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ANTHONY

Anthony MacDonald era un hombre inteligente. Inteligente y astuto. Al menos eso pensó Candy cuando descubrió que había puesto a los hombres de su padre a trabajar en la reconstrucción de la muralla junto con los suyos propios, mientras que a ella le impedía salir del castillo. De ese modo, ninguno de ellos intentaría huir.

Con lo que no contaba Anthony era con que ella también podía ser igual de astuta. O incluso mucho más que él. Viendo que su única posibilidad de reunirse con sus hombres y escapar era lograr que dejasen de vigilarla tan extrechamente, decidió comportarse de un modo ejemplar. Cada día acudía puntual a las comidas, intentaba hablar con todos los habitantes del castillo, ayudaba a Janet en las tareas que tenía asignadas y por supuesto, ignoraba a Albert tanto como le era posible.

Porque cada vez que se encontraba con él, acababan a gritos o peor todavía, él la cargaba en el hombro sin miramientos y la encerraba en su alcoba, amenazándola con una buena zurra si salía antes de que él le diese permiso. Por supuesto que lo ignoraba absolutamente pero aún así, aquello no ayudaba en su misión. Porque el fin de hacer todo eso, no era otro que encontrar una vía de escape para ella y sus hombres.

Después de una semana ya se conocía cada estancia del castillo, cada ventana, cada puerta, cada rincón escondido. Y aún así, no había tenido ocasión alguna para poner en marcha sus planes porque siempre había alguien vigilándola. La paciencia no era su fuerte y estaba empezando a desesperar. Necesitaba algo de acción ya.

-¿Buscáis algo?

Candy pegó un bote y se giró con rapidez al escuchar una voz detrás de ella. Sentía el fuerte latir de su corazón e inspiró profundamente para tranquilizarse. Estaba tan concentrada en lo que hacía, que no lo sintió llegar y se llevó un buen susto.

-Asustar a las damas es de muy mala educación - le dijo, apoyando las manos en la pared y su cuerpo sobre ellas para ocultar el cuchillo que había robado de la cocina. Era el cuarto y el último. No quería arriesgarse a que los echasen en falta.

-Suerte que no seais una dama, entonces - rió él.

-Por supuesto - le sonrió - De dama tengo poco. Puede que sea en lo único en que ha fracasado mi madre.

-Yo diría que vuestra madre lo ha hecho muy bien. Ha criado a una hija muy bella.

-El aspecto físico no tiene nada que ver con el trabajo de una madre - estaba empleando su técnica de la distracción - Además, dicen que me parezco más a mi padre.

-¿Qué hacíais, Candy? - al parecer no funcionó. Últimamente sus técnicas fallaban mucho.

-Preguntar eso a una dama también es de mala educación, Anthony- eludió la pregunta aunque sabía que no se rendiría. Así como no lo había hecho con respecto a averiguar el motivo de su presencia en Skye.

-Como acabo de decir...

-Sí, lo sé - se movió de la pared, escondido ya el cuchillo en los pliegues de su falda - No soy una dama.

Caminó con fingido desinterés hacia la salida para escapar de él y de su interrogatorio pero Anthony se interpuso en su camino.

Retrocedió un paso cuando lo sintió tan cerca. No es que la intimidase, pero había aprendido a evitar todo contacto, por más fugaz que fuese, debido a las innumerables veces en que no había logrado escapar a tiempo de Albert y éste la había cargado como a un saco. Cómo lo odiaba por eso.

-¿Me tenéis miedo, Candy? - su pregunta, formulada con aquella sonrisa ladeada que tanto solía usar y que tanto la disgustaba a ella, la hizo regresar del lugar donde sus ideas y ella se perdían.

-¿Debo tenéroslo? - había adoptado la costumbre de no responder a sus preguntas, a ninguna, para evitar que averiguase algo que no le convenía que supiese.

-Siempre tan evasiva - rió él moviendo la cabeza a un lado y al otro - ¿Que voy a hacer con vos, Candy?

-¿Dejar que regrese a mi hogar? - aventuró con su voz más dulce - Os prometo que no volveréis a saber de mí nunca más.

-Ah, Candy - su intensa mirada la puso alerta - Pero entonces os extrañaría demasiado. Me entretenéis mucho.

-Seguro que encontrarías alguna otra cosa que hacer para no aburriros - se movió de nuevo, para intentar que Anthony se alejase de la puerta.

Fingió que miraba por la ventana, aunque en realidad había elegido aquel lugar por ser el más alejado de la puerta. Esperó pacientemente a que él se moviese pero no lo hizo.

-Nada comparable a vos.

-No me haréis hablar por más que me halaguéis - lo enfrentó.

-Lo sé. Creo que os voy conociendo ya - dio un paso hacia ella - Pero cuanto más os resistáis a responder, más curiosidad me haréis sentir por vos.

-En ese caso - le sonrió, alentándolo con la mirada a acercarse a ella - tendré que satisfacer vuestra curiosidad.

-¿Lo haríais? - funcionó.

-Todo depende de las preguntas que me formuléis - un paso más.

-Sabéis cual es la que más me interesa - otro más.

-Y es precisamente la que no os puedo contestar - suspiró sonoramente, coqueteando con él.

-Tal vez haya algo que yo pueda hacer para convenceros - un último paso y quedarían a escasos centímetros. Lo había logrado.

Sonrió satisfecha con su hazaña y en un rápido movimiento, lo sobrepasó. Antes de que Anthony pudiese reaccionar, ya se encontraba junto a la puerta.

-Me habéis engañado, Candy- a pesar de sus palabras, no había reproche en ellas. Tal vez sí decepción.

-Ya os he dicho todo lo que debéis saber, Anthony.

-No me habéis dicho nada - protestó.

-Exacto - le guiñó un ojo.

Antes de que Anthony intentase acercarse a ella de nuevo, Candy abandonó el almacén. Su risa la acompañó mientras recorría el largo pasillo que la separaba de la salida del castillo. Aunque sabía que le impedirían el paso, no dejaba de intentarlo en cada ocasión que se le presentaba. Casi se había convertido en un juego para ella. Sobre todo por las caras que ponían los guardias en cuanto la veían llegar. Era tan cómico verlos.

A falta de un par de pasos para alcanzar la salida, descubrió que Albert estaba hablando con uno de los guardias. Giró en redondo y huyó escaleras arriba. No tenía interés alguno en encontrarse con él. El acoso de uno de aquellos dos hombres era más que suficiente para un día.

Volvió la cabeza hacia abajo en un momento de debilidad y descubrió al mayor objeto de su tormento mirándola fijamente con el ceño fruncido. A su lado, Anthony le sonreía. Les lanzó una mirada furibunda a ambos, antes de retomar su ascenso hacia la intimidad de su alcoba. Entre los dos, acabarían con la poca paciencia que tenía. Y bien sabía Dios que la necesitaba toda.

CONTINUARA