.
Se miraron entre ellas por un instante, pareciendo que no necesitaban siquiera hablar, simplemente comunicándose de alguna forma que no comprendí. Yo busqué la mirada gentil de Serena, quien, a pesar de permanecer silenciosa, estaba justo a mi lado. No necesitaba que me dijera que me apoyaba, lo sabía. Sé que debe estar asustada, pero me conoce lo suficiente como para saber que no lo dejaré ir.
—Iré contigo, Taiki y yo iremos contigo —anunció Lita, acercándose a mí—. Creo que te he visto pelear lo suficiente como para saber que sola no puedes ir. Kakyuu es tan peligrosa como cualquiera de nosotras tres, y no deseo que termines nuevamente cautiva.
No sabía si ella estaba intentando cuidarme o insultarme, pero no me importaba en realidad. Saber que iban a apoyarme fue todo lo que necesité escuchar.
Les expliqué lo que deseaba hacer, y me ayudaron a trazar el momento indicado. Sin la información que Taiki maneja no podría saber de los movimientos de Kakyuu para poder enfrentarla. Y Lita movió gente como una experta, tal como la vi el día que me sacó de donde Ace.
Pero antes de poder actuar, tenía dos paradas más que hacer. La primera era donde Seiya, porque no había podido hablar con él desde que me dijo que Yaten había desaparecido.
Lo busqué en la habitación que compartía con Serena, y lo encontré mirando por la ventana, solo, silencioso.
—Pensé que ibas a estar en la reunión —le interrumpí.
—No soy parte del equipo, como lo es Taiki, no hay nada que yo pueda hacer allí —respondió, sin voltear a verme—. Lo que sí podía hacer ya fue, ya es tarde.
Caminé más cerca, notándolo tan ido y desganado como nunca lo vi en el poco tiempo que llevaba conociéndolo. Yaten siempre hablaba de Seiya como una persona llena de energía.
—Lamento que te hayan encerrado, Serena no estaba de acuerdo —me dijo, nunca fijando su mirada en mí—. Pero estabas tan alterada, y temieron que salieras corriendo tras Yaten, que hicieras algo tan estúpido como lo que él hizo. Y no pudimos detenerlo a tiempo, no lo vi venir. Entonces pensé que, si podían ganar tiempo y calmarte, quizá no todo sería en vano.
Fruncí el ceño, intentado comprender sus palabras, tratando también de no enfadarme al escuchar que él era parte de la genial idea de encerrarme. Porque es cierto que no pude contenerme al saber que Yaten había ido solo donde los Black, pero no es justo que todo el mundo crea que debe controlarme metiéndome en una jaula como si fuese un animal salvaje.
—Voy a ir tras él como sea —le informé.
Entonces Seiya me miró, no sé si espantado o dolido, porque no podía descifrar lo que pasaba por su cabeza.
—Yaten me pidió que cuidara de ti, y no me perdonará que te deje ir por más problemas.
—¿Acaso crees que estoy pidiéndote permiso? ¿Crees que necesito que alguien me cuide? No puedes negarme salir, no puede pedirme que no vaya tras tu hermano —reclamé, cansada de que todo el mundo me dijera qué hacer, que todos intentaran evitar traer a Yaten de vuelta.
Seiya sonrió, acercándose a mí. Tocó mi cabeza en un gesto casi paternal, y por un instante lo sentí más adulto de lo que lo vi actuar antes.
—Metí a mi hermano en el peor problema que pudo existir. Y me odiará por siempre, pero sé que si hay algo que bueno de todo lo que le ocurrió desde que Serena y yo huimos, fue que ustedes se encontraron —comentó calmo.
—Él nunca va a odiarte, si se fue solo es porque no desea que nadie te lastime —le expliqué.
—No quise hacerlo, no quise jamás lastimarlo a él, no lo merece. Él merece estar en paz, ser feliz.
—Entonces debes comprender que debo salir de aquí, que debo traerlo con nosotros, él ya ha sacrificado demasiado, es mi turno —aseguré.
No creía que Kakyuu fueses particularmente violenta, pero la imagen de Yaten herido sobre la cama venía a mi mente una y otra vez. Y esta vez sí dependía de mí salvarlo.
Intenté sonreírle, pero estaba tan cansada. Quería que Seiya dejara de culparse.
—Recuerdo el día antes que Ace apareciera para llevarte. Yaten y yo teníamos todo planeado para sacarte a ti y Serena lo más lejos posible. Y había algo en su mirada que jamás vi antes, la necesidad de que tu fueras feliz, de que tú estuvieras al fin en paz —me dijo—. Sólo deseo poder cumplir con lo que él quiere.
—Nunca podré ser feliz o estar en paz sin él, si no puedo asegurarme de que vuelva a sonreír cuando toma su cámara y ve algo que llama su atención. Si no puedo ver la calma en su rostro cuando tararea alguna canción creyendo que nadie lo escucha. —admití.
Me acerqué a abrazarlo, porque de todas las personas desconocidas que estaban en esa casa, Seiya me parecía el más cercano, el más transparente. Y quería hacerlo sentir seguro porque él necesitaba quedarse aquí con Serena y apoyarme en ir por Yaten, al final era el amor hacia ellos lo que tanto nos unía.
—Ya deja de estar tan serio, ve con Serena. Yaten volverá —le aseguré.
Pude notar al fin un poco de relajo en su semblante. Y al asegurarme de que todo estaba bien, salí.
Aún me quedaba una última parada antes de poder pararme ante Kakyuu.
ღ
Yaten
Estaba cansado, el pasar de los días y mi estado de constante alerta durante mi encierro no era de ayuda. Si no terminábamos con esto pronto, iba a volverme loco.
Miré mi brazo herido, pareciéndome tan lenta su recuperación, y esperaba no necesitar usarlo para salir de aquí. Era cierto que todo el plan era simple y claro, pero yo no podía predecir los inconvenientes, y no era idiota, sabía que ya no estaba en condiciones de dar una buena pelea si era necesario. El ataque de Ace me había dejado físicamente desgastado y sintiéndome algo inútil.
Recordé también el rostro de Mina al ver mi cuerpo herido cuando regresó, la culpa que sentía por lo que me había sucedido. Y nuevamente vino a mi cabeza el temor por ella, porque, aunque estuviera con todos los demás a su alrededor, sé que debe estar vuelta loca tratando de venir aquí. Es lo que hacemos, siempre ir el uno por el otro sin importar las consecuencias.
Sonreí, porque el ser testaruda era un peligro para ella, pero también la hacía ser tan imposible de ignorar. Y la extrañaba tanto, que temí no lograr enfocarme en lo que vine a hacer aquí. Prometimos resolver nuestros asuntos, dejar de guiarnos por las emociones que nos ponían en peligro, y no podía fallar. No podía fallarnos.
Kakyuu entró a la habitación sacándome de golpe de mis pensamientos, y sentí todo mi cuerpo tensarse, siempre alerta a lo que ella tuviera en mente. Pero mi atención fue a sus manos sosteniendo una caja, mientras caminaba hacia mí sin dejar que alguno de sus matones entrase tras ella.
De hecho, no logré divisar alguno en la puerta tampoco.
—Un regalo para mi amor —anunció, abriendo la caja, mostrándome su peligroso contenido.
Era un arma, se veía cara, fina, y no dude un instante para qué estaba enseñándomela.
—¿Hoy? —pregunté, queriendo saber si había llegado el instante de apuntar a Zafiro Black.
Asintió enseguida, cerrando la caja ante mí.
—Mi padre estará en un par de horas aquí, y puedes reunirte con él, tendrás el momento preciso. Espero que me pruebes que de verdad tienes valor —me retó.
Yo solo bufé, si quería provocarme estaba perdiendo su tiempo.
Zafiro no era estúpido, y por mucho que haya sido cegado por su propia hija, por mucho que en ella crea y confíe, yo soy solo una marioneta a su servicio, él siempre estaba probándome para asegurarse que merecía quedarme junto a su princesa. Supongo que el llegar a matar por ella, era la prueba máxima, una prueba que no le convenía para nada a Zafiro.
Pero para mí era una oportunidad, porque una vez muerto, yo tenía que ir por mi siguiente víctima y por la espada. Y salir del encierro que me tenía vuelto loco, iba a ayudar a despejar mi mente y poder encontrar algo a mi favor. Aunque tenía aún algo aquí que me podía dar ventaja. Solo que no estaba seguro de qué me convenía más, o de qué era menos probable que me matara.
—Serás libre para ir de aquí a su oficina, el camino estará despejado —me recordó—. Será simple y limpio, tal como acordamos.
Luego salió, dejándome con la ansiedad de la espera y la sensación de tener a mi favor al menos una cosa: el contenido de esa caja.
Las horas pasaron a una velocidad increíblemente lenta, matando cada gota de paciencia que intenté cultivar, pero ya quedaba poco y debía volver a encontrar mi control de vuelta.
Acomodé mi ropa para lucir impecable, poniendo el arma oculta en su lugar, precisa a actuar y desencadenar el fin de todo esto. Mi traje estaba perfectamente estirado, como si la tela fuese una armadura impenetrable, y era eso lo que yo quería sentir, que mis barreras estaban cada una puesta en su lugar.
Miré una vez más el reloj en mi muñeca, otro de los regalos que tan gentilmente dejó Kakyuu para mí, queriendo estar en perfecta coordinación para que su plan se ejecutara tal como ella lo deseaba. Y la hora en ese costoso reloj indicaba que se aproximaba la hora de entrar en el juego.
Fue tal como ella dijo: pude salir sin problemas, la habitación ya no estaba con llave, y caminé con calma recorriendo ese lugar enorme, buscando en cada paso memorizar por última vez cada una de las acciones que debía realizar. Las que me había indicado, y las que yo tenía en mente.
Hasta que llegué allí, la puerta tras la que encontraría por última vez a Zafiro Black.
No había seguridad por fuera, lo que debería parecerme extraño, porque tal como Kakyuu, su padre no dejaba nada al azar, menos aún cuidar su espalda. Pero esto era obra de ella y yo lo sabía, limpiarme un poco el camino para llegar a mi objetivo.
Toqué la puerta con suavidad, abriéndola cauteloso y no perdiéndome detalle de cada rincón de su trono, el lugar desde donde él movía sus piezas y mantenía su imperio.
—Yaten, decidiste aparecer —comentó, sin levantar la vista hacia mí.
Estaba muy ocupado, al parecer, en una serie de documentos sobre su escritorio que eran mucho más importantes que yo, obviamente.
—Permanecí en reposo por el accidente que tuve —me excusé, recordando lo que dije a Kakyuu sobre mis días en el hospital, asumiendo que ella le habría transmitido la misma mentira a su padre.
—Algo comentó mi hija, que había decidido dejarte fuera de vista, para cuídate hasta que estuvieras en condiciones de volver —relató—. ¿Es eso cierto?
Esa era una pregunta clásica de él, siempre dudando de mí, siempre creyendo que no estaba a la más mínima altura de pertenecer a su familia.
—Kakyuu me dijo que usted quería casarnos lo antes posible, pero ella no merece una boda con alguien convaleciente —resolví.
—Y tu no te mereces a mi hija —atacó, al fin mirándome—. Nunca lograré entender las razones de Kakyuu para insistir en casarse contigo. El amor no puede ser tan ciego.
El amor lo es, de hecho, el amor de Zafiro hacia su hija lo había cegado por completo.
Y es claro que, si Kakyuu se casase con alguno de los hombres poderosos con los que se ha codeado toda la vida, no podría forzarlo a matar a su padre.
—Eso es algo que ella debe responder —contesté serio.
—Has pasado cada una de las barreras, has probado que eres útil, incluso hábil para manejar los negocios que te he encargado —continuó.
—Es un honor representar a los Black en todo lo que me ha designado.
—Sin embargo, alguien decidió que te quería muerto —cuestionó—. ¿Sabes lo que eso significa?
Que estaba metido en la peor mierda. Pero no podía decirle eso en este instante, así que negué con la cabeza como respuesta.
—Que eres alguien, nadie gastaría su tiempo en matar a un simple hombre sin importancia. Las únicas personas que quieren muertas son las poderosas, las que pueden mover piezas a su antojo.
Él no tenía la más mínima idea de lo real de sus palabras. Yo no estaba muerto porque Ace no perdería su tiempo en mi y lo poco que valía a sus ojos.
No soy importante porque no pertenezco a nada de este mundo tan dispar al mío, porque no estoy acostumbrado a vivir la vida esperando que alguien intente quitármela, ni sospechar de todos a mi alrededor.
Pero Zafiro sí era importante, y su vida estaba a punto de terminar porque él sí movía piezas, lo había hecho por tantos años, y Kakyuu deseaba ser la única con poder, no quería ser más la hija protegida bajo el ala de su padre.
Miré nuevamente el reloj, notando que pasaban los minutos y yo debía cumplir con mi parte. Podía sentir el arma presionando mi cuerpo, incentivándome a tomarla y acabar con esto, al menos comenzar a acabarlo.
No perdí de vista a Zafiro, que seguía metido en sus asuntos, también aproveché de observar el lugar, memorizar todo lo que sabía de este espacio, cada vez que estuve aquí desde que me metí en el lío con Kakyuu. Aquí era el rincón seguro de Zafiro, donde no había cámaras y podía hacer lo que quisiera, donde todos los trapos sucios salían a la luz. Pero eso también lo hacía increíblemente peligroso, para él.
Se puso de pie, acercándose a mí, dejando todo su ser tan expuesto para poder cumplir mi objetivo. Y vino a mi mente lo que Minako tanto se cuestionó, ¿iba a ser yo el mismo después de matar a alguien?
A cada paso de Zafiro, podía ver casi en cámara lenta a mi destino irse de mis manos. Era un movimiento simple y rápido para apuntarle y disparar, en el lugar exacto, en el momento exacto. Yo disparaba y nadie lo notaría, porque el arma tenía silenciador, Kakyuu entraría a terminar con el espectáculo antes que regresara la seguridad de ambos y descubriera la verdad. Tendríamos poco tiempo para cubrir la realidad, pero ella lo tenía todo perfectamente planeado.
Entonces él se detuvo, estábamos frente a frente, mirándonos el uno al otro, analizando al parecer el lazo que nos forzaría a unirnos y que él no tenía idea que yo estaba a punto de destruir.
—Estoy muy ocupado ahora, pero en la noche tu y yo podemos beber una copa y tener una conversación importante sobre mi hija —ofreció.
Me quedé en silencio, no sabiendo si sus palabras eran simple charla, o si debía tomarme con seriedad su anuncio de hablar sobre Kakyuu. Era demasiado arriesgado.
Zafiro jamás se había hecho tiempo para mí, ¿y si sospechaba y me estaba haciendo dudar para dar vuelta la situación? O peor aún, ¿si él y Kakyuu están juntos tras esto?
Tan dispar a cuando estuve esperando salir de la habitación, ahora el tiempo parecía irse demasiado rápido de mis manos, y necesitaba cada segundo para poder tomar una decisión. Había mucha diferencia para mí entre matarlo de día o noche, pero si esto era una trampa, no sería mucha la diferencia si yo moría a la luz del sol o no.
—¿De qué tratará esa conversación? Creo saberlo todo sobre la mujer con la que voy a casarme —insistí.
Zafiro soltó una carcajada.
—No creas que por un compromiso tienes derecho a exigirme explicaciones —respondió, y luego, sin que lograse percatarme, puse su mano en mi cuello—. No tengo mi día organizado según a ti se te ocurra aparecer, sal de aquí y vuelve cuando te llame.
Intenté controlar el temor que recorrió mi cuerpo, pero él finalmente me soltó antes de que yo lograse alcanzar el arma con mi mano, y entonces lo decidí. Esa noche era una mejor situación para mis planes, y tenía que tomar la oportunidad.
—Aquí estaré, sin falta —anuncié.
En mi camino a la salida pude sentir mis manos sudadas y mi pulso intentar calmarse, pero apenas salí tras la puerta y avancé unos pasos, vi el rostro de Kakyuu, no tan impenetrable como antes, porque pude notar la rabia que sentía.
—¿Qué has hecho? —murmuró espantada.
Buscar mi ventaja, eso es lo que había hecho. Pero obviamente no podía responderle eso, así que quizá lo mejor era hacerle creer que yo era todo lo que ella reclamaba.
—No pude, lo siento —me disculpé.
Ella me hizo una seña para seguirla hacia donde me mantenía quieto, y caminé a su lado mientras veía cómo su poder quebrajarse.
Me sorprendió que no azotara la puerta tras cerrarla con nosotros en el interior de la habitación, pero sólo entonces me miró furiosa.
—Esperaba más de ti.
—No soy un asesino.
—Lo harás Yaten, o no te alcanzará la vida para arrepentirte, ¿tan difícil es jalar un gatillo?
Me mantuve en silencio, no queriendo que notara la verdadera razón de mi titubeo, pero al parecer estaba lo bastante enojada como para no percatarse de algo más.
—Esta noche —anuncié—, él me citó por la noche, y esta vez no fallaré.
Caminó hasta mí, muy distante de su modo natural, esta vez era una amenaza tan directa como cuando tomó mi mano mientras yo estaba herido, presionando con todo de sí.
—Si esta noche esa arma sigue estando cargada, la descargaré en tu cabeza, y luego en la de tu hermano, y luego en la de tu amante —sentenció.
Sostuve la mirada, no apartándola de sus ojos.
—Puedo jurártelo, esta noche —aseguré.
Entonces ella se apartó, saliendo de la habitación y dejándome solo para al fin poder respirar un instante en paz. Porque ahora sí que existía un plan, y esta noche se ejecutaría, solo que no era literal el plan que Kakyuu había ideado.
ღ
Minako
Estaba tan nerviosa con todo lo que haríamos. Se que he pasado el último tiempo de mi vida yendo y viniendo de lugares peligrosos sin problemas, pero esto era distinto. Yo solía ser anónima, una persona en la que nadie repararía, aunque fuese atrapada. Y ahora el peso de saber la verdad detrás de la familia de la que vengo me llenaba de temor.
Recuerdo haberme preguntado alguna vez qué clase de persona podía planear encerrar en un lugar a otro con el único fin de obligarle a hacer su voluntad. ¿Dónde quedaba el límite de lo normal y lo enfermo? Yo ya no lo distinguía.
Porque de pronto era yo quien estaba detrás de todo ese plan, después de haber estado tanto tiempo encerrada.
No era el genio detrás de toda la operación, ese título corresponde a Taiki, pero fui quien insistió en hacer algo y hacerlo lo antes posible, porque no podía soportar la idea de quedarme con los brazos cruzados mientras Yaten estaba en peligro. Y después de mucho insistir, logré hacer entrar en razón al mayor de los Kou y al resto de ellas, las que no sabía aún como llamar.
Pero ha sido la primera vez que las he sentido de mi lado, aunque costó convencerlas, aunque sé que no estarán del todo de acuerdo con lo que yo haga, al menos esta vez estaban cuidando mi espalda.
Suspiré, cerrando los ojos para sentirme más cerca de Yaten, rememorando la imagen de su mirada llena de vida cuando lo tenía cerca. ¿Qué estaría ahora haciendo? Necesitaba saber que estaba a salvo y que lo que sea que planeó resulte.
Sé que Yaten es mucho más fuerte y centrado que yo, y me gustaría creer que no hará más estupideces, pero ya era bastante malo que decidiera ir directamente donde los Black, ¿era desesperación? ¿Qué más podía llegar a hacer por desesperación?
La vi caminar hacia donde yo esperaba, sola, sin alguien que la siguiera de cerca para cuidarla, y ese era mi momento de actuar. Acomodé mi largo abrigo, asegurándome de tenerlo propiamente cerrado y ocultando por completo mi cuerpo, apreté mis puños en un intento por calmarme. Ahora.
Kakyuu había arreglado una cena de negocios es un caro y exclusivo restaurant de la ciudad. Lo que ella no tenía idea es que Lita manejaba la gran mayoría de ellos, incluyendo en el que nos encontrábamos. Mi paciencia no habría aguantado esperar si es que ella decidía visitar el tocador, así que una de las empleadas del lugar arrojó, como falsa casualidad, el vino sobre el atuendo de mi objetivo, enviándola directo hacia mí.
Ella tomó una toalla, humedeciéndola para intentar quitar la mancha de su vestido. Pude notar su rostro fastidiado, tan dispar a la vez anterior que la vi, cuando estaba frente a mí vestida de novia hablándome sobre la devoción de su prometido. Me costaba comprender que se molestase tanto por arruinar su atuendo, pero ella me pareció desde el primer instante una maniática de su propia imagen, de mantener el control en su pulcra y perfecta presentación ante los demás.
Volví a pensar en los días en que era yo la acorralada, a la que le llenaban la cabeza con mentiras para cumplir sus deseos. Pero yo no mentiría, porque lo único que podía devolverme a Yaten era la verdad.
—Kakyuu —le hablé al fin, saliendo de mi rincón entre las sombras y enfrentándome finalmente a ella.
Me miró sorprendida, quizá porque realmente nunca habíamos estado frente a frente de forma real, si no que sólo en esa conversación absurda alguna vez. Pretendiendo que éramos simples chicas topándose en una tienda de ropa, y ahora tenía claro que mi vida era totalmente anormal.
—Te saludaría, pero no sé cómo debo llamarte —devolvió, quitando su primera reacción desprevenida—. Quizá una ladrona de poca monta, el juguete de Ace, o mejor aún, la amante de mi novio. Eres tan multifacética.
Estaba también dispuesta a enfrentarme y eso era bueno, porque no estaba interesada en perder tiempo conversando con ella.
—Lo sabías, ¿cierto? —pregunté—. Esa vez que nos vimos, sabías quién era yo.
—Se muchas cosas. Qué te acostabas con Yaten y que es por él que estás aquí —atacó.
Sonreí, porque yo no era ya tan ingenua respecto a cómo estas personas juegan con los demás. Ya no me iba a dejar provocar.
—Y yo sé que no lo soltarás gratis —respondí.
—¿Qué podría ofrecerme alguien como tú? Ace no estará feliz al saber que una de sus chicas está persiguiendo a otro hombre, menos aún si eso lo mete en problema con los Black.
—Te sorprenderías.
—Estás haciéndome perder el tiempo. Le daré tus saludos a Yaten —anunció, caminando hacia la salida, pasando muy cerca de mí.
Entonces se detuvo, mirándome a unos centímetros de mi rostro.
—Eres realmente hermosa, pero la belleza no sirve si no eres nadie —sentenció, antes de seguir su camino.
—Aino —solté seca, obligándola a detenerse.
Al fin obtuve su real atención, sus ojos se plantaron en mi y me sentí animada, sabiendo que esto podía resultar.
—¿De dónde sacaste ese nombre? —exigió.
Y yo supe que la tenía al fin en mis manos.
—Han buscado toda la vida a la familia que quisieron desaparecer, pero fallaron. Ahora tu y yo vamos a negociar.
—No tienes idea de lo que hablas, ¿oíste eso en casa de Ace y crees que sabes algo?
—Soy Minako Aino —anuncié, siendo tan extraño para admitir por primera vez quién era, pero si así debía ser para poner a salvo a Yaten, lo asumiría—, hija de Kento Aino.
Nunca pensé que una mujer como Kakyuu iba a perder el control de sus expresiones tan certeras, con apenas un nombre. Pero ahí estaba, no dejando de mirarme, hasta que de pronto volvió a sonreír.
—Es absurdo, no tienes cómo probarlo —devolvió.
Pero ella estaba tan equivocada, porque sí, tenía cómo hacerlo.
Apreté mis puños, luego tomando los bordes de mi largo abrigo para abrirlo, mi mano se perdió por mi costado y sostuve con firmeza la última carta que me quedaba. Recuperar a Yaten costaría entregar lo que nos reunió.
—No puedes tenerla —susurró. No apartando la vista de la espada en mis manos, admirándola como si fuese el único tesoro que importase. Tal como todo el mundo parecía pensar.
—Puedo, porque me pertenece —respondí—, es mía por derecho y no hay nadie más que pueda decidir qué se hace con ella.
Kakyuu avanzó hacia a mí, pero mantuve la distancia apuntándola con la afilada punta de la espada. Se había acabado en ese instante su poder sobre nosotros, ahora era mi momento.
—No tiene sentido —murmuró a distancia, cuidándose de no permitirme tocarla.
—¿Quieres que te cuente mi historia familiar o vas a decirme qué hiciste con Yaten? —insistí.
—Él decidió volver a mí, es evidente que no le importa quién seas —punzó.
—No sabes nada sobre Yaten.
—Puede ser, pero si sé sobre Ace —me dijo—. Digamos que te creo, que eres quien dices ser, ¿eres tan ingenua como para venir aquí por un hombre que no vale mientras hay otro que debe estar tras tu sombra?
—¿Cuál es tu punto?
—Es evidente, te preocupas de Yaten en vez de preocuparte de tu propia seguridad. Una gran debilidad, una vergonzosa debilidad si eres realmente la heredera de esa espada tan valiosa —me insultó, pero no me importaba.
Kakyuu estaba colmando mi poca paciencia, así que fui quien acortó la distancia entre nosotras, presionándola sobre una de las paredes y dejando el costado filoso muy cerca de su cuello.
—Soltarás a Yaten —amenacé.
—¿Y qué ganaría yo? —quiso saber, aun cuando no le permitía moverse.
—Evidentemente quieres esta espada, así que tu decides, la tienes en tu mano o atravesando su garganta —ofrecí.
Era obvio para mí que Kakyuu jamás había tenido que mover un dedo para protegerse, que todo lo hacía alguien a su alrededor, y yo siempre había peleado, así que aproveché esa ventaja al menos sobre ella. Si no tenía más que palabras para molestarme, yo podía fácilmente patear su trasero.
Ella era la razón por la que Yaten estaba tan molesto con su hermano, por la que Seiya se sentía culpable, no era más que una víbora que los engatusó con su actuación de dama en peligro para poder tenerlos a su antojo, pero ya no más. Porque de mí dependía.
Nos miramos sin dejar a la otra descansar, hasta que la evidente ambición de Kakyuu ganó, despegando sus ojos de los míos y observando hacia el costado, mirando hipnotizada la empuñadura de la espada. Para ellos se trataba de tradición y simbolismos, de simple y puro poder.
Ya no podía esperar más, tomé su rostro y la forcé a responderme, sin hacernos perder más el tiempo.
—Dilo, Kakyuu, a qué hora y dónde, Yaten por la espada —insistí.
—Hecho —dijo finalmente—. Durante la madrugada, hay un parque muy cerca de aquí, una fuente de agua.
—Conozco el lugar, ahí será —accedí. Entonces la solté.
Nos miramos por última vez antes de que ella recuperara su compostura y saliera de vuelta a su reunión.
Yaten y yo hablamos muchas veces de la debilidad que significaban nuestros sentimientos durante este tiempo en que debíamos protegernos. Pero sin duda la devoción hacia el poder que vi en los ojos de Kakyuu, que había visto antes también en otros ojos, sería una perdición total. Íbamos a ganarles.
ღ
Yaten
Cuando ella entró en la habitación, avisándome que su padre me esperaba, no vi frente a mí a la Kakyuu con la que he lidiado todo este tiempo. Ella estaba molesta, acelerada, guiada por alguna fuerza que no solía ver en ella.
Cerró la puerta tras de sí, no perdiendo tiempo, no tomándose cada instante, simplemente me indicó que escuchara atentamente.
—No hay más oportunidades Yaten, ni para ti ni para tu amante —sentenció, y me alarmé enseguida, ¿qué tenía que ver?
—Dije que voy a hacerlo esta vez —aseguré, intentando desviar la atención.
—Minako Aino me hizo una visita, preguntando por ti, ya sé quién es —anunció y yo me espanté, porque no podía creer que Mina hiciera algo tan descuidado.
En realidad, podía creerlo, solo que esperé realmente que no lo hiciera.
Sentí mi corazón agitarse e intenté no mostrar ninguna señal de que me afectara, pero era tan peligroso que alguien más supiese quién era realmente Mina, era de hecho uno de los peligros que quise evitar al venir aquí.
Pero si ya todo se sabía, no valía la pena seguir con mi intento de evitarla.
—No es con ella que tienes un problema, es conmigo.
—No hay problemas, sólo hay una espada que estará en mis manos esta noche, luego de que hagas tu parte —sentenció.
—Kakyuu…
—¡Basta! Ve allí, hazlo. Antes que colmen mi paciencia y deje a esa familia de verdad sin herederos —dejó en claro—. Mi familia y sus amigos pudieron ser descuidados y dejar gente en el camino, no cometeré el mismo error.
Entonces era todo cierto, cómo se habían puesto de acuerdo para matar a la familia Aino. Y Kakyuu lo sabía, y si tanto deseaba el poder y no tenía escrúpulos en matar a su propio padre, menos aún dudaría en eliminar a todo quien se le cruzase en el camino.
Me tomó por total sorpresa cuando sacó un arma, dirigiéndola directo a mi cabeza, nunca la vi hacer eso antes porque siempre fueron otras sus formas de ser temible. Pero ya no quedaba camaradería, esto era la cruda realidad sobre ella mostrándose al fin, tal cual.
—Ve, está el camino despejado, tal como lo prometí. Si no me das lo que quiero nunca más la verás, porque esto volará tu cabeza y luego la de ella —anunció—. ¿Has entendido?
Asentí, no quedándome otra opción que continuar con lo que ella había pedido.
Salí nuevamente, y por última vez de esa habitación. Ya no había vuelta atrás, no existiría excusa para retrasar mi parte del trato, no podría seguir cuestionándome si es que me afectará matar a alguien, ni menos aún titubear. No había más estrategias, ni juegos.
¿Esta sería la sensación de caminar a tu ejecución? Estaba seguro de que no sería muy diferente. La tensión, el miedo, la adrenalina recorriendo cada parte de mi cuerpo mientras me aseguraba de tener todo lo necesario para continuar.
Kakyuu me dio espacio para no ser vista por su padre cuando una vez más, toqué esa puerta, pareciéndome mil veces más pesada que todas las ocasiones anteriores en que la abrí.
Tal como él prometió, había una botella y dos vasos esperando por mí. Zafiro atento a mi entrada e inspeccionando cada uno de mis movimientos.
—¿Pensaste alguna vez que finalmente tendría alguna cortesía hacia ti? —preguntó.
—No —contesté sincero—, siempre me ha dejado claro que no valgo lo suficiente para casarme con su hija.
—Es difícil que crea que alguien pueda con ella, no es cualquier cosa crecer en esta familia —explicó.
Claro que no lo era, porque cada niño bajo un techo como el de los Black había crecido siendo manipulador, amando esta vida de fantasía y sin límites que solo ellos podían permitirse, tan dispar de la vida normal allá afuera. Era claro para mí todo lo que había corrompido a Kakyuu desde que era niña, tal como lo hizo con cada uno de ellos, cada generación.
—¿Cuál es tu objetivo al casarte con mi hija?
Esa era fácil de responder.
—Hacer feliz a la mujer que amo —devolví sin dudar—. ¿Cuánto tiempo vamos a permanecer en este interrogatorio?
Zafiro soltó una carcajada, quizá asombra de mi atrevimiento.
—He estado eligiendo qué negocios dejaré definitivamente en tus manos apenas seas un Black, tomará quizá toda tu vida ganarte tu lugar acá, pero al menos se que mi hija puede manejarte —explicó—. Claramente no nos darás más problemas que algunos atentados contra ti después de que se casen.
Se puso de pie, tomando ambos vasos con alcohol y dándome uno.
—Por Kakyuu —ofreció, brindando conmigo y bebiendo.
Lo observé un instante, teniéndolo más cerca y abierto de lo que alguna vez lo tendría. Bebí un sorbo infundiéndome un último impulso.
—Debe existir algo por lo que desees brindar también, Yaten —me alentó.
Aquí íbamos.
Levanté mi vaso ante él, no apartando la mirada de la suya, no queriendo que pusiera atención en nada más que mis palabras.
—Por la familia, los lazos imposibles de romper, por la sangre —expresé, sosteniendo con una mano el alcohol, y con la otra tomando firme mi única llave de salida.
Por la sangre que había sido derramada y la que aún quedaba por correr.
Cada pequeño movimiento, cada décima de segundo que tomaba cada una de mis acciones, eran clave, eran eternas, y aún así no suficientes para asegurarme de ejecutar mi parte sin titubear, sin errar.
Zafiro chocó su vaso con el mío, en el mismo instante en que el impacto de la bala golpeó su cuerpo justo en el punto donde no había salvación posible.
Se tambaleó hacia atrás, y permanecí apuntándolo en todo momento, hasta que el vaso cayó al suelo, haciendo un estruendo. Un instante después, fue su cuerpo el que golpeó el piso, manchándolo de sangre.
La puerta se abrió, apareciendo Kakyuu caminando lentamente hacia su padre, sosteniendo el arma con que me había apuntado hace un rato, mientras él la miraba suplicante.
Se inclinó hacia él, dejando el arma a un costado, sosteniéndolo en sus brazos mientras sonreía orgullosa.
—Te dije que él era perfecto, cumple con todos mis deseos —le dijo —. Es mi tiempo ahora, el tuyo y de Diamante se ha acabado.
Me costaba asimilar que una hija fuese capaz de hablarle así a su padre mientras él agonizaba, era irreal, pero sobre todo perverso. Sin embargo, poco me sorprendía viniendo de ella.
Había pasado el tiempo desde el instante en que la conocí, como la mujer hermosa y dolida a la que mi hermano había abandonado. Y me costó quitarme la venda de los ojos sobre Kakyuu, sus motivaciones, su maldad. Y yo había sido su títere por demasiado tiempo. Pero algo de alivio sentí de saber que había sido yo y no Seiya en que tenía que estar parado frente a una imagen así.
Ahora había cumplido con el primer gran paso de mi parte del trato, y debería matar también a Diamante, ya que al parecer Mina le había puesto el camino fácil para entregarle la maldita espada. Y eso había terminado por definir lo que yo haría.
Quise tanto tiempo saber todas las verdades que Kakyuu quería revelarme, sus promesas de sólo abrirlas a mi cuando nos casáramos, mi ciega necesidad de saberlo todo porque creí que era la única forma de acabar con todo esto, teniendo la información para ser un manipulador más entre tantas sombras.
No, ese no era el camino.
El camino era más simple y crudo. Se acababa aquí y ahora, me importaba una mierda lo que ella quisiera decirme.
Kakyuu besó la frente de su padre cuando él ya estaba evidentemente muerto, y continuó sosteniendo su cuerpo, tan dispar como podía ser viniendo de ella la orden de matarlo.
—Diamante es el siguiente —anunció—. Tan eficiente.
Sin que ella alcanzase a levantar la vista hacia mí, actué al fin. Caminé rápido, pateando lejos su arma donde ella no pudiese alcanzarla, dejándola indefensa en el instante en que la apunté.
Enseguida reaccionó, mirándome desconcertada por un instante, y luego riendo.
—¿Es enserio? —se burló.
—Si no lo crees serio quizá no deberías casarte conmigo —devolví amargo.
—Baja el arma —ordenó, pero yo ya no respondería otra vez a cualquier cosa que saliera de su boca.
—O me voy a arrepentir, vas a poner una bala en mi cabeza, vas a matar a Minako. Me sé el discurso, ahórratelo —respondí.
—Si dispara no lograrás salir de aquí.
—Estás equivocada, si te disparaba en la habitación no lograba salir —aclaré—. Pero desde aquí puedo desaparecer sin que nadie se entere, porque tu te encargaste que esté todo despejado por un buen rato para deshacerte de tu padre.
Había robado tanta información de este lugar, y pasé tanto tiempo escuchando y siguiendo las indicaciones de Zafiro cuando llegué a este lugar por primera vez, que había entendido perfectamente porqué él no permitía a muchos entrar aquí, la razón de que no existieran cámaras, y tantos secretos que guardaban estas paredes.
Incluso tras ellas.
Al fin Kakyuu dejó de sonreír.
—Jamás podrás escapar de lo que has hecho, construiste una vida nueva cuando viniste conmigo la primera vez. No hay vuelta atrás, me perteneces.
—Tengo muy claro que no hay vuelta atrás, no quiero volver atrás —aseguré—. Pero lo que construí no fue contigo, ni aquí.
Y tal como lo había hecho hace un instante con Zafiro, me aseguré de que el disparo llegase justo en el pecho de Kakyuu, haciéndola perder el control de sí misma por una vez en lo que le quedaba de vida.
Se llevó la mano al pecho, desesperada por la falta de aire, no pudiendo siquiera gritar, no pudiendo volver a engatusarme con sus siniestros modales.
De todas formas, yo no pretendía quedarme a despedirla.
—No más amenazas —dije, antes de dirigirme hacia la puerta que tan bien escondida tenía allí Zafiro.
La abrí con dificultad, y salí de allí asegurándome de no dejar rastro de mi escape, pero no miré ni una sola vez atrás por Kakyuu. Se había acabado.
Era de noche cuando logré salir de las paredes de ese lugar que pretendía no volver a ver en la vida, y la oscuridad de esa hora me daba la ventaja que no habría tenido más temprano.
Me había costado decidir no matar a Zafiro al primer intento este día, y mi curiosidad por saber qué más diría de Kakyuu me hizo optar por la noche, y aunque él no me había dicho nada realmente útil, sí lo había sido poder evitar que la luz del día me dejase en evidencia. Además de haberle echado una mirada más de cerca a la compleja estructura de su espacio para asegurarme de poder salir de allí.
Matar a Kakyuu tampoco había sido fácil de aceptar, y pensé que quizá podría haber salido de allí sin toparme con ella. Pero amenazó a Mina, Kakyuu sabiendo la verdad era aún más peligrosa, incluso cuando tenía sospecha de mucho de lo que ocurría, la seguridad en su voz cuando dijo que acabaría con lo que quedaba de los Aino, fue suficiente para marcar mi decisión.
Mientras corrí, alejándome lo más posible de los Black, esperé que toda la sangre que allí había quedado fuese suficiente para que quienes yo quería proteger estuvieran a salvo.
Me detuve un instante para recuperar el aliento, y miré el camino que tenía por delante. Era tiempo de volver con quién sí pertenecía.
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Hola!
¡Han pasado casi 2 años desde la última vez que actualicé esta historia! Pero ya que estamos todos encerrados creí que tenía que sentarme hasta freírme el cerebro y terminar de una vez esto.
No sé si habré podido desoxidar con éxito mis manos sobre el teclado y espero que les guste esto que les traje, sé que me han escrito preguntando si había abandonado y dudo que deje algo a medias alguna vez así que no hay de qué preocuparse. Sí, demoré en exceso, pero sabía que en algún momento iba a iluminarse mi cabeza de nuevo.
A esta historia le queda poco, algunos pocos asuntos que resolver y ya tendrá su final. Y la verdad es que he tenido otra historia en mente hace millones de años y nunca me he animado a escribirla, así que, si tengo suerte, se dará eso.
Espero que les haya gustado y espero con ansias sus comentarios, ya saben que los reviews son el cariño al alma que uno puede recibir, y sinceramente en estos días que estamos viviendo, me haría el doble de bien leerles sobre lo que opinan de lo que han leído aquí.
¡Abrazos!
Katabrecteri.
