Percy Weasley — Misión
Todo aquel que escucha el nombre de Percy Weasley se hace sus propias conclusiones. Unos dicen que es la persona más seria y estricta que han conocido. Otros que tiene ideas elitistas y que planea cosas mientras está encerrado en su oficina. Y unos pocos más que es una persona despreciable.
¿Cosas buenas? Solo los que lo conocen de cerca pueden asegurar que lo que comentan por ahí es mentira y que Percy es una persona completamente nueva. Porque lo es.
Primero, su familia lo ha sacado del fondo con el cariño que siempre han guardado para él, especialmente Molly quien nunca perdió la fé en él. Luego, el conocer a Audrey le ha brindado una perspectiva completamente diferente de la vida. Ha aprendido a salirse de sus zapatos para ponerse en los de otro y mirar las mil opciones que tiene desde varios puntos de vista.
También, siendo Audrey muggle y más allá de los conocimientos de su padre, ha descubierto las costumbres que no difieren mucho de las de los magos. Ha aprendido que no existe solo una verdad.
Y ha aprendido a amar con mucha más veracidad, sin ocultar nada por vergüenza.
—¿Necesita algo más de mi, señor Weasley?
—No, Milena. Puede irse a casa y muchas gracias.
Ha caído ya la noche y Percy es el primero en llegar a casa. Molly está en mitad del salón principal, sobre su manta, jugando con los peluches que se han acumulado en cantidades porque parece ser lo único que la bebé de ocho meses le gusta.
La niñera cumple con su horario, recibe el dinero de Percy para el transporte y se va, dejando a padre e hija solos. Es una escena que poco se ve pues siempre es Audrey la que llega más temprano a casa. Sin embargo, los dados han sido tirados y el resultado es ese.
Percy toma a su hija en brazos y la lleva a la cocina. La coloca en el cochecito, le prepara el biberón y se lo da. Para su suerte, la niña ya tiene la fuerza suficiente para tomarlo de las orejas y dejar a su padre hacer su propia cena.
—¿Puedes creerlo, Molly? En el Ministerio se están volviendo locos y yo solo espero que no me toque a mi también la locura porque no vas a querer un padre con los tornillos flojos.
Solo recibe de parte de la bebé risas y balbuceos que, desde afuera, puede verse como una conversación demasiado entretenida entre padre e hija.
El reloj marca ya las nueve de la noche y Molly tiene sus ojos más pequeños, debido al sueño. Percy termina de lavar los platos y la vuelve a tomar en brazos, sin olvidarse de su peluche favorito: Mate.
Suben hasta la habitación de su hija y la coloca sobre un sillón pequeño mientras saca su pijama y los demás implementos para ponerla a dormir. La deja en la cuna, con la mantita sobre su pequeño cuerpo y él cruza los brazos sobre su pecho.
—Mamá está en el trabajo y nosotros aquí. Esta mañana me ha dicho que se demora y que tenemos que hacer todo este proceso los dos solitos, Molly. Y la misión de hoy a cumplir es: intentar que te vayas a dormir sin soltar una sola lágrima.
Percy le coloca el chupo, le deja su peluche al lado y él se sienta al lado de la cuna, con un libro de gatos en la mano que comienza a leer.
No, Percy no es como lo pintan.
