Capítulo XVII

Cuando el invierno viene por guerra

La tranquilidad surgía inusual luego del fulgor de la batalla. El campamento se encontraba inmerso en una afonía inquietante, tan turbadora que cualquiera apostaría figuraba al infierno.

La noche era oscura y gélida. Las antorchas iluminaban los senderos trazados en el campamento, la luz que desprendían era tenue casi obsoleta. Pasaba de la medianoche, el cielo permanecía despejado y terso, repleto de brillantes estrellas.

El aliento se condensaba en el aire, pero no se alejaba, no había atisbo de viento que lo arrastrara esa noche serena. El frio era desgarrador y mortal.

La pelirosa acarició sus brazos, deseando que la fricción generara algo de calor. Había cambiado sus ropas sucias por un discreto vestido, algo ligero para proteger a su cuerpo de las destemplanzas del clima. Caminaba de un lado a otro, como un guardia custodiando la entrada, sopesando si debía ingresar en la tienda o dar media vuelta y marcharse.

Lo cierto era que no conseguía sosegar sus pensamientos. La agónica espera la mantenía en ascuas, con el alma en vilo y el corazón dando vuelcos a medida que las horas pasaban. No tenía noticias de Naruto, mucho menos de Sasuke, desconocía si ambos continuaban con vida o yacían muertos en el campo de batalla, devorados por las aves de carroña, con la carne putrefacta y la mirada clavada en el firmamento estrellado.

Los quejidos provenientes del interior de la tienda cesaron repentinamente, extendiendo un pérfido silencio por los rincones del campamento. Sakura detuvo el errático andar, agudizando el oído; las voces sonaban tenues, los hombres dentro mantenían una conversación en susurros, quizás para no perturbar el descanso del pobre hombre que permanecía postrado en el lecho.

Al cabo de unos minutos el medico abandonó el recinto acompañado de una dama y un guardia, gracias a la protección brindada por la oscuridad ninguno de ellos se percató de la presencia de Sakura. Permaneció cerca del ingreso durante un minuto, aunque a ella le pareció una eternidad. Armada de valor, corrió ligeramente la cortina de la tienda, poniendo un pie dentro de la estancia.

La tienda era pequeña, a duras penas contaba con el espacio suficiente para albergar a tres personas. En la esquina, apreció a un hombre, ataviado con media armadura, realizando un esfuerzo sobrehumano para mantenerse despierto. Dirigió la vista hacia el costado derecho, donde Neji reposaba en un lecho improvisado, cubierto hasta el pecho; en la quietud que dominaba la dependencia, escuchaba el sonido áspero de su trabajosa respiración.

Sin pensarlo dos veces, apresuró el paso hacía él, cayendo de rodillas en el suelo. Neji posó la mirada argéntea sobre ella; lucia agotado. El sudor aperlaba su hermosa faz, sucia por la mezcla de lodo y tierra. Era incapaz de precisar los sentimientos que cruzaban por sus ojos en ese momento, sin embargo, la culpa la atormentaba.

–Mi señora, no puede estar aquí— dijo el guardia alarmado, despertando del descanso.

—Deja que se quede– solicitó Neji con voz áspera y débil.

La joven estaba nerviosa cuando llegó. Dentro de ella acrecentaba el temor de que el no deseara verla, no iba a culparlo, su odio bien fundamentado, lo había atribuido con sus erráticas acciones. Neji tenía el pleno derecho de detestarla hasta la muerte, no merecía su perdón.

Tímida, posó la mano sobre la de él. Sentía como las lágrimas se acumulaban en sus ojos, al igual que un escozor ponía la carne de su garganta al rojo vivo. Debía pedirle perdón, por traicionarlo, por destrozar su corazón, había sido tan bueno con ella que ni siquiera lo merecía. No obstante, las noches consiguientes a su fortuito encuentro fueron un tormento, en sus sueños se repetía la escena, una y otra vez sin descanso, atormentándola al punto de llevarla al borde de la locura.

— ¿De verdad eres tú?— masculló, sorprendido.

Suponía que a causa de la fiebre y el dolor tenia alucinaciones, había contemplado a un sinfín de soldados padecerlas.

En un gesto de absoluta devoción, depositó una serie de besos en el dorso de su mano, las cálidas lágrimas resbalaban por sus mejillas.

—Perdóname— susurró con la voz entrecortada por el llanto— lo siento tanto— alzó la mirada, entrelazando sus dedos con los de él.

– ¿Por qué?— cuestionó sin entender, frunciendo ligeramente el entrecejo.

—Por lo que hice— logró decir de inmediato, rompiendo en llanto. Su cuerpo temblaba violentamente. Le costaba articular oraciones coherentes. Toda la pena resguardada golpeaba como una violenta oleada.

—Sakura— llamó Neji, arqueando la comisura de sus labios en lo que lucía como una sonrisa exánime—, te quiero— confesó dolorosamente, sin saber precisar si tal sensación era causa de las heridas o del sufrimiento del alma.

—No puedes quererme— ratificó Sakura entre lamentos.

Aquel encuentro era más penetrante de lo que había imaginado. Si bien, aun no examinaba las heridas de Neji con detenimiento, no se necesitaba ser un genio para percatarse de que estaba muriendo.

No podía permitir que Neji se marchara conociendo el sufrimiento. Escucharlo confesar sus sentimientos era como atravesar una espada por su pecho.

—Te quiero más…que antes— dijo, deteniéndose un instante para recobrar el aliento—. Soy yo quien debe pedir disculpas— estrujó la mano de la pelirosa con la poca fuerza que le restaba—, perdón, Sakura.

La aludida movió la cabeza en negación. Aun después del tormento infringido, Neji estaba ahí, dispuesto a olvidar todo.

—No lo merezco— ratificó Sakura. Sintió un sudor frio recorrerle la espalda. Cuando se marchó aquella noche, por un momento imaginó que terminaría batiéndose en un duelo contra Sasuke, no obstante, en el fondo, sabía que nunca lo haría; amaba al pelinegro, matarlo suponía condenarla al sufrimiento eterno.

—Cuando mi tío me contó sobre el compromiso, no pude contener la felicidad— comenzó hablar, arrugando la nariz al sentir el latigazo de dolor recorrer su abdomen—, me dije que por primera vez obtendría algo que Sasuke nunca podría tener. Estaba equivocado.

—No soy ningún premio, Neji— limpió las lágrimas con la manga del vestido. En cualquier otra circunstancia la revelación habría generado malestar en ella.

—Por supuesto que no— suspiró—.Fue cruel de mi parte dejarte. Fue cruel de mi parte terminar el compromiso— enlistó.

—Por favor, no hables así— interrumpió Sakura, con una nota de manifiesto desespero—, como si fuese una niña y no tuviese conciencia de mis actos— dejo escapar el aire que oprimía su pecho, lenta y pausadamente—. Estaba equivocada, fui una tonta. No pensé en ti ni en cómo te lastimaría. Mi comportamiento fue horrible y nada puede cambiar eso, nada puede hacerlo correcto— espetó, firme como el acero de una espada—, pero podemos perdonarnos el uno al otro ¿no es así? , podemos seguir queriéndonos.

— ¿Ahora que es demasiado tarde?— soltó una risa seca y clavó los ojos en los de su acompañante.

—No es demasiado tarde— negó Sakura.

Era la primera vez que compartía un momento de intimidad con Neji, lejos de los formalismos y las reglas impuestas por la etiqueta. Fue en ese instante que notó las similitudes entre los dos, era un hombre noble, entregado a sus principios, con un sentido del honor y el deber inalterable. Le gustaba su voz fuerte, pero arrulladora, y la manera en que sonreía cuando se encontraba a su lado. Le parecía abrumadoramente encantador, y brindaba una calma nostálgica.

—Es curioso, estaba pensando que si tan solo estuvieras aquí podría decirte lo que sentía, y aquí estas.

Sakura esbozó una sonrisa.

—Y no voy a dejarte, nunca lo hare.

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El aroma de las flores era embriagante; los rayos del sol se filtraban entre las ramas de los imponentes pinos y cedros. El cálido aire del verano estival rozaba sus cuerpos, pasaba entre las delgadas telas de algodón mientras hundían los pies en la tierra húmeda y suave.

Las risas resonaban; harmoniosas carcajadas que impedían un instante de afonía. Era guiado por el dulce sonido de su voz, tan apacible y afín.

Todo a su alrededor era hermoso; el olor de las hierbas, el viento tórrido, las crestas de las montañas, el sonido de su andar. No obstante, apenas prestaba atención al paisaje.

Embelesado, contempló a la niña que pasaba a su lado; desenvuelta, espontanea, hermosa, perfecta. Reparó primero en sus manos pequeñas, delicadas y gélidas, su cabello liso, bonito y agradable al tacto, la nariz infanta, respingona, las diminutas pecas que decoraban sus mejillas, imperceptibles a primera vista, pero notorias después de pasar mucho tiempo observando, eso si no se distraía con la hipnótica mirada de mar esmeralda.

Caminaba de un lado a otro, despreocupada. Entonaba melodiosas canciones y solo se detenía cuando era incapaz de contener la risa. La falda de su vestido se alzaba mientras corría o danzaba, dejando entrever sus diminutos pies descalzos.

Su rostro emergía de repente entre la oscuridad; se volvía hacia él, sonreía, ladeaba la cabeza y hablaba, mirándolo fijamente a los ojos. Temía que aquel hermoso recuerdo desapareciera, absorbido por las tinieblas de la noche. Aquel recuerdo era lo único que venía a su mente una y otra vez, como una escena simbólica.

Atrapado en la telaraña de reminiscencias, Sasuke parpadeo, aturdido. La esencia de las flores poco a poco fue transflorándose en el olor metálico de la sangre y carne putrefacta; la melodiosa voz de Sakura se desvanecía entre los gritos agónicos, quejidos y sollozos desesperados de los heridos. En definitiva no se encontraba en el prado ni tampoco estaba muerto.

Todo a su alrededor lucia borroso, a duras penas mantenía los ojos abiertos, pero los parpados le pesaban; se sentía exhausto. Intentó moverse, mas estaba muy malherido. No podía articular palabra, yacía sobre una mesa de madera o algún material similar, demasiado débil para hablar o gemir.

Se concentró en las blasfemias, ¿acaso estaba muriendo?, tal vez. Notó un par de manos femeninas despojarlo de su armadura abollada y hendida; la cota de malla rota y destrozada. A su alrededor, aparecieron los contornos imprecisos de otras dos personas, hablaban con claridad, pero no podía entenderlos.

—Su brazo luce mal— murmuro la dama—.Esta gravemente herido, pero hare lo mejor que pueda— prometió, hilvanando una ligera sonrisa.

Se sentía muy débil. El dolor fue como una estocada cuando realizó un esfuerzo para levantar la mano. Intentó recordar; la batalla aparecía en fragmentos y destellos. El combate en la sala del trono, el arribó de Sakura al campo de batalla, la ciudad ardiendo…

Alrededor de él había hombres gimiendo y sollozando. No era la primera vez que contemplaba tal escenario, sin embargo, era la primera ocasión en la que él se encontraba en tal estado.

—Esto puede doler un poco— advirtió la chica, estrujando los labios hasta formar una delgada línea recta.

Sasuke no sabía de lo que estaba hablando; escuchó el habitual sonido de la carne al ser cortada con una segueta, y poco después la dureza del hueso. No sintió dolor, tal vez porque estaba habituándose a él.

En la cercanía, alguien maldecía a los dioses con voz monótona y profunda. Los hombres sollozaban y gemían, imploraban a los dioses que terminaran con su agonía, suplicaban ayuda desesperada.

—Sa…kurta— graznó, tan ronco que no era capaz de saber si había dicho algo.

No obstante, debió hacerse oír, porque la chica, anonadada, logró responder.

— ¿Quiere que la llame?— preguntó, colocando una mano ensangrentada sobre su frente. Estaba ardiendo en fiebre, no permanecería mucho tiempo despierto.

Dudaba que alguna persona en ese lugar contara con la suerte suficiente para encontrar a Sakura. Sin embargo, necesitaba verla.

—Hazlo—dijo, esta vez más alto.

La chica realizó una reverencia y abandonó la tienda.

Se preguntaba si Sakura estaría buscándolo. Echó un vistazo a su costado izquierdo y atisbó el brazo cubierto por vendas sucias teñidas en color carmín, así como la ausencia de su antebrazo. Notó como sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas; el humo lo hacía llorar.

Solo, en la agonía, volvió a sumirse en un sueño con olor a muerte. Soñó que la pelirosa estaba ahí, de pie, inclinada sobre su cama, depositando un beso sobre su frente.

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Desde su asiento, lo contemplaba dormir; le costaba respirar, su pecho se alzaba lenta y pausadamente, entre intervalos prolongados, la fiebre no disminuía y a medida que las horas transcurrían los delirios se tornaban recurrentes.

Habían hablado durante una hora o dos, compartieron relatos de la niñez entre risas y un poco de llanto. Inclusive se atrevieron a aventurarse en divagaciones dolorosas, sobre cómo habría sido su vida juntos. Sakura sabía que eso no sucedería, Neji moría, conforme los minutos transcurrían la vida se le desprendía del cuerpo.

Acarició su rostro pálido con absoluta devoción. Si bien, nada remendaría el daño que le causó, pasar los últimos momentos de su existencia a lado del castaño era reconfortante en cierta manera. Limpió su faz con una toalla y aguardó.

—Sakura…— la llamó, abriendo los ojos, intentando reanudar la conversación como si no hubiese existido un largo interludio.

— ¿Si?— cuestionó, inclinándose un poco para escucharlo mejor.

— ¿Aun te gustaría conocer el mundo?

—Por supuesto.

Neji hizo una pausa para reflexionar. Luego espetó con cautela, abordando una situación delicada:

— ¿Te parecería apropiado si antes de formar una familia emprendemos un viaje?

—Me encantaría— espetó, tratando de contener las lágrimas.

Él sonrió. Cuando hablaba, desde el fondo de su garganta se producía un sonido carrasposo; su voz era arrulladora, aun cuando sonaba entrecortada por el esfuerzo.

—A mi madre le habría encantado conocerte— dijo, extendiendo una mano libre para tomar la de ella.

Sakura lo estrujó. La noche era larga. El medico argumentaba que si Neji sobrevivía al tormento sería un milagro. Le había proporcionado un brebaje para el dolor, sin embargo, el castaño se rehusó a beberlo de nueva cuenta, argumentando que deseaba permanecer despierto, aun si eso implicaba soportar el suplicio de las heridas.

Intentó responder, sin embargo, el castaño ladeó la cabeza hacia la almohada y poco después estaba musitando un delirio inteligible. Aún mantenía la presión sobe la mano de Sakura, como si fuese consciente de su presencia.

—Mi señora— llamó un guardia, asomando su rostro rosado y sudoroso entre las telas que resguardaban la entrada—, alguien solicita su presencia— informó.

Temerosa, Sakura echó un vistazo mortificado en dirección a Neji. No quería dejarlo solo, mucho menos en esa situación, pretendía permanecer a su lado el tiempo necesario.

— ¿De verdad requiere mi presencia?— preguntó, una media sonrisa le tensó el rostro.

—Lo es— afirmó el hombre.

Frunciendo los labios, Sakura se puso de pie. Restregó ambas manos en la falda del vestido y caminó hasta el exterior de la tienda.

El aire tenía sabor a ceniza. Al otro lado del campamento, una línea de llamas ardía de horizonte a horizonte, el humo se alzaba serpenteante con dedos de hollín que manchaban las estrellas.

Cuando contempló al guardia para preguntar de quien se trataba, atisbó a Hinata. La chica permanecía de pie, hecha un manojo de nervios. Tenía los ojos enrojecidos e hinchados, quizás había llorado antes de arribar al campamento.

Sin pensarlo dos veces, Sakura se aproximó a ella, envolviéndola en un fuerte abrazo que buscaba brindar consuelo. Ocultó el rostro en el espacio que formaba su cuello y hombro, intentando contener el llanto.

— ¿Cómo se encuentra?— inquirió la otra mujer, apartándose un momento para secar sus propias lágrimas.

—Ya lo veras— masculló la pelirosa, asimilando el destino de Neji—, ven, te llevare con él.

Caminó hasta la tienda, estrujando la mano temblorosa de Hinata. Era imposible imaginar lo que aquella pobre muchacha sentía en esos momentos. Por lo que Neji le había contado, ambos se volvieron cercanos tras sobrepasar las diferencias que los mantuvieron apartados durante la niñez.

La atisbó de reojo, notando el aspecto enfermizo que la mortecina tez nívea le confería; su mirada se volvió acuosa, quizás llevaba más tiempo del que habría imaginado derramando lágrimas.

Se detuvo un instante antes de ingresar, dubitativa; tal vez debía advertirle sobre el estado de Neji. No obstante, tenía la impresión de que ella ya lo sabía. Unas ganas infinitas de abrazarla, y decirle que todo estaría bien, la embargaron. Sin embargo, seria cruel de su parte alimentar falsas esperanzas; su primo estaba muriendo.

Armándose de valor, corrió la cortina de la tienda, ingresando al aposento improvisado seguida de la delicada joven.

Sakura se mantuvo de pie en el lugar que minutos atrás ocupaba el guardia. Observó en silencio la escena; tan rápido como Hinata puso un pie dentro de la tienda se aproximó al lecho donde reposaba Neji, él sonrió como si la hubiese estado esperando. La chica depositó un beso sobre su mano, mas no se sorprendió.

—Hinata— musitó; su vos tenía un deje musical, a duras penas conseguía entenderle.

— ¿Cómo te encuentras ahora?— preguntó, titubeante. Estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano para no romper en llanto—, de salud, me refiero— corrigió de inmediato, disipando cualquier ápice de ambigüedad.

—Eso vas a tener que preguntárselo al doctor— ladeó la cabeza y añadió con una sonrisa—, gracias por venir.

Hinata asintió ligeramente. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas con deje de discreción. No deseaba perturbar a Neji, pero era imposible contener la pena cuando se contemplaba a la muerte de frente.

—Así que estamos todos reunidos— espetó el hombre, como si tal situación no dejara de maravillarlo— ¿no te parece curioso que sea Sakura quien ha cuidado de mí?— preguntó. Apartó la mirada de la cara de Hinata y contempló a la pelirosa, girando la cabeza lentamente, con Shun silenciosos asombro.

Cerró los ojos y comenzó a divagar, hablando en voz baja, entre dientes. Hinata le dedicó una mirada aterrada, a la par que permitía escapar un fuerte y desgarrador sollozo.

—No, Hinata, no llores, por favor— volvió a hablar, aun con los ojos cerrados.

La chica asintió, intentando contenerse.

—Hinata, deja que Sakura conserve el collar de mi madre, para que me recuerde— vocifero.

—No, Neji, no digas eso— pidió ella.

—Haz lo que te digo, por favor.

La heredera Hyuga se levantó de su asiento, lo ayudó a elevar un momento la cabeza para apartar el preciado presente que le había otorgado antes de marcharse, como promesa de un pronto retorno. El actuar del destino era cruel y desalmado, esta vez Neji no regresaría.

Sakura se aproximó a ambos. Con una sonrisa triste, la joven colocó el collar entre las manos de la pelirosa.

—Gracias— murmuró, Neji.

Las palabras brotaban en un torrente inteligible. Hinata afloro en llanto, buscando consuelo en los brazos de Sakura.

—Nos está dejando— dijo con voz entrecortada.

Las últimas horas las pasaron a su lado, escuchándolo divagar, hablaba sobre su madre y evocaba los pocos recuerdos que conservaba de su padre. Revivía con dificultad efigies de la niñez que desprendían felicidad, a las cuales, Hinata se limitaba asentir entre lágrimas y sonrisas melancólicas.

Todo ocurrió de repente. Sin dejar de sonreír, Neji cerró los ojos; se incorporó con una sacudía ligera y contempló a Sakura con sorpresa, los labios ligeramente separados. La pelirosa se levantó de un salto para impedir que se desplomara hacia el suelo. En ningún momento soltó su mano. Mantenía la frente contra el hombro de la ojiverde, y la mejilla contra su mejilla.

La mirada de Sakura se tornó nublosa por las lágrimas, asustada, atisbó con una expresión de asombro a Hinata.

Ambas lograron recostar el cuerpo inerme del joven guerrero en su lecho.

— ¿Ha terminado?— cuestionó la Hyuga.

En sus ojos abiertos de par en par había un melindre de sorpresa, su tez cerúlea relucía bajo la luz de la vela a medio consumir. Ella se acercó y aproximo los labios a su mejilla, depositando un casto beso de despedida.

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El brillo de las llamaradas se reflejaba en el metal de las armaduras de los soldados.

Los hombres al servicio de los Hyuga se encargaron de preparar una pira individual para Neji, lejos de la muchedumbre del campamento.

Sakura se mantuvo a lado de Hinata en todo momento, pretendiendo ser fuerte para ayudarla a sobrellevar la pena que la inundaba.

El cortejo fue corto y sencillo. Los guardias de Neji se encargarían de llevar los huesos del muchacho a la cripta familiar en el estado de los Hyuga, mientras que Hinata emprendería el viaje de regreso ese mismo día.

Llevaba toda la mañana escuchando las oraciones en honor a los muertos. El sonido de las voces se mezclaba con el relincho de los caballos, el clamor del acero y los gemidos de dolor de los heridos, que se combinaban para crear una sonata extraña y terrible.

Caminaba abstraída en sus pensamientos, con la mirada fija en un punto inconcreto, lejos del espacio y del tiempo. Deseaba que todo eso llegara a su fin pronto. Anhelaba con todas su fuerzas que aquello se tratara de una pesadilla y todo volviera a la normalidad, tal como era antes.

Mordió su labio inferior. A pesar de que sentía una profunda tristeza instalada en su pecho, era incapaz de llorar; las lágrimas no brotaban, y se cuestionaba si algo andaba mal dentro de ella. Quería regresar a casa, recostarse en la cama para sumirse en un sueño profundo.

Sin embargo no iba a ser viable. Los pasillos del campamento estaban abarrotados. Tuvo que abrirse camino a la fuerza para desplazarse hasta el pabellón de las curanderas mientras más soldados heridos llegaban.

La pelirosa se detuvo y escuchó las órdenes de la curandera en turno, quien se encargaba de catalogar el estado de gravedad de los recién llegados. Sin más remedio, regresó a sus labores.

A pesar de las insistencias de las otras damas, Sakura se rehusó a descansar. Necesitaba mantener la mente ocupada a la espera de recibir noticias de Naruto o Sasuke. Tenía la certeza de que la tarea de auxiliar aquellos hombres acallaría las demandas de su corazón; siempre había otra cosa que hacer.

—Tengo frio— dijo el soldado que reposaba en el suelo. Había apartado la mayoría de las piezas abolladas de su armadura, dejándolo desprotegido ante las destemplanzas climatológicas.

—Le conseguiré una manta— prometió Sakura.

Sus heridas no eran de gravedad, con descanso y un poco de sopa caliente lograría reponer la moral de los menos desafortunados. Colocó un pedazo de tela sobre el cuerpo descubierto del guerrero, ofreciéndole una sonrisa apremiante.

—Uno de los chicos insistía en verte— dijo una curandera con voz tensa—, probablemente este delirando, ya sabes cómo es esto.

— ¿Dónde?— cuestionó.

Sakura la miraba con los ojos bien abiertos a causa de la conmoción. El tiempo dejo de pasar. Los oídos le zumbaban; el corazón latía violentamente contra su pecho. Ahogada, boqueó tratando de absorber aire, pero sus pulmones no respondieron. Lo que acababa de escuchar debía ser una de las tantas crueles formas del destino.

—Está en la parte de atrás. Llevaba una armadura elegante, supongo que debe tratarse de un hombre de alta cuna.

Tambaleante, se levantó de su asiento. El piso comenzaba a oscilar bajo sus pies. Debía tratarse de Naruto o Sasuke, lo cual significaba que aun existía la posibilidad de que alguno de los dos siguiera con vida. Caminaba con dificultad, moviéndose entre los cuerpos tendidos y las trampas de lodo resbaladizo.

Se aproximó a los hombres que yacían bajo la carpa, descubrió sus rostros, implorando a los dioses piedad. Todos y cada uno de ellos estaban muertos. A medida que deambulaba, con el alma en un vilo y un montón de nudos prietos en el estómago, perdía la esperanza.

Notó como las cálidas lágrimas resbalaban por sus mejillas.

Su corazón dio un vuelco; ataviado con armadura sencilla, flexible y dorada, coraza esmaltada en naranja; el cabello rubio, sucio por la mezcla de lodo y sangre.

—No— masculló con voz estridente, casi en un alarido.

Cayó de rodillas a su lado, envuelta en llanto. Acarició su rostro, esperando que con el simple roce lograda despertar.

—Naruto— llamó por primera vez, tomándolo de los hombros—, Naruto.

Situó una mano sobre su pecho, era incapaz de sentir su respiración o el palpitar de su corazón. Lo despojó de la coraza, sus dedos, finos y largos temblaban.

—Vamos, despierta— solicitó con desespero.

Su cuerpo temblaba violentamente a causa del llanto. Esperaba encontrar a Naruto, pero no en esas condiciones. El chico había marchado a la guerra sin saber que tal vez sería la última ocasión en que lo haría.

No obstante, enmudeció al sentir unos dedos rozar su mejilla; el tacto gélido y pegajoso.

— ¡Esta vivo!— dijo ella con un grito desgarrador— ¡Esta vivo! , ¡Ayuda!

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Ordenó que lo recostaran sobre una de las camillas recientemente despejadas. Naruto gimió débilmente; sus músculos se tensaron, titiritaba, tal vez por la fiebre, se encontraba en muy mal estado, solo los dioses sabían cuanto tiempo llevaba tendido entre la pila de cadáveres putrefactos.

Las curanderas a su alrededor le abrieron paso. Con manos temblorosas y haciendo caso omiso a los tenues quejidos, comenzó a relegar la armadura; inició con la coraza, los protectores de brazos y piernas y por último la pesada cota de malla. Mordió su labio inferior al descubrir la herida: un gran tajo de hombro de abdomen; no era profundo, pero había perdido demasiada sangre.

Sakura era un manojo de nervios, intentaba contener el llanto, más las lágrimas continuaban brotando de sus fanales esmeraldas, nublándole la vista.

Alguna de las hermanas debió aproximarle un cuenco con agua y hierbas; sumergió el retazo de tela en el brebaje preparado para limpiar las heridas, con toda la delicadeza que le era posible, pasó el paño por la excoriación, apartando los rastros de sangre coagulada y suciedad. Naruto se removió en su lugar; sus dedos eran delicados, el agua tibia y relajante.

—Naruto— lo llamó, alterada, clavando la mirada esmeralda en el rostro convulso de dolor del muchacho—. Naruto, por favor regresa a mí, soy Sakura— solicitó. Debía mantenerlo despierto, asegurarse de que todavía continuaba a su lado. Le aterraba perderlo.

Aquella mañana ya había despedido a Neji, no iba a permitir que el rubio tuviera la misma suerte.

Pasó el lienzo por su talente descuidado, adecentó toda estela de bascosidad, exponiendo las refinadas líneas de su faz. Escuchó atenta los murmullos extáticos que se asomaban desde lo más profundo de su garganta como un gutural gruñido.

Los heridos continuaban ingresando a los tendales por montones. Sin embargo, Sakura no prestaba atención a su alrededor; se encontraba absorta en el desaventurado estado de su amigo, cercándose de miedo con el simple hecho de pensar que podía fracasar en el intento de mantenerlo con vida.

Acarició la frente húmeda, aperlada por el sudor. Las heridas de Naruto estaban infectadas, y no era de esperarse menos, lo había encontrado entre los muertos y moribundos.

Entrelazó sus dedos con los del rubio; sus parpados cerrados, la boca ligeramente entreabierta. La tarde pronto caería. El sabor salado de las lágrimas desembocaba en sus labios. No debió marcharse molesta la noche que salió huyendo del campamento, sabía que Naruto hacia todo lo que estaba en sus manos, no obstante, consideraba que no era suficiente y decidió buscar ayuda. Regresó con un enorme ejército respaldándola, hombres dispuestos a entregar su vida por derrotar a un mal en común. Aun así, falló en la tarea más importante de todas: salvar a Naruto y Sasuke.

Volviendo al tratamiento de las heridas, seccionó los bordes de la lesión, limitándose tan solo a retirar unos cuantos desgarros que no estaban ensangrentados y los coágulos; limpió el corte con extracto de sauce, apartando la suciedad y cuerpos extraños. La herida de corte había sido realizada con mucha fuerza, la suficiente para matarlo, afortunadamente, portaba la cota de malla y la coraza recibiendo el mayor daño Con dificultad, lo tomo entre sus brazos, alzándolo ligeramente de la camilla para colocar el vendaje de muselina.

Soltó un suspiro al sentir como el chico colocaba la frente sobre su hombro, buscando reposo.

—Sakura— masculló con voz débil, cansada.

—Aquí estoy— respondió ella para tranquilizarlo, pasando una mano por toda la longitud de su espalda.

— ¿Ganamos la batalla?— murmuró.

Sakura esbozó una ligera sonrisa.

—Hemos regresado a casa.

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Los parpados le pesaban. Tenía la espalda recta y las rodillas clavadas en el piso. Sus ojos amenazaban con cerrarse en el momento menos esperado, se sentía agotada, tantas noches en vela la habían llevado al borde de la extenuación, superando sus propios límites.

Una afable chica se ofreció a subrogarla a la mitad de la noche, asegurándole que cuidaría muy bien de Naruto, pero Sakura se negó.

Despertó de un ligero sueño al escuchar el trino de los pájaros. El tumulto de la tienda había cesado, las mujeres iban de un lado a otro, más tranquilas, atendiendo a las quejas quedas de los heridos restantes. Una mezcla de gritos, llantos y maldiciones conformaban la sonata de los últimos días. Sakura se había habituado al caos de la sinfonía; tanta calma parecía antinatural.

Se restregó los parpados hinchados, no estaba durmiendo, tan solo daba unas cabezadas, yacía en un estado de duermevela.

Echó un vistazo al rostro de Naruto. Una sonrisa de genuina felicidad se hilvanó en sus labios: el chico tenía la mirada clavada en el techo, su pecho se alzaba lentamente, al compás de una respiración pausada, sostenía su mano con fuerza, tal como lo hizo durante toda la noche.

—Soñé que estábamos en el lago, los tres— comenzó hablar: la voz rasposa y ahogada— ¿Lo recuerdas?, fue el último verano que pasamos juntos.

Al exterior clareaba el día, los espacios entre la tela de la tienda dejaban apenas pasar unos débiles rayos de luz.

—Si— respondió, acariciando con absoluta devoción el costado de su rostro.

—Oh, por los dioses— espetó bajito, a media voz, pero muy claro, avivando el llanto desesperado.

Conmovida, la pelirosa inclinó el cuerpo hacia delante, era complejo atisbar a Naruto en un estado tan vulnerable; la guerra podía hacer de los hombres unos monstruos o un despojo, dependiendo del extremo al que se inclinara la balanza. Depositó un beso sobre su frente, tal como solía hacerlo cuando eran unos adolescentes.

—Tranquilo, ya estás de vuelta.

—Lo siento tanto— se disculpó, clavando la punta de los dedos en el antebrazo de Sakura.

Naruto no se excusaba solo por ese momento, sino por todo lo que la habían obligado a pasar durante los últimos meses.

—No— respondió, con la mirada fija en el techo, al mismo tiempo que pasaba los dedos entre los mechones rubios y sucios de su amigo—. De no haber pasado por todo esto, todavía seguiría siendo una niña asustada.

Naruto intentó continuar, pero ya no quedaba nada. Las lágrimas afloraron en sus ojos, resbalaron por sus mejillas y cayeron en grandes goterones sobre la manta. Lloraba encorvado hacia delante, con las manos aferradas a su antebrazo, se agitaba sacudido por pequeñas convulsiones. Sakura lo atrajo hacia sus brazos, donde Naruto continuo llorando en silencio, temblando. Sentía como el hombro de su vestido se empapaba por las lágrimas. Mientras sostenía el cuerpo de su amigo con la mano izquierda, acariciaba su cabello con la derecha. Así se mantuvo en esa posición durante mucho rato, hasta que el llanto ceso.

—Necesitas dormir— señaló el rubio al percatarse de su aspecto deplorable.

En alguna otra ocasión, lo habría golpeado gracias a su descarado comentario, no obstante, debido a las circunstancias en las que se encontraban dejó escapar una pequeña carcajada. La verdad era que tenía una traza aciaga: las marcas cerúleas bajo sus ojos hinchados por el llanto se hacían más notorias con el transcurrir de los días; la larga melena rosada, ahora enmarañada y medio atada en una trenza floja, el vestido manchado de sangre, tierra y otra serie de fluidos que emanaban de los cuerpos heridos.

—Voy a remover el vendaje. Te ayudare a sentarte, agárrate de mi mano— indicó, haciendo caso omiso al comentario del muchacho.

La herida cicatrizaba bien, estaba seca. Retiró el vendaje sin dolorosos tirones al separarlo de la costra recién formada; tocó con cuidado la línea diagonal que iba desde el hombro hasta la primera porción del abdomen.

—Estuvo conmigo en la batalla— espetó Naruto.

— ¿Quién?— preguntó Sakura, un poco extrañada. Había colocado más emulsión de sauce en la herida, y ahora proseguía con el vendaje.

—Sasuke— masculló.

La espalda de Sakura se tensó con la sencilla mención del nombre. Un nudo apareció en su garganta.

— ¿Seguro que no estas delirando?— preguntó ella, colocando una mano sobre su frente, solo para asegurarse que no estuviese bajo los efectos alucinógenos de la fiebre.

—Regresó al campamento luego de que tú te marchaste— la última silaba quedo suspendida en el aire, desgajada—. Luchamos lado a lado, como prometió hacerlo desde un inicio.

Sakura situó ambas manos sobre su regazo; su corazón latía con fuerza, un palpitar estremecedor que retumbaba detrás de sus orejas. El montón de nudos prietos en el estómago se hizo más estrecho, removiéndole las entrañas. Aquello debía tratarse de una puta bruma.

—Lo perdí de vista a mitad de la batalla— dijo, mortificado, clavando la mirada sobre sus manos—. Recuerdo que fue detrás de Obito, intente rastrearlo, pero fue demasiado tarde. Algo me golpeó con fuerza y de inmediato caí inconsciente. Desperté al escuchar tu llanto, y solo ahí fue cuando supe que no había muerto.

Sakura enmudeció unos instantes. Comenzaba a sentirse intranquila de nuevo, sabiendo que Sasuke podía encontrarse con vida en algún lugar del campamento, o yacer con los muertos. El cansancio se diluía en una bruma de inquietud. Necesitaba ponerse de pie e ir a buscarlo.

—De no haber sido por ti estaría muerto— agradeció, buscando la mano de la pelirosa para sostenerla un momento—. La ciudad habría caído— continuó.

—Hice lo que creí que era correcto— espetó ella, titubeante, dando un pequeño estrujón a la mano del rubio—.Necesitas descansar— dijo, cambiando por completo el tema. Parpadeó en varias ocasiones para disipar las lágrimas, lo último que deseaba era preocupar a Naruto.

—Tú también lo necesitas.

Sakura asintió ligeramente con la cabeza. En verdad necesitaba reposar durante días enteros, olvidar todo lo sucedió, y al despertar tener la sensación de que solo se trataba de un mal sueño.

—Descansare cuando haya encontrado a Sasuke— murmuró contra la frente del rubio.

Al apartarse, Naruto le lanzó una mirada de absoluta preocupación. No obstante, era incapaz de olvidarse de Sasuke, aun cuando todo en la vida de ambos hubiese marchado mal.

Continuara

N/A: No saben la nostalgia y felicidad que siento al ver que solo quedan dos capítulos para concluir esta historia.

Quizás los últimos dos hayan sido demasiado cortos, pero prometo compensar esto con el desenlace del fic.

Hablando respecto a la historia, ¿recuerdan que la espada de nuestra protagonista portaba una maldición?, bueno, no quiero hacer un spoiler, pero tal profecía es de vital importancia. Neji ha muerto, Naruto está vivo, y Sakura ha ido a buscar a Sasuke.

Mientras realizaba el borrador de estos últimos capítulos me sentí entusiasmada al contemplar el desarrollo de Sakura a través de la historia, y decidí darle un cierre épico a su personaje.

Muchísimas gracias por la espera, y sobre todo, por la paciencia. En verdad, gracias por acompañarme durante estos dos años, casi tres, por dedicarle parte de su tiempo. Espero que este fic haya ayudado a pasar las noches de insomnio, los días libres, hacerlos olvidar los momentos malos y de todo lo que pasa a nuestro alrededor por un momento.

Sin nada más que añadir, esto es todo por hoy.

Espero regresar pronto con una actualización.

Ojala el capítulo haya sido de su agrado.

Les mando un fuerte abrazo donde quiera que estén.

Nos leemos hasta la próxima.

Shekb ma Shieraki Anni.