Disclaimer: My Hero Academia y sus personajes no me pertenecen.
Summary: Bakugo Katsuki nunca olvidaría el día que ella se fue, nunca lo admitiría, pero siempre la buscó, siempre la esperó. Ocho años después, verla regresar no tenía comparación alguna. El tiempo cambió, ellos cambiaron, ella estaba comprometida y él sólo pensaba en su trabajo. ¿Qué les deparaba el destino?
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CAPÍTULO XX
«EPÍLOGO»
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Una dulce brisa veraniega acarició las copas de los árboles, meciéndolos ligeramente, un sencillo roce que se llevaba algunas hojas con ella. El aroma a jazmines colmaba el templo, entremezclándose con el incienso encendido. Uraraka cerró los ojos cuando se puso de rodillas sobre el suelo, la frescura de la piedra contra su piel elevó un ligero escalofrío por su cuerpo, haciéndola esbozar una pequeña sonrisa. Sus manos juntas y su sereno rostro, oraba en silencio mientras el aroma a jazmín penetraba aún más su sistema.
Sintió la calidez de una mano sobre su hombro y cuando su rezo terminó, abrió los ojos para dirigir aquellos orbes castaños hacia la persona de pie junto a ella. Bakugo mantenía sus ojos cerrados, la cabeza ligeramente baja en significado de una oración personal. Ella tomó la mano que éste colocó sobre su hombro y él entrelazó sus dedos con los de ella, ayudándola a ponerse de pie. Él abrió sus ojos para mirarla entonces.
―¿Cómo te sientes? ―Formuló él.
―Con mucha hambre ―Respondió. Bakugo rio por lo bajo y la atrajo hacia él, besando la coronilla de su cabeza―. Gracias por acompañarme.
―Como si te hubiese dejado sola, tonta.
―No se insulta frente a los difuntos, Katsuki ―Dijo ella. Él chasqueó la lengua sencillamente.
Ochako acomodó las flores que dejó sobre la tumba de sus padres, al igual que el incienso que encendieron para su visita. Habían transcurrido dos años desde que ella se había hecho costumbre de visitar la tumba de sus padres en compañía de Bakugo. A él le gustaba comprar jazmines, decía que el aroma era lo mejor que podía ofrecer. Ella nunca se negó a sus atenciones cuando venían de visita.
El cementerio se encontraba lleno de flores en distintas tumbas, algunos vinieron a visitar a sus parientes esa mañana de verano. Uraraka miró a su novio y éste levantó una ceja en respuesta.
―Será mejor que nos vayamos, ya sabes cómo se pone tu madre si nos retrasamos ―Bakugo rodó los ojos hastiado―. No pongas esa cara, que aceptaste su invitación.
―No tuve opción, maldita sea, ustedes dos se ponen de acuerdo a mis espaldas. ―Bakugo dirigió su vista hacia la mujer castaña que guardaba distancia a sus espaldas con su pulcro cabello corto, la orquilla entre sus hebras y su ropas oscuras―. Y hablando de ponerse de acuerdo.
―Cambia esa cara, idiota ―Rezongó Yuko fulminando a Bakugo con los ojos tras los critales de sus lentes.
Ochako echó un suspiro cansino. Dos años de noviazgo con Katsuki significaron dos años de constantes ladridos entre él y su tía. Sin duda, entre esas palabras que se dedicaban, había un extraño afecto entre ambos, muy a su manera.
―¿Quién carajos te invito, a todo esto? ―Preguntó Katsuki de camino a la salida del cementerio, tomando a Ochako de la mano y teniendo a Yuko a un lado.
―Tu madre, pedazo de bruto ―Respondió Yuko cruzándose de brazos―. No cabe duda que eres un desconsiderado.
―Ya, ya.
Ochako los veía discutir sin poder ocultar su sonrisa en sus labios, apretó un poco la mano de Katsuki al caminar, miró el cielo y el sentir los rayos de sol acariciando su piel era el recordatorio más satisfactorio de que era feliz.
Los almuerzos domingueros en la casa de la familia Bakugo se había vuelto una tradición adorable para Ochako, a diferencia de Katsuki que siempre termina en rabietas contra su madre; ese día no fue distinto en absoluto y para mejorarlo, la presencia de Yuko parecía ser un tipo de escarmiento celestial en contra de Ground Zero.
Las mandarinas peladas en medio de la mesa, la música acompañando por lo bajo, la deliciosa comida de Mitsuki y una cerveza fría que acompañe parecía ser el panorama ideal que Ochako se formó para esos días, observando a su tía convivir con sus suegros y su novio.
Desde que comenzó a salir oficialmente con Bakugo, el relacionamiento con sus suegros fue tan inmediata que ni siquiera necesitó mucho tiempo para abrirse camino a su afecto; solía hablar con Masaru cuando madre e hijo estaban en constantes discusiones, le gustaba escucharlo hablar sobre su colección de vinos y discos de vinilo, sus libros y películas; Mitsuki era una apasionada de la cocina, del arte y las películas, encontró en ella una amistad con quien hablar sin contención y la presencia de su Tía ese día parecía armonizar todo ya que tenía gustos a fines con los Bakugo.
Katsuki veía a Ochako hablar con su madre y no lo decía, pero adoraba verla interactuar con su familia, la castaña era sencillamente agradable y hasta podía jurar que sus padres la preferían más a ella que a sí mismo. No los culpaba. Se levantó de la mesa, llevándose con él los platos vacíos, dejando a Masaru enseñándole su colección de vinos a Yuko y a su madre hablando animadamente con Ochako.
La castaña dirigió sus orbes hacia él y compartieron una pequeña mirada en silencio. Tenían muchas de ellas, era su modo de hablar cuando no necesitaban hacerlo. Una sencilla complicidad con tantas aristas.
―Sabes ―La voz de Mitsuki llamó la atención de Ochako, dirigiendo su atención hacia ella de vuelta―, has calado fuerte en Katsuki, Ochako.
―Bueno, llevamos saliendo dos años, yo creo…
―No, no me refiero por eso ―Mitsuki se llevó la lata de cerveza a los labios y miró a su nuera con cierta perspicacia que llamó la atención en la aludida―. Cuando se habían mudado a las instalaciones de la AU, en los dormitorios, ya casi no hablábamos con Katsuki. Nos habíamos acostumbrado a que ya no nos llamara, nosotros solíamos molestarlo para hablar con él porque ya sabes cómo es de cabezota… ―Ambas rieron―, pero una noche, él me llamó al celular. Fue extraño, creí que le sucedió algo, nunca nos había llamado de por sí… Me contó algo sobre una compañera que estaba mal, que dejó las instalaciones.
La expresión de Ochako fue cambiando, ya no portaba la sonrisa cómplice que guardaba con Mitsuki, comenzaba a enseriar su rostro a medida que escuchaba el relato de la mujer. Recordó el día que ella dejó las instalaciones de la Academia, cuando se encontró con él en los pasillos. Eran recuerdos dolorosos. Nunca pensó que le afectara también a él.
―Después de eso, nos solía llamar algunas veces. Siempre creí que desde ese día, algo había cambiado en él, muy poquito, pero lo había hecho. El día que te conocimos, olvidé por completo el detalle de tus padres y sigo sintiéndome culpable por ello ―Mitsuki tomó las manos de Ochako y ella lo miró con ojos húmedos―. Sabes que cuentas con nosotros para lo que necesites. Somos tu familia también.
Ochako quedó sin palabras, sonrió a Mitsuki y asintió intentando contener las lágrimas que luchaban por salir por la comisura de sus ojos. Yuko la observó con preocupación al igual que Masaru. Katsuki no tardó en percatarse de ello.
―¡Hey, qué tanto le dices a Ochako, bruja! ―Katsuki gritó desde el umbral de la cocina al ver a Ochako en ese estado. Ella se limpió los ojos y sencillamente negó.
Una nueva contienda se armó entre madre e hijo y ella no pudo si no sentirse la persona más dichosa del mundo.
Katsuki abrió la puerta del departamento y Ochako fue la primera en entrar para dirigirse al sofá que tenían en la sala. Después de algunos meses saliendo oficialmente, la idea de dormir en sitios distintos comenzaba a ser abrumadora para ambos; él no quería admitirlo, pero siempre ponía excusas para quedarse con ella a pasar la noche, no pasó mucho tiempo para que la idea de convivir juntos fuese una realidad. Ambos decidieron vivir en el barrio donde Ochako tenía su departamento, era más tranquilo, lejos de la atención del centro, lejos de paparazzis molestos, mantuvieron una relación oficial pero sin necesidad de exteriorizar en los medios. Ya tuvieron suficiente de ser una pareja mediática.
―¿Segura que mi madre no dijo nada indebido? ―Katsuki preguntó cuándo cerró la puerta tras de sí. Ochako lo miró un momento en silencio―. Sabes que puede ser imprudente.
Ochako recordó las palabras de Mitsuki y nuevamente sintió la calidez de las mismas descansar en su pecho. Bakugo se había fijado en ella mucho antes de reencontrarse tras ocho años, mucho antes de besarse por primera vez y definitivamente, mucho antes de llegar a ser lo que son en la actualidad. Ella estiró su mano y lo atrajo hacia el sofá en donde él se sentó a su lado.
―No, no dijo nada que me haga sentir mal ―Respondió ella con una pequeña sonrisa―, es sólo que me recordó algo que sabía.
―¿Y eso fue…?
―Que nunca más estaré sola. ―Ella acercó sus labios a los de él y besó sus labios dulcemente, siendo correspondido por Katsuki al instante.
Él la acercó a sí, profundizó aún más el beso y ella lamió su labio inferior en respuesta. Katsuki sonrió contra el beso, tomó a Ochako por la cintura y de un solo movimiento, la hizo sentarse sobre su propio regazo. Ella emitió un gritillo de sorpresa y ambos rieron contra la boca del otro. Ella pegó su frente contra la de él y aspiró su aroma en silencio.
Definitivamente, regresar a Japón después de todo ese tiempo, fue su mejor decisión.
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FIN
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N/A:
Muchas gracias por llegar hasta aquí.
Nos leemos muy pronto con otro Kacchako :*
