Capitulo 7

" Me comí un boquerón, y esa es la razón de por qué no me comí dos "

~x~

Cobia lleva toda la mañana en la cancha de la Escuela de Jóvenes prodigios del Distrito Cuatro. En teoría es un lugar para que los dotados aprendan a servir mejor al Capitolio, pero por supuesto, es el campo de entrenamiento de los Profesionales.

En el campus hay muy pocas personas el día de hoy, porque es día de cosecha y los más débiles van a casa a llorar en los hombros de sus mamis y papis, pero Cobia no es como los demás. Cobia es una campeona, es una Vencedora, es una máquina mortal entrenada para el único propósito de ganar los Juegos del Hambre. O eso es lo que se dice frente al espejo todos los días.

Los Juegos del Hambre.

Uno de los pocos concursos que no ha podido ganar, porque ni siquiera ha podido ganar la Cosecha. Casi detiene su entrenamiento del coraje que le provoca recordarlo.

A los catorce, cuando llevaba cinco años mentalizando su mente y preparando su cuerpo, cuando había pasado pruebas que ni los de dieciocho podían, van y la eligen directo de la urna. Hizo el coraje de su vida. Una chica alta, pelirroja, de ojos celestes y brillantes se presentó voluntaria, la eligieron, fue a los Juegos y se robó toda su gloria. Lo peor es que esa asquerosa muñeca había vuelto como Vencedora y ahora tenía que verla pavonearse por la Escuela con la gracia de un delfín mal entrenado.

Al año siguiente, cuando todos pensaban que se presentaría voluntaria, no lo hizo. Simplemente para llevarles la contra, obviamente no tenía nada que ver con la nueva Vencedora del cuatro o el golpe a su autoestima que aquél evento supuso. Tampoco tenía nada que ver con la niñata de catorce años que se la pasaba pegada a sus talones a cada paso que daba, retando a Cobia a unas carreras, a escalar la pared, a las luchitas, y siempre le ganaba. Menos aún tenía que ver con su precaria situación familiar. La única a la que Cobia culpaba era a ella misma.

Antes de toda la debacle, Cobia era mucho más segura de sí misma, se levantaba todos los días de un salto, se lavaba la larga melena rubia que era su mayor atractivo, no por vanidad, sino porque sabía que le ayudaría a ganar. Iba a la escuela, sacaba buenas notas y en la tarde iba a la verdadera Escuela, la Escuela que la llevaría a la cima, como querían sus padres, esta había sido su rutina desde los nueve años.

Por aquél entonces, su padre era el ministro de pesca, un trabajo grande e importante, uno que le permitía enviar a su hija a muy temprana edad a la Escuela de Jóvenes prodigios. Cobian comenzó desde pequeña a beber de las aguas del éxito y el glamour que le daban tanto la posición de su padre como lo prodigiosa que se había vuelto en tan poco tiempo. Todas las niñas en la escuela normal le temían o querían ser sus amigas, todos los niños que se burlaban de ella terminaban con un labio rojo o un ojo morado. Nadie podía contenerla.

Pasaron cuatro años viviendo en la burbuja de comodidad que todo aquello les proporcionaba, hasta que despidieron a su padre. Hasta la fecha, Cobia no sabe por qué pasó, lo que sí sabe es que su madre, que siempre usaba vestidos o anchos pantalones de algodón en colores pastel, ahora vestía con materiales mucho más resistentes, tanto a los elementos como a la mugre. Y que su padre, antes del mismo color pálido que ella y con los mismo ojos azules cielo nublado de tormenta, ahora era tan moreno como un pan de centeno.

Sus padres tenían un par de barcos pesqueros que trabajaban otras personas, pero decidieron subir a bordo de éstos durante aquella crisis.

En uno de los barcos vivía la familia, Cobia, sus padres y su pequeño hermano Nemo, que había nacido justo después del despido, el otro era para que sus padres salieran cada mañana a cumplir la cuota del Capitolio por un par de sesterces que debían alcanzar para alimentar a los cuatro. No podían quedarse con ningún pescado, ninguna ostra, ninguna concha de mar extra, porque serían ejecutados en el acto.

El nuevo ministro de pesca, un joven de veinticinco años, hermano de la nueva Vencedora del Distrito Cuatro había aumentado el impuesto a los barcos pesqueros, por lo que Cobia tenía que empezar éste año, a sus dieciséis, a ayudar a extender las redes y separar lo que juntaran en paquetes de entrega con enormes sellos del Capitolio.

El año en que decidió no presentarse como voluntaria, sus padres habían tenido la mayor discusión que ella había presenciado jamás. Su madre seguía firme en que Cobia debía continuar con su entrenamiento y ganar los Juegos, su padre se negaba rotundamente a que su hija se pusiera en peligro. En ese momento se dio cuenta de lo mucho que la tenía sin cuidado lo que cualquiera de los dos dijera. Su destino ya estaba grabado a fuego en su mente.

Algunas personas, cuando su vida cambia de un momento a otro se apegan a creencias y costumbres anteriores para sobrevivir en la nueva realidad, otras tienen una visión más fluida de los hechos y se adaptan. Su madre era la primera, su padre era el segundo. Cobia aún no sabía qué pensar.

Antes, Cobia se quejaba de todo, de sus profesores, de sus compañeros, de sus entrenamientos, de su vida entera. Ésta mañana, cuando se despertó, llevó al pequeño Nemo a la guardería y corrió a la Escuela de Jóvenes Prodigios, agradeció infinitamente poder estar ahí y no en el barco. Odiaba el barco. Odiaba no vivir en tierra firme donde nada se movía, donde había drenaje para los desechos y donde tenía su propio cuarto. Pero ahora que tenía razones verdaderas para quejarse, elegía no hacerlo. Quizás tenía un poco de ambas, era una pieza fija, pero movible.

Claro que extrañaba las comodidades, pero había sido entrenada para recibir golpes, raspones, torceduras, quemaduras, arañazos, patadas y humillaciones. Cobia no se daría por vencida en su meta. Ella ganaría los Juegos.

Siguió entrenando en la Escuela hasta pasado el mediodía, tomó una ducha en los vestidores y salió refrescada y lista para correr hacia el escenario en punto de las 14:15 horas. Con la toalla en el hombro y las guardas de los nudillos aún puestas, caminó por los pasillos sin saludar a nadie. Vista al frente, como siempre.

— Hola —saludó una chica de veinte años con larga melena pelirroja y ojos azul celeste. Cobia la ignoró y siguió caminando—. ¡Espera, espera! —le gritó la voz, ella la ignoró de nuevo, pero la chica la sorprendió tomándola del cuello y metiéndola a un salón vacío. Una vez dentro Cobia le dio un codazo en la nariz y cayó al suelo. Se estaba levantando cuando la Vencedora sacó un látigo de su cinturón y lo blandió frente a la puerta. Cobia la miró con confusión más que afrenta.

— ¿Qué quieres Oceanberry? —le preguntó, llamándola por su apellido. Francamente no recordaba su nombre. Ups.

— Hablar —contestó ella, sin quitarle los ojos de encima. Cobia se debatió unos segundos entre intentar salir por la ventana, aunque la rompiera, enfrentarse a ella a puño limpio o sentarse en el escritorio y dejar que dijera lo que sea que quisiera decirle. Las tres opciones le daban la misma sensación de peligro.

— Muy bien —dijo Cobia, optando por la tercera opción. No quería arriesgarse a lastimarse tan cerca de la Cosecha.

— Seré breve —aseguró la otra chica enrollando su arma entre sus perfectas manos manicuradas y levantando la cabeza para que su nariz dejara de sangrar—. No deberías presentarte voluntaria este año.

Cobia no dice nada durante unos momentos, parpadeando lentamente y haciendo un esfuerzo para no abrir la boca como pez fuera del agua.

— ¿Disculpa? —le dice por fin. Aún no supera la audacia de ésta persona, parada ahí como si nada, recomendándole que se deshaga de su meta en la vida.

— Lo he dicho ya. No subas a ese escenario —la pelirroja hizo ademán de salir por la puerta sosteniendo su tabique entre el dedo índice y pulgar. Fue el turno de Cobia de obstruir su camino.

— ¿Estás demente Oceanberry? —le preguntó. Su estrategia era amedrentar, insultar, demandar y controlar. No estaba segura de que funcionara con esa chica, pero no tenía otras armas.

— Escucha Cobia —le dice, sonando casi dulce, casi... preocupada—, no es lo que parece. Si pierdes, mueres. Si ganas, mueres. Todo lo que hay ahí afuera es muerte. No te presentes.

Cobia se debate entre la envidia, el enojo y la admiración. A veces se le olvida que ella ganó los Juegos, sólo porque no es santo de su devoción no quiere decir que no le respete al menos eso.

— ¿Cómo se llama tu hermano? —pregunta Cobia, cambiando tan drásticamente de tema que la otra chica se descoloca un poco.

— Marsh —contesta confundida.

— Pues Marsh Oceanberry le quitó el puesto a mi padre. ¿sabías eso? —la Vencedora baja la mirada, sus hombros pierden intensidad. "Así que lo sabe" piensa Cobia sonriendo—. Claro que sí. Tu hermano es el nuevo ministro de pesca, tu vives en una mansión, toda tu familia y probablemente la generación que les sigue vivirá cómodamente, el Distrito tuvo un año sin hambruna, todo a expensas de tu victoria. Una victoria que de hecho fue merecida, aunque se me tuerza la boca por decirlo.

Eres una Vencedora, tienes una plataforma, una voz, tienes medios para cumplir no sólo tus sueños sino los de los demás, tienes un propósito en la vida que te dieron otras veintitrés personas. No tienes derecho a sentir lástima por ti misma ni por los que buscan tu destino. Si no lo quieres, puedes usar ese bonito látigo y enrollarlo en tu cuello. No necesito tus consejos, ni tu sabiduría, ni tu compasión. No soy como tú, nunca fui como tú y nunca seré como tú —Cobia terminó su discurso dándole un codazo en las costillas. Simplemente porque creía que se merecía una llamada de atención. Odiaba a la gente que se autocompadece tanto como aquella chica.

La flamante Vencedora se quedó ahí, con una hemorragia nasal y el dolor en las costillas, al menos sus uñas estaban intactas.

El brazo de Cobia ardía y pulsaba cuando llegó a casa. En el bote encontró una cubeta con hielos en la que metió su codo. Se sentó ahí a leer un panfleto de los Juegos ignorando el olor a pescado.

El panfleto era propaganda del Capitolio que explicaba con detalle cómo presentarse voluntario y qué pasaría en caso de un empate. Al principio, como en los demás distritos, era una carrera, posicionarse al frente lo más posible y llegar a la plataforma primero, sin embargo, el Distrito Cuatro se había hecho famoso por sus valientes voluntarios jóvenes. Cada año, los de dieciocho y diecisiete eran relegados al puesto secundario mientras los de catorce, quince y dieciséis se batían en duelo en la Escuela para tener un par de candidatos viables para la Cosecha.

Cobia se había ganado su lugar a pulso aquél año, era la mejor, siempre había sido la mejor, e incluso cuando objetivamente otras personas podrían insistir en que no era la mejor, no había duda en la mente de Cobia de que... de hecho, era la mejor. Y a partir de hoy, podría comenzar a probarlo de verdad.

Se puso un vestido azul marino y una lycra de entrenamiento debajo, un par de viejos tenis y una coleta en su cabello y estaba lista. Cuando estuviera en el escenario se la quitaría, pero antes de eso, debía lucir musculosa, preparada, jóven y lista, para que la eligieran en caso de un empate.

Un chapoteo seguido de un silbato le indicó que sus padres llegaban en el barco pesquero. Los otros dos ayudantes bajaron del barco y le desearon buena suerte antes de marcharse. Su madre le enseñó su paga del día, un enorme y gordo salmón.

— ¡Durará un par de días si lo ahumamos bien! —dijo emocionada—. Extraño tanto el sabor de éste pequeñito —agregó casi saltando hacia la cocina del otro barco. Cobia ayudó a su padre a amarrar el barco al muelle.

— ¿Sigues empeñada en subir ahí el día de hoy? —preguntó su padre. Ella asintió sin mirarlo. Aunque no le importara mucho lo que ellos pensaban, tampoco le gustaba el sentimiento de decepcionar a su padre, y creía que en aquél momento lo estaba haciendo. Él suspiró y no dijo nada más. Cuando terminaron, caminaron juntos por el malecón hasta la casa de la guardería, que no era más que un edificio un poco más grande que los demás en donde trabajaban algunos ancianos del Distrito. El lugar era uno de los proyectos de Mags, otra Vencedora del Cuatro.

La familia se sentó a comer en la proa donde tenían un pequeño comedor para cuatro. Nadie mencionó la cosecha hasta que llegó la hora de partir.

— Te amo mucho —le dijo su madre pasando una mano por su cabello—. Pero no sientas que tienes que hacer esto por nosotros —le dijo. Cobia quiso abrir la boca como pez otra vez.

— ¿Mamá? —le preguntó. No sabía qué más decir ante éste cambio de actitud.

— ¿Hija? —le contestó su madre sonriendo, como si no entendiera tampoco—. Lo que quiero decir es... siempre he pensado que sabes lo que haces, nunca nos has necesitado mucho, no me gustaría pensar que ésta es la única cosa que crees que queremos de ti.

Cobia no le contesta. ¿Qué le puede decir? Sólo niega con la cabeza.

Su madre tiene razón, nunca los ha necesitado de verdad, no de la forma en que los demás hijos necesitan a sus padres. En su infancia estuvieron ausentes y en su adolescencia tenían más problemas que ella.

— Lo hago por mi —dijo al fin. Su madre asintió.

— Estoy embarazada —confesó. Cobia levantó las cejas. Le parecía extremadamente curioso que sus padres comenzaran a tener hijos cuando tenían menos recursos que nunca. ¿Estaba la natalidad en Panem arreglada o algo así?

— Felicidades, creo —dijo Cobia.

— Gracias, creo —dijo su madre.

Eso fue todo.

Después caminaron juntos a la Cosecha. Cobia sentía que estaban más unidos que nunca.

Una vez en la fila, con las demás chicas de dieciséis, Cobia se abrió paso a pisotones y codazos hasta la esquina más cercana al pasillo que llevaba a la gloria. Algunas intentaron dar batalla con puntapiés, pero todas entendían las sutilezas de su vestido azul. Sólo las elegidas de la Escuela llevaban aquél tono de azul marino. Si alguien quería competir contra ellas sin haber sido elegía, tendría que ser muy, muy valiente o muy, muy, muy suicida.

Llegó al frente cuando el discurso de la Alcaldesa terminó y el anciano escolta del Distrito Cuatro, con su característica piel azulada, como si estuviese enfermo o congelado y su red de pesca en el cabello. Algunas conchas de mar y tatuajes fosforescentes de animales abisales todavía se asomaban en sus bíceps. Tomó el micrófono.

— Hola. ¿Qué tal? —preguntó como siempre preguntara, como si todos fueran sus nietecitos y no un montón de niños asustados—. Hoy estamos aquí por la Cosecha. ¿Muy emocionante cierto? —su voz no se notaba demasiado emocionada, pero era suficientemente feliz y amistosa como para bastarle al Capitolio—. Empecemos con la diversión con las damitas de éste hermoso distrito—dijo guiñando un ojo a la cámara.

El nombre de alguna chica sin importancia resonó por la plaza, era una temblorosa niña de quince años. Cobia pensó que se veía más pequeña, frágil e inocente que ninguna niña de quince años que ella conociera. Seguramente era hija de los aceiteros de coco, la mayoría de ellos vivía entre la selva, en los lugares más aislados del Distrito.

Como era costumbre, el Viejo Pescador le preguntó algunas cosas sobre ella, a las que respondió con una voz frágil. Cobia rodó los ojos. Entendía el miedo, pero no lo compartía.

— Muy bien —dijo por fin el anciano—. ¿Debería hacer siquiera esta pregunta? —dice en tono juguetón. Las piernas de Cobia están tan rígidas y preparadas para correr que siente que si no lo hace pronto le dará un calambre—. ¿Hay... en ésta audiencia... algún voluntario? —pregunta tan lentamente que Cobia no puede esperar a que la última palabra salga de su boca antes de echar a correr. Algunas chicas de quince han hecho lo mismo, pero como ella tiene dieciséis estaba más adelante. Dos chicas de dieciocho y una de diecisiete llegan al mismo tiempo que ella. La de diecisiete lleva un vestido verde. Cobia la miró y frunció el ceño. Parecía más musculosa que ella, pero era solo la altura, tenía una enorme cicatriz en la mejilla, símbolo de batallas callejeras. En la Escuela jamás se marcarían así el rostro.

Se paró más erguida y miró con fiereza a los Vencedores, quienes tenían la palabra final en ésta situación. La nariz de la Vencedora más nueva no había terminado de sanar, tenía muchísimo maquillaje para ocultar el tapón nasal.

Los Vencedores juntaron cabezas, hombres y mujeres, siete en total. Siete de cuarenta y ocho. Tenía un seis punto ocho por ciento de probabilidades de ganar. El distrito Doce tenía un Vencedor hasta el momento, un gran total de punto cero dos por ciento de probabilidades. Cobia siguió estirando el cuello y haciendo matemáticas en su cabeza, impidiendo que su cerebro pensara en lo que pasaría si no la elegían.

— Muy bien, muy bien. Es hora de conocer a nuestra valiente y hermosa heroína del día de hoy —comentó el escolta acercándose al círculo de Vencedores—. ¿Quién será? —los Vencedores le susurran en el oído y él baja hasta donde se encuentran las cuatro chicas. Pone una mano en la cabeza de todas una y otra vez, como jugando el juego de guardería pato, pato, ganzo. Después de momentos eternos para Cobia, por fin su palma se detiene en su cabeza. Cobia salta de emoción y se quita la coleta del cabello. Las cámaras fijas en su reacción—. ¿Algo que decir señorita? —pregunta el viejo.

— ¡Están contemplando a la ganadora de los cuarenta y ocho! —grita y levanta las manos en el aire. El Distrito aplaude, sus compañeros de clase aplauden, incluso sus padres aplauden, pero no puede quitarse la sensación de que nadie está feliz por ella. Mucho menos la pelirroja que la observa desde las sillas de los Vencedores, una hermosa sonrisa plástica en la cara.