Aclaración:
Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.
La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor
«19»
«Solo deseaba lo mejor
para ti...»
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O sea que Naruto no deseaba hacerla colgar; deseaba casarse con ella.
Mientras Sasuke y Sakura corrían hacia el escritorio, Hinata continuó sentada sumergida en un maravilloso aturdimiento. Se casaría con Naruto; vivirían la vida que había soñado vivir con Nicholas. Darían esos largos paseos al anochecer tomarían chocolate en la cama todas las mañanas.
Sasuke golpeó el escritorio con las palmas.
—¿Te has vuelto loco, Naruto? ¿Por qué habrías de recompensar su engaño haciéndola tu duquesa?
Naruto se reclinó en el respaldo del sillón, sus labios curvados en una sonrisa.
—Puede que sobrestimes mis encantos. Hay quienes alegarían que no soy ningún premio. Tal vez estar casada conmigo sea todo el castigo que se merece.
Sakura negó con la cabeza con tanta violencia que se le desprendió un mechón de pelo del moño.
—Jamás te comprenderé. ¿No te casarás por amor sino por venganza?
—¿Quién ha dicho nada de venganza? No hay ningún motivo para que yo no pueda ser tan práctico como la señorita Hyuga. — Dirigió una breve y tranquila mirada a Hinata — Necesito un heredero. Ella puede dármelo. Antes de marcharme de Uzumaki Hall te dije que estaba dispuesto a buscarme una esposa. De esta manera no tendré que tomarme el trabajo de cortejar a una.
Sakura se le acercó y le habló en un susurro, pero de todos modos su voz era totalmente audible para los oídos de Hinata.
—Si lo que quieres es expiar tu pequeña indiscreción de anoche, hay otras maneras más prudentes de hacerlo.
—¿Qué indiscreción? — preguntó Sasuke en voz alta.
—Podrías dejarle a la muchacha un monedero bien lleno — siseó Sakura, enterrándole el codo en las costillas a Sasuke—. O incluso darle un estipendio mensual si eso te tranquiliza la conciencia.
Naruto la miró con expresión de reproche.
—Vamos, Sakura, sabes muy bien que no tengo ninguna conciencia que tranquilizar.
—Puede que eso sea lo que deseas que crea el mundo, pero yo sé que no. Anoche cometiste un estúpido error, pero eso no significa que tengas que pasarte el resto de tu vida expiándolo. Si te hubieras casado con todas las mujeres que has seducido, Uzumaki Hall estaría a rebosar de esposas.
—Tengo que reconocer que tu prima tiene razón — terció Sasuke—. Y si estás dispuesto a buscar esposa, puedes elegir a gusto entre todas las beldades de Londres. No tienes por qué conformarte con una mentirosa muchach...
Se interrumpió al ver a Naruto entrecerrar los ojos; esa sola advertencia bastó.
—Sasuke. Tal como yo lo veo, le debo mi apellido a la muchacha, como mínimo.
—No, gracias — dijo Hinata, levantándose.
Su voz resonó como una campana en el repentino silencio. Sakura y Sasuke retrocedieron cuando ella se situó ante el escritorio con los hombros rígidos y la cabeza muy erguida.
—Me temo que tendré que declinar su generosa proposición, excelencia. No deseo su apellido; no deseo parir su heredero, no deseo su fortuna. Y muy ciertamente no le deseo a usted. En realidad, dada su colosal arrogancia, creo que prefiero que me cuelguen antes que casarme con usted.
Sakura y Sasuke ahogaron exclamaciones. Era evidente que a ninguno de los dos se les había pasado por la mente que una simple muchachita de campo pudiera tener la audacia de rechazar la sublime proposición del duque. Pero Naruto se limitó a arquear una ceja. Aunque su mirada no se apartó de Hinata, dijo amablemente:—Tal vez sería mejor que nos dejaran solos.
—En realidad no creo... — empezó Sakura.
—...que eso sea muy prudente — terminó Sasuke. Naruto cogió el abrecartas y empezó a pasarlo por sus largos y aristocráticos dedos.
—Pueden esperar fuera si quieren, para oír mejor sus gritos. O los míos.
Sin dejar de echar miradas aprensivas por encima del hombro, Sasuke y Sakura salieron en fila, dejando a Hinata sola para enfrentar a Naruto a través de la polvorienta extensión del escritorio.
Él le indicó la silla con la hoja del abrecartas.
—Siéntese, señorita Hyuga, por favor.
Sintiéndose más o menos como uno de sus perros, ella se apresuró a sentarse. No había manera de que él no hubiera visto su mueca.
—¿Se encuentra bien? — Le miró la cara atentamente, con una expresión que fácilmente podría tomarse por verdadera preocupación—. Temo haber sido... demasiado vigoroso en mis atenciones anoche. Fue una desconsideración de mi parte. Normalmente bebo mi coñac con un poco más de control.
Ya era terrible que hubieran reducido su noche de bodas a «un estúpido error» y «una pequeña indiscreción». Ahora él le diría que ni siquiera recordaba haber ido a su dormitorio, que esos tiernos y deliciosos momentos que habían compartido habían desaparecido en un «aturdimiento de borrachera».
—«Desconsideración» es olvidarse del cumpleaños de alguien — dijo fríamente—, no irse a la cama de una mujer fingiéndose marido cuando sabía muy bien que no lo era.
—Si hubiera sabido que nuestro matrimonio era nulo, ¿me habría echado de su habitación?
Hinata bajó los ojos. Ésa no era una pregunta justa y los dos lo sabían.
—No la culpo. Un hombre de mi posición debe controlar mejor sus emociones. Le aseguro que no volverá a suceder.
En lugar de alivio, Hinata sólo sintió aflicción. Naruto dejó a un lado el abrecartas y continuó:—A petición mía, uno de mis lacayos hizo un viajecito a la iglesia del pueblo anoche.
Confundida por su brusco cambio de tema, ella frunció el ceño. Recordó el coche que vio alejarse de la casa justo antes que Naruto irrumpiera en su habitación.
—¿Con qué fin?
—Con la emoción de la llegada de mi prima, casi me olvidé del ángel que cayó del cielo sólo unos minutos después que pronunciáramos nuestras promesas.
Hinata movió la cabeza. Jamás olvidaría ese espantoso momento cuando se giró y lo vio despatarrado junto a la puerta de la iglesia.
—Fue un accidente horroroso.
—Eso fue lo que pensé. Hasta que mi lacayo encontró esto en el campanario.
Metió la mano en uno de los cajones y sacó un objeto de hierro. Al principio Hinata pensó que era otro abrecartas, pero luego vio que era un cincel, su gruesa hoja todavía sucia con mortero.
—Parece que no fue un accidente después de todo — continuó él—, sino un intento de asesinato frustrado. Así pues, señorita Hyuga — su celeste mirada le acarició la cara al apoyar la espalda en el respaldo del sillón—, ¿me deseaba? ¿O me deseaba muerto?
Aunque le parecía que había transcurrido toda una vida desde el momento en que estaba en los brazos de su adorador esposo en las gradas de la iglesia, los minutos fueron retrocediendo en su mente. Recordó el instante cuando se puso de pie después del impacto de la estatua, subió la escalinata, oyó gritar su nombre cuando Hanabi y Neji aparecieron corriendo en la esquina de la iglesia. Vio la expresión que tenía la cara de Hanabi en ese momento: terror culpable mezclado con alivio. El tiempo siguió retrocediendo, hasta ese momento en el salón cuando ella y los niños acababan de enterarse de que Naruto Namikaze planeaba tomar posesión de su hogar.
«Podríamos asesinarlo». Esas alegres palabras de Hanabi resonaron en su mente, seguidas por su irreflexiva respuesta: «Probablemente se necesitaría una bala o una estaca de plata para atravesarle el corazón».
Pero era su corazón el que estaba atravesado, y no por una estaca sino por el cincel que tenía Naruto en sus manos.
Podría hacerlo creer que era inocente. Sabía que aún tenía por lo menos ese poder sobre él; al fin y al cabo, si él no le hubiera dado ese empujón para apartarla del peligro, sería ella la que habría muerto aplastada por la estatua. Pero si hablaba en su defensa, condenaría a Hanabi y Neji. Dudaba que incluso el tribunal más benévolo considerara con clemencia un intento de asesinar a un par del reino, aun cuando los agresores fueran unos Niños que no hacía mucho habían salido de la sala cuna. ¿Qué debía hacer, convertirse alegremente en la duquesa de Naruto mientras sus hermanitos colgaban de la horca o se pudrían en Newgate?
A sabiendas de que sacrificaba para siempre toda esperanza de felicidad futura, miró a Naruto fijamente a los ojos y dijo tranquilamente:
—Deseaba Konoha Manor, y estaba dispuesta a hacer lo que hiciera falta para tenerla, incluso librarme de un esposo inconveniente.
Él no dijo una palabra. Se limitó a observarla, con rostro impasible.
Aunque sabía que no sería tan eficaz sin una melena de rizos castaños, agitó la cabeza tal como había visto hacer a Hanabi cientos de veces. Su única esperanza era pensar como su hermana.
—El testamento de lady Kushina estipulaba que yo encontrara un marido. No decía nada de conservarlo. Estando usted muerto, yo podía gobernar Konoha Manor como me pareciera conveniente sin que un desconocido se entrometiera en nuestros asuntos. No podía divorciarme. El escándalo habría perjudicado nuestro buen nombre. Así que decidí que sería mucho menos complicado asesinarlo.
Naruto se frotó la mandíbula, teniendo buen cuidado de cubrirse la boca.
—Dejando caer un ángel sobre mi cabeza.
Hinata fingió una altiva sonrisa:—Era la única manera de tenerlo todo, la propiedad y mi libertad. Además, todo el mundo sabe que las viudas tienen más derechos que las esposas.
Sin decir palabra, Naruto se levantó, fue hasta la puerta y la abrió:—¡Hanabi! — gritó.
Acto seguido volvió tranquilamente a su sillón tras el escritorio. Antes que Hanabi apareciera en la puerta, Hinata ya estaba balbuceando:—Obligué a Hanabi a que me ayudara. La amenacé con... con... — trató de inventar una amenaza lo bastante vil—, con ahogar a todos los gatitos en el pozo si no me ayudaba. Ella me suplicó que no le hiciera daño pero yo no le dejé otra opción. Vamos... hasta... — se le cortó la voz, mirando fijamente a su hermana.
El delantal blanco de Hanabi estaba limpio y almidonado, sus bolsillos ya no abultaban con gatitos ni contrabando. Incluso la cinta que le sujetaba los rizos castaños en un moño sobre la cabeza, estaba derecha y el lazo bien hecho.
Hanabi avanzó hasta el escritorio e hizo una elegante venia.
—¿Sí, señor? — dijo, sin un asomo de desafío.
Hinata se dio una palmada en la boca.
—Ay, Dios, ¿qué cosa terrible le has hecho?
Naruto no le hizo caso, decidido a centrar el aniquilador encanto de su sonrisa en su hermana.
—Hanabi, querida, ¿te importaría decirle a Hinata exactamente lo que me dijiste esta mañana?
Hanabi se giró a mirarla, con sus grandes ojos de luna bajos.
—Fue culpa mía que el ángel casi los matara a los dos. Yo fui la que lo puse todo movedizo para que se cayera cuando empezaran a tocar las campanas y yo lo empujara. Mi plan era dejarlo caer sobre la cabeza de Nicholas... — tragó saliva y miró a Naruto afligida.
—No pasa nada — dijo él amablemente—, continúa.
—Quiero decir, su excelencia. Pero entonces decidí que no podía hacerlo. Sobre todo después que Neji me dijo lo mucho que tú amabas a...
—Gracias, Hanabi — dijo Naruto firmemente—. Se agradece tu sinceridad. Puedes irte.
Hinata esperó hasta que su hermana hubo salido de la sala para alzar sus ojos ardientes a la cara de Naruto.
—¡Me engañaste!
—¿A que no es una sensación muy agradable? — Se levantó, fue hasta la ventana y se quedó allí, de espaldas a ella. La luz del sol formaba un nimbo sobre sus cabellos dorados—. La verdad simplemente no está en ti, ¿eh, Hinata? No eres diferente de cualquier otra mujer. No eres diferente a...
—¿Tu madre? — dijo ella dulcemente—. Tal como yo lo veo, tu tío no le dio más opción que la que tú quieres darme a mí.
Naruto se volvió a mirarla, con los labios apretados.
—Tienes toda la razón. Deberías tener opción. Así pues, ¿qué prefieres, ser mi esposa o mi amante? Como amante tendrías derecho a una casa, un generoso estipendio, más que suficiente para cuidar de Neji y Hanabi, hermosa ropa, joyas, y cierta cantidad de posición social, aunque dudosa. A cambio, yo esperaría que me acogieras en tu cama siempre que yo quisiera buscar sus placeres. Claro que cuando tomara esposa tendría que fiarme de tu discreción. Pero ya hemos demostrado que sabes guardar secretos, ¿verdad? La decisión es tuya, Hinata, pero te agradecería que la tomaras rápido. — Paseó una disgustada mirada por el estudio—. Ya he perdido bastante de mi tiempo en esta casa provinciana.
Enfurecida por esas palabras, ella se levantó y echó a andar hacia la puerta. Cuando tenía la mano en el pomo, él le dijo:
—Antes de rechazar mi ofrecimiento de matrimonio, tal vez te convenga recordar que ya podrías estar embarazada de un hijo mío.
A Hinata se le quedó atascado el aire en la garganta. Se tocó el vientre, dominada por una muy curiosa sensación, en parte rabia, en parte anhelo.
Se giró lentamente a mirarlo, sacudiendo la cabeza, admirada.
—No te paras en barras tú para salirte con la tuya, ¿eh?
Él encogió perezosamente un hombro.
—¿Qué otra cosa podrías esperar de un demonio como yo?
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Continuará...
