XVIII

Un Gesto de Amor


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Luego de comprender que lo mejor era medir su distancia con Albafica, Agasha se fue a sentar a un sitio no tan alejado, pero no tan cercano. La única buena noticia, era que las ramas de los árboles no estaban yendo hacia ella, sólo se movían como serpientes. Lo malo es que las ramas que sostenían a Albafica avanzaban muy lento, dispuestas a cubrirlo.

Con Agasha, daba lo mismo si se acercaban a atacarla, ella podría cortarlas cuantas veces fuese necesario. Aunque los gritos que daban los árboles siguiesen provocándole migraña.

Llevaba poco tiempo mirando de reojo a los árboles, a Albafica y a las ramas que le sostenían a él, intercaladamente, tratando de formar un plan en su cabeza que no acabase en desgracia. Hasta ahora no había tenido suerte con eso.

Mientras tanto, se mantenía alejada de él, sentada al piso, pero en alerta por si alguien venía al ataque. Otra buena noticia era que aquel canto ya no se escuchaba en esta zona del bosque. Muy probablemente, esas criaturas se hallaban en el centro de este sitio.

Por otro lado, con su lejanía, Albafica no se veía mejor o más confiado, pero al menos su estado no era peor. Para empeorar la situación él todavía no apartaba sus ojitos asustados y llorosos de su persona.

A Agasha le dolía inmensamente ver que él temblase tanto; era surrealista que un Santo de su categoría ahora fuese un pequeño niño asustado que gritaba, que temblaba y lloraba, un niño que parecía no saber nada del mundo. Un infante que la miraba como si ella fuese el monstruo del cuento y no este sitio infernal.

Pasó un tiempo más en el que todo se mantuvo en silencio. Pero de pronto, Agasha detectó el momento en el que el bosque pareció quedarse estático.

«Los árboles no se han movido más» pensó analítica, mirando las ramas y las raíces de los árboles, sobre todo de las que sostenían a Albafica.

¿Sería por el intenso frío que empezaba a acentuarse más y más que las raíces que la habían estado persiguiendo a ella se hubiesen ido? ¿O sería algo peor? ¿Otros enormes enemigos rompe bolas de los cuales preocuparse?

Agasha tuvo que recordarse que el bosque era peligroso como desconocido. No debía sacar conclusiones tan rápido acerca de él, si es que ella no llevaba tanto tiempo paseándose por ahí. Descubriendo sus secretos y sintiéndose cada vez más enferma con tantas almas condenadas a su alrededor.

Hacía cada vez más frío y Agasha se preocupó por la desnudez de Albafica.

―Oye… ―musitó tranquila al notar que él temblaba más con su llamado.

El niño le prestó atención, sin embargo, esta vez en su mirada se leyó que estaba dispuesto a defenderse de ella; pues también la había observado con atención. Aunque muy para su desgracia no pudiese ni mover un dedo.

Al menos, a estas alturas, el miedo en sus ojos azules ahora estaba acompañado por una chispa de valor que encendía su mirada un poco.

¿Sería esa una buena señal para acercarse?

―¿Me oyes, Albafica?

―¿Qué? ―rezongó con la guardia alta.

Ese tono… dioses. ¿Qué tenían algunos por responder de ese modo cuando uno les hablaba con educación?

―¡Hey! No me hables así, mocoso malcriado ―espetó ella ofendida, levantándose lentamente―. Sólo quería darte algo para que te cubrieras.

En serio odiaba ese tono chillante e inmaduro de los niños y niñas. Calínico y sus hermanos lo hacían a menudo cuando la señora Tábata le pedía cuidar a sus hijos y Agasha trataba de imponer orden cuando éstos peleaban. Se le había salido por error llamarlo "mocoso malcriado" pero eso pareció ayudar a su interacción ya que Albafica se descompuso con eso.

―¿Cómo me llamaste? ―preguntó pasmado.

Caminando poco a poco hacia él, Agasha lo miró con irritación.

Mo-co-so mal-cri-a-do ―lo dividió en fuertes sílabas acercándose con cada una de ellas para tomar la manta que le dio Perséfone y tirar de él para apartarla de su armadura. La toga que usaba hizo un movimiento brusco dejando ver su entrepierna apenas cubierta.

Desviando su cara, Albafica se asustó, pero también enrojeció de su cara. Las raíces no se movieron por alguna razón que Agasha desconocía. Pero ella también se entretuvo, avergonzada por no haber tenido cuidado con aquello. Se sentía como una enferma corruptora de menores.

―¿Por qué, en el nombre de Zeus, esta cosa es tan corta? —se refirió a la falda de la toga—. Tú, ¿ves esto? Te lo voy a dar —alzó la manta—. Me lo regaló una generosa diosa para protegerme de… las cosas que hay por aquí —no quiso dar detalles de los últimos acontecimientos—, pero te lo voy a entregar a ti para que te quite el frío. Después me iré por donde vine si eso es lo que quieres. O… ―enfatizó la vocal―, puedo sacarte de ahí.

Sin esperar su aprobación o dejar de caminar con lentitud, Agasha sacudió el polvo que debió haber acumulado la manta transparente color gris, antes de ponerla sobre los delgados hombros de Albafica que no pudo gritarle porque lo dejase en paz.

Una vez sobre él, la manta creció por sí sola tapando por completo el cuerpo del niño. Albafica parpadeó un poco confuso como cansado y luego la miró a los ojos.

—Ya está —le susurró Agasha dando dos pasos atrás con las manos enfrente para demostrarle que no iba a hacer nada más.

Jamás se esperó que él le preguntara con un deje de inocencia:

―¿Eres otra prostituta?

La quijada de Agasha cayó el piso a la vez que tropezaba.

―¿A-a-acaso… tú…? ¿Acaso tra-tratas de… ofenderme? —se escandalizó y se puso pálida—. ¡No es culpa mía que la falda de esta armadura sea tan corta! ¡Y sólo intento ayudarte!

―No, no, no… yo no… ―Albafica se alteró también. Sin embargo, las raíces en vez de cubrirlo lo estaban soltando con lentitud.

Debía ser producto de la manta, o eso Agasha creyó.

―E-es solo que… esas mujeres… —desvió sus ojitos hacia abajo por unos segundos antes de volver a enfrentar la mirada de Agasha—, me dan miedo ―admitió avergonzado.

El enfado de Agasha se esfumó para abrir paso a la ternura que le provocaba ver a Albafica mirándola así. Sus ojos azules brillaban y sus labios temblaban. Ahora que lo veía bien tenía el cuerpo aruñado y su boca parecía algo hinchada.

Cuando las raíces de los árboles al fin lo soltaron, Agasha se apresuró a tomarlo antes de que se hiciese daño, pero Albafica la apartó violentamente con las manos por lo que ella se alejó y él cayó al piso.

Una vez ahí abajo intentó arrastrarse lejos de Agasha.

―Cálmate, cálmate ―pedía tratando de trasmitirle un poco de tranquilidad mientras lo dejaba que se cubriese con la manta casi transparente, bueno, al menos parecía haber dejado de sentir el temible frío―. Escucha, te voy a dejar dos cosas claras: uno, no, no soy prostituta —gruñó por lo bajo—. Y dos, no sé de quiénes me hablas.

Arqueó la ceja, bastante confundida y preocupada, ¿y si el bosque le había hecho ver las vidas de otras personas? ¿Podría ser que estuviese creyendo que todo lo que quizás a alguien más le había ocurrido, le había pasado a él?

¿O acaso…?

—¿De qué exactamente tienes miedo? —susurró tratando de ser más empática con él.

Trató de ignorar por un segundo que el valiente caballero que ella una vez admiró ahora se hallaba frente suyo con una apariencia más infantil, una mirada temerosa y una actitud sumisa.

Procuró de verlo como a un niño más que necesitaba ayuda. De su ayuda.

Él pareció dudoso al principio; pasaron algunos segundos en silencio; pero al final Albafica le pidió que se acercara para susúrrale:

―Ellas me tocaron ―le dijo en voz baja y temblorosa cual secreto―, me hicieron tocarlas y cuando dije que ya no más… lo hicieron más… y más fuerte. Y más fuerte y más fuerte ―le confesó permitiendo dos largas lágrimas bajar por sus mejillas hasta caer por el mentón.

Con el corazón estrujado por tal información, junto a la voz de Albafica quebrándose con cada palabra, Agasha ablandó su mirada; descubriendo que ansiaba abrazarlo con fuerza. Protegerlo. Sanarlo.

―Te hicieron mucho daño ―musitó acercando lentamente una mano a su cabeza para acariciarlo. Albafica al principio se tensó, pero luego comenzó a relajarse―. Tranquilo. No dejaré que nadie vuelva a tocarte.

―Tú lo haces ―susurró con miedo, pero sin quitarse o apartarla otra vez.

―Esto es diferente —ella trató de sonreír. No concebía a Albafica sufriendo por haber sido… dioses, por favor que esto no sea algo que haya vivido él y todo lo que creía que era su vida, haya sido producto de las ramas de los árboles que le sujetaron—. Yo no busco hacerte daño de ninguna forma. Es más, te sacaré de aquí y si vemos a esas brujas, tendrán que pasar por encima de mí antes de volver a tocarte.

―¿Por qué? Tú no me conoces.

Maldiciendo que fuese tan atento con esos detalles aun siendo un niño, Agasha le dio un suave golpecito en su coronilla.

―Porque… yo no soy una mala persona —lo miró con tristeza—, y si alguien necesita mi ayuda… no me molesta dársela —bajó un poco la mirada—, además… me recuerdas a alguien ―le sonrió amable pero aún afectada por lo que él le había dicho―. A alguien que busco y creo que te he confundido con él.

―¿Otro niño como yo?

Tensándose, con un tic bajo el ojo derecho y mucho nerviosismo, Agasha sintió un poco de sudor bajando por su sien derecha.

Rayos.

¿Ahora qué? Vamos, piensa. Ah, ya.

―Bueno, no es exactamente un niño —titubeó barriendo con sus ojos su lado derecho—. Es más bien un adulto.

―¿Y es tan pequeño como yo? —él arqueó una ceja.

―No ―se rio, lo ayudó a pararse; él no apartó sus manos ni le impidió tomar una de sus manitas para empezar a dejar los árboles que lo habían apresado muy atrás―. Él es alto, y muy fuerte…

―¿Y qué haría aquí? ¿Eres más fuerte que él?

―Jamás… ¿cómo podría ser yo más fuerte, si él lleva peleando durante años y yo… apenas un corto tiempo? —susurró algo desanimada, sin darse cuenta apretó un poco más la mano de Albafica, pero eso a él no le importó, aunque le puso nervioso.

En sus pensamientos, Agasha se dijo que a este sitio primero le crecería una frondosa flor blanca antes de que ella pudiese siquiera llegar a obtener el nivel que Albafica poseía. Claro, cuando era adulto demencialmente callado y no un pequeño niño preguntón. Además… dudaba que su estado como "guerrera" fuese algo permanente.

Seguro después de esto iba a volver a plantar semillas y vender flores. Esa idea no debería desanimarle como lo hizo.

—¿Entonces…? —el niño todavía no estaba satisfecho con esa respuesta a medias.

—Él… llegó aquí herido y yo vine a buscarlo. Creo que… fue culpa mía que esté aquí encerrado ―musitó no tan convencida como debería estarlo si es que estaba tratando de mentirle.

Aunque en realidad Agasha estaba tan ignorante en esto como el niño que curiosamente era él, o su versión adulta, quien tenía la respuesta a esas preguntas.

―Supongo que nosotros los adultos somos mucho más complicados que ustedes los niños —se sintió extraña hablándole al señor Albafica de ese modo, aunque él hubiese (de alguna manera) rejuvenecido hasta el punto en el que no recordaba que ya era un adulto, la chica se seguía sintiendo nerviosa a su lado.

―¿Por qué?

Como si fuese normal para él ver a gente con armas. No se inmutó cuando Agasha destruyó unas raíces que se acercaban a ellos con su alabarda.

―Porque… —blandió el arma hacia la derecha y luego hacia la izquierda—, nos gusta complicarnos la existencia con dudas tontas.

―¿Y por qué?

―No lo sé ―respondió irritada, partiendo otras ramas cuyos árboles gritaron y sin embargo, ellos dos no se inmutaron ni asustaron.

Agasha estaba harta de esa pregunta.

―¿Y por qué?

Torciendo los labios, Agasha decidió sacar su arma secreta.

―¿Y qué hay de ti?

―¿Yo?

―Sí, ¿qué hacías ahí?

―Esperaba.

―¿A quién?

―A mi maestro, Lugonis de Piscis. Dijo que vendría… pero ya se tardó.

Oh, oh. Agasha ya más o menos veía por dónde iba el asunto. O al menos qué tanto podría recordar Albafica de sí mismo en estos momentos.

No era una buena señal que él pensase que su maestro seguía vivo si es que Agasha lo había conocido cuando el anterior guardián de Piscis ya había fallecido, y Albafica llevaba tiempo ocupando su lugar.

―¿Y dónde crees que esté? —Agasha se puso nerviosa y preguntó aquello. ¿Qué más podía decirle para que confiase en ella plenamente? Nada, sólo hacerlo hablar y de ese modo, esperar que Albafica no desconfiase más de sus intenciones por ayudarlo.

Destruyendo más raíces, Agasha trató de ubicar la salida del bosque, más no la encontraba por ninguna parte.

―Creo que está en el Santuario… —respondió Albafica, pensativo—, pero no sé por qué desperté aquí —se quedó callado por un corto tiempo antes de volver a preguntar, esta vez algo mucho más crudo y difícil de responder—. ¿Por qué crees que esas mujeres me hayan lastimado así?

Tragando saliva con fuerza, sintiéndose impotente y enferma, Agasha aguantó las lágrimas.

―No lo sé ―suspiró triste.

Albafica la miró con suspicacia.

―¿Acaso no sabes nada?

La atmósfera de compasión y tristeza se rompió como un vaso de cristal.

¿Cuántos golpes más, Albafica pensaba darle a su ego?

―Sólo sé que si vuelves a ofenderme te acusaré con tu maestro ―lo amenazó como haría una niña de su edad.

Ella sabía que debería ser la adulta en esta situación, la cabeza madura de los dos, pero Agasha no podía soportar otro insulto más. No estaba en ninguna parte del contrato que un niño (sea quien sea) la ofendiese tantas veces en tan poco tiempo. Aún si ese niño era su amado señor.

―No dije mentiras ni te ofendí, sólo dije la verdad: no sabes nada ―repitió esta vez con énfasis.

Gruñendo sobre sus labios, Agasha apretó los dientes conteniendo las ganas de darle un coscorrón, prometiendo silenciosamente que ya lo haría cuando volviesen a sus respectivos cuerpos.

―Y eres tan tonta que seguimos dando vueltas en círculos —agregó teniendo su propio cuidado con las raíces. Para la completa sorpresa de Agasha, con su pie desnudo, Albafica pateó una raíz rompiéndola sin esfuerzos.

Agasha detuvo sus propios pasos.

―¡Oh ya está bien! —lo soltó.

Desquitando su mal humor, Agasha meció la alabarda y de un movimiento rotatorio, se deshizo de las ramas que se les habían acercado por los alrededores. Luego se puso las manos en su cintura pues la armadura absorbió el arma. Cada vez ese procedimiento era más rápido, pero Agasha no se estaba dando cuenta de eso porque estaba peleando con Albafica.

—¡Entonces dirige tú si eres tan listo! —lo miró cómicamente irritada.

Agasha no se esperó que Albafica se adelantara, la mirara desde abajo y estirara su manita derecha hacia ella mientras que con la izquierda sujetaba ambos extremos de la manta para cubrirse.

Captando el mensaje con el ceño frunció, ella la tomó y esta vez fue él al frente.

Demonios, hasta siendo un niño pequeño sin recuerdos, Albafica parecía tener un gusto insano por verla humillada.

Ayudando a apartar las próximas raíces con su alabarda, la chica miró con un tic bajo el párpado como Albafica había podido encontrar la salida del bosque en dirección a las Arenas Violentas en muy, muy, muy poco tiempo.

―¿Entonces soy más listo que tú? ―preguntó el niño con una sonrisa burlona.

Con las mejillas rojas, Agasha se soltó de él con lentitud. Alzó el mentón indignada.

―Qué tengas mejor orientación no te hace más listo que yo, sólo más arrogante.

―Entonces soy mejor orientándome que tú ―se atribuyó con una alegría bastante confortante.

―Sí, sí. Niño genio. Ahora vamos a tener que tragar tierra.

O mejor aún, ¿qué tal si yo me los trago a ustedes?

Oh no. ¡Esa voz!

Soltando un gemido de sorpresa Agasha miró con asombro cómo la bestia de las arenas que había derrotado antes y volvió esta vez más grande. De no haber estado tan irritada con Albafica se habría asustado muchísimo, ahora estaba más molesta por tener que sacarle la mierda a golpes, otra vez.

Cuando termine contigo, maldita, me comeré a la niña que intentas sacar de aquí.

No debió haber dicho eso.

Poniéndose frente a Albafica, quien veía al monstruo con cierto temor, Agasha preparó su arma para lo peor y no precisamente para ella.

Estaba cansada de ser golpeada.

Su orgullo estaba machacado y ni hablar de su cuerpo.

Además… además… ¡Albafica la había llamado "tonta"! ¡Estaba que hervía de coraje!

―Te voy a dejar en claro dos cosas, imbécil ―logró que su arma tomase la forma de un cañón que se aferró a la arena para no salir volando ante la potente ventisca―. Uno: Lo único que devorarás será tu sangre, y dos, ¡Albafica es un niño!

Haciendo lo que en unos años posteriores llamarían "fuego a discreción", Agasha dio mentalmente la orden de atacar. El cañón disparó una secuencia de misiles luminosos en rojo que no tardaron en perforar los tentáculos y el resto de la carne.

¿Pe-pero co-cómo?

Otra secuencia de misiles lo destazaron nuevamente.

Varios pedazos de carne cayeron en la arena. Algo agitada, Agasha se apartó el cabello convocando su arma de regreso a su armadura. Al girarse para ver si Albafica estaba bien, lo encontró viéndola con una débil pero brillante sonrisa soñadora.

Okey… eso sí le dio un poco de miedo.

―Wow. Eres muy fuerte.

Un sonrojo se hizo muy presente en sus mejillas mientras se llevaba una mano atrás de la nuca.

―Nah, sólo soy una principiante con suerte ―y se rio con nerviosismo.

Niño o no, que Albafica de Piscis le dijese que era fuerte con ese tono y esos ojitos tan tiernos, era un sueño hecho realidad.

Ni siquiera recordaba haber sido insultada por él anteriormente.

―Anda. Si mis cálculos son correctos, la bestia que enfrenté en el Mar de Sangre seguro estará viva también. ―Le extendió su mano al niño, éste la tomó con fuerza―. Sube a mi espalda, comenzaré a correr lo más rápido que pueda para evitar el tornado de allá. No quiero que tus pies se lastimen más.

Si no le hubiese dado la espalda Agasha hubiese visto que él se había sonrojado por su genuina amabilidad.

Sin rechistar Albafica subió a su espalda cubriéndose bien con la manta, el niño tuvo especial cuidado de no jalarle el cabello que sobresalía del casco de la armadura. Por su lado, Agasha usó sus propias muñecas para que él se sentase bien sobre éstas. Una vez acomodados ella empezó a correr sin miedo al daño que recibiría producto de la fiera ventisca eterna. Confió en que Albafica también soportaría al próximo reto que les esperaba.

Dolería sin duda, pero era necesario sacrificarse un poco más. Estaban a punto de lograrlo.

En el camino no sólo el viento y la arena eran peligrosas; varios condenados les estorbaron el paso golpeando el piso debido al cruel movimiento. Hasta entonces Agasha había traspasado ese desierto bien hasta que sintió un jaloneo.

―¡Intenta llevársela! ―gritó Albafica siendo su voz un poco opacada por los gritos de la gente y el viento―, ¡se quiere llevar su manta!

Aferrada con todas sus fuerzas en el piso, y completamente enojada, Agasha miró al condenado que se aferró a la manda y al cabello de Albafica.

Su furia se desató cuando se percató de que el Santo estaba sufriendo mucho al tratar de sujetarse a la manta y no soltarla, ni siquiera ante el peligro de perder una gran cantidad de su bellísimo cabello. Albafica no quería perder la prenda porque Agasha se la había prestado.

La chica convocó su arma en su mano derecha, haciendo que está funcionase como un gancho que pudiese perforar las costillas del maldito que se negaba a ser castigado por ofender a los dioses de alguna manera.

Éste al recibir el impacto se soltó y Agasha pudo seguir corriendo agarrando bien las piernas del chico.

―¡Sujétate! —le dijo cubierta por la adrenalina y la temerosa sensación de que en cualquier momento, las cosas podrían ponerse peor—. ¡No te sueltes!

Lo sintió abrazarse con fuerza a ella. Metiendo la cara en su hombro.

Tardaron un poco. Varios condenados más trataron de quitarle a Albafica la manta, por suerte llegaron con daños leves al final de desierto.

Cayeron al piso. Él sobre ella.

Ambos respiraban agitados y sangraban, Albafica de las piernitas y los brazos; y Agasha de la cara, manos, piernas y trasero. Estúpida falda corta.

―No hay que relajarnos ―dijo agitada, Agasha al pequeño―, aún nos falta el mar.

Albafica asintió viéndola seriamente.

La chica por su lado meditó si debía darle el agua a Albafica ya o tendría que esperar a buscar la salida del Inframundo.

Sea como sea, tenía que atravesar primero el Mar de Sangre. Aún no veía a su guardiana merodeando por ahí pero no dudaba que estaba cerca y tal vez estuviese mirándolos en espera de acecharlos. Diablos, la sangre en sus extremidades y el dolor en ellas era imposible de ignorar.

Necesitaba descansar.

―¿Qué es eso? ―preguntó Albafica señalando al mar con su dedito.

―Es un mar, Albafica ―respondió Agasha saliendo de sus pensamientos, revisando sus heridas en los brazos tratando de recuperar el aliento.

―Eso ya lo sé, lo que no sé es qué está saliendo de él.

Girándose y prestando atención, Agasha vio cómo varios condenados salían de la sangre hirviendo, hechos esqueletos con musculo rojizo carcomido. Sin ojos ni lengua, sólo un aspecto demacrado. Agonizante, agresivo.

¡¿Esas cosas podían salir?!

Uno cuando gritó, escupió sangre en su dirección. Agasha se quitó rápido viendo que dicha sangre deshacía la roca en la que había caído.

Dudosa, miró en dirección a Albafica y vio que él tenía la manta.

―Albafica, no te acerques a mí.

―¿Qué? ¿Por qué?

―Esas criaturas me persiguen a mí. Ya viste lo que hacen con la sangre que escupen ―esquivó otros ataques dirigidos a ellos―. Yo me encargaré de ellos, tú cúbrete.

―Pero…

―Hazme caso —espetó.

Con torpeza él logró mantenerse de pie, echándose para atrás, mientras Agasha enfrentaba a los monstruos con su alabarda, haciendo movimientos extraños y unos torpes. Como si nadie le hubiese enseñado a usar un arma como esa antes y por suerte, estuviese acertando sus golpes.

Por otro lado, el niño vio que ella tenía razón, debido a la manta que llevaba y él no recordaba que esa era la razón de porqué los monstruos no le hacían daño, aquellos seres le ignoraban por completo para seguir e intentar dañar a la chica.

No quiso ser un estorbo, su poder estaba neutralizado y físicamente tampoco era fuerte. Así que Albafica dio pasos atrás para darle espacio a la chica de pelear.

Viendo que debía mantener distancia, Agasha convirtió su arma en un mortal látigo que (quién sabe cómo) manejó medianamente bien. Con gracia y agilidad, fue despachando a los cadáveres uno por uno hasta que no quedó nada.

―¡Vámonos antes de que aparezcan más! ―grito acercándose a Albafica para irse.

Antes de poder llegar hasta él, bajo la impactante sorpresa de ambos, Albafica fue tomado por algo muy veloz.

―¡Suéltame! ―gritó el niño forcejeando contra la mujer monstruo Gorgona-caballo.

Quédate quieto bocadillo ―le siseó sujetándolo del cuello y la cintura―, no quisiera tener que rebanarte de una vez esa hermosa carita.

Notando de primera mano la cara enfadada que Albafica había hecho ante las últimas palabras del monstruo, la chica entrecerró sus ojos sintiendo bastante lástima por la gorgona.

―Te sugiero que le hagas caso y lo sueltes ―advirtió Agasha sacudiendo el látigo que volvió a ser una alabarda.

¡Tú, zorra! ¡Tenemos asuntos pendientes!

―No te lo voy a repetir ―dijo Agasha ignorando el insulto―, suéltalo o te pesará.

¡Ven aquí, maldita!

El monstruo se arrojó con vehemencia por el cuello de Agasha. Lamentablemente este ser desconocía que un Santo Dorado era un Santo Dorado. Y aún en esa forma, subestimar a Albafica fue un error que le costó a la Gorgona-caballo su comida, cuando el cosmos del infante creció tanto que quemó sus brazos y manos.

Chillando soltó al niño que cayó de pie y corrió hacia Agasha. Ella al verlo a salvo se lanzó con la alabarda y fue por su cabeza. Con un corte limpio hizo que la cabeza de la bestia cayese al piso. Más tarde, Agasha pateó el cuerpo y lo regresó al mar donde los condenados esperaban su alimento.

―Eres muy fuerte ―le dijo Agasha a Albafica, sorprendentemente él sonrió sonrojándose un poco. Sonriendo con él, Agasha se agachó dándole la espalda―. Anda, hay que irnos de este maldito sitio de una buena vez.

Asintiendo, el niño se subió y Agasha de un poderoso salto comenzó a ir de roca en roca.

―¿Y qué hay del hombre que buscabas? ―le preguntó Albafica.

―Creo que ya habrá tiempo para él, mi prioridad ahora es sacarte de aquí ―saltó a la siguiente roca.

―Pero no quisiera que lo olvidases por mí, estoy seguro que si vamos juntos…

―No importa.

Agasha recordó que sacar a Albafica de su infierno era una parte vital de su misión, pero aún tenía algo más que hacer. Miró en su pecho el collar otorgado por la diosa Nyx y dejó que este la guiase.

―Ya te lo dije antes, ¿o no? Él es fuerte.

Albafica asintió no muy convencido. Apoyó su mentón en el hombro de Agasha sintiéndose muy cómodo, cálido. Sin poder evitarlo sonrió dejándose llevar por esa extraña muchacha.

―¿Cómo te llamas? ―quiso saber.

Agasha tuvo que tragarse la tristeza de saber que él no la recordaba en lo más mínimo. Aunque claro, no es como si en la realidad él la recordase extraordinariamente bien.

―Mi nombre es Agasha ―respondió saltando entre otras rocas.

―Agasha ―suspiró él, sonriendo un poco―. Me gusta tu nombre, es muy bonito.

Por primera vez desde que llegó a ese infernal agujero Agasha sintió su corazón latir apresurado por un buen motivo.

―Gracias.

El collar de pronto le ordenó que no se detuviese y saltase hacia el mar. Por un segundo lo dudó, pero luego recordó el dolor que pasó cuando dudó de su armadura. ¡Debía confiar!

No pasará nada.

Más valía porque no tenía ganas de cocinarse en sangre hirviendo.

—¡¿Qué haces?! ¡Ya no hay más rocas! ¡Caeremos! —Albafica se aferró a ella. Agasha confió en que no sería así, qué algo impresionante pasaría.

—¡Cierra los ojos!

—¡Pero…!

—¡Confía en mí!

Al saltar de la última roca, Agasha supo que el collar le había guiado a un círculo infernal distinto antes de que tocasen el mar. Aunque lo vieron cerca pues sus rostros casi impactaron con la sangre.

Este sitio al que cayeron, ella lo desconocía enteramente.

Dando una voltereta enorme, justo como la que hizo al entrar al inframundo desde los Elíseos, Agasha se enfrentó a un suelo frío cuya ventisca helada los estremeció a ambos. Agasha y Albafica habían dejado muy atrás el Mar de Sangre sin saberlo.

Habían sido trasladados mágicamente a otro lugar donde… no había absolutamente nada. Sólo un duro suelo muerto y oscuro con algunas grietas. Cuando Agasha giró sobre sí misma, ambos se dieron cuenta de que en efecto, como ella predijo, algo increíble pasaría.

Pasar de un sitio horrible y caluroso a un sitio súper horrible y frío, no debería significar precisamente malas noticias, ¿cierto?

Prestando más atención a su entorno, vieron que estaban rodeados de un páramo negro con un cielo extrañamente gris nada parecido al de los anteriores lugares. El lugar era incluso más frío y lúgubre que el bosque.

Se encontraron en un sitio vacío. Al frente, sólo habitaban un par de normes puertas de metal negro con bordados extraños de adorno. ¿Por qué sólo había eso en un lugar tan desolado?

Las puertas eran lo único que había en todo este sitio hueco que incluso parecía carecer del sonido.

Cuando estas dos puertas se movieron hacia enfrente, chillando tenebrosamente, Agasha tomó su postura de defensa, esperando el momento para correr y no perder a Albafica, que también se había quedado mudo ante tal cambio de lugares y duda sobre, qué saldría de ambas puertas una vez abiertas.

Agasha no se esperó ver a una enigmática diosa hermosa y sensual mirada, saliendo de estas puertas.

―Me alegra que ya estén aquí ―dijo Perséfone aplaudiendo lento.

―Sabe por lo que vengo, ¿no es así?

―Así es. Felicidades, has completado tu primera misión —sonrió con más arrogancia—. Y llegaste hasta este punto porque fue mi deseo… y por lo que tienes en el cuello —Agasha no se molestó en seguir los ojos de la diosa que fueron en dirección al collar—. Les estaba esperando a los dos. Adelante, pasen.

―Agasha ―llamó Albafica tratando de advertirla del mal presentimiento que le recorría al ver a Agasha siguiendo a la diosa al interior de lo que sea que fuese aquello que dejó de ser la nada para irse revelando, desde las puertas, poco a poco como una gigantesca fortaleza.

Un enorme castillo que dejaba en ridículo a cualquiera hecho por el hombre, se iba materializando frente a sus ojos como si este lugar fuese oculto por un espejismo y un sitio al que no debería ser tan sencillo acceder.

―Tranquilo ―le susurró ella―, estaremos bien.

―Así que él es Albafica ―Perséfone le miró con una sonrisa.

Tímido, él se ocultó entre el cabello y el casco de Agasha.

―Lo recuerdo más… alto.

―El Bosque le hizo esto, dejémoslo así, por favor.

―De acuerdo —alzó los hombros—, si eso quieres.

Al entrar admiraron un hermoso palacio al estilo gótico. Lámparas de araña estaban colgando con pequeñas esferas de luz. Velas en cada esquina. Cortinas impecables y blancas en las ventanas. El piso incluso era de una extraña piedra lisa que Agasha jamás había visto.

―Estamos en mi palacio, mío, no de esa cosa a la que debo llamar "esposo" ―informó Perséfone―. De aquí tomarás un elevador a los Calabozos Profundos. En las últimas celdas, encontrarás a Érebo. Si logras sacarlo, entonces habrás completado tu segunda misión. Admito que has superado las expectativas que todos teníamos en ti. Muy bien ―le dijo mirándola por encima del hombro.

Sintiendo falsedad en esas palabras, Agasha suspiró, dejando que Albafica bajase de su espalda y caminase a su lado en profundo silencio. Ella estaba segura de que él estaba prestando atención a lo que decían.

―Tengo una pregunta.

―Dímela.

―¿Es posible sacar a Albafica de aquí ahora?

―Él puede ir contigo.

Agasha se alteró.

―¡No voy a exponerlo al peligro! Quiero sacarlo de aquí.

―Oye ―masculló Albafica sintiéndose menos por el tono que Agasha usaba para referirse a él.

―Agasha, lamento decirte que Albafica debe irse contigo para salir. Sin ti, él no puede abandonar el Inframundo. Y veo que le diste mi manta, pero creo que ya no es necesaria.

De un chasquido, la manta se transformó en un pantalón negro a su medida y una playera blanca de manga larga. Su cabello azulado fue amarrado en una trenza que caía por su espalda y sobre sus pies se formó un calzado apropiado.

―Gr-gracias ―masculló Albafica por la ropa.

―No te preocupes, pequeño. Los niños no están en mi menú.

―¿En tu qué? —inocentemente la miró.

Perséfone suspiró.

―En verdad no recuerda nada ―le dijo a Agasha―. Si te hubieses tardado un poco más hubieses llegado sólo para recoger algo de madera.

Agradeciendo inmensamente al destino por haber llegado antes de que eso ocurriese, Agasha no respondió a eso.

―Dime dónde está Érebo.

―Ya te lo dije ―caminaron por unas enormes escaleras y un largo pasillo hasta entrar a una cámara con una sola puerta al fondo―. Ese es el elevador. Cuando entres a la cámara, las puertas se cerraran, y el elevador te llevará ipso facto a los Calabozos Profundos.

No confiando del todo en la palabra de la diosa, Agasha caminó junto a ella.

El pequeño Albafica por su lado, se mantuvo callado y pensante. Dedujo erróneamente que el hombre del que la chica le había hablado hace unos minutos, no era él mismo (lógicamente) sino ese tal Érebo.

En su cabecita eso tenía mucho sentido, pues para iniciar él (con o sin memoria) no tendría modo de saber que Agasha buscaría también a petición de la diosa Nyx al esposo de ésta, quién se hallaba encarcelado desde hace muchos años por el mismo Hades en lo más profundo de su reino, en el palacio de Perséfone.

El pobre chico confundido ni siquiera recordaba que Érebo era un dios, uno que, según la leyenda, cometió el error de inmiscuirse en la guerra que el dios del Inframundo sostenía contra Athena. Lo único que el infante sabía era que Agasha buscaba a un hombre especial para ella sin siquiera imaginarse que ya lo había hallado y que era éste hombre el que pensaba erróneamente que ella quería a alguien más.

Agasha no lo sabía, pero tenía en sus espaldas a un niño que se sentía agradecido y cómodo con ella. Un joven aprendiz de caballero que incluso dejó de pensar en lo que antes le había sucedido con aquellas malas mujeres que le hicieron mucho daño aprovechándose de su debilidad, para más tarde despertar en ese extraño bosque que no conocía de nada.

Él aún se sentía débil, quizás era porque lo que sea que tomó antes de ingresar a la habitación le anuló su fuerza o algo así. ¿El señor Ilias de Leo sabría que ese té que le dio a beber hacía tal cosa? Sea como sea, menos mal que pudo encender su cosmos cuando la criatura horrible del Mar de Sangre lo atrapara. No soportaría ser una carga.

Lo que lo intrigaba era esa mujer que lo protegía sin siquiera conocerse mutuamente

¿Por qué lo hacía?

¿Y por qué la primera vez que se ellos vieron ella lo llamó "señor"?

Albafica pensó y pensó. Ella dijo que él le recordaba a alguien… ¿será a ese tipo llamado Érebo?

―¿Algún truco o un perro de mil cabeza que deba esperar? ―preguntó Agasha a Perséfone siendo totalmente ignorante de los pensamientos alborotados de Albafica.

―Vas a una prisión donde todos sus buenos habitantes fueron encarcelados por Hades, ¿qué te piensas tú que vas a encontrar allá abajo?

―Tiene razón —aceptó Agasha.

Ambas se detuvieron justo enfrente de la puerta solitaria de metal oscuro y grabados complicados para la vista de Agasha. Esa puerta que ella debía atravesar sola.

Confiando en su éxito, Agasha se giró hacia Albafica para mirarlo a los ojos. El pequeño se sintió cohibido ante ella. Los ojos verdes de Agasha le parecieron bellos, pero se sintió tímido para decírselo.

―¿Podrías esperarme aquí? Volveré pronto ―llevó una de sus manos protegidas por la armadura a la mejilla del pequeño.

Aún con la armadura interponiéndose, Albafica sintió el calor de su palma. Apresó su mano con la suya y negó con la cabeza.

―No puedes ir sola ―dijo dispuesto a servir incluso de carnada con tal de ayudarla. Justo como ella había hecho con él horas atrás.

El niño se sentía en una deuda eterna con ella además de que la chica le trasmitía un sentimiento que no había conocido y por ende no podría describirlo. Sólo sabía que su corazón latía fuerte por pensar en que la mujer podría morir.

―Debo ir sola ―lo detuvo Agasha―, es mi prueba.

¿Para qué? ¿Para salvar a ese tipo?

―¿Es necesario?

En realidad, iba a preguntar: ¿tanto lo extrañas? Pero no tuvo las agallas.

―Sí ―suspiró Agasha causándole un débil pinchazo a su pequeño corazón.

La única mujer que lo tocaba, que le sonreía y con la que bromeaba como si fuesen amigos de toda la vida… después del infierno que pasó, ella llegó como un ángel, y como uno se iba de su lado para salvar a alguien más.

―¿Ya no te volveré a ver? ―masculló tratando de no sonar débil. Era ilógico que se sintiese así ante la posibilidad de que esta fuese la última vez que pudiese sentir su toque.

Perséfone, que estaba cruzada de brazos y expectante con una mirada impaciente, suspiró con enfado.

―Dale el agua ya —asqueada por tanta ternura, la diosa rodó los ojos.

―¿Qué?

―El agua del río Zoí. Te lo dio Nyx para él, ¿no es así?

―A-así es, pero…

―Dáselo ya. Él no va a soportar estar un segundo lejos de ti y lo último que quiero es un ser más miserable que yo a mi lado.

―Pe-pero…

Tanto Albafica como Agasha vieron asombrados cómo del peto de la armadura de la chica salía un frasco de metal rosado. Agasha lo tomó entre sus manos y se mantuvo pensativa.

Albafica quiso abrazarse a ella, pero se quedó estático en su sitio sin ser capaz de mover un solo dedo.

―¿Cuál es el truco?

―¿Truco?

―La última vez perdí mi alma y por poco lo pierdo a él ―endureció su mirada sobre la deidad―. Dime qué perderé esta vez y cómo evitarlo. Se lo suplico. Ya basta de juegos.

Perséfone rodó los ojos.

―Bien, bien. Por el momento sólo él deberá beber la mitad del frasco. Ya sabrás más adelante por qué. Una vez que el agua haya sido asimilada tú tendrás cargar con su alma hasta las afueras del Inframundo, donde tú tendrás que beber la otra mitad del frasco.

»Recuerda que debes de beber el agua sólo cuando hayas llegado a los límites del mundo infernal y el mundo humano. Y hasta entonces, también deberás evitar pronunciar su nombre.

―¿Qué pasaría si lo hago?

―El agua del río Zoí ofrece devolver la vida, pero dado a que tú serías su portadora, el alma de este humano estará a tu cuidado por lo que sólo reaccionará ante tu voz para alzarse con esa llama que le dará a su cuerpo terrenal otra oportunidad.

»En pocas palabras cuando llegue el momento llamarás a su espíritu, haciendo que éste viaje de regreso a su cuerpo original. Tu éxito dependerá de que lo logres y no lo liberes antes de tiempo. Mantén mis palabras en tu cabeza ―enfatizó―, esto sólo funcionará bien en el límite de este mundo y el humano, si lo haces aquí él vagará en el Inframundo para siempre. Si lo haces directamente en el mundo humano, correrás el riesgo de que su alma se pierda y entre en cualquier otro cuerpo vivo sin alma.

―¿Y hay muchos de esos?

―Más de los que yo quisiera ―dijo Perséfone entrecerrando sus bellos ojos.

Agasha miró a Albafica quien no entendió mucho de lo que hablaban así que exigió una explicación con la mirada.

―¿Tengo tiempo? ―le preguntó Agasha a Perséfone.

―Oh sí, claro. ¿Quieres que les traiga un poco de té mientras charlamos? ―la diosa era fan del sarcasmo, según Agasha notó.

―Sólo tenía que decir "no".

―Bien. No ―espetó enojada a la pregunta que Agasha hizo antes.

Queriendo arrancarse la cabeza, Agasha se agachó a la altura de Albafica y acarició su mejilla con su mano libre.

―¿Recuerdas a esas mujeres malas? ―Albafica asintió un poco nervioso por su mención―. Bueno, ellas no están aquí porque este es un plano diferente.

―El Inframundo. —Albafica ahora podría ser un niño, pero no era tonto. Ya se había dado cuenta de que este sitio no era precisamente el mundo humano.

―Así es. Para sacarte te pido que confíes en mí. Te juro que no te dejaré aquí.

Ella podía percibir la duda en los ojos de Albafica, sabía que por no conocerla bien no podía confiar en su palabra.

―Albafica ―insistió de verdad angustiada―, te juro que no voy a abandonarte. Te llevaré a la superficie, con tu maestro ―repitió esperando que la mención de Lugonis de Piscis hiciera un buen efecto en el niño.

Albafica miró a Agasha, luego a Perséfone. Luego a Agasha de nuevo.

―De acuerdo ―musitó recibiendo el frasco.

―Debes tomar sólo un pequeño trago ―dijo Perséfone.

Sintiendo una especie de Déjà Vu al beber un pequeño trago del contenido del frasco cuyo sabor no le pareció especial, el niño Albafica cerró sus ojos y dándole el frasco de regreso a Agasha, cayó al piso.

―¡No! ―lo sostuvo entre sus brazos―. ¡Albafica, ¿me oyes?! ¡Despierta!

―Cállate ya ―la interrumpió Perséfone―, estará bien. Hizo efecto.

―¿Qué?

La figura del niño resplandeció en azul, se hizo pequeña como una esfera de luz color azul que se adentró en el cuerpo de Agasha. Cuando hicieron contacto, ella inhaló fuerte levantando la vista al techo. Con su visión nublada pudo verlo todo a velocidad de vértigo.

La vida de Albafica de Piscis.

Sus entrenamientos al ser niño; sus pláticas con Lugonis de Piscis, la admiración que le provocaba estar a su lado; la terrible experiencia con las prostitutas de las que él hablaba, Agasha ansió sangre como nunca en su vida sin embargo también se enteró que esas malditas ya estaban muertas.

Ojalá estuviesen ardiendo en el Mar de Sangre.

Y algo más allá…

El ritual de los Lazos de Sangre, su joven yo cargando el cadáver de su maestro sin derramar lágrimas. Al igual que gente que conoció y tuvo que dejar de lado.

Agasha también se vio desde la postura de Albafica. El sentimiento de piedad que le provocó verla corriendo bajo la lluvia cuando se conocieron adjunto al alivio que le dio otorgarle su capa. El dolor cuando ella se acercó a él y tuvo que rechazarla.

Más delante pudo ver su vida solitaria; tan triste, tan miserable.

Su encuentro con Luco de Dryas (¡el hermano menor del maestro de Albafica! Wow, Agasha juraba que podrían ser gemelos) y un muchachito menor que ella, llamado Pefko. Su posterior estadía en la Isla de los Curanderos, con ellos dos.

Y el hecho de que Albafica podría tener un hermanito menor dado a que tanto Pefko como él eran los hijos adoptivos de ambos hermanos. La batalla de Albafica contra Luco quien anteriormente aceptó la propuesta de Thánatos de convertirse en un Espectro con tal para salvarle la vida a su querido hijo… dioses, ¿por qué ninguno de ellos podía ser feliz? ¡¿Por qué?!

Por eso… Agasha quiso la cabeza de aquel dios. ¡La quiso con desesperación!

Vio cómo Albafica de Piscis recordaba con especial afecto a la Agasha del pasado. Esa chica que amablemente intentaba hablar con él, y que incluso aun después de recibir su rechazo le sonriese como si entendiese que no era su culpa sobrellevar esa soledad que poco a poco iba matándolo por dentro.

Agasha se enteró también que varias veces su querido caballero cerraba los ojos adentro de sus aposentos imaginando que ella misma estaba acostada a su lado, sonriendo sólo para él. Ella se sintió dichosa por saber que Albafica no sólo la escuchaba, fingiendo ignorarla, sino que guardaba su voz para poder dormir, imaginándose a sí mismo qué pudo haberle respondido de haber sido un hombre normal.

A su cabeza vino la desazón que atacó a Albafica por días luego de enterarse de que el padre de Agasha había muerto. El pobre se hombre se torturaba por no saber cómo debía sentirse ella en esos instantes. Posteriormente Agasha presenció su visita al cementerio.

El corazón de la joven latió con fuerza al darse cuenta que él siempre estuvo bastante cerca, aunque ninguno de los dos lo supiese.

Pasaron varias cosas más hasta que llegó a la noche en el que la encontró borracha en la acera; su enfado al verla en ese estado como su preocupación por creer que pudo haber llegado tarde y encontrarla herida o muerta. El sonido del corazón del Santo que latía fuerte al bañarla, incluso las pálidas mejillas enrojecieron más y él (y ella también) supo que el alcohol en su sistema no tuvo nada que ver.

El día que compartieron al despertar.

Las pequeñas bromas que él le hizo cuando pudo.

El momento en el que él se quedó dormido cómodamente en la cama de Agasha cuando sus intenciones eran irse de esa casa porque se encontraba demasiado cómodo en ella.

Su consecuente beso y su posterior momento íntimo. La felicidad que Albafica supo que sería momentánea, su cuidado y admiración al acariciarla con sus manos y labios, ese sentimiento candente de posesión al ser el primer hombre en la cama de Agasha.

Su paz al sentir su abrazo.

Agasha sintió el deseo palpable que provocaba en él, también su dolor y frustración por tener que dejarla durmiendo sola. Su ira al chocar contra Kardia de Escorpio y sus bromas respecto a la soledad con la que debía morir, el encuentro con Psique en su templo y cuando ella lo tocó.

Cuando se volvieron a ver, Agasha de buenas a primeras creyó que lo había molestado con su presencia. No se imaginó que Albafica había reaccionado así al verla con el señor Shion, y, sobre todo, su enfado al oír como el Santo de Aries declaró haberla buscado en su casa como si aquello fuese algo que pudiese hacer cualquiera menos él. Aguarden un minuto… es que todos podían hacerlo, entablar una charla amistosa con ella o tocarla, todos menos él.

Ya fuesen por órdenes de su Ilustrísima o la misma Athena, unos fuertes celos lo corrompieron al verla con Shion.

Celos por ver que cualquiera menos él podía estar cerca de ella sin poder poner en riesgo su vida. Celos de ver que sus colegas cuando quisieran podrían sentar cabeza y/o enredarse con cuanta mujer se les cruzase mientras él era refundido en lo más bajo del mundo, como una vil y sucia rata sin derecho a amar ni ser amado por nadie.

Incluso Albafica sintió celos de Kardia y Manigoldo por ser sumamente más felices que él a pesar de tener un pasado a cuestas igual de miserable que el suyo, pues en el fondo su molestia se debía a que todos a su alrededor podrían acercarse a Agasha sin problema alguno.

Todos menos él.

Albafica había descubierto en ella un calor que deseaba mantener consigo por siempre y le dolía inmensamente no poder tenerlo. Con ello vinieron las devastadoras dudas, ella podría darle confort. ¿Y él? ¿Qué podría darle él a cambio? ¿Su cuerpo? ¿Su alma? ¿Un corazón que no sabía si todavía lo tenía?

Llegó entonces hasta un punto máximo en su desesperación, tristeza y rabia cuando Psique se llevó el alma de Agasha.

Más tarde vino el trato con Eros y…

El cuerpo de Agasha realmente lloró cuando descubrió que Albafica había regresado de la locura cuando vio una flor que ella misma guardó con mucho cariño. Una que él le regaló y ella almacenó entre sus objetos más preciados.

Todo terminó con su odio hacia sí mismo por sentir que le había fallado y no sólo eso, sino porque le había hecho daño. Él la había asesinado.

Agasha regresó a su presente, a su propia realidad con Perséfone, cuando en aquellos recuerdos Albafica clavó su mano en su propio pecho en un intento (que sabía) inútil por no perderla para siempre.

El dolor físico no fue nada comparado al mental y espiritual. Con gusto él habría sucumbido al infierno, al peor de los castigos, de no ser porque una sola cosa perpetuó en su cabeza:

Él quería volver a verla; sentirla entre sus brazos; besarla y hacerla suya todas las noches y días. Rogar por su perdón de ser necesario. Curar sus heridas y limpiar sus lágrimas. Hacerla sonreír por y para siempre. Demostrarle que no era un monstruo; hacerle ver que el hombre herido, oculto tras el muro de piedra que él mismo había forjado a través de años de miseria, estaba quebrándose bajo la influencia de una pequeña mujer.

Afectada por lo que había presenciado, Agasha se llevó las manos a su corazón al sentir el alma de su caballero quieta en su interior por saber que era ella quien lo poseía a hora. Él confiaba ciegamente en ella y eso lo significó todo para la chica.

Ellos volverían a verse, pues Agasha se encargaría de ello.

―Ahora, iré por el señor Érebo ―musitó levantándose poco a poco debido al choque de emociones que sentía en su interior.

Perséfone asintió con una sonrisa.

―Bien.

—CONTINUARÁ—


CAMBIOS ENTRE UNA VERSIÓN DEL FIC Y OTRA:

En el anterior fic, no especifiqué cómo Agasha y Albafica aparecieron en los dominios de Perséfone, tampoco incluí la historia de Luco y Pefko, quienes aparecen en el gaiden y... por motivos de fuerza mayor (mi ignorancia, posiblemente xD) dudo que vayan a ser nombrados otra vez en la saga jejeje aunque connmigo nunca se sabe jajaja.

Además de eso, también seguimos con algunos detalles agregados a Eros. Y el reforzamiento de que Perséfone no es feliz.

Algunos me han comentado que según en la mitología, el matrimonio de Hades y Perséfone, prácticamente es de los menos malos en la historia de los dioses griegos, y yo concuerdo con esas personas, sin embargo más adelante conoceremos más a profundidad cómo son las cosas en esta saga. Espero les agrade lo que tengo preparado para ustedes.

Estoy apretando el paso para poder subir los otros fics que tengo almacenados. Yo calculo que entre este mes y el siguiente, podré concluir una vez más con esta historia.

¡Saludos y hasta el próximo capítulo!


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