"Llegas justo a tiempo"

"Llegas justo a tiempo, ahora estoy seguro"

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Si la perfección la ponía en duda, no la encontraría en el nombre de Yukina Kou. Un nombre con aire de príncipe, al igual que la persona que lo portaba.

Onodera no dudaba de las cualidades que conformaban al muchacho, mucho menos decir que él era un idiota, si el idiota fue él mismo. Él dio por hecho que Yukina lo trataba de idiota, pero no fue así como sucedieron las cosas; sus palabras, en ese caso, fueron respetuosas porque tomaban en cuenta su opinión sobre lo que estaba sucediendo entre ellos.

Sin embargo, él erróneamente desechó toda posibilidad de que entre ellos surgiera algo, aunque en realidad sí estaba sucediendo algo. Quizás algo tan maravilloso que le causaba tanto miedo de enfrentar por ser tan delicado y lindo en sus manos que en el primer empujón se rompería en mil pedazos de irreparable índole.

El miedo que experimentaba Onodera era confuso, no en relación a Yukina (nada tenía que ver él con sus turbulencias sentimentales), sino a su experiencia pasada que era lo que le impedía querer seguir adelante.

En pocas palabras, seguir intentándolo.

No supo cómo fue que sucedieron las cosas, pero simplemente sucedieron, y conllevaron a una serie de desenlaces que tuvieron que fortalecieron la relación, inclinando sus sentimientos hacia el muchacho. Sentimientos que aunque negó al principio, seguían creciendo y no pararían de crecer porque comenzaban a abarcar infinitos esclarecidos.

Esos sentimientos lo entristecían porque él le puso fin a su crecimiento, por actuar como un completo idiota; el peor de todos.

No negaría admitir que al llegar a su departamento aquella tarde se tumbó al suelo en sus rodillas, llorando amargamente por su estupidez a causa de su cobardía.

Lloró por algo que ni siquiera había empezado, debido a que él le puso un punto final.


Habían pasado dos semanas desde ese incidente y Onodera continuaba con sus atuendos modernos y juveniles, trabajando largas horas laborales con la intención de que se publicara pronto el nuevo volumen de Mutou-sensei.

Takano abandonó su persecución detrás suyo, limitándose a tratarlo como a un empleado más en la oficina, absteniéndose solamente de decirle sus errores y algunos comentarios objetivos con relación al trabajo que él hacía.

A pesar de mantenerse ocupado para no pensar en su error, el dolor y la tristeza lo consumían amargamente, consumían su sonrisa que apenas comenzaba a aparecer en su malhumorado rostro.

Su cuerpo funcionaba a la perfección, pero su mente estaba desconectada de la realidad.

Todo parecía oscuro, lento, solo, tenebroso, lo peor que se podría imaginar Onodera, pues él siendo el causante de su tristeza, sabía muy en el fondo que necesitaba recuperar lo que tantas alegrías empezaban a darle.

Él lo sabía, mas no se atrevía a dar el primer paso.

—Onodera— Takano lo mandó llamar en la oficina, sacándolo de sus cavilaciones. Se puso de pie y fue hasta donde estaba su jefe.

—Sí?— Habló, mirando el suelo con amplia tristeza.

—Tu trabajo ha estado muy bien— Halagó, ajustándose los lentes en pose autoritaria.

Onodera le tendió una sonrisa débil, asintiendo al halago.

—Gracias—

—Onodera— Takano se inclinó un poco hacia su dirección. —He visto recientemente que has estado decaído en el trabajo, y también cuando sales de tu departamento— Esto hizo que Onodera levantara la mirada del piso en pánico. —No quiero saber el motivo, pero quiero que sepas que si es algo que se puede resolver, lo hagas— Aclaró, haciendo una mueca de soslayo. —Las cosas que me dijiste en la sala de juntas al principio me sorprendieron, pero no negaré que me hicieron percatarme de lo mucho que yo te estaba lastimando y tal vez por respeto no me las decías— Respiró hondo. —Te agradezco por haberme abierto los ojos—

—Takano-san— Onodera mencionó conmovido.

—Por eso es que intento ayudarte, diciéndote que resuelvas lo que tanta tristeza has estado teniendo— Dijo calmo. —Y si eso que debes de resolver te dará la felicidad que yo mismo no pude darte, adelante, te dejo salir antes de las ocho—

Onodera parpadeaba sorprendido, abriendo la boca sin emitir palabras.

Simplemente asintió, sonriendo genuinamente.

—Gracias, Takano-san— Dijo motivado.

—Ese es el Onodera que no había visto en estas dos semanas— Comentó Takano en aire burlesco. —Parecías un cadáver viviente con esa fachada de vagabundo—

Onodera indignado, le dio un golpe en la cabeza.

—¡Oye! Qué te pasa?— Reclamó gruñéndole, rechinando los dientes.

—Qué esperas?— Lo retó. —Apúrate a trabajar— Ordenó, sobándose la cabeza. —No hagas que me arrepienta del beneficio que te acabo de brindar—

Onodera chasqueó la lengua, rodando los ojos en molestia.

—Ajá— Se fue a su asiento a continuar con sus actividades.


Salió a las siete y media de la tarde, refunfuñando porque no era mucha la diferencia de haber salido antes que el resto, aunque reiteraba que era beneficioso para él de no toparse con Yokozawa, con quien siempre se llevaba mal.

Se fue rumbo a la librería Marimo, con la sensación de nervios revoloteando en su estómago sin parar.

Cuánto fastidio era sentirse imposibilitado para funcionar, pero sobre todo, imposibilitado de saber que no había visto a Yukina.

Necesitaba la certeza de que las cosas tomarían su curso y fluirían en tiempo y forma, sin que él ni nadie interviniera en ese curso.

Él debía llegar justo a tiempo para decirle las cosas que le provocaba su presencia, o su imagen al aparecerse en su cabeza en todo momento, decirle con cuanto afán tenía la urgencia de sostener su mano, con cuanto anhelo se guardaba sus comentarios y sus pasatiempos, con cuánto afán se guardaba sus comentarios preciosos y los repetía en su mente antes de dormir, con cuantos deseos se guardaba de poder abrazarlo y decirle lo mucho que su sonrisa le daba toda la felicidad que carecía.

Decirle que lo necesitaba porque lo quería.


Cuando estuvo frente a la librería Marimo, la mente se le puso en blanco, puesto a que el nerviosismo y las palpitaciones lo hacían cavilar más de lo debido.

Se sorprendía de la cantidad de pensamientos que lo forzaban a entrar, a mover los pies hacia adelante, a que su mano empujara la puerta y se abriera paso en el interior de la librería; lo que más sorpresa le causó fue que él hizo exactamente lo mismo que su mente le decía con tanto ahínco.

Él entró a la librería con el corazón en la punta de la lengua, los ojos cristalinos por el temor de no atreverse a ser sincero con Yukina.

Pero el temor fue más grande que cualquier otra cosa en ese momento, y se escondió en el pasillo de la sección de novelas para jóvenes. Respiró hondo y se dijo que él no podía acobardarse sin dar pelea.

Justo cuando se daba ánimos para salir a buscarlo, lo encontró en el otro lado del pasillo en compañía de un compañero de trabajo. Estaban charlando en lo que Yukina lo ayudaba a colocar los libros en las partes altas porque su compañero era más bajo de estatura.

Su corazón se le contrajo en cuanto lo vio, y el aire le faltaba.

—Oye, Yukina— Dijo su compañero de aspecto inmaduro, de cabello castaño rizado.

—Si?— Cabeceó, limpiando el estante antes de meter el libro en el sitio indicado.

—No te he visto tan contento como sueles estarlo— Comentó desconcertado. —Tiene algo que ver con esa persona?— Hizo énfasis en "esa persona", encendiendo focos de alarma en la cabeza de Onodera, que postró su oreja en el estante, dispuesto a escuchar la respuesta de Yukina.

Quién era esa persona?

Lo oyó suspirar, habiendo colocado el libro en el sitio.

—Me conoces bien— Exteriorizó abatido, riendo entre dientes.

—Me preocupa verte así— Admitió, dándole el otro libro. —Tu no eres así, Yukina—

—Está bien— Tomó el libro y lo colocó a lado del anterior.

—No, no está bien— Insistió molesto; Onodera acercó más su oreja con los latidos resonando hasta la nuca. —Hace dos semanas no parabas de decir que te estaba yendo bien con él, y ahora apenas si hablas— Le dio el otro libro, luego de desempolvarlo.

Yukina suspiró abatido, y cuando subió su brazo para poner el libro en el estante, Onodera alcanzó a ver un poco de su expresión y se veía triste, igual que él.

Él frunció las cejas.

—Yo sé que te gusta el empleado ese— Prosiguió su colega. —El que tiene el ceño fruncido, el de los ojos verdes; déjame decirte que parece que ese hombre ha vivido más experiencias que tu, no lo digo porque se lo haya preguntado, lo digo porque eso parece en su aspecto desfavorable— El pecho de Onodera se contrajo, arremetiendo que su corazón se apretujaba y se aceleraba a ritmos descomunales. A quién se refería el compañero de Yukina? A quién?. Le urgía saberlo. —Y tu has salido con chicas, pero no pasas de la primera cita—

Yukina lo hizo silenciarse con la mano.

—Déjame terminar— Reprochó su colega.

—Entiendo tu punto— Dijo Yukina.

—No has tenido ni tu primer beso— Espetó su colega. —Cómo esperas que esa relación funcione?—

Yukina no ha tenido su primer beso? Pero, pero… Onodera en verdad estaba confundido, desconcertado, aliviado, etc. Una mezcla de sentimientos encontrados brotando a destiempo.

—Espero que funcione porque yo lo quiero— Confesó desairado. —Desde el segundo en que mis ojos lo vieron, fue amor a primer vista, no lo pongo en duda pues él me sacudió por completo, jamás en mi vida me había sucedido algo de tal magnitud y no me arrepiento de habérmele acercado— Explicó. —Espero que funcione porque yo le seré sincero, le compartiré mis cosas y mis triunfos, lo llevaré a los lugares a los que él quiera ir, lo respetaré y yo siempre iré de acuerdo a su paso—

—Eso es estúpido— Se quejó su compañero, bufando.

—No lo es— Prosiguió Yukina. —Puede que yo no haya tenido mi primer beso, pero yo haré lo posible para hacerlo feliz, no me importa el tiempo que me lleve o los obstáculos que me deba de enfrentar, con tal de tener un pedacito de su sonrisa, seré feliz—

—Yukina, deja de fantasear— Le tendió el libro, negando con la cabeza. —Alguien con tus ideales es difícil de encontrar—

—Pero, yo ya lo encontré— Dijo Yukina, sonriendo esperanzador.

En eso, la vista de Onodera se obscurecieron de lágrimas acumulándose en sus ojos, al ver a Yukina expresar sus ideales, mismos que él le compartió semanas atrás.

—Pero, él te trató mal, se fue corriendo— Su colega dijo en desconcierto.

—Lo sé— Afirmó en un leve cabeceo.

—Y qué vas a hacer?— Lo dijo como si quisiera animarlo, pero no surtía efecto en el gesto cabizbajo de Yukina.

—No sé— Confesó en un suspiro. —Mas no por eso es que debo enterrar estos sentimientos, porque son especiales y siguen creciendo; tal vez no me entiendas, pero una vez que te encuentras con esa persona, no hay manera de olvidarse de ese sentimiento que te provoca, y llegas a la conclusión de que lo necesitas porque lo amas— Sonrió débil, a pesar de que sus palabras eran fuertes. —Yo no sé qué sigue, ni tampoco sé si lo volveré a ver, pero aunque sienta este vacío por no haberle dicho mis sentimientos y haber permitido que se escapara de mis manos, seguiré sintiendo lo mismo por él— Expresó esperanzado. —Sabes, yo siempre he sido un romántico, amante de las baladas y los poemas, y quizás era porque me llamaban la atención con cuanta pasión y contundencia expresaban esos sentimientos tan intensos por medio de las palabras, y puede que estuve encasillado en ese ámbito, desconociendo el motivo por el que yo amaba tanto las baladas— Hizo una breve pausa. —Pero, en cuanto nuestros ojos se cruzaron esa vez, todo cobró sentido, la razón por la que yo cantaba cada viernes a las siete de la tarde en el parque era porque ahí encontraría el motivo del que yo amase tanto el romanticismo como tal—

—Yukina, eso se escucha cursi— Dijo su compañero en cara lastimosa.

—Él es la razón de todo— Concluyó ferviente. —Es la persona a quien yo siempre le dedicaba las baladas sin siquiera conocerlo, y desde que nos conocimos, se volvió en el fruto de mi afecto, en la expresión del amor que llena mi alma— Sus ojos se alumbraron al decirlo, pero pronto se apagaron en amargura.

—No tengo más qué decirte— Dijo el compañero, incómodo. —Mas que desearte suerte y si falla, no creas que te ofreceré pañuelos de consolación— Advirtió, riéndose entre dientes en aire mofado.

—Tan sólo me queda alimentar estos sentimientos con mis penas— Confesó Yukina, desalmado.

Onodera empalideció, embelesado con las palabras de Yukina, que con tanta pasión expresó sobre ese amor que sentía dentro, ese amor por el que tanto anhelo quería expresar libremente.

Él no supo si llegó a tiempo, o si simplemente debía rendirse, sin embargo, se remitió a quedarse ahí parado, maquinando alguna excusa para poder acercase a Yukina y de ahí decirle todo.

Pero el tiempo de pensar fue escaso, porque los pasos de Yukina lo sacaron de sus pensamientos, sonando como ecos en el pasillo, aproximándose a él.

Se paralizó al realizar que Yukina se dirigía a su pasillo.

—Te puedo ayudar en algo?— Su voz, su dulce voz le había hablado. Se giró y sus ojos se cruzaron en un lapso. —Onodera…— Los ojos de Yukina se abrieron de par en par en completa sorpresa, boquiabierto. —Qué-qué haces aquí? Buscabas otro libro?— Onodera reaccionó, moviendo los dedos de sus manos para animarse a hablar.

El aspecto cabizbajo de Yukina fue la detonante para que él cogiera valor y con un par de pasos hacia adelante, se atrevió a decir:

—Cuánto falta para que se termine tu turno?—

Lo oyó inhalar aire asombrado, temeroso, como sin saber cuál era el motivo de su visita.

—En quince minutos— Respondió sin disimular temor y tristeza en un sólo gesto.

—Te espero afuera— Notificó Onodera, seriamente. —Necesito hablar contigo—

—Está bien— Tragó saliva.

Onodera tan sólo esperaba haber llegado a tiempo.

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P.D. (Mención a la canción "Pulsar" de Gustavo Cerati)

Estuve mucho tiempo sin publicar, una disculpa por eso.