Hospital Provincial de Forks — Miércoles 14 de Octubre de 2009 — 00:15 AM
— Edward tranquilo… vas a hacer una zanja en el suelo —dijo Bella tumbada en un camilla con gesto cansado y sus ojeras más pronunciadas de lo normal.
— ¿Cómo quieres que esté tranquilo? —bramó exasperado— ¿tú cómo estás? —preguntó acercándose a ella y tomando una mano entre las suyas.
— De parto… pero por lo demás bien —dijo en tono sarcástico.
Edward rodó los ojos y la miró sonriendo. La puerta se abrió y entró Carlisle vestido con ropa casual y sonriendo también.
— ¿Qué tal va todo? —preguntó acercándose a Edward.
— Bien… —dijo Bella— pero ¿podrías dale un tranquilizante? —dijo señalando a Edward que ahora se estaba mordiendo los nudillos evidentemente ansioso.
— Yo no necesito nada —se excusó mirándolos fijamente.
Carlisle enarcó una ceja y después negó con la cabeza. En parte que Bella le haya pedido eso le venía muy bien como excusa.
— ¿Edward puedes salir conmigo un momento? —preguntó con cautela.
El aludido frunció el ceño y después asintió. Se despidió de Bella con un suave beso en los labios. Ambos Cullen salieron de la habitación donde Bella estaba esperando a que dilatara para poder dar a luz, y caminaron hacia el despacho del Doctor Cooper que estaba en esa misma planta solo a un par de pasillos de distancia. Cuando entraron en su despacho él estaba sentado en la mesa mirando detenidamente unos documentos.
Después de los saludos y las palabras de rigor, el doctor Cooper procedió a informar a Edward de lo que le esperaba a Bella a partir de ese momento.
— Quizás tengamos que hacerle una cesárea —dije en un susurro.
— ¿Por qué? —preguntó Edward aturdido.
— Lleva varias horas en dilatación y solo tenemos tres centímetros. No quiero arriesgarme a que los bebes sufran. Si en los próximos minutos continuamos igual, iniciaré el protocolo —dijo Cooper.
Edward tragó en seco y asintió. Él era médico, sabía que una cesárea no tendría por qué tener mayor complicación que una herida y unos puntos que tendría que cuidar con un poco más de cuidado que si naciesen por parto natural. Pero hasta ese momento nunca había tenido que mezclar su trabajo con su familia. Nunca había tenido a nadie querido sobre la mesa de operaciones, y eso le provocaba una opresión en el pecho que no lo dejaba respirar con profundidad, pero todavía si se trataba de su Bella y sus dos princesitas.
— Edward, tranquilo. He hecho cientos de cesáreas, podría hacerlas con los ojos cerrados —intentó aligerar el ambiente.
Edward gruñó.
— En esta ocasión te agradecería que los tuvieses bien abiertos. Es de mi mujer y de mis hijas de quien estamos hablando.
El doctor Cooper asintió dándole a entender que había entendido el mensaje, y Carlisle sonrió al escuchar las palabras de su hijo, nunca se había sentido tan orgulloso de él, ni si quiera cuando se graduó con honores como médico. Ahora su hijo estaba labrándose un futuro al lado de una mujer que lo amaba y que le estaba dando el mejor regalo del mundo, dos hijas. Él mismo sabía que los hijos te alegran la vida y convierten cualquier penuria que tengas que enfrentar en una aventura. Que con una sola sonrisa de sus labios son capaces de hacerte olvidad cualquier pena o tristeza que te embargue en ese momento.
Y aunque esas niñas no fuesen su sangre, sabía que tanto Edward como padre, y él como abuelo, las querrían y cuidarían como si de verdad se tratasen de unas Cullen más.
Porque ya eran unas Cullen más.
Casi una hora después Edward estaba entrando en el quirófano con un mono verde esterilizado. Bella esperaba tumbada en una camilla, completamente consciente pero sedada desde la altura de su pecho para que no sintiese ningún tipo de dolor. Ambos se miraron y en un segundo cualquier miedo que pudiesen sentir se vio reducido a cenizas ante la presencia del otro. No se necesitaban más que el uno al otro para ser felices, y en pocos minutos dos personitas más entrarían a formar parte de su familia para alegrar sus vidas.
Edward se acercó a Bella y besó sus labios antes de susurrarle un "Te amo" al oído, que Bella correspondió gesticulando lo mismo con sus labios.
— Vamos a comenzar —dijo el doctor Cooper acercándose a ellos —Bella te veo nerviosa… tranquila ¿de acuerdo?
— Lo intentaré —musitó a media voz.
El doctor Cooper suspiró.
— Veremos… —comenzó a explicar— yo si te pellizco lo sientes y te duele… ¿cierto? —Bella asintió— pero si solo te muevo el brazo lo sientes pero no te duele, ¿no es así? —ella volvió a asentir— está bien, sentirás que nos movemos en tu vientre pero no te dolerá, es como si te moviese un brazo. Así que, relájate… todo irá bien.
Bella suspiró y asintió un poco más tranquila. Edward a su lado apretó su mano y ambos se miraron a los ojos.
— Todo irá bien —repitió Edward en un susurro.
Bella sintió como algo afilado tocaba su piel, y aunque no sintió ni una pizca de dolor, el olor salado de la sangre la hizo marearse un poco. Decidió respirar por la boca y mirar a Edward a los ojos para intentar mitigar las nauseas que le entraron de repente.
Un par de minutos después, una enfermera soltó una exclamación y Edward apartó su mirada de Bella y se enderezó para poder mirar por encima de cortina que le habían puesto a Bella para que no viese nada.
Lo que vio lo dejó completamente paralizado, en las manos del doctor Cooper había un cuerpecito pequeñito, temblando y abriendo la boca intentando coger aire. Con una bocanada de aire que entró en sus pequeños pulmones soltó un sollozo que retumbó en las paredes del quirófano. Bella sintió que el corazón le explotaba y Edward esbozó una radiante sonrisa.
— Edward… ¿quieres hacer los honores? —preguntó el doctor Cooper mostrándole el cordón umbilical.
Él esbozó una sonrisa mayor y después de besar a Bella en los labios se acercó al doctor con sus manos temblando más que nunca. Él, el Doctor Edward Cullen, que había asistido en cientos de operaciones de urgencia, le temblaba el pulso para cortar un mísero cordón. Se río internamente de sí mismo, y tomó las tijeras que Cooper le extendía, cortó el cordón y miró a la pequeña personita que ahora estaban envolviendo en una toalla, la enfermera miró a la bebé y después miró a Edward, y sin pensárselo se la colocó en brazos.
Edward no supo que hacer, sentía que la pequeña criaturita podría caérsele o romperse al mínimo movimiento, pero solo tenía claro una cosa… Bella tenía que verla. Se acercó a ella sin dudarlo y se la mostró inclinándose un poco para quedar a su altura.
Bella miró a su bebé, a uno de sus rayitos de sol y si antes creía amar a esos bebés no era nada comparado con lo que sentía en ese momento. Ella era lo más hermoso y maravilloso que había visto en su vida. Y era suya… era un pedacito de ella.
— ¿Edward? —llamó de nuevo el doctor Cooper… segundos antes de que otro llanto inundara la estancia haciendo que tanto él como Bella sonriesen como dos tontos.
Edward dejó a la bebé que tenía en brazos acomodada en el pecho de Bella y fue corriendo a donde lo esperaba el doctor para cortar el cordón de su otro pequeña. Al verla Edward parpadeó sorprendido… era tan hermosa como su hermana. Cortó el cordón, y la enfermera repitiendo el procedimiento se la colocó en brazos.
Edward tampoco lo dudó esta vez en mostrársela a Bella, que en ese momento estaba llorando de pura dicha, nunca se había sentido tan feliz… nunca había soñado siquiera con tener todo lo que tenía en ese momento. Dos preciosas hijas y a Edward a su lado.
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Unos minutos después Edward salió al pasillo con una sonrisa capaz de deslumbrar al mismísimo astro rey. Estaba eufórico, feliz… ¡nada! Absolutamente nada podría estropear su día… sus princesitas habían nacido, Bella estaba perfectamente y en unos minutos pasarían a las tres a una habitación para que pudiesen descansar después de un parto largo y bastante agotador.
En la sala de espera la familia al completo estaba con el corazón en un puño. Todos saltaron de sus sillas en cuanto Edward cruzó la puerta y lo asaltaron a preguntas una tras otra sin darle tiempo si quiera a procesarlas para poder contestar.
— Bella y las niñas están perfectamente… no puedo deciros mucho más —confesó en tono alegre.
Todos sonrieron complacidos y Esme derramó unas pequeñas lágrimas de alivio e ilusión.
— ¿Cuándo podremos verlas? —preguntó Alice efusivamente.
Jasper pasó un brazo por sus hombros para que ella dejase de saltar sobre sí misma, y ella lo miró en agradecimiento.
— Bella está un poco cansada y necesita dormir, y las bebés están bien, tienen buen peso, pero quieren tenerlas vigiladas por si acaso… después de todo son prematuras, todavía les faltaba cuatro semanas para nacer.
— ¿Estarán en la incubadora? —preguntó ahora Rosalie.
— El doctor Cooper tiene la esperanza de que no, todo dependerá de cómo pasen esta noche —explicó Edward.
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A la mañana siguiente Bella sintió una leve presión en su vientre, se llevó la mano distraídamente hacia él para tranquilizar a sus pequeñas, pero notó algo raro. Su vientre estaba casi plano y con textura gelatinosa… es como si ya no tuviese nada dentro más que piel… abrió los ojos de golpe y se revisó tocándose por encima de sus ropas para comprobar que lo que pensaba que había sido un sueño había pasado de verdad, sus hijas habían nacido la noche anterior.
Edward entró en ese momento en la habitación empujando dos cunitas y sonriendo como un niño la mañana de navidad. Se acercó hasta la cama donde descansaba Bella y se inclinó sobre ella para besar sus labios con ternura y casi con devoción.
— Buenos días mamá —susurró sin perder la sonrisa.
El corazón de Bella se saltó un latido.
— Buenos días papá —contestó ella haciendo que los ojos de Edward desbordasen alegría a borbotones.
— Alguien quiere verte —murmuró Edward girándose sobre sí mismo.
Cogió en brazos a una de las bebés y se la entregó a Bella que la tomó con una ternura y delicadeza que nunca había visto en ella. Haciendo segundos después lo mismo con la otra. Bella sintió que sus brazos habían sido creados expresamente para cargar a esas dos niñitas, encajaban perfectamente en ellos.
Edward acarició la mejilla de cada una de sus niñas, Bella incluida y sonrió.
— ¿Nos decimos ahora los nombres? —susurró muy bajito.
Bella lo miró destilando emoción con su mirada y asintió. Edward tomó en brazos a una de las bebés. Tenía la cara redondita y su nariz parecía un botón. Su pelo color café era corto y muy fino, pero se podía apreciar cómo se rizaba levemente en las puntas. Cuando Edward la tomó en brazos abrió sus pequeños ojos para mostrarle que eran de un marrón chocolate que hizo que el corazón de Edward se encogiese, era tan parecida a Bella...
— Mamá… —susurró— te presento a Elisabeth Cullen Swan, Sissi Cullen para los amigos —dijo sonriendo.
A Bella se le escapó una lágrima de emoción y sujetando una de las pequeñas manitos de Sissi se la llevó a los labios y la besó. Carraspeó para intentar deshacer el nudo que se atoró en su garganta y miró a la bebé que le devolvía la mirada intensamente entre sus brazos.
No era exactamente igual a su hermana, sus rostros si se parecían, pero ella tenía el pelo un poco más claro, casi rubio ceniza, pero con mechones marrón chocolate. Su naricita también era un pequeño y redondito botón y sus ojos eran de un azul oscuro tan profundo que daba la sensación de ahogarte en ellos. No se parecía tanto a ella como Sissi, pero tampoco era igual que Mike… era perfecta.
— Papá… yo te presento a Emma Cullen Swan —dijo con voz rasposa.
Edward se acercó y besó a Emma en la frente haciendo que ella arrugase la nariz y cerrase los ojos con fuerza.
Ambos se echaron a reír mientras las lágrimas recorrían sus mejillas. Era su momento perfecto… su pequeña nueva familia acaba de reunirse por primera vez.
— Te amo —susurraron ambos a la vez mientras se miraban a los ojos.
