Aclaración:
Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.
La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor
Hay OOC
[20]
El duque de Konoha besó a su hija y al cachorro cuando la niña lo levantó.
—¿No tienes clases esta mañana, Sarada? —le preguntó—. ¿Quizás tienes fiesta porque está lloviendo?
Ella se rio.
—Voy a decirle a la señorita Hamilton que me lleve a la galería alargada a jugar con las cuerdas otra vez —anunció.
—Inténtalo —sugirió Su Excelencia—. Es más probable que tú consigas lo que quieres.
—La señorita Hamilton debió de acostarse muy tarde —comentó la señora Chiyo mostrando su desaprobación—. Todavía no ha salido de su habitación esta mañana, Su Excelencia.
Naruto frunció el ceño.
—¿Y nadie ha ido a despertarla?
—He llamado a la puerta hace media hora, Su Excelencia. Pero despertar a la institutriz no es tarea mía.
—Hágalo ahora como un favor que le pido. Sarada, ¿quién ha dicho que Pequeñita puede arrastrar la manta por el suelo?
Su hija volvió a reírse.
—Chiyo ha dicho que podía porque es vieja —respondió—. Mira, papá. —Y tiró de un extremo de la manta mientras el cachorro tiraba del otro, gruñendo de la excitación. Lady Sarada se rio.
La señora Chiyo volvió afanosamente al cuarto de juegos un par de minutos más tarde.
—La señorita Hamilton no está en su habitación, Su Excelencia. Y la cama está hecha, aunque ninguna doncella ha entrado en ella esta mañana.
El duque miró por la ventana y en dirección a la lluvia en el exterior.
—Debe de haberse retrasado en el piso de abajo —opinó.
Unos minutos más tarde, la consternación se adueñó de la cocina cuando el propio duque entró procedente de las escaleras de servicio. Le informaron de que la señora Shizune estaba ocupada con las cuentas de la casa en la oficina que quedaba junto a su salón.
—Pero la señorita Hamilton no ha bajado a desayunar esta mañana, Su Excelencia —respondió el ama en respuesta a su pregunta. Se había puesto en pie al entrar él—. He dado por hecho que estaba comiendo en el cuarto de juegos con Lady Sarada. A veces lo hace.
—Venga conmigo, señora Shizune, por favor —le pidió el duque, y se dirigió hacia las escaleras de servicio pasando por el piano nobile y hasta la planta del cuarto de juegos.
Llamó a la puerta de Hinata antes de abrirla y entró.
—¿Ha venido alguna doncella a esta habitación esta mañana? —preguntó.
—Lo dudo mucho, Su Excelencia —contestó el ama de llaves.
No había cepillos en el tocador. Ni horquillas ni perfumes ni ninguno de los otros objetos que siempre abarrotaban el vestidor de su esposa. Cruzó la habitación hasta el armario y abrió la puerta. Había un traje de montar nuevo de color verde jade colgando en su interior, y un vestido de seda azul descolorido y arrugado. El duque tocó este último durante unos instantes.
—Se ha marchado —dijo.
—¿Marchado, Su Excelencia? —La señora Shizune abrió un cajón del tocador. Estaba vacío—. ¿Dónde podría haber ido? ¿Y por qué?
—Estúpida mujer —murmuró el duque, cerrando de la puerta del armario y quedándose frente a él—. ¿Adónde ha ido? Buena pregunta. ¿Y cómo se ha marchado de aquí? ¿A pie? Tardaría casi toda la noche en llegar a Wollaston.
—¿Pero por qué habría de marcharse? —La señora Shizune frunció el ceño, pensativa—. Parecía estar feliz aquí, Su Excelencia, y se la aprecia mucho.
—Vuelva abajo, señora Shizune, por favor —le ordenó Su Excelencia—.Averigüe lo que pueda de los criados. Cualquier cosa. Iré a los establos a preguntarles a los mozos.
—Sí, Su Excelencia. —El ama de llaves adoptó una expresión de extrañeza y salió de la habitación.
Ninguno de los mozos sabía nada. El duque pensó que la insensata debía de haber huido a pie. Y se preguntó en qué momento de la noche había empezado a llover. Y adónde iba. ¿A Londres, a perderse otra vez? Esta vez resultaría más difícil encontrarla. Sin duda se mantendría apartada de las agencias de empleo… y de los teatros elegantes.
Y se preguntó si Shino ya le habría pagado.
—Driscoll —llamó, volviéndose hacia el mozo más joven—, ve a la casa del guarda, por favor. Quiero saber si la señorita Hamilton pasó por las puertas y cuándo lo hizo.
—Sí, Su Excelencia —dijo el mozo, pero se quedó donde estaba en vez de ponerse en marcha inmediatamente.
El duque lo miró fijamente.
—¿Puedo hablar con usted, Su Excelencia?
El duque salió al patio del establo, haciendo caso omiso de la lluvia. Ned Driscoll lo siguió.
—He llevado a la señorita Hamilton a Wollaston esta mañana antes de que amaneciera, Su Excelencia, en la calesa —le explicó, y añadió sin venir al caso—. Se ha mojado.
—¿Con qué propósito?
Nervioso, el mozo retorció la gorra entre sus manos.
—Para tomar la diligencia, Su Excelencia —respondió.
El duque lo miró fijamente otra vez.
—¿Y quién te ordenó coger la calesa?
Ned Driscoll no respondió.
—¿Por qué me has mentido hace unos minutos? —preguntó duque.
De nuevo no hubo respuesta.
—Uno o varios de los otros mozos deben de saber que has salido —comentó el duque.
—Sí, Su Excelencia.
—Así que él o ellos también han mentido.
Ned Driscoll miraba cómo su gorra daba vueltas en sus manos.
—Has debido imaginarte que te descubrirían —continuó el duque—. Que te despedirán.
—Sí, Su Excelencia.
—¿Te ha pagado?
—No, Su Excelencia —contestó el mozo indignado.
El duque miró al joven mozo, que estaba de pie con los pies firmemente apoyados en las piedras del patio del establo, con la mirada baja, la gorra que daba vueltas y más vueltas en sus manos, el pelo mojado pegado a la cabeza y la camisa a los hombros y el pecho. Recordó una mañana en la que ese mismo mozo estaba fuera del cercado riéndose con Hinata y admirándola abiertamente mientras acariciaba al cachorrito con un dedo del pie.
—Quiero que mi carruaje de viaje esté listo frente a la puerta en una hora.
Informa a Shipley de que se prepare para llevar las riendas. Tú le acompañarás. Probablemente pasaremos varios días fuera de aquí. Tendrás que prepararte un equipaje.
—Sí, Su Excelencia. —Ned Driscoll lo miró receloso. Se le había caído la gorra de las manos.
—Si la hemos perdido y no la encontramos —amenazó Su Excelencia fríamente antes de volverse—, te haré papilla en la carretera, Driscoll, y te haré ir atado de pie junto a Shipley en el viaje de vuelta.
El duque volvió a la casa y comprobó aliviado que su esposa se había levantado aquella mañana y parecía estar considerablemente mejor. Se sentiría culpable si se marchase y ella continuara indispuesta. Sakura estaba en una sala jugando a las cartas.
—¿Sakura, puedo hablar contigo un momento, por favor? —le preguntó después de permanecer de pie detrás de su silla hasta que terminó la mano que estaba jugando.
—Jessica te sustituirá —comentó el señor Penny—. ¿Jessica?
El duque sacó a su esposa de la habitación y se dirigieron a su salita.
—Tengo que marcharme unos días por un asunto inesperado. ¿Estás lo bastante bien como para atender a los invitados tú sola?
—Si recuerdas bien, los invité cuando no estabas en casa y no esperaba tu vuelta, Naruto. He aprendido a estar sola y a no esperar ayuda de ti.
—Espero volver dentro de una semana.
—No tengas prisa. Todos los invitados se marcharán pronto. De hecho, han avisado a Lord Otsutsuki y tiene que marcharse hoy. Probablemente para cuando vuelvas yo misma me habré ido, Naruto. Me marcharé con Sasuke.
Él abrió la puerta que daba a la salita de su esposa y la siguió hasta dentro.
—Cuando vuelva —le propuso él—, las llevaré a Sarada y a ti a Bath unas cuantas semanas. Las aguas y el cambio de aires te harán bien, y Sarada disfrutará de algo distinto. Quizá podamos empezar otra vez, Sakura, y convertir nuestro matrimonio en algo al menos viable.
—Voy a ser feliz —comentó ella—. Antes de que vuelvas, Naruto, voy a ser feliz y voy a seguir siéndolo el resto de mi vida.
—Sakura. —El duque la cogió por los hombros y miró en dirección a su rostro desdeñoso: era encantador, frágil y juvenil—. Ojalá pudiera evitarte el dolor. Ojalá pudiera retroceder y hacerlo todo de un modo muy distinto. No te va a llevar con él.
Sakura le sonrió.
—Eso ya lo veremos —comentó.
Él le apretó los hombros y salió de la habitación. Quizá no debería marcharse.
Debería mandar a Shino a buscar a Hinata y quedarse con su esposa.
Necesitaría a alguien los próximos días.
Pero él era la última persona a quien necesitaría. Cuando Sasuke se marchase lo odiaría con intensidad renovada. Probablemente nunca podría lograr nada parecido a la paz entre ambos.
Bajó los escalones de dos en dos para despedirse de Sarada y asegurarle que no pasaría mucho tiempo fuera. Aun así, la dejó llorando después de que la niña le golpeara el pecho con los puños y le dijera que lo odiaba y que no le importaba si se marchaba para siempre.
—Quiero a la señorita Hamilton —exigió enfurruñada.
Y él ni siquiera podía asegurarle que volvería a traer a Hinata con él. Pasara lo que pasase, no se lo podía garantizar.
Naruto se marchó de Konoha Hall antes que Lord Otsutsuki. En la parada de la diligencia de Wollaston descubrió que Hinata había comprado un billete para una población cerca de Wiltshire, y se imaginó que no debía de estar muy lejos de Byakugan House. Al menos no se había ido a Londres.
Pero lo cierto es que de entre todo lo que se había imaginado en las últimas horas, se había aferrado con mayor firmeza a la convicción de que se habría ido a Byakugan House. Si no hubiese encontrado ningún rastro de ella habría apostado por ir allí. Ya había huido una vez, y las consecuencias habían sido nefastas. No volvería a hacerlo otra vez. Hinata no. El duque pensó que estaba empezando a entenderla bastante bien.
¡Estúpida mujer!
¿Seguía sin confiar en él? ¿Todavía creía que su intención era convertirla en su amante? ¿No se había percatado del esfuerzo sobrehumano por contenerse que había hecho aquella noche en la biblioteca para enviarla sola a la cama? ¿Aquella vez en la que la había deseado muchísimo y en la que sabía que habría resultado fácil de seducir?. La podría haber tenido aquella noche. Podría haber atesorado ese recuerdo.
Naruto se concentró en la lluvia, la neblina y las nubes que había al otro lado de la ventana. Antes de que el carruaje recorriera ni siquiera un kilómetro más, debía de tener claro por qué iba a hacer ese viaje. Lo hacía para informarle a una mujer joven e inocente de que podía dejar de vivir con pesadillas, de que era libre. Iba para prepararle un futuro provisional hasta que pudiera heredar su fortuna y vivir de manera independiente.
Iba porque era, o había sido, su señor, porque dependía de él, y él se preocupaba de todos sus criados.
No iba porque la amara.
Aunque así era.
—¿Dónde has estado? ¡Estábamos tan preocupados por ti! ¡Pero es maravilloso volver a verte! —Temari puso las manos en los hombros de su amiga y se apartó de ella.
Hinata se rio temblorosa y se sacó un pañuelo del bolsillo para sonarse la nariz.
—Estaba asustada y me he comportado como una estúpida —dijo finalmente—. Pero me alegro de haber vuelto.
Echó un vistazo por la habitación en dirección a la figura silenciosa del reverendo Gaara.
—¿Por qué no viniste a verme? —preguntó.
—Estaba asustada. Maté a Zetsu.
—Pero estoy seguro de que fue en accidente. No pensabas matarlo, ¿verdad?
—Claro que no pensaba matarlo —intervino Temari, colocando un brazo protector alrededor de los hombros de su amiga,—Siempre he pensado que era la idea más ridícula que he oído en mi vida. Querían evitar que te fueras a vivir conmigo, ¿verdad, Hanna?
—Sí —respondió Hinata. Cerró los ojos un instante y los abrió para mirar al reverendo Gaara.
—Pero al huir, hiciste que pareciera que eres culpable de asesinato —comentó él—. Ojalá hubieses ido a verme.
—¿Y me habrías ayudado?
—Mi trabajo consiste en ayudar a las personas con problemas —respondió muy serio—. En tu caso, Hanna, habría sido más que un trabajo.
—¡Ah, no lo sabía! —exclamó ella—. Pensaba que me habrías llamado asesina y me habrías entregado a Toneri.
—Creo que el único pecado del que eres culpable es del de sentir una pasión incontrolada —opinó el reverendo Gaara—. Eso no es exactamente asesinato.
—¡Pasión incontrolada! —se burló Temari—. ¿Y qué se suponía que iba a hacer, Gaara? Lord Otsutsuki fue muy pérfido al esperar que Hanna se quedara en la casa a solas con él. Si hubiese intentado detenerme en tales circunstancias, yo probablemente habría cogido un hacha y me habría encarado con él y con su ayuda de cámara.
—¡Temari! —exclamó su hermano en tono de reproche.
—No robé las joyas —continuó Hinata—. Ni siquiera sabía que me habían acusado de ello hasta que Toneri me lo contó hace un par de semanas. ¿Me crees, Gaara? —Dio unos pocos pasos hacia él.
—Claro que te creo, si tú lo dices —contestó él con dulzura.
—Bueno, yo te creo incluso sin que lo digas —añadió Temari con vehemencia—. ¡La sola idea resulta absurda! ¿Has visto a Lord Otsutsuki, Hanna? ¿Y te has vuelto a escapar de él?
—Es una larga historia —resumió Hinata. Se cubrió el rostro con las manos—.Ah, qué agradable es volver a estar con amigos y no tener que esconder la verdad. Tenía que volver para ver otra vez dónde había ocurrido todo, para rellenar algunos huecos de la memoria, para hacer algunas preguntas.
Temari le dio unos golpecitos tranquilizadores en la espalda.
—Te ayudaremos de cualquier modo que podamos. Estábamos deseando hacerlo. ¿Verdad, Gaara?
—Les contaré todo —dijo Hinata, y volvió a levantar la vista hacia el reverendo Gaara—, pero, ¿podéis hacer algo por mí primero?
—¿El qué? —preguntó él.
—Tengo que volver a entrar en la biblioteca. Tengo que ver dónde sucedió todo. Tengo miedo de ir sola.
Temari volvió a pasarle el brazo por los hombros. Pero el reverendo Gaara se había movido y estaba junto a ella, tendiéndole el brazo. Hinata deslizó gustosamente el suyo alrededor del reverendo y miró su rostro adusto.
—Es de elogio tu disposición a enfrentarte a tu pasado —comentó el hombre —. Apóyate en mí, Hanna, te ayudaré.
La biblioteca era, por supuesto, nada más que la biblioteca, como había sido siempre. Nada había cambiado. No había sangre en la chimenea, no había señales de lucha, no había fantasmas acechando detrás de las cortinas o entre los libros. Era solamente la biblioteca, una habitación que siempre le había gustado.
Soltándose de los brazos de sus amigos y olvidando incluso su presencia, Hinata pensó que era allí donde había estado, a pocos centímetros del fuego, mirando a Toneri furiosa y acusándolo de comportarse como un tutor medieval al que solo le faltaba encerrarla para restringir su libertad.
Y Toneri le había dicho que no le dejaría rebajarse a vivir con Temari y que no se casaría con Gaara ni con una licencia especial ni fugándose ni de ningún otro modo. No se iría de esa casa. Se quedaría allí, ya que aquel era su sitio.
Pese a la furia que sentía, Hinata había acabado entendiendo la mirada en el rostro de él. Y había entendido lo que quería decir cuando había dicho que para cuando se marchara de la casa ningún otro hombre la desearía.
Toneri llevaba varios años mostrándose conflictivo y había llegado a desagradarle totalmente por las atenciones no deseadas que le prestaba. Pero nunca le había temido. Nunca había temido por su virtud.
Pero se imaginaba que las circunstancias lo habían inflamado. Aparte de los criados, estaba sola en casa. Había visto en su rostro que pensaba tomarla…aquella noche y en aquella misma habitación.
Y había entendido que no era una decisión pasajera por su parte. No era propio de él que lo acompañara su ayuda de cámara en una habitación del piso de abajo. Hinata se había preguntado por qué estaba Zetsu allí, simulando que estaba ocupado con algo en el otro extremo de la habitación. Pero finalmente lo había comprendido.
Y el miedo se había mezclado con la furia. Había visto la mirada que Toneri le había dirigido a Zetsu y había sentido, más que oído, que el hombre se le acercaba por detrás. Y había sabido exactamente lo que iba a sucederle.
Todavía no podía recordar el resto, aunque estuviera mirando en dirección al lugar donde había ocurrido todo. Solo recordaba que alguien había gritado y agitado los brazos. Y a Zetsu desplomado en el suelo, cómo su cabeza se había deslizado en la esquina de la chimenea, el rostro lívido, y la mirada dirigida hacia arriba. Y a Toneri inclinándose sobre él, arrodillándose junto a él. Y mirándola.
«Espero que estés satisfecha —le había dicho Toneri con un tono de voz extraño y tenso—. Lo has asesinado.»
Y el pánico se apoderó de ella. Y la poca razón que le quedaba le advirtió que no podía recurrir ni a Gaara, ni a Temari, ni a nadie que conociera… porque era una fugitiva de la ley, una asesina a la que colgarían si la atrapaban.
—No fue la razón sino el diablo el que te aconsejó eso, Hanna Hinata —dijo la voz tranquila de Gaara a sus espaldas, y la chica se percató de que había contado todos sus recuerdos en voz alta.
—¡Oh, Hanna! —exclamó Temari llena de angustia—. ¡Cuánto has sufrido!
¡Y menudo villano es ese Lord Otsutsuki! Siempre he pensado que era culpable, pero solo de ser un tirano. Es él quien merece que lo cuelguen. No, Gaara, lo digo en serio. Totalmente. Y luego puso las joyas en el baúl de Hanna, por si la acusación de asesinato no fuese bastante.
El reverendo Gaara le ofreció el brazo y volvieron al salón. Hinata deseó que no se comportara de un modo tan correcto. Sentía una necesidad desesperada de que la abrazara, de apoyar la cabeza en su hombro. Pero de todos modos era una idea inútil. Aunque no creyese que fuera culpable de asesinato y robo, ahora había otra cosa que lo apartaba de él para siempre.
No tenía sentido seguir amando a Gaara.
Les contó todo, omitiendo solamente el modo en que había conocido al duque de Konoha y el auténtico motivo por el que Shino Aburame estaba en la agencia de empleo de la señorita Fleming.
—Así que he vuelto a casa —dijo cuando llegó al final de su historia—. Supongo que Toneri estará aquí mañana, o puede que incluso más tarde, esta misma noche. Supongo que mañana a esta hora estaré encarcelada en algún lugar.
—Tonterías —afirmó Temari—. Pero tienes que venir a la rectoría esta noche, Hanna. Estarás más segura allí.
Hinata meneó la cabeza.
—No. Me quedo aquí. Pero iré mañana a primera hora. Quiero ver la tumba de Zetsu. Tengo que verla. ¿Asistió mucha gente a su funeral, Gaara?
—No se celebró aquí. Enviaron su cuerpo al lugar donde nació.
Hinata frunció el ceño.
—¿Pero dónde? Ah, tengo que averiguarlo. Tengo que ver su tumba. Creo que no seré capaz de aceptar la realidad de todo esto hasta que lo haga. No quería matarlo, ya lo saben. Estaba aterrorizada, y supongo que quise hacerle daño para poder escapar. Pero nunca quise matarlo. —Cerró los ojos—. ¿Puedes averiguar adónde lo llevaron, Gaara?
—No sé cómo. De todos modos creo que es mejor que te mantengas apartada del lugar, Hanna. Si hay miembros de su familia allí y te ven y averiguan quién eres, sufrirán mucho.
Hinata se miró las manos que tenía cogidas en el regazo. Temari les dio unos golpecitos enérgicos.
—Ya basta por esta noche. Debes estar agotada, pobrecita. Y si no vienes a la rectoría, entonces vendremos lo antes posible por la mañana para ayudarte a enfrentarte a Lord Otsutsuki cuando llegue.
El reverendo Gaara se puso en pie.
—Me parece que es lo mejor que podemos hacer, si estás segura de que no vienes con nosotros. Duerme bien, e intenta no preocuparte. Yo mismo hablaré en la corte si he de hacerlo, y hablaré bien de ti. —Se llevó uno de los dedos de ella a sus labios—. Buenas noches, Hanna.
—Buenas noches, Gaara.
Temari la besó y la abrazó.
Por primera vez en mucho tiempo, Hinata durmió profundamente, sin que los sueños o las pesadillas le molestaran.
El duque de Konoha se alojó en la posada del pueblo durante la noche.
Podría haber continuado hasta Byakugan House, pero habría llegado cerca de la medianoche, y decidió esperar hasta la mañana siguiente, Hinata no corría peligro. Sabía que se había adelantado a Lord Otsutsuki, aunque el caballero hubiese decidido volver a su casa.
Además, no pensó que Otsutsuki fuera a intentar ninguna locura en lo referente a Hinata Hamilton. Hinata Hyuga. Hanna Hinata Hyuga.
Hinata.
Era casi media mañana cuando su carruaje lo condujo por el camino serpenteante y boscoso hasta la cuidada mansión palladiana de Byakugan House.
Estaba flanqueada por invernaderos para cítricos y otros frutos a un lado y establos en el otro. Delante de la fachada había vistosos jardines de diseño
formal. El sol trataba de abrirse camino a través de las nubes cuando el carruaje se detuvo ante los escalones de mármol que conducían a las puertas principales.
—La señorita Hyuga, por favor —le dijo al mayordomo, entregándole el sombrero y el bastón.
—¿Y a quién anunció? —preguntó el hombre.
—No lo diga —respondió el duque de manera cortante—. Acompáñeme hasta la habitación donde se encuentra, por favor.
La actitud del duque hizo que el hombre se diera la vuelta y lo condujera a mano izquierda por un pasillo con suelo de baldosas hasta una habitación en la parte delantera de la casa. El duque pensó que debía de haberlo oído llegar. Debía de haberlo visto llegar.
Se adelantó al mayordomo al entrar en la habitación que obviamente era el salón de día. La luz del sol se estaba filtrando por sus largas ventanas. Naruto pensó de repente que por fin debían de haberse marchado las nubes. Ella estaba de pie delante de una silla de la que probablemente se acababa de levantar, al otro lado de la habitación. Estaba muy recta, con el mentón levantado, y las manos cogidas sin apretarlas en el regazo. Llevaba un precioso vestido de muselina estampado, y el pelo recogido con rizos suaves y tirabuzones.
Naruto pensó que estaba más hermosa de lo que la había visto jamás, aunque sus ojos detectaron la palidez de su rostro y la mandíbula apretada.
Y a continuación la expresión de la chica cambió y la tensión casi desapareció de su cara y su cuerpo.
—Pensaba que era Toneri. Que era el carruaje de Toneri. Que había venido.
Él dio un paso hacia ella, pensando que estaba a punto de desmayarse. Pero en vez de eso gimió y atravesó corriendo la habitación hacia los brazos que él le extendió.
—¡Ah, pensaba que era Toneri! —exclamó cuando los brazos del duque se cerraron en torno a su cuerpo terso y las ventanas de su nariz se llenaron con la suave fragancia de su cabello—. ¡Pensaba que era Toneri!
—No —le susurró él al oído—. Soy yo, amor mío. No volverá a hacerte daño. Nadie más volverá a hacerte daño.
Ella levantó la vista hacia él, mirándolo aturdida, y le tocó la cicatriz de la Mejilla izquierda con las yemas de los dedos.
—Pensaba que no volvería a verlo —susurró.
Él tragó saliva al ver que los ojos de la chica se llenaban de lágrimas.
—Aquí estoy. ¿No sientes mis brazos a tu alrededor? Estás a salvo, amor mío. Y bajó la cabeza y la besó.
Y oyó cómo volvió a gemir.
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Continuará...
