Capítulo XVIII
Rechazo
Las cenizas caían del cielo como copos de nieve; el reino perecía bajo un manto ceniciento, entre las enormes columnas de humo negro.
Desde las ruinas de la muralla, atisbó el camino principal; todo a su alrededor se sumía en un espiral de devastación y tormento. El cielo se teñía aciago. La tierra parecía muerta, abandonada por los dioses, en medio de una cruenta hecatombe.
Los escombros yacían en el suelo, esparcidos por los senderos de piedra. Degustaba el sabor del hierro de la sangre y el de la carne chamuscada y los huesos calcinados entre sus labios.
Se topó con un festín de cadáveres putrefactos, apilados cerca de la entrada principal, uno sobre otro. Las aves de carroña rondaban alrededor, aguardando el momento adecuado para degustar el pútrido festín de vísceras y pernil. El olor era nauseabundo, insoportable, al igual que apreciar la pérfida imagen. Aceleró el paso colina arriba, con la respiración entrecortada y el alma en vilo.
Era escabroso contemplar en lo que se había convertido la ciudad. Konohagakure estaba reducido a escombros y pavesas, el sitio donde creció no era más que una fosa común, a medida que los días transcurrían la gente moría, hombres, mujeres y niños inocentes por igual fenecían inermes, sin esperanza alguna.
Los gritos afligidos de las mujeres, el doliente llanto de los niños, los singultos sojuzgados de los heridos; todo componían una maquiavélica pieza que retumbaba en sus oídos, como un segmento abrumador.
Detuvo los pasos a la orilla de una casa, intentado recobrar la compostura. El sendero hacia el castillo parecía interminable, aun le restaba un segmento por recorrer. Inhaló y exhalo en repetidas ocasiones, sus entrañas se removían a causa del característico y repulsivo aroma de la muerte, mismo que penetraba los rincones de la ciudad hasta la médula.
Contuvo las ganas de llorar. Había acudido a la ciudad con la única misión de localizar a Sasuke. Llevaba un día entero buscándolo, acudió a los campamentos de los aliados y al designado para los enemigos, sin embargo en ninguno obtuvo vestigio del azabache. Iba perdiendo la razón a medida que el tiempo transcurría, lento y escabroso.
—Mi señora, ¿se encuentra bien?— pregunto un afable joven detrás de ella, contemplándola genuinamente pesaroso.
La pelirosa restregó ambas manos en la falda de su vestido, reparando por primera vez en su aspecto; llevaba la larga melena a duras penas sujeta en una trenza improvisada; su indumentaria, completamente decorada con manchas carmín que comenzaban a oscurecerse. Bajo sus hermosos ojos, hinchados y enrojecidos por el llanto, se apreciaban marcas cerúleas, denostando la falta de descanso.
—Si, por supuesto— respondió con nerviosismo.
— ¿Esta segura?— preguntó el chico, escéptico.
—Si— sonrió ella, débilmente, percatándose de la herida en la frente del muchacho. No era profunda, mucho menos ponía en riesgo su integridad—. Este herido— gesticuló, colocando un dedo bajo la barbilla del joven, examinando sus rasgos infantiles con detenimiento.
—Es solo un pequeño rasguño— espetó, encogiéndose de hombros—. Estaba ayudando a mi madre y hermana a escapar. No fuimos capaces de arribar al refugio. Todo sucedió tan rápido.
Sakura tragó grueso. Los más afectados de la guerra siempre eran los desprotegidos. Recordaba la noche de su huida, se dirigía al refugio antes del inminente ataque, Sasuke la salvó aquel día.
— ¿Ambas se encuentran a salvo?
—Así es, mi señora— asintió con ímpetu, ofreciéndole una fable sonrisa—, ambas se dirigen al comedor comunitario. Si usted lo desea puede unirse a nosotros, nuestra casa no es muy grande, pero si lo suficiente acogedora para pasar la noche.
La pelirosa sonrió, ligeramente. Aquel chico le recordaba en cierta parte a Naruto; tan benévolo, siempre tan venturoso, aun en los tiempos más alevosos.
—Me encantaría, pero ahora no puedo— esculló, acariciando su mejilla.
— ¿Puedo auxiliarla en algo?, no me molestaría ayudarla on cualquier cosa que necesite.
Sakura lanzó un suspiro. Para ser honesta consigo misma, ni siquiera tenía la menor idea hacia donde se dirigía, buscaba a Sasuke sin rumbo fijo ni dirección concreta que lo llevara a él.
—Estoy buscando a una persona, un soldado, se encontraba en esta zona en el momento de la batalla— acotó Sakura con la mirada acuosa y los labios trémulos.
—Si se trata de un soldado, probablemente se encuentre en el campamento de las hermanas, cerca del mercado de los marineros— explicó, señalando el camino con un dedo.
—En ese caso es ahí hacia donde debo ir— sonrió Sakura, tristemente.
— ¡Haru!— Gritó una mujer al otro lado de la calle, moviendo su brazo de un lado a otro para capturar la atención del muchacho.
—Ahora debo irme— dijo apenado; un ligero sonrojo coloreándole las mejillas.
—Ve con cuidado, Haru— se despidió Sakura.
—Le deseo buena suerte en las batallas por venir.
Y con aquella grácil desbandada el chico dio media vuelta y se marchó, dejándola sola, absorta en sus cavilaciones y aprensiones.
Sin más remedio, caminó hasta la vereda bifurcada. Se mantuvo de pie, meditando si debía proseguir o no. Echó un vistazo al meandro de la derecha; una calzada cubierta de árboles, la cual dirigía a cualquier viajero a la residencia Haruno.
Lanzó un suspiro; armándose de valor subió a la carreta de bueyes que aguardaba cerca.
La brisa fresca acariciaba su rostro; aquellas tierras habían pertenecido a su padre, a su abuelo y todos sus ancestros. Abundaban las aves silvestres, los ciervos y los cerezos, que florecían al morir el invierno, tiñendo el camino de rosa al caer los pétalos. Hacia el oeste, donde la tierra se elevaba, abundaban los campos de trigo y algodón y al norte, al final de las colinas, se apreciaban los montes claros donde pacían las vacas y ovejas.
Conocía a la perfección la hacienda, cada rincón, cada flor, árbol y ser viviente que merodeaba a los alrededores. Había recorrido los caminos en compañía de su hermano pequeño, cuando escapaban en complicidad de las atenuantes lecciones con tutores privados. Cabalgaban entre los campos de trigo, y tomaban un descanso a la sombra del gran roble cerca del estanque.
Las lágrimas descendieron por su rostro; solo los recuerdos subestiman, ahora no eran más que vestigios de desolación.
Bajó de la carreta con un grácil salto, plantando los pies en la tierra. Observó con detenimiento el sitio que alguna vez llamó hogar; las puertas abiertas de par en par.
Caminó con pasos renqueantes hacia la entrada. Ingresó a la sala alargada, de techos altos, envuelta en penumbra. Los muebles, destruidos desperdigados por el piso, al igual que los cuadros y uno de los candelabros. Sin duda alguna, los hombres de Obito habían saqueado cada rincón de la casa. Tan solo de imaginar la angustia de sus padres, su corazón dio un violento vuelco, obligándola a frenar el paso en medio de la habitación.
En sus mejores momentos la alfombra mohosa bajo sus pies tenía colores maravillosos, un tejido con brillos de oro que aun brillaba entre el gris desvaído de los mechones azulados. Su padre la trajo como recuerdo de uno de sus tantos viajes al otro lado del mar.
Lo que quedaba del tapiz amortiguaba el sonido de sus pesadas. Sakura escuchaba ruidos dentro de las paredes, como ratas de rascaban y correteaban.
— ¿Qué es lo que está buscando? — Gritó un hombre a sus espaldas—, váyase de aquí si es que aprecia su vida, no lo repetiré una vez más— advirtió, mordaz.
Sakura dio un respingo asustado, llevándose, en un mero acto de instinto, la mano izquierda al pecho. Dirigió una mirada a la habitación donde había surgido la voz. Al cabo de un par de segundos un hombre de la servidumbre se presentó ante ella, sosteniendo una daga.
— ¿Araki?— pregunto en un hilo de voz, oteando, cautelosa, al anciano. Aquel hombre era uno de los fieles servidores de su padre. Era tan solo un niño cuando puso sus servicios al mando de su abuelo, y un joven cuando Kizashi tomó su lugar como heredero. Conocía a su esposa, a sus hijas y nietos. La más pequeña de sus descendientes formaba parte de su sequito de damas—, soy yo, Sakura.
La pelirosa hizo un ruido sordo con la nariz, al mismo tiempo que colocaba las manos a sus costados.
— ¿De verdad es usted, mi señora? ¿O acaso estos ojos viejos y cansados, me están jugando una broma?— cuestionó con voz gruñona.
—Soy yo, Araki, estoy de vuelta— dijo con una sonrisa, a la par que afloraba el llanto.
El hombre se aproximó a ella tan rápido como sus piernas se lo permitieron. Dejó caer la daga al suelo y acunó el rostro de la pelirosa entre sus manos. Sakura rodeó la cintura del anciano con ambos brazos; su cuerpo trémulo por el llanto.
—Ya está en casa, mi señora— masculló contra su cabeza, pasando una mano por su larga melena—, ya está a salvo.
Así como hace algunas noches ella había permitido a Naruto llorar sobre su hombro, Sakura hizo lo mismo.
— ¿Dónde están todos?— cuestionó sollozando—Mamá, papá, ¿Dónde se encuentran?— quiso saber, con el alma en vilo.
—Los lleve a un refugio cercano, al antiguo santuario cerca del estanque— informó.
Sakura se apartó, secando el rastro de lágrimas con la manga de su vestido.
— ¿Puede llevarme con ellos?
—Por supuesto, mi señora.
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Se encontró ante las ruinas antiguas y grises. El santuario de Amaterasu llevaba abandonado más de un siglo.
El sitio sagrado perteneció a los Uchiha, los grandes guerreros de la estirpe acudían ahí para recibir la bendición de la diosa del Sol antes de la batalla, sin embargo, luego del pacto de paz y la fundación del reino, el lugar fue abandonado.
Se trata de una edificación baja y alargada, sin torres ni ventanas, con paredes de piedra y un techo de tejas negras. Siguió de cerca los pasos de Araki, prestando atención al intrincado camino de lodo y ramas bajo sus pies.
Bajo los árboles negros, los rayos del sol a duras penas se filtraban, tornando la oscuridad más intensa, y el camino, muy largo. Al cabo de unos minutos, cruzaron la puerta principal, adentrándose en un interminable sendero de antorchas encendidas.
Las personas hablaban en voz baja; tenues susurros retumbaban entre las paredes del recinto, emulando el sonido que generan las copas de los arboles al moverse con el viento.
Niños, mujeres, hombres y ancianos, permanecían resguardados en el templo de la diosa, buscando protección. Si bien, la batalla había finalizado, el caos reinaba en las calles.
Pasaron por distintas puertas hasta arribar a una enorme sala despejada, con un altar sobre una tarima y una enorme estatua de la diosa erguida en el centro. Las familias se congregaban alrededor o en cualquier rincón disponible. La atmosfera era cálida y acogedora, distinta a la cruda realidad que les aguardaba afuera.
—Por aquí, mi señora— indicó Araki, llevándola al otro extremo de la habitación, donde aguardaba su esposa en compañía de sus dos hijas y un niño pequeño.
—Por todos los dioses— masculló la dama regordeta, anonadada—nos han bendecido— añadió, a la par que abandonaba su asiento para ir a encontrarla con un cálido abrazo.
Sakura correspondió gustosa las muestras de afecto. Si bien, su estirpe se había reducido a ella y sus padres, consideraba a las personas que la rodeaban parte de la familia.
—Los dioses son bondadosos— dijo su antigua compañera, pasando los brazos alrededor de la nuca y atrayéndola hacia su cuerpo.
—Me alegra saber que estas bien, Reishi— respondió la pelirosa, correspondiendo el fuerte abrazo.
Sentía que había estado lejos de casa una eternidad. La nostalgia y algarabía se mezclaban en su pecho. Si bien, nada volvería a ser como lo era antes, tenía la certeza de que tiempos mejores vendrían para ella y todos aquellos que la rodeaban.
—Sakura.
Un escalofrió recorrió su espalda al escuchar la voz llamarla. Sus brazos cayeron a los costados, al mismo tiempo que la respiración se solidificaba en su pecho. Por el tono, carente de inflexión, detectó que no había molestia, y si la hubiese, Mebuki estaba en su derecho de detestarla.
Podría excusarse, explicándole todo lo acontecido desde el inicio, el cómo su fortuito encuentro con Sasuke aquella noche salvó su vida, arrastrándola en una vorágine de aventuras que llevaría consigo por el resto de su existencia. Mentiría si catalogara la experiencia como un castigo, al contrario, durante todo ese tiempo contempló efímeros paisajes, se enfrentó a peligrosos enemigos, incurso en el juego de la política, pero sobre todo, logró conocerse a sí misma.
Dubitativa, viró sobre sus tobillos, lenta y pausadamente; Mebuki apareció ante ella, mortificada, llevaba el más discreto de sus vestidos, envuelta en un ligero chal para protegerla de las destemplanzas climatológicas del inminente invierno. Su faz, plegada y gastada, le confería más años de los vividos, y era posible apreciar el profundo desasosiego en su mirada, brillante por las lágrimas.
La pelirosa tragó grueso, a la par que el destello de la dolorosa sorpresa cruzaba por sus fanales esmeraldas. Le entraron unas ganas infinitas de abrazarla, ocultar la cabeza en su hombro y dejar fluir sus penas, como solía hacerlo cuando era una niña. Sin embargo, no hizo tal cosa. En su lugar, se quedó de pie, escudriñándola el tiempo suficiente para percatarse del daño que había hecho.
—Madre— su voz sonó estrangulada—, yo, lo lamento— continuó, dejando las demás palabras en el aire.
Solo entonces, cayó en cuenta que el amor puede llevar a cualquiera a cometer locuras, en su caso, la llevo por donde siempre quiso.
Mebuki dio un paso al frente; con las manos trémulas y gélidas, acunó el rostro de su hija, sin apartar la mirada de sus ojos verdes, mostrándole total y absoluta devoción.
Sakura dejó escapar un sonido ahogado desde lo más profundo de su garganta, y sin dudarlo, envolvió el cuerpo de su madre con ambos brazos, viéndose correspondida en ipso facto.
Afloró el llanto, tempestuoso como una tormenta; su cuerpo temblaba de forma violenta, casi convulso, mientras los sollozos desesperados entrecortaban su respiración. Solo hasta ese instante, se permitió llorar por todo lo que había perdido y nunca recuperaría, por el dolor que siempre llevaría dentro de ella, una especie de maldición que acarrearía hasta el fin de sus días.
Mebuki, colocó una mano en su cabeza y otra en su espalda, colmándola de caricias, esparciendo besos sobre su frente, brindándole el consuelo que solo una madre es capaz de otorgar para remendar un corazón roto.
Cuando se apartó de ella, la rubia secó el último rastro de lágrimas con los pulgares, y antes de alejarse definitivamente, besó su frente, parecía haberla perdonado.
—Tu padre estará feliz de verte— masculló, hilvanando una ligera sonrisa.
Mebuki la llevó a un rincón de la sala, alejado del barullo, cerca del altar a la diosa del sol. Al echar un vistazo al suelo, atisbó a su padre recostado en un catre; su cuerpo cubierto con algunas pieles a la altura del pecho, y la cabeza recostada en una almohada improvisada con mantas.
Ella se puso pálida y agrandó los ojos; el corazón, acelerándose con anticipación. Su mirada viajó hasta posarse en la figura que se encontraba a lado de Kizashi, se trataba nada más y nada menos que de Mikoto Uchiha, la madre de Sasuke. La pelinegra le dedicó una cálida sonrisa, consiente de su presencia. Sin decir una palabra, tomo su mano y la estrujó ligeramente.
La pelirosa agradeció con un ligero gesto de cabeza, y más pronto que tarde, se hincó a lado de su padre, con el corazón desbocado y el alma en un hilo.
En un gesto casi reflejo, Kizashi se removió en el jergón y clavó la mirada verdosa en Sakura. Ella, tomó su mano, llevándola a la altura de sus labios para depositar un beso.
—Tuve un sueño maravilloso— masculló el hombre; la voz débil, sus ojos, perdidos en algún lugar del espacio y tiempo, aun sin percatarse de su presencia.
La vida estaba alejándose de su cuerpo; lucia alicaído, macilento, tan delgado como una vara de nardo. Tenía la impresión de que se había empequeñecido, ya no era el hombre vigoroso y hercúleo de hace dos veranos.
— ¿Qué sueño?— preguntó; lagrimas rodando por sus mejillas.
—Mi pequeña Sakura, maravillada por la camada de gatos que había ocultado de la vista de su madre.
—Lo recuerdo bien— aseguró, logrando sacar la voz.
Él la miró, y está vez, sus ojos parecieron advertirla.
Retiró la mano un instante y la llevó hasta su mejilla.
—Lo siento— vociferó en un susurro entrecortado por el llanto—, lo siento, lo siento tanto— repitió. Nunca vislumbró que contemplar a su padre en ese estado la afectaría tanto.
— ¿Por qué?— masculló, desconcertado.
—Por marcharme, rompí mi promesa, y ahora todos estamos condenados.
Kizashi guardó silencio, aun atrapado en la telaraña de alucinaciones. Parpadeó, aturdido, y su faz comenzó a relajarse en una expresión atenuada.
—Nada de esto es tu culpa, hija mía. Debí permitirte elegir— dijo. Intentó continuar, pero sus palabras se vieron interrumpidas por un violento ataque de tos que entrecortó su respiración—, mi principal error fue arrebatarte tu libertad— continuó, cansado. Estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano para mantenerse despierto—, ahora solo me queda agradecer a los dioses que te han traído de regreso— susurró con voz llena de sufrimiento.
El súbito espasmo de dolor ocasionó que la mano de Kizashi se cerrara con fuerza. Al poco tiempo, el hombre volvió a sumirse en un sueño profundo.
—Debemos llevarlo a un lugar seguro— dijo, clavando la mirada en Mebuki.
—No tenemos a donde ir, Sakura— respondió Mebuki, apenada, contemplándola con ojos ausentes.
Ella se puso de pie, intercalando la mirada entre ambas mujeres.
—Buscare un sitio apropiado— aseguró—, ahora, si me disculpan, hay algo que debo hacer.
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Caminó entre las callejuelas adoquinadas hasta llegar al mercado de los marineros, donde las hermanas de la orden de la misericordia habían instalado un campamento para atender a los heridos provenientes de la ciudad.
Escuchaba, atenta el ruido de los caballos, el sonido metálico de las armaduras y, de vez en cuando, conversaciones quedas. La mayoría de los ahí presentes eran soldados, enemigos y aliados se congregaban por igual, para degustar las mieles de la paz y el hiel de la amargura.
Tenía la respiración hendida en un montón de nudos que removían sus entrañas. Haciendo tripas el corazón, continúo con la búsqueda; las frenéticas palpitaciones convulsionaban en su pecho en un errático traqueteo.
Los hombres la contemplaban, desinteresados. Debían haber contemplado a un montón de mujeres similares a ella ir y venir por el campamento, atareadas, con las ropas ensangrentadas y el rostro cansado.
Los estrechos pasillos del campamento se estremecían con el sonido de recuentros ruidoso, algunos hombres se reunían con las mujeres y niños que habían dejado atrás antes de partir a la batalla.
Mantuvo la mirada al frente, aun cuando se sentía al borde del colapso. Se había hecho una promesa a sí misma y no descansaría hasta encontrar a Sasuke.
Si bien, las cosas entre los dos no finalizaron del todo bien, ella lo amaba. La plática con Naruto había servido para percatarse que Sasuke nunca la uso, y que solo intentaba protegerla. Siempre procuró mantenerla alejada de los pecados que lo aquejaban, aquel sempiterno lid sobre el honor y el deber.
Y ahí estaba, sumergida en un colérico aumento de nervios, con el corazón errante y la respiración entrecortada.
Detuvo su andar poco antes de arribar al final del campamento, al advertir la presencia de dos pelinegros, a los cuales identificó en un parpadeo: Shisui, yacía sentado sobre una banca de madera, con el rostro constreñido por el dolor, mientras Itachi, trataba de detener el sangrado que emanaba a borbotones del brazo de su primo.
Con pasos renqueantes y armándose de valor, se aproximó a ellos, convencida de que la respuesta a su preguntas las encontraría ahí mismo.
Arrancó un pedazo de tela de su vestido contempló a Itachi como solicitando permiso; el pelinegro retrocedió un paso, brindándole espacio suficiente para proseguir con el trabajo.
—Debes ejercer mayor presión— indicó, situando el retazo de lino en la zona afectada—, no es una herida profunda, pero puede llegar a ser bastante molesta si no se trata con cuidado, hay que lavarla y cauterizarla.
Itachi confirmó con un suave gesto; tenía mal aspecto, pero solo debía tratarse del cansancio. Aun portaba la armadura completa, a diferencia de Shisui, quien solo llevaba pantaloncillos de lino y una camisa algodón.
—Tiene manos hábiles, mi señora— dijo Shisui, haciendo una mueca—, desconozco que fue lo que hice para que los dioses me apremiaran con su ayuda.
Sakura sonrió. Sabía que los comentarios deshizo no eran mal intencionados, simplemente trataba de disipar la tensión del ambiente.
—Sin duda es bastante afortunado— agregó ella, ajustando el vendaje.
Sakura se levantó. Insegura, contempló a ambos muchachos, buscando la manera de romper con la incómoda afonía sembrada entre ellos.
—Debes acompañarnos— habló Itachi, con aquel tono tan categórico que los Uchiha implementaban al momento de dar órdenes.
En otra circunstancia, se habría rehusado. No obstante, Tenía la certeza de que ambos conocían el paradero de Sasuke.
Sin rechistar, siguió de cerca los pasos de los dos hombres, dirigiéndose entre un sendero de tiendas improvisadas hasta alcanzar el borde del bosque, donde se alzaba un discreto tendal, alejado del barullo del campamento de las hermanas.
A medida que se acercaba, las piernas le temblaban. No estaba preparada para el reencuentro.
La última vez que estuvieron juntos fue en el barco, una noche antes de anclar en el puerto. Habían compartido el lecho de forma animal, casi impersonal. Luego de sobrepasar el trance que la negativa de Neji y las noticias de su padre desembocaron sobre ella, se percató de que algo rondaba por la mente de Sasuke, mas no iba a contárselo. Nunca vislumbró que dentro de sus planes estuviera el traicionarlos.
Pasó algunas noches en vela, analizando una y otra vez los posibles motivos de Sasuke para engañarlos, sin llegar a una conclusión concreta.
Frenaron a las afueras del toldo. La entrada estaba custodiada por dos soldados, llevaban la ornamentaría característica de las fuerzas de los Uchiha, sostenían una lanza, contemplando con mirada amenazante a todo aquel que osara aproximarse.
Itachi atisbó a ambos, y en silenció, le indicó a Sakura el camino de ingreso.
El suelo estaba cubierto con alfombras gruesas, y en los rincones había cojines. A los pies del lecho se apreciaba un brasero, mismo que proporcionaba cierta calidez ante las gélidas temperaturas.
Entrecerró los ojos, mientras se acostumbraba a las penumbras. Le habría tranquilizado ingresar acompañada, no obstante, tanto Shisui como Itachi sabían que necesitaba privacidad para hablar con Sasuke.
Notó el lecho en medio del llano aposento. Se mantuvo de pie, cerca de los pliegues de seda, sopesando si proseguir con su camino o no.
— ¿Qué es lo que sucede?— preguntó el azabache con voz grave. Se encontraba recostado sobre la cama, cubierto por una pila de mantas que apenas le permitían moverse.
Se dirigió a él, temblorosa, con los ojos llenos de lágrimas. Continuaba sin conseguir calmarse.
Tomó asiento en el si tal de madera dispuesto a un costado de la cama, cerca de la pequeña mesa de madera, donde yacía una jarra con agua y una vela a medio consumir, la cual, iluminaba pobremente la habitación.
— ¿Sakura?— murmuró él, perplejo, al verla a su lado.
Con la mirada acuosa y el ritmo cardiaco a trote, lo contempló detenidamente. Estaba delgado y desmejorado, tenía el labio superior reventado, y el ojo izquierdo amoratado, totalmente cerrado por la hinchazón. En los paneles de su pecho se advertían algunos cardenales, acompañado de múltiples heridas que con el paso del tiempo dejarían abultadas cicatrices. Contuvo la respiración al detener sus fanales esmeraldas sobre el hombro izquierdo; faltaba la extremidad, alguien lo había despojado de su antebrazo durante la batalla, dejando un muñón como reemplazo.
Estrujó la falda de su vestido, mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas. Abrió los labios para decir algo, pero las palabras nunca salieron.
—Sakura— su voz sonó atormentada al llamarla—, perdón— pese al tono de abatimiento, el sentimiento no se vio reflejado en su faz, mas Sakura detectó, gracias al tenue fulgor de la vela, el imperceptible ceño en su frente.
Ella, elevó la mirada, notando las bolsas liliáceas bajo sus ojos oscuros; su piel desvaída, irradiaba luz pálida.
Sentía como el nudo en su garganta se estrujaba, impidiéndole hablar con detenimiento. Lo único que deseaba era romper en llanto. Le dolía contemplar a Sasuke en ese estado, saber que nada volvería a ser como antes, y que quizás el último recuerdo que albergaría de él sería ese preciso momento.
Su mano busco la de ella, entrelazando los dedos callosos; intentó alejarse, sin embargó, él la sujetaba con fuerza moderada, impidiéndole escapar.
Sakura avistó, soliviantada el arremuesco. Su tacto era como el fuego, abrasador, sofocante.
—Ojala nada de esto hubiera sucedido— susurró, afligido—Nunca debí marcharme.
La pelirosa sabía que de nada serbia lamentarse por los episodios del pasado. Ambos se encontraban en el lugar en el que debían estar, aun cuando en su interior deseaba que todo fuese distinto para ambos, sin la crueldad del destino como juez.
—Ahora sabes lo que soy— Sasuke la miró a los ojos, abatido.
Cuando todo llegara a su fin seria apresado, juzgado y castigado como un traidor. Sakura sintió un terror indescriptible de solo imaginarlo.
—Así es— respondió, logrando sacar la voz—, y aquí estoy— agregó, haciéndole saber que a pesar del daño que se habían infligido mutuamente estaba dispuesta a perdonar.
Recordaba con nostalgia la charla que habían mantenido meses atrás, cuestionándose como seria su vida si ambos fuesen completamente libres. Nada se le antojaba más que marcharse de Konohagakure, a su lado, vivir cerca de la costa, en una ponderada casa, lejos de su tormentoso pasado, donde nadie supiese quienes eran.
—La guerra ha terminado— dijo Sakura, posando la mirada sobre aquellos brillantes ojos negros, podemos cerrar la puerta y marcharnos para siempre— añadió, respirando profundo, sin querer apartarse de él. Notando que su cercanía la llenaba de forma inexplicable.
Sasuke apartó la mirada.
—No hay escapatoria de lo que soy.
—De lo que ambos somos— rebatió, abandonado su asiento para colocarse a su lado, besando suavemente su frente–.Hemos huido durante tanto tiempo de la oscuridad, necesitábamos encontrarnos a nosotros mismos en el momento más pérfido— tomó la mano de Sasuke y la llevó hasta su pecho—,vayámonos lejos de aquí.
La tienda estaba a oscuras, silenciosa, cerrada. Con dificultad, el pelinegro logró reincorporarse en la cama. Acarició con deleite la tersa piel de su rostro, advirtiendo sus ojos enrojecidos e hinchados por el llanto, al igual que sus mejillas sonrosadas. Sentía unas ganas inmensas de besarla, de rendirse a sus caricias, mas no lo merecía.
—Permíteme quedarme contigo esta noche— murmuro con una sonrisa suave; los ojos acuosos.
— ¿Y mañana?— preguntó Sasuke, uniendo su frente contra la de ella.
—Te prometo que ya no tendremos tanto miedo.
Aquella era una propuesta para reivindicarlo. Volvió a sonreír con un atisbo de congoja. Acercó su rostro al de él, y lo besó en los labios. Fue una leve caricia; lo suficientemente duradera para turbarlo.
—Necesito pensarlo— dijo él con tristeza, acariciando su mejilla antes de apartarse—, perdóname, Sakura.
—Ya lo hice, Sasuke.
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Abandonó la tienda unas horas más tarde, sumergiéndose en la oscuridad de la noche. La luna resplandecía como si fuera plata fundida, la tierra dormía silenciosa y tranquila.
Shisui se ofreció a escoltarla de regreso al campamento, Sakura, incapaz de negarse, aceptó, y en cuestión de minutos se encontraba a las afueras de la ciudad, cerca del sitio al que en los últimos días llamaba hogar.
Cuando bajó del caballo, agradeció a Shisui y enfiló los pasos hacia su propia tienda, lejos de las miradas curiosas.
Lo cierto era que la conversación con Sasuke la había dejado con el corazón roto y un mal sabor de boca. Las propias inseguridades del azabache opacaban su felicidad. Sakura sabía que mientras cargara la culpa de sus pecados, nada ni nadie lo motivarían a vivir como era debido.
La era de los conflictos por fin llegaba a su fin, la oportunidad de perseguir una vida juntos se les escapaba de las manos por segunda ocasión, y esta vez, determinante.
Por primera vez en muchos días puso un pie dentro de la carpa; estaba en penumbras, tal cual como la había dejado el día de su partida.
Los estragos del cansancio se hacían presentes en su cuerpo, magullado y desgastado. Las extremidades le dolían, al igual que la espalda y las manos. Se encargaría de solicitar que prepararan un baño caliente, pero lo dejaría para el siguiente día, por el momento solo anhelaba recostarse en el lecho, llorar y rezar hasta conciliar el sueño.
La noche era gélida y silenciosa. Las paredes de seda se agitaban como alas con la ráfaga del viento exterior. Preparó un brasero para calentarse, tenía las manos entumecidas por el frio, y sentía que el clima le calaba hasta los huesos.
Se había marchado del tendal de Sasuke cuando él volvió a caer en un profundo sueño. El dolor que las heridas ocasionaban era demasiado, incluso para él, pocos segundos después de su charla, apareció un anciano galeno, proporcionándole vino del sueño para ayudarlo a pasar la noche. Sakura aguardó paciente, en todo momento sostuvo su mano, permitiéndose disfrutar los minutos que le restaban a su lado.
Encendió una vela para iluminar su camino. Tan pronto como le fue posible, se despojó de las vestimentas manchadas, disponiéndolas en el suelo hasta quedar completamente desnuda. Desatenta, echó un vistazo a los tatuajes que decoraban su piel nívea, cuestionándose si en verdad era merecedora de ellos; en ese momento se sentía asustada, con el corazón desecho y el alma violentada. No era una valiente guerrera, mucho menos un hija admirable, a lo largo de su trayecto sus manos se mancharon de sangre, rompió juramentos, sacrificó su felicidad con tal de salvar al hombre que amaba.
Debía llorar, sabía que debía hacerlo, pero tenía los ojos tan secos como el desierto. Pensó que su dolor también se había quemado, sentía tristeza, pero aun asi, no rompió en llanto.
Desató la mal trecha trenza que sujetaba su cabello; los mechones cayeron al costado de su rostro como una pesada cortina. Pasó los dedos entre las hebras rosadas de su melena, con la mirada fija en el suelo.
Su madre solía decirle que el cabello largo se consideraba sagrado, puesto que brotaba del interior para establecer una conexión con lo divino. Sonrió amargamente de solo recordarlo, a la par que dejaba escapar un largo suspiro. Estaba condenada, no existía nada que pudiese rescatarla de su cruel destino. Ahora, debía enfrentar las consecuencias de sus actos sola, con la frente en alto, sin avergonzarse de ellas.
Autómata, se puso de pie, dirigiendo su lento y lánguido andar hacia el baúl donde resguardaba sus pertenencias. Al abrirlo, en busca de una daga, sus dedos se toparon con un sobre entre sus vestidos, asombrada, alcanzó el folio; se trataba de una envoltura pequeña, perfectamente doblada y con su nombre escrito en la caratula.
Con la carta en mano y la daga en otra, se acercó al fulgor de la vela. Lo estudió por fuera un par de minutos, deteniéndose una y otra vez en la perfecta caligrafía.
Temblorosa, rompió el sello, desvelando el contenido de la carta:
"Querida Sakura.
Tus gestos de bondad los llevare siempre conmigo. Agradezco tu cariño y comprensión.
En mis más aterradores y solitarios momentos, estuviste presente, brindándome la paz que he perseguido durante toda mi vida.
Pero estoy hecho para la oscuridad y hay un lugar en el cual debía estar desde hace mucho tiempo.
Tu camino tal vez sea difícil, pero el ido está condenado.
Tomaremos caminos diferentes y caminaremos solos.
Te deseo una larga, prospera y feliz vida.
Escrito con amor, Sasuke".
La carta resbaló de sus manos.
Asi que esa era su despedida, después de todo lo que ambos habían pasado juntos, Sasuke la liberaba, dejando un profundo y tormentoso dolor en su interior.
Trémula, alcanzó la daga y caminó hasta el brasero; la hoja era afilada, y brillaba ante el fulgor de las brasas. Determinada, tomó un mechón de cabello, pasándolo por el filo del arma. Atisbó como los largos hilos rosados caían al suelo o se desperdigaban sobre el calentador, consumiéndose en el fuego.
No había vuelta atrás, asi que prosiguió. Cuando finalizó, cayó de rodillas al suelo; con la mirada pérdida, reposó su cuerpo maltrecho sobre la alfombra.
—Tomaremos caminos diferentes— sentenció en un susurro. Cerrando los ojos para sumirse en un profundo sueño.
Continuara
N/A: Creo que estos últimos capítulos son los más dramáticos de toda la historia.
Pero no demos por zanjado el asunto todavía; aún faltan algunos caminos por recorrer hasta el final, y el de Sasuke y Sakura es uno de ellos.
Espero que el capítulo haya sido de su agrado. Como siempre, agradezco su apoyo y su entera paciencia, en verdad, de todo corazón les digo, mil gracias.
Por el momento, solo puedo ofrecerles esto. Espero regresar lo más pronto posible con la actualización.
Sin nada más que agregar, les envió un fuerte abrazo en estos tiempos complicados.
Nos leemos pronto
¡Hasta la próxima!
