Disclaimer: El Universo Cinematográfico de Marvel Cómics no es de mi propiedad, tan solo me adjudico la creación de los personajes desconocidos y la alteración de la trama vista en las películas.


SUNSET

Capítulo 7:

Admit your Strength


Había llegado a la superficie solar. Por todas partes estallaban burbujas de plasma. Miles de millones de toneladas de materia a temperaturas inimaginables salían despedidas ante sus ojos, mientras aparecían gigantescos bucles aparentemente aleatorios sobre el campo magnético de la enana amarilla. Era una escena extraordinaria.

Mientras se zambullía en el horno abrasador, los átomos de helio rozaron la corteza de energía cósmica a su alrededor. Las temperaturas habían aumentado hasta alcanzar cotas inimaginables. Dieciséis millones de grados, o más. Abundaban los átomos de hidrógeno por todas partes, aunque la energía circundante los había despojado de todo: habían perdido sus electrones y solo pervivían los núcleos desnudos. La inmensa presión y el peso que la estrella ejercía sobre su propio centro hacía que esos núcleos estuvieran apretadísimos y no tuvieran espacio ni libertad para moverse. Se veían obligados a fundirse unos con otros para formar núcleos de mayor tamaño. Lo veía suceder ante sus propios ojos: una reacción de fusión termonuclear, la creación de núcleos atómicos grandes a partir de otros más pequeños.

Para que se produjera tal reacción era necesaria una cantidad desorbitada de energía, que era aportada por la aplastante gravedad de la enana amarilla, que lo atraía todo hacia su núcleo y lo comprimía hasta límites insólitos. Una reacción semejante no podía producirse de manera natural en la Tierra, ni en su superficie ni en su interior. Era un planeta demasiado pequeño y no lo suficientemente denso, por lo que su gravedad no era capaz de hacer que el núcleo alcanzara las temperaturas y presiones necesarias para desencadenar una reacción semejante. Esa era, por definición, la principal diferencia entre una estrella y un planeta. Ambos eran objetos cósmicos aproximadamente esféricos, pero los planetas eran, en términos generales, cuerpos pequeños con núcleos rocosos que en ocasiones estaban rodeados de gases. Las estrellas, en cambio, podían considerarse como unas inmensas centrales de fusión termonuclear. Su energía gravitatoria era tal que por su misma naturaleza estaban obligadas a forjar materia en su interior. Todos los átomos necesarios para la vida, los átomos mismos que componían la forma física de los seres humanos, habían sido forjados en lo más profundo de una estrella.

Evidentemente, la masa que faltaba en cada reacción de fusión nuclear era muy pequeña. Pero en el centro de la enana amarilla habían tantos átomos fusionándose a cada segundo que la energía que liberaban era inmensa, y tenía que ir hacia algún sitio. Así que salía despedida en dirección al espacio, lejos del núcleo de la estrella, y en todas las formas posibles. Al final, la energía de la fusión nuclear equilibraba la gravedad que atraía todo hacia el núcleo, lo cual estabilizaba su tamaño. De no ser por ello, se encogería.

La fusión nuclear emitía una cantidad tremenda de luz y partículas que hacían que todo lo que las rodeaba se transformara en un reluciente caldo de núcleos y electrones que se denominaba plasma. Ese estallido de luz, calor y energía era lo que hacía que las estrellas brillaran. El Sol, al ser una estrella, no era una enorme bola de fuego: el fuego necesitaba oxígeno y, aunque la enana amarilla generaba un poco de oxígeno junto con otros elementos pesados, en el espacio exterior no existía oxígeno en cantidades suficientes para alimentar una llama. Por mucho que se rascara una cerilla en el espacio, nunca prendería. El Sol, al igual que el resto de estrellas del firmamento, no era más que una reluciente bola de plasma, una tórrida mezcla de electrones, de átomos despojados de algunos de sus electrones y de átomos que únicamente conservaban su núcleo.

Mientras existiera un número suficiente de esos minúsculos núcleos comprimidos en el centro de la estrella, su gravedad y la energía resultante de la fusión se mantendrían equilibradas.

Aunque la enana amarilla no se mantendría en ese estado eternamente: el núcleo agotaría algún día su combustible atómico y, entonces, cesaría el impulso hacia el exterior que se encontraba en competencia con la gravedad. Entonces se impondría a esta última, que desencadenaría la secuencia final de la vida: la estrella se encogería y ganaría densidad hasta desatarse una nueva reacción de fusión nuclear, pero en tal ocasión alejada del núcleo, más cerca de la superficie. Aquella renacida reacción no equilibraría la gravedad, sino que la superaría, y la superficie de la estrella se vería impelida hacia el exterior, con lo que el astro crecería. Un arrebato final de energía anunciaría, por último, la muerte de una enana amarilla y esparciría por el espacio todos los átomos que había forjado a lo largo de su existencia al tiempo que creaba algunos más, los más pesados de todos, como los de oro. Con el tiempo, esos átomos se combinarían con los restos de otras estrellas moribundas para formar inmensas nubes de polvo que plantarían las semillas de nuevos mundos en un lejano futuro.

Ocho puntos brillantes se movían frente a un fondo aparentemente fijo de estrellas lejanas. Tales puntos eran planetas, esferas rellenas de materia que eran demasiado pequeñas para soñar siquiera que un día se convertirían en una estrella. Cuatro de ellos, los más cercanos a la enana amarilla, parecían diminutos mundos rocosos. Los cuatro más alejados estaban formados principalmente de gas. Seguían siendo minúsculos comparados con la estrella, pero eran gigantes respecto a la Tierra, el mayor de los cuatro pequeños mundos rocosos.

Aurora sonrió al echarle un vistazo a lo que había más allá de la esfera de influencia de la enana amarilla.

Había dejado atrás la superficie de los cuatro mundos rocosos más cercanos a la estrella, que desde lejos no era más que un punto brillante algo más pequeño que una moneda de un céntimo sostenida en alto.

Aurora se aventuró alrededor de una multitud de rocas, restos de los días lejanos en los que se formó el sistema solar. La mayoría eran asteroides amorfos que, en su conjunto, formaban lo que los astrónomos denominaban el cinturón de asteroides, un enorme anillo de rocas que rodeaba a la enana amarilla y que separaba los cuatro pequeños planetas terrestres de un mundo de gigantes. Las rocas estaban bastante separadas entre sí y, mientras volaba a través del cinturón, se dio cuenta de que era muy poco probable que chocara contra una de ellas. Muchos satélites de fabricación humana le habían atravesado sin recibir un rasguño.

Aurora voló junto a los gigantes gaseosos, todos ellos planetas enormes con unos núcleos rocosos relativamente diminutos ocultos en la profundidad de unas atmósferas enormes y tumultuosas. Todos esos planetas habían sido dotados de un magnífico sistema de anillos, aunque el de Saturno les superaba con creces, en tamaño y belleza.

Más allá de Neptuno, el más alejado de los planetas que orbitaban alrededor de la enana amarilla, existía otro cinturón de bolas de nieve de todas las formas y tamaños, más restos del nacimiento del sistema solar. Se trataba del cinturón de Kuiper.

Todos los planetas, asteroides y cometas que había visto se extendían sobre un disco más o menos plano en cuyo centro brillaba una estrella. Una reserva de billones y billones de cometas potenciales formaba una colosal nube esférica que parecía ocupar todo el espacio que separaba a la enana amarilla del reino de otras estrellas. Tal reserva se llamaba la nube de Oort.

Aurora atravesó decenas de millones de estrellas a la velocidad de la mente. Algunas eran mucho más grandes que una enana amarilla y estaban condenadas a una vida todavía más corta, mientras que otras eran minúsculas y estaban en condiciones de seguir brillando durante un tiempo que escapaba a la imaginación humana. También voló a través de guarderías estelares, nubes de polvo hechas de los restos de cientos de estrellas que habían estallado, y de cementerios estelares, que esperaban el momento de fusionarse y convertirse en guarderías estelares.

Había además otro anillo rotatorio muy colorido. Estaba hecho de gas y de miles de millones de rocas y cometas que se movían alrededor de una fuente de luz brillante y enérgica. Lo que impedía que las estrellas se perdieran en un océano de oscuridad no era más que un agujero negro supermasivo.

Aurora permanecía indiferente en el horizonte de sucesos, mientras de la superficie de una estrella enorme se desprendían pedazos del tamaño de un planeta. Cruzó el anillo de materia calentada y se acercó a la estrella moribunda, que estallaba formando un chorro llameante de plasma incandescente que descendía en espiral.

Cientos y cientos de miles de millones de toneladas de plasma se hundían en el monstruo invisible. Lo que quedaba de la estrella se transformaba en unos chorros extraordinariamente poderosos, hechos de lo que resultaba ser materia transformada en energía pura. Aurora extendió la mano, y el señor de la materia se detuvo como un sirviente sumiso. Tenía una masa del orden de millones o decenas de miles de millones de masas solares, pero ni así era un rival digno de su poder.

Había trascendido todos los límites de la física. Estaba encima de ellos, al tratarse de una fuerza cósmica inmortal e inmutable. Ni el monstruo invisible más masivo del universo representaba una amenaza para ella.

Vista desde arriba, la nube blanquecina que se vislumbraba desde la Tierra no parecía en absoluto una nube, sino más bien un disco grueso hecho de gas, polvo y estrellas. Justo bajo sus pies, y ocupando una extensión tan inmensa que la luz tardaría decenas de miles de años en atravesarla, se repartían trescientos mil millones de estrellas, agrupadas por la gravedad, girando alrededor de un centro brillante.

Recorrió con la mirada el horizonte cósmico, mientras le pasaba por la mente un sentimiento extraordinariamente poderoso. Lo veía todo: decenas, cientos, miles, millones, cientos de millones de galaxias. Estaban por todas partes, formando grupos de tamaños diversos, y se aglomeraban en estructuras con aspecto de filamento que resquebrajaban todo el universo visible.

Mientras contemplaba la idea de no regresar jamás a su vida cotidiana, se apoderó de ella un extraño sentimiento que inyectó una energía renovada en su mente: en cierto modo, todo lo que veía y todo lo que estaba atravesando era el universo que la humanidad entendía. En cierto modo, estaba viajando por el universo tal y como lo imaginaban las mentes humanas.

—¿Lo has entendido?

Aurora entonces notó los mechones de cabello blanco en su rostro.

—He nacido del fuego. De la pasión. Soy la chispa que creó los universos y la llamarada que les consumirá.

Pudores y vergüenzas heredados se veían obligados a encontrar una salida; una animalidad que se enfrentaba a sí misma desbordando y rompiendo todos los discursos ancestrales para regresar a la nitidez del ser primario. Por un lado, el virtuosismo virginal recatado y, por otro, el instinto en su estado más puro; una falda levantada al descuido y el descarnado deseo emergiendo entre las sombras de un dedo.


El día empezó como cualquier otro, con la salida del sol.

Estaba acostada en su cama, bajo el edredón, contemplando el rayo de luz que se colaba entre las cortinas. Mientras, analizaba todas las revelaciones, todos los misterios cósmicos que atormentaban a los seres mundanos desde el nacimiento de la vida en el universo que había creado la Fuerza Fénix. Mantenía las manos en la parte baja del abdomen, concentrándose en cómo se expandía y se contraía con cada respiración. Permaneció así durante varios minutos. No tenía un motivo concreto para levantarse.

—Podría haber estado dormida.

Jubilee cruzó la entrada como un huracán antes de abalanzarse sobre la cama minuciosamente tendida.

—Se trata del asesino del trasero atractivo.

Jubilee lo convertía todo en un gran acontecimiento. Intercambiaba cotilleos con grupos de amigos, contaba maravillas de las fiestas aunque hubieran sido deprimentes, y, por supuesto, tenía un conocimiento enciclopédico de los asuntos de todos. La experiencia le había enseñado que ella era físicamente incapaz de guardar un secreto, pero le quería de todos modos. Daba un toque de emoción al instituto de mutantes; a sus vidas normalmente ocultas. Ponía una nota de color en la monotonía.

—¿Qué ha sucedido con James?

La mirada de Jubilee se iluminó. Adoraba estar al tanto de todo. Consideraba que era una manera de prepararse para el futuro.

—Le he visto esta mañana, en el comedor. Tiene un brazo de carne, donde solía estar el brazo de vibranio. Un brazo absolutamente real, Aurora. ¿No es increíble?

—Yo le devolví su brazo.

Jubilee retrocedió de inmediato, como si le hubiesen abofeteado con la realidad.

—¿Lo has hecho tú?

—No es nada realmente extraordinario. Recreé todas las células, todos los músculos, todos los huesos faltantes. Le devolví una extremidad, creando materia de la nada. Uno de mis muchos talentos, de hecho.

—¿Estás bien?

Jubilee analizó los rizos de color blanco en la cabeza de Aurora, de una manera bastante crítica. Como sus habilidades no conocían límites, nada más ella consideraba tal hazaña como un suceso absolutamente normal.

—He admitido mi fuerza, nada más.

—Un ardor en el vientre me dice que algo sucederá.

Aurora sonrió burlonamente.

—Venden cremas para eso. Me refiero al ardor.

—Puedo recomendarte una. Te alivia de inmediato. ¿Quién sabe? A lo mejor el atractivo asesino del trasero sensual es de un talento increíble en la cama. Tal vez esté enamorado perdidamente de una de nosotras.

—No vivimos en una comedia romántica.

—Como si no lo tuviera clarísimo por ser amiga de una solterona empedernida. Nunca le has hecho caso a un hombre. A este ritmo morirás virgen, Stark.

Aurora acarició una almohada, al recordar el ardiente encuentro sexual con Ikaris. Ambos eran conscientes de que estaba surgiendo algo extraordinario. Algo duradero, y no una relación adolescente. Le resultaba verdaderamente abrumador. Nunca se había mostrado demasiado interesada en los chicos, aunque no le habían faltado los admiradores.

—No lo creo.


El volumen encuadernado en cuero no era nada extraordinario. Antiguo y gastado como estaba, a cualquier historiador normal y corriente no le habría parecido diferente de otros cientos de manuscritos. Aurora, en cambio, determinó que había algo raro en él desde el mismo momento en que le recibió de manos de Bobby.

Había vestigios de dorado en los bordes del volumen. Pero aquellos descoloridos restos de oro no podían explicar un tembloroso reflejo, ligero e iridiscente, que parecía estar escapando por entre las páginas.

Un hormigueo le subió por los brazos, poniéndole la piel de gallina, para luego extenderse por los hombros, haciendo que los músculos de la espalda y el cuello se le pusieran tensos. Tal impresión desapareció rápidamente, pero le dejó una sensación de deseo no realizado.

Cuando Aurora examinó la primera página, notó que el pergamino resultaba anormalmente pesado. No sólo era antiguo. Había algo más en él, una combinación de moho y almizcle que no tenía ningún nombre. Y de inmediato se dio cuenta de que tres hojas habían sido arrancadas cuidadosamente de la encuadernación.

Dirigió su atención hacia la ilustración que seguía a las páginas que faltaban. Mostraba a una niña que flotaba en un vaso de cristal transparente. La pequeña tenía una rosa plateada en una mano y una rosa dorada en la otra. En sus pies aparecían unas alas diminutas, y gotas de líquido rojo caían sobre su largo cabello negro. Debajo de la imagen había un rótulo escrito con tinta negra de trazo grueso que indicaba que se trataba de una representación de la hija filosófica, una imagen alegórica de un paso crucial en la creación de la piedra filosofal, la sustancia química que prometía otorgar al que la poseyera salud, riqueza y sabiduría.

Los colores eran luminosos y estaban sorprendentemente bien conservados. Antiguamente, los artistas mezclaban piedra molida y gemas en sus pinturas para producir colores tan intensos. Y la imagen misma había sido dibujada por alguien con verdadera destreza artística.

Pero el iluminador, a pesar de todo su talento, había introducido detalles erróneos. El vaso de cristal debía señalar hacia arriba, no hacia abajo. La figura debía ser mitad negro y mitad blanco, para mostrar que era un hermafrodita. Y debería haber tenido genitales masculinos y pechos femeninos, o dos cabezas por lo menos.

La imaginería alquímica era alegórica y notoriamente compleja. Ésa era la razón por la que le estudiaba, buscando líneas que pudieran revelar un enfoque sistemático y lógico para la transformación química en los días previos a la tabla periódica de los elementos. Las imágenes de la luna eran casi siempre representaciones de la plata, por ejemplo, mientras que las del sol estaban asociadas al oro. Cuando los dos eran combinados químicamente, el proceso era representado como un eclipse. Con el tiempo, las imágenes habían sido reemplazadas por palabras. Esas palabras, a su vez, se habían convertido en la gramática de la química.

Cada ilustración del manuscrito tenía por lo menos un defecto fundamental, y no había ningún texto que le acompañara para darle sentido a todo aquello. Dadas las circunstancias, las descripciones de cómo hacer el León Verde, o de cómo crear al Dragón Negro, y cómo preparar una sangre mística a partir de ingredientes químicos, resultaban todavía más oscuras que de costumbre.

Aurora sostuvo un farolillo en alto. A la débil luz aparecieron ligeros vestigios de escritura sobre una de las páginas. Las palabras brillaban y se movían sobre la superficie, cientos de palabras invisibles a menos que el ángulo de la luz y la perspectiva del observador fueran los correctos.

Se trataba evidentemente de un palimpsesto, un manuscrito dentro de otro manuscrito. Cuando el pergamino escaseaba, los escribas lavaban cuidadosamente la tinta de los libros antiguos y luego escribían el nuevo texto sobre las hojas en blanco. Con el tiempo, el escrito anterior a menudo reaparecía como un fantasma de texto, visible con la ayuda de la luz ultravioleta, que permitía verlo por debajo de las manchas de tinta, devolviendo la vida al texto desteñido.

Sin embargo, no existía una luz ultravioleta suficientemente poderosa como para revelar aquellos trazos. Aquél no era un palimpsesto común. El texto escrito no había sido lavado, había sido escondido con un hechizo.

—Es uno de los manuscritos místicos de Newton. De sus estudios anteriores a Nicolás—declaró Aurora al examinar el contenido minuciosamente—. Puedes tratar de mantener alejada a la magia, pero no servirá de nada, como no le sirvió a Robert Hooke ni a Isaac Newton. Ambos sabían que no existía nada semejante a un mundo sin magia. Hooke era brillante, con su habilidad para resolver problemas científicos en tres dimensiones, para construir instrumentos y para llevar a cabo experimentos. Pero nunca desarrolló todo su potencial porque temía demasiado a los misterios de la naturaleza. Los miedos de Hooke le volvieron amargado y envidioso. Se pasó la vida mirando por encima del hombro y diseñando los experimentos de otras personas. No es manera de vivir. ¿Y Newton? Él tenía uno de los intelectos más intrépidos. Newton no tenía miedo de lo que no podía ser visto y explicado fácilmente, él aceptaba todo. Fueron la alquimia y su creencia en fuerzas invisibles, fuerzas poderosas de crecimiento y cambio, las que le llevaron a la teoría de la gravedad.

—¿Qué es lo que contiene exactamente? ¿El descubrimiento de la piedra filosofal? ¿Instrucciones sobre cómo inventar el elixir de la vida?

—No exactamente. Newton no tenía los medios durante sus años de aislamiento en Cambridge. Este manuscrito contiene sus ideas iniciales. Se escribieron en base a tres páginas arrancadas de un verdadero manuscrito místico. La más notable amante del rey Enrique II de Francia, Diana de Poitiers, era una bruja. Le arrancó tres páginas a uno de los diarios de Nicolás Flamel cuando fracasó en su intento de arrebatarle un vial del elixir de la vida eterna—les reveló Aurora distraídamente—. Newton acertó en determinados aspectos del ritual de creación de la piedra filosofal, no obstante. Es demasiado conocimiento para un grupo de terroristas con intenciones de convertirse en místicos.

Una mujer de cabello dorado con un vestido inmaculado tenía una rosa blanca en una mano. Era una ofrenda para su esposo, pálido y de cabello oscuro, un símbolo de que ella era pura y digna de él. Él vestía ropajes de color negro y rojo y le tomaba a ella la otra mano. Él también tenía una rosa, pero la suya era roja como la sangre recién derramada, una ofrenda de amor y de muerte. Detrás de la pareja, los elementos químicos y los metales estaban personificados como invitados a la boda, moviéndose en un paisaje de árboles y colinas rocosas. Toda una colección de animales se había reunido para presenciar la ceremonia: cuervos, águilas, sapos, leones verdes, pavos reales y pelícanos. Un unicornio y un lobo estaban uno al lado del otro en el centro, como fondo detrás de los novios. Toda la escena se encontraba dentro de las alas extendidas de un ave fénix, con las plumas en llamas en los bordes y la cabeza agachada para ver lo que ocurría allí.

—¿Qué significa? —preguntó Logan.

—Es el casamiento químico del mercurio y el azufre. Un paso crucial para la fabricación de la piedra filosofal—entonces Aurora analizó la ilustración del uróboros. La serpiente representaba la sabiduría ancestral, el mito primigenio del mundo subterráneo. Las alas, más allá de simbolizar lo espiritual, eran la sublimación de lo material. La autodestrucción o suicidio era el hecho de que el animal se devorara a sí mismo, que a su vez era una metáfora del ciclo vital, donde no existían fronteras claras entre el comienzo y el final. El círculo era la idea sintética de la perfección—. ¿Están bien todos?

—Definitivamente no fue una misión sencilla—declaró Bobby, al entregarle un folio de documentos. Allí se veía el cuerpo de una mujer, boca abajo, en medio de un círculo de tiza, con la pierna izquierda en un ángulo imposible. Su brazo derecho estaba estirado hacia un hombre, que yacía boca arriba, con la cabeza hundida en un costado y un corte profundo que le abría el torso desde la garganta hasta la ingle. Algunas de sus entrañas habían sido sacadas y estaban junto a él, en el suelo—. Un ritual satánico, creemos.

—No están involucrados los demonios, esta vez—declaró Aurora, con una mano en la frente. Se había atado el cabello blanco con una cinta morada, al advertir la cercanía de Bobby—. Se trata de un intento de crear a un vampiro.

—Solamente nos hacía falta el Conde Drácula.

—El primer vampiro conocido es Varnae, un hechicero de la Atlántida. Dirigió los destinos de los vampiros de la Tierra durante siglos, hasta que le cedió su lugar a Vlad Drácula.

Logan cruzó los brazos, de forma irrefutable. Aún utilizaba el resistente atuendo de combate que almacenaban en el salón de armas, con todos los artefactos infaltables en una misión.

—La hechicería es una de tus habilidades. Descifra los misterios del Conde Drácula antes de llamarme.

Aurora le envió una mirada a Robert cuando les abandonó Logan, en medio de una bocanada de humo. Resultaba evidente la atmósfera de incomodidad, mientras él analizaba minuciosamente su cabellera.

—Es el verdadero color de mi cabello—declaró Aurora, al rememorar una fotografía de su nacimiento. Emma se encontraba recostada en la cama de una clínica y le cargaba en sus brazos con una sonrisa de cansancio, mientras unos escasos mechones de cabello blanco le coronaban la diminuta cabeza rosada—. Como el cabello de mi madre, de mis hermanas, de hecho.

—No eres la misma. Actúas de forma diferente—sonrió Bobby, antes de mover los dedos con suavidad. Unas rosas de hielo fueron creadas en el florero de la mesilla de noche—. Has admitido muchas cosas. Renunciaste a los misterios de la hechicería, al convertirte en una científica de tiempo completo. Pero aquí estás.

Se había convertido en una muggle, como Ayanna denominaba irónicamente a las personas que habían perdido la capacidad de presentir, de soñar y de creer en la magia, en las otras realidades, y aquello le había cegado. Le había impedido ver más allá. Se había acomodado en la facilidad de todo hecho, en la placidez que daba la ignorancia, y de esa forma dejó de ser quien era. La muchacha que él conocía desde los cinco años de edad.

Con la muerte de Ayanna había vuelto a creer en la magia, la misma magia que le había separado del resto de los niños de la escuela de Charles, esa que le había hecho sentirse diferente a los demás; la misma que propició que todos los hechiceros del Consejo de Maestros le despreciaran y a la que finalmente había renunciado.

Porque sus habilidades sobrenaturales se habían manifestado muy pronto. De niña, fácilmente había superado en poderes mágicos a los magos más antiguos del mundo con su conocimiento instintivo de los hechizos, su sorprendente visión del futuro y su asombroso don para ver por debajo de la superficie de las personas y los hechos.

—Una realidad diferente—le sonrió Robert, con total sinceridad. Aurora notó entonces la barba de color castaño en su barbilla cincelada—. No hay mucho misterio en ello. Deja que la magia siga en tu vida, no reniegues de ella o terminará volviéndose contra ti.

—Lo intentaré.


Se perdió entonces por la ciudad, sin distinguir los puntos cardinales y sin la menor idea de lo que podía encontrarse al doblar una esquina, con esa ebriedad hecha a medias de asombro desmedido y cansancio, del impacto causado por la escala de las distancias, las alturas, los puentes, las multitudes, los ríos. Avanzaba o se detenía obedeciendo las órdenes secas y alternas de los semáforos, hipnotizada por su repetición, tanto como por el ritmo de metrónomo que acababan adoptando los pasos para adaptarse a ellas.

Tenía la cabeza inclinada y trataba de no pensar en nada. Las migrañas aparecían y desaparecían en oscuras oleadas que le oprimían y le hacían andar más despacio o apurar la marcha, como un automóvil que tenía problemas con el carburador.

Durante la caminata reflexiva, una vez más el aroma de la vainilla le incentivó a entrar en el local del que se desprendía: una cafetería con sofás antiguos. Sobre las mesas, todas las tazas eran distintas. Desde el techo, colgaban guirnaldas naturales hechas con ramas de pino. Por las paredes rosa pastel, había fotos y cuadros de brújulas, aviones antiguos, maletas y mapas del mundo como hechos en papel de pergamino. Un descuido muy cuidado. En el mostrador principal, una larga vitrina con una variedad infinita de dulces y bollitos típicos de todos los rincones del mundo; identificados por nombre y banderita de su correspondiente país: los churros madrileños como representantes de España; cannoli italianos rellenos de nata y pistachos; alfajores de dulce de leche desde Argentina; bollitos skoleboller rellenos de crema típicos de Noruega; douhua, pudin de tofu chino; o los mochis, bollitos dulces de harina de arroz típicos de Japón, entre muchísimos otros. En la carta de bebidas, tres cuartos de lo mismo: té moruno árabe, hierba mate argentina, té chai con leche y mango lassi, batido de mango con leche, ambos de la India, o cacapote mexicano a base de cacao y maíz, entre una larga carta de tres páginas.

Ganas no le faltaban, así que se dejó asesorar por la dueña: una señora de unos cuarenta y cinco años, que rebosaba la vitalidad de una adolescente. Sin parar de una mesa a otra, llevaba un delantal antiguo de color beis con un ribete de tela granate en la parte baja y trocitos de encaje en los tirantes. El bolsillo delantero tenía un pequeño y delicado estampado de flores rojas. Aurora apostaba a que la mujer había cosido y bordado el delantal o lo había mandado a hacer a su gusto, y lo lucía con el mismo orgullo que las instagramers sus modelitos de ombligo al aire.

Al final pidió unos baklavas turcos: pequeños rollitos de hojaldre, de capas tan finas como un papel, rellenos con frutos secos y miel. Para beber, acabó pidiendo un té chai indio.

—Visión—declaró Aurora, mientras ocultaba con su mente al extraño comensal sentado frente a ella. En su cabeza destellaba un artefacto cósmico, como si un trozo de ámbar recibiera de lleno la luz de una estrella—. Necesitamos hablar.

—Me lo ha dicho la Gema de la Mente.


Aurora sacudió los nudillos contra la ostentosa entrada del ático. Se ubicaba en una calle céntrica justo frente a una de las entradas de Hyde Park, rodeada de restaurantes, cafeterías, tiendas de suvenires y hasta con un pequeño centro comercial y un Boots un poco más abajo, por lo poco que había podido ver. Personas de todas las edades, etnias y ocupaciones paseaban arriba y abajo y llenaban los negocios. Vida, en definitiva.

En cuanto Ikaris le sostuvo la mirada, notó una ardiente sensación en el vientre. Le deseaba con una intensidad que nunca antes había experimentado. Le dominaba el deseo de saltarle encima, de rodearle con todas las extremidades y saborearle la boca. Como un animal. Era una sensación tan avasalladora que le asustaba, si bien notó que Ikaris sentía lo mismo. Se aferraba con fuerza a la madera de la entrada. Parecía realmente hambriento. Aurora entendió entonces que las autoras de las novelitas eróticas que Jubilee tanto amaba no empleaban un lenguaje excesivamente florido porque fueran perezosas. Aquellos tópicos eran reales. Ansiaba devorarle, arrancarle la ropa, abrasarle en el fuego que le consumía, hacerle todas esas cosas melodramáticas que Jubilee solía leer en voz alta para molestarle. Una parte minúscula de su cerebro insistía en controlarle, pero la chispa de lógica era del todo impotente contra la sobrecarga sensorial de su cuerpo.

Aurora le sostuvo el rostro mientras le saboreaba minuciosamente. Se concentró en la sensación abrumadora, mientras él enroscaba las manos en sus caderas y le alzaba en vilo. Gimió en su boca cuando le sentó en el mármol de la cocina y le destrozó la lencería que utilizaba bajo la falda con un fuerte tirón de sus dedos. Su mente estaba en otro sitio. Donde solo estaba Ikaris. Se aferraba con ansia a sus muslos, como si fuera su intención torturarle, mientras la cabellera le caía como una cascada de nieve.

El deseo le bullía en la sangre y consumía su cuerpo como una sed voraz. Aurora le arrancó la camiseta con la mente, le rodeó las caderas y le montó al terminar en la cama. Sabía lo que era arder. Sabía lo que era sucumbir a la necesidad, por feroz que fuera. Pero aquello la empujaba más allá de todo lo conocido. La llevaba al límite solo para propulsarla de nuevo. Y otra vez más, hasta que le ardieron los pulmones y el corazón estaba a punto de estallarle.

Cuando le soltó los pechos para poder utilizar las manos con ella, para apretarla, agarrarla y saquearla, Aurora solo pudo aferrarse a las sábanas y dejar que lo que él le hacía arrasara su ser.

Por todas partes se estremecía, como si sus terminaciones nerviosas vivieran en nombre de Ikaris. Le embistió mientras le ardía la sangre y su corazón saltaba allí donde no debía. Pues le veía, y ella a él.

Y por ello temía que ambos estaban condenados.