Saludos Lectores. Me disculpo por la tardanza, justamente había dicho que tenía tiempo cuando empezó a lloverme el trabajo. Ahora con la emergencia sanitaria en México espero tener más tiempo, aunque parece que trabajar desde casa me está ocupando más y no me permite escribir con la frecuencia que quisiera.
Contestaré los reviews aquí, puesto que parece que no se logran ver directamente sobre el comentario.
Coralawop: No sé si mi respuesta se vio, pero te agradezco los ánimos. Intento escribir la historia que a mí me gustaría poder leer, así que espero que también sea del agrado de otros. Respecto a lo que comentas de los personajes femeninos, tienes razón; creo que no les dan la importancia merecida en estos géneros, y una de mis metas es darles más importancia como guerreras, solo espero lograrlo. Me interesan los reviews porque estoy en el proceso de revisión y publicación de una novela de ficción, por lo que deseaba conocer opiniones sobre mi forma de escritura, pero es un muy buen punto escribir para uno mismo ¡Muchas gracias por tu comentario!
Caspian123: ¡Gracias por tus opiniones! Como puedes ver, el personaje de Milo no es despistado, pero reconozco que pude haberme tardado en darlo a entender; así que trataré de tener cuidado con eso. Me alegra que te esté gustando, y definitivamente quiero darle un giro a la batalla de las 12 casas; pues pienso que en la serie original plantean como que solo Mu y Dohko sabían la verdad. Me parece ilógico que nadie más tuviera dudas sobre el patriarca. En cuanto a Seiya y Saori, siempre han sido de mis parejas favoritas; pero debo reconocer que después de leer la joya "Guerras doradas" del autor Friendlymushroom, la pareja MiloxSaori me agradó también; así que probablemente meta algún tipo de triángulo amoroso, aunque aún no estoy muy segura. Espero que la historia siga siendo de tu agrado y que cualquier detallito que surja puedas seguir comentando.
Mariana Elias: ¡Que gusto saber que la historia es de tu agrado! A mí también me daba curiosidad saber que hubiera pasado si Aioros viviera. Tengo intención de colocar a todos los caballeros dorados; de hecho, Shaka es de mis favoritos (aunque yo soy Leo y fiel a Aioria). En cuanto a Milo y Saori, como le comentaba a Caspian123, estoy pensando si un triángulo amoroso entre Seiya, Milo y Saori puede ser algo que quiera explorar. Espero que la forma en que se desarrolla la historia te siga gustando.
De manera general, deseo que todos ustedes se encuentren saludables y que esta emergencia de salud, que es el COVID-19, no logre afectar a ninguno de ustedes ni a sus familias. Si en algo puedo ayudar (aunque sea distrayéndolos con mis historias) con todo gusto lo haré.
Gracias
Japón. Afueras de Tokio.
Los dos santos dorados se movían a la mayor velocidad posible, ocasionando que los cuatro jóvenes se quedarán detrás; después de todo, ellos aun no tenían el cosmos ni el entrenamiento suficiente para moverse a la velocidad de la luz. A pesar de todo, Aioros sabía que el rastro que dejaba era suficiente para que les dieran alcance.
Lograron llegar a un punto en un bosque lejano, un lugar que estaba bastante alejado y resultaba inaccesible para turistas. Los restos del cosmos de Saori seguían ahí, pero desaparecían a la poca distancia. Aioros miraba a su alrededor, sabía que su alumna era inteligente; si no le había sido posible dejar una ruta con su cosmos, debió haber dejado algo. Se consoló con la idea de que, al menos, ya no estaba inconsciente. En el fondo se preguntaba cuál sería la reacción del caballero de escorpio cuando se diera cuenta de que había golpeado y secuestrado a la diosa que se supone debía proteger. No creía que lo fuera a tomar muy bien.
Aioria se había quedado en un punto fijo, aquel lugar en el que Saori había estado parada hace horas, encendiendo su cosmos. Había algo ahí que lo llamaba. A la distancia, el débil cosmos percibido mientras seguía en la mansión Kido había sido simplemente una señal… pero estando en el lugar, la energía restante tenía más detalles. No podía evitar sentir calidez, esperanza. Ese no era un cosmos común. Aioros debía tener razón… y para confirmarlo, lo ayudaría a llegar ante Saori. Estaba seguro de que, una vez que pudiera enfocarse en ella, sabría con seguridad si Athena había estado todo ese tiempo en Japón, y no en Grecia.
- Algo que no comprendo. – Aioria comenzó a hablar – Si estás tan seguro de que ella es Athena ¿Por qué razón decidiste entrenarla? Ella es una diosa, y el entrenamiento para cualquier caballero es… duro, posiblemente demasiado agresivo para la deidad que debemos proteger y tratar con la mayor delicadeza. Aunque ella sea la diosa de la guerra, sabemos que ninguno de los que hemos jurado protegerla le permitiríamos presentarse en batalla. Ninguno de nosotros se arriesgaría a verla lastimada ¿Qué te hizo cambiar de actitud?
- El hecho de pensar que en algún momento nadie pudiera protegerla… como pasó el día en que tuve que huir con ella. – dijo Aioros, enfocando su mirada en su hermano. Lo comprendía, y estaba seguro de que más de un caballero le reñiría por haberse atrevido a tratarla como discípula – Ese día, yo no tenía planeado entrar a la cámara del patriarca; pero algo en mí me hizo moverme hasta los aposentos destinados a la diosa. Si yo hubiera ignorado ese presentimiento, Athena hubiera muerto. Por suerte, pude evitar que algo le pasara… pero fui el único, hermano. Ella era solo un bebé, incapaz de defenderse, y no había nadie a su alrededor para cuidarla. Sé que cada uno de nosotros haría hasta lo imposible por siempre estar a su lado y evitar que ella misma tenga que luchar… pero quería que estuviera preparada en caso de que se quede sola frente al enemigo.
Aioria meditó la respuesta… y tuvo que admitir que él tenía razón. Si nadie podía llegar a ayudarla, era un alivio saber que al menos resistiría en batalla hasta que alguno de sus caballeros pudiera auxiliarla.
- ¿Y los caballeros de bronce? – añadió el de Leo, después de un momento en el que ambos guardaron silencio.
- Considerando que Saga tendría envenenado a todo el santuario, los caballeros entrenados ahí no serían confiables. – respondió Aioros, sin mirar a su hermano directamente, seguía buscando señales dejadas por Saori – El señor Mitsumasa Kido, un hombre con bastantes recursos; se encargó de ayudarme a encontrar una nueva "orden" que pudiera proteger a Athena. – enfocó su mirada en Aioria – Al menos en lo que encontraba la manera de demostrar lo que realmente sucedió.
- ¿Y cuál es esa manera? – preguntó el caballero de Leo.
- Hubo muchos planes… y ninguno parecía adecuado. Tuve 13 años para buscar una estrategia, y la única que me convencía era llevar directamente a Saori al santuario. – Aioros había desviado su mirada, estaba acercándose a una planta de hojas anchas, ubicada a unos metros de él – No hay mejor manera de saber que estás frente a un dios que sentir su cosmos… pero ese plan, era el más peligroso. Llevar a Athena a la cueva del lobo no era algo que me convenciera del todo.
- Pues ahora no hay otra opción. Ella está en camino – respondió Aioria, pensando en el tipo de desastre que les esperaba al llegar al santuario.
- Tal vez sí haya otras opciones – añadió Aioros, dibujando una sonrisa en su rostro – Aún podemos evitar que llegue sola hasta allá.
Aioria no comprendió a qué se refería su hermano. Fue hasta que notó que el santo de sagitario tomó la hoja de una planta y la observó con cuidado, que percibió una pequeña marca en el haz de la hoja. Se acercó y logró distinguir el dibujo de una pequeña flecha, hecho obviamente por las uñas de alguien. La diminuta flecha señalaba a la derecha. Ambos caballeros se adentraron a esa parte del bosque, encontrando otra señal a unos 30 metros de la anterior. Saori les había marcado el camino.
Para el de leo, era simplemente un rastro hecho con pequeñas flechas; pero el de sagitario sabía perfectamente que el símbolo era específico para él. Saori jamás supo que su maestro era el caballero dorado de sagitario, y mucho menos que la armadura contaba con arco y flecha; así que él estaba consciente de que esas señales no tenían nada que ver con su estatus como santo de oro. Sintió calidez en su pecho al recordar la tradición que él mismo había iniciado en cada cumpleaños de Saori, tradición que ahora ella repetía, pidiendo que la encontraran.
En el cumpleaños número tres de Saori, Aioros tuvo la idea de hacer un juego, puesto que la niña tenía edad suficiente para caminar sola sin necesitar que él le tomara la mano. Él se había levantado más temprano para dibujar varias flechas en la casa que compartía con su alumna, de manera que Saori pudiera seguirlas hasta encontrar su regalo de cumpleaños. Cuando ella despertó, miró curiosa el camino pintado, decidiendo seguirlo cuando vio que Aioros la miraba con una sonrisa y la hizo notar que podía encontrar un premio si llegaba a la flecha final. La niña terminó recorriendo casi toda la casa hasta llegar al jardín, encontrando un diminuto pizarrón y tizas de colores. La forma en que Saori saltó de alegría, le abrazó una pierna y se dirigió directamente a dibujar, le hizo saber al de sagitario que había sido una buena idea; transformándose en tradición desde ese momento. Le agradaba saber que, a pesar de que el Sr. Kido y Tatsumi le daban infinidad de regalos en cada aniversario, ella esperaba impaciente su cumpleaños únicamente por el juego de Aioros; sin importarle que el obsequio fuera algo sencillo, ella siempre se mostraba alegre.
Al parecer, ahora era el turno de él para seguir las flechas; con la diferencia de que él tenía que encontrar un tesoro invaluable al final de ellas.
Grecia. Santuario. Cámara del patriarca.
Estaba fastidiado. Cada vez le costaba más esfuerzo no perder la paciencia con el caballero de capricornio. Inicialmente había sido muy difícil para Saga convencerlo de que Aioros había sido un traidor, y que todo lo que le dijo sobre Athena eran viles mentiras. Aún ahora, sabía que la duda seguía rondando la mente de Shura. Pero desde ese incidente, en el que no había sido capaz de detener al santo de sagitario; Shura se había empeñado en vigilar todo el santuario para tratar de "enmendar" su error. La desventaja era que esa vigilancia a veces lo hacía actuar de manera muy estricta y, claro, esperaba que él; como patriarca, tomara la misma actitud de cero tolerancias. Si se trataba de matar a alguien que lo hubiera desobedecido, Saga no tenía inconveniente; pero había reglas que honestamente no le importaban; y verle la cara a una amazona era definitivamente algo que le tenía sin cuidado. Sin embargo, para el de capricornio, el hecho de que Máscara de muerte hubiera atacado a Marín de Águila con el único objetivo de verle el rostro, era una falta que requería castigo severo. A Saga le daba igual, ella no era la primer caballero femenino que había sufrido por la curiosidad de algún santo (y estaba seguro de que no sería la última); pero para tener a Shura fuera de su camino, debía hacerle creer que estaba de su lado.
- Te ordené vigilar al águila, Máscara de muerte; no ponerte a jugar con ella – dijo Saga. Era notorio que Shura había agotado su paciencia momentos antes.
- Y la he vigilado ¿Cuál es el problema? ¿Me vas a decir que te importan las amazonas? – respondió el santo de cáncer – Hasta donde sé, ya las hubieras hecho concubinas a todas si es que fuera posible.
- Las amazonas me tienen sin cuidado – Saga se levantó del trono, su enojo estaba aumentando – pero tus compañeros de orden no ¡Suficiente tengo con estar convenciéndolos de que Athena está aquí y que las ordenes que les doy vienen directamente de ella! ¿O tú crees que Shura es el único que guarda sospechas? Puedo ver de manera clara que solamente Afrodita y tú están de mi parte… y de Afrodita no estoy tan seguro.
- Afrodita no va a levantarse contra ti. – respondió Máscara de muerte, el tema lo estaba cansando – Le conviene que te mantengas en el poder.
- ¿Y cuando deje de convenirle? – añadió Saga, acercándose al santo de cáncer - ¿Qué crees que va a pasar si todos en la orden dorada se ponen en mi contra? Esa maldita fidelidad a Athena está haciendo que estemos caminando en una delgada línea ¿Te parece que vamos a poder enfrentarnos a todos?
- Nadie ha dicho nada, no veo por qué empezarían ahora – el de cáncer no creía que el tema fuera de relevancia.
- ¡Porque Athena puede venir aquí y acabar con todo lo que he construido! – estaba exasperado – ¿Realmente crees que los dorados van a dejar de querer nuestras cabezas solo porque logremos eliminar a Athena? Si ellos se enteran de la verdad, no importa si logro matar a esa diosa a tiempo, tanto tú como yo vamos a morir a manos de ellos.
Máscara de muerte comprendió la importancia de mantener a raya a sus compañeros. La vida de Saga no le importaba, pero si los demás se enteraban de que él había sido cómplice, ocultando toda la información que sabía; no habría poder que lo ayudara a sobrevivir. Athena tampoco le era relevante, a excepción de que no quería renunciar a su armadura; pero el hecho de que Saga hablara con tanta soltura sobre matarla lo hacía sentir extraño. Matar a Athena no era algo que hubiera rondado su cabeza, a pesar de saber que era uno de los objetivos del de géminis. Todo ese tiempo, la muerte de la diosa había sido un concepto abstracto… pero estaba volviéndose algo real, demasiado real para él. Una sensación en su interior se removió; pensar en la futura muerte de su diosa lo confundió. Odiaba estar confundido.
- Seré más cuidadoso. – agregó el de cáncer, con aire distraído – Me retiro.
Saga lo vio salir de la cámara, al parecer lo que le había dicho funcionó. Esperaba que a partir de ahora evitara confrontación con otros caballeros, todas las jugadas debían ser extremadamente cautelosas.
El caballero de cáncer llegó a la casa de piscis, donde Afrodita ya lo esperaba.
- No me gusta cuando te pones a pensar las cosas. – dijo el de piscis – El hecho de que estés serio es… desconcertante ¿Qué puede haber pasado allá arriba para que tú tengas esa expresión?
- ¿Matarías a Athena? – Máscara de muerte le lanzó la pregunta, observando la sorpresa en el semblante de Afrodita.
- Esta bien, reconozco que sí debió pasar algo muy interesante como para que tú me hagas esa pregunta. – respondió el de piscis, sin disimular el asombro ante el comentario de su compañero. La interrogante había sido directa, así que se merecía ser respondida de igual forma – No. No mataría a Athena.
- ¿Qué es lo que te detendría? – Máscara de muerte ya se esperaba esa respuesta, pero necesitaba saber si los motivos de su amigo eran los mismos que los suyos.
- Soy un caballero consagrado a protegerla, gané la armadura no solo por ser el más apto; sino porque la armadura me eligió para cumplir con esa labor. – Afrodita se acercó a su compañero, hablando con toda la sinceridad posible – Lo queramos o no, algo dentro de nosotros nos hace incapaces de dañarla seriamente. Es simple, si fuéramos unos completos asesinos egoístas, nuestras armaduras nos habrían abandonado. Tanto tú como yo hemos dejado que el patriarca se salga con la suya, pero es porque estamos conscientes de que nuestra diosa no está aquí, y, por lo tanto, no corre peligro. Conviene a nuestros propios intereses mantenernos al margen de lo que sucede… pero, por lo visto, no podremos mantenernos sin actuar durante mucho tiempo ¿No es así?
Máscara de muerte analizó lo que escuchó, y asintió ante la pregunta de Afrodita. Pronto, ambos deberían tomar una decisión; proteger o traicionar a Athena. Siempre consideró que traicionarla sería la primera opción, pero ahora no estaba tan seguro. La posibilidad se acercaba, pero algo dentro de él le decía que si en algún momento tenía a la diosa enfrente; no sería capaz de causarle daño alguno.
- Decisiones… - añadió el de piscis, girando sobre sí mismo para adentrarse en el templo – Tal vez, debes dejar de pensar y simplemente sentir… Tu y yo somos el claro ejemplo de que analizar la situación para saber cómo actuar, no siempre es la mejor opción.
Máscara de muerte se alejó de la casa de piscis y continúo bajando, pasando por cada casa hasta llegar a su propio templo. Hubo algo en el comportamiento de sus compañeros que le hizo notar que él no era el único con dudas, pero también pudo percibir los deseos de creer que estaban haciendo lo correcto. Él tenía que asegurarse de que ninguno supiera lo cerca que estaban de traicionar todo aquello en lo que creían, al menos por ahora.
Japón, Afueras de Tokio
Los dos caballeros dorados continuaban siguiendo el rastro de flechas, pronto anochecería; y aunque ellos bien podían pelear en completa oscuridad, tampoco era lo más conveniente. No sabían si estaban acercándose a donde Saori se encontraba, no había más cosmos que seguir. En un momento, se encontraron en un pequeño claro, de unos diez metros de ancho; y se detuvieron en seguida. Milo de escorpio estaba frente a ellos.
- ¡Ya era hora de que llegaran! – exclamó con fastidio – Vaya que se tardaron. Se supone que los dos pertenecen a la orden dorada ¿Qué les tomó tanto tiempo par de lentos?
Tanto Aioros como Aioria se sorprendieron de que el de escorpio estuviera esperándolos ¿Qué lo había hecho darse cuenta de que sabían cuál camino tomar? Y peor ¿Por qué decidió esperarlos en lugar de adelantarse o cambiar la ruta?
- ¿Crees que no pude ver las pequeñas señales que te dejaba esa niña? – se dirigió a Aioros, leyendo la duda en su mirada – Sutiles, sí; y de no haber sido quien soy, probablemente no las hubiera notado. Reconozco que no la has entrenado tan mal, pero tampoco es rival para alguien de mi nivel.
- ¿Dónde está? – el de sagitario había estado tratando de buscarla con la mirada, sin éxito.
- Ah no, ustedes no hacen las preguntas. – aclaró Milo, manteniendo una pose relajada – Esta vez las hago yo. Ella está a salvo, pero si a alguno se le ocurre atacarme antes de responder mis dudas, no la vuelven a ver ¿Nos entendemos?
Los hermanos relajaron la postura, no tenían idea de qué había pasado con Saori; y dado que por ahora el de escorpio solo parecía querer aclarar las cosas, les convenía no iniciar una pelea. Sus propias dudas tendrían que esperar.
- Bueno, puedo ver que a todos nos quedó clara la situación – habló Milo, sonriendo orgullosamente – Ahora dime – miró a Aioros directamente - ¿Quién es ella?
- ¿Vas a creerme si te lo digo? – el santo de sagitario estaba seguro de que, a pesar de decirlo, pensaría que mentía; tal como había pasado con su hermano.
- Simplemente habla – el de escorpio puso los ojos en blanco.
- Athena – respondió Aioros, sin desviar los ojos de Milo; intentando transmitirle que no estaba ni bromeando ni mintiendo. Pudo notar la mirada incrédula y burlona en el de escorpio.
- Ja, pues no, no te creo ¿Qué te hizo pensar que me iba a tragar esa mentira? – Milo estaba seguro de que lo creían un idiota – Ahora dime la verdad ¿Quién es ella?
- Ya te lo dije. No veo porque no puedes creerme, porque, en primer lugar, eres tú el que de pronto se interesa en saber quién realmente es. Algo te hizo dudar ¿No?
Milo entrecerró los ojos, y hasta Aioria pudo entender la razón del gesto, Aioros tenía razón. Algo debió despertar la curiosidad en el de escorpio, de lo contrario, se hubiera limitado a seguir con la misión y no esperarlos para aclarar sus sospechas. Eso significaba que su hermano debía tener razón… Si Milo de escorpio interrumpió una misión, debió ser por algo extremadamente importante. Sus propios ojos se abrieron más al darse cuenta de que la chica que él tenía escondida quién sabe donde era Athena ¡No podía estar tratándola así!
- Ella no es una simple aspirante, te concedo eso. – el de escorpio estaba tratando de controlarse – Pero de ahí a que siquiera sugieras que ella es la diosa a la que servimos… es un insulto. Debería matarte por hacer pasar a cualquier niña por la diosa Athena.
- ¿Dónde la tienes? – Aioria interrumpió - ¡¿Te das cuenta de que posiblemente estés tratando a nuestra diosa como basura?! ¡Muestra respeto, maldita sea!
- Era de esperarse que tú si le creyeras todo el teatro. – Milo observó a Aioria con desprecio – Y yo que pensé que te habías convertido en un verdadero caballero dorado. Que decepcionante eres.
El santo de Leo apretó la quijada y cerró sus puños fuertemente; si bien le ofendía que lo considerara un infiel, la preocupación por Athena se hizo mayor. Milo no parecía querer considerar ni por un momento que Saori era su diosa.
- ¿Qué fue lo que ella hizo? – Aioros llamó nuevamente la atención de Milo - ¿Qué te hizo darte cuenta de que no es como otras pupilas? Piénsalo caballero de escorpio ¿Qué razón tendría el patriarca para querer a una simple alumna frente a él? ¿Por qué no te mandó por mí en lugar de ella?
Milo estaba considerando lo que Aioros le había dicho, pero era ridículo; Athena estaba protegida en el santuario. La chica que estaba inconsciente en una cueva a un kilómetro podría ser diferente, especial… pero no había manera de que fuera una diosa, mucho menos la diosa que el juró proteger. Ese par de traidores estaban burlándose de él. Simplemente no podía creerles, en ningún momento debió dudar de la misión encomendada. Su instinto le había dicho que algo no estaba bien con la situación, y esperaba obtener respuestas de sus compañeros de orden, pero no obtuvo nada a cambio. Era la primera vez que su instinto le fallaba… debía estar fallándole, tenía que creer que lo que decían eran mentiras.
- Ustedes no son más que unos traidores. – Milo comenzó a ponerse en posición ofensiva – Completaré mi misión, y los mataré a ustedes de paso. Ninguno se merece la armadura que portan ¡Aguja escarlata!
Las agujas fueron lanzadas rápidamente, pero ambos caballeros lograron esquivarlas con algo de dificultad. A pesar de estarse enfrentando a dos santos dorados, Milo de escorpio era sorprendentemente veloz.
- ¡No deberíamos estar peleando entre nosotros! – Aioros exclamó, realmente no tenía deseos de pelear - ¡Todos tenemos una misión en común!
- ¡Plasma relámpago! – el de Leo lanzó su ataque, pero el de escorpio saltó para evitar el golpe - ¡Habla por ti Aioros! ¡Yo sí quiero partirle la cara a este idiota!
- ¡Ataque escorpión! – Milo logró golpear el pecho de Aioria al aterrizar frente a él, lanzándolo varios metros adelante; logrando con esto que el de leo partiera varios árboles - ¡Con gusto me encargaré de enseñarte tu lugar gato!
El de Leo se levantó inmediatamente y continuó la batalla acercándose velozmente al de escorpio, esquivando una aguja.
- ¡Colmillo de león! – Aioria lanzó el golpe desde abajo, golpeando directamente la quijada de Milo, quien no pudo reaccionar a tiempo y fue elevado varios metros; aunque logró aterrizar correctamente inclinando ambas piernas.
El de escorpio y leo continuaban enfrentándose, soltando destellos dorados cuando sus puños chocaban. Aioros deseaba parar esa pelea inútil, pero agradecía que ambos se olvidaran momentáneamente de él, tenía que encontrar a Saori. Apenas comenzaba a moverse cuando notó que su distracción le había permitido a Milo atacarlo, sintiendo una aguja clavarse cerca del hombro, obligándolo a tomar su extremidad debido al dolor.
- ¡Tú no te mueves de ahí! – gritó Milo, dirigiendo su atención a Aioros - ¡Y tú tampoco vas a poder conmigo! – añadió hablándole a Aioria, quien se encontraba de pie trabajosamente, debido a las dos agujas que el de escorpio había logrado insertarle. Milo trataba de controlar su respiración, pero los golpes de Aioria habían sido lo suficientemente fuertes para hacerlo querer doblarse; sin embargo, su orgullo no le permitía mostrar en su rostro el verdadero dolor que sentía – Ninguno se merece estar en la orden dorada, y no importa que me tome 1 000 días ¡Voy a acabar con ambos!
- No puedes contra dos dorados, Milo. – Aioria mencionó – Hasta ahora, hemos podido mantenernos en igualdad porque Aioros no te ha atacado, pero con que sigas provocándolo sin decirle donde está Athena, él va a tomar la pelea en serio… y yo te atacaré igualmente.
- ¿Siguen con su mentira? ¿Ni siquiera después de esto se dan cuenta de la blasfemia que están diciendo? – Milo apuntaba su aguja a un punto intermedio entre ambos hermanos, de manera que pudiera lanzarla al primero que intentara moverse.
- ¿Cómo puedes no entender tú que no estamos mintiéndote? – Aioros dejó de tomar su brazo, tolerando el dolor - ¡Tú mismo tuviste dudas sobre ella! Tienes que reconocer que lo que sea que el patriarca haya dicho o hecho estos años, no tiene sentido ¡Sabes que Athena no está en el santuario! No puedes ocultarlo, te aseguro que has dudado de su presencia ahí.
- ¡Deja de decir tonterías! – el de escorpio dirigió la aguja hacia Aioros, quien logró evadirla por poco; provocando con eso que Aioria pudiera golpearlo limpiamente en el pecho, esta vez lanzándolo a él contra varios árboles.
- ¡Simplemente dinos dónde está! ¡Ella podrá demostrarte que es Athena! – el santo de sagitario gritó al notar que Milo ya estaba de pie, lanzando agujas a ambos; logrando nuevamente insertar una en él, ocasionando que soltara un gemido doloroso - ¿Qué pierdes con intentarlo Milo? Si no hay nada que ella pueda hacer para convencerte de quien es, te dejare matarme sin poner resistencia.
Milo se detuvo al momento, observando al caballero de sagitario con curiosidad ¿Había dicho que lo dejaría matarlo? Aioria paró su ataque de igual manera, sin creer lo que acababa de escuchar; sin embargo, si la convicción de su hermano era tan grande, estaba seguro de que esa muchacha llamada Saori era Athena.
- Y podrás matarme a mí también. – añadió el de leo – Nuestra diosa no está en Grecia, Milo; ambos lo sabemos, solo que tú; al igual que yo, te niegas a creerlo. Pero ahora estoy convencido. Si ella no te prueba que es Athena, te dejaré eliminarme.
El santo de escorpio no podía creer lo que estaba escuchando ¿Ambos estaban tan seguros de lo que decían que morirían para probarlo? No era posible que esa chica fuera Athena, no, no podía creerles; tenía que hacer a un lado esa voz interior que le decía que ellos estaban en lo correcto.
- Puedo ahorrarme todo, y matarte en este momento ¡Aguja escarlata! – Milo atacó a Aioros, dirigiendo varias agujas hacia él.
Japón. Cueva en las afueras de Tokio.
La cabeza le dolía, no tenía idea de dónde se encontraba. Lo último que supo es que había estado mirando al bosque, dibujando una nueva flecha, cuando un golpe le nublo la vista y perdió el sentido. Ese caballero debió noquearla otra vez, pero no entendía el por qué, ahora sí había cooperado (obviando las pequeñas señales que estaba dejando). Intentó enfocar la vista, pero todo era oscuridad. Estaba acostada de lado, su boca estaba cubierta. Rodó para quedar con la espalda al piso, arrepintiéndose al momento; puesto que no había notado que sus manos estaban atadas a su espalda y ahora se encontraba aplastando sus brazos en una posición dolorosa. Regresó a su costado, notando que sus piernas estaban igualmente atadas, no iba a ser fácil salir de esa situación. Movió manos y piernas intentando zafarse, pero los nudos estaban bien hechos. Estaba pensando en qué hacer, cuando se le ocurrió que, si bien no podía ver, alguna de las rocas en las paredes debía tener algún tipo de filo. Se movió, arrastrándose, hasta que sus manos y espalda pegaron dolorosamente con la pared. Buscó a tientas algún borde filoso, encontrándolo a los pocos minutos cuando se cortó los dedos. Volvió a moverse para poner la cuerda a la altura del filo, y comenzó a frotarla; ocasionando con eso cortar también parte de su piel, aspecto que se volvió más claro cuando después del ardor de la herida pudo sentir la sangre tibia por sus manos. A pesar del dolor, siguió moviendo los brazos por otros minutos, logrando finalmente cortar la cuerda. Pasó sus brazos al frente, notando lo doloridos que habían quedado por estar tanto tiempo en esa posición. Se quitó la mordaza, sus dedos le dolían también, debía tener varios cortes. Se enderezó y comenzó a desenredar la cuerda a sus pies, teniendo que usar más el tacto que la vista; la oscuridad no le permitía ver mucho. Se tomó un momento para orientarse y analizar lo qué debía hacer, pero inmediatamente sintió la elevación de tres cosmos cercanos al lugar en donde se encontraba, y reconoció uno de ellos. Su maestro estaba cerca, seguramente peleando con el caballero de escorpio. Se puso de pie lo más rápido que pudo y se dirigió al lugar donde el cosmos emanaba. Lo había abandonado en la pelea anterior, no lo dejaría pelear solo esta vez.
Japón. Afueras de Tokio.
Podían sentir la batalla que se llevaba a cabo a unos kilómetros, trataban de moverse lo más rápido posible. No podían dejarlos pelear solos, y tenían que encontrar a Saori. Todos se sentían débiles, no habían podido evitar que el santo de escorpio se la llevara, y su velocidad no había sido suficiente para moverse a la par de los caballeros dorados. Seiya estaba más preocupado que los otros tres. Ahora que sabían la verdad sobre Saori, para todos era prioridad protegerla; sin embargo, para el caballero de pegaso era un asunto más personal, y no podía evitarlo. Pero lo que más le preocupaba, es que no quería evitarlo.
Pronto lograron darles alcance, solo para presenciar la batalla entre los tres santos dorados. El caballero de escorpio había atacado al santo de sagitario, pero antes de que este pudiera moverse; alguien se había atravesado, recibiendo de lleno todas las agujas. El corazón de los caballeros se detuvo por un momento y el terror llenó la cara de todos cuando escucharon el grito de dolor de Saori, quien comenzó a caer al suelo al no poder soportar la sensación de las cinco agujas clavadas directamente a su cuerpo.
Milo se asombró al igual que los demás, pues justo antes de que las agujas penetraran a Saori, el cosmos que ella despedía lo hizo darse cuenta de lo especial que era. Esos pocos segundos en que el cosmos de Saori pudo sentirse, la presencia de una deidad brilló sobre ella; la necesidad de proteger a Aioros fue tan alta, que Athena había aparecido sin dudar sacrificarse por aquel que había sido un padre para ella. El miedo se presentó dentro de él al notar que acababa de atacar a su diosa ¿Qué es lo que había hecho?
