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Capitulo 10
Durante algunos instantes, en Lobby, Candy había estado segura de que Albert se acordaba de ella. Pero no habían sido más que eso: instantes fugaces y etéreos que habían desaparecido como telarañas arrastradas por el viento. Y ella, que era una persona muy honesta, empezó a dudar de todo.
Tal vez su primer encuentro con Albert no había sido más que un sueño. Tal vez se había enamorado de su fotografía y se había imaginado los acontecimientos que siguieron a la partida de Anny y Aaron. Tal vez se había quedado dormida sola en el huerto de manzanos y todo había sido la ilusión solitaria y desesperada de una jovencita de un hogar desestructurado que nunca se había sentido amada.
Era posible.
Cuando todo el mundo cree una cosa y tú eres el único que piensa de otro modo, la tentación de integrarte en el grupo es enorme. Lo único que Candy tenía que hacer era olvidar, negar, suprimir. Y volvería a ser una persona como las demás.
Pero ella era demasiado fuerte para rendirse. No había querido montar un número en el club cuando Albert le había echado en cara su virginidad, porque habría sido llamar la atención sobre un hecho del que se sentía un poco avergonzada. Y tampoco había querido obligarlo a reconocerla ni a reconocer que habían pasado una noche juntos, ya que tenía un corazón puro y no le gustaba forzar a nadie a nada.
Cuando vio la confusión en la cara de Albert mientras estaban bailando y se dio cuenta de que su mente no le permitía recordar, Candy lo dejó correr. La preocupaba lo que un súbito reconocimiento podía provocar en él y el temor a que su cerebro estallara como la taza de café de Pauna la decidió a no decir nada.
Candy era una buena persona. Y a veces la bondad no cuenta todo lo que sabe. A veces, la bondad espera el momento adecuado y aguanta como puede hasta entonces.
El profesor Ardley no era el hombre del que se había enamorado en el huerto de manzanos. Era fácil darse cuenta de que a El Profesor le pasaba algo. No era sólo que fuera una persona sombría o deprimida; era un ser perturbado. A Candy, familiarizada con el alcoholismo de su madre, la preocupaba que tuviera problemas con la bebida. Pero su bondad le impedía hacerle daño, obligándolo a mirar algo que él no quería ver.
Habría hecho cualquier cosa por Albert, el hombre con el que había pasado una noche en el bosque, si él le hubiera dado el más mínimo indicio de que la quería. Habría descendido a los Infiernos y lo habría buscado por todos sus círculos hasta encontrarlo. Habría atravesado con él las puertas y lo habría traído de vuelta, arrastrándolo. Si Albert hubiera sido Frodo, Candy habría sido su Sam y lo habría seguido hasta las entrañas del Monte del Destino.
Pero El Profesor ya no era su Albert. Éste estaba muerto. Había desaparecido dejando tras de sí sólo vestigios en el cuerpo de un clon torturado y cruel. Albert había estado a punto de romperle el corazón una vez y Candy no iba a permitir que volviera a hacerlo.
Antes de irse de Toronto y regresar con Aaron y con ese grupo perturbado que tenía por familia, Anny insistió en visitar el apartamento de Candy. Ésta había ido dándole largas y Albert le había aconsejado a su hermana que no se presentase sin avisar. Sabía que en cuanto Anny viera dónde vivía, se encargaría de hacer sus maletas personalmente y la obligaría a mudarse a un sitio más confortable, a ser posible a la habitación de invitados de Albert.
(Sólo cabía imaginar cuál sería la respuesta de Albert a esa idea, pero sería algo parecido a «¡Ni de puta broma!»).
Y así, el domingo por la tarde, Anny llegó a casa de Candy para tomar el té y despedirse de ella antes de que Albert la acompañara al aeropuerto.
Candy estaba nerviosa. Como un sobrio monje medieval, tenía la virtud de la fortaleza, así que no la asustaba la falta de comodidades. Al firmar el contrato no le había parecido que su agujero de hobbit estuviera tan mal. Era un lugar seguro, estaba limpio y se lo podía permitir. Pero una cosa era lo que ella pensara y otra muy distinta enseñárselo a su amiga.
—Tengo que advertirte que es muy pequeño. Pero recuerda que vivo gracias a una beca de estudios y que no puedo trabajar para sacarme algo de dinero extra porque no tengo permiso de trabajo. Así que, como comprenderás, no puedo permitirme vivir en un edificio como el de Albert ni nada remotamente parecido —le explicó, mientras Anny entraba en el apartamento.
Ésta asintió y dejó una gran caja cuadrada encima de la cama. Albert ya la había avisado de lo pequeño que era el sitio. Y le había dicho que no se le ocurriera escandalizarse, porque él todavía se sentía culpable por su horrible reacción.
A pesar de todo, Anny no estaba preparada para lo que vio. El espacio era diminuto, destartalado y todo lo que contenía era de segunda mano y barato. Todo menos las cortinas, la ropa de cama y las pocas cosas que Candy se había traído de casa.
Anny intentó disimular. Recorrió el estudio, lo que hizo en unos cinco pasos, miró dentro del armario, examinó el lavabo y permaneció en el área de cocinar mirando el patético hornillo eléctrico y el decrépito microondas. Luego se cubrió la cara con las manos y se echó a llorar.
Candy se quedó clavada en el suelo, sin saber qué hacer. Sabía que a su amiga la afectaba mucho la fealdad, pero había tratado de que su apartamento estuviera lo más bonito posible. Por eso había usado el lila para la decoración. Pensaba que Anny sabría apreciarlo.
Poco después, ésta se recuperó. Secándose las lágrimas, se echó a reír, pero era una risa histérica.
—Lo siento. Son las hormonas y la falta de sueño. Desde que murió mamá estoy muy sensible. Y luego está todo el tema de mi padre, Aaron y la boda. Oh, Candy Ojalá pudiera llevarte conmigo a Filadelfia. Hay tanto espacio libre en casa. Sólo la cocina ya es más grande que tu estudio.
Ella la abrazó con fuerza hasta que Anny se echó a reír.
—Albert me dijo que eras muy exigente con el té. Se quedó impresionado con tu manera de prepararlo. Y ya sabes lo mucho que cuesta impresionarlo. Así que voy a acurrucarme en tu bonita cama lila y a aprender a prepararlo —dijo, dejándose caer sobre la colcha, colocándose la caja sobre las rodillas y tratando de mostrarse contenta para no entristecer a su amiga.
A Candy la sorprendió que Albert se acordara del té, después de lo muy ocupado que había estado ese día criticando sus hábitos alimenticios. Pero trató de no pensar en ello y centrarse en Anny. Quería que se sintiera cómoda y se olvidara de sus problemas por un rato. Pronto estuvieron las dos sentadas en la cama, con una taza de té en la mano y comiendo trufas que Candy había comprado con los fondos de emergencia.
—Tengo que contarte algo sobre Albert —dijo Anny, pasando un dedo por el borde de la taza.
—No quiero oírlo.
Su amiga la miró frunciendo el cejo.
—¿Por qué?
—Porque es mi profesor. Es… más seguro fingir que no nos conocemos. Hazme caso.
Anny negó con la cabeza.
—Él me dijo algo parecido. Pero yo le contesté que me daba igual. Es mi hermano y le quiero. Y hay unas cuantas cosas que deberías saber sobre él.
Candy suspiró y asintió.
—Si supiera que te estoy contando esto, me mataría, pero creo que te ayudará a entender su actitud. ¿Te explicó mi madre alguna vez la historia de su adopción?
—Sólo me contaba las cosas buenas: lo orgullosa que estaba de él; lo bien que le iban las cosas en Princeton o en Oxford. Nunca me habló de su infancia.
—Mamá lo encontró cuando tenía nueve años, vagando cerca del hospital de Sunbury. Iba de viaje con su madre, que estaba alcoholizada, y ella se puso enferma. La ingresaron en Sunbury, pero acabó muriendo, de pulmonía, creo. Sea como sea, mamá encontró a Albert, que no tenía ni un dólar. Ni siquiera podía comprarse una lata en la máquina de refrescos. Cuando localizó a sus parientes por teléfono, éstos le dijeron que no querían saber nada del niño. Albert siempre supo que su familia no lo quería. Pero a pesar de lo que mis padres hicieron por él, nunca se sintió a gusto en casa. Nunca se sintió un Clark.
Candy pensó en ese niño hambriento y asustado y tuvo que reprimir las lágrimas. Se imaginó sus ojos, grandes y azules, en su cara angelical. El pelo rubio alborotado, la ropa sucia y la madre loca a causa del alcohol. Candy sabía lo que era tener una madre alcohólica. Sabía lo que era irse a la cama llorando cada noche, esperando que alguien, cualquier persona, la amara. Albert y ella tenían más cosas en común de lo que parecía. Muchas más.
—Lo siento, Anny. No lo sabía.
—No estoy excusando su mala educación. Sólo te estoy contando quién es. Tras la horrible pelea con Anthony, mamá dejó una vela encendida en la ventana cada noche. Pensó que si Albert pasaba por allí y no se atrevía a entrar, la vela le diría que ella lo estaba esperando y que lo seguía queriendo.
Candy negó con la cabeza. No le extrañaba. Era típico de Pauna.
Era la caridad personificada.
—Albert finge ser una persona sana, pero está herido por dentro. En lo más profundo de su alma se odia. Le he pedido que te trate bien, así que espero que de ahora en adelante se comporte mejor. Si no lo hace, dímelo y yo me ocuparé de él.
Candy resopló.
—Básicamente me ignora. No soy más que una estudiante recién licenciada y nunca permite que me olvide de ello.
—Me cuesta creerlo. No creo que se dedique a observar con tanta intensidad a todas las estudiantes recién licenciadas.
Candy se entretuvo mirando la trufa para no tener que levantar la cabeza.
—¿Me observa? —preguntó, tratando de parecer relajada, aunque la voz le tembló un poco.
—Te observa constantemente. ¿No te has dado cuenta? No dejó de mirarte durante la cena de la otra noche, ni en el club. Cada vez que bebes, no aparta los ojos de ti. Y cuando le guiño un ojo, frunce el cejo. —Anny la miró, pensativa—. Cada vez que os veo juntos, pienso que me estoy perdiendo algo. Cuando le dije que iba a ir de compras, no sólo no intentó evitarlo sino que me animó. Hasta me dio dinero.
—¿Y qué? Me parece bien. Para eso están los hermanos mayores. ¿Qué te compraste?
—El dinero no era para mí, era para ti.
Candy arrugó la frente y se volvió para mirar a su amiga.
—¿Por qué demonios iba a hacer algo así?
—Dímelo tú.
—No tengo ni idea. Ha sido muy antipático conmigo desde que llegué.
—Bueno, pues el caso es que me dio dinero y me dijo que te comprara un regalo. Fue muy específico. Así que, aquí tienes.
Anny le acercó la caja al regazo.
—No lo quiero.
Candy trató de apartarla, pero su amiga se lo impidió.
—Al menos, ábrela primero.
Ella negó con la cabeza, pero Anny no se rindió, así que acabó abriendo la caja. Dentro había un precioso maletín de piel color chocolate, de los que pueden llevarse por las asas o en bandolera.
Al sacarlo vio la etiqueta de Fendi.
«Mierda», pensó.
—¿Qué te parece?
—No… no lo sé —balbuceó, contemplando el precioso maletín asombrada.
Anny se lo quitó de las manos y empezó a abrir sus distintos compartimentos, comentando lo bien cosido que estaba y la calidad de sus acabados.
—Es perfecto para llevar el ordenador portátil. Es funcional y femenino. ¡Y es italiano! Las dos sabemos que tanto Albert como tú tenéis debilidad… por todo lo italiano —añadió tras una pausa para ver si Candy reaccionaba de alguna manera y se delataba.
El rubor de sus mejillas y su nerviosismo le dijeron todo lo que necesitaba saber, así que decidió no seguir atormentándola.
—Me pidió que no te dijera que era de su parte. Por supuesto, no le he hecho caso —añadió, riéndose.
—Lo que quiere tu hermano es no volver a ver mi vieja mochila. Su sola existencia ofende su patricia sensibilidad, así que te ha usado para que me libres de ella. Pero no pienso hacerlo. Es una mochila L. L. Bean, ¡maldita sea! Está garantizada de por vida. Si la envío a Maine me la cambian por una nueva. Llévate el maletín. Que se lo meta por ese culo suyo demasiado bueno para productos nacionales.
Anny la miró sorprendida, pero en seguida reaccionó.
—No va a echar de menos el dinero. Lo tiene a montones.
—Los profesores no ganan tanto.
—Es verdad, pero el suyo lo heredó.
—¿De Pauna?
—No, de su padre biológico. Hace unos años, un abogado localizó a Albert y le dijo que su padre había muerto y le había dejado un montón de dinero en herencia. Creo que hasta ese momento nunca supo ni de quién era hijo. De entrada, rechazó la herencia pero luego cambió de opinión.
—¿Por qué?
—No estoy segura. Fue después de la pelea con Anthony. Después de aquello, pasé bastante tiempo sin hablar con Albert. Hoy en día, creo que se esfuerza en gastárselo rápido, porque no para de acumular intereses. No pienses en el maletín como en un regalo suyo. Piensa que le estás ayudando a pulirse la fortuna de su padre. Él quiere gastársela y que tú tengas algo bonito. Me lo dijo.
Candy negó con la cabeza.
—No puedo aceptarlo. No me importa de dónde venga el dinero.
Anny la miró apenada.
—Por favor, Candy. Albert nos ha mantenido apartados de su vida durante demasiado tiempo. Justo ahora que empieza a permitirme que me acerque a él otra vez, no quiero perderlo de nuevo —dijo, haciendo una mueca.
—Lo siento, no puede ser. Es mi profesor, podría meterse en un lío por hacerme regalos.
Anny la cogió de la mano.
—¿Se lo contarías a alguien?
—Claro que no.
—Mejor, porque se supone que es un regalo atrasado por tu cumpleaños. —Abrió mucho los ojos—. Oh, Dios mío, Candy. Tu cumpleaños. Se me olvidó. Lo siento.
Ella apretó los dientes.
—No lo sientas, ya no lo celebro. Es demasiado duro. No puedo.
—¿Has vuelto a saber algo de… él?
Candy sintió que se le revolvía el estómago.
—Sólo cuando está borracho o enfadado por algo. Pero al venir aquí me cambié de teléfono para que no pueda localizarme.
—¡Desgraciado! —exclamó Anny—. Sé que no debería haberte dicho que Albert había pagado el maletín, pero no he querido mentirte. Sé lo que duele descubrir que te han engañado y yo no quiero hacerlo.
Las dos amigas intercambiaron una significativa mirada. Candy se quedó contemplando el maletín, pensando en sus implicaciones, las declaradas y las ocultas. No quería recibir regalos de Albert. Él la había rechazado. ¿Qué sentido tenía tener aquel maletín en un agujero de hobbit? ¿Y cómo podía llevarlo encima todo el día sabiendo que era un regalo suyo? Sabiendo que él lo vería y la miraría con suficiencia, pensando que le había hecho un favor. Ni hablar. Ni por todo el oro del mundo.
Anny se dio cuenta de lo que iba a decir antes de que abriera la boca.
—Si no la aceptas, sabrá que algo ha ido mal y me echará las culpas a mí.
Candy lo maldijo en silencio:
«Oh, dioses de los pretenciosos especialistas en Dante que van por el mundo con un palo metido en el culo, haced que le salgan ronchas como rodajas de mozzarella en el pene. Por favor. Algo que pique mucho».
Pero Candy haría cualquier cosa por su amiga.
—Oh, de acuerdo. Lo haré por ti y sólo por ti. Pero haz el favor de decirle que no se le ocurra comprarme nada más. Estoy empezando a sentirme como uno de los niños de las campañas de Unicef.
Anny asintió sonriendo y se comió otra trufa. Luego se lamió el chocolate que le había quedado en los labios y cerró los ojos.
—Hum. Qué buenas.
Candy abrazó el maletín y aspiró el aroma a cuero.
«Albert ha querido que tenga un regalo. Debe de sentir algo por mí, aunque sólo sea lástima. Y ahora tengo algo suyo, aparte de la foto. Algo que podré conservar para siempre».
Dejó pasar unos momentos antes de cambiar de tema.
—¿Qué pasó durante el funeral? Envié unas flores con una tarjeta. Albert la vio, pero no entendió por qué le enviaba flores a su madre.
—Sí, algo oí. Vi las gardenias y Anthony me dijo que las habías enviado tú, pero la tarjeta desapareció antes de que pudiera explicarle nada a Albert. Estaba destrozada. Mis hermanos se estaban peleando otra vez y en lo único que yo pensaba era en mantenerlos a distancia para que nadie acabara siendo arrojado por una ventana. O encima de una mesita auxiliar…
Candy pensó en cristales rotos, sangre y una alfombra blanca y se estremeció.
—¿Por qué se pelean tanto?
Anny suspiró.
—Antes no era así. Albert cambió cuando se marchó a Harvard…—Dejó la frase inacabada.
Ella no quiso presionarla, así que no insistió.
—Después de la pelea con Anthony, tardó mucho en volver a casa. Y luego, cuando regresaba, sólo se quedaba un par de días. Insistía en dormir siempre en un hotel, aunque sabía que eso le rompía el corazón a mamá. Y Anthony se encarga de recordarle lo mucho que la hizo sufrir siempre que puede. —Anny mordisqueó otra trufa, pensativa—. Anthony admiraba mucho a Albert y cuando las cosas empezaron a torcerse se lo tomó muy a pecho. Ahora casi no se dirigen la palabra y cuando lo hacen es aún peor.—Anny se estremeció—. No sé qué habría hecho yo sin Aaron. Supongo que echar a correr para no volver nunca.
—Hasta una familia disfuncional es mejor que no tener familia—dijo Candy en voz baja.
Su amiga la miró con tristeza.
—Sí, antes éramos los Clark. Ahora somos una familia disfuncional: la madre muerta, el padre destrozado por el dolor, una oveja negra irascible y un hermano cabezota llamado Anthony. Supongo que yo soy la única normal de la familia.
—¿Anthony tiene novia?
—Salía con una mujer de su oficina, pero rompieron antes de que mamá se pusiera enferma.
—Lo siento.
Anny suspiró.
—Mi familia es como una novela de Dickens, Candy. No, peor. Somos una mezcla retorcida de Arthur Miller y de John Steinbeck, con una pizca de Dostoievski y de Tolstoi para darle sabor.
—¿Tan grave es la cosa?
—Sí. Me temo que hay también elementos de Thomas Hardy acechando bajo la superficie. Y sabes que odio a ese cabrón manipulador.
Candy reflexionó sobre las palabras de Anny y deseó que se estuviera refiriendo a El alcalde de Casterbridge y no a Tess la de los d'Uberville o, Dios no lo quisiera, a Jude el oscuro.
(Lamentablemente, Candy no se detuvo a plantearse qué novela de Hardy describía mejor su propia historia).
—Desde que mamá murió, todo está patas arriba. Papá sólo habla de jubilarse y de vender la casa. Quiere trasladarse a Filadelfia para estar más cerca de Anthony y de mí. Cuando le preguntó a Albert si le importaría que vendiera la casa, éste salió disparado y desapareció en el bosque. Tardó horas en volver.
Candy inspiró hondo y empezó a juguetear con el asa del maletín.
Anny, que estaba dejando la taza de té en la mesa plegable y luego fue un momento al baño, no se dio cuenta, pero sus palabras habían alterado mucho a Candy. Cuando regresó, ésta se estaba añadiendo agua al té y se había obligado a tranquilizarse.
Su amiga la miró preocupada.
—¿Qué te dijo Albert en la pista de baile que te molestó tanto? Ah y, por cierto, mi español está bastante oxidado, pero Bésame mucho ¡es una canción muy caliente! ¿Sabes lo que dice la letra?
Candy se forzó a respirar lentamente para no hiperventilar. Sabía que no le quedaba otro remedio que mentirle a Anny, pero no le gustaba hacerlo.
—Me dijo que sabía que yo era virgen.
—¡Será cabronazo! ¿Por qué hace esas cosas? —La joven negó con la cabeza, incrédula—. Ya verás cuando lo pille por banda. Pienso echarle en cara las fotos que tiene en su dormitorio y…
—No te molestes. Es verdad, ¿para qué negarlo? —Candy se mordió el labio inferior—. Pero no sé cómo lo adivinó. No es que yo vaya presentándome así por los sitios: «Buenas tardes, profesor Ardley. Soy la señorita White y soy una virgen de Selinsgrove, Pensilvania. Encantada de conocerle».
Anny hizo un gesto con la mano, quitándole importancia.
—No le des más vueltas. Piensa que nunca le falta compañía femenina. Estoy segura de que notó que eras distinta de las demás mujeres que estaban allí esa noche. Probablemente eras la única mujer, aparte de mí, que no estaba en celo.
A Candy no le hizo ninguna gracia el comentario, pero no dijo nada.
—Cuando volviste de la pista de baile parecía que acabaras de ver un fantasma. Tenías el aspecto que me imagino que debías de tener cuando te encontraste a ...
—Por favor, Anny, no quiero hablar de esa noche. Ni siquiera quiero pensar en esa noche.
—Debería haberlo atropellado por lo que te hizo. Aún estoy a tiempo. ¿Está en Filadelfia? Dame su dirección.
—Por favor —insistió Candy.
Anny le dio un abrazo cariñoso.
—No te preocupes. Algún día serás feliz. Te enamorarás de un chico guapo y él se enamorará de ti. Te amará tanto que te dolerá. Os casaréis, tendréis una niña y seréis felices para siempre. Creo que en Nueva Inglaterra. Al menos, ésa es la historia que yo escribiría para ti si pudiera.
—Espero que se haga realidad. Me gusta creer que esas cosas son posibles, incluso para mí. Porque si no…
Su amiga la interrumpió con una sonrisa.
—Si hay alguien que se merezca un final feliz, ésa eres tú. A pesar de todo lo que te ha pasado en la vida, no te has convertido en una persona amargada. Ni fría. Sólo te has vuelto un poco reservada y tímida, pero no hay nada de malo en ello. Si yo fuera una hada madrina, te concedería tu deseo inmediatamente. Te secaría las lágrimas y te diría que no lloraras. Ojalá Albert siguiera tu ejemplo. Podría aprender una o dos cosas de ti sobre cómo enfrentarse al dolor y la frustración.
La soltó y la miró de cerca antes de seguir hablando.
—Sé que es pedirte mucho, pero ¿cuidarás de Albert, por favor?
Candy se volvió hacia la tetera y llenó de nuevo las tazas para que no le viera la cara.
—Albert me odia y me desprecia. Si ha tolerado mi presencia estos días ha sido por ti.
—Eso no es cierto. Tienes que creerme, he visto cómo te mira. Puede ser… frío, pero aparte de a sus padres biológicos, Albert no ha odiado a nadie en su vida. Ni siquiera a Anthony.
—No sé cómo podría cuidar de él —dijo Candy, encogiéndose de hombros.
—En realidad no hace falta que hagas nada. Sólo mantener los ojos abiertos. Y si ves que actúa de un modo extraño o que se mete en líos, avisarme. A cualquier hora del día o de la noche.
Ella la miró, escéptica.
—Lo digo en serio, Candy. Ahora que no está mamá, tengo miedo de que vuelva a caer en la oscuridad. No quiero perderlo otra vez. A veces tengo la sensación de que está en el borde de un precipicio y que cualquier movimiento, el menor soplo de aire, pueden hacerlo precipitarse al vacío. Y no puedo permitirlo.
Candy frunció el cejo un momento, pero en seguida asintió.
—Haré todo lo que esté en mi mano.
Anny cerró los ojos y dejó escapar el aire.
—Me voy mucho más tranquila sabiendo que estás cerca. Serás su ángel guardián. —Rió suavemente—. Tal vez se le pegue parte de tu buena suerte.
—Yo tengo muy mala suerte y tú lo sabes mejor que nadie.
—Has conocido a Archie, que parece un chico estupendo.
Candy sonrió.
Anny se alegró al verlo.
—No creo que a Archie le importara enterarse de que eres… ya sabes. Aunque no es que sea nada malo.
Ella se echó a reír.
—Puedes decirlo, Anny, no es ninguna palabrota. Y tienes razón, seguro que a Archie no le importaría que sea virgen. Pero por suerte no hablamos de esas cosas.
Poco después, Anny le dio un último abrazo de despedida y subió al taxi que la llevaría a casa de su hermano.
—Un día de éstos, cuando acabe de poner en orden todos los asuntos que tengo en la cabeza, voy a empezar a planear una boda. Espero que seas mi dama de honor.
Candy sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—Por supuesto. Sólo tienes que decirme cuándo. Y, si quieres, te ayudaré con los preparativos.
Su amiga le lanzó un beso desde el interior del taxi.
—Cuando vine hace unos días no sabía qué me iba a encontrar. Tenía miedo. Pero ahora estoy muy feliz de haber venido. Al menos dos de las piezas de mi vida rota están volviendo a encajar. Si Albert se mete contigo y te hace sufrir, avísame. Cogeré el primer avión.
Con la partida de Anny, Candy y Albert se vieron obligados a prescindir de la guía de su santa Lucía particular. Pero como si de una auténtica santa se tratara, antes de partir había llevado a cabo todas las misiones que se había propuesto. Y había sembrado semillas que germinarían pronto de maneras inesperadas.
CONTINUARA
