Disclaimer: Si Frozen me perteneciera estaría viviendo en medio de Disneyland, conduciendo naves de utilería de Star Wars, peleando con espadas láser y embriagándome con Mickey Mouse dentro del castillo de la Cenicienta, o algo así. Pero no, entonces, solo utilizo los personajes de Frozen para entretenerme un rato. Todos los derechos van para la empresa del ratón.


La Doncella de la Nieve


Cuentan que hace mucho tiempo, en el reino helado que se extiende más allá de las inclementes estepas siberianas, la Hermosa Primavera y el Rey del Frío concibieron a una bella niña. Su piel era de nieve y sus labios, como dos pétalos de rosa. La pequeña crecía y a la par que aumentaba su belleza, lo hacía el afán de su alma por conocer la tierra de los humanos.

Su padre, temeroso del calor del sol, se había negado hasta entonces a dejarla marchar de sus dominios. Fue su madre quien, conmovida, decidió cumplir sus anhelos, advirtiéndole sin embargo, que se mantuviera a la sombra y regresara a casa antes de que comenzará el verano.

La preciosa doncella salió del bosque nevado y fue acogida por un anciano matrimonio. Conoció a los niños que se deslizaban en invierno sobre sus trineos, a las mujeres que cantaban en las ventanas de sus casas, aguardando la primavera y el barullo de los joviales campesinos.

Brotaron las primeras flores después de la nevada. Y mientras la joven recogía unos cuantos lirios, acudió a su encuentro un pastor que al instante, se prendó de ella. Sin embargo, ni la ternura de sus canciones, ni el suave roce de sus manos, ni el ardor de sus ojos, lograban cautivar el amor de la muchacha, pues su corazón era de hielo.

Desconsolada, la inocente llamó a su madre, suplicándole que le concediese un corazón humano para saber lo que era amar. En ese momento, un brillante rayo de sol alcanzó su pecho y descongeló su corazón.

Finalmente la doncella conocía el amor y este la quemaba como mil lenguas de fuego.

Agonizante, pidió al campesino que le tocara una última canción y él la observó desvanecerse, con el hielo restante del invierno…


La mañana del 24 de febrero de 1916, Hans Westergaard arribó a la agitada ciudad de San Petersburgo, sin nada más que una valija y el viejo abrigo confeccionado por su madre, Dios la tuviera en su gloria.

Ekaterina Korsakova contaba con tan solo diecinueve años de edad, el día en que abandonó su tierra natal de la mano de un acaudalado comerciante. Su ardiente benefactor se encontraba ya bien entrado en la cuarentena, pero el oprobio de su familia y su embarazo de tres meses, no le permitieron siquiera pensar en negarse a partir con él. La travesía los llevó desde Rusia a Dinamarca, donde por un tiempo habitaron juntos un apartamento frente a Gråbrødretorv, hasta que el canalla se cansó de ella y salió por la puerta sin mirar atrás.

Para entonces, todas las esperanzas de la pobre Katyuska se habían desvanecido en medio de llantos a medianoche y de promesas sin cumplir. El que se suponía iba a ser su marido, tenía contaba ya con doce hijos de cinco alianzas anteriores, —dos de ellas reconocidas por la Iglesia y disueltas por el Estado—, y demasiado trabajo en sus negocios, como para pensar en ocuparse de una criatura.

Resignada a su suerte, la joven madre hubo de apoyarse en sus dotes como costurera y las escasas monedas que de tanto en tanto conseguía sacarle al padre del niño, quien por menos se dignó a heredarle el apellido y el nombre de su difunto abuelo.

Nada hay más efectivo que la pobreza para comprender como funciona el mundo.

A poco de cumplir los veintitrés años, Hans recibió una carta de las manos temblorosas de su madre. La desdichada llevaba meses postrada en cama, sabía que estaba a punto de morir.

—Tu tío, mi primo hermano, estará esperándote en la estación de trenes —le confesó Ekaterina con voz débil—, búscalo. Pide a tu padre que te ayude a marchar.

Su padre no velaría por él, ya bastante tenía intentando proteger los intereses que le quedaban de sus codiciosos hijos, que eran capaces de matarlo con tal de que no recibiese un solo céntimo. Sin embargo no hizo falta recurrir a ese hombre lamentable.

Hans era un muchacho pobre, pero con sobrado atractivo y una labia envidiable.

Anna Gulbrandsen, la ingenua hija del pastor local, accedió de buena gana a entregarle sus joyas, embelesada por el encanto de su sonrisa y sus falsas palabras de amor, que incluían la promesa de regresar a casarse no bien prosperara el negocio que tenía pensado emprender en el extranjero.

No había en todo Copenhague una muchacha más estúpida, ni un bribón más grande que él.

Tan pronto como hubo empeñado las alhajas y enterrado a su madre, Hans empacó sus escasas pertenencias y abandonó su miserable apartamento para nunca volver.

El éxito de aquella transacción resultó ser apenas suficiente para financiar el viaje, que estuvo colmado de diversiones. Casi a menudo se permitía buscar cobijo en alguna taberna animada, y la noche transcurría en medio de naipes, alcohol y compañía femenina de dudosa reputación, si es que corría con suerte.

Atravesó Alemania y llegó a Polonia, donde a duras penas consiguió abordar un tren que le dejó en territorio ruso durante la fecha indicada. Los estragos de la Gran Guerra en curso, suponían más inconvenientes de los habituales dentro de cada frontera.

En todo aquel tiempo, la carta de Ekaterina no abandonó el bolsillo interior de su abrigo. El alfabeto de la misiva, indescifrable para buena parte del mundo, no le era ajeno dada su azarosa ascendencia. Su desdichada madre le había escrito con bastante anticipación a un tal Vladimir Vonitsky Vasilovich, miembro destacado de la Corte Imperial del zar, quien estaba dispuesto a ofrecerle asilo en su casa como a un hijo. Tal vez ahí, en su tierra añorada, la suerte por fin se dignase a sonreírle a ese muchacho que era lo único bueno que había hecho en la vida.

Hans por su parte, estaba decidido a sacarle tanto provecho como pudiese a su generoso tío. Trepar los peldaños de la clase alta de Rusia era una alternativa fantástica. Si hacía las cosas bien, podría embaucar a alguna jovencita acaudalada y asegurarse el futuro en un par de años o menos.

Con una sonrisa arrogante se apeó del tren; sus fanales esmeraldas recorrieron el lugar repleto de gente, astutos como los de un gato. Un hombre maduro y rollizo se acercó. Tenía las mejillas sonrosadas, llevaba gafas de montura redonda y el bigote castaño prolijamente arreglado, que se extendía en dos largas patillas a los costados de su cabeza.

El individuo le dirigió una sonrisa bonachona tras comprobar su identidad y sin previo aviso, lo envolvió en sus brazos, dejándole sin aliento.

—Bienvenido a casa, hijo mío.


Vladimir poseía una elegante residencia a las afueras de la ciudad. Hans admiró el blanco paisaje de abedules que se extendía ante sus ojos, a través de la ventana del coche que los había recogido en la estación. El hombre no paraba de hablar acerca de los planes que tenía para él, ahora que por fin se reencontraban como familia. Reuniones sociales, bailes, un recorrido adecuado por San Petersburgo y Moscú en cuanto se hubiese instalado del todo.

Estaba decidido a convertirlo en un auténtico aristócrata.

Pese a su importante posición, el tío Vlad parecía ser un hombre bondadoso, la clase de sujeto que Hans calificaría de incauto. Para él, cuya vida estaba marcada por el desprecio y la indiferencia de su propio padre y hermanos, resultaba insólito tal comportamiento en un pariente desconocido.

Nada más cruzar la puerta fueron recibidos por el ama de llaves, quien ordenó a una moza tomar la valija del pelirrojo para acomodar sus pertenencias en la habitación de huéspedes.

—Nastia, este es mi sobrino Hans, el hijo de Ekaterina. ¿Recuerdas a mi prima, de la que te hablé?

—Por supuesto, señor. Bienvenido, señor.

—Espero que sea tratado como un miembro más de esta familia.

—Así será, señor, todo ha sido dispuesto tal y como lo ordenó. El té será servido dentro de poco.

—Te lo agradezco, Nastia. Ven hijo, toma asiento junto a tu tío y deja que te mire bien. Tienes los ojos de tu madre, mi querida Katyuska —Vladimir suspiró, al tiempo que se se sentaban en la sala de estar y se fijaba en él con expresión melancólica—, como la echo de menos. Tu madre, muchacho, era como una hermana para mí. Sentí mucho su partida y más al enterarme de que estaba con encargo. ¿Cómo se encontraba?

—Mal. La enfermedad la consumió por completo. No había nada que hacer.

—Lo lamento tanto. Katya era muy devota, siempre fue tan bondadosa y abnegada. Ahora está en los brazos del Señor.

—Sin duda.

—Bueno, tú no debes preocuparte más, sobrino. Aquí comenzarás una nueva vida, como bien dije, somos familia y nos aguarda un futuro brillante. Ya verás lo bien que se vive en San Petersburgo, a pesar de los tiempos que corren.

—Nada me gustaría más, tío. Realmente agradezco su generosidad.

Nastia entró acompañada por la criada joven, transportando un carrito que contenía un samovar * caliente, un servicio de té y una bandeja con pastas. Ambas sirvieron el aromático brebaje y se retiraron en silencio, dejando que su amo prosiguiera con su alegre perorata.

—Lo primero será buscarte ropa adecuada y presentarte a mis amistades, vamos a organizar una pequeña reunión en casa para celebrar tu llegada. Antes de que te des cuenta, te estarás comportando y hablando como si hubieses vivido aquí toda una vida. Te volverás tan ruso como lo era tu madre… ¡ah! Moya devushka *, ahora mismo estaba a punto de enviar a Nastia a buscarte. Acércate, linda, ven a conocer a tu primo que ha venido desde tan lejos.

Hans advirtió una presencia a sus espaldas y se volvió ligeramente. Sus ojos se ensancharon y sus labios se despegaron en una mueca de mudo asombro, al presenciar la beldad que hizo aparición ante ellos.

En su vida habían irrumpido bastantes chicas bellas, pero jamás ninguna como la que tenía enfrente. Alta y graciosa, de labios rojos y ojos azules que te arrebataban el alma. Una piel tan blanca que parecía de alabastro, y un cabello rubio y espeso, trenzado con elegancia sobre su hombro delicado; la cinta azul que se intercalaba entre las hebras resaltaba el platino de su melena. El exquisito traje de falda larga y chaquetón mostraba una figura esbelta y bien formada, de pechos altos y cintura pequeña, enfatizada por un cinturón de piel.

Absorto en su belleza, Hans parpadeó y se obligó a recuperar la compostura. Usualmente, eran las mujeres quienes se prendaban de él y no al revés. No obstante, aquella muchachita era tan hermosa que dejaba sin habla a cualquiera. Con su porte refinado y la delicadeza de sus rasgos, bien podría haber pasado por un hada de invierno, o incluso por una de las hijas del mismísimo zar.

La ninfa se desplazó para tomar asiento al lado de su padre, mirando al pelirrojo con desinterés y volviéndose para besar la mejilla de Vladimir de manera mecánica. El regordete hombre sonrío, lleno de ternura, y le tomó una mano delicada entre las suyas.

—Mi pequeña koshechka * —le dijo con cariño—, saluda a nuestro querido pariente. Hans es hijo de tu tía Katya, Dios la tenga en su gloria. Me habría encantado que la conocieras también.

—Es un placer —la blonda le hizo una inclinación con la cabeza, inexpresiva.

Su voz era tan etérea como ella misma.

—Elsa es mi única hija, Hans. La alegría de mis días y la luz de mis ojos, cumplió veintiún años el pasado diciembre. Es mi tesoro y mi mayor orgullo.

—Encantado de conocerla, prima.

El bermejo le dirigió una mirada galante, la misma que incontables veces había hecho caer en sus brazos a decenas de jovencitas ingenuas, la misma por la que Anna había sido capaz de jurarle amor eterno y blasfemar contra su padre.

Por eso se quedó desconcertado, al no advertir cambio alguno en los maravillosos irises de hielo de Elsa. Por el contrario, ella bebió un sorbo de su taza de té y lo observó sobre el borde de la taza invadida por el aburrimiento, cruzando una pierna con un movimiento delicado.

—Ahora me parece que no pudiste llegar en mejor momento, sobrino. Debo confesar que nunca me ha gustado la idea de dejar a mi pequeña kroshka * en casa, mientras voy y vengo constantemente de San Petersburgo o Moscú. Pero tampoco me gusta exponerla a los vicios de la ciudad. Koshechka llama mucho la atención adonde quiera que va. Compañía de su edad es lo que le hace falta y quien mejor que tú para cuidar de mi muñequita, mientras ella te ayuda a adaptarte. Sé que ambos llegarán a quererse como verdaderos hermanos, igual que lo hicimos tu madre y yo.

Esta vez, Elsa reaccionó. Sus labios tentadores esbozaron una sonrisa repleta de sarcasmo.


Ataviado en una levita a la moda, Hans se contempló en el espejo, satisfecho con su propia apariencia. Se sonrió prepotente, recordando a ese niño que soñaba con habitar en una mansión elegante y tener sirvientes a su entera disposición, resentido con el azar por haberlo relegado a una vida de pobreza.

Y pensar que si alguna vez su madre le hubiese confesado que dejaría de ser un don nadie, para convertirse en el protegido de un importante noble, se hubiese echado a reír.

Como era caprichosa la suerte. Finalmente todas sus penurias habían valido la pena.

—Señor Hans —Nastia lo llamó al otro lado de la puerta—, su tío y los invitados le esperan en la planta baja.

La sonrisa del pelirrojo se ensanchó, listo para hacer su entrada triunfal.

Fiel a su palabra, el tío Vladimir había organizado una lujosa recepción en honor a su sobrino, a la que fueron convidados otros cortesanos imperiales y prominentes personalidades del extranjero.

Monsieur Adam de Forestier, un joven de modales refinados y largos cabellos dorados, había llegado de Francia acompañado por su joven esposa Bella. Acababan de casarse y estaban haciendo escala en Rusia durante su viaje de bodas por el continente europeo. Al igual que él, la bonita muchacha de cabellos castaños contaba con orígenes modestos, pero era sumamente encantadora.

Desde Alemania, el barón Frederick Von Auersperg se presentó junto a su esposa e hija, las dos risueñas y dotadas de los mismos ojos verdes que a más de uno arrancaban un suspiro.

El ministro de Maldonia y su familia resaltaban entre el resto de los convidados por su exótica procedencia. Su reino conformaba una de las naciones más pequeñas y prósperas de África. Naveen, el primogénito, era un joven apuesto y de tez oscura, que contaría con apenas dos o tres años menos que él.

La gente reía y la champaña corría a raudales. La presentación en sociedad del desconocido sobrino del señor Vonitsky resultó ser un éxito. Hans hizo buenas migas con aristócratas y empresarios, y encandiló sin reparo a sus esposas e hijas, cuyas murmuraciones le inflaron el ego.

A todas fascinaba el jade de sus ojos y el fuego cobrizo de sus cabellos. Más de una jovencita había bailado con él; todas se hallaban fascinadas por su poderosa altura y se sentían estremecer con sus comentarios seductores. Reían, movían la cabeza de forma coqueta y dejaban entrever su interés en ser visitadas. Definitivamente sería sencillo comprometerse con alguna rica heredera.

Solo una muchacha no reía, ni bailaba.

Elsa se encontraba en medio de la sala principal, observando con su habitual indiferencia a las parejas que danzaban al compás de la orquesta. Parecía una reina, vestida de turquesa y oro. Un gracioso kokoshnik * con bordados sobresalía entre su pelo rubio, arreglado en un moño bajo para la ocasión.

Numerosos y anhelantes, eran los jóvenes que se atrevían a solicitar su compañía en un vals. Sin embargo, todos eran despachados con la misma indiferencia.

—Yo no bailo —respondía ella, altanera.

Hans tuvo ganas de deshacer su sonrisa falsa y bufar. ¿Qué se necesitaba para complacer a esa mujercita?

—Es muy misteriosa, ¿verdad? —fräulein Rapunzel le sonrió ampliamente y miró a la chica de tez nívea con entusiasmo; ambos se movían al compás de una pieza de Rajmáninov. La rubia dorada agitó una mano para saludar a Elsa y esta le correspondió con una gélida mirada— ¡La señorita Vonitsky es tan linda! Es una lástima que no quiera bailar con nadie, dicen que es una mujer realmente difícil de tratar. ¿Es cierto eso?

Los labios del pelirrojo se fruncieron con sarcasmo.

—Difícil es quedarse corto. Llevo solo una semana en San Petersburgo y apenas se ha dignado a dirigirme la palabra. La mayoría del tiempo lo pasa encerrada en su habitación o en el salón de música —dijo, intentando encubrir su ego magullado. Nunca ninguna muchacha se había atrevido a ignorarlo—, creí que las jovencitas de la aristocracia eran más interesantes.

—Usted tiene mucho que aprender acerca de las mujeres con clase, Herr Westergaard —pronunció su compañera, con ese acento contundente que es tan típico de los alemanes—, tiene suerte de saber estar y ser tan atractivo, me alegra que el querido tío Vonitsky y usted se reencontraran ahora; de haber crecido en cuna de oro sería otro cortesano más, frívolo y presuntuoso. ¡Me recuerda tanto a mi querido Eugene! Es un oficial de procedencia humilde, muy gracioso, por cierto. ¡Ah, los hombres aristócratas son tan aburridos!

Hans reprimió un mohín, para nada a gusto con las palabras de la blonda. ¿Qué iba a saber ella lo que era vivir con estrecheces?

—Cuénteme más acerca de fräulein Vonitsky, siempre he querido saber porque es tan seria. Mamá dice que todas las mujeres rusas son así. A mí me parece que nunca le he conocido ningún amigo.

—No hay mucho que decir. Es refinada y silenciosa. Fría como el hielo.

Llevaba varios días analizándola, desde que su llegada a la residencia. Elsa no era una gran conversadora. Sus frases galantes y sus miradas no poseían en ella el menor efecto. Los halagos le resultaban insulsos y era comprensible, acostumbrada como estaba a ser el centro de atención.

Lo peor era que apenas y parecía reparar en su presencia. Lo mismo podría haber llegado Su Majestad Imperial o un perrito callejero, que a ella le traía sin cuidado.

Hans se encontraba profundamente desconcertado.

Su tío la había disculpado desde luego, confesándole que Elsa se comportaba fría y distante con los demás desde que era pequeña, incluso con él mismo.

Su increíble belleza, pese a todo, bastaba para que cortesanos y otros hombres importantes, le visitaran y le enviasen regalos con la vana esperanza de cortejarla. Con todos era educada, pero a ninguno entregaba su corazón. Se decía que la hermosa hija de Vladimir Vonitsky carecía de sentimientos.

Su lejanía de la ciudad no era un impedimento para que la gente hablase. En tan solo siete días, Hans se enteró de una docena de chismes. El más prominente afirmaba que la casa Vonitsky había sido visitada por el zar en persona, intrigado a causa de las cosas que se decían de su heredera. Se rumoreaba que nada más ver a Elsa, el emperador había caído presa de una súbita fascinación que despertó los celos de la zarina Alejandra al volver a palacio. Desde entonces, Nicolás no se atrevía a poner un pie de nuevo en el domicilio de la misteriosa chica.

Tal vez fuera ese estado de perpetuo estupor, lo que le impidiera hacerse cargo de su pueblo como era debido.

Por una mujer como Elsa, cualquier hombre podía perder la razón.

—Tal vez sea una chica muy tímida, ¿por qué no intenta acercarse a ella? —el bermejo ahogó una risa irónica al escuchar la sugerencia de Rapunzel— Vamos, sé que tiene ganas de hacerlo, lleva mirándola toda la noche.

—¿Y dejarla a usted sola en medio de la fiesta?

—No me molesta. A decir verdad, me gustaría mucho verle intentarlo. Sería una proeza sacar a bailar a alguien tan bella como fräulein Vonitsky, basta con ver todo su séquito de admiradores. ¿No me dirá que teme usted que lo rechace?

—¿Ella? ¿Rechazarme a mí?

Hans volvió a mirar a la platinada, quien ahora se levantaba de su asiento y se disculpaba ante sus pretendientes para salir al jardín. Advirtió la sonrisa retadora de Rapunzel y dio un respingo. Aquello era ridículo.

—El tío Vlad no me advirtió que eras tan apática en las fiestas.

En la terraza, la aludida se volvió hacia él con la ceja en alto.

—¿No te parece desconsiderado por tu parte, prima? Esperaba que al menos pudiésemos bailar una canción juntos —Hans se aproximó a ella, igual que un león acechando a su presa. La joven ni se inmutó cuando apoyó una mano junto a ella en la balaustrada y se inclinó hacia adelante, reduciendo los centímetros que los separaban—, no irás a desairarme como a los demás en frente de tu padre, ¿no? No me gustaría avergonzarlo frente a sus invitados.

Le lanzó una mirada ardiente, imaginando como sería su silueta debajo de aquel vestido y recorriendo ávidamente la delicada línea de su clavícula, la piel de su escote y sus labios escarlata, que pedían a gritos ser besados.

—¿Esto es algo que sueles hacer con todas las mujeres?

—¿Disculpa?

Hans frunció el ceño.

—Debo admitir que en el fondo me divierte, sabía la clase de hombre que eras desde el primer momento en que llegaste a esta casa. Las sonrisas, las lisonjas, esas miradas vacías con las que confundes a las chicas tontas —Elsa le mostró una mueca arrogante—, debes ser el sujeto más predecible que he visto en mucho tiempo. ¿Con cuántas chicas jugaste antes de venir aquí?

El pelirrojo sintió que la sangre le hervía.

—Me estás malinterpretando, prima…

—No, soy muy buena al emitir mis juicios —afirmó ella, burlona— y tú, Hans Westergaard, eres un rufián de la peor calaña. Apuesto a que piensas casarte pronto, la mano de una de esas torpes aristócratas sería el mejor de tus trofeos, ¿no es así? La señorita Von Auersperg, por ejemplo. Parece una chiquilla ingenua e ignorante.

—Le sorprendería enormemente si se tomase la molestia de hablar con ella, o con alguno de los invitados para variar. Tal parece que usted no disfruta las fiestas.

—Al contrario, disfruto enormemente de los eventos sociales. Me divierte mirar a las mujeres tontas y a los tipos como tú, diría que son individuos curiosos. Lamentablemente, la escasez de personas honestas o cuando menos inteligentes, me impide mantener una buena conversación.

—Lamentablemente, apreciada prima, su falta de interés y la mezquindad en sus ojos son otro obstáculo. Ni siquiera la belleza de tu rostro es suficiente para encubrir lo que cualquiera podría juzgar como falta de personalidad.

Elsa bufó, detrás de su sonrisa.

—Cínico y predecible. Si tan solo mi padre viera más allá de sus narices...

—... se daría cuenta de que su hija es una zorra perversa, que goza de la admiración de los hombres sin detenerse a pensar en la reputación de su familia —prosiguió él, atreviéndose a devolverle el gesto con petulancia—. Algo me dice que vamos a entendernos muy bien, querida.

—Lo dudo bastante.

—Bien, si no bailas, podemos hablar o dar una vuelta por los alrededores de la mansión. Nada me gusta tanto como disfrutar del paisaje llevando de mi brazo a una preciosa dama, por más impertinente que sea.

—Temo que tendré que declinar la invitación. Debería volver adentro.

—¿Me dejas así, sin más? La desidia no le sienta bien a una joven tan hermosa como tú.

Dorogoy *, he rechazado a muchos hombres antes que a ti. Príncipes, condes, artistas de renombre, ¿qué te hace pensar que me importa la opinión de un pobre diablo como tú?

La joven lo hizo a un lado suavemente y volvió a entrar en la mansión, contoneando las caderas. No se daría por vencido.

Adentro, la orquesta comenzaba a tocar otro vals trepidante. Elsa sintió dos manos que se apoderaban de su cintura y antes de que pudiese reaccionar, se vio frente a frente con su huésped indeseable, que sonreía como un demonio malvado bajo la luz que se derramaba entre los candelabros con cristal Swarovski, colgados del techo.

—¡¿Pero qué…?! —la chica se vio arrastrada a la pista de baile, entre los fuertes brazos de ese canalla danés que tanto la perturbaba desde su llegada a la residencia.

Hans se incorporó a la danza, marcando el paso con seguridad y obligándola a seguirle. Alzó ambas cejas, retador, cuando la muchacha lo miró furiosa. A su alrededor las personas los contemplaban estupefactas.

—¡Oye, ¿pero quién te crees que…?!

—No alces la voz, Elsa —el colorado la riñó con suavidad, como si estuviera corrigiendo a una niña pequeña—, tu padre nos está mirando. No querrás causar un escándalo, ¿o sí?

Elsa advirtió por el rabillo del ojo como el buen Vladimir sonreía y la señalaba, extasiado al verla formando parte del vals. Mantuvo la compostura, irguió la cabeza y permitió que su pareja la hiciera girar. No protestó cuando sus manos la atrajeron hacia su pecho, ni cuando la elevaron brevemente del suelo, como si no pesara más que una pluma. Las luces del salón perfilaban su atractivo rostro de manera irresistible, la suave fragancia de su colonia embotaba sus sentidos.

Hans tenía que ser el hombre más bello que había visto en su vida. Y también el más pérfido. Comprendía a la perfección porque las mujeres se dejaban seducir con tanta facilidad por el brillo de sus ojos esmeraldas.

—¡Finalmente la reina de hielo demuestra que tiene emociones! La ira te sienta bien, cariño, hace resaltar mucho más el azul de tus ojos. Sin lugar a dudas eres más bella cuando te enojas.

Lo odiaba.

La orquesta entonó los últimos acordes, siendo correspondida con un ferviente aplauso de los asistentes y Elsa se sintió aliviada. Los brazos del pelirrojo todavía la aprisionaban como una bisagra de hierro.

—No estuvo tan mal, ¿cierto?

Ruborizada, Elsa lo tomó de la mano y esta vez fue ella quien lo arrastró fuera del salón para refugiarse en la biblioteca. Las pupilas lujuriosas del pelirrojo se clavaron en la figura apetitosa de la chica, cuyo pecho subía y bajaba a causa de su agitada respiración.

—¿Has cambiado de opinión, preciosa?

Por toda respuesta, la mano inmaculada de la susodicha le propinó un bofetón. Hans rechinó los dientes, impávido ante el ardor de su mejilla y los irises helados de Elsa, que ahora despedían puro fuego.

—Nunca más oses tocarme, ni ponerme en evidencia —le espetó—. Tú no sabes quien soy yo, y jamás vas a estar a mi nivel.

Se retiró airada, con la respingada nariz en alto. Él se llevó una mano a la cara, indignado.

—Maldita mujerzuela…

La noche se hizo larga. Malhumorado, el pelirrojo se retiró a beber a un rincón, desde donde se dedicó a enviarle miradas rencorosas a la bella rubia.

Un estorbo surgió entre la multitud. Mister Alistair Krei, acaudalado hombre de negocios de los Estados Unidos, se tomó el atrevimiento de besar la mano de Elsa y lisonjearla por lo cautivadora que lucía. Acto seguido le ofreció una valiosa gargantilla de perlas, confeccionada por uno de los mejores joyeros de Europa especialmente para ella. La blonda le permitió ponerle la joya. Las manos maduras del americano rozaban sus hombros desnudos sin decoro.

Elsa sonrió. No había en aquel gesto rastro alguno de ternura o admiración por ese hombre que la contemplaba con ojos lascivos, solo simple y llana complacencia.

Hans se sintió enfermo.


Contrario a lo que cabría esperar para un muchacho de cuna baja, adaptarse a la vida en sociedad de la clase privilegiada de San Petersburgo, fue relativamente sencillo para él. En poco tiempo aprendió a montar, a usar los cubiertos en un banquete ostentoso y a hablar con propiedad. Conoció a compositores, escritores y diseñadores, aprendió a diferenciar una buena cantidad de corrientes artísticas y las reglas del buen vestir en un caballero con clase.

Pero bien se dice que los viejos hábitos no cambian. Cuidándose de mantener un perfil bajo delante de Vladimir, el ambicioso muchacho había pasado ya por la cama de varias mujeres, algunas de ellas tan jóvenes como su propia hija, otras cuantas en su plena madurez. Ninguna se había quedado a disgusto, empero, él se aburrió de todas en un santiamén.

Las noches en San Petersburgo se convirtieron a menudo en una fiesta, deambulando por restaurantes, casinos y espectáculos. No bien tuvo oportunidad de conocer Moscú, marchó del hotel en compañía de un par de rufianes emperifollados y terminaron en la Plaza Roja, abrazándose y cantando bajo la luna llena.

Los contratiempos de la guerra parecían un concepto lejano en el mundo de la aristocracia. Las semanas sucesivas transcurrieron en medio de visitas a la ópera y al ballet, conciertos de música en salones espléndidos, fiestas en lujosas mansiones y tardes tomando el té en un refinado café francés que a Elsa le encantaba.

Poco a poco aprendía a identificar las emociones ocultas detrás de esos maravillosos orbes de cielo. La chiquilla rara vez hablaba cuando salían con el tío Vladimir a recorrer las calles en coche o paseaban a caballo por el bosque.

Era obvia, no obstante, la manera en la que se deleitaba al pisar el mencionado establecimiento. Siempre pedía lo mismo, té de menta o de jazmín y una rebanada de pastel selva negra, con abundante crema batida. En los días cálidos le fascinaba tomar un helado de chocolate, y su carita se iluminaba como la de una niña al saborear el gélido postre. Lo hacía también cuando escuchaba alguna pieza de Tchaikovsky y al acariciar las crines de su caballo blanco, Zefir *.

Toda ella seguía siendo un enigma que a costa de su orgullo herido, Hans ansiaba desentrañar.

A mediados del mes de Mayo, el tío Vlad organizó una nueva celebración con motivo de su vigésimo tercer cumpleaños. Fue como volver al esplendor del baile de bienvenida, rodeado por las miradas ardientes de decenas de atractivas cortesanas.

Bailó, conversó y bebió sin medida. De tanto en tanto sus ojos se cruzaban con los de Elsa, solo para descubrirla destrozando a alguno de sus admiradores o devolviéndole la mirada con superioridad.

Hacia el final de la velada se escabulló fuera de la mansión, repentinamente hastiado. La vida de sociedad empezaba a aburrirlo. Más allá de los lujos que le brindaba su nueva posición, no existía nada que le proporcionase verdadera felicidad. Todas las mujeres que lo admiraban eran frívolas y predecibles.

Malhumorado y medio ebrio, tomó un coche que lo dejó en uno de los peores barrios de San Petersburgo. Sus pasos errantes lo llevaron a las puertas de una casa de citas, visitada con anterioridad un par de veces. La regenta, una alemana madura de pelo oscuro y ensortijado que se hacía llamar Madre Gothel, lo recibió con los brazos abiertos.

—¿Qué puedo poner hoy a tu disposición, querido? Mis niñas te han echado de menos. Tengo una nueva jovencita que se muere por conocerte, morena y de caderas anchas…

—Rubia —masculló él de mal talante—, quiero que sea rubia.

La mujer no necesitó que lo repitiera dos veces. Lo llevó escaleras arriba, su mirada de jade recorrió afanosamente la escasa selección de blondas cabelleras, cuyas dueñas lo observaban esbozando sonrisas lujuriosas y batiendo las pestañas sin cesar. A todas las miraba y les encontraba un pero.

Que esta no, pues no es lo suficientemente blanca, su pelo es demasiado oscuro o demasiado corto. Esta tampoco porque no tiene los ojos azules. Le falta estatura, una cintura más fina o carmín en los labios. Todas eran vulgares y escuálidas.

—Ah, pobre infeliz —Madre Gothel puso los ojos en blanco y sonrió con malicia, al tiempo que hacía girar un largo cigarrillo entre sus dedos huesudos—. Los placeres de una noche nunca han sido un remedio efectivo para los despechados. Yo sé lo que te pasa, querido. Finalmente te enamoraste. Una mujerzuela te supo enredar y luego te rechazó, ¿me equivoco? Nunca lo creí de ti.

Hans liberó una carcajada llena de desesperación y arrojó varios rublos al suelo.

—¡Ahí tienes, vieja bruja! ¡Qué te aproveche bien!

Regresó a la mansión cuando el alba estaba por despuntar. Las sombras invadían el vestíbulo, ya los invitados se habían marchado y la servidumbre no tardaría en levantarse para recoger las sobras de la noche anterior, antes de que bajasen el amo o la señorita.

Hans atravesó la puerta, perplejo y derrotado. Avasallado por la voracidad de una pasión que lo consumía lentamente. ¿En qué momento se había dejado enganchar? Él, que siempre era quien jugaba con los sentimientos de las mujeres, y tomaba todo cuanto podía de ellas sin remordimiento. De ahora en adelante, no sería mas que otro de esos individuos patéticos que perseguían incansablemente a Elsa, humillándose a sí mismo al saber que era en vano.

Odiándose por haber sido tan estúpido como para dejarse embrujar por la belleza de unos ojos azules y la sonrisa de una dama sin emociones.

La puerta de la biblioteca se abrió lentamente, dejando salir al objeto de su deseo.

Elsa seguía enfundada en su vestido de noche, un magnífico diseño de tul en color cobalto, con bordados en torno a la cintura y el busto, que delineaban exquisitamente su esbelta figura. Su pelo, anteriormente arreglado en ondas suaves que le rozaban la clavícula, le caía sobre los hombros como una cascada de plata.

Hans no pudo evitar contemplarla, anhelante, y cuando ella lo miró, su corazón latió desbocado.

La vio negar con la cabeza.

—Papá es demasiado generoso contigo —murmuró—, no te mereces ninguna de sus consideraciones.

—¿Estabas esperándome?

—Eso quisieras, ¿no es así? Me refugié del ruido de la fiesta unos instantes y me quedé dormida. Ya estaba harta del asedio de esos papanatas.

Hans extendió una sonrisa burlona.

—¿Qué es tan divertido? —inquirió ella cortantemente.

—Nada, tan solo pensaba en esos pobres infelices, tú no tienes compasión de nadie, ¿no? ¿Hay algún hombre que realmente sea digno de alguien como tú, Elsa Vonitsky?

—Si lo hubiera, no lo encontraría aquí —repuso la chica con altivez—, San Petersburgo está lleno de hombres pretenciosos y cobardes, que no saben ver más allá de sus instintos básicos. Solía pensar que era un mal propio de las clases privilegiadas —lo barrió con los ojos—, hasta que te conocí.

—¿Qué puedo decir? La vida está llena de sorpresas, querida —repuso él, sin menguar su sonrisa.

—Sinvergüenza.

—Mejor ser sinvergüenza que un reprimido. Hay un mundo allá afuera del que te estás perdiendo, cariño. Podría enseñártelo en persona, si tan solo dejases de ser una maldita remilgada y salieras de debajo del ala tu padre. Ya va siendo hora de que te busques a un hombre de verdad, ¿no crees?

—Eso nunca.

—¿Estás segura? —Hans eliminó la distancia entre ambos y se inclinó hacia Elsa, su cálido aliento rozó la mejilla nívea— Vaya, estás temblando —su mano acarició con delicadeza la piel desnuda de su antebrazo, disfrutando al percibir el estremecimiento que le provocaba con su cercanía— Y tú que te empeñas en fingirte tan indiferente. ¿Por qué? ¿A qué le teme la fría señorita Vonitsky?

—No eres más que un canalla —le espetó la joven—, un canalla muerto de hambre que como los demás, se hace ilusiones en falso. No sirves, Hans Westergaard, ni siquiera para divertirme a tus expensas.

La muchacha levantó la nariz en ademán desdeñoso y comenzó a retirarse, con la intención de pasar por su lado. Un brazo insolente capturó el suyo y la atrajo hacia el pecho del colorado. Apenas y tuvo tiempo de proferir un grito ahogado de indignación, cuando la boca masculina descendió sobre sus labios, atrapándolos en un beso hambriento que encendió fuego en sus venas.

Por primera vez en su vida, un hombre era capaz de despertar la pasión dormida en su helado corazón. Y este era un hombre insolente y despreciable, que había llegado para inmiscuirse en su vida y desbaratar su mundo.

Enfadada, trató de resistirse, sintiendo como los dedos del pelirrojo se enredaban en su cabello y la presionaban contra su boca. Lo empujó y le embistió con una sonora bofetada, tan pronto consiguió separarse unos centímetros de su rostro, con los labios hinchados y la respiración entrecortada.

Cobijado por las sombras del vestíbulo, Hans sonrió como un demonio siniestro y volvió a besarla, eufórico ante sus forcejeos. Ella le volvió a empujar, cruzándole la cara con otro bofetón y apresurándose a escapar de sus brazos para correr escaleras arriba.

—¡Te quiero, Elsa Vonitsky! —vociferó descaradamente— ¡Te quiero con toda el alma!

Desde lo alto de la escalinata, la aludida le lanzó una mirada de odio.


Eventualmente, la primavera dio inicio y con ella se extendieron los días soleados. Elsa apenas salía de casa. Le gustaba resguardarse en un salón para tocar el piano o leer, mientras los pájaros cantaban en las afueras. Nastia le llevaba frecuentemente bebidas heladas o un poco de pudín frío de chocolate, otro postre que parecía encantarle en demasía.

Muy a su pesar, Hans había memorizado cada uno de sus gustos y particularidades, observándola en secreto como un colegial enamorado. Se sabía de memoria las risas ligeras que emitía en medio de sus lecturas, el modo adorable en el que arrugaba la nariz cuando estaba a disgusto y la mueca arrogante de su pequeña boca.

Pero sobre todo, conocía a la perfección la melancolía de su mirada, cada vez que miraba por su ventana en las noches de invierno. Entonces se preguntaba que clase de recuerdos inundarían su memoria, como para arrancarle tantos suspiros de tristeza.

—¿Y bien? ¿Cómo te han sentado estas últimas semanas, querido Vanya *? —Vladimir lo sorprendió una tarde, preguntándole por su estadía mientras tomaban un aperitivo antes de la merienda y llamándolo por el cariñoso apelativo en ruso, al que ya se había acostumbrado.

—No puedo quejarme, tío. Has tenido conmigo más atenciones de las que merezco.

—La familia es la familia, muchacho. ¿Qué tal lo llevas con tu prima?

Hans levantó una de las comisuras de sus labios, irónico.

—Elsa es una chica encantadora.

—Ajá.

—Pero muy reservada. Bastante reservada.

—No tienes que decirlo, Koshechka siempre ha sido tímida.

Altanera, era una mejor palabra para describir a la chiquilla, que últimamente acaparaba todos sus pensamientos y de tímida no tenía un solo pelo. Algo debió percibir Vladimir en su mirada, pues acto seguido suspiró y se peinó el bigote.

—Sé que Elsa puede ser complicada, no soy tan ciego como crees. A veces creo que la he malcriado más de lo que debería, pero no lo puedo evitar. Es todo lo que tengo y no hay nada que no haría por ella. Dale una oportunidad.

—Has sido un padre excelente tío, mejor que el mío —dijo el joven con amargura—, no hay nada que pueda recriminarte. Aunque no diré que no me sorprendió saberte con familia. Mamá nunca mencionó que tuvieses una hija.

Esta vez fue Vladimir quien esbozó una sonrisa irónica.

—¿Qué ha sido de su madre?

—No tengo idea, porque nunca ha habido tal madre. Elsa no es mi hija de sangre, muchacho.

Hans parpadeó, sorprendido.

—Hace trece años, estaba volviendo a casa después de un largo viaje. Lo recuerdo bien, era una noche helada de invierno y la nevisca caía a raudales. El carro se atascó en la nieve y el cochero se detuvo. Me apeé un momento para ayudarlo cuando escuché que alguien lloraba, y temiéndome lo peor, me interné en el bosque. Fue ahí donde la encontré. No tendría más de ocho años, vestía un camisón ligero y caminaba descalza, llamando a su madre. Juro por Dios que el frío no parecía molestarle, pero lloraba como una condenada, no sé como no murió aquella noche. Obra del cielo, supongo. Cuando la tomé en mis brazos, se aferró a mí y no fui capaz de dejarla a su suerte, así que la traje a casa. Lo más asombroso es que, por la mañana, no parecía recordar nada, ni a esa madre que la había abandonado. Era como si hubiese perdido toda memoria con excepción de su nombre.

Vladimir vacío su vodka de un trago.

—Por supuesto, intenté encontrar a su familia. Rastreamos el bosque en busca de alguna vivienda cercana y preguntamos a los campesinos si conocían a la madre de la niña. Mas nadie la había visto nunca. Para entonces, me había encariñado tanto con la pequeña que no tuve corazón para llevarla a un orfanato y aquí me tienes. Jamás había contado esto a nadie. Parece difícil de creer, ¿a que sí?

Hans contempló el líquido cristalino contenido en su vaso.

—Es curioso…

—¿Qué?

—De pronto recordé un viejo cuento que solía relatarme mi madre cuando era niño. La historia trataba sobre una niña que había nacido de la nieve y que tenía el corazón de hielo.

Vladimir echó a reír de buena gana.

—Snegurochka, la doncella de las nieves. Conozco bien esa historia. Cuentos de hadas, ¡cómo le encantaban a la querida Katya! Tu madre era una mujercita muy excéntrica, Vanya, de eso puedes estar seguro.

—Lo era.

Hans apuró su vodka, justo cuando Nastia entraba para anunciarles que la cena estaba lista. La señorita Elsa, les dijo, no bajaría a acompañarlos por su indisposición femenina. El tío Vladimir negó con la cabeza, apenado, y pidió al ama de llaves que le subiese una infusión.

—Estaba por hacerlo, señor, aunque probablemente me dé con la puerta en las narices. Ya sabe cuanto le disgustan las bebidas calientes.

—Ah, mi pobrecita koshechka. En fin, vamos a cenar, Vanya.

Esa noche, Hans tuvo un sueño extraño. El viento rugía sin clemencia en medio de un paisaje nevado. Frente a él, una doncella desnuda, pálida y hechizante, cantaba una triste canción, suplicándole que la acompañara.

Las curvas de su cuerpo lo tenían hechizado, sus caderas redondeadas, la seda de su vientre, sus muslos de leche y sus pechos erguidos. Anhelante, extendió una mano para tocarla, sintiendo que la pasión lo consumía vivo. Los bellos ojos de Elsa se encontraron con los suyos… y luego, toda ella se desvaneció en el aire.


Una tarde del mes de abril, Mister Krei se presentó en la residencia Vonitsky con la intención de visitar a la joven señorita. Elsa lo recibió con la cortesía habitual, sin mostrar entusiasmo o tedio alguno hacia aquel hombre, distinguido pero presuntuoso.

Tras una breve caminata por el jardín, la muchacha se retiró a su habitación y Krei solicitó hablar con su padre.

Fingiendo estar absorto en su lectura, Hans no despegó su mirada de jade de la puerta del despacho de Vladimir. Había estado observando a la pareja por la ventana de la sala de estar, presa de un desasosiego que le quemaba las entrañas. Solo pensar en la mano del americano al rozar el brazo níveo de la chica, y en la lascivia de su mirada, provocaba que la sangre le hirviera.

Al mismo tiempo, la falta de interés de la rubia era una espina imposible de extirpar de su lastimado orgullo. Jamás había sentido tal atracción y rencor hacia una mujer.

Esa mocosa lo estaba trastornando.

No hizo falta sonsacar a su tío para que le revelase el motivo de la visita del empresario, pues fue el propio Vladimir quien lo puso al tanto antes de la cena. Krei estaba interesado en contraer matrimonio con su pequeña koshechka, cosa que lo descolocó por completo. Al parecer, le había hecho la proposición aquella misma tarde, mientras se perdían momentáneamente en el bosque de abedules del jardín.

—¿Qué dijo ella? —inquirió Hans bruscamente.

Una furia silenciosa le corría por las venas.

—Sabes bien como es Elsa, le encanta dar esperanza a todos esos pobres diablos. Koshechka puede ser muy perversa en ocasiones, hijo mío. No ha declinado la propuesta de Mister Krei, pero tampoco dio su consentimiento. Supongo, a juzgar por la generosa suma de dinero que me ofreció, esperaba que yo interviniera —dijo Vladimir con el semblante ensombrecido—, cosa que desde luego, no tengo intención de hacer.

—Ese hombre le dobla la edad —afirmó su sobrino con desprecio—, es repugnante.

—A Elsa no parece desagradarle del todo.

—Ella no sabe lo que quiere, no es más que una chiquilla —bufó el pelirrojo.

—Y yo no soy más que un pobre viejo, aferrado a esa niña inocente a la que una vez recogí del bosque. A veces temo por su futuro, muchacho. No me hago más joven, temo el día en que le haga falta. Admito que verla bien casada aliviaría en algo mis preocupaciones.

—¿Incluso con alguien como Krei? En algún momento tendrá que regresar a América. No creo que te sea grato imaginarla tan lejos de casa.

—No lo sé, hijo mío. La situación política en el país es cada vez más siniestra, si la guerra se prolonga y el zar no recapacita en su administración, las cosas pueden ponerse francamente feas para la clase acomodada. Ah, no me veas así, quisiera no tener que advertírtelo. No son buenos los tiempos que corren para la aristocracia. Mi pequeña no conoce otra vida más allá de esta mansión. Si la revolución llegara a desatarse, no deseo que ella esté aquí para pagar las consecuencias.

Hans tensó los labios.

—Sobrino, quiero que me prometas una cosa. Necesito saber que pase lo que pase, si algo llegara a ocurrirme, vas a cuidar de mi pequeña koshechka. Ya sabes que ella es todo lo que tengo.

En cualquier otra circunstancia, a cualquier otra persona, Hans habría murmurado una promesa vacía. Incluso habría desestimado los temores del pobre Vladimir Vonitsky, intentando distraerlo con una conversación más alegre. No obstante pensó en su hija, en la aflicción oculta de sus orbes cerúleos, y habló, impulsado por un instinto desconocido.

—Te juro que jamás la dejaré desamparada.

No estaba mintiendo.

Esa noche irrumpió en la biblioteca con pasos decididos. Elsa se encontraba leyendo frente a la chimenea, envuelta en su camisón celeste. Parecía un hada, delante de las luces centelleantes del fuego.

—De modo que ese hombre vino a pedir tu mano.

La chica se volvió a mirarlo, desdeñosa.

—Mister Krei tiene muy claros sus objetivos, no se detendrá hasta obtener lo que quiere.

—¿Eso a ti que te puede importar?

—Me importa, sí. Más de lo que debería. Conozco bien a los hombres ambiciosos como él.

Elsa alzó una de las comisuras de su boca, riendo sarcástica.

—Sí, me lo imagino.

—¿Por qué no te negaste a su petición?

—Lo estoy pensando.

—¿Pensando?

—Sí —Elsa devolvió la vista a su libro y se acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja, engreída—, es un hombre distinguido y con experiencia. Siempre quise conocer América.

—¿Le quieres?

—¿Quererle? —la muchacha emitió una risa musical— Eso no tiene la menor importancia.

—Tu padre te ama y te necesita. No te atreverías a dejarlo aquí para marcharte con ese hombre.

—Esa es mi decisión —replicó ella tajantemente, cerrando su libro y levantándose del diván—, me parece que te estás tomando demasiadas atribuciones que no te corresponden. No dejaré que un vil embaucador se meta en mi vida.

La rubia liberó un grito ahogado cuando Hans acortó la distancia entre ambos y la aferró por el antebrazo. Sintió el calor que emanaba de su cuerpo, la fuerza callada de sus músculos. Le sostuvo la mirada, desafiante. Sus mejillas ardieron.

—Te complace jugar con todos, ¿no es así? —le espetó él— Tus desgraciados pretendientes, Krei, tu padre, yo mismo —rozó la pequeña nariz de la joven con la suya, aspirando su embriagante perfuma de lilas. Ella se quedó paralizada—, maldita sea la hora en que te conocí, Elsa Vonitsky. No eres más que un demonio.

La aludida trató de zafarse, en vano.

—Un demonio que se metió en tu cabeza. Admítelo —Elsa sonrió con perversidad—, no has dejado de pensar en mí. Pobre y miserable Hans, eres tan iluso, tan poca cosa…

—Tal vez. Tal vez no deje de pensar en ti, pero no me dominarás como lo haces con el resto de los hombres. Yo no soy un títere con el que puedas jugar, chiquilla. No te librarás de mí tan fácilmente.

—Imbécil… —murmuró ella entre dientes.

—No permitiré que te cases con ese hombre. Nunca. ¿Me escuchaste?

—Tú no eres nadie para entrometerte en mis asuntos.

—Eso está por verse.

La chica se liberó. Le dirigió una mirada arrogante y salió de la habitación con la nariz en alto, alejándose igual que una reina.


El 2 de marzo de 1917, Nicolás abdicó a la corona y la oscuridad se cernió sobre su devastado imperio. Para Elsa, fue como si el mundo se desmoronara ante sus ojos. Ya no habría más fiestas de gala, ni paseos a caballo bajo los abedules. Las tardes en el café francés y las veladas junto al ballet imperial se volvieron cada vez más escasas. La era de los Romanov llegaba a su fin y la aristocracia se estremecía ante la amenaza de los Sóviets.

Noviembre fue un mes oscuro para la antigua élite de Rusia, que ahora se veía despojada de sus títulos y propiedades. Para 1918, la imposición de los bolcheviques era inminente y con ella estalló una guerra civil entre el nuevo régimen y los antiguos servidores del zar, que derivó en la persecución de cientos de miles de personas.

En los años posteriores, cosacos, oficiales, familias de la nobleza e incluso miembros del clero, serían detenidos y asesinados sin compasión por el nuevo régimen, a no ser que ocultasen su identidad o se arrojaran al exilio.

El terror, el hambre y la incertidumbre reinaban en las calles.

Un informador de confianza le advirtió a Vladimir que los comisarios bolcheviques pretendían realizar una inspección en su casa y él se puso manos a la obra. Reunió sus ahorros y despidió a la servidumbre, indicando a su sobrino y a su hija que empacaran solamente lo indispensable. Tenía terribles noticias para ambos.

—La familia Romanov ha desaparecido. Se sospecha que el zar está muerto.

Hans sintió que se le helaba la sangre. Elsa emitió un grito ahogado y se cubrió la boca con sus manos trémulas, horrorizada.

—Sé fuerte, hija mía, sé fuerte. Sabíamos que tarde o temprano este momento iba a llegar, los bolcheviques están arrestando y exterminando a todos los terratenientes y aristócratas. Es hora de que abandonemos Rusia.

—¿A dónde iremos, papá? ¿Qué vamos a hacer? —inquirió Elsa, asustada.

—No temas, ángel mío. Nos exiliaremos a París, como ya han hecho tantos otros, ahí empezaremos una nueva vida. Sophie tiene contactos en la ciudad que pueden darnos asilo.

—¿La prima de la Madre Emperatriz?

—La misma, koshechka. Nos vamos hoy a medianoche, tomaremos un tren de clase obrera, vestidos como ciudadanos comunes. Nadie sospechará.

Faltaba poco más de una hora para que partieran a la estación, cuando un ruido espantoso los paralizó por completo. Alguien golpeaba la puerta estridentemente, ordenando abrir sin oponer resistencia. El registro se había adelantado.

Con manos temblorosas, Vladimir besó la frente y las mejillas de su hija, pronunciando una bendición y entregándola al pelirrojo, a quien ordenó escapar por una puerta oculta del sótano, en dirección al bosque. Elsa llamó a su padre, aterrorizada, intentando en vano librarse de los fuertes brazos que la arrastraban lejos de él.

Cargando un par de valijas y a la angustiada muchacha, Hans se las arregló para localizar la salida señalada por su tío, a la vez que el caos se desataba en la planta baja de la mansión. Lo último que escucharon, fueron las voces coléricas de los oficiales y el estrépito de los muebles y los objetos que eran derribados con lujo de violencia.

Corrieron hacia la espesura de los árboles. Hans tomó la mano de la rubia y la obligó a avanzar, ignorando su respiración agitada y sus sollozos ahogados.

Avanzaron en medio de la noche, sin mirar atrás. La oscuridad era absoluta, sus pasos se hundían hasta los tobillos bajo una gruesa capa de nieve. Entonces, la lejana detonación de un arma de fuego los paralizó.

Un silencio abrumador se cernió sobre el bosque; nadie había ido tras ellos.

Horrorizada, Elsa cayó de rodillas en el suelo. Sus ojos de zafiro se perdieron en la distancia, desorbitados, inundados por el pavor.

Papochka, papochka… moy dorogoy papochka… *

Lentamente, sus murmullos se transformaron en un llanto desconsolado. Mientras llamaba a su padre, la nieve cayó en torno a ellos, impulsada por una brisa repentina que alborotó los cabellos de la muchacha y heló los huesos del bermejo.

Hans contuvo la respiración. Recordó la risa jovial de su tío y una profunda tristeza le carcomió las entrañas.

Ninguno de los dos se movió hasta que el sol despuntó en el horizonte.


Tuvieron suerte de encontrar una cabaña, tras un par de horas de caminar en el bosque. Estaba habitada por un viejo matrimonio de campesinos, los cuales lamentaron la suerte de Vladimir Vonitsky. El susodicho procuraba llevarles comida cada invierno y le debían mucho. Ambos accedieron a resguardarlos por un día, en tanto el anciano se acercaba a la mansión para asegurarse de que los bolcheviques se hubieran ausentado por completo, y ver si recababa noticias de la ciudad.

Esa misma noche, otra tormenta de nieve azotó la precaria vivienda.

A la mañana siguiente partieron en trineo hasta San Petersburgo. Elsa no hablaba, ni lloraba, y se había negado a comer desde su escape de la residencia. Hans la sacó en brazos de la cabaña para recostarla en la parte trasera del vehículo y ella se dejó envolver entre mantas antes de caer en un sueño profundo, perdida en los recuerdos de la Rusia antigua.

No hubo nevadas esa tarde.

Nada más llegar a la ciudad, el joven alquiló un cuarto en un barrio modesto, donde se instalaron como dos miembros más de la clase obrera. Las ropas finas y los sombreros de alta costura, fueron ocultados junto con las joyas y el dinero del tío Vlad. A partir de entonces tendrían que pasar desapercibidos ante el sistema.

Salir del país no sería tan fácil como pensaban al principio. Las fronteras se encontraban bajo estricta vigilancia y en cada retén y estación de ferrocarril, los oficiales cazaban exhaustivamente a los rusos blancos * que adoptaban otras identidades.

Astuto como era, Hans se dio a la tarea de buscar a alguien que pudiera conseguirles pasaportes y papeles falsos. La solución a dicho problema, vino de la vieja mujer que habitaba en la habitación contigua a la suya.

—Es Dimitri quien te ayudará —le dijo en un murmullo, tan pronto como hubo deslizado un par de rublos en su mano avejentada—, nunca hace preguntas. Conseguirá lo que quieras si tienes con que pagarle. Y lo tienes, ¿verdad?

—¿Dónde lo encuentro?

La mujer se lo dijo. Luego lo analizó con sus ojos suspicaces.

—Tú no eres como el resto de las personas que se refugian en esta pocilga —comentó, ignorando sus ropas humildes—, tal vez lo fuiste en algún momento de tu vida, pero ya no más, ¿no es así? Habráse visto, un vulgar obrero, acompañado de una chica como esa. Un sitio como este no es lugar para ella.

—Será mejor que no hable de nosotros con nadie más. Lo menos que quisiera es causarle problemas.

—No te molestes en amenazarme, mal'chik *, ya tengo bastantes inconvenientes como para ocuparme de ustedes dos. Más te vale que busques a Dimitri Lébedev. Búscalo antes de que el tiempo siga pasando. Pero esto, tú, no lo oíste de mí.

El tal Dimitri resultó ser un joven de casi su misma edad, experto en el engaño, cínico y embaucador. Para Hans, fue como mirarse en un espejo que le devolvía la imagen del miserable que había sido, meses atrás. El tipo se encontraba en un mercado de poca monta, vendiendo prendas y antigüedades supuestamente robados del palacio de los Romanov. En aquel momento se empeñaba en vender un abrigo de piel que, aseguraba, pertenecía a la Gran Duquesa Anastasia Nikoláyevna.

—¿Dimitri Lébedev? ¿Eres tú?

—Depende —el individuo lo miró por encima del hombro, con una de sus castañas cejas en alto—, ¿quién lo busca y qué necesita, camarada?

En menos de cinco minutos llegaron a un acuerdo. Llevaría un poco de tiempo disponer de todos los documentos necesarios para emprender el exilio, pero Dimitri prometió entregárselos cuanto antes.

Mientras tanto, tenía que cuidar de Elsa.

En circunstancias anteriores, jamás habría asumido la responsabilidad de proteger a una chica desamparada. El Hans de antaño no hubiera dudado en tomar sus posesiones para marcharse, abandonándola a su suerte en ese cuartucho miserable. Ignorando las promesas pronunciadas al pobre Vladimir y dejándola a merced de las calles, o de los mismos bolcheviques, que actuaban en pos de un régimen sin memoria ni compasión.

Lo habría hecho, si se tratase de cualquier otra muchacha.

Pero Elsa, era como el aire que necesitaba para vivir. Con sus miradas altivas y sus palabras de desdén. Con sus ademanes de ninfa y la suave risa musical que brotaba de sus labios cuando era feliz.

Y él tan solo era un canalla enamorado.

Al poco tiempo de llegar a San Petersburgo, la muchacha cayó enferma. Presa de una súbita fiebre que la postró en cama, deliraba sin cesar llamando a su padre, a Nastia y a una madre inexistente de la que hasta entonces, nunca se había acordado.

—Por favor mamá, por favor… deja que me quede…

Hans permanecía a su lado, entre el desconcierto y la angustia; sostenía su mano delicada y le ponía un paño húmedo sobre la frente, murmurándole palabras de consuelo.

Una tarde en la que se encontraba consciente para variar, le vio incorporarse sobre la cama y mirar hacia la ventana, emanando la misma melancolía con la que observaba al cielo desde la residencia del bosque.

Se le acercó con un plato en la mano; la vecina les había preparado un poco de sopa. Elsa, sin embargo, rara vez tenía apetito. Cada día estaba más delgada y lo único que hacía era dormir.

—Cariño, tienes que comer o no vas a recuperarte. Haz un esfuerzo, ¿quieres?

—Déjame.

—Piensa en tu padre, por favor.

—Él ya no está aquí.

—Él querría que fueses fuerte, no le gustaría verte de esta manera —el pelirrojo revolvió un poco el caldo y esbozó una sonrisa amarga—. ¿Sabes? Es raro, casi preferiría que estuvieras riéndote a costa mía como antes. Extraño a esa chiquilla descarada que me enfrentaba con su sonrisa arrogante.

Elsa se abrazó las piernas y recostó la cabeza sobre sus rodillas, decaída. Parecía un ángel al que le habían arrancado las alas.

—¿Por qué eres tan amable conmigo? No he hecho más que despreciarte.

El bermejo se encogió de hombros.

—Le hice una promesa a tu padre. Él hizo mucho por mí.

—No eres un hombre de promesas, Hans Westergaard, nunca lo has sido —repuso ella—. Deberías marcharte, este país ya no tiene nada que puedas tomar.

—Jamás —replicó él con vehemencia—, no me iré de aquí a menos que sea contigo. Puedes seguir despreciándome o desconfiando de mí, ya no me importa. Nunca te dejaré.

El joven se estremeció cuando las maravillosas pupilas de la chica se clavaron en las suyas, atravesándole el alma. Incluso así, debilitada, frágil como una pluma, Elsa continuaba siendo la criatura más etérea que había conocido. Una criatura sin la que no podía vivir.

—No me queda mucho tiempo —la escuchó murmurar.

—¿A qué te refieres?

—Esta tierra está agonizando, y la miseria no ha hecho más que comenzar. Miles de personas van a morir. Allá afuera hay guerra y hambre, y yo ya no puedo soportarlo —Elsa se llevó las manos a las sienes, desesperada—, extraño mi casa y a mi padre. Pero no quiero irme, a pesar de todo, no quiero irme….

—¿De qué estás hablando, muchacha? La fiebre te está afectando de nuevo —el colorado le tocó la frente, revisando su temperatura—, dime, ¿te sientes bien?

—Ella vendrá por mí.

—¿Quién? ¿Quién vendrá?

—Hace poco comencé a recordar. Ya no me queda tiempo.

—¿De quién hablas, Elsa? ¿Qué has recordado?

Mas ella no respondió. Volvió a arrebujarse entre las sábanas, cediendo a un repentino sopor que la adormeció por el resto del día.


Cada hora dentro de esas miserables cuatro paredes parecía ser un siglo.

Hans recordaba con nostalgia las lujosas habitaciones de la mansión de su tío, los desayunos en la terraza del jardín, las tardes en las que tomaban té junto a la chimenea. Aquel cuartucho era peor que el apartamento de Gråbrødretorv.

Elsa despertó una mañana de mejor ánimo que los días anteriores. Tomó un poco de pan y leche, y dijo que quería salir a dar una vuelta.

Se pusieron un par de abrigos viejos y salieron, la rubia se colgó de su brazo.

Hans compuso una expresión neutral, ignorando deliberadamente el latido acelerado de su corazón. Las calles de San Petersburgo no eran un consuelo; por todas partes la gente parecía tener carencias, pero al menos se estaba mejor que encerrados en aquel edificio gris.

—Mira —Elsa señaló el escaparate de una arruinada tienda de antigüedades, donde una pequeña muñeca rusa los miraba con sus ojos negros—, es una matrioshka *. Yo solía tener una así en mi habitación, era de porcelana claro está, no de madera. Papá me la obsequió en mi noveno cumpleaños, hizo que la elaboraran especialmente para mí. Le pintaron el pelo rubio y los ojos azules. Y la última muñeca, la más pequeñita, ocultaba una sortija de oro. Papá solía decirme: "Este regalo es para que recuerdes lo mucho que te quiero koshechka, porque tú eres para mí como esta muñequita, mi krasivaya kukla *. Quiero que nunca lo olvides cuando me encuentre lejos". Y entonces, cada vez que él se ausentaba en sus viajes, abría la muñeca e iba retirando las cabezas, una tras otra, hasta encontrar la sortija. Y me la ponía en el dedo anular —suspiró con tristeza—. Lo echo mucho de menos.

Hans entró en la tienda y compró la muñeca.

De vuelta en su habitación, Elsa rebuscó dentro el forro de su maleta y sacó el anillo. Era demasiado pequeño como para que pudiese usarlo ahora. Lo miró con ternura y volvió a ocultarlo en el interior de la matrioshka, jugando como cuando era niña.

—Tengo otra cosa para ti —anunció el bermejo, rebuscando a su vez en un baúl del rincón, donde solía almacenar las provisiones que de tanto en tanto, conseguía en el mercado negro.

Sacó un paquete envuelto en papel y lo desplegó frente a ella, revelando una enorme tableta de color marrón.

—¡Chocolate! —exclamó la chica con sorpresa— ¿cómo lo conseguiste?

Con la imposición del nuevo gobierno y el racionamiento de la comida, delicias como aquella se habían convertido en un lujo, razón por la cual abundaban los comedores comunitarios.

—Sé bien como apañármelas, snezhinka *, no se te olvide que no siempre fui un muchacho con clase fui como tú.

Elsa sonrió al escuchar el particular apodo. Era la misma mueca sarcástica con la que lo había recibido, aquel día feliz de febrero, aunque esta vez no había ni rastro del desdén que le tenía por entonces.

—Lo estaba guardando para una ocasión especial.

—¿Y esta es una ocasión especial?

—Por supuesto, ahora que te encuentras mejor, podemos ir planeando nuestro brillante futuro en Francia. Dimitri tendrá nuestros papeles muy pronto.

La sonrisa de la blonda decayó, aunque él no pareció notarlo.

—Tío Vlad me dijo con anticipación donde podría ubicar a su amiga Sophie. Tenemos dinero suficiente para alquilar un piso. Uno grande, no como está pocilga —miró desdeñoso a su alrededor— y podemos vender las alhajas.

Elsa asintió con la cabeza, indiferente.

—¿Qué harás cuando estés en París? —le preguntó, mordiendo delicadamente un trozo de chocolate y haciendo sonreír al colorado.

—¿Nunca te dije que mamá me enseñó a coser?

—¿La tía Katya?

—Era modista, se ganaba la vida cosiendo en Dinamarca y trató de enseñarme el oficio. Nunca fui un gran entusiasta de la costura, pero puedo mejorar. Ser sastre no suena tan mal.

—¿Sastre?

—Claro, y coser para la gente rica. No puedo permitir que sigas viviendo en un lugar como este, tú no estás acostumbrada a esto —Hans suspiró, resignado—. Tendré que empezar a ganarme la vida para mantenerte.

—¿Por qué lo harías? —inquirió ella, adoptando su habitual expresión altanera.

—Le hice una promesa a tu padre.

—¿Y?

—No me tienes ni un poco de fe, ¿cierto? —Hans frunció el ceño y la miró— No la merezco, pero he cambiado. Ya no soy el mismo sinvergüenza que llegó a la ciudad lleno de ambiciones. Quise mucho a mi tío, aunque no lo creas, él me brindó todo el amor que me negó mi propio padre. No le fallaré.

—Eso quiero verlo.

—Te lo demostraré.

—¿Era cierto? ¿Lo que me dijiste aquel día?

—¿Qué?

—Que me quieres.

Sus fanales se encontraron, esmeralda contra zafiro, por encima de la destartalada mesa de café que ahora les servía de comedor para su improvisado almuerzo. Hans se tomó su tiempo ante de responder.

—Sí, Elsa, es la verdad. No debería, pero te amo, ¿qué le vamos a hacer?

La joven bajó los ojos, una inmensa tristeza se había apoderado de su mirada. Parecía que estaba a punto de decirle algo, pero se contuvo.

—Quisiera corresponderte, sería todo más fácil.

—No tienes que hacerlo —le dijo él de manera casual—. Tú te mereces algo mejor que yo.

—Tal vez, pero eres todo lo que me queda ahora que papá no está —Elsa giró la matrioshka entre sus dedos—. ¿Qué le vamos a hacer?

Ambos emitieron una risa melancólica y él le tomó una mano. No lo rechazó. La sintió relajarse y besó su frente, sintiéndose feliz por primera vez en mucho tiempo.


—Hans.

La voz de su compañera lo despertó en medio de la noche. Siempre ocupaba una butaca junto a la cama para dormir, a duras penas hecho un ovillo contra el respaldo. La rubia lo contemplaba desde su lecho en penumbras. La miró.

—No puedo dormir.

—¿Quieres que te caliente un poco de leche?

Bostezó, somnoliento.

—Ven y acuéstate conmigo.

Hans se quedó paralizado, sintiendo como todo rastro de sueño se ausentaba de su cuerpo. La figura delicada de Elsa se perfilaba bajo las sábanas, incitante. Había adelgazado bastante, pero aún conservaba el atractivo de la chica sensual de antaño.

—Elsa, no creo que…

—Por favor.

No hizo falta que lo repitiera de nuevo.

Abandonó la butaca y se introdujo en la cama con cuidado. Elsa se acurrucó contra él, y al apoyar la cabeza sobre su hombro, los brazos masculinos la rodearon. Parecía mentira cuanto había cambiado la relación entre ambos, desde aquella noche desgraciada en la mansión.

Una fuerte complicidad había sido pactada entre ambos, sin necesidad de palabras. La muchacha le sonreía más a menudo, esta vez con toda la sinceridad de su corazón y con cada sonrisa, Hans sentía que el mundo era un lugar menos oscuro. A pesar de seguir enferma, la joven comenzó a esmerarse por limpiar la habitación y convertirla en un sitio más acogedor para ambos, en la medida de lo posible. Ponía la mesa con esmero, como si todavía se encontrasen en su elegante casa del bosque, acomodando los platos y cubiertos baratos de manera impecable. Se reía de sus bromas y le ayudaba a afeitarse, cuidándose de perfilar sus características patillas.

A menudo hablaban con nostalgia de las maravillosas fiestas que solían celebrarse en la mansión y del querido Vladimir. Luego, Hans mencionaba el brillante futuro que les esperaba en París, sin percatarse de la sombra que velaba el semblante de su amada.

La sintió temblar y le rozó la frente con sus labios cálidos.

—¿Tienes frío?

—Abrázame.

El pelirrojo la apretó suavemente.

—Hans…

—Dime.

—¿Me quieres?

—Más que a nada en esta vida —Hans le acunó el rostro con una mano, acariciándole el pelo con ternura—. Mi pequeña snezhinka.

Elsa se estremeció y oculto la cara en el hueco de su hombro, aferrándolo como si la vida se le fuera en ello.

—No me sueltes, por favor. Te lo pido.

—¿Pero qué sucede? ¿Por qué hablas así?

La blonda lo acalló con un beso que lo conmovió hasta el alma. En ese momento, una angustia repentina le oprimió el pecho.

—Hazme el amor, dorogoy —murmuró ella, con los ojos anegados en lágrimas—, necesito estar contigo antes de que todo termine…

Nada tenia sentido. Sin embargo, Hans no se detuvo a cuestionar el motivo de sus palabras, sino que la besó como ansiaba desde hace mucho tiempo, entrelazando su lengua con la suya y recorriendo su cuerpo con las manos. La desnudó lentamente, maravillándose con su figura etérea; su piel de porcelana parecía resplandecer a media luz.

Esa noche, sus cuerpos se fundieron en uno solo, mientras pronunciaban el nombre del otro y tocaban las estrellas, presos de una dicha momentánea que hizo desaparecer el hambre, la miseria y la ausencia de todo cuanto habían amado.

El joven sonrió y enterró su nariz en la nuca de Elsa, impregnándose con su perfume. Sus manos volvieron a recorrer cada centímetro de su piel blanca y tersa.

—¿Qué te pasa, snezhinka? ¿Por qué no me hablas? —Hans le besó la frente, sosteniéndola como si fuera lo más preciado— ¿Tan mal estuve?

Ella volvió la cabeza hacia él, lánguida como una pluma.

—Por fin comprendo, me habría gustado hacerlo antes, estar más tiempo contigo. Pero este maldito orgullo y tu estúpida soberbia… lo siento, Hans. Ya no me quedan fuerzas.

Una punzada de pánico lo sobresaltó.

—¿Qué dices? ¿Te sientes mal? Llamaré a un doctor —se incorporó sobre la cama, tomándola en brazos y levantándola ligeramente. Ella se dejó hacer como una muñeca de trapo— ¿Elsa?

—Lo siento…

—Shhh —la acalló, su mano temblorosa le apartó el pelo de la mejilla—, tranquila, cálmate, no digas tonterías. Dime que te duele, buscaré a un médico…

—Te quiero, dorogoy. Finalmente, te quiero…

—Elsa, aguarda, por favor…

La chica le sonrió con ternura, tratando de elevar una mano hasta su mejilla. Estaba tan débil.

—Elsa, no me dejes, por favor, no me dejes…

Do svidaniya *.

Hans la aferró hacia sí, arrullándola como a una niña hasta que el latido de su corazón se extinguió. Un alarido de dolor le desgarró la garganta.

Los ojos sin vida de la rubia se quedaron observando el techo del ruinoso habitáculo, como dos orbes de hielo. Hans sollozó y repitió su nombre una y otra vez, hasta quedarse sin fuerzas, negándose a soltarla. El calor abandonó su cuerpo rápidamente, hasta dejarlo tan frío como un carámbano. Atónito, observó como su piel de alabastro iba cubriéndose con una fina capa de escarcha que lo heló hasta los huesos.

Y cuando la mañana sorprendió a San Petersburgo, colándose como un halo luminoso entre las persianas, la silueta de su amada se desvaneció hasta convertirse en una brisa helada que escapó por la ventana y por debajo de la puerta, dejando tras de sí ligeros rastros de nieve.


Rusia le traía malos recuerdos. Con cuarenta y seis inviernos a sus espaldas, y una vida hecha como marinero mercante, lo último que Hans habría imaginado, sería volver a esa nación que le había brindado todo para luego arrebatárselo.

Nunca puso un pie en París. Tras lograr abandonar la Unión Soviética, había vuelto a Dinamarca y comprado un barco velero, desde el cual se aventuró a viajar de un puerto a otro, ahogando sus penas en alcohol y comerciando con prácticamente cualquier cosa, mientras el tiempo transcurría, convirtiéndolo del joven carismático que era a un viejo amargado.

Ahora, una espesa barba rojiza cubría su rostro, que si bien conservaba el atractivo de antaño, resaltado por los efectos propios de la madurez, ya en nada se asemejaba al de ese bribón sinvergüenza que solía seducir a las mujeres.

Jamás se casó, ni tuvo hijos. No podía concebir la idea de amar a ninguna mujer, atormentado por el recuerdo de unos enigmáticos ojos azules.

Los ojos de su snezhinka, su doncella de nieve.

Las heridas del pasado seguían abiertas, tanto para él como para el resto del mundo. Corría el año 1939 y los ecos de una nueva gran guerra en ciernes, se dispersaban desde Alemania hacia Europa.

Su último viaje lo llevó hasta las costas de Noruega, donde el azar le tenía preparado otro golpe amargo. Un juego de cartas le hizo perder su navío y lo dejó medio muerto en las calles de un pueblucho, luego de que sus acreedores, dos sujetos pelirrojos e idénticos de la peor ralea, lo golpearan al negarse a pagar la deuda.

Justo cuando pensaba que la vida no podía ensañarse más con él, fue ayudado por un joven fornido y de cabellos rubios. El susodicho lo llevó al hotel donde se hospedaba y lo recostó en la cama, viéndole reaccionar tan solo cuando le revisó los bolsillos del abrigo, en busca de algún documento que acreditara su identidad. El desdichado se removió con violencia y lo incordió entre balbuceos, aferrándose con uñas y dientes al único objeto encontrado en su registro: una diminuta matrioshka de madera, con la carita desgastada e irreconocible.

El chico llamó a un doctor para que curase sus heridas y lo estuvo cuidando durante una semana, hasta que hubo recuperado la consciencia por completo.

—Me llamo Kristoff Bjorgman —le dijo, hablándole en ruso—, no se esfuerce, en su estado no es lo mejor. Pronto se pondrá bien.

Kristoff era un muchacho Sami, oriundo de Noruega pero actualmente radicado en la Península de Kola, al noroeste de Rusia, con el resto de su familia. Eventualmente regresaba a su tierra natal para visitar a algunos viejos amigos y buscar mercancía que pudiesen vender en su pueblo de residencia.

No se dejó intimidar por los duros modales del pelirrojo, ni la acidez de su carácter. Antes de lo esperado, Hans se encontró de lo más a gusto en su compañía y cuando fue capaz de tenerse en pie de nuevo, aceptó su invitación para acompañarlo a casa.

En sus actuales circunstancias no tenía muchas opciones. Era la primera vez en mucho tiempo que una persona se preocupaba por él.

Viajaron en trineo por paisajes recónditos y solitarios, contemplando las luces del norte y tratando de aventajar al invierno que se avecinaba. Hans le contaba sus experiencias como marinero y escuchaba las anécdotas que el chico le relataba a su vez, con gran disposición. Anécdotas de su familia más que nada, constituida por su abuela, sus padres y sus tres hermanos.

A veces el joven le veía sacar la matrioshka de su bolsillo y contemplarla con una profunda tristeza. Solo en una ocasión le había visto extraer un anillo infantil del interior. Estaban acampando y Hans lo creía dormido. Un torrente de lágrimas bajaba por sus pecosas mejillas.

Quiso preguntarle en la mañana cual era la historia de aquel objeto, mas presintió que no era conveniente. Ya se la contaría, si alguna vez tenía la voluntad de hacerlo.

Llegaron al pueblo de Kola, una tarde de principios de diciembre. Kristoff llegó hasta las puertas de una casa modesta pero encantadora, de paredes blancas y tejados azules. En el jardín, un jovencito de cabellos oscuros salió corriendo a su encuentro.

—¡Hermano!

—Maldición Ryder, cada vez que vuelvo estás más grande, mocoso.

—¡Ja!

Ryder le dio un abrazo brusco a su hermano mayor. Tras él, venían otras dos personas.

—Basta Ryder, lo vas a fastidiar y viene muy cansado del viaje.

—Déjalo, Honeymaren. Yo también estoy contento de verlos. A qué me han extrañado, ¿ah?

Detrás de la hermana mayor de Kristoff; una atractiva chica de piel clara y cabellos morenos, apareció otra jovencita cuya expresión permanecía impávida.

Hans palideció al verla.

—¿Y tú, Elsa? ¿Me has extrañado, hermanita? —la aludida levantó la comisura de su pequeña boca, luego de que Kristoff dejase de abrazar a la otra muchacha para mirarla.

—Tanto como extraño esos horribles días de verano, Kristoff.

—Tú y esa rara obsesión por el invierno, por eso es que espantas a todos los muchachos que se te acercan.

Su rostro era el mismo, una perla nívea enmarcada por hebras de cabello platinado. Sus ojos, los mismos orbes de cielo que una vez lo habían contemplado con tanto desdén y amor. Su voz, fina y musical, la misma que la de aquella jovencita que se había desvanecido en el cuartucho miserable de San Petersburgo. Sus gestos delicados, sus manos de muñeca, su sonrisa sarcástica y su figura de sirena, nada había cambiado.

Pero no podía ser, simplemente no podía ser…

—¿Señor? ¿Se encuentra bien? —Honeymaren se volvió hacia él, consternada.

—¿Qué le pasa a tu amigo, Kristoff?

Hans no fue capaz de responder, ocupado en contemplar a la rubia con una mezcla de terror y fascinación. Ella, al contrario de sus hermanos, enarcó una ceja y lo miró con arrogancia.

—El capitán Westergaard tuvo un accidente hace unas semanas, ha estado delicado de salud. Será nuestro invitado unos días.

—Mira que pálido está, el viaje no le sentó bien —observó Honeymaren—, iré a avisar a mamá.

Y dicho esto, entró a la casa junto con Ryder.

—No sé porque traes a extraños a la casa, Kristoff —espetó Elsa—, a la abuela no le va a gustar esto.

Se dio la vuelta y siguió a sus hermanos, contoneando ligeramente las caderas con una gracia felina, que hipnotizó por completo al pelirrojo.

—Disculpe a mi hermana —le dijo Kristoff—, no es muy sociable. Así es con todo el mundo.

El pelirrojo se quedó contemplando la fina espalda de la muchacha, conteniendo las lágrimas a duras penas.

—Lo sé…

—¿Perdone?

—Yo… ella… —intentando controlar el temblor de sus manos, Hans se volvió hacia él, nervioso— no… nada. Es solo que, no se parecen mucho.

—No somos hermanos de sangre. Adoptamos a Elsa cuando tenía seis años, mamá la encontró mientras emigrábamos desde Noruega. Es una larga historia y algo extraña a decir verdad.

—Me imagino —el bermejo tragó saliva, clavando los ojos en el punto por donde la chica había desaparecido.

Era ella, su Elsa. El destino los había vuelto a poner frente a frente, aunque no recordase nada sobre su vida pasada —y a saber cuántas más—. Pues la joven, igual que el invierno, estaba condenada a regresar una y otra vez a un mundo habitado por el odio y la tristeza, hasta que su helado corazón aprendiera a amar.

Igual que la doncella del cuento que tantas veces le había relatado su madre.

Había una vez una niña que nació de la nevada, hija de la Hermosa Primavera y el Rey del Frío. Su piel era de nieve y sus labios, como dos pétalos de rosa…

Un escalofrío lo estremeció de pies a cabeza.

—¿Se encuentra bien, señor Westergaard?

—Sí —musitó, con un hilo de voz—. Creo que tengo tiempo para escuchar esa historia, muchacho.

—Tendrá que ser después de cenar, mamá nos está esperando. Hace un estofado delicioso, le encantará. Venga.

Hans siguió al blondo hasta el interior de la pequeña pero acogedora casa, donde fue recibido por una pareja de adultos mayores y regordetes, ambos Sami, como el hijo. Cliff lo invitó a que se sentara a la mesa mientras Bulda terminaba de calentar la comida ayudada por Yelena, la matriarca de la familia. Ryder y Honeymaren se afanaban en colocar los platos y los cubiertos.

Sus ojos viajaron hasta la rubia jovencita que se encontraba sentada en un rincón, sintonizando la radio con gesto aburrido. Tan hermosa y arrogante como veintiún años atrás.

Ella le devolvió la mirada subrepticiamente y esbozó una sonrisa burlona que hizo latir su corazón, dormido desde hacía mucho tiempo.

Finalmente estaba en casa.


Samovar: Recipiente metálico en forma de cafetera alta, dotado de una chimenea interior con infiernillo, que sirve para hacer té.

Moya devushka: Mi niña.

Koshechka: Gatita.

Kroshka: Muñequita.

Kokoshnik: Tocado femenino tradicional de Rusia.

Dorogoy: Querido.

Zefir: Malvavisco.

Vanya: Diminutivo de Iván, que en ruso, es el equivalente al nombre de Hans.

Papochka, moy dorogoy papochka: Papito, mi querido papito.

Rusos blancos: Partidarios de las fuerzas contrarrevolucionarias durante la guerra civil rusa, a favor del zar.

Matrioshka: Conjunto de muñecas tradicionales rusas creadas en 1890.

Krasivaya kukla: Muñequita hermosa.

Snezhinka: Copo de nieve.

Do svidaniya: Adiós.


Nota de autor:

No saben cuanto sufrí al escribir esto. D:

No me gustan las historias trágicas, me ponen mal, me hacen llorar y yo odio eso. Por eso normalmente me decanto por escribir cosas más divertidas o sexosas, creo que en el fandom abundan las tramas que hacen sufrir de más a Hans y a Elsa, y reírse entre tantas desgracias no está de más. No obstante, admito que no había otro camino para el concepto que hoy me ha traído a esta olvidada sección de mi pequeña biblioteca Helsa.

Qué bárbara, ¡no actualizaba desde el 2018! Mendigo Covid 19, me sacaste de mi bloqueo creativo.

Todo esto empezó hace una semana, mientras Aliniss, —A.K.A. Diosa y Señora del Multiverso Helsa, con postgrado en escenas suculentas de pasión—, y su servidora, estábamos hablando de estos extraños tiempos del coronavirus, de lo mucho que odiamos a la tóxica de Anna y las ideas que teníamos para el ship, ahora que la cuarentena nos confinaba y todo eso. Estuvimos comentando sobre su excelente sección "Seis historias sobre un corazón roto", —la cual si no han leído, no sé que están esperando, ¡¿qué clase de shippers son?! ò.ó—, cuando Ali mencionó que estaba escribiendo sobre Yuki-Onna, una leyenda japonesa que abordó en su último oneshot. En eso le dije que conocía una leyenda rusa muy parecida y sería genial si la aprovechara para escribir algo al respecto.

Bueno, pues al final quien se animó fui yo y aquí me tienen, pastelitos de la oscuridad. La leyenda en cuestión es la de Snegurochka, cuya historia en síntesis, pudieron leer al principio de este relato. Si quieren, les animo a buscarla por Google, es una historia trágica y preciosa.

Debo confesar que soy muy fan de la época de la Rusia Imperial; es un período interesantísimo, pero también muy triste y oscuro. Me fascina todo lo que tenga que ver con el zarato y la cultura de los rusos, así que obvio tenía que aprovechar para escribir algo al respecto. Ustedes juzgarán si lo hice bien. La verdad es que lloré durante el proceso de creación, no sé ustedes, pero a mí me agarró la depresión en plena escritura. Solo imaginar a la parejita sobreviviendo en la Rusia comunista y los años que Hans pasó solo después, me partió el corazón. u.u De hecho, la última escena no iba a existir, pero me sentía tan mal que quise darle una especie de final feliz al pelirrojo, imaginando que de alguna manera podría reencontrarse con su querida Elsa (Snegurochka). En este universo, ella es una criatura que renace una y otra vez con el fin de experimentar el amor, hasta descongelar su corazón por completo. ¿Logrará nuestro pelirrojo hacerlo y lograr una existencia normal y feliz a su lado? Yo creo que sí, (más ahora, que es alto sugar daddy). 7u7

Como era de esperarse, se nos colaron por aquí algunos personajes de Anastasia, (como Fox ya es de Disney no hay pex, amiguitos), Vladimir, Dimitri y hasta la viejecita que le pasó el dato de los papeles a Hans. Y no, en esta línea de tiempo no hay ningún "Viaje tiempo atrás", ni nada. RIP Familia Romanov. :(

Por cierto, tenía la intención de que esto incluyera smut, pero no puedo escribir cosas sensuales mientras estoy triste, y esta historia de verdad que lo es, ni modo. Ali, bebé, permíteme considerar este oneshot como un hermano de tu historia de Yuki-Onna, creo que ahora están claros los paralelismos, ¡dime qué tal lo hice! xD

Probablemente no tenga mucho sentido contestar los reviews anónimos del 2018, pero lo haré de todos modos, ¡qué diablos!

Desteny star: El Cascanueces de Disney fue una película terrible, destrozaron el cuento por completo. Que bueno que disfrutaras del oneshot anterior. :)

Guest: Hermosa coincidencia, las únicas adaptaciones que ha visto del cascanueces, son la de Barbie y la de Disney. Y Barbie superó al ratón. LOL

Guest 2: Thanks for your beautiful comment, there's nothing like celebrate special holidays with a bit of Helsa.

AnnDL: Te agradezco mucho tus bellas palabras y perdón de verdad por contestar hasta ahora, (si es que aún sigues por aquí). Yo encantada de recibir dibujos, fanfics, lo que salga de su helsoso coraazón para compartir nuestro amor por este ship. Mil gracias. n.n

Catty712: Gracias por comentar.

Babies, les dejo deseándoles un estupendo domingo, a salvo en sus casitas y nada, espero que nos leamos después con algo más divertido. ¡Hasta la próxima!