Los personajes no son míos , yo solo los tomo para crear mi historia.
aviso:
Algunos personajes no son tan fieles en sus personalidades como en los libros.
Esta es una historia ficticia.
Preguntas
Pov Jules.
Tenía algo similar a un plan mientras corría hacia el garaje de los Cullen. La segunda parte de este se centraba en el coche de Beau durante mi viaje de vuelta.
Durante unos segundos me pregunté qué pensaría y luego comprendí que me importaba un comino.
Conduje hacia el sur, porque no tenía humor ni paciencia para soportar tráfico, transbordadores o cualquier otra cosa que me exigiera levantar el pie del acelerador.
La única señal de vigilancia con que me topé fue un pelaje marrón vislumbrado entre los bosques que corrió en paralelo a mí durante unos pocos kilómetros en el área meridional de Forks.
Tenía toda la pinta de ser Quila. Y ella también debió de verme, ya que desapareció al cabo de un minuto sin dar la voz de alarma. Me pregunté qué habría sido de ella antes de que me invadiera de nuevo una absoluta indiferencia.
Recorrí la larga autovía en forma de «u» de camino a la ciudad, la de mayor tamaño que había podido pensar. Ésa era la primera parte de mi plan.
Aquello parecía no acabar jamás, probablemente porque seguía dando vueltas, pero la verdad es que ni siquiera necesité dos horas antes de estar conduciendo por esa expansión urbana descontrolada que era en parte Tacoma y en parte Seattle. Levanté en ese momento el pie del acelerador, ya que no deseaba atropellar a ningún viandante.
El plan era una auténtica sandez y no iba a funcionar, pero recordaba las palabras de Leland cada vez que me devanaba los sesos en busca de una solución a mi dolor: «La imprimación te alejaría de él, ya sabes, y ya no tendrías que sufrir por su causa».
Al parecer, lo peor del mundo no era quedarte sin opciones. Lo peor que podía pasarle a uno era sentirse así.
No era amor, el amor se suponía que debía tener celos cada vez que veía con alguien no eras tu misma. Yo lo que sentía era anhelo que me calaba los huesos, una atracción a Beau, que no podía justificar, odiaba ver su sonrisa decaer, odiaba ver alguna señal de dolor en sus ojos. No tenía como explicarlo, según Leland era amor. Un amor que sabía nunca llegaría, ya que él ya había entregado su corazón a alguien más.
A alguien que en este momento se encontraba embaraza de algo que se suponía que era imposible, aunque de nuevo con Beau las cosas nunca había sido fáciles.
También estaba el maldito tema con Edythe, la chica parecía que se deprimida automáticamente cuando me desaparecía. No podía entender por qué lucia tan feliz en verme cuando ella antes de su boda ardía en celos cada vez que me veía.
Tampoco me entendía a mí misma en este momento, ¿cómo había renunciado a mi manada por Beau, o por Edythe?, ¿Por qué?, aunque me lo negara en este momento no dejaría que nada le pasara a ella, no podía entender el motivo de esa incontrolada ganas de pertenecer al lado de ellos dos.
Si no era amor, ¿Que era?
Continué hacia el norte, donde había más y más gente. Al final, encontré un enorme parque atestado de niños, familias, aficionados al monopatín, ciclistas, chavales jugando a hacer volar una cometa, gente de picnic y un poco de todo lo demás. Hacía un día estupendo, pero no me había dado cuenta hasta ese momento. Brillaba el sol, y la gente había salido a disfrutar de un día despejado. Dejé el deportivo en medio de dos plazas de minusválidos, sólo mientras iba en busca de un tique, y me uní a la multitud.
Me senté en los columpio. Intentando controlar mi respiración. Todo se estaba yendo al misma mierda en este momento, cada cosa no tenía sentido, no había forma que yo pudiera saber por qué estaba tan empeñada en proteger a esos dos. O a la familia Cullen.
Había sido criada con las leyendas de como los chupasangre debían ser destruidos por nosotros, como era criaturas malvadas con solo ganas de matar y sed de sangre. Pero también había sido criada con esa historia de Beaufort Swam. Era casi una historia de amor. Casi.
Como mi antepasado, de mi linaje se había enamorado y había tenido una amistad con un humano de ojos azules, con corazón bondadoso. Que tenía la vida miserable, pero parecía intentar seguir adelante por Julie Black, como ella misma tuvo que romper el corazón y sus propios sueños, para hacerse cargo del deber de proteger a su pueblo.
Como ella siempre había tenido corazón partido por no haber protegido más a su amor, por como ella narraba tanto a sus descendientes y los que siguieron, era lo más cercano que ella había experimentado de la imprimación.
Ahora yo estaba en el acto, que se podía significar pagar por la culpa que sintió Julie Black, como había abandonado a la persona que más amaba por las obligaciones del pueblo. Porque si, no me atrevería hacer lo que hizo ella, no podía siquiera pensar en abandonar a Beau, tampoco me atrevía entregar Edythe a Sam… para que el niño desapareciera.
No tenía ningún problema con el niño o niña (según Beau), pero podía ver como estaba matando a Edythe, como estaba consumiendo día a día. La vida bastante mierda si me preguntaran.
Suspire mientras me acariciaba los parpados.
No había caso si quisiera encontrar a alguien para remplazar lo que sentía por Beau, ni siquiera sabía el significado de mis sentimiento. Solo sabia que debía protegerlos, quizás en este momento era lo único debía importarme.
Me levante para volver, a pesar de que no había encontrado consuelo, ni respuesta. Aunque una parte de mi me dijo solo contraria cuando muriera Edythe o naciera el pequeño monstruo.
Conduje de manera mucho más prudente durante los primeros kilómetros, pues no tenía prisa ni un destino adonde ir. Volvía a esa casa y a ese bosque, a la confusión del que había escapado.
Leland y Sara iban a tener que pasarlo conmigo. Me alegraba que no fuera a durar mucho, porque la mocosa no se merecía que le arruinara la paz de espíritu para los restos; ni tampoco Leland, claro, pero al menos se trataba de algo que el comprendía. El padecimiento no era ninguna novedad para él.
Suspiré con fuerza al recordar lo que Clearwater quería de mí, sobre todo porque sabía que se iba a salir con la suya. Seguía mosqueada con él, pero no podía dar la espalda al hecho de que estaba en mi mano hacerle la existencia más fácil, y ahora que lo conocía mejor, pensaba que, de estar las tornas al revés, probablemente el sí lo hubiera hecho por mí. Al menos, sería tan interesante como extraño tener a Leland como compañero, y como amigo, pues una cosa era segura, nos íbamos a meter el uno en la piel del otro, y un montón. Él no iba a dejar que me revolcara por los suelos de autocompasión, y eso yo lo valoraba positivamente. Lo más probable era que yo necesitara a alguien que me pateara las tripas de vez en cuando, pero a la hora de la verdad, él era el único amigo que tenía alguna oportunidad de comprender por lo que yo estaba pasando.
Pensé en la caza matutina y en la proximidad de mentes que habíamos alcanzado durante un momento. No había estado mal. Era algo diferente. Asustaba un poco y daba algo de corte, pero, aunque fuera raro, no había resultado desagradable.
Vi a Sam y Yareth apostados como centinelas, uno a cada lado del camino, mientras subía por la carretera que conducía a Forks. Se habían escondido a conciencia entre el denso ramaje del sotobosque, pero les estaba esperando y sabía qué buscaba. Los saludé con un asentimiento de cabeza cuando pasé entre ellos sin que me preocupara lo más mínimo qué habrían hecho durante mi día de viaje.
También envié un saludo a Leland y a Sara cuando circulé a velocidad moderada por el camino de acceso a la casa de los Cullen. Empezaba a oscurecer y a este lado del estrecho los nubarrones eran espesos, pero fui capaz de ver el brillo de sus ojos cuando reflejaron las luces de los faros.
Más tarde se lo explicaría todo. Me iba a sobrar tiempo.
Me sorprendió que Beau me esperase en el garaje. No le había visto separarse de Edythe en días. Pero a ella no le había pasado nada malo a juzgar por la expresión de su rostro. De hecho, su semblante era mucho más tranquilo que los días de atrás.
—Debemos hablar de un par de cosas, Jules —me soltó en cuanto apagué el motor.
Inspiré hondo y aguardé cerca de un minuto antes de salir del coche y lanzarle las llaves.
—Gracias por el préstamo —contesté con acritud; al parecer, debía devolver el favor—. ¿Qué Sucede? Luces estreñido justo en este momento.
—Sé cuánto te revienta imponer tu autoridad en la manada, pero...
Pestañeé atónita.
—¿Qué...?
—Si no quieres controlar a Leland, podrías hablar con el...
—¿Leland? —le interrumpí. Que mierda había hecho esta vez—. ¿Qué ha sucedido?
—Se presentó en casa para averiguar por qué te habías marchado tan de repente —contestó mirándome fijamente—. Intenté explicárselo. Pero Edythe termino de confirmar lo que te sucedía… no termino bien.
—¿Qué hizo?
—Cambió de fase y se convirtió en hombre para...
—¿De veras? —le interrumpí, francamente sorprendida. ¿Que Leland había bajado la guardia en la guarida del enemigo? No daba crédito a mis oídos.
—Quería… hablar con Edythe de frente.
—¿Con Edythe?
—No voy a dejar que vuelva a desquiciarla —ahora sí, los ojos parecían arder en furia helada. Ese color negro parecía endurecerse—. Me da igual que él se crea cargado de razones. No le hice daño, por supuesto, pero lo expulsaré de la casa si esto vuelve a suceder. Pienso tirarla de cabeza al río...
—Aguarda. ¿Qué dijo?
Nada de aquello tenía sentido. Beau era la persona más pacífica que había conocido, aguantaba cada insulto con una sonrisa, claro esa era cuando era dirigidos hacia él, no por nada tenía una paciencia con Edythe y su celos. Pero aun así cuando había escuchado que Edythe había hecho enojar Leland, él había guardo la calma.
Beau aprovechó que inspiraba hondo para recobrar la compostura.
—Leland empleó un tono de innecesaria crueldad. No voy a fingir que estamos siendo crueles y egoístas en mantenerte con nosotros, pero no nos comportamos de ese modo con el propósito de hacerte daño, en particular, odio esta situación jamás quise que estés sufriendo. Pero las recriminaciones de Leland estaban fuera de lugar y de tono, y Edythe rompió a llorar...
—Espera un momento... ¿Me estás diciendo que Leland se puso a pegarle gritos a Edythe por mí?
El vampiro asintió una sola vez con brusquedad.
—Tuviste en el un defensor de lo más vehemente.
Vaya.
—Yo no se lo pedí.
—Se lo que no harías.
Puse los ojos en blanco. Por supuesto él tenía que ver lo mejor en cada persona.
Pero esto tenía que ver con Leland. Ver para creer. ¿Quién se la habría imaginado metiéndose con su forma humana en la madriguera de los chupasangres para quejarse por el mal trato que me daban?
—No puedo prometerte que vaya a controlar a Leland —repuse—. No pienso hacerlo, pero sí tengo intención de hablar con el muy en serio, ¿vale? Y no creo que se repita. Leland no es de los que se muerden la lengua y se lo guardan dentro, así que probablemente lo habrá soltado todo hoy.
—Eso puedo asegurártelo.
—De todos modos, también hablaré con Edythe. No ha de sentirse mal, pues esto sólo tiene que ver conmigo.
—Ya se lo he dicho.
—Ya lo creo que se lo habrás dicho. ¿Se encuentra bien?
—Ahora duerme. Roy y Eleanor están con ella.
De modo que el psicópata ahora se llamaba «Roy». Él se había pasado completamente al lado oscuro.
—En cierto modo, ahora se encuentra mejor, si dejamos a un lado el ataque de culpabilidad que le provocaron las diatribas de Leland —Los dos tortolitos estaban acaramelados ahora que Edythe podía oír al Bebe. Qué bonito y, yo revolcándome en mis pensamientos —. Ahora que puede oír los pensamientos del bebé, sabemos que él, o ella, goza de unas facultades mentales muy desarrolladas. Nos entiende, bueno, hasta cierto punto.
Me quedé boquiabierta.
—¿Hablas en serio?
—Sí. Parece tener una vaga noción de lo que le hace daño a la madre e intenta evitarlo lo máximo posible. El bebé ya la ama.
Beau, siempre había pensado lo mejor de las personas. Al igual que su madre creía en la compasión antes que la venganza, dando tantas oportunas que debía ser delito en que alguien como el tuviera que analizar a las personas.
Beau no odiaba al bebe, nunca odiara porque era una parte Edythe, por lo tanto, lo amaba, aunque él bebe vampiro le estuviera rompieron una costilla diaria a su madre, Beau lo amaría. O peor se culparía por sufrimiento.
—El desarrollo es mayor de lo estimado, o eso creo. En cuanto regrese Carine...
—¿No ha vuelto el grupo de caza...? —le atajé de forma abrupta mientras pensaba de inmediato en las siluetas de Sam y Yareth, de guardia en los arcenes. ¿Tenían curiosidad por saber qué estaba pasando?
—Archie y Jessamine, sí. Carine envía toda la sangre conforme la adquiere, pero esperaba conseguir más... Al ritmo que le crece el apetito, Edythe habrá consumido este suministro en otro día más a lo sumo. Carine se ha quedado a fin de probar suerte con otro vendedor. Yo lo considero innecesario, pero ella desea cubrir cualquier eventualidad.
—¿Y por qué es innecesario? ¿Y si necesita más?
Vigilaba y estudiaba todos los detalles de mi reacción cuando me lo soltó:
—Voy a intentar convencer a Carine para que saque al bebé en cuanto regrese.
—¿Qué...?
—La pobre parece hacer todo lo posible por evitar movimientos bruscos, por lo que me dice Edythe, pero le resulta muy difícil debido a lo mucho que ha crecido. Esperar es una locura, pues el feto se ha desarrollado mucho más de lo que había supuesto Carine. Edythe es demasiado frágil para esperar.
El anuncio me dejó fuera de combate y tuve suerte de que no se me doblaran las piernas. Un alivio recorrió todo mi cuerpo… Edythe no iba morir, Beau no iba sufrir por la muerte de su esposa.
—Crees que va a conseguirlo —murmuré.
—Sí, de eso también quería hablar contigo. Hemos esperado a que el feto se hubiera formado del todo, lo cual ha sido una verdadera locura a juzgar por los peligros... Cualquier dilación podría resultar fatal en este momento, pero no veo razón para que todo acabe mal si adoptamos las medidas oportunas con antelación y actuamos con rapidez. Conocer los pensamientos del bebé es de una ayuda inestimable. Por suerte, Edythe y Roy están de acuerdo conmigo. Nada nos impide actuar ahora que las he convencido de que el pequeño está a salvo si procedemos...
—¿Qué es lo que quieres de mí? —inquirí, todavía en voz baja, ese rostro lleno de culpa. Debía ser algo importante.
—Se que estas sufriendo, no sabes cuánto odio haberte hecho esto. Renunciar a tu familia, y a tu manada. Es por eso por lo que detesto hacer esto en el preciso momento en que has de hacer frente a tantas cosas, pero hablando claro: se nos acaba el tiempo. He de pedirte algo, suplicártelo si es preciso.
—Ya no me queda nada —repuse con voz ahogada.
Alzó una mano de nuevo con la aparente intención de ponérmela en un hombro, pero luego volvió a dejarla caer como antes y suspiró.
—Soy consciente de lo mucho que nos has dado —continuó—, pero hay algo que tú y sólo tú puedes hacer. Le pido esto a la verdadera Alfa de la manada, Julie, se lo ruego a la heredera de Efraima.
Trague saliva al intuir lo que seguía.
—Solicito tu permiso para desviarnos de los términos del tratado sellado con Efraima. Deseo tu permiso para hacer una excepción. Pido tu autorización para salvar la vida de Edythe. Sabes que lo haré de todos modos, pero no quiero romper tu confianza si existe una forma de evitarlo. Jamás hemos tenido intención de echarnos atrás en la palabra dada y no vamos a hacerlo ahora, al menos, no a la ligera. Apelo a tu comprensión, Julie, porque tú sabes exactamente las razones que me impulsan a obrar. Deseo que la alianza entre nuestros clanes sobreviva cuando esto concluya.
Intenté tragar saliva.
—Sam…
—No. Sam ostenta una autoridad usurpada. La tuya es auténtica. Nunca se la vas a arrebatar, lo sé, pero sólo tú puedes concederme en buena ley lo que te estoy pidiendo.
—Esa decisión no es cosa mía.
—Lo es, Julie, y tú lo sabes. Tu palabra en este asunto nos absolverá o nos condenará a todos. Eres la único capaz de concederme esto.
—Soy incapaz de hilvanar dos ideas seguidas.
—No tenemos mucho tiempo —volvió la vista atrás, en dirección a la casa.
No, no lo había. Mis días habían menguado hasta convertirse en horas.
—Déjame pensar. Dame un respiro, ¿de acuerdo?
—Sí.
Eché a andar en dirección a la casa y él me siguió. La ligereza con la que me había puesto a caminar en la oscuridad con un vampiro pisándome los talones se me antojó una locura, pero, aun así, no me sentía incómoda, la verdad, jamás me había sentido incomodo con Beau. La sensación se parecía a caminar con cualquier otra persona, bueno, cualquier persona que oliera mal.
Se produjo un movimiento de ramas en los matojos del lindero del bosque con el prado y luego sonó un aullido lastimero. Sara se contorsionó para pasar entre los helechos y se acercó corriendo a grandes zancadas.
—Hola, mocosa —murmuré.
Humilló la cabeza y yo le di unas palmadas en el lomo.
—Todo va de película —le mentí—. Luego te lo cuento. Perdona que haya salido pitando de ese modo.
Me dedicó una gran sonrisa.
—Ah, y le dices a tu hermano que se relaje un poco, ¿vale? Ha sido suficiente.
Sara asintió una vez.
—Vuelve al tajo —esta vez le empujé un poco en el lomo—. Enseguida te lo explico con detalle.
Sara se frotó contra mis piernas y luego dio media vuelta para salir disparado entre los árboles.
Reanudamos la caminata hacia el edificio. Alzamos la cabeza en cuanto oímos el gorgoteo de alguien mientras bebía a través de una pajita. A mi acompañante le entraron todas las prisas del mundo y se precipitó por las escaleras del porche antes de perderse en el interior de la residencia.
—Edythe, cariño, pensé que dormías —le oí decir—. Lo siento. No me habría ausentado de haberlo sabido.
—No te preocupes. Me he despertado por culpa de la sed. Es estupendo saber que Carine va a traer más sangre. El niño va a necesitarla cuando esté fuera.
—Cierto, bien pensado.
—Me pregunto si va a precisar de algo más.
—Supongo que no tardaremos en averiguarlo.
Traspasé el umbral.
—Al fin —escupió Royal.
Edythe volvió los ojos hacia mí de inmediato y su rostro quedó dominado por esa sonrisa suya tan irresistible, pero duró sólo un instante; luego, le temblaron los labios y desapareció la alegría.
A continuación, apretó la boca, como si intentara no gritar.
Me entraron ganas de meterle un bofetón a Leland en esa estúpida bocaza suya. Esta mujer que tenía al frente jamás había mostrado debilidad, era fuerte, maldición. Lo que no tenía Beau de fortaleza de impórtale poco de lo que pensaba el resto lo tenía esta chica. Impresionantemente me sentó mal que ella se mostrara mal que alguien la lastimara
—Hola, Edy —me apresuré a decir—. ¿Cómo va todo?
—Estoy bien —contestó.
—Ha sido un gran día, ¿no? Hay un montón de novedades.
—No tienes que hacerlo, Jules.
—No sé de qué me hablas —repuse.
Me encaminé hacia el sofá y me senté en el brazo más cercano a su cabeza. Beau ya se había sentado en el suelo. Edythe me dirigió una mirada de reproche.
—Lo siento t... —comenzó a decir.
Hice un gesto a modo de pinza con los dedos índice y pulgar y le pellizqué los labios.
—Jules —farfulló mientras intentaba apartar mi mano.
La intentona tuvo tan poca fuerza que me costó creer que lo pretendiera de verdad. Negué con la cabeza. Esta chica había dado un puñetazo a Leland una vez, se había roto la mano, pero vamos. Nadie más tendría el coraje de hacer eso…quizás mis demás hermanas, pero una humana no.
—Te dejaré hablar cuando no seas estúpida.
—Vale, no lo diré —logró responder entre dientes.
Retiré la mano.
—¡... tanto! —se apresuró a decir, y luego sonrió triunfante, va, esa era la Edythe que conocía.
Mañana podía ser mi enemiga o tal vez mi aliada, y por cómo pintaba el asunto, una u otra cosa iba a ser decisión mía.
Suspiré.
—De acuerdo—dije llamando la atención de Beau que se había sobresaltado, tenía los ojos azules ahora, lucia cansado…. Valla el chico parecía que se iba caer en cualquier momento— Adelante, sálvala. — Aquello me hizo sentir vacío. —La heredera de Efraima te da su permiso y tienes mi palabra de que esto no va a ser considerado como una vulneración del tratado. Los demás van a tener que echarme la culpa, pero tienes razón, nadie puede negar que esté en mi derecho de dar esta aprobación.
—Gracias —respondió Beau con una sonrisa llena de gratitud. Edythe que seguro había estado escuchado nuestra conversación anterior solo guado silencio.
—Bueno, ¿y qué tal te ha ido el día? —inquirió Edythe, haciendo un esfuerzo por que la pregunta sonara lo más informal posible.
—Estupendo. Di una vuelta en coche y luego estuve paseando por un parque.
—Suena bien.
—De primera.
De pronto, hizo un mohín.
—¿Eleanor...?
—¿Otra vez? —La novia de Ken, sonrió juguetonamente. Ken solo sonrió divertido.
—Creo que me he bebido dos litros en la última hora —me explicó Edythe.
Beau y yo nos quitamos de en medio mientras Eleanor acudía para alzar a Edythe del sofá y llevarla al servicio.
—¿Me dejáis caminar? —pidió Edythe—. Tengo las piernas agarrotadas.
—¿Estás segura? —le preguntó su marido.
—Eleanor me sostendrá si me tropiezo, y es muy posible, porque no me veo los pies con esta tripa.
Royal se levantó también, ayudo a incorporarla con sumo cuidado y no retiró las manos de los hombros de la embarazada, que alargó los brazos hacia delante e hizo una ligera mueca de dolor.
—Qué bien me sienta... —suspiró—. Uf, estoy enorme —y era cierto: estaba tremenda. La tripa parecía un continente propio e independiente de Edythe—. ¿Aguanta un día más —dijo mientras se daba unas palmaditas en el vientre?
—De acuerdo, entonces. Yupi... Oh, no.
Edythe había dejado el vaso encima del sofá, y acababa de volcarse hacia un lado en ese mismo momento, derramando la sangre de intenso color rojo sobre la tela blanca del asiento.
A pesar de que cuatro manos intentaron impedirle cualquier movimiento, ella se encorvó inmediatamente y alargó la mano para recogerlo.
Se escuchó en la estancia una débil rasgadura de lo más extraño. Provenía del centro del cuerpo de Edythe.
—¡Oh! —jadeó.
Entonces, Edythe perdió el equilibrio y se precipitó hacia el suelo. Royal reaccionó en el acto y la cogió, impidiendo su caída. Beau y Eleanor también estaban allí, con las manos tendidas por si acaso.
—¿Edythe? —preguntó Beau con los ojos desorbitados y las facciones dominadas por el pánico. Sus ojos era negro. Su corazón había dejado de latir.
Edythe soltó un grito medio segundo después.
En realidad, no era un grito, era un alarido de dolor que helaba la sangre en las venas.
Un gluglú sofocó aquel horrísono bramido. Las pupilas de sus ojos giraron hasta acabar mirando hacia el interior de las cuencas mientras su cuerpo se retorcía y se doblaba en dos sobre los brazos de Royal. Entonces, Edythe vomitó un torrente de sangre.
