Aclaración:
Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.
La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor
«18»
«Te juro que nunca fue mi intención
hacerte sufrir...»
.
.
Su padre había intentado advertírselo. Si vendes tu alma al diablo, sólo será cuestión de tiempo que venga a buscarla. Pero su padre no le advirtió que el demonio podía ser tan hermoso que ella sentiría la tentación de entregarle el alma sin dar la pelea.
Con los labios curvados en una sonrisa burlona y sus rubios cabellos rodeándole la cara, Naruto Namikaze tenía todo el aspecto del ángel caído. Los puños arremangados dejaban a la vista sus antebrazos espolvoreados por vello dorado. Sus pies sólo con las medias y la corbata suelta alrededor del cuello de la camisa a medio abotonar intensificaban ese aspecto escandaloso.
—Puedes chillar si quieres — le sugirió él en tono agradable—. Puede que mi prima Sakura me adore pero eso no significa que me vaya a permitir que acose a una damita en su dormitorio. Si chillas bastante fuerte, Hiruzen podría venir corriendo desde el corral con la bielda lista.
Hinata no tenía la menor intención de gritar. Ése era un baile que sólo podían bailar ellos dos.
—Desmayarme delante del todo el pueblo ya fue bastante humillante. No voy a despertar a toda la casa y asustar a los niños chillando como una doncella asustadiza de una de las novelas de Hanabi.
—Como quieras — dijo él, encogiéndose de hombros—. Pero conste que te di la oportunidad.
Sus ojos bajaron perezosamente. Cuando ella se sentó con tanta prisa, el edredón y su camisón se deslizaron hacia abajo dejándole desnudo un blanco hombro. Tratando de parecer despreocupada estiró la mano para coger la bata que estaba doblada a los pies de la cama. Naruto llegó ahí al mismo tiempo que ella.
—No sé por qué te molestas por esa vieja tontería — dijo, quitándosela suavemente de las manos y arrojándola sobre la cama de Hanabi—. Hemos tenido nuestras mejores conversaciones cuando estabas en camisón.
Aunque su voz sonaba serena y sonora, sus ojos brillaban con un fuego extraño.
—Has estado bebiendo — dijo ella, reclinándose en los almohadones y estirando el edredón sobre su falda.
—Sin parar, desde esta mañana — reconoció él—. Aunque me vi obligado a interrumpirlo hace un rato, cuando se agotó la provisión de coñac de mi tío. ¿Sabías que tenía otra botella metida en el piano? — Meneó la cabeza—. Puede que tuviera mal oído para la música, pero hay que valorar su ingenio.
—Por lo que he oído, tenía muy poca cosa que admirarle.
—¿Eso es lo que te dijo lady Kushina? — preguntó él en un tono engañosamente alegre—. Ah, sí, la querida y santa lady Kushina. Yo era como un hijo para ella, ¿verdad?
Hinata bajó los ojos, avergonzada de su monstruosa crueldad, aunque hubiera sido involuntaria. Con gusto se habría arrancado la lengua para borrar esas descuidadas palabras.
Naruto la miró decepcionado.
—Me decepcionas, querida mía. Yo me imaginaba que te arrojarías a mis pies y me suplicarías que te perdonara, con lindas palabras.
—¿Serviría de algo? — preguntó ella, mirándolo de soslayo por debajo de su pestañas, medio esperando que él dijera que sí.
—No — reconoció él—. Pero de todos modos, habría sido muy divertido. — Apoyó un hombro en el poste de la cama—. Además de beber, he leído un poco hoy. ¿Sabías que la Ley de lord Hardwick de mil setecientos cincuenta y tres hizo delito capital falsificar con mala intención un nombre en el registro de matrimonio?
—Si me vas a hacer ejecutar, deseo que sigas adelante y llames al verdugo — ladró ella, temeraria a causa de la frustración—. Seguro que tiene mejor genio que tú.
—Matarte no es en absoluto lo que tengo pensado. Pero en realidad no debería ser muy duro contigo, ¿verdad? Al fin y al cabo has sufrido una conmoción tan grande como yo. Tiene que ser muy terrible enterarte de que acabas de casarte con un sapo asqueroso, un hombre al que no le importa nada fuera de sí mismo, un canalla despiadado, mezquino, vengativo.
—Te has saltado «vil» — le recordó ella, implacable.
—Es bastante irónico, ¿verdad?, teniendo en cuenta que no me ibas a invitar a tu boda, que antes invitarías al mismísimo Belcebú.
Hinata cerró los ojos un momento al oír sus propias palabras que volvían para atormentarla.
—Comprendo que me odies.
—Estupendo — dijo él, secamente.
—Probablemente no me creerás, pero lo hice para proteger a los niños. Cuando escribiste diciendo que tomarías posesión de Konoha Manor me dejaste con muy pocas opciones.
—¿Sinceramente creíste que iba a arrojar a la calle a unos niños inocentes?
—No. Creí que los ibas a arrojar al asilo de los pobres.
—Ni siquiera yo soy tan malvado. Tenía toda la intención de encontrarles un hogar a Hanabi y Neji en alguna familia respetable.
Ella sostuvo su mirada osadamente.
—¿Y yo? ¿Qué iba a ser de mí?
—Según recuerdo, te iba a casar con algún tonto. — Movió la cabeza soltando una suave risita amarga—. Y supongo que eso es lo que acabo de hacer. — Dio la vuelta a la cama, con pasos tan medidos como sus palabras—. En realidad comprendo que me hayas considerado el demonio. Conocías muy bien mi colosal indiferencia hacia la mujer que me dio la vida, mis costumbres corruptas...
Dejó flotando esas peligrosas palabras entre ellos.
Ella sintió la embriagadora dulzura a coñac antes que él la tocara, antes que se sentara en la cama poniendo todo su peso en una rodilla, y pasara la mano bajo sus cabellos. Ella continuó mirando al frente sin responder a la persuasiva presión de sus dedos en la nuca, pero sin oponer resistencia tampoco.
Tocándole la oreja con la boca, él le susurró:
—¿Recuerdas lo que prometiste darme si alguna vez nos encontrábamos cara a cara?
—¿Uno de los bollos de Biwako?
—Un latigazo con la lengua que no olvidaría jamás.
Si él hubiera sido violento, si se hubiera apoderado de su boca con fuerza castigadora, ella podría haberse resistido. Pero él era demasiado diabólico para eso. Lo que hizo fue separarle dulcemente los labios con la lengua y luego apoderarse tiernamente de su boca. Podía ser un demonio, pero besaba como un ángel.
Incapaz de resistirse a la aniquiladora dulzura de esos sedosos envites, su boca se derritió en la de él, dándole esos latigazos con la lengua que le había prometido. Él gimió, haciéndola saborear con la ferocidad de su beso el dolor y la avidez que rugían debajo de su férreo autodominio. Antes de darse cuenta de lo que hacía, ella se había incorporado hasta quedar de rodillas, apretándose contra los duros planos de su cuerpo.
Él apartó la boca de la de ella. Jadeante, metió la mano por entre sus cabellos y le echó atrás la cabeza, obligándola a mirarlo a los ojos.
—¡Maldita sea, Hinata, necesito la verdad! ¿Por qué? ¿Por qué me elegiste a mí? Si no sabías quién era, no pudo haber sido por el dinero ni por el título. Sé que no te faltaban pretendientes. Si creías lo que te dijo mi madre, podrías haberte casado con cualquier hombre de Konoha y haber heredado de todas maneras esta maldita casa. — El beso de ella había eliminado de su cara el frágil barniz de burla, dejándola fiera y vulnerable—. ¿Por qué?
Ella lo miró, sus ojos brillantes de lágrimas y desafío.
—¡Porque te deseaba a ti! ¡Porque te vi ese día en el bosque y te deseé para mí!
Él se quedó absolutamente inmóvil, sin siquiera respirar. Después movió la cabeza, su desesperación reflejada en sus ojos.
—Nadie me ha acusado jamás de no dar a una dama lo que desea.
Esta vez, cuando su boca se posó sobre la de ella, fue con todo su peso detrás. Cayeron en la cama juntos, sus bocas unidas en una feroz red de placer. Cuando Naruto apartó de una patada el edredón que los separaba, Hinata se aferró a él, dando rienda suelta a su avidez. Podía no ser Nicholas, pero tampoco era un desconocido. Era su marido, y tenía todo el derecho a meterse en su cama, aunque eso significara que se adentraría en un bosque oscuro y peligroso en el que el placer podía ser un peligro más grande para su alma que el dolor.
Hinata habría jurado que le había agotado los últimos restos de su paciencia, que él no le debía otra cosa que un apareamiento brutal y apresurado, pero ni siquiera su febril urgencia logró hacerlo desconsiderado con ella. El tiempo que tardó en subirle el camisón no dejó de bañarle el sensible cuello con besos ardientes y húmedos.
Antes que ella lograra recuperar el aliento, ya estaba desnuda en sus brazos. No sabía decir qué había sido de su camisón más de lo que sabía decir qué había sido de la camisa de él. Sólo sabía que estaba por fin libre para poner la boca abierta en su pecho pasar la lengua y darle besos. Su piel dorada sabía tan deliciosa como parecía, si no más.
La luz de la vela hizo un parpadeo y se apagó, sumergiéndolos en un capullo de oscuridad en que la única sensación era el áspero terciopelo de sus manos sobre su piel. Cuando él volvió a apoderarse de sus labios, una dulce y salvaje locura la impulsó a arquearse contra él, para llenar esas manos con la ansiosa plenitud de sus pechos.
Sin dejar de deleitarle la boca con besos profundos y embriagadores, él le frotó los pezones con los pulgares hasta que empezaron a hormiguearle e hincharse. En el mismo instante en que ella pensó que no soportaría otro segundo más de ese delicioso tormento, él bajó la boca desde sus labios al pecho derecho, acariciándole primero el rígido botón con la punta de la lengua e introduciéndolo luego en su ardiente boca y succionándolo fuerte. Ella apretó los temblorosos muslos, pasmada por las oleadas de sensación que sintió entre ellos. Fue casi como si él la estuviera tocando ahí.
Y entonces, la tocó precisamente ahí.
Ahogó una exclamación cuando uno de sus largos y ahusados dedos se deslizó por entre sus mojados rizos. No necesitó la rodilla para separarle los muslos; le bastó una diestra caricia con sus dedos sobre la vibrante perla anidada entre esos rizos. Cuando se le aflojaron los muslos, él se puso de costado y atrapó uno de ellos bajo su pierna de modo que ella no habría podido cerrarse a él ni aunque hubiera querido.
Lo cual, de ninguna manera quería.
Manteniendo su pierna atrapada debajo de la de él, su mano continuó haciendo de las suyas con ella, acariciando, amasando y frotando hasta que ella estaba jadeante de ciega necesidad.
Naruto había pasado la mayor parte de su vida aceptando el placer, no dándolo. Aunque ciertamente se había ganado su fama de excelente amante, siempre había medido cada beso y experta caricia por lo que recibiría a cambio de su trabajo. Pero con Hinata, le bastaba estar acostado a su lado en la penumbra y ver pasar por sus delicados rasgos las señales de éxtasis para bañar la blanca piel de sus pechos con besos y absorber cada uno de sus suspiros cuando salían de sus deliciosos labios.
—Por favor — dijo ella en un susurro entrecortado, sin saber qué le pedía que le diera—. Ay, por favor...
Pero Naruto sí lo sabía, y estaba más que dispuesto a complacerla. Bajó la mano para liberar su miembro de la dolorosa restricción de sus pantalones. Jamás había tenido motivo para lamentar su tamaño, pero cuando se instaló entre los esbeltos muslos de Hinata, conoció un momento de verdadera aprensión. Apoyando su peso en los codos, le enmarcó la cara entre sus manos ahuecadas.
—Esto te va a doler — le dijo con voz ronca—, pero te juro que no lo hago para castigarte. Si no me crees, me detengo inmediatamente.
Ella lo pensó un momento.
—¿A ti te dolerá más que a mí?
La pregunta lo cogió por sorpresa y no pudo reprimir una risita.
—No. Pero te prometo que haré todo lo que pueda para ponértelo mejor.
Ella asintió, y sacó la lengua para mojarse los labios.
Creía en su promesa, pero de todos modos se llevó una impresión cuando él empezó a bañar su miembro en el copioso néctar que sus expertas caricias habían hecho salir de su cuerpo. Era algo caliente, suave y absolutamente duro, el complemento perfecto para su tierna blandura. Subía y bajaba por entre esos pétalos mojados, en una exquisita fricción que muy pronto la hizo agitarse y gemir debajo de él, sintiéndose en el borde mismo de la locura.
Bastó una suave presión para arrojarla sobre el borde; se aferró a él, sintiéndose caer, llevada por una estremecida marea de placer; sus olas seguían agitándose en su vientre cuando él levantó una vez más las caderas y esta vez entró en lo profundo de ella.
Le enterró las uñas en la tersa piel de su espalda, tragándose un grito.
—Sólo estamos a medio camino, cariño. Acógeme — la instó, besándole las lágrimas de las mejillas—. Acógeme todo entero.
A pesar del dolor, Hinata no pudo resistirse a esa tierna súplica. Levantando las piernas para abrazarle la cintura con ellas, hundió la cara en su cuello y se arqueó contra él. Él empujó más hasta quedar introducido totalmente en ella.
A Naruto volvió a fallarle la memoria. Por mucho que lo intentara no lograba recordar la cara de ninguna de las mujeres a las que había hecho el amor. Estaba solamente Hinata, debajo de él, alrededor de él, bañándolo en la estremecida gracia de su tierno cuerpo.
Empezó a entrar y salir de ella en envites lentos, profundos, sinuosos, como si tuviera toda la noche para dedicar a ese solo acto sagrado. La poseyó hasta que no logró recordar un momento en el que no hubiera sido una parte de ella, hasta que las incontrolables oleadas de placer la estremecieron haciéndola vibrar por dentro y por fuera, hasta que ella le enterró los talones en la espalda, gimiendo en su oído:
—Ooh, Nicky...
Naruto se detuvo a media embestida. Hinata abrió los ojos. Él la miró, su potente cuerpo tembloroso por el esfuerzo de contenerse.
—No quiero que me llames así, de verdad.
Ella lo miró fijamente, con la respiración entrecortada, resollante.
—¿Cómo prefieres que te llame? ¿Excelencia?
Por un instante, Naruto temió no poder reprimir una sonrisa.
—En estas circunstancias, creo que bastará «milord».
Apretó la boca fuertemente sobre la de ella, silenciando cualquier réplica que ella pudiera querer hacer. Sus caderas reanudaron el movimiento, imponiendo un ritmo fuerte destinado a hacerles olvidar sus nombres.
Hinata comprendió, demasiado tarde, que se había equivocado. Iba a gritar después de todo. Si Naruto no le hubiera capturado el grito con su boca, probablemente habría despertado a toda la casa, si no a toda la aldea. Un gemido gutural salió de la garganta de él cuando todo su cuerpo se puso tan rígido como la parte de él todavía enterrada en lo más profundo de ella.
Todavía temblorosa por los estremecimientos posteriores, Hinata se aferró a él, respirando en entrecortados sollozos.
—Oh... oh... — Antes de que pudiera contenerlas, las palabras que resonaban en su corazón, salieron atropelladamente por sus labios—. Lo siento, lo siento, hice mal en engañarte. Debería haberte dicho la verdad desde el comienzo. Pero es que no sólo te deseaba... te amab...
Él le puso dos dedos en los labios, negando con la cabeza.
—No más mentiras, Hinata. Aquí no. Esta noche no.
Ella deseó protestar, pero algo que vio en su cara la detuvo. Se limitó a enredar las manos en sus cabellos y lo instó a bajar los labios hacia los de ella, diciéndose que ya habría tiempo para convencerlo de la verdad.
Toda una vida.
A la mañana siguiente, un fuerte golpe en la puerta interrumpió bruscamente el sueño de la agotada Hinata. Sacó la cabeza de debajo del edredón, y trató de recordar cómo había acabado con la cabeza colgando al pie de la cama y los pies sobre la almohada.
Cuando lo recordó, tuvo que volver a meter la cabeza bajo el edredón para ahogar una risita traviesa. Si no fuera por lo delicada que sentía todavía la entrepierna y el aroma almizclado pegado a las sábanas, podría haber pensado que toda esa noche sólo había sido un sueño erótico desmadrado, fruto de la sobrexcitada imaginación de una solitaria hija de párroco.
Sonó nuevamente el golpe, enérgico, impaciente.
Se le aceleró el corazón, con una mezcla de expectación y de timidez. Tenía que ser Naruto, que volvía con una bandeja cargada de todas las más suculentas exquisiteces de Biwako para el desayuno. Le gruñó el estómago, recordándole que el día anterior se había negado a probar el almuerzo y la cena.
Se arrastró hasta la cabecera de la cama y diligentemente se arregló la sábana sobre los pechos.
—Adelante.
No fue Naruto el que entró por la puerta, sino su prima. Lady Sakura Haruno se detuvo a los pies de la cama y apuntó su nariz patricia hacia ella como si fuera una pulga especialmente molesta a la que es necesario aplastar muy bien.
—Perdone que la moleste, pero su excelencia requiere su presencia en el estudio.
—¿Ah, sí? — repuso Hinata, recelosa, subiéndose la sábana hasta el mentón.
Veía muy bien el contraste entre su descuidada apariencia y la impecable elegancia de la mujer. Incluso los cabellos rosas de Sakura, recogidos en un severo moño, parecían almidonados.
Sakura fue hasta la ventana y abrió la cortina. La luz entró a raudales en la habitación, obligando a Hinata a hacerse visera con la mano sobre sus soñolientos ojos.
—Tal vez aquí en el campo se acostumbra a languidecer en la cama la mitad del día, pero en Londres preferimos... — se interrumpió bruscamente, entrecerrando los ojos.
Hinata casi se vio con los ojos de Sakura: los labios todavía rosados por los besos de Naruto, el pelo revuelto y suelto sobre la espalda desnuda, una mancha rojiza en la tierna piel del cuello creada por la barba masculina. No le cabía duda de que su apariencia reflejaba exactamente lo que era: una mujer que había pasado la noche haciendo el amor con un hombre que era un maestro en ese arte.
Sin soltar la sábana, se incorporó, sosteniendo la mirada de Sakura sin encogerse. Tenía muchos pecados de los que responder, pero esa noche no era uno de ellos.
—No tiene por qué escandalizarse tanto, milady. Fue nuestra noche de bodas.
La risa de Sakura sonó congelada:—Detesto ser la que la informe de esto, pero no tiene ningún derecho a una noche de bodas. Engañó a mi primo para que firmara el registro de la parroquia con un nombre falso. Él no tiene la más mínima obligación hacia usted, ni intención de honrar este patético simulacro de matrimonio.
—Miente — dijo Hinata, aunque un escalofrío empezó a encogerle el corazón.
—A diferencia de usted, señorita Hyuga, no tengo la costumbre de mentir. Sé que mi primo sabe ser muy encantador y persuasivo, pero sólo usted tiene la culpa si fue tan tonta para permitirle volver a su cama después de...
Se le cortó la voz. Antes que Hinata pudiera corregir la injusta suposición de que ella y Naruto habían sido amantes todo ese tiempo, Sakura miró la cama. La mitad del edredón había caído al suelo, dejando a la vista las sábanas y las manchas marrón rojizo en ellas.
La incrédula mirada de Sakura volvió lentamente a la cara de Hinata.
El glacial desprecio de Sakura no había conseguido ruborizarla, pero su expresión de lástima le hizo subir una quemante oleada de calor a las mejillas.
—Dios los ampare a los dos — musitó Sakura en voz baja, moviendo la cabeza—. No sé cual de los dos es el más tonto.
Si no hubiera girado sobre sus talones y salido a toda prisa de la habitación, Hinata se lo habría dicho. Hinata bajó los peldaños como si fuera camino de la horca.
Se había puesto un vestido de mañana gris paloma, desprovisto de cintas y lazos, y se había lavado bien hasta quitarse de la piel todo rastro del olor de Naruto. Llevaba el pelo recogido en un moño que podía rivalizar con el de lady Sakura; no dejaba escapar ni un solo mechon rebelde. Incluso se había quitado el anillo de granate del dedo. Nadie tenía por qué saber que lo había pasado por una cadenita de plata y lo llevaba oculto dentro del corpiño.
Le sorprendió no ver a nadie en el vestíbulo. Medio había esperado que Naruto hubiera reunido a su familia para que fueran testigos de su deshonra. Pero agradecía que no lo hubiera hecho. No quería que Neji ni Hanabi se enteraran de que la habían deshonrado.
En más de una manera.
Sin lugar a dudas Naruto lo consideraba una justa venganza. Ella le había dado una boda falsa y él le había dado una noche de bodas falsa. Ahora él se sentía libre para entregarla a las autoridades correspondientes, sabiendo muy bien que el recuerdo de esa noche la atormentaría mientras viviera. Claro que si él decidía hacerla ahorcar, no sería mucho el tiempo que viviera. Se detuvo un instante, obstaculizada por una oleada de aversión a sí misma. No era de extrañar que él no hubiera querido oír su tierna declaración de amor.
Aprovechó el puño fuertemente apretado para golpear la puerta del estudio.
—Adelante.
Incluso en ese momento, sabiendo ya muy bien la perfidia de que era capaz, esa voz grave y sonora le produjo una oleada de reacción por todo el cuerpo. Le traía fácilmente a la memoria las picaras palabras que le susurrara al oído sólo hacía unas horas, los gemidos guturales, las exclamaciones jadeantes.
Armándose de valor para combatir el poder de esa voz, abrió la puerta. No había ningún gatito a la vista, sin duda porque los perros del diablo estaban echados a todo lo largo delante del hogar, sus enormes cabezas apoyadas sobre sus patas igualmente enormes. Cuando ella entró, uno de ellos levantó la cabeza y le enseñó los dientes, gruñendo desde el fondo de la garganta; daba la impresión de que se aplacaría si ella le arrojaba un pernil de jamón. O uno de sus brazos.
La fiel prima del duque y su amigo caballero estaban sentados en un par de raídos sillones de orejas delante de la ventana, con aspecto no más acogedor que los perros. No le habría sorprendido que Sakura le hubiera enseñado los dientes y gruñido también, pero, curiosamente, la mujer parecía querer evitar sus ojos.
El duque estaba sentado tras el escritorio de nogal escribiendo en un papel de carta. Su prima debió de traerle algunas prendas de ropa de Londres, porque vestía una chaqueta color clarete del más fino casimir. Los volantes de la pechera de su camisa blanca almidonada asomaban por la V de un chaleco de satén gris festoneado con hilos de plata. En el dedo anular de la mano derecha llevaba un ostentoso anillo de sello con un rubí.
Sus cabellos dorados, peinados revueltos como era la moda, parecían perfectamente capaces de absorber toda la luz del sol que entraba en la sala, sin dejar nada para los demás. Aunque no lo habría creído posible, el corazón se le oprimió más aún. Ese aristócrata no tenía el más mínimo parecido con el hombre apasionado, de ojos fieros, que estuvo en su habitación y en su cama esa noche.
Le fue fácil comprender por qué él había elegido el estudio, que rara vez se usaba, al acogedor salón, para el ajuste de cuentas: le permitía tener el escritorio a modo de barrera entre ellos. Avanzó por la descolorida alfombra turca hasta detenerse delante del escritorio, esperando la sentencia.
—Buenos días, señorita Hyuga. — Naruto miró hacia los rayos oblicuos del sol que entraban por las puertas acristaladas—. ¿O debería decir «Buenas tardes»?
«Señorita Hyuga». Ese indiferente saludo formal, tratándola de «señorita», le confirmó sus peores sospechas; no era su esposa, era una ramera. Por primera vez desde el incendio, se alegró de que sus padres hubieran muerto; la vergüenza de su caída los habría matado.
—Buenos días, excelencia — dijo tranquilamente—. ¿O prefiere que le llame «milord»?
Debió imaginarse el tenue movimiento de su mejilla, porque él continuó escribiendo, interrumpiéndose sólo el tiempo suficiente para indicarle con un gesto la silla de respaldo recto que habían colocado junto a una esquina del escritorio.
—Siéntese, por favor. Enseguida estaré con usted.
Ella obedeció, pensando en el contraste entre esas enérgicas palabras y las mimosas órdenes que le diera esa noche: «Ponte boca abajo, ¿quieres, cariño? ¡Otra vez, ángel! ¡No seas tímida! Una vez más, sólo para mí; levanta otro poco la pierna... oh, Dios de los cielos, así, perfecto...».
—Parece que nos encontramos en una posición incómoda.
Hinata se sobresaltó, ruborizándose violentamente. ¿Es que le había leído el pensamiento? Entonces comprendió su ridiculez. Él podía ser todopoderoso, pero no era omnividente.
De todos modos, él estaba reclinado en su sillón observándola con un destello evaluador en sus ojos.
—Tanto mi prima como mi amigo de confianza y consejero, el marqués de Rinnegan, son de la opinión que debo dejar su destino en manos de la ley.
—Entonces tal vez debería. Por lo que sé de usted, esas manos podrían ser más justas y clementes que las suyas.
Sasuke y Sakura se miraron perplejos, sin duda sorprendidos por su muestra de temple, pero Naruto ni siquiera pestañeó.
—Por mucho que valore esos consejos, creo que he llegado a una solución mucho más... mmm, digamos, satisfactoria, para el dilema en que nos encontramos. Como sabe muy bien, soy el séptimo duque de Uzushiogakure. Anejas al título tengo muchas cargas y responsabilidades, de las cuales no es la menos importante la de dar un heredero para continuar el linaje.
Ah, no, pensó Hinata, con un nudo en el estómago. Le iba a ofrecer el puesto de niñera de sus futuros hijos. Era peor que un demonio; era el propio Belcebú.
Él se inclinó sobre el escritorio fijando en ella su intensa mirada.
—Por desgracia, no es posible adquirir un heredero sin adquirir primero una esposa, y por eso esperaba que usted me hiciera el honor de ser la mía.
.
.
Continuará...
