Toc toc toc.
Jinny golpeó la puerta de la habitación de la Señorita. Si algo había aprendido esa mañana era que debía llamar antes de entrar. "Señorita," – susurró tras la puerta – "Señorita Demelza, el Señor George Warleggan está aquí para verla."
"¡Judas!"
"¿Qué ocurre?"
Demelza escuchó las palabras de su criada mientras ayudaba a Ross a salir por la pequeña ventana. Ya era entrada la mañana. Luego de que la jovencita los despertara y los encontrara desnudos en la cama, y vaya susto los tres se habían llevado, Demelza la había perseguido escaleras abajo envuelta tan sólo con una sábana y le había hecho jurar que no diría nada a nadie. Cuando volvió a su habitación con la bandeja con el desayuno Ross aún seguía escondido detrás de la cama adonde había caído. Al rato Jinny regresó a la habitación pero esta vez golpeó la puerta y dejó en manos de Demelza una taza extra de modo que ambos habían disfrutado del desayuno en cama. "¿Con qué así es la vida de una joven heredera?" bromeó Ross acariciando una de sus piernas y ella casi vuelca su té por besarlo.
"George está aquí." Ross ya estaba de pie afuera, parado sobre el precario techo de la caballeriza. "¿Ross?" dijo al ver el cambió en la expresión de su rostro "¿Confías en mí?"
Ross se acercó a la ventana y luego de rozar nuevamente sus labios le aseguró "Claro que sí, cariño. Hoy y para siempre." Y luego de otro beso bajó con cuidado de no hacer ruido hacia el patio trasero.
Demelza se vistió lentamente, para darle tiempo a que el muchacho se alejara y porque debía juntar coraje para lo que debía hacer a continuación.
"Querida… siento tanto el fallecimiento de tu tío. Es una gran pérdida para la sociedad de Cornwall, se lo echará de menos." Dijo besando su mano apenas terminó de descender las escaleras.
"Gracias, gracias George."
Se sentaron en la sala. Demelza tuvo la precaución de ubicarse en una silla, de modo que George tomó asiento solo en uno de los sillones. Hablaron primero de su tío Charles, de todo lo que había ocurrido el día anterior. Omitiendo los hechos más importantes, claro. "George, tenemos que hablar."
"¿Sobre qué, querida?"
"Creo que sabes sobre qué." – George se movió incómodo, no podía aparentar que no había previsto este momento. Su relación con Demelza se había deteriorado últimamente. Ella había mostrado un lado que él desconocía, y que no le gustaba mucho. A tal punto que se había llegado a preguntar si Demelza era la indicada para ser su esposa. Había mostrado tener un carácter fuerte y decidido, difícil de persuadir y que estuviera de acuerdo con él cuando no pensaba lo mismo. Había llegado hasta considerarla caprichosa y terca, características que él no tenía la paciencia ni la voluntad de aplacar. Demasiado esfuerzo dedicado a una mujer que en principio se había mostrado lista e ingeniosa pero quizás nunca lo había sido. Tal vez sólo había sido una fachada para hacerle morder el anzuelo.
"¿George?" – Él solo le contestó con un leve movimiento de la cabeza. Ella sabía que hasta su entonces prometido no le gustaban los sentimentalismos, y no lo creía capaz de lidiar con ellos, así que fue directo al grano. "Creo que sabes que yo no soy la mujer adecuada para ti. Desde que volvimos de Londres todo lo que tuvimos fueron desacuerdos. Tú vives en Cardew y yo tengo una mina que administrar. Tú no vendrías a vivir aquí y yo no podría irme…"
"¿Quieres romper nuestro compromiso?"
"¿No lo quieres tú?"
"Soy un hombre de palabra, yo no seré quien falte a ella." Dijo orgulloso, aunque en el fondo se sintió aliviado.
"Bien, seré yo quien lo haga entonces. No me casaré contigo, George."
Ambos permanecieron en silencio. Demelza pensaba que ese tiempo era el necesario para que George asimilara la noticia, aunque en realidad lo que él estaba calculando era que podía sacar de ello, porque sabía lo que vendría a continuación. No había sido tan ingenuo en creer que Demelza Carne se había comprometido con el porqué le tenía cariño, mucho menos porque lo amara. Él tenía algo que ella quería.
"Bien. Si eso es lo que quieres. Te deseo que seas feliz, Demelza." Dijo y se levantó para irse.
"George, tú… tú me prometiste que transferirías las acciones de Wheal Leisure cuando nos casáramos."
"Pero no nos casaremos, por lo que esa promesa también queda sin efecto." El tono distante de George tomó a Demelza por sorpresa, George nunca se había dirigido a ella de esa forma.
"Lo sé, pero aún deseo comprar esas acciones."
"Ese fue el único motivo por el cual aceptaste casarte conmigo, ¿no es así?"
"George, yo no…"
"No mientas, se qué no eres una mentirosa. Las acciones están a la venta si aún las quieres."
"Las quiero."
"Mil libras. Ese es el precio." Demelza casi se cae de su asiento.
"¡George! Aún si vendiera los campos y todos los animales no llegaría a juntar esa suma. Es una fortuna. Las acciones no lo valen, Wheal Leisure no da semejante ganancia."
"Pues ese es el precio. Cuando tengas el dinero, las acciones serán tuyas. Buenos días Demelza." Y con eso se fue, dejando a Demelza estupefacta.
Ross observó a George retirarse de Nampara desde la distancia. Había decidido no irse tan pronto y en su lugar se había quedado inspeccionando los campos, Jim ya estaba trabajando y Jud se les unió luego de terminar de tomar su desayuno.
"Este año habrá una buena cosecha, la mejor en años. La Señorita Demelza va a estar muy contenta." Comentó Jim.
"¿Y qué más da? Si fuera que va a vender el maíz y obtener algo de dinero, pero no. De seguro lo regalará a esos pobres diablos…" añadió Jud.
"Pues sin esa ayuda muchos pasarían el invierno sin tener harina para hacer pan, los precios están por las nubes. ¿Estarás este año en la cosecha, Ross? El año pasado te la perdiste."
"¿Cómo? Oh, sí." Ross apartó la mirada del carruaje del rico hombre que se alejaba. Hubiera querido correr adentro para preguntar a Demelza que es lo que había ocurrido, pero sabía que no debía hacerlo. "Les ayudaré en todo lo que haga falta."
"La Señorita le dijo a mi Jinny que planea hacer una gran celebración este año. Con la apertura de Wheal Leisure y eso, Jinny está muy entusiasmada. Dice que la Señorita Demelza está muy contenta en estos días, de seguro abrir la vieja mina de su padre la hizo muy feliz."
"¿Feliz por una mina, muchacho? Qué cosas dices. De seguro es por el compromiso. A las mujeres es lo único que las haces felices, un buen partido. Y vaya que ese tal Warleggan lo es. Es un bastardo, no me entiendas mal, pero está lleno de dinero y cuando se casen se llevará a la Señorita y ella ya no volverá."
Ross, a quien se le habían puesto las orejas coloradas al escuchar lo que dijo Jim, lo contradijo. "Vamos Jud, sabes que ella no es así. Jamás se olvidaría de su gente, no importa con quien se case. Y quien sabe, quizás esa boda no se lleve a cabo después de todo. Quizás la Señorita elija a otro para ser su esposo."
"¿Y a quién? El Señorito Francis ya está casado, ¿quién sería mejor partido?"
"Ya. Suficiente charla por una mañana, empiecen a trabajar. Yo iré a la mina."
Cuando Ross estuvo lo suficientemente lejos para oírlo, Jim preguntó: "¿Jud? ¿Qué estaba haciendo Ross aquí tan temprano por la mañana?"
"No lo sé muchacho, me huele a gato encerrado."
"¡Ross!"
Ross entró por la ventana de la misma forma en que lo había hecho durante toda la semana. Demelza lo aguardaba anhelante cada noche. Esos días no había podido concurrir a la mina, debía estar en Trenwith, respetando el luto junto a su familia de modo que no podían verse durante el día. Que llegara la noche y con ella el encuentro con el muchacho era lo que ella esperaba a cada minuto. Lo amaba, y él la amaba a ella, de eso no tenía dudas. Se lo había demostrado incontables veces en esas noches, en su cama. Desearía que no tuviera que ser así, que Ross no tuviera que entrar a escondidas como un ladrón, pero por ahora así debían hacerlo. Encuentros furtivos, aunque Ross se quedaba junto a ella hasta el amanecer. Ya pronto se reanudaría su rutina y podría volver a la mina, tendrían que encontrar una tonelada de cobre si es que quería comprarle a George las últimas acciones para que Wheal Leisure fuera suya, aunque eso quizás lo haría subir el valor de las mismas o él podría venderlas a otro interesado si es que se corría la voz que la mina era rentable. Estaban a punto de hacerlo, de encontrar cobre, Ross lo sabía. Y quizás entonces George ya no querría vendérselas. No sabía que haría.
"Siento llegar tarde. Garrick no paraba de ladrar, no quería dejarme ir." Dijo y besó sus mejillas.
"Pues ya te he dicho que debes traerlo y dejarlo aquí."
"Es mi perro, debe estar en mi casa."
"Pues Garrick ya ha vivido aquí y recuerdo que era muy feliz."
"Ambos lo éramos… ¿Cómo, cómo ha estado tu día?" dijo para cambiar de tema. Sentándose en la cama cada noche comían algo de queso de cabra, jamón y algún pastel junto a una copa de oporto. Ross prefería cerveza, y Demelza procuraba que su bebida fuese la que a él le gustaba. Hablaban durante horas. Ross poniéndola al tanto de las novedades de Leisure, Demelza sobre su familia y cómo había sido el día con ellos. No le gustaba ausentarse tanto tiempo de su trabajo, pero tanto Francis como Elizabeth se mostraron incapaces y no sabían cómo llevar adelante una hacienda y por lo pronto Demelza se había puesto al frente, procurando que Francis prestara atención a lo que ella hacía. Su intención era que Elizabeth aprendiera también, pero con la excusa de que debía atender a su hijo no salía de la casa.
"El funeral y la lectura del testamento será mañana, después ya no tendré que ir todos los días y podré volver a Leisure."
"Te extraño durante el día."
"Y yo a ti, Ross." Comer y conversar no eran todo lo que hacían sobre la cama. Ella era exquisita. Ross no habría conocido esa palabra si no fuera por Demelza, y no conocía otro significado para ella. Cada vez que despertaba junto a ella daba gracias a esa bendita cabra por haberla conocido.
"Ross… ¿me estás mirando de nuevo?" Demelza dijo desde debajo de las sábanas. Su cabello colorado suelto y desparramado sobre la almohada y sobre su pecho.
"No."
"Mentiroso."
Demelza se acurrucó más a su lado mientras él acariciaba su espalda desnuda. Era tan simple cuando estaban juntos, los dos sentían que podrían hacer cualquier cosa si se tenían el uno al otro. "Ya está amaneciendo, pronto tendré que irme."
Demelza también observó el pálido resplandor que se colaba en la habitación y lo abrazó más fuerte rodeando su cintura.
"Maldito sol que debe salir todos los días, lo odio." Ross sonrió.
"Tú eres incapaz de odiar a nadie, Demelza. Tu corazón es puro, sólo ves lo bueno en la gente. Vaya a saber Dios que fue lo que viste en mí."
"No soy tan pura." Demelza levantó la mirada hacia sus ojos y colocó la pierna sobre la suya para enfatizar sus palabras. Ross rió esta vez.
"Tal vez tengas razón." Dijo besando su frente.
"Soy una perdida, ya nadie me querrá."
"Yo te querré." Ross giró su cuerpo de modo que ella quedó atrapada entre él y el colchón y la besó apasionadamente. Sólo se separaron cuando ambos estuvieron sin aliento, sus narices aún acariciándose.
"Ross… no quiero que te vayas. Nunca… ¿no querrías hacer de mi una mujer honesta?"
Ross separó su rostro del de Demelza de golpe para mirarla.
"Demelza… yo… no tengo nada para ofrecerte."
"Yo solo te quiero a ti."
"Y yo a ti. Yo lo sé y tú lo sabes. Pero, ¿qué dirá la gente? ¿Tu familia? Un pobre diablo cómo yo, Demelza, no tengo derecho ni a dirigirte la palabra sin que tú lo autorices. Mucho menos a ni siquiera imaginar que eres mi esposa."
"¿Lo imaginas? ¿No lo deseas?"
"Demelza, no hay nada que desee más en este mudo pero…"
"¿Y entonces qué importa lo que piense la gente? Lo que importa es lo que nosotros queramos. ¿O acaso piensas pasar el resto de tu vida trepando por mi ventana cómo un bandido? Qué hay si yo quiero que estés a mi lado, no sólo por las noches sino en nuestra casa, caminando lado a lado sobre la arena, compartiendo la mesa, ayudándome a lidiar con mi familia. ¿Acaso te importa más lo que piensen extraños que lo que yo quiera?"
"¿De verdad me quieres a tú lado?"
"Sí." Dijo asintiendo.
"Podrías tener a cualquiera…"
"¡Ross! ¿Acaso debo recordarte las varias ocasiones en qué tus celos han nublado tu juicio? ¿Aún crees que yo podría querer a otro hombre?"
"No. No, cariño. Ya no."
"Bien. Pues si no te casas conmigo supongo que deberé morir solterona. La gente hablará de mí de todas formas. Esa vieja solterona, sola y arruinada que vive en la vieja Nampara sobre los acantilados más allá de la mina. Y tú dejarás de venir, pues yo no pienso traer niños a este mundo sin un padre."
"¿Niños?"
"Sí, Ross. Niños. Supongo que sabes cómo es que ellos llegan a este mundo. Y puedo ser una mujer perdida, pero de ninguna forma dejaré que ningún hijo mío se avergüence de su madre, así que será mejor no tenerlos. Por lo tanto tú tendrás que dejar de venir, porque para eso es para lo único que vienes, para compartir mi cama y meterte bajo mis sábanas."
"No, Demelza, sabes que eso no es cierto."
"Pues si no quieres casarte conmigo esa es la conclusión a la que llego."
"Pues estás equivocada."
"Pruébalo." Lo desafió.
"¡Eres exasperante!"
"Y tú un cobarde qué se preocupa más por el qué dirán que por atrapar la felicidad que está al alcance de su mano."
"¡Cuando seas mi esposa deberás tener más cuidado en cómo te diriges a tu marido!" Dijo apretando más su cuerpo encima del suyo. Ambos se quedaron en silencio un momento mirándose a los ojos en lo profundo de sus almas hasta que ninguno pudo contener más la risa. Demelza volvió abrazarlo y Ross acarició su mejilla con sus dedos.
"Lo único que tengo para darte es mi nombre. No es mucho, pero con él te entrego todo lo que soy. Demelza Carne, ¿me concederías el honor de llamarte Demelza Poldark?"
Una lágrima escapó de sus párpados y recorrió su mejilla "Sí, Ross."
"¿Nervioso?"
"¿No lo estarías tú?"
"Supongo que lo averiguaremos pronto."
Ross se encontraba en la pequeña Iglesia de Sawle, esperando a su prometida. A su lado estaba Dwight Enys, el prometido de Caroline Penvenen, la mejor amiga de Demelza. Ambos habían regresado a Cornwall apenas Demelza le informó a su amiga que estaba comprometida. Al contrario de lo que él pensaba, Caroline y Dwight fueron muy amables con él y lo recibieron con los brazos abiertos en su casa. Caroline con una pícara curiosidad de la que Demelza ya le había advertido, pero con Dwight la química fue casi instantánea. Si bien el era un doctor, un hombre educado, también era de raíces humildes y afrontaba en cierta medida, el mismo desafío que él. Él también se casaría con una mujer mucho más rica, pero el doctor era un hombre sencillo y de inmediato se interesó en el trabajo de Ross en la mina. Al parecer le interesaba estudiar el efecto de los vapores bajo tierra en los trabajadores y en ese último mes había pasado mucho tiempo en la mina atendiendo a los mineros y se había desarrollado entre ellos una genuina amistad. Por eso era él el padrino de su boda. En la iglesia no había mucha gente. Jud y Prudie, Jinny y Jim y su pequeño hijo, el Sr. Henshawe, Paul y Mark Daniel y la prima de Demelza, Elizabeth que había llegado acompañada por su cuñada. Francis Chynoweth estaba ausente. El joven había puesto el grito en el cielo cuando Demelza le comunicó la noticia, tanto así que había ido a buscarlo a Leisure, lo había tomado del cuello de la camisa y había intentado golpearlo. Por fortuna Henshawe estaba allí para separarlos, aunque él no tenía intención de pelear con él, no quería comportarse de ninguna forma que pudiera avergonzar a Demelza. Por supuesto que lo había acusado de caza fortunas, de que de alguna forma había engatusado a Demelza, que sólo quería casarse con ella por su dinero. Pero él se encargó de dejarle bien en claro que no era así, que de verdad amaba a la Señorita y que sólo deseaba su bienestar. Y, aunque de seguro él no era el mejor partido, era un hombre honesto y sin dudas mejor que George Warleggan. Con eso Francis se tranquilizó, aunque nunca dio su bendición a la pareja. No importaba, Demelza, al no tener padres y morir su tío, era libre de elegir con quién se casaba. Y Francis sabía qué clase de persona era George, lo había aprendido esas últimas semanas cuando descubrió que su suegro tenía deudas con la familia Warleggan y era ahora él quien debía lidiar con los pagarés. Y además de todo estaba el asunto de las acciones de Wheal Leisure. Demelza tuvo que detenerlo para evitar que vaya darle su merecido a ese canalla cuando se enteró del precio que había puesto a las acciones, al menos eso tenía en común con Francis. Pero de todas formas él no había ido. Ross había escuchado murmurar a Prudie algo acerca de que "a nadie le gustaría ver casarse con otro al amor de su vida.", pero había decidido no indagar en el asunto. Él ya no tenía dudas, Demelza lo amaba y él a ella, y ya no dejaría que nada ni nadie se interpusiera entre ellos.
Por fortuna o, mejor dicho, gracias a la ayuda del difunto Charles Carne, el problema de las acciones se había solucionado sin que él tuviera que recurrir a la fuerza. Resultó que el viejo Carne había sido generoso con su sobrina. La casa, la hacienda, los campos y la mina y las deudas las había heredado a su única hija, Elizabeth, pero no había olvidado a Demelza y a ella le había dejado en su testamento una pequeña caja llena de las cartas que su padre le había escrito a lo largo de los años, y además todo su contenido. La sorpresa fue que al llegar a Nampara y abrir la caja esa noche junto a Ross, aparte de las cartas el resto del "contenido" eran notas del banco. Algo más de mil libras. Demelza estaba empecinada en devolver el dinero a su prima, y él no trató de persuadirla, era su dinero después de todo, pero para su sorpresa Elizabeth y Francis no habían querido aceptar el dinero, era la voluntad de Charles y ellos la honrarían. En lo que sí había opinado fue cuando Demelza comenzó a dudar acerca de qué hacer con él dinero, era mucho y con él podrían ayudar a muchos campesinos y no invertirlo en una mina que no sabían si daría frutos. Pero Ross estaba seguro que había cobre en Wheal Leisure y sabía que era el mayor deseo de su futura esposa el tener la mina de su familia de vuelta en sus manos. Así que Demelza había comprado las acciones a George, por más sorprendido que este estuviera, no se había negado ni puesto más condiciones.
"Aquí vienen." – dijo Dwight tocando su brazo.
Caroline entró primero y todos en la pequeña iglesia se pusieron de pie, le tomó un momento al fin poder verla. Llevaba un vestido colorado con delicadas flores bordadas, el cabello apenas sujeto con pequeñas no me olvides formando una coronita y un ramo en sus manos. Con el rabillo de su ojo vio a Prudie secarse las lágrimas, faltaba alguien. Ella se lo había dicho, cuanto le hubiera gustado que su padre estuviera allí, que recorriera el camino al altar junto a ella. Supuso que no sería fácil para Demelza y que a pesar de ser un día lleno de felicidad se debía de sentir algo triste, pero él le había prometido y estaba a punto de hacerlo de nuevo delante de Dios y de todos sus amigos que estaría junto ella para siempre y la acompañaría durante toda la vida. Ross buscó sus ojos, y Demelza levantó la vista cuando estuvo junto a él, su mirada húmeda y tan profunda como el mar llenando cada rincón de su ser. Tomó sus manos en la suyas y sin decir palabras trató de expresar todo su amor y devoción por esa joven que había cambiado su vida y que ahora se convertiría en su esposa. Ella comprendió de inmediato y con una sonrisa y el alma aliviada se dispuso a convertirse en Demelza Poldark.
NA: ¡Gracias por leer!
