Aclaración:

Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.

La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor

Hay OOC


[19]


A la mañana siguiente llovió otra vez. Mientras permanecía de pie junto a la ventana de la biblioteca, el duque de Konoha pensó que el período seco y cálido parecía haberles abandonado para siempre. Deberían enfrentarse a un verano mucho más británico de lo que había sido la primavera.

Y puede que fuera mejor que lloviera. Había tenido tiempo para planear su charla con Lord Otsutsuki con mayor esmero de lo que lo habría hecho si hubiera brillado el sol. Se dirigió inquieto al escritorio, miró la carta inacabada que se encontraba encima de él y la guardó en el cajón. Resultaba inútil tratar de concentrarse en escribir.

Ella no había bajado a practicar en la sala de música aquella mañana. Justo en el día en el que más había necesitado el bálsamo calmante de la música, no se había presentado.

Y quizá también fuera mejor así. Pronto la enviaría a otro lugar. De hecho, ese era el tema principal de la carta que estaba escribiendo a la duquesa viuda de Hamm, una vieja amiga de su padre. Una vez que hablara con Otsutsuki, haría las gestiones restantes para la chica, a no ser que por algún milagro pudiera recibir su fortuna.

El duque se acariciaba distraído la cadera dolorida con la mano izquierda.

Tendría que vivir sin su música. Y sin verla cada día. Tendría que encontrar a otra persona que fuera tan buena para Sarada como lo era Hinata.

Abrió y cerró la mano. Puede que Sakura no se opusiera a que se llevara a Sarada a Londres durante unos cuantos meses o semanas. No podía dejarla durante otro periodo largo; ya lo había decidido al volver a casa la última vez.

¿Pero cómo sería capaz de soportar la soledad y las peleas constantes de la vida de Konoha Hall?

Sobre todo ahora que ella había estado allí.

Varios invitados habían expresado la noche anterior su intención de marcharse en pocos días.

Llamaron a la puerta y Jeremy la abrió para dejar pasar a Lord Otsutsuki.

—Lamento lo del paseo a caballo —comentó el duque después de darse los buenos días—. Siéntese. ¿Puedo ofrecerle una copa? —Miró hacia la puerta entreabierta que conducía a la sala de música.

—Acabo de desayunar —respondió Lord Otsutsuki, hundiéndose en la silla que había ocupado Hinata unas pocas noches antes y rechazando con un gesto la oferta de tomar algo—. Hace un tiempo infernal. Las damas deben de estar subiéndose por las paredes del aburrimiento. Les encanta pasear.

—Deben hacerlo en la galería —dijo Su Excelencia—. Tengo entendido que está pensando en privarme de mi institutriz, Otsutsuki.

La mirada de Toneri adoptó una expresión recelosa, y se rio:

—La señorita Hamilton es una dama muy atractiva.

—Tengo entendido que ustedes dos se han comprometido de manera no oficial. Es usted un hombre afortunado.

Lord Otsutsuki se quedó un instante en silencio.

—¿Se lo ha contado ella?

El duque se sentó enfrente de su acompañante y sonrió.

—Espero que el hecho de comentárselo no le cause problemas con usted, pero estoy seguro de que no se lo ha anunciado a todo el mundo. Ha debido de pensar que como empleada debía avisarme de que se marchaba. Imagino que se marchará con usted.

Lord Otsutsuki se reclinó tranquilamente en la silla y devolvió la sonrisa al duque.

—No me enfado en absoluto porque se lo haya contado. Quería anunciar nuestro compromiso de manera oficial aquí, pero ella se ha mostrado reticente.

El hecho de ser una criada la ha cohibido.

—¡Ah, entonces es cierto! —exclamó el duque, apoyando los codos en los brazos de la silla y juntando las yemas de los dedos—. Las felicitaciones son obligadas. ¿Cuándo se celebrarán las nupcias?

—Gracias —contestó Lord Otsutsuki—. En cuanto sea posible después de marcharnos de aquí. Espero no estar causándole muchas molestias, Namikaze.

El duque se encogió de hombros.

—La señorita Hyuga me ha avisado con una semana de tiempo.

El otro asintió, y a continuación lo miró con mayor interés.

—¿Le ha explicado que ha estado viviendo con un nombre falso?

El duque inclinó la cabeza.

—Si la boda va a celebrarse inmediatamente, es que debe de haber decidido no presentar cargos. Claro que cuando se trata de robo y asesinato, no es algo que deba decidir un juez de paz. Lo que debe de haber decidido es que la muerte no fue un asesinato y el hecho de que se llevara las joyas no fue un robo. ¿Estoy en lo cierto?

—¿Qué es lo que le ha estado contando Hanna? —Lord Otsutsuki empezó a incorporarse agarrando los brazos de la butaca.

—Nada en absoluto —respondió Su Excelencia, cruzando una pierna embutida en una bota sobre la otra—. Ni siquiera me ha dicho nada de que se fuera a casar con usted. Tengo otra fuente de información.

Lord Otsutsuki frunció el ceño.

—¿Qué está pasando aquí, si se puede saber?

—Parece que he contratado a una institutriz que no es quien dice ser, y que puede que sea una asesina y que puede que sea una ladrona. La seguridad y el bienestar de mi hija están en peligro. Quiero que usted me informe sobre algunas cosas, Otsutsuki, si me lo permite. Necesito su ayuda.

El otro volvió a reclinarse en la silla.

—Después de todo me vendría bien tomarme esa copa.

El duque se puso en pie y atravesó la habitación.

—¿Es la señorita Hyuga una ladrona? —preguntó.

—No sé de dónde ha sacado la información —replicó Lord Otsutsuki—,pero debe de saber que se encontraron algunas joyas de mi madre en un baúl que Hanna Hinata estaba a punto de llevarse de la casa. Eran las joyas más caras, las que no se había llevado a Londres.

—Dentro del baúl —repitió el duque—. ¿Y cómo las robó? Si eran tan caras, ¿cómo es que no estaban cuidadosamente guardadas bajo llave? ¿A quién confió su madre la llave cuando se marchó?

—A mí, por supuesto. Pero Hanna ha vivido en la casa toda la vida. Debía de saber dónde se guardaban las joyas. Es más que probable que tuviera una llave.

—¿Entonces es que había más de una?

Lord Otsutsuki se encogió de hombros.

—¿Estuvo la señorita Hyuga con su baúl hasta el momento en que lo descubrieron? —preguntó Su Excelencia.

—Se abrió el baúl y se encontraron las joyas después de que se hubiera ido.

—¿Y dónde estuvo el baúl mientras hablaba con usted y después de que huyera, antes de que alguien decidiera abrirlo? —preguntó el duque.

—Estaba en la calesa que tenía previsto tomar, y luego volvieron a llevarlo a su habitación.

—Ya veo. —Su Excelencia le pasó la copa y volvió a sentarse. Él no se había servido—. ¿Cuántas personas podrían acceder a ese baúl desde la última vez que lo vio la señorita Hyuga? Y por cierto, ¿estaba cerrado?

Lord Otsutsuki volvió a fruncir el ceño.

—Esto se parece mucho a un interrogatorio, Namikaze —comentó.

—Mis criados deben ser intachables —explicó Su Excelencia—, y sobre todo la institutriz de mi hija. ¿Existe alguna posibilidad de que hubieran puesto las joyas allí?

—¿Pero quién tendría un motivo para hacer algo semejante? —preguntó Lord Otsutsuki.

Naruto se frotó el mentón.

—Entiendo lo que quiere decir, pero la propia señorita Hyuga tenía un motivo, claro. Creo que se había negado a dejar que se casara con el párroco de la zona, y no iba a heredar su fortuna hasta al menos dos años más tarde. Se disponía a emprender su fuga sin un penique.

—Su fuente está bien informada —comentó Lord Otsutsuki.

—Sí —concedió Su Excelencia—. Mis fuentes suelen estarlo si las tengo en consideración. Hábleme de esa muerte. ¿Fue asesinato?

—Amenazó con matarme —explicó Lord Otsutsuki—. Estaba furiosa, fuera de sí. Tanto mi ayuda de cámara como yo estábamos preocupados por ella. Él trató de evitar que se hiciera daño, pero ella le empujó y lo mató. No se habría caído solo. Creo que su acción constituye un asesinato.

—¿Y no existe la posibilidad de que se interpretaran mal sus acciones? — preguntó Su Excelencia—. Tengo entendido que estaba sola en la casa con usted, aparte de los criados. En esa habitación en concreto estaba sola con dos hombres. ¿Podría haber pensado que usted quería hacerle daño?

Lord Otsutsuki se rio.

—Hanna ha vivido como miembro de mi familia desde que era una niña. Es como una hija para mi madre, y como una hermana para mí. Solo que ha llegado a significar más de lo que podría significar una hermana. Hace tiempo que sabe que le tengo afecto y que espero que sea mi esposa. No hubo lugar a malentendidos. Desgraciadamente soy su tutor y aquel día tuve que dedicarme a la dolorosa tarea de frustrar un deseo que la habría llevado a la infelicidad.

—Ya veo. Entonces, si amenazó con matarlo, parece que el asesinato fue premeditado, aunque llegado el momento mató al hombre equivocado. Sí, es asesinato. Usted tiene razón. Un pecado capital. Parece que la señorita Hyuga está destinada a la horca.

Lord Otsutsuki tomó un sorbo de su copa y no dijo nada.

—Asumo que ha venido aquí para llevarla a la cárcel, que es donde debe estar —dijo Su Excelencia—. Pero hay algo que me desconcierta. ¿Si es una asesina y por tanto una criminal peligrosa, por qué no la detuvo en cuanto llegó, o por qué no me advirtió que estaba dando refugio a una fugitiva desesperada?

Toneri dejó su copa cuidadosamente en la mesa junto a él.

—Vine como invitado de su hermano. Había otros invitados. Naturalmente, Namikaze, no quise alarmar a todo el mundo. Esperaba llevármela sin ningún alboroto ni escándalo.

—Y mientras tanto podría haber asesinado a mi hija y habernos matado a todos en nuestras camas.

—No creo que esté trastornada —replicó Toneri.

—Solo acorralada en una esquina —le corrigió Su Excelencia—, al saber que la ha encontrado y que lo único que hace es esperar a que llegue el momento oportuno. Basándome en mi experiencia en la caza, Otsutsuki, tendría que afirmar que un animal acorralado es el animal más peligroso que existe. Claro que usted debe de creerse lo que dice. No debe de considerar peligrosa a la señorita Hyuga si está dispuesto a casarse con ella después de todo. Pese al hecho de que amenazó con quitarle la vida y luego mató a su ayuda de cámara.

—Nunca he tenido ninguna intención de casarme con ella. Al menos no desde que ha revelado ser como es.

El duque frunció el ceño.

—Perdóneme. ¿Acaso le he oído mal hace unos minutos?

—No sabía muy bien qué sabía o qué había descubierto —se excusó Lord Otsutsuki—. He pensado que lo más sensato sería estar de acuerdo con lo que usted dijera hasta que supiera exactamente qué estaba intentando decirme. ¿Pero cómo podría plantearme seriamente casarme con una mujer que robó a mi propia madre y mató a mi criado porque estaba furiosa conmigo?

—¿Cómo podría, la verdad? —repitió el duque—. ¿Pero no le parece que a un juez le resultaría bastante extraño lo sucedido en los días pasados y lo que ha reconocido hace escasos minutos, Otsutsuki? ¿No cree que le parecería que ha ofrecido un trato a la señorita Hyuga… como cambiar su testimonio a cambio de sus favores?

Lord Otsutsuki se puso en pie.

—Esa sugerencia resulta deplorable, Namikaze. Cuando cuente los hechos tal y como sucedieron, ningún juez o jurado dudará en condenarla.

—Y se quedará a mirar la ejecución, claro. ¿Disfrutará viendo cómo le pasan la soga por la cabeza y se la aprietan? ¿Disfrutará viendo cómo cae por última vez?

Lord Otsutsuki apretó los puños en los costados.

—Yo la amaba. Supongo que todavía la amo. Desgraciadamente, tiene que hacerse justicia.

—Ah, eso espero —comentó el duque, entrecerrando los ojos—. Tenga por seguro que testificaré en el juicio, Otsutsuki.

—Entiendo que es su amante. Una vez que haya quedado demostrado, no creo que su testimonio valga mucho. Así que después de todo lo que le preocupa no es su hija, Namikaze, sino su satisfacción personal. Tendría que haberlo adivinado. Y es por la chica por lo que está dispuesto a inventar mentiras sobre mis intenciones hacia ella.

—Shino —llamó Su Excelencia, sin alzar apenas la voz—, me traería un brandy, ¿querido amigo? Me da pereza volver a levantarme otra vez.

Lord Osutsuki se quedó mirando sin decir nada cuando el secretario del duque se asomó por la puerta entreabierta que conducía a la sala de música y procedió a servir una copa para su señor.

—Confío en que habrá tomado notas —comentó Su Excelencia, cogiendo su bebida—. Aunque posee una memoria excelente incluso sin tomarlas.

—Está todo escrito, Su Excelencia —afirmó Shino Aburame.

—Gracias —dijo el duque—. No quiero entretenerlo, Shino. Querrá volver a su silla.

El secretario volvió a salir de la habitación.

—La lluvia provoca que haga un día completamente sombrío —comentó Su Excelencia—. Pero en cierto sentido ha sido mejor así: no habría sabido dónde esconder un testigo si hubiésemos dado ese paseo, Otsutsuki. Pero creo que jugar con la justicia es un delito, lo cual por supuesto resulta un modo muy educado de decir que sé que es un delito. ¿Qué vamos a hacer al respecto?

—¿Vamos? —Lord Otsutsuki parecía haber recobrado la compostura—.¿Qué vamos a hacer al respecto? Hanna es una asesina. Me la llevo para que la juzguen.

—Sí. Estoy de acuerdo en que se pueden formular cargos en su contra.

Empujó a un hombre y él murió. Parece asesinato. Y se encontraron joyas en su baúl. Creo que alguien tiene que entregarla para que la juzguen, Otsutsuki. Pero no solo usted. Voy a asegurarme de que vay a acompañada como corresponde. Y yo mismo asistiré al juicio. Pediré testificar si lo considero necesario.

—¿Para poder jugar usted también con la justicia? —le espetó Lord Otsutsuki, burlándose por primera vez—. ¿Está intentando chantajearme, Namikaze?

—En absoluto. Quiero que diga toda la verdad de lo que ocurrió. Pero si toda la verdad consiste en decir que la señorita Hyuga robó las joyas de su madre y mató deliberadamente a su ayuda de cámara, entonces creo que el juez y el jurado estarán muy interesados en escuchar los detalles de cómo llegó aquí invitado y pasó algún tiempo alternando con la mujer que vino a arrestar. Sin duda les interesará saber que tenía planeado casarse con ella «tan pronto como fuera posible» . Creo que esas han sido sus palabras exactas. ¿Tengo razón, Shino?

Hubo una breve pausa.

—Sí, Su Excelencia —respondió Shino Aburame desde el otro lado de la puerta que llevaba a la sala de música.

—Puede que cuelguen a la señorita Hyuga. Pero a usted también le pueden ocurrir cosas terribles, Otsutsuki. No estoy seguro de qué, no sé tanto de la ley como supongo que debería saber un juez de paz. Sin duda Shino podría averiguar cuál será probablemente su castigo. Resulta inestimable como…mmm… fuente de información. ¿Le gustaría que lo averiguara por usted?

Lord Otsutsuki frunció la boca.

—Claro que… —continuó el duque—, el juez y el jurado podrían absolver a la señorita Hamilton, basándose en que el testimonio del único testigo del asesinato no es en absoluto de fiar. Puede que cayera usted solo… vaya, he escogido mal las palabras. No creo que la pena por su crimen sea la muerte. En realidad, diría que no lo es. ¿La deportación, quizá? Pero en fin, solo son conjeturas. Dejaremos que lo averigüe Aburame.

—Me marcharé de aquí inmediatamente —dijo Lord Otsutsuki fríamente —. Ya no le molestaré más con mi presencia, Namikaze.

—¿Sin la señorita Hyuga? —preguntó Su Excelencia—. ¿Quiere que me encargue de que la entreguen a la justicia? Realmente creo que debo hacerlo. La ha acusado de dos delitos capitales. Para estar tranquila tienen que condenarla o absolverla. O usted debe hacer una declaración pública explicando el error de sus acusaciones anteriores. Por supuesto se quedó consternado por su desobediencia y por la muerte accidental de su ayuda de cámara. Uno tiende a exagerar en circunstancias semejantes. La gente aplaudirá su valentía al aceptar un cierto ridículo para arreglar las cosas.

—Se hará esa declaración —afirmó Lord Otsutsuki entre dientes.

—Espléndido —exclamó Su Excelencia, poniéndose finalmente en pie. No había tocado ni una sola gota de brandy—. Esperaré un anuncio oficial de su declaración dentro de una o dos semanas. Estás apuntando todo esto, ¿verdad, Shino?

—Sí, Su Excelencia —dijo la voz detrás de la puerta.

—Después de que se haya limpiado el nombre de la señorita Hyuga —continuó Su Excelencia—, volveré a ponerme en contacto con usted, Otsutsuki, para ver qué puede hacerse para mantenerla hasta su vigésimo quinto aniversario. Pero no necesito entretenerlo con los pormenores de ese asunto por ahora. Que tenga un buen día. Y que tenga buen viaje. ¿Se irá a Byakugan House?

—Todavía no lo he decidido y de todos modos no me parece necesario compartir mis planes con usted, Namikaze —le espetó Lord Otsutsuki,

dirigiéndose hacia la puerta.

—Ah, de acuerdo —exclamó Su Excelencia. Se quedó junto a la silla y observó cómo el otro se marchaba.

El duque hundió visiblemente los hombros cuando se cerró la puerta.

—Entra, Shino. ¿Has conocido alguna vez a un tipo más repugnante que ese?

Cerrando la puerta de la sala de música detrás de él al entrar en la biblioteca, Shino Aburame consideró que no era necesario responder.

—Estaba asustado —comentó Su Excelencia—, y me temía que viera la solución a todas sus dificultades. Ha resultado tan evidente durante un minuto entero que me parece increíble que no cayera en la cuenta. Imagino que tú también lo has visto. De hecho, seguro que tú lo has visto antes que yo.

—Podría haber argumentado que los todos intentos por conseguir que la señorita Hamil… esto… que la señorita Hyuga se casara con él han sido una artimaña para conseguir que se marchara tranquilamente y para evitar escándalos en la casa —opinó Shino—. Sí, Su Excelencia. He mantenido los ojos cerrados un minuto y medio entero esperando que se diera cuenta. Se pondrá furioso cuando piense y se dé cuenta de que podría haberse librado de su trampa.

—Conociéndote, Shino, diría que las notas que has tomado están muy bien escritas y meticulosamente organizadas. Pero repásalas, por favor. No creo que vayamos a necesitarlas nunca, pero quiero que estén listas por si se diera el caso.—Sí, Su Excelencia.

—Mientras tanto —Su Excelencia sonrió—, creo que subiré a aliviar la mente de una dama de la pesada carga que la ha estado agobiando los últimos tres meses.

Shino Aburame no contestó cuando su señor salió de la habitación caminando con brío. Ni sonrió divertido, ni lo desdeñó. Meneó la cabeza bastante triste. Era peor de lo que había pensado. Después de todo, no era la querida de Su Excelencia. Era su amor.

Pero Su Excelencia era un hombre honorable.

Shino sintió una pena profunda por su señor.

Hinata solo tenía dinero para llegar hasta un pueblo situado a treinta y dos kilómetros de Byakugan House. Treinta y dos kilómetros resultaban todavía un camino muy largo, sobre todo con el tiempo frío e inestable que hacía. Y el fardo que parecía más pesado a cada minuto que pasaba y el estómago vacío no ayudaban a mejorar la perspectiva de una larga caminata.

Pero no había alternativa. Hinata se dispuso a recorrer los treinta y dos kilómetros. Tuvo la suerte de que la recogiera un granjero que iba subido en una carreta incómoda y hedionda y así avanzó cinco o seis kilómetros. Y a once kilómetros de casa la reconoció otro campesino que conducía un carro y la llevó directamente a la puerta de Byakugan House. Solo pudo agradecérselo y confiar en que no esperase que le pagara.

Pero cuando el hombre hizo girar a sus caballos y partió rápidamente pensó, con una sonrisa atribulada, que quizá se vería recompensado con la alegría de ser quien diera en el pueblo la noticia de que ella había vuelto.

Cuando entró en casa, quedó claro que los criados no sabían qué hacer. Hinata respiró hondo y decidió tomar la iniciativa.

—Estoy cansada, Chapman —le dijo al mayordomo, como si acabara de volver de dar un paseo por la tarde—. Que lleven agua caliente a mi habitación para darme un baño, por favor, y que vaya Annie.

—Sí, señorita Hyuga —asintió el mayordomo, mirándola, según la opinión de Hinata, como si tuviese dos cabezas. Chapman volvió a hablar cuando ella se volvió para subir las escaleras—. Annie ya no está con nosotros, señorita Hanna.

—¿Se ha marchado? —preguntó la chica, volviéndose—. ¿Lord Otsutsuki la ha despedido?

—Le ofrecieron un trabajo en Norfolk, en la casa donde trabaja su hermana, señorita Hanna. Le dio pena irse.

—Entonces envíame a otra de las criadas.

Mientras subía las escaleras restantes hasta su habitación y miraba todos los objetos familiares a su alrededor que habían formado parte de su identidad durante muchos años, Hinata pensó que esperaba volver a ver a Annie otra vez.

Resultó casi una sorpresa descubrir que no habían quitado nada de su habitación. Incluso la ropa que había guardado en su baúl estaba en un armario. Después de todo no era necesario que se hubiese traído ropa nueva de Konoha Hall.

Y deseaba hablar con Annie, que al parecer había sido la que había descubierto las joyas en su baúl. ¿Estaba sola la criada cuando las encontró? ¿Se fue corriendo a contárselo a Toneri? ¿Había pensado Annie que era culpable?

Probablemente nunca podría despejar esas incógnitas. Annie se había ido a Norfolk. Hinata no recordaba haberle oído mencionar que tuviera una hermana trabajando allí. Probablemente Toneri la había despedido porque era la doncella de Hinata y ya no la necesitaba en la casa.

Resultaba extraño haber vuelto, encontrarse con que todo era tan normal exceptuando el hecho de que la prima Kaguya, Kanna y Toneri no estaban en casa. Hinata había huido de su vida solo tres meses atrás. Y suponía que pronto volvería a temer por ella. Alguien haría algo en cuanto el impacto de verla volver a casa se hubiera disipado. Alguien mandaría a buscar a Toneri o haría alguna otra cosa para detenerla.

Sin duda el propio Toneri en cuanto la echaran de menos en Konoha Hall. De hecho, puede que no lo hubiera dejado muy atrás. Quizás no tendría ni siquiera esa noche para sí misma. Pero estaba en el único lugar en el que podía estar.

Hinata se bañó y se lavó el pelo cuando le trajeron agua, y se puso uno de sus propios vestidos. Casi volvió a su ser mientras se cepillaba el pelo y se lo peinaba sin la ayuda de la doncella que le habían enviado.

No quería pensar en el retorno de Toneri. Tenía unas cuantas cosas que hacer antes de que llegara. Y no quería pensar en absoluto en su pasado más reciente. No quería pensar en Lady Sarada y en los días que habían pasado juntas. No quería pensar en la magnífica casa que había llegado a considerar casi suya. Y no quería pensar en él. No, no lo haría.

Pero pensó en su cabello rubio y fuerte, en sus rasgos duros, en la cicatriz cruel que le atravesaba el lado izquierdo de la cara. Pensó en sus manos de dedos largos y cuidados, aquellas manos que tanto había temido porque la habían tocado de un modo impersonal, pero en lo más íntimo de su cuerpo, y que la habían sujetado para infligirle dolor y degradación. Pero aquellas mismas manos la habían abrazado cariñosamente y le habían sostenido el rostro y apartado las lágrimas de él.

No quería pensar en él. O si no podía evitarlo, lo recordaría diciéndole que se quitara la ropa y sentándose para observar el espectáculo. O echado sobre ella, mirándolo mientras le arrebataba su virginidad. O diciéndole que era una puta y que estaba disfrutando lo que le estaba haciendo… ¿pero acaso había dicho alguna de esas cosas? ¿O solamente habían formado parte de sus pesadillas?

No quería pensar en él. O si tenía que hacerlo, recordaría que era un hombre casado, que tenía una esposa bonita y una hija a la que quería mucho.

No quería pensar en él.

—Entra —respondió cuando alguien llamó a la puerta de su vestidor.

Era una criada que le informaba de que tenía visita en el piso de abajo.

Poniéndose en pie y enderezándose pensó que parecía que no iba a tener ni siquiera una noche de paz. Ya había empezado el drama. Puede que volver a casa fuese lo más estúpido que había hecho en su vida.

Pero tenía que volver. No le quedaba ninguna otra alternativa que no fuera perderse.

El mayordomo le abrió la puerta hacia el salón donde recibían las visitas y Hinata entró en él.

—¡Hanna! —Temari, una mujer pequeña y bastante bonita que tenía el pelo rubio y grueso, con un peinado como de costumbre en un moño en lo

alto de la cabeza, corrió hacia ella extendiendo los brazos—. ¡Ah, Hanna, querida, acabamos de enterarnos de que estabas en casa!

Las lágrimas empañaron la visión de Hinata al envolverse en un abrazo con su amiga, pero no sin antes ver a Gaara de pie en silencio delante de la chimenea, alto, pelirrojo y guapo con su negro atuendo clerical.

—¡Temari! —exclamó Hinata, con la voz ahogada por la emoción—. ¡Oh, cuánto te he echado de menos!

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Continuará...