Capítulo 20. Recién casados.

Victoria aún estaba abrazada a Diego, sobre su pecho podía oír el ritmo de su corazón, aún algo acelerado. Había imaginado muchas veces como sería su noche… bueno, día de bodas, y había creído que sabía lo que iba a pasar, pero tuvo que reconocer que algunas de las cosas que habían hecho, concretamente que Diego le había hecho a ella, no se las esperaba.

"Diego. ¿Dónde has aprendido a…? Bueno, ya sabes."

Diego no respondió. Ella insistió. "Quiero saberlo." Ante su silencio añadió. "Dirijo una taberna, me crié allí. Nada de lo que digas puede escandalizarme."

Él suspiró y respondió algo avergonzado. "En España conocí a una mujer. Era viuda, y unos quince años mayor que yo. Organizaba fiestas en su casa invitando a personas influyentes de la ciudad. Uno de mis profesores me la presentó un día que me encontré con ellos en la calle, y ella me invitó a la siguiente fiesta, porque ambos formaban parte de un grupo de personas que estudiaban la magia, y querían que me uniera a ellos y estudiar mis dones. Acudí a varias de sus fiestas, hasta que una de las veces al llegar a su casa descubrí que era el único invitado. Le dije que debía marcharme, pero ella insistió en que me quedara. Dijo que había sido un malentendido, pero que estaba libre para cenar conmigo."

"Pero no era un malentendido."

"No, ella quería seducirme y reconozco que lo consiguió."

"Ya, seguro que se lo pusiste muy difícil. Así que seguiste viéndola para completar tu formación académica."

"Sé que hice mal. No debí volver a su casa, pero era muy tentador."

"¿Estuvisteis mucho tiempo juntos?"

"Unos cinco meses."

"¿Por qué rompisteis?"

"Descubrimos que los hombres del rey investigaban a varios miembros de nuestro grupo, así que ella decidió huir Inglaterra. Un comandante británico, que acabó siendo su marido, se enteró de que tenía problemas y vino a buscarla cuando yo estaba con ella. Tuve que salir por la puerta de atrás."

"Ahí fue donde aprendiste a escabullirte."

"Eso ya lo sabía hacer de niño, pero reconozco que perfeccioné la técnica."

Ella se incorporó para mirarle a los ojos. "¿La amabas?"

"Sentía afecto por ella, y atracción, claro, pero no la amaba como a ti."

"O como a Zafira." añadió Victoria.

"Zafira y yo compartíamos el deseo de hacer del mundo un lugar más justo, pero nunca sentí por ella lo que siento por ti, y ahora creo que para ella su causa estaba por encima de todo. Me alegro de que el destino nos separara."

"¿Ella y tú…?" preguntó Victoria algo celosa.

"No, yo quería hacerla mi esposa. Nunca le propuse algo así."

Victoria parecía pensativa. "Entonces. Lo que hemos hecho hoy… ¿Lo aprendiste con esa mujer?"

"No todo, algunas cosas las leí en unos libros. Estaba deseando probarlas."

"¿Qué clase de libros lees tú?"

Él sonrió con picardía. "Parece que he conseguido escandalizarte después de todo. Pues si lo que hemos hecho te ha sorprendido… debo decirte que aún hay más."

"¿Sabes hacer más cosas?"

Diego deslizó un dedo a lo largo de la columna vertebral de Victoria, haciendo que se estremeciera.

"Oh, sí, y si estás interesada pienso probarlas una a una." Su voz y su mirada eran más que sugerentes.

Victoria sonrió, pero decidió cambiar de tema. "Nos ha venido muy bien, pero ¿Por qué tienes una cama aquí abajo?"

"Antes de decirle a mi padre que soy el Zorro a veces fingía que me había ido unos días para poder actuar con más libertad. Me alojaba aquí y Felipe me traía la comida de la cocina. Como Adela, Juan y María no duermen en la hacienda ahora solo necesito ocultarme durante el día, pero todavía no me había llevado la cama de aquí."

"Parece que siempre lo tienes todo planeado." dijo ella.

"Bueno, como bien sabes a veces los planes se desmoronan. Además reconozco que hoy el sacerdote me ha sorprendido." respondió Diego.

Volvieron a besarse y ella suspiró. "Debo volver a la taberna." dijo suspirando. "Dos semanas más y dormiremos juntos cada noche."

Él la miró intensamente. "No sé qué habría hecho sin ti, Victoria." dijo emocionado.

"Ahora estamos juntos. Puedes contar conmigo."

Salieron a la sala donde encontraron a don Alejandro y a doña Carmen practicando juntos un dueto de piano. Victoria y Diego caminaban de la mano y se quedaron un poco sorprendidos al ver la escena.

"¿El padre Benítez?" Preguntó Diego.

"Se fue hace rato." respondió don Alejandro.

"Unas dos horas." puntualizó doña Carmen.

"Las acompañaré de vuelta a Los Ángeles." dijo Diego.

Doña Carmen los miró. "De eso nada. Tú te quedas aquí o con ese aspecto que tienes de zorro que se ha colado en el gallinero todo el mundo se dará cuenta de lo que acaba de pasar ahí abajo. Bastante trabajo voy a tener para borrar esa sonrisa de la cara de Victoria."

Diego la miró asombrado y se echó a reír. Victoria se le unió en las carcajadas. Ambos estaban ruborizados. Don Alejandro también empezó a reír y abrazó a su hijo. "Os deseo mucha felicidad."

"Gracias por todo, padre." respondió Diego tratando de calmarse. Victoria se acercó a don Alejandro y lo abrazó. Don Alejandro parecía emocionado. "Benditos seáis, hijos míos." dijo con voz un poco ronca.

zzZzz

Al día siguiente Victoria y doña Carmen llegaron después del desayuno. Encontraron a don Alejandro cuidando de unas plantas del patio.

"Buenos días." las saludó, y añadió dirigiéndose a Victoria. "Me temo que Diego aún duerme."

"¿Tan tarde?"

Don Alejandro miró a su alrededor. "Salió anoche. Felipe estuvo ayer en la taberna y escuchó rumores acerca de bandidos en el camino del Norte."

"Ya." dijo ella. "¿Lo ha visto esta mañana, está bien?"

"Tranquila, lo vi cuando llegó de madrugada. Se encuentra perfectamente."

Charlaban en la sala cuando Diego entró.

"Buenos días Victoria." besó su mano. "¿Quieres que salgamos a dar un paseo?"

"Quizá luego." lo cogió de la mano y entró en dirección a la biblioteca.

Diego parecía un poco avergonzado, pero sonreía. Cuando salieron de la habitación, don Alejandro se dirigió a doña Carmen. "Me parece que esto va para largo. ¿Le apetece un café?"

"Buena idea."

Estaban en la biblioteca cuando oyeron a los hombres de Don Alejandro que se dirigían a los establos llevando una manada de caballos. Don Alejandro se levantó. "Doña Carmen. ¿Le importa si me acerco a los corrales a ver a los potros?."

"Por supuesto que no. ¿Puedo acompañarle?"

"Claro, venga conmigo. ¿Entiende de caballos?"

"La verdad es que no, pero son unos animales impresionantes, sobre todo los suyos."

"Sí, estamos muy orgullosos de nuestros animales, especialmente de los potros de nuestro semental Hermes."

Se acercaron al vallado y doña Carmen se fijó en un enorme caballo negro.

"¿Tienen a Tornado ahí, a la vista de todo el mundo?" susurró.

"Ese no es Tornado, es Hermes. Tornado es más grande."

"Reconozco que no soy una experta en caballos, pero ese animal es enorme, no creo que Tornado sea más grande que él."

Don Alejandro sonrió. "Fíjese en su pata delantera derecha, está cojo."

"Yo no lo veo cojear." El caballo trotó por delante de ellos cojeando levemente. "Juraría que acaba de empezar a cojear ahora mismo. ¿De dónde ha salido?"

"Diego lo trajo de las colinas. Cuando era un potro se escapó y creímos que había muerto, pero al parecer se unió a una manada de caballos salvajes que viven por allí. Diego volvía de Santa Paula, cuando se desvió para buscar unas plantas y se alejó del camino más de lo que pensaba. Lo encontró herido, se había quedado atrapado por un deslizamiento de rocas y su pata resultó aplastada. Como resultado el casco no le crece bien y cojea." (1)

"Así que Diego se perdió, lo encontró y nadie lo monta."

"No, con el peso de un jinete cojea más, solo lo utilizamos de semental."

"¿Y está siempre aquí, en los corrales?"

"No, normalmente está suelto por los prados. Los vaqueros dicen que no se suele alejar, y cuando las yeguas están en celo viene, así que no hace falta ir a buscarlo."

"Eso sí que es vida. ¿Verdad Tornado?" El caballo parecía mirarla con atención.

"Le repito que se llama Hermes."

"Ya, y yo le digo que es el caballo de su hijo y que ha aprendido un par de cosas con él."

"Pero..."

"Don Alejandro, míreme atentamente." él se giró hacia ella y la miró a los ojos algo sorprendido. "Su hijo Diego no es tan torpe como para perderse."

"No, no lo es, eso es cierto."

"El muchacho, Felipe, no es sordo."

"¿También sabe eso? Diego y él tardaron casi dos días en convencerme."

Ella asintió y señaló a Hermes. "Y ese caballo de ahí no está cojo."

"Entiendo. Sí que es Tornado. ¿Verdad?"

Ella volvió a asentir.

Durante un rato estuvieron observando los animales, y aún estaban junto a la valla cuando Diego y Victoria se acercaron a ellos.

"¿Cómo van los nuevos potros?" preguntó Diego.

"Muy bien, parece que han salido a su padre."

Hermes se acercó a Diego que lo acarició y le dio unas palmadas en el cuello.

"Doña Carmen está convencida de que Hermes es en realidad Tornado."

La cara de Diego le convenció de que era verdad. "Debí suponer que se daría cuenta."

Victoria miraba al caballo, confusa. "No puede ser."

Doña Carmen hizo que se girara hacia ella. "Victoria, es Tornado."

Victoria se echó a reír.

"¿Llevamos más de año y medio cruzando a nuestras yeguas con Tornado?" preguntó don Alejandro.

Diego parecía algo preocupado. "Bueno, sí. En la época de celo siempre estaba muy nervioso, así que decidí correr el riesgo. Desde que puede ir y venir a su antojo está mucho mejor atendido. No podía pasarse el día encerrado en la cueva."

"Pero yo mismo le miré la pata. Su casco está deformado."

Diego pasó dentro del cercado y don Alejandro lo siguió. Cogió la pata de Tornado para mirar el casco. "¿Ves ese clavo de ahí?" Don Alejandro se dio cuenta de que tenía una estrella de cinco puntas. "Cuando alguien le mira la pata ve el casco dañado, y además esa herradura deja huellas con una pequeña marca que hace que Tornado sea mucho más difícil de rastrear."

"¿Tu caballo es un actor y sabe hacer magia?"

"Más o menos. En realidad sabe utilizar la mía. Es mi familiar."

"¿Tu qué?"

"Un animal vinculado a un mago. Aprenden muchos trucos."

"Yo creía que la magia es una patraña" dijo doña Carmen. "He visto a muchos farsantes que decían ser magos, pero todos eran un fraude. Hasta que conocí a Diego."

"Será mejor que vayamos a comer." dijo don Alejandro asombrado.

Comieron juntos y las señoras dijeron que debían volver a Los Ángeles.

"¿Puedo acompañarlas esta vez?" preguntó Diego en tono burlón.

"Veremos. Pon esa cara de don Diego detrás de la que te has escondido todos estos años."

Diego sonrió ante el desafío. Carraspeó y su rostro pasó a tener una expresión plácida y un poco despistada.

"Justo así. Muy bien." dijo doña Carmen con aprobación.

Don Alejandro y Victoria los miraban sorprendidos, pero no dijeron nada.

Doña Carmen decidió provocar a Diego para ver si conseguía mantener la compostura. "Y hoy. ¿Cuántas veces han sido?" Diego mantuvo la misma expresión. "¿Dos o más bien tres?" Victoria trataba de contener la risa sin conseguirlo. Don Alejandro miraba para otro lado, pero Diego seguía inmutable. "Es posible que tengamos lluvia antes del fin de semana." dijo "El anemómetro muestra un cambio de la dirección del viento."

"Sí, qué interesante." dijo doña Carmen. "¿Ha puesto en práctica Victoria alguno de los consejos que le di anoche? Se sentía un poco en inferioridad de condiciones porque no ha leído los mismos libros que tú, así que tenía unas cuantas dudas y traté de ponerla al día."

Don Alejandro ya no sabía dónde mirar, y Victoria estaba completamente roja, pero Diego miró a doña Carmen a los ojos sonriendo solo ligeramente. "Creo que es muy importante que las mujeres tengan el mismo acceso a la educación que los hombres."

"Vale, me has convencido. Puedes venir."

"Gracias doña Carmen. Ha sido un placer." respondió él con la misma media sonrisa de antes.

Esta vez fue doña Carmen la que se echó a reír. "Menudo sinvergüenza que estás hecho."

Nota

(1) La idea de que Tornado es uno de sus propios caballos que escapó cuando era un potro no es mía, la he leído en otra de las historias de la página, y me ha parecido que encajaba con lo que yo quería contar. Si averiguo qué historia es, la mencionaré junto con el autor.