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Capitulo 18
Esa noche, cuando todo el campamento dormía, Albrrt estaba alerta por si Candy volvía a tener alguna de sus pesadillas, pero, por suerte, esa noche durmió.
Al amanecer continuaba lloviendo cuando retomaron el camino y, de pronto, un olor extraño inundó el ambiente. Desde el interior del carro, Candy lo notó y asomando la cabeza entre la tela, le preguntó a Aston, que cabalgaba a su lado:
—¿No huele raro?
El joven asintió con gesto serio.
—Será algún animal muerto.
Ella asintió y, sin querer mojarse más, volvió a meterse dentro. Las horas pasaron y la lluvia no cesaba, pero el olor era cada vez más fuerte. Cuando pararon, bajó del carro y, acercándose a George y Albert, que estaban hablando, inquirió:
—¿No oléis a quemado?
Ellos asintieron, todos se habían percatado de aquel fuerte olor. De pronto apareció al galope uno de los hombres de Albert y, desmontando presuroso, dijo:
—Mi señor, el bosque se ha quemado.
A Candy se le erizó el vello en el acto al escucharlo. ¿El bosque? ¿Su bosque?
La respiración se le comenzó a acelerar, mientras cientos de imágenes grotescas pasaban por su mente, cuando George, que la conocía mejor que nadie, la cogió del codo y murmuró:
—Tranquila, Candy. —Luego, mirando a Albert, añadió— Debemos partir cuanto antes para ver lo ocurrido.
El highlander asintió. Sin duda alguna debían hacerlo.
—Milady —habló a continuación—, debemos abandonar aquí el carro. Si continuamos con él nos retrasará y…
—De acuerdo… de acuerdo —contestó ella, apartándose un mechón de los ojos.
Su rápida afirmación sorprendió a Albert. ¿Acaso ya no temía a los caballos? Pero sin querer pensar en ello, reunió a sus hombres y Candy vio que cuatro de ellos montaban y se alejaban al galope.
George dio un silbido para llamar a Aston y Tom. Apartados del resto, Albert observó cómo el hombre hablaba con sus hijos y con Candy. A ésta se la veía nerviosa, muy nerviosa, y lo sorprendió no verla llorar.
Aston sacó las cosas de Candy del carro y, cuando desenganchó a la yegua, George la miró y le aconsejó:
—No, muchacha. No debes hacerlo.
Candy se desesperó. Quería montar en su yegua, hundir los talones y llegar cuanto antes al castillo, pero tras mirar a los highlanders, Tom susurró:
—Irás con uno de nosotros.
Ella se negó y los cuatro comenzaron a discutir. Al verlo, Albert se acercó, pero sólo oyó quejarse a la joven por montar en uno de los caballos. Sin ganas de seguir perdiendo el tiempo, dispuso para hacerla callar:
—Ella irá conmigo.
Al oírlo, Candy se volvió para protestar, pero George se le adelantó diciendo:
—Creo que será lo mejor.
—No. Iré con Aston o con Tom.
—Sois mi responsabilidad —respondió Albert, levantando una ceja—. Vuestro padre os dejó a mi cargo e iréis conmigo.
De mal talante, Candy miró al lluvioso cielo, pero consciente de que no era momento de dramas, asintió y, agarrando la mano que Ardley le tendía desde su imponente caballo, se dejó izar y, con una agilidad que a él lo alucinó, se sentó a horcajadas y dijo:
—Muy bien, Ardley… vayamos en busca de mi gente.
Éste, boquiabierto, preguntó:
—¿Dónde habéis dejado el miedo a los caballos?
Sin ganas de bromear y sin mirarlo, contestó:
—Estando mi familia en peligro, no hay miedo que valga.
La rotundidad de su respuesta le hizo saber cuánto temía que les hubiera pasado algo y, levantando la mano, todos partieron presurosos hacia el castillo de Caerlaverock.
Albert agarró a Candy con firmeza todo el tiempo que cabalgaron y, al llegar a la linde del bosque, se pararon. Al ver el paisaje negro y desolado ella susurró, llevándose las manos a la boca:
—¡Oh, Dios mío…!
Y comenzó a temblar. Albert la apretó contra él para darle calor y le dijo al oído:
—Tranquila, Candy… tranquila.
Aston y Tom siguieron adelante junto a otros hombres de Albert y ella pidió:
—Continuemos, por favor… No podemos pararnos aquí.
George se puso al lado del caballo de Albert, y los dos hombres se miraron sin decir nada. Aquello no pintaba nada bien.
La lluvia era incesante, lo que había ayudado a apagar el fuego. Candy tosió a causa de la humareda y, rápidamente, Albert sacó un pañuelo que le ató sobre la nariz.
El resto de los hombres, incluidos George y Albert, se taparon también la nariz y la boca con pañuelos, y la comitiva continuó. El paisaje era desolador: donde hasta hacía pocos días había un bosque plagado de vegetación, árboles milenarios, pájaros, venados, ardillas e insectos, ahora había un amasijo oscuro y quemado. Todo rastro de vida había desaparecido. Pero Candy quería cabalgar deprisa y llegar al castillo, y así lo pidió, de hecho, lo exigió, pero ni George ni Albert le hicieron caso.
A pesar de sus continuos bufidos de indignación, decidieron parar en un claro del bosque quemado. Se negaban a continuar hasta tener noticias de los que se habían adelantado.
Desesperada, se alejó de ellos mientras pensaba qué podía hacer para llegar al castillo. Estaba indignada y muerta de miedo.
Miró su yegua, que estaba atada al caballo de George y cuando éste se dio cuenta de sus intenciones, con un brusco movimiento de cabeza le dijo que no.
Estaba a punto de patalear, gritar, blasfemar, cuando el sonido del galope de unos caballos al acercarse la alertó. Poco después, entre la humareda aparecieron los hombres de Albert junto a Aston.
Pasando junto a ella, fueron a hablar con su jefe y con George, pero Candy supo lo que ocurría con sólo ver la mirada de Aston. Leyó la amargura y la rabia en su mirada y, con los ojos anegados de lágrimas, murmuró, acercándose a él:
—Dime que están bien.
El joven la miró y, alargando una mano, la atrajo hacia él y la abrazó, mientras su propia respiración acelerada lo decía todo. Pero Candy, dándole un empujón, gritó:
—¡He dicho que me digas que están bien!
Su grito hizo que todos la miraran. Su pesadilla más terrible se hacía realidad. Albert y George caminaron hacia ella cuando la tensión pudo con ella y se derrumbó. Aston, asustado, la agarró, pero segundos después alguien se la arrancó de los brazos. Era Albert Ardley, que, mirando a los hombres, ordenó:
—Levantad una tienda. Una vez lady Candy esté resguardada del agua, que cuatro hombres marchen a la abadía de Sweetheart para informar a lady Patricia White de lo ocurrido.
—Yo iré con ellos —se ofreció Zac.
Albert asintió e indicó:
—Escóltala hasta aquí. Otros cuatro hombres que se dirijan a Merrick para avisar a Karen y a Neall. Lady Candy se quedará aquí con dos hombres, mientras el resto vamos al castillo de Caerlaverock.
CONTINUARA
