Disclaimer: Algunos de los personajes no me pertenecen, Stephenie Meyer los creo en su preciosa cabecita, yo solo juego un poquito con ellos. La historia es mía.
Capítulo beteado por Yanina Barboza, beta de Élite Fanfiction (www facebook com/ groups/ elite . fanfiction)
Alice despertó en la cama de su habitación de siempre en ese hotelucho en Pasadena. Se irían a un buen lugar de Beverly Hills, pero Liam insistió, hacía ya tantos meses, que lo mejor era que no los vieran. Ir a un lugar donde nadie los conocía era una decisión inteligente, porque si los Swan y los padres de Liam se enteraban…
Lo habían estado escondiendo bien —o al menos eso creían—. Alice les decía a Cynthia y a Jasper que tenía muchos trabajos de la universidad que hacer, ellos no insistían en investigar, lo que le demostraba que en realidad no estaban muy interesados en ella. Con esas excusas, podía llegar un par de horas más tarde a casa, incluso se había logrado librar de algunas cenas en casa de Edward e Isabella, y en la casa de Charlie y Renée…
Esperaba que las gemelas no comenzaran a dejar su mente volar, o estaría perdida.
Pero, habían pasado siete meses sin preguntas, ni miraditas de sospecha, o incluso, sin los comentarios de doble sentido de las gemelas. Estaban bien.
Se giró al otro lado de la cama, esperando encontrarse con Liam aún acostado, pero lo encontró de pie, mirando a la ventana mientras se abotonaba la camisa.
El cielo anaranjado la hizo sentarse de golpe.
—¿Qué hora es? —preguntó, espantada.
—Pasan de las siete —respondió él, girándose para mirarla.
—Diablos —masculló. Se peleó con las sábanas para levantarse y caminó al baño, completamente desnuda. Debía apresurarse. Era el día de cumpleaños de las gemelas, una ocasión que, por mucho que quisiera, no podía faltar. Si lo hacía, crearía sospechas. Era de esas ocasiones obligatorias que mantendrían su cabeza en su cuello.
Se dio una rápida ducha para quitarse el olor al más increíble sexo. Algo tenía la clandestinidad que lo hacía aún mejor de lo que ya era. Al salir, volvió a ponerse el vestido rosa bebé con el que fue a la universidad. Para su sorpresa, Liam aún estaba ahí, esperándola.
—¿Te llevo? —le preguntó, socarrón.
—Sabes que no nos pueden ver saliendo juntos. Vete, vete —le dijo, empujándolo a la puerta. Ahí, él la tomo de la cintura, dándole un beso que prometía muchas cosas para su siguiente cita.
Lástima que tenía que estar en esa cena, o lo volvería a tirar a la cama y no saldrían de ahí por los siguientes dos días…
Alice se arregló rápidamente, borrando todo rastro del revolcón de esa tarde. Liam, como siempre, pagó la habitación al irse. Los recepcionistas del hotel no sabían quién era ella, no tenían idea de su nombre ni de su rostro. Esa fue otra de las ideas de Liam. Ella aparecía con frecuencia en las revistas, acompañando a Jasper y el resto de la familia, cualquiera podía reconocerla.
Pidió un taxi fuera del hotel. Al subir, dio la dirección de la casa de Isabella.
A pesar del tráfico, llegó una hora más tarde, dándole al chofer una propina más que generosa. Así era como se aseguraba que la olvidaran, o que al menos se sintieran en deuda. Richard, el jefe de seguridad de la casa, la recibió con un asentimiento, abriendo la reja para ella.
—Señorita Alice, bienvenida —saludó Victor—. ¿Me permite su bolso?
—Cuídalo. La última vez encontré una mancha que arruinó mi suéter por completo.
—Por supuesto, señorita Alice.
—Ah, miren quién está aquí —soltó Isabella, bajando las escaleras con Vanessa en brazos. Isabella se había convertido en una de esas mujeres que podían cargar a sus hijos mientras usaban esos altísimos tacones y esas ajustadísimas faldas a la rodilla que apenas las dejaban caminar. Alice la odiaba por eso.
—¿Llegué temprano? —preguntó, temerosa de repente.
—Sí. ¿Por qué vienes sola?
—Tuve mi internado, ya sabes… —respondió. Isabella asintió, no muy convencida, Alice podía verlo. Lo arruinó todo con llegar temprano.
Edward llegó a casa, llevando el saco, el portafolio y la corbata en las manos. Alice le hizo caras cuando la miró sorprendido.
—Qué sorpresa que llegues tan temprano, Alice —soltó, tomando a Isabella de la cintura. Le dio un pequeño beso en los labios, antes de cargar a su hija y darle un beso en la mejilla que hizo reír a la niña y esconder la cabecita en el cuello de su papá.
—Lo sé. Calculé mal el tiempo de tráfico.
—Hoy está extrañamente sencillo, así que no te culpo. ¿Qué tal el día, princesa? —le preguntó a Vanessa, sin soltar a Isabella mientras caminaban a la sala. Alice fue detrás de ellos, rodando los ojos.
Vanessa le contaba a su padre, con esa voz de pajarito que tenía, el divertido día que tuvo con su madre, incluyendo una visita relámpago a la universidad que, de acuerdo con la niña, fue la mejor parte, incluso estaba por encima de los juegos en el parque con la niñera mientras Isabella asistía a una reunión sobre la fundación.
Esa niña tenía sus prioridades en fila, estaba claro.
—Y no olvidemos el cupcake con el que celebramos mi cumpleaños en el parque —rio Isabella.
—Suena a que fue el mejor día del año, ¿eh? —respondió Edward, haciéndole cosquillitas a Vanessa debajo de la barbilla. La niña peleó en los brazos de su papá, riendo a gritos. Edward la dejó en el suelo frente a la mesa de café, donde había algunos juguetes para que la niña se entretuviera—. O al menos eso es lo que espera Raoul.
Isabella y Alice lo miraron confundidas.
—¿Qué sabes que yo no?
—No puedo decirlo.
—¿Por?
—Porque Raoul me hizo prometerlo. Nena, no quiero llevarle el café a la oficina todos los días por el siguiente mes.
Isabella rodó los ojos.
—Nunca entenderé la necesidad que tienen ustedes dos de apostar el café. ¿Sí saben que para eso están sus secretarias?
—Bueno, es lo único que podemos apostar. ¿O tú crees que a tu hermana le va a gustar cuidar de Vanessa una noche?
—Buen punto.
Edward sacó dos cajas envueltas en papel metálico morado y rojo, respectivamente. La morada era, evidentemente, más grande que la roja.
—Feliz cumpleaños, mi amor —le dijo a Isabella, dándole el regalo. Ella le sonrió enormemente, antes de abrazarlo.
—Gracias, mi cielo —respondió ella—. ¿Puedo ver qué es?
—No aún, pero te aseguro que te va a gustar.
—¿Ni un poquito?
—No, ni un poquito.
Isabella lanzó unas risitas, abrazando a su marido.
Grace se acercó para quitarle a Isabella el regalo de las manos y colocarlo en una mesa a parte, aún en la sala. Victor entró, anunciando a Jasper, Cynthia y los niños. Al escucharlo, Alice se envaró. Estaba en problemas.
Los niños entraron corriendo, abalanzándose hacia Isabella. Le desearon un feliz cumpleaños, dándole el dibujo que le habían hecho. Después de los respectivos agradecimientos y abrazos, fue turno de Jasper y Cynthia.
—No esperábamos verte hasta más tarde —soltó Cynthia al saludar a su hermana. Alice le rodó los ojos.
—Terminé temprano.
—Terminaste antes lo que sea que estuvieras haciendo y no había tráfico… Parece que hoy también fue un buen día para ti —le dijo Isabella con esa ironía que indicaba que no le creía absolutamente nada, pero no arruinaría su propio cumpleaños y el de su hermana lanzando más comentarios como ese. Y sí, eran acumulables.
Ilaria y Raoul llegaron juntos, seguidos minutos después por Charlie, Renée y Seth. Después de las felicitaciones y la entrega de regalos, Grace avisó que la cena estaba lista. Todos, incluyendo a los niños, pasaron a la mesa.
A diferencia de la fiesta del año pasado, esta cenita familiar rayó en la ridícula sencillez, casi como si Isabella la hubiera planeado sin ánimos, sin ganas. Era un horror. Siempre que se juntaban, Alice recordaba por qué prefería estar en ese hotelucho de Pasadena; no toleraba en lo más mínimo a la familia Swan, los odiaba con toda el alma, tanto que sería capaz de deshacerse de ellos con sus propias manos y demostrarles que ella siempre estaría por encima de todos. Que era mejor. Mucho mejor.
Edward propuso regresar a la sala para tomar el café y el postre, que resultó ser el pastel de cumpleaños que llevaron Grace y Victor acompañados por el resto del servicio, cantando el Feliz cumpleaños junto al resto de la familia. Las gemelas apagaron juntas las veintidós velas y tomaron el cuchillo para ese primer corte tan significativo. Victor y Grace volvieron a tomar el pastel para servirlo desde el comedor.
—Muy bien, hora de abrir los regalos —animó Charlie. Los primeros que Kaure entregó a las gemelas eran de parte de sus padres. Al abrirlos, ambas se llevaron una mano al pecho. Cada una tenía un pequeño dije de corazón en oro blanco para Isabella y oro amarillo para Ilaria.
—Papá lo encontró en una joyería, y pidió que lo personalizaran para nosotras —les dijo Renée, mostrándoles el corazón que ella llevaba colgando, al que le hacían falta los de las gemelas.
—Es precioso. Gracias —dijo Ilaria.
—Es de parte de la niña Cynthia —musitó Kaure, dándoles otra caja pequeña. Dentro había dos brazaletes de oro con placas que decían "Compañeras de crimen", que iban acompañadas por un pequeño cuchillo para Ilaria y una pistolita para Isabella.
—Esto es fantástico —rio Isabella.
—Jasper, Edward y Raoul tienen las palas, porque ellos serían quienes entierren el cadáver —dijo Cynthia.
—Ya está un poco demente —soltó Edward. Cynthia le enseñó la lengua.
—Del señor Jasper.
Las gemelas miraron a su hermano mayor como si estuvieran a punto de romperle el cuello, mientras él se reía a pierna suelta.
—¿Creían que no me iba a vengar? —inquirió entre risas. En su propio cumpleaños, las gemelas le habían dado un frasco con varios dulces masticables, el frasco, además, tenía una etiqueta escrita a mano que decía: "Mastíquese en caso de estrés". Esta vez, tal cual había dicho él, les había dado un gran pedazo de hule de burbujas con una tarjeta que decía: "Reviéntese en caso de crisis".
—Qué brillante eres, Jasper —soltó Raoul.
—Del señor Edward.
—¡Por fin! —exclamó Isabella, haciendo reír a su familia. El regalo de Isabella eran dos placas, con ondas de sonido y la fecha de su boda grabadas en ellas.
—Son nuestros votos —le dijo Edward—. El sonido de nuestros votos.
—Me encanta. Es perfecto. Gracias, mi amor.
Alice rodó los ojos. Y ella creía que eso no podía ponerse peor…
—Y yo tengo… un peluche de ardilla —rio Ilaria—. Gracias, cuñado —le dijo, chocando puños con él.
—Sí se parece a Bobo —anunció Raoul entre risas.
—¿Quién es Bobo? —preguntó Jasper.
—Mi ardilla del Bronx. Bueno, no era mi ardilla exactamente. La rama de un árbol daba directamente a mi habitación, un día dejé la ventana abierta antes de irme a la escuela, por cierto: prohibido en el Bronx —comentó, sacándoles risitas a todos—, y cuando volví encontré al animalito en mi escritorio, masticando unos dulces. Desde ese día comencé a dejarle nueces y agua, y lo nombré Bobo. No te rías, tenía ocho años —le dijo a Jasper, quien estaba conteniendo las risas.
—Qué dulce debió ser la Illy de ocho años, nombrando y alimentando ardillas ladronas —se burló Seth—. ¿También les dejabas queso a los ratoncitos?
—¡Obvio no! Ese era Riley.
—Ah, qué bien. Es cosa de hermanas, entonces —soltó Jasper, una vez que estuvo seguro que sus risas no lo interrumpirían—. La Princesa metía perros y gatos callejeros a la casa.
—Al menos yo no tenía dos cajas llenas de insectos —le recordó Isabella, enseñándole la lengua.
—Por si tenían alguna duda del parentesco —rio Charlie.
—Del joven Raoul.
Algo cambió en el casual y normal comportamiento de Raoul y Edward. En cuanto las gemelas recibieron los regalos, Alice vio como Edward le dio un apretón en el brazo a Raoul, como ¿calmándolo? ¿¡Qué estaba pasando!? Ella no fue la única que se percató de ese intercambio. Charlie y Jasper se miraron con complicidad, mientras la sonrisa de Renée se hacía más grande.
—Ay, cuñado, qué amable —soltó Isabella con diversión. Descubrió una taza morada metálica con la inscripción: "Tenerme como cuñado es suficiente regalo para ti". Pero dentro tenía un pósit, con una frase escrita a mano:
Ahora ya puedes gritarle a tu marido por guardar el secreto.
Isabella iba a preguntar cuando el jadeo de sorpresa de su hermana la hizo brincar.
—¡OH, POR DIOS! —gritó Ilaria, llevándose la mano libre a la boca, pues la otra sostenía el pequeño estuche rojo con un precioso anillo de oro con un diamante cuadrado.
Raoul no tardó en ponerse de rodillas y soltar la declaración más cursi del mundo. A Alice le dieron ganas de vomitar al escucharlo. Ilaria respondió con un lloroso "sí". De inmediato, la familia estalló en felices gritos y abrazos.
Las felicitaciones para los ahora futuros marido y mujer no tardaron en expresarse, incluso algunos reclamos y exclamaciones de asombro porque Edward resistió y no le contó nada a la Princesa. Eso era de admirarse.
—De acuerdo, de acuerdo, de acuerdo. Cállense todos —vociferó la Princesa—. Estoy pensando… Quiero que uses mi velo como lo prestado, Ilaria. Podemos hacerlo una tradición familiar.
—Me parece que esa es una idea fantástica —dijo Charlie—. A la abuela le va a encantar.
—Que bueno que tu Bobo ya esté caminando, Princesa, porque ya lo estuvimos platicando, obviamente, y nos gustaría que fuera en Nueva York.
—Me encanta. Una boda neoyorquina. Elegante y sofisticada.
—Y aún mejor: en diciembre. Con la nieve y ese bonito blanco que está por toda la ciudad…
—Tú de verdad eres la mejor hermana del mundo. Un año y tres meses es tiempo perfecto.
—Tres meses —corrigió Raoul.
—Sí, por eso. Un año y tres meses.
—No, BrujiBella. Tres meses.
Bella los miró en silencio un par de minutos, con el rostro completamente inexpresivo, sopesando esa ligera corrección que habían hecho del tiempo. Jasper se golpeó la frente con una mano.
—No sé por qué diablos te guardé ese secreto, Raoul —soltó Edward.
.
.
.
Liam se rio a carcajadas, casi atragantándose con el trago de whisky que había bebido. Alice se carcajeó con él.
—Lo que hubiera dado por ser mosca para estar ahí.
—Créeme, lo habrías adorado. Fue, sin dudas, lo mejor que pasó en toda la noche.
—Puedo imaginármelo. Por cierto, tu tarea está lista —le dijo, levantándose de la cama. Había una maleta que contenía dos hermosos vestidos de noche.
Alice asintió, complacida.
—Son decentes. Sigue creyendo lo mismo, ¿verdad?
—Por supuesto. Y aún espera verlos en esa tienda prometida —se burló él.
—Pobre.
Con las tardes ocupadas como las tenían, Alice lo convenció de encontrar a alguien que les hiciera las tareas, solo que esas personas no lo sabrían, por si tenían principios y todas esas ridiculeces. Liam estuvo de acuerdo de inmediato, además, aceptó ser él quien se presentara en nombre de ambos con ellos, así no habría ningún riesgo de habladurías.
—¿Cuándo se van?
Alice suspiró con cansancio ante el cambio de tema.
—Ella, Renée e Isabella ya están allá, según me dijo Jasper, se fueron esta mañana. No creo que nos necesiten al resto. Pero, cuando lo hagan, tendré que ir.
—Por supuesto, para no crear sospechas. ¿Y Seattle?
—Ni siquiera saben si les va a dar tiempo de dar la fiesta de compromiso —se rio Alice—. Estoy lista para ver como esa boda se convierte en un desastre.
Liam no respondió. Le ayudó a acomodar los vestidos en el protector para que ella al irse solo los tomara y saliera.
Después de un par de horas, se despidieron en la puerta de la habitación, como siempre.
Alice llegó a casa en Los Feliz, encontrando a Jasper con Edward, Raoul y un hombre en traje que les mostraba invitaciones. Los niños jugaban frente a ellos. Cynthia no se veía por ningún lado.
—Ah, que bien. Por fin una opinión femenina —suspiró Raoul al verla—. Ven aquí un segundo, Alice, por favor.
Alice rodó los ojos, acercándose a ellos. En la mesa de café había tres tipos de invitaciones rojas y doradas, los colores de la boda. Una con cortes laser dorados en los bordes de la tarjeta blanca, caligrafía dorada y un sobre rojo con un listón dorado para sellarlo. La segunda era una tarjeta dorada con caligrafía blanca, sobre una base de purpurina roja en un sobre rojo con un broche de cristales para sellarlo. La tercera era una tarjeta blanca con bordes metálicos en rojo y dorado, con caligrafía dorada, no tenía sobre, solo una franja de purpurina roja que se sellaba con un cuadrado de cartón bordeado con rojo y dorado.
—¿Dónde está Cynthia? —preguntó, antes de dar su opinión. Si estaban tan desesperados como para hablarle, entonces ninguna de las chicas buenas debía estar alrededor.
—En casa de una amiga, haciendo tarea —respondió Jasper.
—¿Y bien, Alice? No es que esté desesperado, aunque… sí, lo estoy.
—Fue tu culpa por decidir casarte este año —soltó.
—Mira, por primera vez, tengo que estar de acuerdo con Alice —dijo Edward.
—No nos van a dejar en paz con eso, ¿cierto?
—Por supuesto que no —dijo Jasper—. Al, por favor.
—Está bien, está bien —refunfuñó ella. Se dejó caer en el brazo de uno de los sillones—. Olvídate de los cortes láser a menos que quieras que las cizañeras amistades de los Swan las comparen con las mías —dijo. Jasper le asintió a Raoul, como diciéndole "te lo dije". Raoul alzó ambas palmas—. Lo siento si esa era tu favorita. El broche de cristales es muy de la Princesa, ¿verdad, Edward? Recuerda lo negadas que están ambas a ser idénticas. Pero, la otra está… decente. Ese cinturón en vez de sobre es muy original. Personalmente, me encantaron los bordes metálicos.
—¿No te vas a quejar si escogemos esta? —bromeó Raoul, haciendo reír a sus tres ayudantes.
—Tal vez no —respondió Alice entre risas.
—Esa es una broma familiar. Es conocida por quejarse más que mi cuñada —explicó Raoul al proveedor, quien se encontró confundido ante al comentario. Alice rodó los ojos. Eso no era cierto—. Muy bien, entonces esta —le dijo al hombre, mostrándole la invitación del cintillo.
—La que eligió al principio.
—Sí.
—¿No quieres hablarlo con Ilaria? —le preguntó Alice.
—Ya les enviamos las fotografías —rio Edward—. Prácticamente, está obligado a elegirla.
—Solo voy a necesitar que me proporcione los datos requeridos y el número de invitaciones, por favor —le pidió, dándole un formulario para llenar.
—Por supuesto —respondió. Mientras él escribía en el formulario, Jasper se decidió de una vez por todas a hacer la pregunta del millón: ¿Por qué se apresuraban? Raoul sonrió—. Es una fecha especial —dijo—. Nos conocimos el 8 de diciembre de 2005 en la fiesta de Navidad del banco.
—Bueno, eso lo explica —soltó Edward. Madeleine salió de la cocina con los platos de la cena—. Gracias, Madeleine. Eso se ve delicioso.
—Bueno, pero podrían hacerlo en un año. Una boda en domingo no suena mal… —le dijo Jasper.
—Es domingo, Jasper. ¿Quién en su santo juicio iría? —inquirió Alice.
—Así es. Sobre todo, teniendo en cuenta que en nuestra familia hay dos CEO's, uno por partida doble, dos alumnos universitarios y dos niños en edad escolar. Una boda en domingo o en cualquier otro día laboral, sería la muerte.
—Y no olvides Navidad en Cullen's. A mi pobre Bella ya le está dando un ataque nada más de pensar en eso, y aún no es octubre.
—El aniversario…
—¡Ni me menciones el aniversario! Aún tengo que pensar cómo le voy a decir a mi padre que este año no lo haremos.
—¿Por qué no? Es en noviembre, dos semanas antes de… ¡Oh! —exclamó Alice.
—Exacto. Para ese momento ya vamos a estar en Nueva York.
Raoul le entregó el formulario al proveedor, quien prometió llamarle ante cualquier eventualidad. Tomó todo lo que llevó y se fue, dejándolos tener una cena "tranquila".
Fue la primera noche que Alice no sintió la necesidad de salir corriendo de ahí. Aún seguía sintiéndose fuera del equipo, pero al menos no le dio la sensación de que estaba siendo completamente aislada de ahí, no le hicieron caras, no hubo comentarios sarcásticos al aire, porque no hubo nada que reclamar, Alice no tenía a quien molestar esa noche…
Casi hasta lo extrañaba. Su papel en la familia era ser el miembro a quien nadie quería, esa era su razón de ser ahí. Era extraño no tener esa parte de su interacción con los Swan y los políticos.
Cynthia llamó para avisar que se quedaría a dormir esa noche con su amiga para terminar esa tarea, casi a los dos segundos de que Jasper colgara con la chica, su teléfono volvió a sonar mostrando el código de Seattle.
—Debe ser la abuela por la fiesta de compromiso —dijo, poniéndose de pie. Alice miró a Raoul, sorprendida, mientras Edward torcía el gesto.
—¿Van a tener fiesta de compromiso? —le preguntó Alice a Raoul. Él suspiró.
—¿Puedo hablar con ustedes en privado? Si Jasper pregunta, quería su opinión sobre los regalos para el cortejo.
—Yo no estoy en el cortejo —dijo Alice.
—En el jardín —indicó Edward, dedicándole a Alice una de sus miradas más severas. No tuvo otra opción más que seguirlos.
—Cuando le dije a Ilaria que no teníamos tiempo para una fiesta de compromiso, casi me salta encima, y no de buena manera —soltó Raoul en cuanto estuvieron en la privacidad del jardín.
—Una fiesta grande es tradición familiar. Su único objetivo es presentarnos oficialmente a Elise como futuros miembros de la familia —explicó Edward.
—A eso me refiero. La familia tiene muchas tradiciones, bastantes sin sentido, debo decirlo.
—Por fin alguien que piensa como yo —dijo Alice.
—No creo que tengas la calidad moral para quejarte, Alice. En tu fiesta vomitaste sobre Elise y Bella —le recordó Edward.
—No lo hiciste —musitó Raoul.
Alice apretó los labios, asintiendo.
—Pero, si lo piensas con detenimiento, les salvé la vida a ti, a Edward y a todos los futuros, futuros miembros de la familia.
—Eso sí, cualquier cosa que yo haga será nada al lado de lo que tú hiciste.
—Yo canté enfrente de todos —dijo Edward, encogiéndose de hombros.
—Muy mal, por cierto —soltó Alice. Edward la miró, exasperado. Ella se cruzó de brazos, lanzando unas risitas.
—¿Estás dudando, Raoul?
—No, por supuesto que no. Solo me di cuenta de lo que se espera que haga a partir de ahora… Siento que, no sé, estoy entrando a la realeza. Todas las tradiciones, y Elise, y la Princesa… Es mucho para el hijo de un banquero.
Alice chocó palmas con él. Al menos la familia de Raoul era de la alta sociedad de Nueva York, ella ni eso tenía.
—Bueno, suena a que se van a morir con la reunión del próximo año —les dijo Edward, rodando los ojos. Ambos lo miraron como si le hubiera salido un cuerno en la frente. Ante esto, él lanzó unas risitas, cruzándose de brazos—. No saben de la reunión del próximo año.
—Parece que no —respondió Raoul. Edward les explicó, a muy grandes rasgos, lo que era la gran Reunión Familiar Swan de cada cinco años. Para su sorpresa, lo que más causó reacción en ellos fue saber que realmente no conocían a la familia Swan al completo, que aún había miembros que se mantenían en secreto hasta esa reunión, ¿por qué? Solo ellos sabían.
—¿Y tú sabes todo eso porque…?
—Porque una vez, cuando aún éramos solo amigos, Bella y yo discutíamos sobre qué familia tenía las tradiciones más absurdas. En cuanto ella me contó sobre eso, yo perdí. Y es aquí en donde voy a mi punto, Raoul: los Swan pueden tener costumbres que rayan en lo ridículo, pero son la mejor familia que he conocido en toda mi vida. Se cuidan unos a otros, incluyéndonos a nosotros —Alice lo miró con una ceja alzada, él no se perdió ese gesto—, siempre y cuando nosotros les demostremos lealtad y compromiso —aclaró. Alice rodó los ojos.
—¿Por eso no se fueron cuando heredaste? ¿Por lealtad a los Swan? —le preguntó Raoul. La duda del millón. ¿Por qué Edward e Isabella decidieron quedarse y romper con la tradición de los Cullen?
—No. Cuando heredamos y tuvimos esa charla con Charlie y Elise, ellos nos dieron su permiso para irnos, pero yo no quise hacerlo. No me fui de Inglaterra solo porque tenía trabajo aquí, me fui porque quería proteger a mi familia. Isabella tendría que dejar su propia carrera y su vida solo para ser mi esposa, y Vanessa tendría una infancia tan horrible como la mía. Para mí, era más importante que ellas no la pasaran mal con esta transición, que seguir con una tradición que solo sirve para controlarnos.
Carajo. No le gustaba que Edward tuviera un punto a su favor.
—Bien, entonces, ¿qué puedo hacer para no terminar como Alice? —soltó Raoul. Alice le enseñó la lengua.
—No sé si haya un manual escrito de cómo hacerte amigo de los Swan, supongo que simplemente basta con demostrar que realmente amas a Ilaria, que estás dispuesto a ser amigo de ellos y mantener a raya a tu familia. Lo que menos necesitan y quieren es a más parientes políticos haciéndoles la vida imposible. Ya tienen suficiente con la mía y la de Alice.
Alice asintió a eso último. Definitivamente tendría una mejor relación con los Swan si Clarissa y Benedict no fueran tan difíciles de tratar.
Raoul lanzó unas risas amargas.
—Perdón, ¿conoces a los neoyorquinos? Mantenerlos a raya es una misión imposible.
—Pues inténtalo —le dijo Alice—, sobre todo durante estos tres meses. Créeme cuando te digo, y Edward no me dejará mentir, que este es el periodo de prueba. Mis padres fueron un dolor de muelas durante el tiempo que nos tomó preparar mi boda, totalmente inaccesibles, casi como si les estuvieran haciendo un favor, tanto que la Princesa tuvo que encargar el catering a escondidas y mentirles que se había hecho como ellos querían.
—Mis padres fueron un poco más accesibles. No le negaron nada a Bella, aceptaron que la boda se hiciera aquí y bajo los términos de los Swan, con algo más pequeño en Windsor… El problema vino cuando bautizamos a Vanessa. Bella y yo tuvimos muchas discusiones respecto a eso, y mi mamá no ayudó para nada.
—Sí, bueno, ustedes tampoco lo están haciendo. No sé por qué dejé que fueran solas a Nueva York…
Edward y Alice se miraron, torciendo el gesto.
—Chicos, salimos mañana temprano a Seattle. Bella ya está allá… —dijo Jasper, saliendo al jardín—. ¿Interrumpí algo?
—No, para nada. Les estaba preguntando qué podría dar de regalo para el cortejo.
Jasper lanzó unas risitas.
—¿Sabes qué suena excelente? Una buena botella de licor, así nos bajas el estrés que nos estás causando.
Raoul se rio.
—Sí, es una buena idea. ¿Decías algo de mañana?
—Ah, sí. La Princesa ya nos compró los boletos para mañana a las ocho de la mañana.
—¿Boletos? ¿No sería mejor en un jet?
—No llegaría a tiempo. Fue a dejar a Bella, Vanessa y Kebi, y regresó a Nueva York por mi mamá, Ilaria y tu familia, Raoul.
—Bueno, esa es mi señal, entonces —dijo Edward—. Tengo cosas que arreglar en el trabajo. Nos vemos mañana, familia —se despidió.
—Yo debería irme, también. Gracias por la ayuda, Jasper y Alice.
—En lo absoluto. Fue un placer —respondió Jasper.
Entre hacer maletas, organizar la casa para una ausencia de solo Dios sabía cuántos días y llamar a Cynthia para decirle que pasarían por ella temprano, les dio la una de la mañana.
Durmieron de poco a nada, porque despertaban espantados de estar olvidando algo, sobre todo Jasper, que se estuvo levantando a revisar las maletas y asegurarse de los datos que Isabella le había enviado. Fue una noche horrible.
En punto de las cinco y media de la mañana, la camioneta con Charlie, Seth, Cynthia y Raoul los esperaba frente a su puerta. Edward había hablado con Cynthia después que Jasper, como estaba en Studio City, para ellos iba a ser más fácil recogerla antes de ir a Los Feliz.
A las seis de la mañana ya estaban en LAX, listos para esperar a que los llamaran a controles.
—¿No creen que es un poco muy temprano? —preguntó Cynthia, medio dormida.
—Eso díselo a Bella cuando la veas —respondió Edward entre risitas.
Tyler y Jacqueline estaban muy dormidos. Alice los envidiaba. Ellos aún podían quedarse dormidos en cualquier lugar, para el resto había demasiado ruido.
Los llamaron a abordar en punto de las ocho de la mañana. En primera clase, gracias a todos los dioses, pero no tuvieron mucho tiempo para considerar dormir. En tres horas ya estaban aterrizando en Seattle. Qué horror.
Acababan de desayunar en la residencia Swan cuando ellos llegaron. Elise los envió a comer algo después de los saludos. Vanessa no se separó de su papá en ningún momento, ni siquiera cuando Isabella los dirigió por sus planes para la fiesta.
El vuelo de Ilaria, Renée y los Parker se había retrasado por el clima en Nueva York, pero esperaban que llegaran a tiempo para la cena, o a Isabella le iba a dar un ataque, eso estaba claro. Nunca la había visto tan estresada, parecía que en cualquier segundo se iba a desplomar.
—¿Sin bar abierto? —preguntó Raoul cuando Isabella les mostró su plano de mesas.
—No. Para nada. Todas las bebidas van a estar en el comedor, no quiero a nadie tocando botellas si no está autorizado.
—¿Aprendiendo de tus errores, hermanita? —rio Jasper.
—Cállate.
—BrujiBella, tengo que advertirte que mi familia bebe como si no hubiera un mañana…
—Pues tendrán que vivir con eso, y deja de llamarme así.
—Bella, tenemos manteles —le dijo Kebi, con el teléfono en la mano y el manos libres en la oreja. Isabella suspiró de alivio, casi derritiéndose.
—Maravilloso —dijo. Jasper y Raoul no pudieron evitar bufar unas risitas, ganándose la mirada frustrada de Edward—. ¿Pueden no hacer eso? Tuve solo dos días para planear esta fiesta, lo mínimo que me merezco es un "gracias, Princesa".
—Gracias, Princesa. Yo ya me hubiera muerto si estuviera en tu lugar —le dijo Raoul.
—De nada, cuñado. Ahora, Brenda tiene arriba algunos trajes para que te pruebes. Desaparece de mi vista.
Raoul se despidió con un gesto militar, dejándolos en el jardín. Edward tomó a Isabella de la cintura, dándole suaves caricias para calmarla.
—Te estás matando, ¿cierto? —murmuró Jasper. Isabella asintió—. La vamos a hacer pedacitos entre los dos, no te preocupes —bromeó.
—Mira que ganas no me faltan, pero necesito a la novia de la boda o todo esto no tendrá sentido.
—¿Por qué no subes a descansar? Kebi ya se está haciendo cargo —le dijo Alice, sorprendiendo a todos. Isabella se veía enloquecida. La odiaba pero realmente no quería verla así de mal.
—Esa es una idea fantástica, amor. Vamos. Kebi puede continuar unas horas sin ti, ¿verdad, Kebi?
—Totalmente. Bella, ve a relajarte, si hay algún problema te lo diré enseguida, lo prometo.
—Está bien. En realidad, sí me siento algo mal, supongo que desayuné muy rápido.
Alice brincó en cuanto escuchó eso. Estudió con más detenimiento a su cuñada cuando pasaron a su lado para subir. Se veía pálida, enferma, como si algo estuviera…
No. Isabella no estaba mal por el estrés o por un desayuno exprés.
Estaba embarazada.
Hola a todas, ¿como están? Espero que les haya gustado este capítulo. Creo que la parte en la que están Alice, Edward y Raoul hablando a solas, basta para que este sea uno de mis favoritos jajaja. Gracias a saraipineda44, Marymaru, Yoliki, piligm, Guest, Tecupi y Dara por sus reviews en el capítulo anterior. Nos leemos en los reviews y en el siguiente. Un abrazo.
Annie. xx
