Palabra: bárbaro.


Carnada

Stop, you're cold against the skin
You take me in your arms when walls are closing in,
And I run, I run, I run, awakening my heart
But you overwhelm my lungs and it's tearing me apart

Winter Sound, Of Monsters And Men


—¡Esto no es un plan! ¡Te dije que nos convocaras cuando lo tuvieras en tus garras!

—¡Lo tenía enfrente y luego escapó!

—¡Eso son excusas!

—¡Te estoy diciendo que tengo un plan!

—¡Tu plan se basa en que Momo es una bruja!

—¡Porque necesito a alguien que sepa practicar magia! ¡Que la sienta! —La desesperación de Katsuki no tiene nada que ver con los gritos de Todoroki, pero está dispuesto a descargarla en él. Lo que sea para poder seguir respirando—. ¡Se fueron a través de un portal! ¡ESOS RASTROS MÁGICOS SE PUEDEN SEGUIR!

—¡Es difícil, Bakugo! ¡Mono ni siquiera…!

—Yo decido qué tan difícil es para mí, Shouto —dice ella, interrumpiéndolos, poniendo una mano en el brazo del príncipe. «Relájate», parece decir. Luego mira a Katsuki—. Sí, los portales pueden seguirse. Sobre todo si fue reciente…

—Pueden seguir este —dice Katsuki.

—No veo que ganaríamos con ello. —Shouto Todoroki vuelve a la carga—. Tengo paciencia, puedo esperar a que vuelvas a encontrarlo. —Se vuelve hacia Momo y le dice unas palabras en voz más baja. Katsuki alcanza a oírlas, de todos modos—. Mi padre nos echará en falta pronto.

—Es una buena oportunidad —responde Momo.

Todoroki entorna los ojos. Vuelve a mirar a Katsuki. Él está haciendo un excelente trabajo sin desmoronarse. Hay demasiadas cosas en peligro y una de ellas es Izuku. La otra, el mundo entero. Si los arcaicos son tal y como cuenta Izuku, tiene que evitar que lo usen para traerlos de vuelta o para alguno de sus rituales.

Está en asunto de sus sentimientos, claro.

Además.

—¿Por qué? —pregunta Todoroki.

—¡¿Qué?!

—Necesitas a alguien que pueda hacer magia. Es urgente. ¿Por qué?

—¡Encontré a tu maldito elemental, carajo! —espeta Katsuki—. ¡Te lo estoy dando en…!

—No me lo estás entregando encadenado, como esperaría —sigue Shouto—. Quiero una explicación o no seguimos con ningún plan.

Por primera vez desde que empezó la discusión, Katsuki voltea a ver a Eijiro. «Ayuda», pide con los ojos. Verbalmente no puede. Nunca se le ha dado bien.

—Díselos —es lo único que aporta Eijiro.

Katsuki gruñe.

—Tiene algo. Alguien —corrige. Izuku no es un algo—. Necesitamos rescatar a alguien.

Shouto alza una ceja.

—¿Te das cuenta que me estás pidiendo que me embarque en un ataque sorpresa porque quieres rescatar a alguien, Bakugo? A mí.

—Sí.

Siempre ha sido consciente de que le está pidiendo.

—¿Sabes lo que te hará mi padre si me ocurre cualquier cosa por tu culpa? —pregunta Todoroki. Lo mira muy serio.

—Sí.

—Te hará rogar —espeta Shouto—. No por tu vida, sino por tu muerte.

Enji Todoroki tiene fama. Katsuki prefiere evitar conocerla.

—Lo sé —espeta. Hay una pausa y un silencio. Siguen al pie del manantial. Se les está acabando el tiempo y Katsuki aprieta los puños—. Te pagaré el precio —dice—. Lo que quieras.

Ya ha pagado demasiado. Si antes estuvo de acuerdo en entregar un recuerdo, no se va a detener ante nada. La magia que sale de los recuerdos es poderosa, imprevisible. Entregarlos es entregar una parte de ser, uno de los precios más altos que fijan los hechiceros para hacer trueques. Todavía puede ofrecer algo más.

Shouto alza una ceja.

—¿Tanta es tu desesperación?

Katsuki no responde. Lo mira fijamente.

—Bien. —Todoroki alza la mirada hacia Momo—. Dale gusto. Averigua hacia donde va el portal.

—Bakugo… —interviene Momo—. Podría ser cualquier parte del mundo. Lo sabes, ¿verdad?

Él asiente.

—Podría tomarte meses llegar allá —agrega la bruja—. Podrían estar escondidos en el sur, en el norte, en los confines del mundo. Lo sabes, ¿no?

Katsuki asiente.

—Lo sé.

Intenta que su voz no suene rota cuando habla. Sólo puede pensar en Izuku. Y en que no lo odia. No realmente. Y en que siente que le están abriendo un hoyo en el pecho y le están sacando todos los sentimientos a cachos y duele. Duele.

—Bien —replica Momo—. ¿Dónde abrieron el portal?

—¡Fueron dos! —Kirishima prácticamente salta para mostrarse útil. Le dirige una mirada de soslayo a Katsuki que dice «déjame esto a mí» y se apresura a dejar que Momo haga su trabajo. Shouto lo ve todo lo de lejos y no vuelve a abrir la boca.

Katsuki se dirige hacia donde esperan Jirou y Kaminari, junto a Aizawa.

—Ella tiene razón —espeta Aizawa—. Podría tomarte meses. —Saca una brújula que Katsuki le había dado en pago por llevarlos hasta el manantial—. La arreglé. Pruébala.

—¿Qué?

—La arreglé —repite Aizawa.

—¡¿Pero cómo, carajo?! ¡Eso es lo que estoy preguntando!

—¿Tu madre no te enseñó modales? —Aizawa rueda los ojos—. Les falta una pieza. Un amigo tenía una completa, pero se rompió y… —Aizawa se encoge de hombros—. Sólo había cuatro en existencia. Tres, con las que tienes, en realidad. La cuarta está rota. —La saca de uno de sus bolsillos.

—¡Si tenías una…!

—Pruébala. —Aizawa se la extiende.

Katsuki la agarra.

—No apunta al norte.

—Claro que no. —Las palabras de Aizawa dejan sus labios con hastío—. A punta a tu corazón. —Pausa, de nuevo—. No a lo que crees que deseas, ni a lo que crees que quieres. Apunta a lo que ves en tu corazón.

La aguja se detiene en un punto. Hacia el sur. Katsuki se la regresa a Aizawa.

—¿Funcionó? —pregunta él.

—Yo qué voy a saber.

—Si se detuvo en un punto…

—Supongo que eso es lo que tienen que hacer las brújulas. —Katsuki frunce el ceño.

Aizawa la toma y se la enseña. La aguja empieza a dar vueltas sin detenerse cuando está en sus manos.

—No funciona siempre —dice.

—¡Al sur! —grita Momo—. ¡Los portales iban al sur! Creo que tengo un perímetro más o menos exacto… ¿Alguien tiene un mapa?

Kaminari es quien saca uno y lo extiende sobre la hierba. Momo se inclina sobre él. Casi todos se acercan.

—No fue muy lejos, porque dejó un rastro muy fuerte… —Se pone a buscar, apuntando con su dedo, hasta que se detiene en las montañas—. ¿A cuánta distancia está la frontera?

—¿Unas horas? Un día, probablemente —dice Jirou.

—Creo que aquí… —Dibuja un cícrculo—. En la Muralla de Fuego. En algún punto. —Sus labios se convierten en una fina línea—. El ascenso será difícil si no sabemos…

Aizawa mira a Katsuki.

—Apunto hacia el sur, ¿cierto? Hasta la cordillera —dice.

Katsuki asiente. No puede despegar la vista del mapa. Aizawa la tiende la brújula.

—Úsala —espeta—. La quiero de regreso.

—¿… Qué está pasando? —Eijiro mira alternativamente entre los dos.

—Tengo una idea —dice Katsuki—. El ascenso nos podría llevar días, pero… —Toma la brújula entre sus manos—. Volando…, ¿cuántas horas son?

—¿Dos? —Eijiro se encoge de hombros—. Quizá tres.

—Llévame. Sólo tengo que rescatar a Izuku y… No, espera. —Mira a Shouto—. Ven tú también. ¿Quieres el elemental? Ayúdanos a encontrarlo.

—No sabes en qué punto de la cordillera está, Bakugo —le espeta Jirou—. Lo mejor es llegar todos por tierra.

—No, sí sé. —Ala la brújula—. Lo sabré. —Su cabeza sigue trabajando en armar un plan—. Eijiro, el príncipe y yo. Podemos manejar un ataque sorpresa si ustedes se dirigen allí por tierra y apoyan en la huida. Dijiste un día, ¿no? —Mira a Jirou.

—Sí.

—¿Y si se detienen lo menos posible? ¿Y si consiguen caballos?

—Menos.

—Lanzaremos una señal cuando estemos allá —decide Katsuki.

—¡No te he dicho que te voy a acompañar! —espeta Shouto.

—Oh. Lo harás —responde—. Quieres a ese elemental y no estás dispuesto a dejar que se me vuelva a escapar. ¿Me equivoco?

—Nos estás poniendo en peligro.

Katsuki le guiña un ojo.

—Te gusta la aventura.

Al final, queda decidido. Momo se queda atrás, para hacer más rápida la marcha de los demás y evitar que les salgan al paso otros soldados del ejército de Enji Todoroki. Katsuki el enseña a Shouto a como sujetarse de la parte baja del cuello del dragón y entonces, alzan el vuelo.

Cuando se acercan a la cordillera, Katsuki saca la bruja. Guía el vuelo de Eijiro rogando que Aizawa tenga razón sobre el maldito funcionamiento de esa cosa y que realmente su corazón esté con Izuku.

Ya tendrá tiempo después para asentar esa idea dentro de sí: todavía no puede dejar ir a Izuku, ni a la idea que tiene de él, ni a su recuerdo. Primero tiene que rescatarlo. Nunca creyó que, en esa historia, fuera Izuku el que ocuparía el papel de la damisela en peligro. Siempre le pareció poderoso, fuera del alcance de cualquier cosa humana. Lejano, perdido en las estrellas. Siempre le gustó que lo quisiera, que se le acostada sobre su pecho, que le recorriera la piel entera con los labios, aprendiéndoselo parte por parte. Siempre ha pensado que no cualquiera se gana el amor de un hijo del mar y a él el amor de Izuku lo llenaba entero.

Kirishima sube alto, para esconderse entre las nubes. Encuentran el escondite después de un rato. Ya ha pasado tiempo. Izuku lleva demasiadas horas en las manos de sus captores en un lugar en el que no tiene agua y sólo puede valerse de su voz.

Se esconden entre las cuevas más arriba, bsucando el lugar exacto.

—Podríamos esperar la noche, quedan apenas unas horas de sol —siguiere el príncipe Todoroki.

Katsuki gruñe.

—Lanza la señal. Mientras menos sospechosa mejor —le dice a Kirishima, que lanza una llamarada hacia arriba, esperando que el resto la vea—. Podemos explorar el terreno, armar un plan.

Al final queda claro que no pueden atacar por sorpresa. Sólo hay una entrada al entramado de cuevas Shigaraki y los suyos están ocupando, cuidados por un hombre que lleva una máscara y sombrero. No se le alcanza a ver nada más.

—Tenemos que entrar directamente. —Shouto frunce los labios—. Tú contabas con el elemento sorpresa y ahora…

—… todavía podemos usarlo —dice Katsuki, entornando los ojos.

—¡Hay una sola entrada!

La están viendo desde lo alto.

—Necesitamos que muerdan el anzuelo, entonces, que crean que tienen la situación controlada —dice.

—Katsuki, no. —Eijiro intenta frenarlo en seco, pero la idea ya está anidada en sus pensamientos.

—Eso quiere decir que necesitamos una carnada —acaba.

—Katsuki…

—¿Estás proponiendo ser tú? —pregunta Shouto. Alza una ceja—. ¿Y confías en mí para sacarte de…?

—Confío en que Eijiro te va a arrastrar hasta a entrada cuando sea el momento —le responde Katsuki—. Soy una buena carnada. No les parecerá extraño que intente rescatarlo yo. Vamos, Todoroki, ¿cuál es mi reputación en tu reino?

—La de un pirata que golpeará la arena si la playa le regresa mal la mirada. —Todoroki sonríe.

—¿Lo ves? Es un buen plan.

Eijiro todavía intenta quejarse, pero Katsuki le asegura que todo saldrá bien. Él puede encargarse de varios de los hombres de Shigaraki antes de que lo atrapen está seguro. Espera la caída de la noche para dirigirse a la entrada. No le cuesta trabajo el primero, que acaba con un sable, cruzándole el pecho.

Pero luego las cosas se complican.

Al final, se rinde para que lo atrapen vivo. Shigaraki lo despoja de todas sus armas y las va arrojando al suelo mientras el tipo de las quemadas, Dabi, el elemental de fuego, le ata las manos detrás de la espalda.

—Un movimiento en falso y acabarás rostizado —amenaza.

Katsuki no ataca. Espera.

Shigaraki pasa sus dedos por entre la cicatriz que le dejó en el pecho.

—¿Dónde está? —pregunta Katsuki—. ¡¿Dónde está Izuku?!

La mano sobre su pecho se convierte en una mano sobre su barbilla.

—¿Quieres verlo? —Shigaraki sonríe—. Supongo que no hará mal… Y pensar que podrías estar a salvo todavía. —Se ríe—. Dabi. Llévalo.

—Puede ser una trampa —intenta Dabi.

—Haré que vigilen por si llega el resto de su tripulación —dice Shigaraki—. Himiko y el Maestro están terminando de arreglar todo para el ritual. Será al amanecer.

Dabi no dice nada mientras lo hace caminar. Sus armas quedan atrás, olvidadas; Katsuki lamenta perderlas, aun cuando espera recuperarlas más tarde. Se internan entre las cuevas hasta llegar al fondo de una. Hay dos figuras que Katsuki no alcanza a distinguir demasiado bien hasta que se acercan.

La primera es el hombre lagarto. No recuerda su nombre. La primera vez que lo secuestraron no fue lo bastante memorable como para que Katsuki lo recordara con odio. No como Dabi y Shigaraki y la bruja que enseñaba todos los dientes al sonreír. Y luego Izuku. Tiene la cabeza gacha, no alcanza a verlo hasta que él está a unos pasos. Las manos de Dabi están detrás de él, listas para quemarlo si intenta algo estúpido.

No, todavía no planea hacer ninguna tontería. Todavía.

—¿Izuku?

No ve mordaza. Podría usar su voz.

Lo ve subir la mirada. Primero lo mira como si fuera un sueño —más bien—, pesadilla. Luego corren las lágrimas. Katsuki ni siquiera valor para odiarlas en ese momento. Y luego, la voz.

No, no la voz.

La ausencia de ella.

Izuku abre los labios. Nada sale de ellos. Katsuki los mira moverse y le parece que dicen «¡Kacchan!», pero nada sale de ellos.

Abre mucho los ojos.

Entonces, hace una tontería. Intenta soltarse de las manos de Dabi y se lanza hacia adelanta, hacia Izuku. No pueden tocarse, ambos tienen las manos a la espalda. Izuku llora y Katsuki quiere abrazarlo sin poder. Las manos de Dabi vuelven a agarrarlo y lo separan un poco de Izuku. Katsuki oye el ruido de cadenas en el piso.

—¿Izuku? —intenta de nuevo, pensando que quizá sólo es su imaginación. Pero no. Izuku no tiene mordaza.

Siente los grilletes en sus piernas.

—¡¿Izuku?!

Pero Izuku no contesta. Sus labios parecen decir «Kacchan» una y otra vez, pero sus intentos nunca se convierten en sonido.

—Suichi, amordázalo.

—¡No, espera! ¡No puedes…! —Se le olvida el plan. Se le olvida todo al ver la desesperación de Izuku—. ¡¿Qué le hicieron?!

Nunca deja de intentar pronunciar su nombre. Katsuki nunca oye «Kacchan».


Palabras: 2357.

1) Soy yo de nuevo y vengo a recoger sus lágrimas en tributo. Espero estos días si darles actualizaciones diarias ya para los últimos capítulos, pero veremos como pinta el panorama.

2) Por alguna razón quiero que un capítulo se llame Katsuki (porque hay uno llamado «Kacchan»), pero ya veremos si le queda a la historia al final. Gracias por acompañarme en este viaje, ya no queda muuuuucho para terminar. Y les juro que voy a usar las palabras necesarias para cerrar todo.


Andrea Poulain