-Dos tés Earl Grey y algunos madeleines, por favor –pidió Shibata cuando se sentaron en una de las mesas más alejadas del público, donde la tranquilidad era absoluta.
Yashiro se mantuvo en silencio estudiando sus refinados modales, hasta que minutos posteriores una muchacha se acercó a ellos amablemente, para traerles lo que habían pedido. Apenas se hubo alejado de nuevo el joven tomó un madeleine con una peculiar dulzura, para luego bañarlo en el té frente a él mientras Yashiro observaba la escena perdidamente, como si fuera su ritual privado. En todo ese tiempo no dijo una sola palabra, aunque ella tenía la sensación de estar bajo plena vigilancia. Sin embargo, estaba tan inmersa en cómo se humedecía el madeleine, que no dejaba de pensar que en algún momento se rompería y caería dentro de la taza, salpicando té sobre la mesa.
-Me encanta tomar té y sumergir madeleines en él –dijo en respuesta a sus pensamientos, mientras se llevaba a la boca uno de ellos.
Yashiro se hallaba inmóvil, siguiendo cada uno de sus movimientos con desconcierto. Cualquier otra persona se habría sentido incómodo con el peso de su mirada, pero no era el caso del muchacho. No podía creer que estaba utilizando un tono tan ordinario con ella, cuando minutos antes parecía haber querido aplastar a su profesora de literatura, por el simple hecho de estar en su camino. Nuevamente se centró en el siguiente madeleine que tomó, para hundirlo en la taza. Una mueca de disgusto rebozó sus labios, provocando que el muchacho se detuviese a medio camino, sin humedecerlo. Fue entonces cuando interceptó sus ojos, como si por fin se hubiera percatado de su presencia.
-Si los sigue hundiendo, el té perderá su fragancia –le advirtió Yashiro.
Durante unos eternos segundos se observaron el uno al otro como dos compañeros de viaje, que, tras dividir sus travesías, se volvían a encontrar para contarse todas y cada una de sus vivencias. Yashiro sentía que era alguien que sabía escuchar tanto las dulces palabras como los susurros reveladores del silencio. Una sonrisa juguetona y a la vez desafiante, iluminó su fino rostro durante un efímero y corto segundo. En vez de hacerle caso, simplemente vertió el madeleine en el líquido, sin dejar de mirarla de una manera profunda, como si intentara apreciar cada detalle de su piel. Yashiro frunció el ceño, pero no se dejó enredar por la clara provocación.
-Puede, pero su esencia permanecerá intacta –objetó él, inmerso en un sinfín de preguntas y respuestas-. ¿Crees que la esencia de tus compañeras permanecerá intacta también? ¿o sucumbirá a tus palabras, como ocurrió con la señorita Hisakawa?
Un estremecimiento de puro placer recorrió la espina dorsal de Yashiro, que dejó escapar una breve sonrisa y bajó la mirada para darle un sorbo a su taza de té, permitiéndose embriagar por el dulce aroma que emitía.
-Es cierto que las palabras influyen mucho en la manera en que pensamos, al fin y al cabo, somos producto de las circunstancias; sin embargo, coincido con Sartre en que el hombre está condenado porque no se dio a sí mismo la existencia, pero es libre porque es el único responsable de lo que hace –reflexionó ella en voz alta, perdiendo la mirada en distintas direcciones.
El profesor dejó la taza de té sobre la mesa y se quedó mirándola antes de contestar, como si realmente estuviera buscándole un sentido a sus palabras.
-"Nos limitaremos a contar con lo que depende de nuestra voluntad, o con el conjunto de probabilidades que hacen posible nuestra acción" –citó él a Sartre, inclinando su cabeza levemente en una silenciosa aprobación.
Yashiro regresó la mirada hacia él y sonrió entrecerrando los ojos, lentamente, como el amanecer en los días de invierno, que son sólo percibidos por aquellos que disfrutan contemplar lo que les es inalcanzable. Tenía la sensación de que aquel hombre compartía con ella mucho más de lo que podía o se atrevía a admitir, nunca antes en su vida había sentido tanta curiosidad por lo que ocurría en la mente de otro individuo. ¿Cómo podía él, siendo un mero desconocido, hallarse tan cerca? ¿quién era debajo de su disfraz?
-Sin embargo, estamos en una sociedad donde las capacidades potenciales de cada individuo son elegidas de forma estandarizada, suprimiendo la posibilidad de equivocarse mediante la condena… fallar una vez ante los ojos de Sibyl es haber fallado como humano y, por lo tanto, ya no es posible formar parte de la sociedad…
Yashiro volvió a sumirse en las frías aguas de su mente, y su acompañante, atento, se unió a la corriente fluyendo junto a ella, tal tronco perdido en medio de un río que procura mantenerla a flote. Un tronco que podía salvarla, y al mismo tiempo, hundirla en las profundidades de la incertidumbre en cuanto se le presentaba la oportunidad. Cuando surgía un tema relacionado con el sistema que regía en su país, el aspecto del profesor daba un giro enorme y visible. Su rostro era oscurecido tal bella flor que se marchita, el brillo en sus ojos ámbar pasaba a quemar a todo aquel que se atrevía a observarlos.
-Y cuando ya no se permite el error el ser humano se queda atascado, sin posibilidad de evolucionar. Si el Sistema Sibyl es terrorífico, es porque anula toda posible evolución humana. La dictadura perfecta, ya que congela toda posibilidad del paso del tiempo. Las personas no tienen que preocuparse por nada, sólo dejarse adormecer por el dulce susurro donde el trabajo, el arte y el pensamiento permanecen inamovibles eternamente, en un agua estancada en la cual todas las siguientes generaciones pensarán igual que la primera…
Yashiro no pudo evitar pensar en la exuberante cantidad de talentos que se perdían, las investigaciones o inventos que se suprimían como sacrificio inalterable para hallar el orden y la paz. Comprendía entonces el significado de que toda utopía requería grandes sacrificios, pero no podía, ni quería aceptar, que el sacrificio para conseguirlo era abandonar todo aquello que los hacía humanos. Simplemente, no deseaba vivir toda su vida en un mundo semejante.
Sólo eran las personas como el profesor que tenía frente a ella, quienes hacían de aquel mundo un lugar en el cual estaría dispuesta a vivir. Ser comprendido en un mundo que carecía de todo sentido, de alguna forma le resultaba confortante. Yashiro terminó de tomar su té y asintió con la cabeza suavemente, clavando la mirada en la superficie; hacía tiempo que los lejanos murmullos de las demás mesas habían dejado de tener importancia para ellos, tan sólo se dedicaban a escucharse mutuamente. Le costaba creer el rumbo que habían tomado sus pensamientos, como si de voluntad propia se tratase.
-El problema… es que un sistema que no evoluciona, a largo plazo es tan frágil como el cristal -expuso Yashiro, con un tono ligeramente frío-. El Sistema Sibyl se derrumbará… pero sólo cuando sea insostenible, cuando entre en contradicción consigo mismo.
El profesor Shibata abrió más los ojos mientras comía un madeleine con la usual calma que lo representaba, y volvió a fulminarla con la mirada quedándose sin palabras durante un largo minuto. Parecía estar analizando cada palabra, cada sentimiento encontrado al escucharlas. Estaba sorprendido de una manera que no le importaba ocultar, o al menos no en su presencia.
-¿Cómo crees que pueda llegar a lograrse? –preguntó por fin, desbordando de una impresionante, humana curiosidad.
A Yashiro le conmovió que su voz sonara como si realmente estuviera deseando escuchar su opinión, como si necesitara consejo. Era algo que no haría con los demás. El esfuerzo que debía haber hecho por romper una parte de su disfraz y mostrarse más ante ella, era exuberante.
-Siempre me hice la misma pregunta. Creo que, como todo sistema, es susceptible a ser cambiado desde adentro.
El profesor sonrió con suavidad y victoria, negando con la cabeza. La había atrapado en su interrogante y lo estaba disfrutando desde sus adentros.
-Dentro todo está estructurado, perfecto -declaró Shibata extendiendo sus manos a cada lado de la taza-. En el exterior es donde se encuentra el caos, es donde pueden nacer individuos que estén dispuestos a destruirlo.
Yashiro estaba completamente de acuerdo, pero era consciente de que estaban hablando de cambios y reformas estructurales que podrían tardar años, décadas o incluso siglos; la mente humana era algo demasiado complejo, incluso hasta para algo tan racional como el Sistema Sibyl. Convencer a la sociedad de que había alternativas, de que el sistema debía cambiar (y desaparecer, en un futuro incluso más lejano) sería una guerra casi interminable, que transcurriría con el lento paso del tiempo. La revolución sería sutil e imperceptible, que sólo podrían presenciar una vez que el cimiento de Sibyl se derrumbase por sí solo, atormentado por las voces y los gritos de sus propios ciudadanos, aquellos que tanto juró proteger.
-Cuidado, profesor –advirtió Yashiro con una mueca pícara y un tono sombrío, inclinando su cuerpo unos centímetros hacia adelante, mientras apoyaba sus dos brazos sobre la mesa y juntaba las manos, como si estuviera a punto de revelar un secreto-. Con esa lengua, algún día toda la Oficina de Seguridad Pública caerá sobre usted.
Ante aquellas osadas palabras el joven curvó sus labios suavemente, hasta enseñar una sonrisa ladina que le resultaba incomprensible; la simple mención de la organización que se dedicaba a combatir el crimen en la sociedad lo divertía, o más bien, entusiasmaba a un nivel que no llegaba a vislumbrar del todo. Sus ojos se hallaban dilatados resplandeciendo como oro y miel, constantemente fijos en la persona que tenía en frente. No era una persona cualquiera que se encontraría, pues su mente era intrigante a pesar de que su rostro o expresiones no revelaban lo que pensaba, además de que su disfraz de profesor lo utilizaba con mucha frecuencia y elegía bien a quién dirigirse.
-Podría decir lo mismo de ti –contestó pausadamente con una voz casi ronca, entrecerrando los ojos-. Aunque en tu caso, ya lo ha hecho…
La picardía de Yashiro se difuminó tras unos segundos, luego de un inconsciente suspiro en completa ironía. En sus adentros, podía sentir el fuego anhelando escapar, elevarse hasta los cielos, quemándola en un paisaje escarlata que se fundía con todo observador. Por alguna extraña razón, cuando se encontraba en presencia del profesor Shibata, el mar que usualmente la ahogaba llegaba a calmarse al escuchar su voz, y era capaz de subir a la superficie. Quería hablar, pero de su garganta tan sólo salía el silencio, y una sensación de aislamiento le desgarraba los pulmones como si poco a poco se fuera quedando sin aire.
Yashiro entrecerró los ojos clavándolos en un punto fijo muy por encima del profesor, como si estuviera viendo el cielo a través de una ventana. Su cuerpo estaba completamente rígido a causa de sus palabras, a pesar de que la estupefacción que sentía era la mayor que había experimentado en su vida. Si hasta entonces el mar de su mente había permanecido en plena calma, en aquellos momentos parecía arrastrarla por las violentas olas, pero no había nadie ofreciéndole una mano; el profesor Shibata parecía desear contemplar tanto su hundimiento, como su salida de las aguas por voluntad propia.
Los ojos ámbar no dejaban de estudiarla con aquella sutileza que tanto los caracterizaba, pero en ese momento se dio cuenta de que expresaban algo más, pues destellaban en búsqueda del éxito, sostenían una verdad oculta que esperaba ser descubierta. No era un amigo, no era un compañero; actuaba como un mero observador. Yashiro se vio extrañamente absorbida como si el mundo pasara delante de sus ojos, analizándola, esperando su respuesta. Sabía mucho más de lo que habría esperado y lo exhibía en su mirada. Sin embargo, parecía pedir permiso para continuar y Yashiro al fin centró su atención en él, conmovida por dicha cortesía.
-Es el fantasma de tus padres quien te persigue, ¿cierto? -preguntó el muchacho, tajante como si hubiera estado esperando aquel momento toda su vida-. Puedes ver sus rostros en tus sueños, y la culpabilidad te retuerce.
Yashiro frunció el ceño, parpadeando por un instante. No pudo evitar apartar la mirada cuando el tan conocido rostro femenino se interpuso frente al del joven, como una débil distorsión de la realidad. Él lo notó y entonces se estiró hacia atrás, inclinando la cabeza levemente en su dirección. Durante un extenso minuto ninguno de los dos habló. El rostro de Yashiro era una mancha gris y casi transparente en medio de la oscuridad que intentaba apropiarse de ella. Su mente era una fría y húmeda selva que la enredaba, y allí donde miraba, el pasado se agolpaba tales gotas de lluvia en su frente. La curiosidad que su acompañante debía tener por ella era sumamente mayor del que había esperado, y se preguntaba qué tan profundo habría llegado a excavar.
-Sólo el de mi madre –recalcó Yashiro solemnemente, que con cierto desdén en su voz agregó-: algunos padres no se ganan el amor de sus hijos.
El profesor arqueó una ceja, sin molestarse en absoluto por ocultar su reacción. Si había confiado en que sus palabras desesperarían a Yashiro, acabó fallando irrevocablemente. Y dicho error le provocó una fugaz mueca de admiración, dando a entender que la había subestimado. Entreabrió sus labios quedándose sin habla por unos simples segundos, hasta concluir en una sonrisa oscura e impenetrable. Para él aquella situación no era más que un juego, pero se había dado cuenta de que Yashiro no era una simple pieza más. Le divertía estar hablando con ella, disfrutaba ver cómo pasaba de la completa estupefacción al más profundo odio en cuestión de segundos.
-¿Crees que si tu padre no hubiera muerto ese día, tu madre seguiría viva? –preguntó el profesor Shibata en un tono apacible e inocente.
Yashiro le sostuvo la mirada por unos largos segundos, absorta, en verdad, por el rumbo que había tomado la conversación. Parecía que el hombre que se hallaba sentado frente a ella, había esperado desde hacía mucho tiempo realizarle dichas preguntas. El disfraz de profesor comenzaba a despedazarse y podía divisar al verdadero rostro debajo, aquel que tanto se esforzaba por ocultar. Deseaba desgastarla hasta traspasar su cascarón y descubrir qué tan interesante era su interior.
-Nos habría matado a las dos –replicó en un amargo suspiro.
Las cortantes palabras de Yashiro dieron paso al silencio durante medio minuto, en el cual ambos permanecieron enfrascados en sus propios pensamientos. Haber respondido de esa forma le causó una sensación de paz que nunca antes había apreciado. Todo su cuerpo se relajó en la silla al instante, como si un gran peso hubiera sido quitado de sus hombros. Y sólo entonces, se dio cuenta de lo importante que había sido la necesidad de compartir aquel sentimiento, el mismo que noche tras noche la carcomía desde sus adentros. Al final, era cierto que un deseo innato que tenían en común todos los seres humanos, era el de ser reconocidos por sus semejantes. Después de todo, la existencia se define mediante la percepción de los demás; si una persona muere y todo el mundo se olvida de ella, ¿cómo se puede corroborar que alguna vez existió?
-¿Qué sentiste cuando lo mataste? –soltó él, sin rodeos.
Nada en su existencia finita podría haberla preparado para aquella pregunta. Yashiro lo miró a los ojos, notó el radiante interés que exponían. Cerró los ojos con desesperación en el momento en que las imágenes atravesaron su mente, causándole un dolor asfixiante en el pecho. Percibió la tibia sangre de nuevo en sus manos, que se duplicaba con cada una de las puñaladas. La vida había abandonado a su padre con las primeras, pero continuó manipulando el cuchillo con una brusquedad que no era propia de ella. Su madre estaba a salvo, pero creía que aquel cuerpo podía despertar en cualquier momento y hacerles daño.
Cuando finalmente detuvo su accionar observó lo que había hecho, jadeando del agotamiento. La escena parecía tan irreal que por un momento se sintió desconectada de su cuerpo, como si no fuera ella misma, como si hubiera dejado de existir. Un escalofrío recorrió todo su cuerpo como si se hubiera bañado con agua fría de repente, y se reincorporó a la realidad bruscamente. Mentir era algo tan sencillo que uno podía rápidamente acostumbrarse a su accionar, pero algo en los ojos del joven la incitó a decir la verdad, a describir lo inaudito.
-Sentí como si todo el mundo estuviera aprobando mi respuesta -susurró Yashiro evitando el contacto visual. Luego cerró los ojos, sintiéndose niña otra vez-. Sentí... alivio. Me sentí bien.
Él, para su sorpresa, asintió lenta y profundamente. La calidez en sus finos rasgos expresaba una complicidad indescriptible y Yashiro contempló una sonrisa iluminarse en su rostro. Todo el miedo que había sentido hasta entonces, pronto se esfumó.
-Por eso estoy aquí –afirmó el joven en un susurro-. Para probar que ese placer que sentiste, fue por haber intentado salvar a tu madre. Por haber sobrevivido. No por haber matado a tu padre.
Yashiro parpadeó varias veces, a medida que sus pensamientos fluían por voluntad propia e iban tomando forma y sentido en su mente. Sus labios temblaron con suspicacia, siendo lo suficientemente notorios para alguien que observaba con tanta precisión como Shibata. Parecía que iban a pronunciar una palabra, pero un segundo después se arrepentía. La sangre retornaba a sus manos y aun podía percibir el olor a muerte impregnado en su propia piel, como si ya formara parte de ella misma.
Perdió la vista en otra dirección, pero su mente seguía procesando aquella horrible imagen con la eficiencia de una máquina. Recordaba con sumo detalle, a su vez, la enorme paz que la había azotado tras percatarse, por fin, de que su padre había muerto. En ese entonces no podía pensar en otra cosa que no fuera su victoria. Ni siquiera se había preguntado cómo estaría su madre, quien había sufrido el doble. El único pensamiento que se cruzaba por su mente, en esa situación, era el de haber impartido justicia exitosamente.
-No estoy segura de que no fue mi intención sostener ese cuchillo –admitió ella con un hilo de voz.
El profesor elevó su rostro unos centímetros, aparentemente conmovido por la sinceridad en su respuesta. Yashiro veía el reflejo de su rostro en la hoja del cuchillo, sentía el frío del material afianzándose a su piel, complementándose con su entera alma. Sus manos se cerraron en un puño y las apoyó sobre sus piernas, intentando que no se notara su estado. El profesor permanecía correctamente sentado con los brazos juntos sobre la superficie de madera. Sus ojos resplandecían como los de un niño en su cumpleaños.
-Si tu intención fue matarlo, es porque entiendes sus motivos. Es bello a su manera, si eres capaz de analizarlo –Yashiro le dirigió una rápida mirada, frunciendo el ceño, y este continuó con un tono melodioso, imponente, a la vez que se inclinaba unos centímetros hacia adelante como si deseara compartir un secreto-: expresar lo innombrable.
El muchacho ladeó su cabeza hacia un lado, como si estuviera buscando su aprobación. Y Yashiro lo comprendía, ella misma había pasado por esa situación en carne propia. No era como resolver un problema en la lógica de un algoritmo o reparar un coche, cuyas soluciones eran predecibles. Sin embargo, no pudo evitar perder la mirada en el exterior, avergonzada, de cierta forma, por aquellos sentimientos extravagantes que se situaban bajo su piel. El aislamiento que calaba hasta sus huesos era algo contra lo que le costaba luchar, y el ambiente le resultaba asfixiante.
-¿Te sientes mal porque disfrutaste matarlo? –indagó él lentamente, saboreando las palabras con un tono que rozaba el sarcasmo.
Yashiro supo entonces que intentaba entrar en su mente, ir incluso más lejos de lo que pensaba. Estudió sus facciones, el accionar de aquellas palabras que con tanta habilidad utilizaba. Definitivamente, no era una persona común y corriente. Parecía disfrutar las reacciones de las personas, la actitud que tomaban frente a situaciones límite, incluso si estas traspasaban la fina línea de lo socialmente aceptado. Logró calmar sus manos, que hasta entonces no habían dejado de permanecer cerradas con fuerza sobre sus piernas, y le dedicó una mirada penetrante, tan amenazadora como la misma muerte.
-Me siento mal porque no pude salvar a mi madre.
Con aquellas sinceras palabras, se armó un profundo y amargo silencio. Mientras que el muchacho examinaba cada una de sus expresiones, Yashiro se limitaba a clavar la vista en la mesa, con los labios apretados. Sentía que estaba al borde de las lágrimas, podía percibir la humedad en sus ojos, pero se contuvo con todas sus fuerzas, reacia a mostrarse vulnerable frente a él. El cuerpo delgado de su madre se había reducido a cenizas, justo frente a sus ojos. A su lado se alzaba el causante de aquella matanza. Tan pequeña, y sin embargo llegaba a arrebatarle la voluntad al portador, logrando juzgar a las personas con su propia voz. Era fácil arrebatar una vida cuando la voluntad caía en algo más.
-Sibyl también debe disfrutarlo –comentó él, inclinándose hacia adelante con delicadeza-. Siempre lo hace.
Yashiro parpadeó, advirtiendo el evidente desprecio reflejado tanto en su voz como en sus abrasadores ojos ámbar. Realmente estaba dispuesto a hacer algo por ver desmoronarse al sistema que regía en el país. Fantaseaba con verlo destruido por la libre voz de sus propios ciudadanos. Anhelaba estar de pie frente a su caída, observando el fuego consumiéndolo todo a su paso.
-¿Y se siente bien por eso? –preguntó ella con una voz áspera.
El joven hizo una pausa, clavando la mirada en otra dirección para buscar inspiración, hasta que retornó a los ojos plateados de la estudiante.
-Así como lo expresaba Tamora, la reina de los godos: "¿se oscurece el sol porque vuelen en su cerco los mosquitos? El águila tolera el canto de los pajarillos y le trae sin cuidado lo que digan, consciente de que, con la sombra de sus alas, puede interrumpir su melodía cuando se le antoje".
Sus palabras hicieron eco en la consciencia de Yashiro, pero en vez de ir apagándose lentamente se mantuvieron presentes. Unas que eran lo suficiente entendibles y robustas como para no olvidar.
-¿Alguna vez sintió lo mismo, profesor Shibata? –preguntó ella de repente, con una mueca astuta e inquisitiva-. O debería decir… ¿Makishima Shougo?
Si el muchacho estaba sorprendido, no lo demostraba; tan sólo se limitó a soltar una sonrisa dulce y apacible, entrecerrando los ojos. Yashiro se mantuvo impasible por unos instantes, totalmente erguida, hasta que ablandó la expresión y se estiró en la silla, mirándolo con una clara complicidad. Debía tener sus razones para ocultar su identidad y decidió no preguntar más al respecto. Si en la antigüedad todo el mundo era inocente hasta que la ley probaba lo contrario, en la actualidad todos eran posibles criminales esperando ser juzgados. Y su presencia se le hacía, por primera vez, ciertamente amenazante.
