Capítulo 6: Pieces of a man
A la mañana siguiente, mientras todos los alumnos repasaban sus nuevos horarios, las lechuzas del correo llegaron con un fuerte batir de alas.
Tres de ellas fueron a posarse frente al trío de amigas. Una era Flash. Las restantes, lechuzas de la escuela.
Sareen, Martha y Bharani se apresuraron a coger las cartas y leerlas, descubriendo que estaban citadas en el despacho del director al día siguiente, sábado, a las diez de la mañana.
—Una cosa menos —murmuró Bharani, observando a sus amigas y luego al anciano, que parecía contemplarlas interesado.
—Buen trabajo, Flash —felicitó Martha, ofreciendo los restos de su comida al ave, que picoteó un poco antes de alzar el vuelo de nuevo, perdiéndose de vista enseguida.
—Odio que me mire así —se quejó Sareen al sentir sobre ella la penetrante mirada azul del director mientras recogía la mochila para ir a clase de Pociones.
Salió a paso vivo del comedor junto a Sebastian, que conversaba con Santana y Rachel para ver si las convencía de pasarse a Silver Serpents, nombre con el que habían bautizado entre Cooper y él al coro de Slytherin.
—No, lo siento, Sebastian. En ningún otro sitio sabrán apreciar nuestro talento mejor que en el Grindylow Choir —Rachel agitó la melena, cogió a Santana de la muñeca y aceleró el paso para alejarse, muy altanera. Santana se soltó de un tirón brusco y se detuvo para esperarlos con cara de fastidio.
—No soporto que haga eso… Ojala alguien le quite el puesto de protagonista y se le bajen los humos, porque si no, se los bajo yo de un par de tortazos —bufó, bajando con ellos hacia las mazmorras.
Sareen y Sebastian dejaron escapar una risilla, compadeciendo a la morena después.
La mañana se les hizo eterna a las tres primas.
Sareen y Martha coincidieron en Pociones, pero no pudieron hablar porque la tarea era algo complicada y requería toda su atención. Luego Bharani y Sareen se vieron en Historia de la Magia, pero a ambas les pareció tan pesada que ni siquiera tenían fuerzas para charlar en susurros, así que llegó la hora de la comida y no habían comentado nada sobre las cartas que habían recibido.
Durante el recreo de después de comer, las tres se reunieron por fin en un lateral del patio, a cubierto de miradas y oídos indiscretos.
—Bueno, mañana le llevamos el guardapelo a Dumbledore y a ver qué pasa —suspiró Bharani—. Tengo ganas de quitármelo de encima, la verdad.
—No me extraña, con el mal rollo que da… —la compadeció Martha—. Por cierto, ¿os uniréis a algún coro? Yo estoy pensando en entrar al Grindylow, que es mixto entre casas. Son todos los de Glee menos Sebastian y Cooper, Luna, Hermione, los gemelos y Lee, pero quieren ampliarse… ¿Por qué no venís también?
—Yo me quiero esperar a ver qué hace Cedric. Quiero tenerlo vigilado, ya me entiendes —respondió Bharani, deslizando la mirada alrededor por si veía acercarse a alguien.
—Yo no sé… Están montando uno en Slytherin —esquivó Sareen—. Cooper, Sebastian y supongo que Draco y algunos más. Si me piden que entre… —siguió explicando con la esperanza de que, mencionando a su hermano mayor, el interés de Martha se centrase en otra cosa.
—Yo te lo he pedido primero. Si Grindylow te acepta, que seguro que sí porque el señor Schue es conocido por no rechazar nunca a nadie, habrán llegado tarde —repuso Martha, destruyendo las esperanzas de su amiga.
—Pero sé desde ayer por la noche la idea que tienen. Es como si hubiesen llegado ellos antes —rebatió la rubia, que en realidad no tenía ganas de entrar a ningún coro. Tenía suficiente con saber que debía superar los TIMO's y ayudar al director a destruír los Horrocruxes como para preocuparse además de afinar las notas y recordar la coreografía correcta en cada momento.
—Bueno, basta —cortó Bharani—. Lo que tenemos que hacer es enterarnos de si Harry y Cedric van a estar en alguno y, de ser así, entrar al mismo si podemos para tenerlos vigilados de cerca.
—Eso tiene más lógica, la verdad —admitió Sareen al cabo de unos segundos. Después de todo, tal vez sí tendría que preocuparse también de afinar las notas y recordar la coreografía—. Somos las únicas que sabemos cómo va la historia y, por lo tanto, deberíamos intentar arreglarla un poco.
—Pues si Harry entra a algún coro, será al Grindylow. Hermione lo convencerá seguro —insistió Martha.
La campana que anunciaba el retorno a las clases salvó a las otras dos de tener que contestar, así que ganaban casi un día más. Un día en el que podrían hacer indagaciones sutilmente y ver por dónde saldría toda aquella locura.
Martha entró con paso cansado a la Sala Común de Ravenclaw después de dos horas en la biblioteca terminando los deberes que les habían puesto ese día. Era el primero del curso y ya casi se había desesperado por la cantidad de trabajo que les habían mandado… ¿Cómo sería el resto del año? Prefería no pensarlo.
Vio venir a Blaine hacia ella con una gran sonrisa. Lo seguían Luna y Brittany, ambas dando la impresión de estar igual de felices… Aunque a veces era difícil saber si se alegraban por algo que sólo ellas podían comprender o por algo que los demás también veían como positivo.
—¿A que no sabes qué? —dijo él, ansioso por soltar lo que fuese que quería decir.
—Si no me lo dices, no lo sé, Blainie. Todavía no tenemos telepatía —respondió, algo fastidiada.
—Danos tiempo —replicó él, ensanchando la sonrisa.
—Venga, suéltalo de una vez, anda —la morena dejó escapar una débil sonrisa y se dejó caer en el sofá más cercano, de un bonito tono azul noche que casi conjuntaba a la perfección con el color del cielo que se veía por las ventanas de arcos ojivales.
—Luna y los gemelos han convencido a Ginny para que entre a Grindylow y entre ella y Hermione han animado a Harry. ¡Tenemos a Potter! —exclamó, casi frotándose las manos—. Ahora sí que seremos imparables. Con Harry en nuestras filas, todo el mundo nos votará…
—Blainie, se trata de cantar bien, no de tener celebridades en el coro —le hizo notar la morena, aunque apuntó mentalmente el detalle para comentarlo con las chicas en cuanto pudiese.
—Bueno, ya… ¡Pero es que encima canta bien y todo! —Brittany y Luna asintieron con la cabeza, sentándose con Martha en el sofá. Blaine hizo lo propio, encajándose entre su hermana y Luna y acomodándose en el respaldo—. Además, los gemelos y Lee harán maravillas con los efectos especiales y Santana y Mike pueden ayudarnos con las coreografías… En serio, deberías hacer la prueba también —añadió, poniendo cara de niño bueno.
—Ya… ¿Ensayáis cada día? —inquirió. Si quería convencer a sus amigas, tenía que darles todos los detalles posibles.
—Lunes, miércoles y viernes —respondió Luna—. Sería genial que vinieras… Y tus amigas también. Parecen simpáticas.
—Lo son —aseguró Martha, divertida. Tal vez pudiese usar el argumento de que Luna las quería en el coro contra sus amigas. No podrían negarse a la petición de aquella adorable rubia de grandes ojos azules—. Intentaré convencerlas, a ver si el lunes vamos las tres.
—¡Genial! —corearon castaño y rubias al unísono, sonriendo ampliamente.
—No tenéis remedio, en serio os lo digo —rió Martha, dejando que su mellizo la abrazara con fuerza.
A la mañana siguiente, Martha y Sareen fueron puntuales a desayunar, lanzando miradas a las puertas de entrada, preguntándose dónde se habría metido Bharani.
Por fin la vieron entrar, casi a las nueve y media, con aspecto de haber pasado una mala noche.
—Hola, Anie —saludó Martha, acercándose a la mesa de Hufflepuff.
—Ah, hola, Mar… —devolvió el saludo desganadamente, sirviéndose un café para intentar despejarse.
—¿Una mala noche? —inquirió Sareen, asustando a Martha, que no se había percatado de que la rubia se situaba a su lado.
—Horrible. No veas la nochecita de pesadillas que he pasado —asintió la otra, bebiendo el contenido de su copa casi de un trago. Cogió un par de tostadas, las untó con rapidez de mantequilla y miel y empezó a comerlas a toda velocidad, levantándose cuando todavía le quedaba media—. Vamos o llegaremos tarde —dijo, encaminándose a la puerta a paso vivo.
—¡Espera! —las otras dos corrieron tras ella, poniéndose a su altura enseguida—. Tengo noticias frescas —comentó Martha mientras subían la escalinata de mármol.
—¿Sobre? —quiso saber Bharani, tragando un buen bocado de tostada antes de hablar.
—Sobre el Grindylow Choir —Sareen puso los ojos en blanco a espaldas de su amiga. Empezaba a estar harta de los coros… Y sólo llevaba dos días allí—. Ginny y Harry han entrado.
—Lo cual significa que nos toca pringar —bufó Bharani, parando frente a la gárgola que custodiaba la entrada al despacho del director—. Sapos mentolados —espetó.
—Alguien está de muy mal humor esta mañana —comentó la gárgola, haciéndose a un lado.
—Mal humor te daré yo —gruñó la joven, montando en la escalera de caracol.
—¿Anie, lo llevas puesto? —preguntó Sareen, tras ella en los peldaños.
—Pues claro que no. Pero esta cosa afecta aunque esté metida en un bolsillo —explicó Bharani, incómoda—. Siento estar tan desagradable.
—Tranquila, no pasa nada —restó importancia Martha, adelantándose para llamar a la puerta del director con la aldaba en forma de grifo.
—Adelante —autorizó el anciano. Las tres amigas se adentraron en la estancia tímidamente, cerrando a su espalda—. ¡Ah! Bienvenidas. Las estaba esperando, señoritas —las tres inclinaron la cabeza y se detuvieron frente al escritorio. Al otro lado, el anciano permanecía sentado en una cómoda butaca de orejas, acodado sobre la madera con las yemas de los dedos juntas y la barbilla apoyada sobre ellos—. Siéntense, por favor— sacó la varita e hizo un floreo con el que aparecieron tres cómodas sillas que las chicas ocuparon—. ¿Y bien? ¿Qué es eso tan importante que ustedes saben y yo ignoro?
—En realidad puede que no lo ignore… Puede que más bien intuya algo que nosotras sabemos con certeza —empezó Martha—. Verá, la víspera de los Mundiales de Quidditch, mis dos amigas y yo soñamos algo muy extraño.
—Vivíamos otra vida —relevó Bharani, removiéndose en su silla—. De vez en cuando los sueños se cruzaban y estábamos juntas, pero en general teníamos vidas paralelas. Incluso nuestros aspectos eran distintos, en algunos casos mucho, en otros poco…
—En ese sueño, todas leíamos unos libros y veíamos unas películas que guardaban relación, o al menos cierta relación, con lo que ha pasado en el colegio los últimos años. La llegada de Harry, lo de la piedra filosofal, lo de la cámara secreta y la fuga de un preso de Azkaban —continuó Sareen—. Claro que ocurría con diferencias.
—Como que era mi padre el preso fugado —apuntó Bharani—. O que Harry no hubiese tenido contacto alguno con el Mundo Mágico antes de recibir su carta de Hogwarts… Había gente muerta que aquí está viva, como mi tío Regulus…
—Había gente que ni existía en la saga, como mi familia al completo —intervino Martha—. Pero en ese caso, salían en una serie de televisión que iba sobre un coro de instituto…
—Interesante… Seguramente al despertar no recordaban nada de sus vidas aquí y poco a poco han recuperado los recuerdos, pero es como si no pudiesen olvidar su vida en el sueño —las tres asintieron, aunque no supieron si sentirse aliviadas o preocupadas por la intensa concentración y curiosidad que asomaba a los ojos del anciano.
—Kreacher, nuestro elfo doméstico, me contó que era por una profecía —se atrevió a revelar Bharani—. Dijo que nosotras tres somos las que podemos cambiar el curso de las cosas con todo lo que sabemos gracias a la visión que tuvimos en los sueños.
—Así es, señorita Black —asintió el director—. Y seguramente han querido hablar conmigo para contarme lo que saben.
—Sí —corearon las amigas. Bharani sacó el guardapelo y lo dejó sobre el escritorio, aliviada.
—Déjeme ver… —Dumbledore examinó el objeto y luego abrió un cajón de su escritorio para depositar el agujereado y deteriorado diario de Riddle sobre la pulida madera—. ¿Tal vez guarden relación?
—Veo que nos entiende —sonrió Sareen—. Son Horrocruxes y en total hay siete. El diario de Tom Riddle, el guardapelo de Slytherin, el anillo de los Gaunt, la copa de Hufflepuff, la diadema de Ravenclaw, Nagini, la serpiente de Voldemort, y Harry, el horrocrux que Voldemort nunca quiso crear. Un fragmento de su alma se adhirió a la de Harry cuando intentó matarlo y la cosa le salió mal gracias al sacrificio de Lily y James.
—En teoría, si nos deshacemos de todos los fragmentos de alma, podremos matarlo definitivamente —siguió Martha—. Voldy tiene que lanzarle un Avada kedavra a Harry, que en realidad no morirá, sino que se desprenderá del fragmento de alma ajena —Dumbledore enarcó las cejas al oír el apelativo que usaba la morena para referirse al Señor Tenebroso, pero no dijo nada, permitiendo que la chica siguiese explicándose—. Después tienen que enfrentarse, pero imagino que todo saldrá como debe y Voldy jamás regresará, con lo que nos evitamos cientos de muertes, tanto muggles como mágicas.
—Comprendo… ¿Y dónde se encuentran los demás objetos?
—A ver… Nagini con su dueño y Colagusano en Albania, pero de alguna manera llegaremos a ella y la mataremos —empezó Sareen, alzando un dedo para recontar—. La diadema está en el colegio, en una sala llamada de los Menesteres o los Requerimientos, nosotras la buscamos y se la traemos —alzó otro dedo—. Harry, todos lo sabemos. El anillo está escondido en la cabaña de los Gaunt, pero por lo que más quiera, no se le ocurra tocarlo directamente ni ponérselo si no quiere sufrir una muerte lenta y dolorosa —en los ojos del director apareció una chispa de preocupación y lo que las chicas habrían calificado de sed de aventuras—. Ah, y la piedra de dicho anillo… igual le gustaría guardarla, es la de las Reliquias —ahora los ojos del anciano parecieron brillar con una luz de nostalgia.
—El diario ya no es una preocupación —relevó Bharani cuando el silencio empezó a alargarse—. Y la copa está en la cámara de los Lestrange, en Gringotts —concluyó.
—Será difícil conseguirla, pero de algún modo lo lograremos —añadió Martha como para auto convencerse.
—Bien. Entonces eso lo tenemos resuelto —Dumbledore parecía impresionado.
—Y el modo de destruirlos es usando fuego maldito o veneno de basilisco —apuntó Sareen al darse cuenta de que se estaban olvidando lo más importante—. Esa espada debería servir. Está impregnada de veneno desde que Harry mató al basilisco de la cámara con ella —hizo un ademán hacia la urna en la que descansaba la magnífica espada de Godric Gryffindor.
—Se puede poner a prueba ahora mismo, ¿no? —sugirió Bharani—. No creo que sea realmente tan necesario abrir el guardapelo para destruirlo… O eso espero.
—¿Y por qué no vamos a por la diadema y matamos dos pájaros de un tiro? —propuso Martha, levantándose resueltamente—. Si buscamos todos juntos, seguramente la encontremos rápido.
—Ojala sea verdad —suspiró Bharani, poniéndose en pie al ver que Dumbledore se dirigía a la puerta.
—Tengo curiosidad por ver esa misteriosa sala que desconozco. Llevo años aquí y todavía me sorprendo… —comentó como quien no quiere la cosa. Casi parecía un niño en vísperas de Navidad.
—Es lo fascinante de la magia —rió Sareen, abriendo la puerta y cediendo el paso a todos.
Recorrieron el camino en silencio, deteniéndose en el pasillo del séptimo piso, frente al tapiz de Barnabás el chiflado.
—Es aquí —indicó Martha mientras Sareen se paseaba por delante del trozo de pared que quedaba a la vista entre el tapiz y el jarrón de la otra punta del pasillo—. Se trata de pasar tres veces por ahí pensando en lo que necesitas.
—Y entonces la sala responde con lo que mejor se acomode a tu petición —concluyó Bharani, acercándose a la puerta que acababa de aparecer frente a los admirados ojos del director.
—Interesante… Muy interesante… —iba murmurando conforme se adentraba en la sala repleta de trastos que generaciones de alumnos habían ocultado allí.
—En fin… —suspiró Bharani al ver tal cantidad de cosas—. ¿Por dónde empezamos?
—Repartámonos —propuso Sareen—. Yo me voy al fondo y miro por allí. Martha que se ocupe de la zona cercana a la puerta y el profesor Dumbledore y tú podéis ocuparos de la parte central. Recordad que está cerca del armario evanescente. Si veis un armario, poned atención —todos asintieron y se pusieron manos a la obra.
Pasaron más de tres cuartos de hora antes de que se viesen unas chispas doradas volar por encima de las montañas de cacharros, señalando el punto en el que Albus había dado con la famosa diadema.
Las tres amigas lo encontraron sosteniéndola absorto murmurando para sí.
—Una lástima tener que destruir algo tan hermoso y valioso… —suspiró en voz alta al percatarse de la presencia de las jóvenes—. Bien, vamos a poner a prueba la espada de Gryffindor… Si les parece bien, señoritas.
—Adelante —corearon las tres, saliendo al pasillo con el anciano y deshaciendo el camino hecho.
Una vez en el despacho, tomaron asiento mientras Dumbledore depositaba la diadema junto al guardapelo y sacaba la espada de su urna, alzándola sobre los objetos con lentitud, casi como un maestro de ceremonias que fuera a realizar un truco especialmente espectacular.
Cuando la espada hendió el metal del guardapelo y la diadema, sendos gritos de rabia y agonía llenaron la estancia, poniéndoles los pelos de punta a todos.
Una doble imagen desvaída del lord oscuro flotó ante ellos, desvaneciéndose en segundos, dejando la estancia sumida en un denso silencio.
—Entonces quedan cuatro —suspiró Martha al cabo de pocos segundos.
—Yo me encargaré de todo. Las avisaré cuando consiga uno de ellos para que confirmen si es el correcto y presencien su destrucción. De este modo, ustedes sólo deben concentrarse en los asuntos del colegio, que son realmente trepidantes cuando uno tiene quince o dieciséis años.
—Gracias, profesor —corearon las jóvenes, más por compromiso que por otra cosa.
Imaginaban que no se refería a que las clases o los deberes fuesen trepidantes, pero igualmente, dudaban que aquel curso pudiesen encontrar algo que les pareciese realmente tan interesante.
—¿Algún detalle más que deba conocer? —quiso saber el anciano, sentándose en su butaca y dejando reposar la espada en un lateral de la misma.
—Bueno, tal vez que no sabemos bien cómo se desarrollarán las cosas porque en lo que nosotras conocíamos, lo que se anunciaba era el Torneo de los Tres Magos, no el Wizardvision Song Contest —explicó Martha—. Pero vamos, seguramente es un poco una mezcla de Harry Potter y Glee. Por la mecánica del concurso y eso —expuso a grandes trazos lo que quería decir, cosa que interesó mucho a Dumbledore, que la observaba atento con la barbilla recostada en los dedos entrecruzados.
—Y lo que pasaba en el Torneo que conocemos… —Sareen expuso la otra parte, con lo que el semblante del director se fue tornando serio y pensativo, dándoles mala espina a las tres amigas.
—Entonces deberían hacer que las cosas sean lo más parecidas posible a lo que ustedes conocen, por lo que el señor Diggory debería estar en el mismo coro que el señor Potter… Cuidando de que su vida no se pierda, por supuesto.
—Supongo que de eso me ocupo yo, entonces —suspiró Bharani—. Chicas, definitivamente, vamos a entrar al Grindylow Choir.
—Buena suerte —sonrió el director.
Las tres imaginaron que esa era su despedida, así que se pusieron en pie, inclinaron un poco la cabeza respetuosamente y se dirigieron a la puerta.
—Esperad —Bharani se detuvo en seco—. Creo que Harry debería saber todo esto. No quiero que nos odie si alguna debe empujarlo frente a la maldición asesina —giró hacia el director, determinada.
—No creo que sea realmente tan necesario, señorita Black. El señor Potter aún es joven e impulsivo. Si no sabe nada de este asunto será más sencillo que no cometa alguna locura —rebatió el anciano, serio.
La morena, contrariada, asintió y salió del despacho en silencio, flanqueada por sus amigas, con quienes intercambió miradas.
—No pienso hacer caso de Dumbledore —comentó Black cuando habían bajado media escalera y consideró que el mencionado ya no la oiría—. Harry es lo bastante mayor como para comprender la situación. No puedo dejarlo a su suerte sin que sepa nada, sería poner más vidas de las necesarias en peligro. Si sabe lo que pasará y por qué, será un buen aliado. Después de todo, él es el primero que querrá librarse por completo de Voldemort —razonó.
Sus amigas asintieron con la cabeza, convencidas de que, con lo sacrificado que llegaba a ser el joven Potter, lo más seguro sería que se dejase matar con total sangre fría.
—Aun así, creo que lo mejor será esperar a ver cómo van las cosas en el Wizardvision —Martha estaba seria y miraba a su prima segunda con prudencia—. Si resulta que al final no pasa nada y ni siquiera superamos la primera fase, lo habremos preocupado sin motivo.
—Pero debe saber lo que Voldemort le hizo, lo ayudaría a entender muchas cosas, a hacer las paces con esa parte de sí mismo que no comprende —razonó la otra, saliendo al pasillo para enfilar el camino hacia el Gran Comedor.
—Sadi, creo que Mar tiene razón —intervino Sareen después de pensarlo detenidamente—. Harry puede vivir sin saber que es un Horrocrux, pero no dejará de torturarse si se entera. Querrá luchar contra ello a toda costa y puede que haga una tontería. Sería como si, de pronto, Draco se enterase de que es hijo de muggles o sangremestiza. Montaría un drama monumental, tendría una crisis de identidad y, en el mejor de los casos, sólo destrozaría su habitación al completo —a su pesar, Bharani bajó la mirada.
—Si esperamos a ver si superamos la segunda fase estaremos seguras casi al cien por cien de que acabaremos en Pequeño Hungleton y podremos explicarle que no hace falta que haga nada antes, que bastará con ponerse en el camino de cualquier maldición asesina —continuó Martha.
—¿Y qué pasa con la profecía? ¿Se la contamos también? —Bharani había cedido, su tono molesto así lo denotaba.
—Ya que nos ponemos, mejor dar la información al completo, sólo por si acaso —asintió Sareen.
—De acuerdo, esperaremos, entonces —suspiró su interlocutora. La rubia le acarició el brazo en señal de apoyo, sabía cómo debía sentirse. Si fuese su hermano el que estuviese en peligro mortal, ella también querría correr a contárselo todo en ese mismo instante.
—Es lo mejor, Sadi. No te preocupes ahora —aconsejó.
—Exacto. Disfruta de las maravillas del concurso que se avecina y olvida la misión. Todo saldrá bien al final —aseguró Martha, bastante más tranquila que las otras dos.
Black asintió en silencio y quedó sumida en sus pensamientos, casi se habría dicho que no era consciente de la presencia de sus amigas.
Cuando se separaron en la puerta del Gran Comedor, Martha era la única que aparecía encantada con su papel en esa aventura. Sareen había recordado su obligación de estar en el Grindylow Choir, cosa que la ponía de los nervios, pues no le gustaba actuar o hablar en público; y Bharani seguía preocupada por la suerte que pudiera correr Harry en aquella nueva historia.
—Hermanita, ¿te has enterado ya de que Slytherin tiene un coro de élite? —Draco se sentó junto a Sareen, que observaba el juego de luces del lago negro a través de los altos ventanales panorámicos de su Sala Común.
—¿Quién está? —se interesó, dejando su observación para centrarse en el joven que la miraba orgulloso.
—Cooper, Sebastian, Theodore, Tracey, Daphne, Astoria, Pansy y yo… Por ahora.
—¿Y dices que es de élite? —Sareen alzó una ceja—. Si es tan bueno, ¿qué hacen Pansy y Astoria en él? Seguro que desafinan.
—Necesitábamos a dos personas más para completar el número mínimo requerido. Si alguien más entra, siempre podemos echarlas —se encogió de hombros—. ¿No querrías formar parte de Silver Serpents?
—Lo siento, Drakito —Sareen puso una mueca compungida—. He prometido a Martha y Bharani que iría con ellas al Grindylow Choir el lunes. Si no me cogen, te prometo que entraré a Silver Serpents, ¿vale?
—Les dije a Cooper y Sebastian que antes de intentar que Rachel y Santana dejasen el Grindylow había que reclutarte a ti… En fin, si entras con ellos, no te lamentes cuando ganemos —Sareen sonrió y revolvió el pelo del menor.
—De acuerdo. Pero lo mismo te digo si somos nosotros los que os ganamos.
—Eso no pasará, estoy seguro. Nosotros somos los más astutos y ambiciosos. Vamos a dar el mejor espectáculo, ya te lo aseguro —Draco alzó el mentón, altanero.
—Lo veremos, Drakito, lo veremos —retó la mayor, sabiendo que muy posiblemente el Grindylow Choir pasase a la siguiente fase tanto si lo hacía bien como si no.
Sólo esperaba que, de ser así, por lo menos fuesen capaces de estar a la altura de lo que fuera que hiciesen Silver Serpents. No quería que luego le tuviesen manía por estar en el coro favorecido por el jurado… Porque, después de la conversación con Dumbledore de aquella mañana, tenía claro que algo de trampa habría por parte del anciano.
Bharani entró al Gran Comedor para la cena, buscando con la mirada entre sus compañeros de Casa.
Cuando divisó a Cedric, se encaminó hacia él con paso seguro, ocupando un sitio libre a su lado.
—Buenas noches —saludó, sirviéndose un par de empanadas de pollo.
—Hola —correspondió él, que había estado contemplando su plato con aire pensativo.
—¿Puedes pasarme la salsa, por favor? —el castaño asintió con la cabeza y le pasó una salsera a su interlocutora, observándola por el rabillo del ojo—. Gracias —Bharani le devolvió la salsera y empezó a comer delicadamente.
—No hay de qué —Cedric también se puso a comer, pareciendo recordar en aquel momento que todavía tenía un poco de puré de patata en su plato.
—Oye… ¿Vas a entrar a algún coro? He oído que están montando uno en Hufflepuff, pero me han propuesto entrar al Grindylow y no sé qué hacer… —comentó la morena como quien no quiere la cosa.
—Zacharias me está persiguiendo para que entre al de Hufflepuff, pero no sé… No creo que se me dé bien… —confesó él—. Me parece que quieren que esté porque soy popular.
—Ya… ¿Pero a ti te gustaría estar en un coro? Parece divertido —insistió Bharani, mirándolo directamente.
—La verdad es que no estaría mal… He pensado alguna vez apuntarme al Grindylow, pero desde que pasó lo del partido de Quidditch el año pasado, cuando jugamos contra Gryffindor y se colaron los dementores, ya sabes —hizo un vago gesto con la mano—. Me parece que me la tienen jurada y no sé si es buena idea ponerme al alcance de los gemelos Weasley —Bharani sonrió, comprensiva.
—Eso es agua pasada, Cedric. Al final acabaron ganando la Copa de Quidditch, ¿no? No es como si les hubiese ido mal por perder contra nosotros. Además, no te diste cuenta y encima intentaste anular el partido, cosa que ningún otro capitán hubiera hecho. No pueden reprocharte nada —argumentó—. Harry no te guarda ningún rencor, de modo que controlará a los pelirrojos, te lo digo yo.
—Visto así… —vaciló el castaño.
—Mira, hagamos una cosa. El lunes, mis amigas y yo pensamos ir a pasar una prueba para entrar al coro. Vente tú también e inténtalo. Así no estarás solo, nos daremos apoyo moral —propuso, sirviéndose zumo de calabaza.
—De acuerdo —para sorpresa de la morena, Cedric parecía determinado—. ¿A qué hora?
—Ensayan de cinco y media a seis y media los lunes, miércoles y viernes en el aula siete del tercer piso —recitó, dando gracias a que Martha lo hubiese repetido tantas veces durante el paseo que habían dado después de comer para pulir detalles de los planes que iban teniendo para encauzar las cosas.
—Pues allí estaré el lunes —sonrió Cedric. Bharani alzó su copa como para brindar, sorprendiéndose de que el chico chocase la suya con la de ella—. Prometido —ambos dieron un trago y se sonrieron, cómodos con la confianza que habían conseguido en muy poco rato.
