Décimo primer Secreto: Una canción por cada espina.
El taxi se detuvo frente al Smithsonian y Lana bajó de él sin demasiado protocolo. Había quedado en pasarse por la noche de snacks y tequila destilado de Michael. Entró en el edificio y la seguridad la saludó como si fuera una habitual. Quizás lo era. Había estado en ese sitio unas cuantas veces y ya era la Señorita Parrilla que pasa a ver a la jefa de Antropología Lingüística. Por el pasillo se encontró a algunos de los internos de Joy que ya estaban de carácter festivo y, contrario a otras veces en que se mostraban tímidos, la saludaron efusivamente acompañándola con el resto.
-¡Ey! – una entusiasta Joy se acercó a ella y la abrazó – aquí está Lana – dijo.
-Y tú pareces un poquito más alegre de lo normal, ¿no? – la morena sonrió al ver a la mujer negar con poco convencimiento.
-Es que este tequila está muy bueno – le aseguró finalmente.
-El mejor de la ciudad – anunció Michael – ven Lana y compruébalo tú misma.
El hombre le sirvió un chupito y Lana tuvo que reconocer que era un muy buen tequila, uno muy puro – Entiendo por qué te han gustado estos tragos – le aseveró a Joy.
-Tú mejor come snacks y no bebas sin nada en el estómago como la jefa – Max puso delante de ella unas patatas.
-¿Por eso estás así de alegre? – le preguntó la morena a su amiga y ella sólo asintió – menos mal que hoy tenías que llevarme a casa.
-Yo te llevaré, Lana – le aseveró Max – no te preocupes, tú bebe con Joy todo lo que quieras.
-¡Muchachas! – anunció Cam, la jefa general de Antropología, entrando por la puerta –tenemos un desafío.
Todos empezaron a vitorear - ¿Quiénes se han atrevido? – le preguntó Vincent.
-El departamento de Investigación Industrial quiere la revancha de su fracaso de la última vez – explicó Cam y todos abuchearon – sábado por la mañana, he aceptado – todos vitorearon con ánimos.
-¿Revancha de qué? – le preguntó la morena a las mujeres.
-Béisbol femenino – contestó Michael – nuestras chicas y las becarias son las campeonas invictas del instituto.
Lana abrió los ojos y se quedó mirando a Joy - ¿Juegas béisbol? – la antropóloga asintió son una sonrisa- ¿Por qué no me lo habías dicho antes?
-Bueno, nunca hablamos – los jóvenes becarios y Michael comenzaron a hacer alusiones de doble sentido y la antropóloga agregó – de deportes – aclaró meneando la cabeza y la abuchearon llamándola aburrida.
-A veces no hablamos de nada – comentó Lana sabiendo que los haría celebrar y así fue.
-No les des alas – le sugirió la antropóloga – luego no cesarán con las indirectas.
-Podemos darles verdaderas alas cuando tú quieras, preciosa – comentó Lana asombrada de su propio atrevimiento y vio como Joy meneaba la cabeza. Fuera el alcohol o el jolgorio, o sólo la aparente belleza extrema que apreciaba en esta Joy desinhibida de hoy, pero si otra fuera la situación no volvería a casa esta noche.
Pasaron el resto de la noche bebiendo y tonteando la una con la otra. Al final ambas estaban sentadas en un sofá de la segunda planta, tomándose de las manos y conversando alegremente.
-¿Así que según los muchachos tú eres la estrella del equipo de béisbol? – cuestionó Lana.
-Eso dicen – comentó Joy enlazando sus dedos con los de la morena.
-¿Sabías que mi padre jugaba béisbol? – inquirió Lana.
-Lo sé, aparece en la red – comentó la antropóloga – era muy bueno.
-Lo era, siempre le he tenido mucho cariño a ese deporte y a quienes lo practican – Lana sonrió y vio como Joy no podía contener su sonrisa.
-¿Quiere decir eso que me querrás más al verme jugar?
-¿Me invitarás a verte jugar? – quiso saber la morena.
-Esperaba que quisieras acompañarme, más bien contaba con ello – comentó Joy y acarició la mejilla de Lana, el alcohol las desinhibía sin dudas - ¿vendrás?
-No me lo perdería por nada – Lana movió la cabeza y los dedos de Joy terminaron en sus labios, así que los besó – puede que te anime y puede que si lo haces bien te recompensé – le dio otro beso en la yema de los dedos índice y mayor.
Joy soltó aire y tragó saliva - ¿Qué clase de recompensa?
-Un beso – Lana sonrió – te voy a dar un beso.
-No nos vamos a besar – aseveró Joy mirándola de lado – ya te lo he dicho.
-No, tú no me vas a besar – Lana se puso de pie saliendo de la caricia – yo haré lo que quiero y lo que quiero es besarte – le aseguró – si bateas muy bien te voy a besar y sé que no vas a batear mal, no te atreverías a perder.
-¿Tan segura estás? – inquirió Joy.
-Tanto como sé que te encantaría besarme ahora – Lana sonrió de medio lado.
-Eres mala – la antropóloga se puso de pie y tomó a Lana por la cintura - ¿Por qué me torturas así?
-¿Por qué tú me torturas así? – contestó la actriz – desde que me besaste, cuando te veo, sólo puedo pensar en eso.
Joy la abrazó contra su cuerpo y susurró en su oído – lo que quiero es que pienses en eso no sólo cuando me ves – posó sus labios en el cuello de Lana – será entonces cuando no pararé de hacerlo jamás.
Lana le dio un poco de espacio moviendo el cuello y se dejó llevar por esos labios que estaban interesados en explorarla.
Un carraspeó se oyó y las mujeres se separaron. Todo el grupo de Joy estaba mirándolas desde el pasillo con los ojos enormes y unas sonrisas socarronas.
-Desde luego a veces no hablan – comentó Michael.
Max se adelantó sonriendo – lamento interrumpirlas, pero hemos de abandonar el edificio porque ya es hora de cierre – luego agregó - ¿Quieres que te lleve a casa, Lana? ¿O las llevo a las dos a algún sitio?
-Estoy mejor – dijo Joy – creo que puedo conducir.
-Por supuesto que no – Cam fue tajante – o te vas con Max o te vas conmigo.
-Vale – la antropóloga sabía que sería inútil discutir – pues voy contigo y Max que lleve a Lana que le queda de paso.
Lana la saludó con un beso en la mejilla y se marchó siguiendo a la mujer hasta su coche en el aparcamiento. Conversaron sobre lo extraño que le parecía a Lana que tuvieran vía libre en un instituto tan prestigioso para una noche de juerga. Max le dijo que si no fuera por Cam sería imposible, pero tener a su favor a la directora general era una fortuna de la que solían todos sacar provecho. Cam inclusive. Cosas sencillas como la vista gorda a juergas o experimentos no protocolares.
-¿Cómo acaba una psicóloga con un grupo de antropólogos? – indagó Lana.
-Los antropólogos estudian procesos y aspectos que también se corresponden con los análisis psicológicos y sociológicos – explicó la otra latina – y les resulta importante tener a alguien que les aporte una visión más consciente, más humanista de la evolución – la mujer hizo una mueca – también sirve que la directora de antropología lingüística te recomiende.
Lana sonrió y luego hizo una pausa - ¿Tú y ella…? Joy quiero decir – aclaró – han tenido una relación en el pasado, ¿verdad?
-¿Te lo ha dicho? – quiso saber Max.
-No, pero sugirió que tenía una relación pasada con la que casi pierde una buena amiga – expuso Lana – así que era cuestión de hacer cuentas y sumar como la miras a veces.
-¿Cómo la miro? – Max la observó de reojo – no la miro de ninguna forma.
Lana sonrió – tranquila, yo entiendo bien lo que es querer a alguien en silencio.
-No puedo creer que estemos teniendo esta conversación – Max sonrió y Lana sonrió con ella – es extraño.
-Todo en mi vida es extraño, últimamente – le confesó Lana.
-Sólo quiero pedirte algo aunque no sé si me corresponde – dijo Max.
-Dime, da igual – le pidió Lana.
-No la lastimes, se honesta siempre con ella, es una buena mujer – pidió Max.
-Lo haré.
Lana se despertó al día siguiente con un ligero dolor de cabeza que se acentuó cuando dio unos pasos hacia la sala, después de asearse.
-Madre mía, Michael – se quejó en voz alta a un ausente antropólogo - ¿Qué tenía esa cosa? – se estiró luego y bufó un pelín – ¿Qué debería beber? ¿Café? ¿Un litro de paracetamol?
Llamaron a la puerta y se giró hasta ella abriéndola sin fijarse quién estaba del otro lado.
-¡Jenn! – dijo al ver a la rubia.
-Buenos días – le dijo Jennifer y luego hizo una mueca – tienes mala cara.
-Dolor de cabeza – expuso la morena.
-¿Mal dormir?
-Un tequila demasiado bueno – explicó Lana – y muy puro sobre todo.
-¿Has estado de tragos?
-Con el grupo de Joy – Lana fue honesta -, pero el tequila lo destiló uno de ellos así que no sólo estaba muy bueno, sino que era de los fuertes.
Jenn no hizo ningún gesto al respecto - ¿me dejas entrar?
Lana se hizo a un lado – por cierto, ¿qué haces aquí?
-Pasaba por aquí y decidí saludar – comentó la rubia y viendo la mirada de la otra mujer agregó – vale, vine a verte – suspiró – te echaba de menos.
Lana sonrió – yo también, Jenn.
-Ven aquí – la rubia la tomó de la mano y la hizo sentar en la barra de su cocina – vamos a curar ese dolor de cabeza.
-Bien, Dra. Morrison, ¿qué recomienda? – preguntó Lana.
-Hay dos posibilidades claras – comentó la rubia – un muy buen desayuno o la infalible pastilla de paracetamol – levantó un dedo – recomiendo empezar por el primero y luego vemos si te hace falta el segundo.
Lana sonrió al ver a Jenn rebuscar en su nevera sin mayores miramientos y con un sencillo permiso como búsqueda de aprobación. En poco la rubia había preparado huevos y bacón, tostadas con mantequilla y kiwi en porciones pequeñas. Más un café mitad cafeína, mitad descafeinado y leche de avena.
-Y te tomarás este dulce brebaje de electrólitos y minerales – agregó una bebida isotónica a su lado – lo más probable es que estés algo deshidratada.
Lana se rió al ver el plato ante ella - ¿Y tú no comes?
-Ya desayuné – reveló Jenn – sólo te acompañaré en la mesa – dijo sentándose frente a ella.
Y lo cierto es que a Lana el desayuno le sentó estupendo, comenzó a sentirse mejor a medida que comía y bebía. El dolor fue cesando poco a poco y la compañía de Jenn le dio un agregado al momento.
-¿Qué quieres hacer luego? – dijo dándole un sorbo a su bebida isotónica.
-¿Qué quieres hacer tú? – le preguntó Jennifer.
-Tú viniste hasta aquí así que sorpréndeme, Morrison – rebatió la morena - ¿o es qué has venido sin planificar nada?
Jennifer sonrió – Por supuesto que tengo planes – aseveró – tengo una lista de cosas que quiero hacer contigo hace tiempo así que claro que los tengo, tengo planes para cada día de mi vida si es contigo.
Se quedaron mirando un momento y Lana finalmente meneó la cabeza - ¿Estás segura que eres tú o también necesitas un desayuno fuerte?
-Soy yo y no estoy borracha, ve a cambiarte –Jennifer sonrió – informal, corazón, bien informal.
-Vale – aseveró Lana saliendo de la vista de la rubia y tardando unos minutos en volver.
-¿Lista? – le preguntó a la morena.
-¿Dónde vamos? – preguntó Lana.
-San Clemente – reveló Jenn – sí, la isla – señaló antes de que Lana le preguntará más – vamos.
La llevó hasta el coche y emprendieron la huida hasta la Isla de San Clemente. Pusieron algo de música y conversaron todo el camino. Jennifer le confesó a Lana que siempre había querido visitar las playas y el muelle de esa zona, y que le gustaría compartir con ella ese momento. A la morena le gustó la sensación de ser elegida de manera particular.
Llegaron hasta la playa principal que estaba casi desierta por la época del año que era y eso les permitió caminar tranquilamente todo el recorrido. Jennifer la tomó de la mano a mitad de camino y Lana tuvo que morderse el labio para dejar de sonreír. Todo era nuevo, demasiado diferente. La rubia decidió que era una buena idea caminar por el muelle y parar frente a un embarcadero a tomar una infusión o un café.
Se sentaron a ver las olas vibrar en el horizonte. Lana observaba todos aquellos barcos quietos, apenas bamboleándose con el ritmo del mar.
-Hay muchos barcos en esta zona – comentó.
-Es una zona muy popular entre quienes navegan por la costa del Pacífico y aquí hay muchas personas influyentes a las que tener un yate les levanta el estatus – la rubia hizo una pausa – o eso es lo que creen – sonrió.
-¿Deberíamos tener un yate? – quiso saber Lana.
-¿Deberíamos en plural? – comentó Jennifer – creo que te ha traicionado el subconsciente, mi preciosa morena.
-Sabes de lo que hablo – rebatió Lana – digo de si necesitamos un chute a nuestro estatus.
-¿Te gustan los yates en primero lugar? – cuestionó la rubia.
-No, pero dudo que a todos estos tíos de aquí les gusten los yates – precisó la morena.
-Me da igual el estatus, prefiero que si tenemos algo – lo dijo a posta en plural para remarcar sus intenciones – sea algo que las dos disfrutemos más allá del estatus social.
-¿Qué sería algo que las dos disfrutaríamos? – le preguntó Lana.
-¿Una cama King Size? – preguntó Jenn con una sonrisa divertida y Lana le dio un golpe en el hombro.
-Hay que ver lo poco sutil que eres – dijo sabiendo que era solo un broma.
-Sabes que no hablo en serio – le aclaró la rubia – yo creo que las dos disfrutaríamos más de un vehículo por tierra que de uno por mar, quizás una cabaña en las montañas con mucho espacio verde – siguió hablando – puede que incluso nos resultara más interesante ahorrar para viajar mucho.
-¿De dónde salen todas esas ideas? – le preguntó Lana.
-Te he observado por años, Lana – aseveró Jenn – disfrutas mucho de viajar sea por aire o por tierra, disfrutas mucho más de las caminatas en espacios verdes o de las caminatas en general que de andar en un barco al sol, quizás eso para alguna vez aleatoriamente.
-¿Qué más has observado sobre mí?
-Que te gusta caminar como dije – empezó la rubia.
-Y por eso me has traído a la playa a caminar – inquirió la morena.
-Que te gustan los espacios verdes amplios porque en ellos puedes salir a pasear con tu mascota.
-Muy intuitiva – agregó Lana.
-También que prefieres el arte o el teatro, pero eso no veo como pueda comprártelo y traerlo a casa – expuso la rubia -, pero podríamos tener una enorme biblioteca decorada todos tus cuadros favoritos – a Lana le pareció que Jenn entraba en un ensueño particular – y con los míos también – suspiró – quizás un sofá de dos cuerpos donde pudiéramos recostarnos a leer justo a un lado de la chimenea con el calor de los leños alcanzándonos y crepitando en el silencio – hizo una pausa – tu voz comentándome que este libro no te parece tan especial como pensaste o, lo contrario, que es una maravilla.
Jennifer se giró y vio a Lana observarla con ternura – es una fantasía preciosa y creo que me conoces mucho más de lo que pensé.
-Lo hago – Jenn estiró su mano y acarició la mejilla de Lana – lo hago, sé que no merezco este tiempo que me dedicas, pero si puede servirme para demostrarte que hice mucho más que desearte estos años.
-Me halaga mucho que quieras mostrarme ese lado tuyo – Jenn le tomó la mano y se la besó dulcemente – y debo confesar que nunca te he visto este lado romántico, supongo que lo tapaba muy bien tu lado posesivo y visceral.
-Puede – Jennifer pagó la cuenta y se acercó a Lana ofreciéndole la mano - ¿Quieres dar un paseo por el muelle? Te haré unas imágenes para tus redes.
-Sólo si te sacas una conmigo que sea para mí – le pidió Lana poniéndose de pie y comenzando a caminar a su lado – Jenn – llamó la atención de la rubia – solo quería comentar una cosilla – susurró – con un sofá de dos cuerpos puede que no necesitemos una King Size.
Jenn hizo un gesto de indignación – Lana, no seas cruel.
-Lo siento, lo siento – la morena sonrió y luego se disculpó con un gesto de hombros quedándose en silencio un momento – en realidad sí que lo lamento, lamento el comentario.
-No es para tanto, sólo era una broma, ¿no?
-Lo era, pero es inadecuado, esta situación a veces me hace sentir incomoda – explicó Lana y Jenn frunció el ceño – no es algo tan bueno que dos mujeres hermosas se porten bien conmigo, es increíble, pero injusto porque no deseo que ninguna de ustedes salga lastimada.
Jenn sintió un íntimo deseo de proteger a la mujer que amaba, ella la había metido en eso por su cobardía - ¡Ey! ¡Lana! Creo que tanto Joy como yo somos conscientes que no pueden haber dos ganadoras, no podemos tenerte las dos – la rubia se sinceró – y creo que ambas querremos que tú seas feliz con quien elijas.
Lana sonrió y se separó de ella – gracias, eres un encanto.
-Ahora, deja de evitar esa caminata – le recriminó la rubia – ¿o es que ya te cansaste?
Antes de que pudiera decir nada más, la morena ya estaba corriendo hacia el muelle – la última en llegar paga la cena – gritó y Jennifer soltó una gran risa.
Cenaron en casa de Jennifer a la luz de las velas y la rubia se tomó el tiempo para cocinar para su amor, algo que a Lana le pareció encantador. Conversaron sobre tantas cosas que la tarde-noche pasó volando. Cuando se sentó en su cama por la noche, no pudo evitar pensar en lo perfecto que lo había pasado con la rubia y en lo difícil que se tornaba este asunto con una Jennifer que desconocía apareciendo en escena. La rubia había sido tan cortes con ese beso en la mejilla antes de despedirse.
-Entonces – Bex hizo una pausa del otro lado de la línea – hay dos tías peleando por ti.
-Hay dos mujeres intentándose ganar un hueco en mi vida, un hueco que las dos tienen ya – explicó la morena.
-Pero ellas quieren más, quieren todo – Bex sonrió al oír el suspiro de Lana – ¿tan difícil es decidir?
-Lo es, sobre todo porque a una la amo muchísimo desde hace años, pero por ahora no me hace sentir segura y tengo la mala manía de esperar el "pero" en algún punto de su estrategia – luego hizo una pausa antes de agregar – la otra me encanta, me atrae, habría caído en sus brazos hace tiempo, pero…
-Pero no es Jenn – Bex terminó la frase por ella – no es la que amas.
-No, no lo es – Lana bufó – y me enfada ser tan dependiente de Jennifer.
-No lo seas, libérate – le sugirió su amiga – déjala ir y deja a que vuelva sola.
-Eso ya lo hizo – le reveló Lana.
-No, no hablo de una separación real, hablo de algo más emocional – oyendo el silencio en Lana siguió hablando – hablo de que te dejes llevar con Joy y experimentes mejor lo que sientes con ella.
-¿Estás sugiriendo que me acueste con ella? – la voz de Lana alcanzó un pico agudo repentinamente.
-Eso o lo que tú veas, tampoco la podrás obligar.
-No puedo y no creo que ella quiera tampoco – Lana sonrió de medio lado – estimo que ya has elegido tu lado de la acera.
-Sin dudas – la pelirroja no se inmutó al aseverarlo – yo siempre voy del lado en el que creo que mis amigos estarán mejor y a ti, Lana, te he visto llorar en mis brazos por Jennifer – le expuso – te vi tragarte el desamor y el abandono, incluso dejar tu país por un tiempo para poder estar mejor, razones por las que hoy no te atreves a dar el paso con ella.
-No conoces a Joy tampoco – rebatió Lana – no sabes si será mejor o peor, aunque posiblemente no sería tan malo.
-Pero lo poco que me has contado me gusta cómo te trata.
-Jenn intenta hacer las cosas bien, ¿sabes? – volvió a rebatir Lana.
-Y tú solo haces una cosa que es defenderla – cortó Bex - ¿no te has dado cuenta? No dejas de excusarla, creo que aunque te niegues has elegido.
Lana suspiró agresivamente – no lo he hecho, quiero darme la oportunidad de elegir por primera vez, Jenn es importante, pero Joy ha sido increíble conmigo – se mordió el labio – es una elección tremendamente difícil.
-Deja que pase el tiempo, ve cómo se comportan las dos, ten en claro lo que te pasa en cada ocasión y, sobre todo, déjate llevar, no te reprimas tanto ni te culpes, ambas saben lo que hay – concluyó Bex.
-Lo sé, tengo que relajarme más.
-En el fondo, sé que te gusta que te quieran las dos – Bex sonrió al notar ligero malestar en Lana del otro lado de la línea – vamos, un pelín interesante debe ser.
-No tanto como imaginas, aunque es cierto que me hacen sentir especial, pero preferiría pensar que no tendrá consecuencias negativas.
-Venga, Lana, disfruta más y sufre menos – le pidió Bex.
Y allí estaba, quizás porque quería disfrutar más, quizás porque Joy había sido muy dulce dedicándole el home run, quizás porque se veía muy sexy con su uniforme de béisbol o por lo que fuera, pero no había podido evitar empotrar a Joy contra el lateral de la tribuna y besarla profundamente. La forma en la que el beso se había compuesto de un roce de labios hasta una exploración intensa, coronado de jadeos y calor, la hacían sentir maravillosamente bien. Le gustaba, joder, claro que le gustaba Joy. Eran tan atractiva y sexy, tan diferente. Su cuerpo le enviaba una señal clara de que quería tenerla y su mente no ayudaba. Lo único que latía a destiempo era su corazón, que no parecía acabar de colarse en esa red, pero que por milésimas de segundos parecía latir también por esa mujer preciosa.
Joy la soltó un segundo – Lana – jadeó casi sin voz – no sé ni cómo sigo respirando luego de esto.
Lana besó la piel de la mejilla de Joy cercana a su boca – no me pude resistir – murmuró.
Joy soltó aire y con un empuje voraz la giró siendo ella quién tomará la voz dominante de este nuevo beso, provocando que la morena gimiera en su boca. El beso era intenso y sentido, sus lenguas se rozaron húmedamente, Lana deseó estar en cualquier lugar menos en un estadio al aire libre. El beso se fue calmando y la antropóloga suspiró al abandonar su boca.
-Me encantas, Lana – sentenció acariciando la piel de su rostro – eres tan hermosa y tan increíble.
-Tú me encantas a mí también – Lana apoyó la frente sobre la de Joy – siento haberte abordado de esta manera.
Joy negó – estimo que mi home run te gustó mucho.
-No fue el home run, fue la manera en la que me miraste mientras corrías hacia la siguiente base – Lana acarició el cabello de Joy – como si yo fuera tu inspiración.
-Y es que lo eras, me sentía orgullosa de poder demostrarte todo lo que representas para mí con un gesto cotidiano, porque eso era lo que quería que entendieras – la antropóloga tomó su mano y abandonaron la posición tan íntima en la que estaban – tú me diste la fuerza y el deseo de cambiar mi rutina de algo normal a algo extraordinario, siempre he querido crecer por mí, por mi propia realización y, ahora, siento que podría crecer por ti también, sólo por volver a ver la felicidad en tu rostro, esa alegría con la que tú me mirabas mientras corría.
Lana se acercó a la boca de Joy y la besó castamente – eres extraordinaria, Joy McGregor, cualquier mujer moriría por estar a tu lado.
Joy solo sonrió – no quiero a cualquier mujer.
Lana volvió a casa sintiendo que su corazón, aunque no se lanzaba del todo, consiguió dar unos pasos hacia Joy esa mañana de sábado. Su cuerpo y mente estaban alborotados y ahora también su alma parecía unirse un poco más a la fiesta de la mujer de cabello color café y ojos preciosos.
Al llegar a la puerta de la zona residencia, el guardia la recibió con una sonrisa.
-Han dejado algo para usted, Señorita Parrilla – le entregó la caja pequeña – lo ha traído su amiga, la otra actriz, la Señorita Morrison.
Lana abrió los ojos y pestañeó mirando aquella pequeña caja envuelta – Gracias, Santiago – saludó al hombre y se marchó hasta su casa.
Depositó las llaves del coche por cualquier lugar y abrió el paquete con curiosidad. Había una nota dentro y debajo un USB.
"Lana
Hoy te estoy echando de menos especialmente y he querido compartir un secreto muy personal contigo. ¿Quieres saber cómo supe que habían pasado exactamente 835 días desde que nos vimos por última vez cuando nos reencontramos en el Smithsonian? Este USB contiene la clave de mi aparente buena matemática. Nunca he sido buena con los números excepto cuando se trata de ti, aunque tuve una forma menos exacta y más emocional de contar los días. Es que los conté uno por uno, pero también los cante.
Creerás que soy una obsesiva, pero por cada día que no estuviste, por cada espina que sentí en mi corazón por tu falta y por haberte causado dolor, escuché y sentí una canción.
Este es el playlist de mi amor por ti. ¿Es muy inmaduro? ¿Es muy de adolescente? No lo sé, pero quizás es que siempre te he querido con la inocencia del primer amor. En parte lo eres, ese amor que llega y hace que todo lo demás no tenga importancia, deje de tener sentido. Te quise y te quiero así desde que te conocí. Soy muy mala para mostrarlo, lo sé. Por favor, escucha la última canción, la de hoy.
Tu rubia que te ama".
Y el corazón de Lana volvió a latir, dos veces en un solo día, de manera especial. Puso el USB en su portátil y vio la lista enorme. Jenn la había llamado "Mi secreto". Había dentro 862 canciones y Lana reconoció las fechas de cada día desde su última llamada. Escuchó la primera canción con la quimera de la nostalgia y el desasosiego de ese momento. La letra le suplicaba "enamórate de alguien más", Jennifer le suplicaba que se enamorara de otra persona, que la reemplazara o que la ignorara, que no sería capaz de olvidarla, que nunca la había dado por perdida. Las canciones iban de un montón de sentimientos diferentes que Lana supuso que revelaban el estado de ánimo de Jennifer en cada día que pasaba. Desde estar desesperada de desamor con un "abrázame como si nunca me hubieras perdido la paciencia, dime que me quieres más de lo que me odias todo el tiempo y que aún eres mía", hasta esos días en que la ironía de la situación la obligaban a estar frustrada de celos: "por más que quiero arrancarte de mi vida ya no puedo, mis gemidos están mudos sin tus dedos, ya no puedo seguir imaginándome tu boca en otros besos". Algunas hablaban de amor, otras de desamor, de nostalgia, de tristeza, de deseo: "Soy la pólvora, tú eres el fusible, sólo añade algo de fricción. Eres mi extraña adicción". Lana echó la cabeza para atrás y se dijo inundar por las melodías tan diferentes sintiéndose tocada por cada palabra que se decía en ellas, con los ojos cargados de lágrimas y una sonrisa continua. Jenn nunca la había olvidado, ni siquiera cuando estaban lejos una de la otra. Le había dedicado más que un sentimiento cada día.
Levantó la vista cuando un par de horas habían pasado. Allí había música para al menos 3 días completos y ella pensaba que tenía que escucharlas poco a poco, todas y cada uno de ellas, se lo debía a su hermosa rubia.
-Que difícil me lo ponen las dos – se quejó en voz alta.
Decidió que iba a escuchar esa última canción siguiendo el consejo de Jennifer. Sonrió al escuchar la melodía y las palabras.
"Por fin usaré todo el coraje que he guardado para confesarte lo que nunca pude hablar. Quiero convencerte, pero no quiero arriesgarme a perderte y que te quieras ir porque siempre que te miro yo nunca sé muy bien que decir
Acuérdate de mí por si tu corazón busca algún dueño, o si quieres un beso en algún sueño, o si quieres más noches de las que no te den ganas de dormir.
Acuérdate de mí que para mí tú siempre vas primero. Yo soy discreto pero igual te quiero, perdón si no he sabido cómo hablarte de lo que siento por ti.
Acuérdate de mí cuando alguien más te haya olvidado. Yo me acorde de ti siempre que estuve enamorado. Si tú no estás amor, si tú no estás amor, ¿Dónde me quedo yo?"
El mensaje era directo y se podía leer a Jenn en cada silaba. Por un lado su deseo de cambiar las cosas, ese coraje que por fin se atrevía a poner delante de Lana para decirle lo que sentía en realidad, lo que quería decirle desde siempre. La búsqueda de perdón por no poder cuidarla cuando debía haberlo y la súplica final de sentirse perdida sin ella.
Lana dejó escapar muchas de sus lágrimas y se lanzó todo lo larga que era en el sofá, con esa canción, la del día, la que Jenn quería dedicarle especialmente en bucle. Pensando cada palabra, asimilando cada letra, sintiendo como iba fundiéndose con ella.
-No me lo ponen nada fácil – dijo colocando su mano sobre sus ojos y centrándose en la oscuridad de sus ojos cerrados.
