Recomendación de la autora: buscar en YouTube, "Song Of The Siren -Ω- God Of War Soundtrack". Canción que Agasha escucha en el bosque.



XVII

El Bosque de los Suicidios


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De vuelta en el mundo terrenal, adentro del Santuario de Athena, Shion de Aries y el resto de los Santos Dorados exhalaron aliviados cuando detectaron que la diosa Athena había mandado un poco de su cosmos en auxilio de Agasha, lo que hizo que la muchacha se pusiera de pie para continuar su peligrosa travesía.

El dios Eros alzó una ceja, borrando cualquier ápice de preocupación de su hermoso rostro varonil. Su emoción era algo ilógico para él ya que ese par de humanos no significaban nada. Cuanto mucho sólo eran un medio para evitar que Nyx le arrancase la cabeza a Psique, pero hasta ahí. Tomando una gran cantidad de aire, Eros se dijo que mientras el espíritu de Agasha se mantuviese firme, ninguno de los espectadores debía que perder la fe en ella.

Hizo una media sonrisa de un segundo, viéndola levantarse, luego la borró.

―Al final no pudiste simplemente evitar meter tus narices, ¿verdad, princesita? ―farfulló Eros comiendo más y más uvas, como si Sasha pudiese oírlo.

Nadie lo interrumpió ni quiso saber nada.

Todos estaban demasiado expectantes ante la siguiente prueba que le esperaría a la joven florista.

Santos como Dégel y Kardia habían creído lógicamente que la chica no podría hacer nada salvo morir y acompañar a Albafica en el bosque, sin embargo, ella había combatido con valor demostrándoles que la habían subestimado.

La Armadura dada por Nyx la había ayudado de algún modo, pero ellos sabían que cualquier guerrero que no confiase en su armadura y en su propia tenacidad, era como si vistiese cualquier otra prenda fácil de romper.

Sin darse cuenta, Agasha había demostrado a su mítica vestimenta que era digna de portarla y de ahí su resistencia.

Sólo esperaban que ella no claudicase, le faltaba mucho camino por recorrer y si lo que se decía de ese espantoso sitio era verdad, Agasha tendría que sangrar y llorar en silencio hasta salir de ahí con Albafica a su lado.

El Bosque de los Suicidios se alimentaba de la miseria. El nivel de peligrosidad del sitio radicaba principalmente en eso.

Nadie pasaba por esta vida sin herirse el corazón por lo menos una vez.

Gracias a la prenda celestial regalada por Perséfone, el resto de pequeños monstruos por los alrededores se mantenían lejos de Agasha, lamentablemente eso no funcionaba con pesos pesados como los dos anteriores guardianes de las secciones del círculo infernal que ella había dejado atrás.

Menos mal que toda la orden de Espectros de Hades estuviesen tan dormidos como su amo y con toda seguridad los 3 Jueces estaban siguiendo órdenes de Perséfone de no entrometerse. Nadie le decía "no" a la soberana del Inframundo, quien solía a veces ser más cruel que su esposo, con aquellos que la desafiaban.

Agasha debía combatir contra cosas que ellos no. Sin nadie a su lado para auxiliarla.

Shion apretaba los puños, cómo deseaba ir a ayudarla, evitar que sufriese más heridas de las que no merecía. Ella era sólo una niña. Una mujercita que no tenía ni idea de dónde se estaba metiendo. Ignorante de los más peligrosos riesgos que su viaje conllevaba.

«Por favor Agasha, no te confíes». Hacerlo sería fatal.

Agasha detuvo sus pasos ante una suave sinfonía que comenzó a oír desde lo lejos.

Un canto peculiar… un canto que llamaba y hacía eco entre los espeluznantes árboles que se alzaban y opacaban el cielo oscurecido. Como si en cualquier momento de sus podridas ramas sin hojas, pudiese empezar llover escorpiones y cucarachas. Era una canción que presagiaba la muerte; la desolación; el miedo también.

Pero sonaba tan bien…

«Qué asco de lugar» pensó centrándose en su asunto.

Caminó viendo que el suelo había dejado de ser anaranjado, caliente y de fina arena como el desierto, para cambiar drásticamente a un suelo de color tan oscuro como la obsidiana. Su pasto seco y negro, una zona boscosa que helaba cualquier pensamiento o movimiento que se hiciese con indecisión. Este lugar parecía un enorme pantano con árboles.

Esa voz…

A medida que Agasha caminaba hacia el interior del bosque, el canto se hacía más y más fuerte. Más relajante.

Sacudió la cabeza. También tragó saliva deshaciéndose de unas recién nacidas ganas de dejar su mente en blanco y seguir oyendo la música. Sus instintos le dijeron que, si permitía que eso pasase, iba a lamentarlo por toda la eternidad.

La canción era cada vez más profunda, relajante e hipnótica.

Parecían numerosas mujeres entonando una sola canción con sus tonos altos y bajos, largos, bien entonados.

Sin palabras que pudiesen expresar el agobio, el desánimo, y el cansancio físico que le embargaba oírlas, Agasha visualizó el peligro cuando sus ojos comenzaron a cerrarse, sintiendo un sueño anormal a punto de hacerla dormir.

Tropezó cayendo de rodillas al suelo.

¿Acaso sería este el peligro que la aguardaba? ¿Dormir la mataría definitivamente?

Usando mucha de su fuerza, se abofeteó a sí misma. Se lastimó de verdad pues, esta zona le palpitó bastante y la chica podría jurar que se la había dejado morada. Había llegado demasiado lejos como para ponerse a dormir.

―Lo resistiré ―gruñó decidida.

Ahora, ¿por dónde empezaría a buscar?

El señor Albafica tendría que estar cerca; la señora Nyx dijo que ella podría encontrarlo, sólo debía confiar en él y su llamado.

Llamado

Entonces pensó. ¿Acaso ese canto…?

¿Acaso ese canto podría ser el llamado que tanto buscaba?

Desconfiando de todo lo que la rodeaba, y le preocupaba que hasta entonces sólo hubiese árboles en su camino y no una bestia violenta que pudiese atacarla de pronto, Agasha negó con la cabeza. Caminaba lento, tratando de despejar su mente del agotamiento físico y espiritual que repentinamente la atacó. También quiso hacer a un lado a las numerosas dudas que se iban formando poco a poco adentro de su inconsciente y le querían impedir avanzar para ponerse a gritar en círculos por lo agobiante que era estar aquí adentro.

Sólo por si acaso, Agasha convocó su alabarda para ponerse en guardia.

«¿Dónde está, señor Albafica?» pensó cuando sus rodillas flaquearon y su espalda pegó con las raíces de uno de los árboles a un lado de ella.

Soltando un grito arqueando la espalda hacia atrás, Agasha tuvo una visión.

El tiempo dejó de trascurrir para ella, pues comenzaba a ver a un niño no mayor a los 8 años que era maltratado constantemente por su padre.

Ignorado y odiado por su madre por haber sido producto de una violación que la orilló a casarse con su victimario debido a la presión que sus propios padres ejercieron sobre ella, los niños del pueblo lo hostigaban demasiado.

Aferrándose a las raíces. El cuerpo de Agasha comenzó a llorar con la mirada arriba, sin embargo, en su campo de visión, ya no existía el bosque sino los recuerdos de aquel gran árbol. De uno en uno, estos estaban llegando tan rápido a ella que se sentía abrumada. Cansada. Muy triste. Miserable. Sin deseos de vivir.

El niño en la visión de Agasha sólo quería ser bueno; quería que su madre lo abrazara, que su padre dejase de beber y fuese amoroso por primera vez en su vida.

Lamentablemente para él todo acabó un par de días anteriores a su cumpleaños número 9. Su padre lo llevó a un prostíbulo donde le consiguió una "cita" con una prostituta, asustado, el niño huyó.

Su padre lo perseguía por ser un "marica" confirmado. El pequeño tenía por seguro que él lo mataría si lo alcanzaba.

Agasha no hizo caso a las raíces del árbol enredándose en su muñeca. La razón se había desvanecido, ahora sólo había dolor y mucha miseria en su interior haciendo estragos en su corazón.

El niño llegó hasta un acantilado. Temía tanto de su padre, que en un arrebato de terror por saber lo que le pasaría si este hombre lo alcanzaba, no se detuvo y saltó al mar.

La visión se acabó cuando Agasha, que veía todo desde la perspectiva del infante, vio el agua y las rocas impactando directamente contra su cara.

Gimiendo sonoramente con dolor, Agasha se quiso separar del árbol, pero, las raíces de este ya estaban apoderándose de su mano y pierna derecha.

Entre lágrimas por saber que este árbol que la sostenía era el alma de aquel niño, Agasha tuvo que soltarse de su agarre usando su alabarda, cortando las raíces de tajo. Al momento en que lo hizo el árbol soltó un grito desgarrador; sonaba tan infantil que Agasha cayó de nalgas ante la impresión de ver demasiados árboles por todo el bosque.

Lo supo entonces.

Estos no eran árboles, ¡eran gente!

¡Todos con una historia! ¡Todos sufriendo! Por toda la eternidad. Sin importar su género, mucho menos su edad.

Este sitio era cruel, oscuro y torcido en todos los sentidos.

Agasha se separó rápido del árbol del niño, aferrándose a su alabarda con temor. Si tocaba otro, vería la vida de esa persona como acaba de pasar hace unos instantes. Eso la debilitaría tanto que posiblemente no tuviese la misma suerte de poder escapar.

Cortó las ramas y raíces de otro árbol que ya se estaba acercando y, a partir de ahí, comenzó una persecución de Agasha por alejarse de todos ellos pues en el momento en el que comenzó a correr las raíces de los demás árboles secos y demacrados de bosque parecieron haber cobrado vida con los alaridos de sus compañeros de tormento.

Se movieron ágiles para atraparla a ella. Agasha no quería cortarlos, ¡eran gente! ¡Gente que quizás había muerto bajo la más terrible desesperación, justo como aquel niño! Pero si no lo hacía, iba a pasar toda una enorme cantidad de tiempo haciéndoles compañía como uno más de ellos. Eso era algo que no podía permitir.

Tenía que salir de aquí pronto, ¡pero este era un bosque! No había sitio sin árboles, ¡¿a dónde huir?!

Llegando hasta un sitio aparentemente solitario, Agasha se detuvo a recuperar aire. Agitada miró las raíces que la perseguían, alejándose lentamente. Desapareciendo de su campo de visión, sin atreverse a entrar a ese círculo de arena negra, despejado.

¿Y si eran arenas movedizas?

No queriendo quedarse para esperar y ver por sí misma el motivo de por qué las raíces decidieron no seguirla hasta este punto, que por su aislamiento del resto del bosque le daba todavía peor espina que el resto de lo que ya había pasado antes, Agasha quiso irse de ahí, pero al dar un paso hacia enfrente, sobre ella cayó una enorme jaula de ramas oscuras entrelazadas, justamente cubriendo ese perímetro alrededor.

Estaba atrapada.

Corrió apresurada para cortar dicha celda y escapar, para su sorpresa esas ramas eran como un poderoso metal indestructible, pues al momento de golpear, la alabarda rebotaba con fuerza sin haber causado un solo rasguño a la jaula.

«Oh no» pensó temerosa, viendo arriba.

La jaula estaba siendo sostenida por una cadena de plata que se perdía entre las ramas de los árboles más altos cercanos. Estaba atrapada.

Echando una mirada abajo, se dio cuenta que la arena era firme y no parecía tener intenciones de tragársela. Pero con pánico, Agasha se dio cuenta de que del suelo también salía una especie de vapor morado casi imperceptible a su olfato. Fue con su vista que ella lo detectó al instante y sin equivocarse, comprendió que ese aroma no era algo inofensivo.

No era nocivo pues físicamente estaba bien, dentro de lo que cabía. Sin embargo, ese aroma era el perfume que su madre solía usar cuando vivía, cosa que lejos de calmarla, la hizo sentir que estaba al borde de una gran picada hacia el infierno eterno.

Esto no podría traer nada bueno…

Agasha… has venido con mamá ―oyó una voz perfectamente reconocible para ella.

Volvió a mirar hacia arriba y aferrándose a su arma, Agasha musitó:

―¿Mamá? No… ¡tú no eres mi madre! ―exclamó diciéndose a sí misma que esto debía ser obra del bosque.

Como las raíces del árbol del niño; con seguridad esto debería ser otra ilusión.

O tal vez era peor y este era un enemigo oculto tras la piel de su amada madre.

Este ser, que apareció de la nada, se veía como ella, como la madre de Agasha. Usaba la toga favorita de ella, azulada y larga hasta los tobillos; su cabello castaño con algunos mechones rubios. Sus ojos verdes como los de ella y su piel extremadamente pálida.

Su madre bajó lentamente del cielo para quedar frente a su hija al otro lado de la jaula.

Me duele que me niegues ―su voz era fantasmal. Pero era la misma de la madre que Agasha tenía en sus recuerdos―, mi niña se ha convertido en una mujer. Hija… déjame abrazarte.

Ella estiró los brazos hacia Agasha, parpadeando confundida, una chispa de razón se implantó en su cabeza.

―Tú no eres mi madre ―espetó alejándose―. Ella murió por una enfermedad, ¡de ningún modo estaría aquí!

¿Eso te dijo tu padre?

Sabiendo que estaba comenzando a dudar, el corazón de Agasha latió rápido.

―Mi madre murió por una terrible fiebre… ¡ella no se suicidó!

La criatura que seguramente tomó la forma de su madre para confundirla, alzó las manos para dejar al descubierto sus sangrantes muñecas. En la piel se podían apreciar un corte salvaje que dejaba ver un poco más allá de los músculos y la sangre que goteaba.

―¡Es una mentira! ―la voz de Agasha tembló al ver cómo de forma visceral la sangre corría lentamente aún por las heridas que dejaban al descubierto la carne y las venas.

Tuve tanto miedo al dolor que usé un cuchillo tu padre me encontró. Intentó ayudarme pero ya era demasiado tarde…

Agasha ignoró que el vapor del suelo se había incrementado. Su vista se nubló pero sus oídos percibían bien la voz de su madre. Intentó hacer contacto de nuevo con sus memorias y contradecir lo que la criatura decía, pero lo único que halló fue a su padre gritando en medio de la noche en la cocina.

Al oír a su progenitor llamando a su esposa, la niña Agasha bajó las escaleras con apresuro, cuando llegó vio a su padre sosteniendo a su madre en el suelo, gritando para que fuera en busca del doctor.

Me sostuvo fuerte, te vi correr y temí que me vieses siendo demasiado cobarde

Agasha adulta ya estaba empezando a llorar. ¿Y si era verdad?

Su padre la había sacado de la casa mientras el doctor entraba a revisar a su madre. Habló a solas con él cuando salió y la abrazó diciéndole que su madre se había ido a los Campos Elíseos como todas las almas puras de corazón.

Si su padre estaba manchado de sangre o no, ya no lo recordaba con claridad. La sorpresa que la niña Agasha se llevó fue tan grande que no reaccionó hasta que el sol salió y algunos vecinos ayudaban a su padre a preparar el cuerpo de su esposa para la sepultura.

Siempre me odié por ser demasiado débil. Por entorpecer a tu padre y a ti. Lamento tanto mi desliz que ahora sufro aquí.

La señora Tábata, que entonces era una joven mujer, tomó a aquella triste niña de los hombros y la encaminó hasta un río donde la bañó y la vistió. Luego pidió a sus padres que Agasha se quedase con ella a dormir y a la mañana siguiente mientras se llevaba a cabo el velorio también.

Eran pocos los recuerdos que Agasha tenía de esa época. Como se dijo, no reaccionó como debió hacerlo. La niña lloró hasta 2 meses después cuando su mente se despejó y visitó la tumba de su fallecida madre sólo para aterrizar en la realidad y darse cuenta de que ella no volvería jamás.

Su padre años después le diría que ella murió por la enfermedad que la había dejado en cama por un año entero. Pero en general, él siempre evitó hablar del tema.

¿Y si su madre sí…?

Agasha, hija mía. ¿Acaso ya no recuerdas cuando te leía por las noches? Eras tan sólo una bebé cuando te dejé ―se lamentó llorando sangre―, me pudro aquí. Agasha. No puedo más.

Las manos pálidas se agarraron de la jaula.

Ayúdame, hija. Sácame de aquí.

Descubriendo por fin que también estaba llorando amargamente, Agasha gimoteó.

―¿Cómo puedo hacerlo?

El agua ―suspiró esperanzada―, el agua del río Zoí. ¡Úsala en mí! ¡Te lo suplico! ¡Agasha! ¡Sácame de mi tormento, por favor!

Los recuerdos de su querida madre haciéndole cosquillas antes de dormir, o preparándole sus platillos favoritos, le trajo el deseo de poder aliviar su dolor. De evitar que derramase más lágrimas.

Su miseria rompió su cautela.

Quería salvarla. Convencida de que era ella.

Intentó invocar el frasco donde estaba reservado el agua del río Zoí. Pero la armadura se negaba.

―¡Mi madre sufre! ¡Dámela!

La armadura no hizo caso. Es más, mientras Agasha más deseosa estaba por extraer el frasco, la vestidura que ella llevaba iba sintiendo más y más pesada hasta el punto en el que le costaba mantenerse de pie.

―¡¿Qué haces?! —una de sus rodillas impactó fuerte, como una roca, en el suelo—. ¡¿Por qué no me obedeces?!

Es inútil, hija. ¡Esa armadura está en tu contra! ¡Deshazte de ella rápido!

Estuvo a punto de hacerle caso, pero entonces entre todos sus buenos recuerdos con su madre hubo uno que al parecer había olvidado también.

»Agasha, no sueltes el palo. Podría venir una serpiente y picarte, ¿entonces qué harás?

»¡Pero me estorba! —se quejó la niña que alguna vez fue—. Y hace mucho calor.

»Aunque te estorbe, Agasha. Necesitas defenderte. Escúchame bien, no quiero irme algún día de este mundo y saber que no te preparé bien para que te defendieras de los peligros —la miró preocupada—. Recuerda que lo que más me importa es saber que estarás a salvo en caso de que tu padre y yo faltemos en tu vida.

¿Por qué su madre le exigiría que se quitase la armadura si eso era lo que le había permitido llegar hasta aquí?

Como si la armadura hubiese hecho contacto con su cabeza, un mensaje llegó a su cabeza:

"No olvides dónde estás".

Miró a su madre sólo para descubrir que su madre verdadera no tenía ojos verdes. Agasha obtuvo esos ojos de su abuelo paterno. Su madre había tenido ojos azules.

Enardecida por el engaño, Agasha se aferró a su alabarda.

―¡Oh, claro que te daré algo! ―empuñó el filo y aprovechando los agujeros de la jaula, se dijo que podría dañar a la criatura. Obedeciendo su orden, la cuchilla de la alabarda cambió al pico de una lanza.

La criatura chilló cuando Agasha clavó el arma en su cuello; más tarde se hizo cenizas y cayó al piso confundiéndose con el resto de la arena.

Atrajo su arma nuevamente, la lanza volvió a ser una alabarda.

Recuperando el sentido y reprendiéndose mentalmente por su momentánea debilidad, Agasha se secó las lágrimas con su mano libre y aspiró con fuerza. Necesitaba centrarse o definitivamente estaría perdida.

Luego miró su arma.

―Mmm… así que puedes cambiar de forma ―sostuvo su arma entre ambas manos―. ¿Podrías transformarte ahora en algo lo suficientemente destructivo para romper esta jaula?

No esperaba que el arma cobrase vida y voz, y empezase a cantar. Sólo que hiciera justamente lo que hizo, acoplarse a otra forma. En un resplandor rojo, la alabarda se empequeñeció y se formó en un artefacto que Agasha no supo lo que era.

Alguien del siglo XXI le diría que esa enorme y alargada cosa metálica era una bazuca. Pero a ella le tomó tiempo discernir "forma" de "qué" tenía ahora.

No había ningún filo así que esto no iba a cortar.

Sólo un… algo que quizás podría… qué podría…

―Esto debería venir con instrucciones ―se quejó poniendo con fuerza la bazuca en el suelo, al hacerlo el mecanismo del arma lanzó el cohete (que rozó la nariz de Agasha) al centro de la jaula ocasionando una fuerte explosión.

Agachándose y evitando que todos los pedazos que caían la golpeasen en la cara, Agasha soltó un quejido de dolor y se sostuvo la nariz. Para su alivio aún la conservaba.

―Así que para eso era ―miró el agujero de la jaula hacia arriba. Tomó la bazuca, ésta se adentró en la armadura.

Bien, era hora de retomar su deber. No más distracciones.

Iba a saltar para escalar hasta la salida, pero como si la armadura no olvidase que estuvo a punto de deshacerse de ella y quisiera darle una advertencia por ello, se hizo inmensamente pesada en pleno aire por lo que al saltar no llegó a subjetivo pero si bajó en picada al piso de culo llevándose un buen golpe en su posterior.

Agasha soltó un fuerte grito.

―¡Auch! ¡Ya entendí! ¡Ya entendí! ―se sobó el trasero aun en el piso haciendo muecas de dolor―. ¿No te han dicho que eres demasiado sensible? ―aguantando sus maldiciones, pegó su cabeza al piso tratando de soportar el daño que se había hecho.

Para hacerla corta, la armadura no se hizo más liviana hasta que Agasha pudo salir de la jaula ya a punto de agarrarse de los barrotes con los dientes.

A veces, como un huerco berrinchudo, la armadura le inmovilizaba ciertas extremidades del cuerpo como sus brazos o piernas para hacerla caer de nuevo. La chica duró mucho tiempo escalando y cayendo, maldiciendo entre dientes también.

Definitivamente la armadura era un ser demasiado sensible con un sentido del humor demasiado peligroso si consistía en hacerle daño a su portador.

Cuando al fin vio su libertad, la armadura hizo un última graciosada provocando que el pie derecho de Agasha resbalase y terminase rodando hasta que cayó de cara al piso… otra vez.

―Ya entendí, ni siquiera pensar en traicionarte de nuevo ―masculló sobre la tierra nuevamente.

Cojeando, Agasha caminó lento entre los árboles. Mirando a todos detalladamente procurando no tocar ninguna raíz.

Pasó por muchos lares, había cantos de mujeres muy cerca. Agasha pensó en la criatura que había tomado forma de su madre y meditó en la posibilidad que fuese parte de dichas criaturas por lo que prefirió evitar ir a donde sea que escuchase esa maldita melodía.

Suspirando, miró el peto de su armadura pensando en negativo.

―Oye, creo que ya me perdí ―musitó viendo todo igual a que hace unos metros atrás.

Todo era árbol tras árbol. Ni una roca cercana ni nada diferente, incluso los árboles parecían ser el mismo, aunque fuesen creados a base de distintas almas humanas. Miró uno de estos fijamente. Estaba tan oscuro, quebradizo, muy torcido hacia abajo y parecía ser bastante frágil como si sólo le bastase el soplido de una persona para venirse abajo.

¿Así permanecería el señor Albafica si no lo encontraba pronto?

―¿Pero a dónde ir? ―cerró los ojos tratando de concentrarse.

Era claro que su armadura sólo le iba a ayudar con lo que ella quisiese, no con lo que Agasha le ordenase. Por lo que debía arreglárselas sola.

Tratando de sentir el alma del señor Albafica, Agasha recordó que básicamente ella era un alma también.

Bajo esta lógica, ella debería ser capaz de oírlo si tan sólo dejase de pensar como si siguiese siendo humana.

"Al fin" oyó a alguien susurrarle en la espalda, una voz que más había sonado como el gruñido de un animal.

Al darse vuelta Agasha no descubrió más que árboles. Miró a su armadura y frunció el ceño.

―¿Hablas? ―nada ni nadie le respondió.

Fuese como fuese, debía retomar su concentración.

Se centró en el señor Albafica; en lo que él le hacía sentir y en lo que ella sentía que le debía. No podía sencillamente dejarlo aquí para pudrirse. Debía salvarlo.

Su pecho saltó ante el presentimiento que le dictaba ir a su izquierda. Sin pensarlo mucho se dispuso a seguir esa dirección con rapidez. Sin detenerse e invocando su alabarda, Agasha cortó cuanta raíz se interponía en su camino.

―¡Quítense, quítense! ¡Dejen de estorbar! ―exclamaba apartando todo obstáculo―. ¡Tengo prisa! ¡A un lado!

Su paso fue interrumpido por un muro de raíces y árboles. Indispuesta a perder más el tiempo, Agasha empuñó el filo comenzando al rebanar.

Entonces oyó a los árboles susurrar:

Desiste

Es inútil

No eres tan fuerte como para salvarlo…

¿Crees que sacándolo de aquí te amará? Qué tonta.

Aún con los golpes dados por su propia armadura, Agasha no se detuvo ni se permitió claudicar ante los tonos femeninos, masculinos, jóvenes, maduros y viejos que trataban de evitar que Agasha continuase.

Ella se decidió a dejar de dudar.

Tu destino es morir sola

Sola y arrugada

No tiene caso que lo intentes

¿Y él qué ha hecho por ti?

Él te mató, ¿y tú planeas salvarlo?

—Eres estúpida…

—Eres ingenua…

—Ni siquiera eres bonita.

—¿Qué podría hacerte especial para él?

Los árboles se burlaban, trataban de desmotivarla, ¡pero no iban a lograrlo! ¡Ella había llegado tan lejos por Albafica y no iba a irse sin él!

Sus movimientos se hicieron más fuertes como rápidos provocando cortes profundos. Viendo cerca el final, Agasha se esmeró cortando más y más hasta que dio un bestial golpe con la cuchilla provocando una apertura perfecta para ella.

Antes de que las raíces volviesen a cubrir la entrada, Agasha se lanzó adentro.

Incorporándose rápido, Agasha vio al fin su meta. Aunque no del modo que esperaba.

―¿Quién eres? ―musitó el niño de cabello azulado y ojos color celeste.

Esa piel, esa mirada, esos labios y demás facciones.

No era mucho pero Agasha vio en el demacrado niño desnudo que estaba apresado de pies, cuello y manos por las raíces de los árboles al apuesto hombre que había compartido la cama con ella no hace mucho atrás.

Lo que le hizo llorar fue ver un enorme hueco sangrante en su pecho y las lágrimas secas de sangre en sus mejillas.

―¿Por qué lloras? ―musitó el niño otra vez.

Agasha pudo haber dicho que eso era una ilusión. Otra imagen creada por algún enemigo para derrumbar su convicción y moral. Pero en su corazón sabía que no era así.

¿Pero por qué de esa imagen? ¿Por qué lo visualizaba con esa forma infantil? ¿Acaso era un truco?

Agasha no era la única que se hacía esa pregunta.

―¿Pero qué demonios? ―se preguntó Kardia―. La última vez que lo vimos era un adulto, ahora es un niño.

―Un alma no tiene edad física ―respondió Eros viendo fijamente el aspecto de Piscis―. Un alma nace sin saber del bien o el mal cuando son escupidos aquí. Todo lo demás se desarrolla en el mundo terrenal junto al cuerpo que envejece. Lo que pasa al suicidarte, es el bosque toma tu forma más débil y aprovechándose de ello te absorbe con más facilidad, alimentándose de tus miedos y dudas, para luego ser convertido en un árbol más. Cuando eso pasa, estás condenado para siempre. Se podría decir que la mocosa humana llegó a tiempo, ahora debe convencerlo para que regrese.

―Es la florecilla ―respondió Manigoldo―, ¿por qué no habría de hacerlo?

Shion y Dohko miraron con seriedad a Agasha, quien estaba nerviosa por acercarse al niño Albafica.

―Porque él ya no la recuerda ―respondió Asmita sin abrir sus ojos―. El bosque regresó el alma de Albafica a una época en la que no conocía a nadie, una época en la que estuvo completamente solo.

Bingo ―premió Eros con una palabra que nadie supo interpretar pues era una expresión completamente futurista―. Aún si ustedes estuviesen ahí, ese niño de allá no los reconocería ya que a estas alturas ya no ha de recordar ni su propio nombre, de eso estoy seguro.

Bebiendo vino y sosteniendo la copa sobre sus labios, Eros agregó con curiosidad:

―Mmm, díganme una cosa: ¿algo traumático le ocurrió a ese sujeto cuando era un niño? ―preguntó arqueando una ceja.

Desviando la mirada, Kardia convocó sus propias memorias.

―Es probable ―respondió solemne.

Dégel miró a su compañero sin decir nada. Descubriendo que el fiero hombre tenía un semblante triste en su rostro.

―Debe serlo ―dijo Eros con seriedad―, parece tenerle miedo a esa chica.

Ciertamente así era.

El niño Albafica al ver que Agasha avanzaba un par de pasos hacia él, se contrajo violentamente mirándola con pavor.

―¡No! ¡No! ¡Aléjate de mí! ―le gritó Albafica con su voz temblorosa.

De no ser por las raíces seguramente se habría echado a correr.

Retrocediendo de inmediato, Agasha lo vio temblar y respirar erradamente desde su posición, las raíces se apropiaron más de él. No comprendía lo que estaba pasando, pero esto no se lo había esperado.

―¡Señor Albafica! ¡Soy Agasha! ¿Acaso ya no me recuerda?

Con el corazón dolido por su rechazo (sea cual sea su forma), Agasha se llevó una mano a su pecho tratando de averiguar cómo devolverlo a su realidad, en dónde era un hombre fuerte como valiente y no un bebé asustado de su entorno.

Pero el niño no cambiaba su mirada. Él temía a ella inmensamente.

―¡Yo no conozco a nadie con ese nombre! ¡Déjame en paz! ¡No me toques! ¡Aléjate de mí!

Su largo cabello ya cubría parte de su cara, cada vez que gritaba las raíces iban tomando más y más terreno en él. Su llanto se había hecho errático y las lágrimas comenzaban a salir rojizas.

―Déjame en paz ―pidió nuevamente con miedo y súplica―. Por favor…

Dando algunos pasos hacia atrás, Agasha cayó de rodillas.

Comenzaba a sentir la desesperación. ¿Qué podía hacer? ¿Cómo proseguir?

No había sido ciega, lo había visto con claridad. Si ella se acercaba corría el riesgo de alterar a Albafica de tal modo que las raíces podrían cubrirlo antes de que ella llegase hasta él y pudiese sacarlo de este infierno. Perderlo para siempre, o cortarlo por error con la alabarda si es que planeaba usarla para apartar las raíces… no estaba dispuesta a arriesgarlo todo de esa manera.

Jamás se perdonaría si llegaba a perderlo.

―Señor Albafica…

Se sentía perdida. ¿Qué debía hacer?

—CONTINUARÁ—


Tengo que decirlo. Haciendo este capítulo, es de las pocas veces que lloro, escribo y río al mismo tiempo. Porque mientras se me salían las lágrimas con la historia de Agasha y su madre, la cual canónicamente, no se sabe cómo o por qué, no está con ella y su padre. También me partí de la risa cuando "la armadura" se vengó de ella por casi abandonarla jajaja. Iba a ser una versión extendida de los golpes que Agasha se dio, pero al final deseché la idea por que... sí, me ganó la flojera jajaja, lo voy a admitir.

Por otro lado, haciendo un énfasis en un punto importante, mientras escribía el fic, usaba la canción del juego "God of War: Song of the Siren" como inspiración, por eso fue que la "introduje" en la historia, a modo que ustedes también pudiesen "ambientarse" en el bosque junto con Agasha jejeje.

Por otro lado, necesito decirles esto:

¡Presten mucha atención a Eros!

Hay datos es nuestro dios del amor que no se expusieron en el fic anterior, ¡pero son vitales! Para los fics que vienen.

Es todo. 7u7

Una vez más, gracias por el apoyo y ojalá me sigan en esta aventura, que no terminará con este fic. :D

¡Saludos y hasta el próximo capítulo!


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