Riza Hawkeye - Misión 3: Catábasis - Parte 2

Ishval CSO. 14/FEB/1908

Los escuché llegar mucho antes de verlos. Los primeros pasos sonaban rugosos y secos. La arena rasgaba los peldaños de piedra cuanto más se acercaban. Sabía que tenía al menos dos plantas de margen. Después los pasos parecieron amortiguarse. Se silenciaron por un momento hasta que el sonido volvió en forma de crujido. La madera parecía susurrarme. Me decía cuántos eran, cómo de rápido se acercaban.

Y aun así, en el momento que los vi subir noté cómo la adrenalina besaba una vez más mi torrente sanguíneo. Me arrebujé bajo la manta como había hecho la vez anterior. Por suerte, esta vez tardaron menos en irse. El olor de un cuerpo en descomposición tampoco ayudaba.

Nunca pensé en las personas como animales, seres vivos guiados únicamente por el instinto. Desconocía la capacidad del subconsciente de tomar el control por completo, de cómo el sentimiento de supervivencia se hace con las riendas del cuerpo y te domina. Y sin embargo, lo viví en mis propias carnes.

Cuando mataron al brigada Mole, el interruptor de control que había en mi cabeza se apagó. Me quedé allí, con dos cuerpos destrozados como única compañía en un desván desvalijado. Durante un tiempo no me moví. Era un ser inerte, como ellos.

Después todo empeoró. A medida que avanzaba el día, la temperatura subía. El hedor de la bilis inundó el desván con timidez. Notaba cómo el nudo que tenía en el estómago se apretaba cada vez más. Era un dolor sordo, constante. Notaba la cabeza embotada, sumergida en aceite.

Aquella noche rendí mi cuerpo al raciocinio. Me incorporé despacio, sufriendo pequeños calambres por todo el cuerpo y temblando debido a la tensión acumulada. Rebusqué en los bolsillos y saqué una lata de conserva.

Con la primera cucharada pensé en cómo la comida se me quedaría atascada en la boca del estómago por culpa del nudo. Sin embargo, a medida que masticaba y tragaba, el nudo se aflojaba. No era un sentimiento de alivio, sino de vacío. Donde había dolor ahora no había nada. La máquina había empezado a funcionar sola.

Mis manos no temblaban, pero tampoco las controlaba. La sensación de embotamiento continuaba. Me sentía como el copiloto de un camión; veía todo, pero no podía elegir dirección ni velocidad, la inercia me llevaba.

Las manos fueron al cuerpo del brigada Mole y le sacaron de los bolsillos sus dos latas de comida. Guardaron una en mis bolsillos y la otra la dejaron bajo una manta. Me incorporé con cuidado de no quedar frente a la ventana y observé la escena. Los cuerpos de los dos hombres se me antojaban a maniquíes, muñecos que nunca albergaron vida. Aun así, procuré no cruzar la mirada con los ojos muertos del brigada Mole.

Si alguien subía, no podía saber que yo estaba allí. La escena solo podía tener dos actores y un final dramático. Enrollé la manta en la que me había tumbado y la apoyé en una pared. Fue entonces cuando escuché los primeros pasos.

Aun estando aturdida, supe que estaba en peligro. Saqué la pistola del brigada de su cartuchera e intenté quitarle el fusil de la mano. No pude. Su mano estaba agarrotada. Las pisadas iban cada vez más cerca. No distinguía entre piedra o madera, no distinguía entre una o dos personas. Solo sabía que se acercaban, y que si me encontraban me matarían.

Intenté desengarzar sus dedos del arma, pero estos estaban duros y fríos como el hielo. El agobio me pudo y tiré con fuerza, notando cómo crujían y cedían. Dejé el fusil a un lado e intenté poner la pistola en su mano, pero ésta estaba rota y era incapaz de mantenerla.

Los ishvalíes estaban justo debajo. Me había salvado que iban despacio, con sigilo, pero ni eso duraría ya. Pisé su hombro, desencajándolo y dejando el brazo pegado al suelo. Vi una cabellera blanca asomar por los peldaños. Apoyé el arma sobre su mano y corrí hacia una de las mantas.

El primero de los monjes llegaba al desván al tiempo que me escondía bajo ella. Me acurruqué y cerré los ojos, echa un ovillo. Querría poder decir que encontré la fe en ese momento y recé a alguien, que recordé a mi padre, a Roy o incluso a mi madre, pero mentiría.

Mi cabeza estaba en blanco, como estaba horas antes y como estaría horas después. No era más que un animal guiado por su instinto. Escuchaba a los hombres hurgar entre los cadáveres. Los oía pasearse por el desván. Notaba las pisadas en los tablones del suelo. Era una trampa de cristal, un equilibrio frágil que podría romperse al menor movimiento.

No sé el tiempo que estuve allí debajo. Horas, días; en ese estado el tiempo patinaba sobre mi consciencia. Lo que me despertó de ese sopor fue un fuerte pinchazo bajo el estómago. Levanté con cuidado la manta y me abofeteó una oleada de podredumbre. Era un olor dulzón y recargado. No existen comparaciones, era el olor de la muerte.

El cadáver del brigada seguía en su sitio, pero el del otro monje había desaparecido. Se lo habrían llevado sus compañeros. La pistola del brigada también había desaparecido. Sin embargo, su cantimplora seguía allí, cubierta de sangre pero intacta.

La limpié con su propia ropa y le di un trago. En este estado, las carencias se identifican cuando se cubren, y no fue hasta que empecé a beber que me di cuenta de lo sedienta que estaba. Eso agudizó el dolor que sentía y me alejé a una esquina para orinar.

Aun a día de hoy, cuando me ducho imagino que el agua que recorre mi cuerpo limpia de toda la mugre y suciedad que tuve en ese momento. Imagino que toda esa suciedad quedó solo sobre mi piel y no llegó a traspasarla. Imagino que se desliza, que cae bajo mis pies y se la traga el desagüe, limpiándome.

Cuando mis recuerdos vuelven allí lo hacen de forma desordenada. Es gracias a los informes que se escribieron después el que pueda situarlo en el tiempo. De no ser por ellos pensaría que estuve unas horas en duermevela, o un mes, y no los cuatro días que estuve realmente. Lo único que me sirvió de guía entonces fueron las dos veces que vinieron al desván. Estímulos externos. Y como estaba diciendo al empezar, la segunda vez no me pillaron desprevenida.

No recuerdo qué estaba haciendo, pero al primer roce de sus pies en los escalones mi mente se reactivó. Mis manos volvieron a tomar el control y rebuscaron entre los bolsillos del brigada. Encontré su munición, peines de cinco cartuchos dorados y puntiagudos. Los guardé en los bolsillos.

Volví la vista a las escaleras durante la transición de escalones, cuando no se oía nada. Mis manos seguían trabajando. El crujido de la madera fue el pistoletazo de salida. Mis piernas se estiraron como un resorte. Llegué a la manta y, antes de cubrirme por completo, puse otras dos sobre mí. Aproveché una arruga para asomarme, para ver sin ser vista.

Contuve la respiración cuando llegaron. Sus túnicas y bandas les dotaban de una peligrosidad solo verosímil gracias al contexto. Uno de ellos se llevó la banda a la nariz y frunció el ceño. El otro no lo hizo, pero arrugó el rostro en una expresión de asco. Seguramente sería por el olor. Al menos la combinación de bilis y putrefacción debían enmascarar el de la orina.

El primero se acercó al cuerpo, moviéndolo con el pie. El otro era bastante más peligroso. Sabiendo que un muerto no iba a esconder ningún misterio, había apartado su mirada de él desde el primer segundo y no hacía otra cosa que mirar a través de los pilares de madera y los montones de mantas.

Caminó por las baldas sin importar que crujieran. Yo me mantenía inmóvil bajo mi manta, apenas parpadeando. El que revisaba el cuerpo dijo algo, pero no le entendí. Los monjes hablaban ishvalí antiguo entre ellos. De esa forma era imposible interceptar sus mensajes. El segundo le respondió en el mismo idioma, lacónico.

Perdí de vista al segundo, pero moverme para volver a tenerlo visible sería mi muerte. Continué viendo cómo el primero observaba con ojo crítico el trabajo que había hecho su camarada en el vientre del mío.

Observó después el agujero que había hecho el brigada en la pared. Su ceño se acentuó más cuando vio el amplio rango de visión que había desde allí. Entonces soltó la banda que tenía pegada a la nariz, dejándola caer y descubriendo una sonrisa que no le daba más de veinte años.

De pronto sentí cómo el peso que tenía sobre mí desaparecía. Habían quitado una de las mantas con las que me cubría. Mi corazón amenazó con estallar, pero forcé a cada músculo de mi cuerpo para que no rompiera filas, para que bajo ningún concepto se moviera. Mis manos se apretaron alrededor de algo duro, metálico.

Intenté verlo sin mover la cabeza, pero estaba fuera de mi alcance. Retuve el aire en los pulmones hasta que me empezaron a arder. Estaba bloqueada, mi cuerpo era un candado. El chico del al lado lo llamó, y yo le miré. Por suerte, el movimiento de los ojos era el único que no hacía ruido. Lo que vi me horrorizó.

Con la banda alrededor del torso y la sonrisa estúpida en su boca, sostenía en la mano el reloj del brigada. Lo sostenía con delicadeza, más por lo extraño que por lo valioso. Quise gritarle que lo soltase, que no pusiera las manos sobre el trozo de alma de mi compañero. Su único trazo de identidad en ese maldito desierto.

Pero no podía, mi cuerpo estaba bloqueado. Mi boca cerrada, mis pulmones ardiendo. Por suerte, el otro hombre soltó la manta sobre mí, haciendo que expirara todo el aire que contenían mis pulmones. Me calmó por una centésima de segundo. No era el aire que había dentro lo que los estaba quemando, era la falta de aire nuevo.

Al dejar caer la manta dobló la arruga por la cual yo estaba viendo. Cayo el telón y todo quedó en negro. Al no ver sentí no ser vista y me relajé. Desbloqueé mis pulmones y dejé que, con una lentitud lacerante, se fueran llenando. Palpé con los dedos lo que tenía entre las manos. No lo reconocí. No distinguía nada bajo la manta.

Escuché cómo uno de los dos le cogía el fusil al brigada Mole. Aun en la oscuridad vi sus movimientos. Oí cómo descorría el candado, cómo caía la bala de la recámara en el suelo. Oí cómo se peleaba con el candado para volver a ponerlo en su lugar.

Con lo que pareció gruñido grave, el mayor de los dos pareció decirle al otro que era hora de irse. Volví a oír los crujidos de los peldaños de madera al ser pisados. Pasaron entre veinte y treinta respiraciones hasta que hice amago de moverme. Era absurdo pensar que siguieran ahí. Había oído las pisadas de ambos alejándose bajo la escalera, pero seguía en modo supervivencia y eso conlleva algunas precauciones de más.

Primero moví un brazo y levanté ligeramente la manta. Tras ver vacía la estancia, me quité la manta del todo. Hasta ese momento no me había dado cuenta de que estaba sudando. Chorretones grises y rojos me bajaban por la frente y el cuello.

Volví a mirar lo que tenía en la mano. Era la mira telescópica del brigada Mole. Con las emociones reseteadas de mi mente, recuperé mi fusil de entre las mantas y traté de encajarle la mira.

Sorprendentemente, lo conseguí. Más tarde, cuando todo acabó, pude razonar acerca del brigada Mole. El hecho de que encajase en mi fusil implicaba que esa mira no era algo hecho ex profeso para él, o fabricado por él mismo. Debía de ser como las pistolas reglamentarias, un armamento exclusivo para unos pocos, gente con privilegios o de rango superior.

No obstante, un brigada no era un rango especialmente alto. De hecho, los brigadas no hacían más que labores administrativas básicas en tiempos de paz. No tenía sentido que alguien con tan bajo rango contase con equipamiento tan sofisticado.

Reflexionando en ello, ciertos detalles tampoco encajaban, como su actitud seca y autoritaria conmigo o el hecho de que discutiera con el capitán al mando de la misión. Lo primero podía tener sentido; no había nada más bajo en el escalafón militar que un cadete en prácticas, así que no era extraña esa actitud, pero no lo segundo.

No fue hasta mucho más adelante, viviéndolo por mí misma, que entendiera la situación del brigada. Hay veces que la cadena de mando se convierte más en un impedimento práctico que en algo optimizador.

La escalada de puestos implica más poder y responsabilidades. Esto deriva en que, al aumentar tu rango, abandonas tus ocupaciones para responsabilizarte de otras de mayor peso. Es obvio que tener a una persona capaz al mando de una misión es esencial para el éxito de la misma, pero otras veces el ingenio o las aptitudes específicas de una parte del operativo son más determinantes, ya sea actuando en solitario o por la sinergia que se crea con otros soldados.

En resumen, el brigada Mole era demasiado bueno en lo suyo como para que lo ascendieran a capitán o teniente y desperdiciara su talento en labores estratégicas. Que lo hubieran rebajado a tan bajo rango era por un motivo práctico. En una guerra hay un sinfín de muertos, y los llamados ascensos por baja o "express" eran tristemente comunes. Cuanto más abajo estuviera en la cadena, menos posibilidades habría de ascenso a puestos de mando.

Nada de eso pasó por mi mente mientras colocaba la mira en mi fusil. Cuando la encajé, necesité varios minutos para graduarla y poder ver con nitidez lo que tenía delante. La imagen estaba solapada por una recta horizontal que pasaba por el centro. De la parte inferior subía una recta que terminaba cruzándose con la anterior. Aquella intersección marcaba la muerte.

Utilizando la manta que había bajo el cuerpo del brigada, lo aparté a un lateral dejando libre toda la apertura de la pared para mí. En esta ocasión no puse manta alguna bajo mi cuerpo, solo me ayudé de la enrollada que había puesto el brigada junto al hueco para apoyar el fusil.

Sentí cierto confort en la postura, conocida para mí. El suelo se clavaba en mi cintura y en mis codos; la culata del fusil, acomodada en mi hombro; un rayo de luz besando mi pupila desde la mira; y una brisa suave que entraba por el hueco de la pared. De todo, era esto último lo más placentero.

Observé la barricada del enemigo a los pies de la mezquita. Continuaba intacta pese al terreno vencido. Eran conscientes de que su victoria era algo temporal, efímera. Aún no se había acabado. Hombres armados paseaban tras los sacos con el arma colgada al hombro. Había más hombres por la plaza, pero no habían descuidado su última defensa.

Conseguí distinguir al hombre que había registrado el cuerpo del brigada. Había otro chico a su lado. Sonreía; ambos lo hacían. Miraban con entusiasmo el reloj que habían usurpado. Ajusté la intersección de la mira en la cabeza del monje. No fue premeditado, mis muñecas me llevaron a su cabeza.

Noté cómo mi dedo se engarfiaba alrededor del gatillo, cómo lo envolvía y lo presionaba con timidez. Era un momento, un suspiro, una orden. El toque de mi nudillo diferenciaba su vida o su muerte. Y la mía por añadidura.

No disparé. Mi mente, racional, detuvo ese impulso asesino. Sabía que, de exponer mi posición, volverían a subir y me encontrarían. Registrarían todo el desván, prendiéndole fuego si hacía falta; me matarían.

Si hubiera sido consciente de mi situación quizás habría razonado que no era tan grave. Habían registrado dos veces mi posición y no me habían encontrado. Era poco probable que volvieran. Además, la mezquita seguía en pie. Sería cuestión de tiempo que otro contingente aliado ocupara el puesto del anterior. Un arsenal enemigo era un objetivo de vital importancia. Solo tenía que esperar.

Y eso hice, aunque no con ese razonamiento. Mi subconsciente estaba bloqueado. No podía morir, no podían encontrar mi localización, no podía abandonar mi puesto. Estaba atrapada en una prisión de tres paredes. Solo algo externo podría romperla: que los ishvalíes volvieran y me encontrasen, que el ejército de Amestris recuperara su posición, que me muriera de hambre.

Hice cuenta de las latas de comida que me quedaban y vacié mi cantimplora. Comía y volvía a mi posición de vigilia. No dormía, o tal vez no terminaba de despertarme. Me mantenía alerta, observando desde las alturas a mis enemigos, a mis presas. No me sentía de esa forma, pero mis compañeros dirían "como un halcón".

Veía a las personas entrar y salir en la mezquita. Hombres armados, niños y mujeres. Era un flujo tan numeroso como peligroso. No razoné por qué mezclaban a civiles con las armas. Para mí solo eran distracciones, grises que se interponían en mis blancos. Mi mente estaba sumergida en una dinámica recurrente, algo estable a lo que me aferraba para no enloquecer.

Aquella dinámica la rompió un proyectil de mortero. En mi estado, oí cuando el mortero expulsó la granada pero no lo relacioné con ello. Fue un sonido suave, tan inofensivo como letal; como una cerbatana al escupir un dardo venenoso. Con la diferencia de que después hubo una explosión.

La primera oleada de explosivos detonaron en plena plaza, cerca de la primera barricada. Un ataque frontal de artillería ligera solo podía significar una cosa. Una toma relámpago de las posiciones. Por ello utilizaron morteros en lugar de cañones de campaña: iban a desplegar soldados.

Y así fue. Por la brecha que habían abierto los propios ishvalíes tiempo atrás comenzaron a entrar soldados de Amestris con su inconfundible uniforme azul. El fuego de cobertura que recibían desde atrás obligó a los ishvalíes a replegarse tras su barricada. La situación se equilibró cuando el enemigo se refugió tras su muro de harpillera.

Parecían haber llegado al punto de partida cuando otra descarga de los morteros sacudió la parte frontal de la plaza. Aquello no eran buenas noticias. Los morteros no llegaban desde la barricada aliada a su objetivo. Tendrían que avanzar sin protección para poder derribar la mezquita.

Con un amplio despliegue de soldados, las fuerzas de Amestris tomaron la parte central de la plaza. El fuego de cobertura y las granadas de mano mantenían a los monjes en su posición. Vi cómo el número de ellos aumentaba. Salían tras las puertas de madera como un goteo incansable. Sin embargo, no avanzaban.

Lo entendí demasiado tarde. En el momento en que los oficiales de artillería dejaron caer los morteros en el suelo, una enorme oleada de ishvalíes saltó desde su muralla de sacos hacia los soldados. Pretendían tomar los morteros para sí.

El fuego de cobertura resultó ineficaz. Como medida disuasoria era útil, pero en una zona abierta y sin pendiente plagada de soldados aliados, aquello y nada eran lo mismo. Las artes marciales de los monjes fueron determinantes una vez más. Los soldados se veían superados; morían en silencio.

Fue entonces cuando comenzaron a lanzarse al suelo. Se protegían de la lluvia de balas escondiéndose entre los cadáveres de los hombres caídos. El desconcierto de los monjes duró un segundo. El segundo que tardaron los soldados tras la barricada en recrudecer el fuego.

Caían y huían entre polvo y sangre. Pisaban a los soldados y se peleaban en el suelo. El ambiente olía a pólvora y a tierra. Desde mi posición vi cómo uno de los monjes, cubierto por la barricada, enarbolaba una granada de mano.

La intersección de la mira se colocó en su cabeza. Esperé, paciente, a que el monje hiciera su movimiento. Distinguí perfectamente cómo la bajaba entre sus piernas y le quitaba el seguro. Cómo la levantaba de nuevo sobre su cabeza.

Y entonces disparé.

La bala obedeció sin contemplaciones. La cabeza del monje estalló. Una vez más me habría gustado decir que me puse a temblar, que conocí el sentimiento de matar a alguien desde la posición de ventaja de un francotirador, la ceremonia de inicio del "Ojo de halcón". Pero no hubo ceremonia alguna. Mi mente estaba en blanco.

Mis manos comenzaron a actuar por su cuenta. Recolocaron el candado y otra bala cruzó el aire. Otra la siguió, y después otra más. No me temblaba el pulso. Era mecánica, infalible. Ejecutando mi juicio desde las alturas, cada casquillo a mis pies era una vida arrebatada.

Un niño salió de las puertas de la mezquita, el mismo que habían usado como distracción el primer día. La intersección de la mirilla coronó su cabellera blanca. Avanzó agachado, ajeno al control que tenía sobre su vida. En un segundo que duró tres, vi cómo se alzaba con la granada que había dejado el primer monje en el suelo.

Apreté el gatillo.

Es un detalle sin importancia decir que, antes de que el percutor golpease la bala, la bomba estalló. Porque daba igual que el niño hubiera cogido del suelo un explosivo que llevaba varios segundos sin el seguro. Daba igual que ese niño estuviera condenado desde el momento en que lo llevaron al frente. Daba igual que eso fuera una guerra.

Apunte a un niño.

Apreté el gatillo.

Después de eso no recuerdo mucho más. En los informes estará escrito, pero yo no los leí. No recuerdo si ellos me encontraron o si yo bajé y los encontré a ellos. No recuerdo si me miraron con asco al ver mi aspecto o si se compadecieron de mí.

Lo que sí recuerdo una nube de polvo y una montaña de escombros. Recuerdo restos de oro y astillas de madera sobre cadáveres de niños y mujeres. Recuerdo un reloj de bolsillo estallado bajo piedras blancas.

Recuerdo la voz del primer soldado que se atrevió a decir: "Aquí no había armas". Recuerdo sus rostros mirando al suelo, buscando respuestas en los cuerpos inertes de civiles inocentes. Y recuerdo el rostro desencajado de un soldado que corría hacia nosotros. Sus palabras aún resuenan en mi cabeza.

"Han atacado el campamento. Están todos muertos".

Porque la guerra es el infierno.


Hola~

No sé qué os habrá parecido esta parte. Sentí que la primera muerte de Riza no debía ser algo muy ceremonial. A fin de cuentas, en esos momentos tan duros en los que uno se deja llevar por la supervivencia, no hay dramatismo, solo una cruda realidad.

El siguiente capítulo será el último de esta primera parte, así que aviso desde ya que haré un parón de un par de semanas (quizás menos) hasta entonces. Si veo que este fic tiene más visitas o algo más de feedback, quizás lo adelante, ya que estos días son complicados para todos por la cuarentena, sin embargo, como tampoco está teniendo mucha acogida, quizás lo mejor sea continuar con el planteamiento inicial.

Un abrazo y espero que os esté gustando.